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ArribaAbajo

Parnaso español




- V -


A la estatua de bronce del Santo Rey Don Felipe III, que está en la casa del campo de Madrid, traída de Florencia


ArribaAbajo   ¡Oh cuánta majestad! ¡Oh cuánto numen,
en el tercer Filipo, invicto y santo,
presume el bronce que le imita! ¡Oh cuánto
estos semblantes en su luz presumen!

   Los siglos reverencian, no consumen,  5
bulto que igual adoración y espanto
mereció amigo y enemigo, en tanto
que de su vida dilató el volumen.

   Osó imitar artífice toscano
al que a Dios imitó de tal manera,  10
que es, por rey y por santo, soberano.

   El bronce, por su imagen verdadera,
se introduce en reliquia, y éste, llano,
en majestad augusta reverbera.




- VI a -


A la misma estatua


ArribaAbajo   Más de bronce será que tu figura
quien la mira en el bronce, si no llora,
cuando ya el sentimiento, que te adora,
hará blando al metal la forma dura.

   Quiere de tu caballo la herradura  5
pisar líquidas sendas, que la aurora
a su paso perfuma, donde Flora
ostenta varia y fértil hermosura.

   Dura vida con mano lisonjera
te dio en Florencia artífice ingenioso,  10
y reinas en las almas y en la esfera.

   El bronce, que te imita, es virtuoso.
¡Oh cuánta de los hados gloria fuera,
si en años le imitaras numeroso!




- VI b -


A Roma, sepultada en ruinas


ArribaAbajo   Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son la que ostentó medallas,
y tumba de sí propio el Aventino.

   Yace donde reinaba el Palatino;  5
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades que blasón latino.

   Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya, sepultura,  10
la llora con funesto son doliente.

   ¡Oh, Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.




- VII a -


Inscripción de la estatua augusta del César Carlos V en Aranjuez


ArribaAbajo   Las selvas hizo navegar, y el viento
al cáñamo en sus velas respetaba,
cuando, cortés, anhélito tasaba
con la necesidad del movimiento.

   Dilató su victoria el vencimiento  5
por las riberas que el Danubio lava;
cayó África ardiente; gimió esclava
la falsa religión en fin sangriento.

   Vio Roma en la desorden de su gente,
si no piadosa, alegre valentía,  10
y de España el rumor sosegó ausente.

   Retiró a Solimán, temor de Hungría,
y por ser retirada más valiente,
se retiró a sí misma el postrer día.




- VII b -


A un retrato de Don Pedro Girón, Duque de Osuna, que hizo Guido Boloñés, armado, y grabadas de oro las armas


ArribaAbajo   Vulcano las forjó, tocolas Midas,
armas en que otra vez a Marte cierra,
rígidas con el precio de la sierra,
y en el rubio metal descoloridas.

   Al ademán, siguieron las heridas  5
cuando su brazo estremeció la tierra;
no las prestó el pincel: diolas la guerra;
Flandes las vio sangrientas y temidas.

   Por lo que tienen del Girón de Osuna
saben ser apacibles los horrores,  10
y en ellas es carmín la tracia luna.

   Fulminan sus semblantes vencedores;
asistió al arte en Guido la Fortuna,
y el lienzo es belicoso en los colores.




- VIII a -


A la fiesta de los toros y cañas en el buen Retiro, en día de grande nieve


ArribaAbajo   Llueven calladas aguas en vellones
blancos las nubes mudas; pasa el día,
más no sin majestad, en sombra fría,
y mira el sol, que esconde, en los balcones.

   No admiten el invierno corazones  5
asistidos de ardiente valentía:
que influye la española monarquía
fuerza igualmente en toros y rejones.

   El blasón de Jarama, humedecida,
y ardiendo, la ancha frente en torva saña,  10
en sangre vierte la purpúrea vida.

   Y lisonjera al grande rey de España,
la tempestad, en nieve oscurecida,
aplaudió al brazo, al fresno y a la caña.




- VIII b -


Al Duque de Maqueda en ocasión de no perder la silla en los grandes corcovos de su caballo, habiendo hecho buena suerte en el toro


ArribaAbajo   Descortésmente y cauteloso el hado,
vuestro valor, ¡oh Duque esclarecido!,
solícito envidioso y, atrevido,
logró apenas lo mal intencionado.

   Por derribaros, de soberbia armado,  5
diligencia en que estrellas han perdido
la silla, el animal enfurecido
más alabanza os dio que os dio cuidado.

   Poca le pareció su valentía
al toro, presunción de la ribera,  10
para desalentar vuestra osadía.

   Vuestro caballo os duplicó la fiera;
mas en vos vencen arte y valentía,
juntas a la que os lleva y os espera.




- IX -


Túmulo a Scévola


ArribaAbajo   Tú que, hasta en las desgracias envidiado,
con brazo, Mucio, en ascuas encendido,
más miedo diste a Júpiter temido
que el osado Jayán con ciento armado;

   tú, cuya diestra con imperio ha estado  5
reinando entre las llamas; tú, que has sido
el que con sólo un brazo que has perdido
las alas de la fama has conquistado;

   tú, cuya diestra fuerte, si no errara,
hiciera menos, porque no venciera  10
un ejército solo cara a cara,

   de esas cenizas, fénix nueva espera,
y de ese fuego, luz de gloria clara,
y de esa luz, un sol que nunca muera.




- X a -


Exhortación a la Majestad del Rey Nuestro Señor Felipe IV para el castigo de los rebeldes


ArribaAbajo   Escondido debajo de tu armada
gime el Ponto, la vela llama al viento,
y a las lunas de Tracia con sangriento
eclipse ya rubrica tu jornada.

   En las venas sajónicas tu espada  5
el acero calienta, y, macilento,
te atiende el belga, habitador violento
de poca tierra, al mar y a ti robada.

   Pues tus vasallos son el Etna ardiente
y todos los incendios que a Vulcano  10
hacen el metal rígido obediente,

   arma de rayos la invencible mano:
caiga roto y deshecho el insolente
belga, el francés, el sueco y el germano.




- X b -


Al retrato del Rey Nuestro Señor hecho de rasgos y lazos, con pluma, por Pedro Morante


ArribaAbajo   Bien con argucia rara y generosa
de rasgos, vence el único Morante
los pinceles de Apeles y Timante;
bien vuela así su pluma victoriosa.

   Vive en imitación maravillosa,  5
grande Filipo, augusto tu semblante,
y, laberinto mudo, si elegante,
la tinta anima en semejanza hermosa.

   Propiamente retratan tu belleza
lazos, pues que son lazos tus facciones  10
a Venus, como a Marte tu grandeza.

   Tus ejércitos, naves y legiones
lazos son de tu inmensa fortaleza,
en que cierran los mares y naciones.




- XI -


Al toro a quien con bala dio muerte el Rey Nuestro Señor


ArribaAbajo    En el bruto, que fue bajel viviente
donde Jove embarcó su monarquía,
y la esfera del fuego donde ardía
cuando su rayo navegó tridente,

   yace vivo el león que, humildemente,  5
coronó por vivir su cobardía,
y vive muerta fénix valentía,
que de glorioso fuego nace ardiente.

   Cada grano de pólvora le aumenta
de primer magnitud estrella pura,  10
pues la primera magnitud le alienta.

   Entrará con respeto en su figura
el sol, y los caballos que violenta,
con temor de la sien áspera y dura.




- XII a -


Al mismo toro y al propio tiro


ArribaAbajo   En dar al robador de Europa muerte,
de quien eres señor, monarca ibero,
al ladrón te mostraste justiciero
y al traidor a su rey castigo fuerte.

   Sepa aquel animal que tuvo suerte  5
de ser disfraz a Júpiter severo,
que es el León de España el verdadero,
pues de África el cobarde se lo advierte.

   No castigó tu diestra la victoria,
ni dio satisfacción al vencimiento:  10
diste al uno consuelo, al otro gloria.

   escribirá con luz el firmamento
duplicada señal, para memoria,
en los dos, de tu acierto y su escarmiento.




- XII b -


Memoria inmortal de Don Pedro Girón, Duque de Osuna, muerto en la prisión


ArribaAbajo   Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna.

   Lloraron sus envidias una a una  5
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandes las campanas,
y su epitafio la sangrienta luna.

   En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;  10
el llanto militar creció en diluvio.

   Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.




- XIII -


Al Duque de Lerma, Maese de campo, General en Flandes


ArribaAbajo   Tú, en cuyas venas caben cinco grandes,
a quien hace mayores tu cuchilla,
eres Adelantado de Castilla,
y, en el pliego, adelantado en Flandes.

   Aguarda la Victoria que la mandes:  5
que tu ejemplo sin voz sabe rejilla;
y pues desprecias miedos de la orilla,
nadando es justo que en elogios andes.

   No de otra suerte Cesar, animoso,
del Rubicón los rápidos raudales  10
penetró con denuedo generoso.

   Fueron, sí, las acciones desiguales;
pues en el corazón suyo, ambicioso,
eran traidoras, como en ti leales.




- XIV a -


A la huerta del Duque de Lerma, favorecida y ocupada muchas veces del Señor Rey Don Felipe III, y olvidada hoy de igual concurso


ArribaAbajo   Yo vi la grande y alta jerarquía
del magno, invicto y santo Rey Tercero
en esta casa, y conocí lucero
al que en sagradas púrpuras ardía.

   Hoy desierta de tanta monarquía,  5
y del nieto, magnánimo heredero,
yace; pero arde en glorias de su acero,
como la pompa en que ostentar solía.

   Menos envidia teme aventurado
que venturoso; el mérito procura;  10
los premios aborrece escarmentado.

   ¡Oh, amable, si desierta arquitectura,
más hoy al que te ve desengañado,
que cuando frecuentada en tu ventura!




- XIV b -


Es de sentencia alegórica todo este soneto


ArribaAbajo   Pequeños jornaleros de la tierra,
abejas, lises ricas de colores,
los picos y las alas con las flores
saben hacer panales, mas no guerra.

   Lis suena flor, y Lis el pleito cierra  5
que revuelve en Italia los humores;
si, vos, no vobis, sois revolvedores,
pues el León y el Águila os afierra.

   Son para las Abejas las venganzas
mortales, y la guerra rigurosa  10
no codicia aguijones, sino lanzas.

   Hace punta la Águila gloriosa;
hace presa el León sin acechanzas;
el Delfín nada en onda cautelosa.




- XV a -


Al Cardenal de Rucheli, movedor de las armas francesas, con alusión al nombre «ruceli», que es «arroyo» en significación italiana, por estar escrito en esa lengua


ArribaAbajo   Dove, Ruceli, andate col pie presto?
Dove sangre, non púrpura conviene;
per tributari el fiume, il mar vi tiene;
y Ruceli nel mar han fin funesto.

   Et hor Ruceli, onde procede questo,  5
che senza il Rosignuolo il Gallo vene,
et rauco grida, et vol bater le pene
nel nido, che gli a stato mai infesto?

   Credo che il Ciel ad ambi dui abassi,
che vi attende la mente di Scipione,  10
e gli occhi msi nelle vigilie lassi,

   un'Ocha, se riguardi ai tempi buoni,
scacciò y galli de y tarpei Sassi,
hor che faranno l'Aquile e y Leoni.




- XV b -


Figurada contraposición de dos valimentos


ArribaAbajo   Sabe, ¡oh rey tres cristiano!, la festiva
púrpura, sediciosa por tus alas,
deshojarse las lises con las balas,
pues cuanto te aventura, tanto priva.

   Sabe, ¡oh humana deidad!, también tu oliva  5
armar con su Minerva a Marte y Palas,
y, laurel, coronar prudentes galas,
y, próvida, ilustrar paz vengativa.

   Saber poner tu púrpura en tus manos,
decimotercio rey, con prisión grave,  10
tu esclarecida madre y tus hermanos.

   Tu oliva, ¡oh gran monarca!, poner sabe
en tu pecho los tuyos soberanos,
con la unidad que en los imperios cabe.




- XVI -


Al Rey Don Felipe, en ocasión de haber salido en un día muy lluvioso a jugar cañas, y haberse serenado luego el cielo


ArribaAbajo   Aquella frente augusta que corona
cuanto el mar cerca, cuanto el sol abriga
(pues lo que no gobierna lo castiga
Dios con no sujetarlo a su persona),

   pudo, vistiendo a Flora y a Pomona,  5
mandar que el tiempo sus colores siga,
haciendo que el invierno se desdiga
de los yelos y nieves que blasona.

   Pudo al sol que a diciembre volvió mayo
volverle, de envidioso, al Occidente,  10
la luz con ceño, el oro con desmayo.

   Correr galán y fulminar valiente
pudo; la caña en él, ser flecha y rayo;
pudo Lope cantarle solamente.




- XVII a -


Parenética alegoría


ArribaAbajo   Decimotercio rey, esa eminencia
que tu alteza a sus pies tiene postrada
querrá ver la ascendencia coronada,
pues osó coronar la descendencia.

   Casamiento llamó la inteligencia,  5
y en él sólo de ha visto colorada
la desvergüenza. Díselo a tu espada,
y dale al cuarto mandamiento audiencia.

   Si te derriba quien a ti se arrima,
su fábrica en tus ruinas adelanta,  10
y en cuanto te aconseja, te lastima.

   ¡Oh muy cristiano rey!, en gloria tanta,
ya el azote de Dios tienes encima:
mira que el Cardenal se te levanta.




- XVII b -


A Don Luis Carrillo, hijo de Don Fernando Carrillo, Presidente de Indias, Cuatralbo de las galeras de España y Poeta


ArribaAbajo   Ansí, sagrado mar, nunca te oprima
menos ilustre peso; ansí no veas
entre los altos montes que rodeas
exenta de tu imperio alguna cima;

   ni, ofendida, tu blanca espuma gima  5
agravios de haya humilde, y siempre seas,
como de arenas, rico de preseas,
del que la luna más que el sol estima.

   Ansí tu mudo pueblo esté seguro
de la gula solícita, que ampares  10
de Thetis al amante, al hijo nuevo:

   pues en su verde reino y golfo oscuro,
don Luis la sirve, honrando largos mares,
ya de Aquiles, valiente, ya de Febo.




- XVIII b -


Al Rey Nuestro Señor saliendo a jugar cañas


ArribaAbajo   Amagos generosos de la guerra
en esa mano diestra esclarecidos
militan, y estremecen referidos,
y el ademán ejércitos encierra.

   El pino, que fue greña de la sierra  5
y copete de cerros atrevidos,
fulminando con hierros sacudidos,
rígida era amenaza de la tierra.

   La caña descansó el temor al día
en que tu lanza aseguró campañas  10
que ardor disimulado prometía;

   figurando, en la entrada de estas cañas,
cortés y religiosa profecía,
la de Jerusalén a tus hazañas.




- XIX -


Al Rey Católico, Nuestro Señor Don Felipe IV, infestado de guerras


ArribaAbajo   No siempre tienen paz las siempre hermosas
estrellas en el coro azul ardiente;
y, si es posible, Jove omnipotente
publican que temió guerras furiosas.

   Cuando armó las cien manos belicosas  5
Tifeo con cien montes, insolente,
víboras de la greña de su frente
atónitas lamieron a las Osas.

   Si habitan en el cielo mal seguras
las estrellas, y en él teme el Tonante,  10
¿qué extrañas guerras, tú, qué paz procuras?

   Vibre tu mano el rayo fulminante:
castigarás soberbias y locuras,
y, si militas, volverás triunfante.




- XXX -


Desterrado Scipión a una rústica casería suya, recuerda consigo la gloria de sus hechos y de su posteridad


ArribaAbajo   Faltar pudo a Scipión Roma opulenta;
mas a Roma Scipión faltar no pudo;
sea blasón de su envidia, que mi escudo,
que del mundo triunfó, cede a su afrenta.

   Si el mérito africano la amedrenta,  5
de hazañas y laureles me desnudo;
muera en destierro en este baño rudo,
y Roma de mi ultraje esté contenta.

   Que no escarmiente alguno en mí, quisiera,
viendo la ofensa que me da por pago,  10
porque no falte quien servirla quiera.

   Nadie llore mi ruina ni mi estrago,
pues será a mi ceniza cuando muera,
epitafio Aníbal, urna Cartago.




- LIX -


Muestra con ilustres ejemplos cuán ciegamente desean los hombres


ArribaAbajo   Próvida dio Campania al gran Pompeo
piadosas, si molestas, calenturas;
la salud le abundó de desventuras
y le usurpó a sus glorias el trofeo.

   ¿Quién podrá disculpar nuestro deseo  5
si en el cerco del sol camina a oscuras?
Sobráranle en Campania sepulturas;
fáltanle de su muerte en el rodeo.

   Si Mario la alma espléndida exhalara,
opima con los triunfos de la guerra,  10
lagos, destierro y cárcel ignorara.

   Mucha tiniebla y grande noche cierra
cuanto destina el hombre, y todo para
en pretendida muerte y poca tierra.




- L a -


Enseña cómo es rico el que tiene mucho caudal


ArribaAbajo   Quitar codicia, no añadir dinero,
hace ricos los hombres, Casimiro:
puedes arder en púrpura de Tiro
y no alcanzar descanso verdadero.

   Señor te llamas; yo te considero,  5
cuando el hombre interior que vives miro,
esclavo de las ansias y el suspiro,
y de tus propias culpas prisionero.

   Al asiento del alma suba el oro;
no al sepulcro del oro l'alme baje,  10
ni le compita a Dios su precio al lodo.

   Descifra las mentiras del tesoro;
pues falta (y es del cielo este lenguaje)
al pobre, mucho; y al avaro, todo.




- L b -


Séneca vuelve a Nerón la riqueza que le había dado


ArribaAbajo   Esta miseria, gran señor, honrosa,
de la humana ambición alma dorada;
esta pobreza ilustre acreditada,
fatiga dulce y inquietud preciosa;

   este metal de la color medrosa  5
y de la fuerza contra todo osada
te vuelvo: que alta dádiva envidiada
enferma la fortuna más dichosa.

   Recíbelo, Nerón; que, en docta historia,
más será recibirlo que fue darlo,  10
y más seguridad en mí el volverlo:

   pues juzgarán, y te será más gloria,
que diste oro a quien supo despreciarlo
para mostrar que supo merecerlo.




- LI a -


Respuesta de Nerón a Séneca, no admitiéndole lo que le volvía


ArribaAbajo   Séneca, el responder hoy de repente
a tu razonamiento prevenido,
gloria es de tu enseñanza que ha podido
formar mi lengua contra ti elocuente.

   A lo que yo te debo aún no es decente  5
eso que de mi mano has recibido;
y, para lo que a mí me debo, ha sido
empezar a premiarte escasamente.

   Quieres, a costa de la fama mía,
que alaben tu modestia y tu templanza,  10
y que acusen mi avara hidropesía.

   El premio, pues, debido a mi enseñanza
goza, porque el volvérmele este día
y no admitirle yo, no sea alabanza.




- LI b -


Un delito igual se reputa desigual si son diferentes los sujetos que le cometen, y aun los delitos, desiguales


ArribaAbajo   Si de un delito propio es precio Lido
la horca, y en Menandro la dilema,
¿quién pretendes, ¡oh Júpiter!, que tema
el rayo a las maldades prometido?

   Cuando fueras un pobre endurecido,  5
y no del cielo majestad suprema,
gritaras, tronco, a la injusticia extrema,
y, dios de mármol, dieras un gemido.

   Sacrilegios pequeños se castigan;
los grandes en los triunfos se coronan,  10
y tienen por blasón que se los digan.

   Lido robó una choza, y le aprisionan;
Menandro un reino, y su maldad obligan
con nuevas dignidades que le abonan.




- LII a -


El pecar intercede por los premios, prefiriéndose a la virtud


ArribaAbajo   Si gobernar provincias y legiones
ambicioso pretendes, ¡oh Licino!,
procura que el favor que desatino
aseguren de infames tus acciones.

   No merezca ninguno las prisiones  5
mejor que tú, pues cuanto más vecino
al suplicio te vieres, el destino
más te apresurará las elecciones.

   Felices son y ricos los pecados:
ellos dan los palacios suntuosos,  10
llueve el oro, adquieren los estados.

   Alábense los hombres virtuosos;
mas, para los que viven alabados,
quien los alaba elige los viciosos.




- LII b -


Qué desengaños son la verdadera riqueza


ArribaAbajo   ¿Cuándo seré feliz con mi gemido?
¿Cuándo sin el ajeno afortunado?
El desprecio me sigue desdeñado;
la envidia, en dignidad constituido.

   U del bien u del mal vivo ofendido;  5
y es ya tan insolente mi pecado,
que, por no confesarme castigado,
acusa a Dios con llanto inadvertido.

   Temo la muerte, que mi miedo afea;
amo la vida, con saber es muerte:  10
tan ciega noche el seso me rodea.

   Si el hombre es flaco y la ambición es fuerte,
caudal que en desengaños no se emplea,
cuanto se aumenta, Caridón, se vierte.




- LIII a -


Por más poderoso que sea el que agravia, deja armas para la venganza


ArribaAbajo   Tú, ya, ¡oh ministro!, afirma tu cuidado
en no injuriar al mísero y al fuerte;
cuando le quites oro y plata, advierte
que le dejas el hierro acicalado.

   Dejas espada y lanza al desdichado,  5
y poder y razón para vencerte;
no sabe pueblo ayuno temer muerte;
armas quedan al pueblo despojado.

   Quien ve su perdición cierta, aborrece,
más que su perdición, la causa de ella;  10
y ésta, no aquélla, es más quien le enfurece.

   Arma su desnudez y su querella
con desesperación, cuando le ofrece
venganza del rigor quien le atropella.




- LIII b -


Persuade a la justicia que arroje el peso, pues usa sólo de la espada


ArribaAbajo   Arroja las balanzas, sacra Astrea,
pues que tiene tu mano embarazada;
y si se mueven, tiemblan de tu espada:
que el peso y la igualdad no las menea.

   No estás justificada, sino fea;  5
y, en vez de estar igual, estás armada;
feroz te ve la gente, no ajustada:
¿quieres que el tribunal batalla sea?

   Ya militan las leyes y el derecho,
y te sirven de textos las heridas  10
que escribe nuestra sangre en nuestro pecho.

   La Parca eres, fatal, para las vidas:
pues lo que hilaron otras has deshecho
y has vuelto las balanzas homicidas.




- LIV a -


Manifiesta un ardid grande del perverso pretendiente, cuando desea que todos sean buenos, con intento malo


ArribaAbajo   ¿Cuando, Licino, di, contento viste
hombre con un pecado solamente,
si quien merece pena es suficiente,
y el inculpable, inútil yace triste?

   ¿Quién al mayor delito se resiste?  5
¿Qué cortesano habrá que no se afrente
de que le exceda en vida delincuente
el que a los ojos, que pretende, asiste?

   ¡Oh ingenio del pecado escandaloso!
Pues Licas (habitado de serenos  10
áspides el espíritu ambicioso)

   todos los malos quieren que sean buenos,
para que a su maldad el poderoso,
por sola, comunique sus venenos.




- LIV b -


Describe el apetito exquisito de pegar


ArribaAbajo   No agradan a Polycles los pecados
con el uso plebeyo repetidos,
ni delitos por otro introducidos:
sí los mayores, y por sí inventados.

   Cual si fueran virtud, los moderados  5
vivios Polycles tiene aborrecidos,
y los templadamente distraídos
yacen de su privanza desterrados.

   De puro pecador, le son ingratos
los pecados tal vez, pues al pequeño,  10
o desprecia, o le admite con recatos.

   De vicios hace escrupuloso empeño;
ni los quiere ordinarios ni baratos:
si tú le imitas, tú serás su dueño.




- LV a -


A la violenta e injusta prosperidad


ArribaAbajo   Ya llena de sí solo la litera
Matón, que apenas anteayer hacía
(flaco y magro malsín) sombra, y cabía,
sobrado sitio, en una ratonera.

   Hoy, mal introducido con la esfera  5
su casa, al sol los pasos le desvía,
y es tropezón de estrellas; y algún día,
si fuera más capaz, pocilga fuera.

   Cuando a todos pidió, le conocimos;
no nos conoce cuando a todos toma;  10
y hoy dejamos de ser lo que ayer dimos.

   Sóbrale tanto cuanto falta a Roma;
y no nos puede ver, porque le vimos:
lo que fue esconde; lo que usurpa asoma.




- LV b -


Advierte que aunque se tarda la venganza del cielo, contra el pecado, en efecto, llega


ArribaAbajo   Porque el azufre sacro no te queme,
y toque el robre, sin haber pecado,
¿será razón que digas, obstinado,
cuando Jove te sufre, que te teme?

   ¿Qué tu boca sacrílega blasfeme  5
porque no eres bidéntal evitado?
¿Qué en lugar de enmendarte, perdonado,
tu obstinación contra el perdón se extreme?

   ¿Por eso Jove te dará algún día
la barba tonta y las dormidas cejas,  10
para que las repele tu osadía?

   A dios, ¿con qué le compras las orejas?
Que parece asquerosa mercancía
intestinos de toros y de ovejas.




- LVI a -


Advierte el llanto fingido y el verdadero con el efecto de la codicia


ArribaAbajo   Lágrimas alquiladas del contento
lloran difunto al padre y al marido;
y el perdido caudal ha merecido
solamente verdad en el lamento.

   Codicia, no razón ni entendimiento,  5
gobierna los efectos del sentido:
quien pierde hacienda dice que ha perdido;
no el que convierte en logro el monumento.

   Los sacrosantos bultos adorados
ven sus muslos raídos, por el oro;  10
sus barbas y cabellos, arrancados.

   Y el ser los dioses masa de tesoro,
los tiene al fuego y cuño condenados,
y al Tonante, fundido en cisne y toro.




- LVI b -


Al ambicioso valimento que siempre anhela subir más


ArribaAbajo   Descansa, mal perdido en alta cumbre,
donde a tantas alturas te prefieres;
si no es que acocear las nubes quieres,
y en la región del fuego beber lumbre.

   Ya te padece, grave pesadumbre,  5
tu ambición propia; peso y carga eres
de la Fortuna, en que viviendo mueres:
¡y esperas que podrá mudar costumbre!

   El vuelo de las águilas que miras
debajo de las alas con que vuelas,  10
en tu caída cebarán tus iras.

   Harto crédito has dado a las cautelas.
¿Cómo puedes lograr a lo que aspiras,
si, al tiempo de expirar, soberbio anhelas?




- LVII a -


Peligro del que sube muy alto, y más si es por la caída de otro


ArribaAbajo   Para, si subes; si has llegado, baja;
que ascender a rodar es desatino;
mas si subiste, logra tu camino,
pues quien desciende de la cumbre, ataja.

   Detener de Fortuna la rodaja,  5
a pocos concedió poder divino;
y si la cumbre desvanece el tino,
también, tal vez, la cumbre se desgaja.

   El que puede caer, si él se derriba,
ya que no se conserva, se previene  10
contra el semblante de la suerte esquiva.

   Y pues nadie que llega se detiene,
tema más quien se mira más arriba;
y el que subió, por quien rodando viene.




- LVII b -


Más se han perdido en la prosperidad confiados, que en la adversidad prevenidos


ArribaAbajo   Más escarmientos dan al Ponto fiero
(si atiendes) la bonanza y el olvido,
que el peligro y naufragio prevenido
y el enojo del Euro más severo.

   Ansí, cuando, cortés y lisonjero,  5
Noto tus velas mueva adormecido,
y sirva, por tus gavias extendido,
de líquido y sonoro marinero,

   entonces, ¡oh Mirtilo!, desvelados
en la milicia de la calma ociosa,  10
tus sentidos irán y tus cuidados.

   Menos dulce es la paz que peligrosa;
no salgas, no, a recibir los hados;
tarda, con advertencia peligrosa.




- LVIII -


Moralidad útil contra los que hacen adorno propio de la ajena desnudez


ArribaAbajo   Desabrigan en los altos monumentos
cenizas generosas, por crecerte,
y altas ruinas de que te haces fuerte,
más te son amenaza que cimientos.

   De venganzas del tiempo, de escarmientos,  5
de olvidos y desprecios de la muerte,
de túmulo funesto, osas hacerte
arbitro de los mares y los vientos.

   Recuerdos y no alcázares fabricas;
otro vendrá después que de sus torres  10
alce en tus huesos fábricas más ricas.

   De ajenas desnudeces te socorres,
y procesos de mármol multiplicas:
temo que con tu llanto el suyo borres.




- LIX -


Advierte la doctrina segura: que castigos de la providencia divina, fuera del uso común, avisa la enmienda de pecados


ArribaAbajo   Si son nuestros corsarios nuestros puertos;
si usurpa primavera belicosa
al invierno, estación facinerosa
con cielo armado y con escollos yertos;

   si caudal sumergidos y hombres muertos,  5
la voz que gime el Ponto procelosa,
no acuerdan la conciencia perezosa,
más estamos difuntos que despiertos.

   Tú, Señor, ligas en tu diestra mano
tempestades sonoras, ondas frías,  10
fabricando en azote el Océano.

   Por cobradores tuyos nos envías
hoy la borrasca, ayer el luterano,
y ejecutores son horas y días.




- LX b -


A un amigo que retirado de la corte pasó su edad


ArribaAbajo   Dichoso tú, que, alegre en tu cabaña,
mozo y viejo espiraste la aura pura,
y te sirven de cuna y sepultura
de paja el techo, el suelo de espadaña.

   En esa soledad, que, libre, baña  5
callado sol con lumbre más segura,
la vida al día más despacio dura,
y la hora, sin voz, te desengaña.

   No cuentes por los cónsules los años;
hacen tu calendario tus cosechas;  10
pisas todo tu mundo sin engaños.

   De todo lo que ignoras te aprovechas;
ni anhelas premios, ni padeces daños,
y te dilatas cuanto más te estrechas.




- LXI a -


Exclama contra el rico, hinchado y glotón


ArribaAbajo   ¡Cuántas manos se afanan en Oriente
examinando la mayor altura,
porque en tus dedos, breve coyuntura,
con todo patrimonio, esté luciente!

   ¡Cuánta descaminada ciega gente  5
tiene en poco del mar la saña dura,
sólo para que adorne tu locura
rubia calamidad, púrpura ardiente!

   ¡Cuánto pirata de Noruega, atento
ministro de tu gula, remontado,  10
despuebla de familia alada el viento!

   ¡Cuánto engaño de cáñamo anudado
tiene el golfo, inquiriendo su elemento
al pasto delicioso del pecado!




- LXI b -


Aconseja a un amigo que estaba en buena posesión de nobleza, no trate de calificarse, porque no le descubran lo que no se sabe


ArribaAbajo   Solar y ejecutoria de tu abuelo
es la ignorada antigüedad sin dolo;
no escudriñes al Tiempo el protocolo,
ni corras al silencio antiguo el velo.

   Estudia en el osar de este mozuelo,  5
descaminado escándalo del polo:
para probar que descendió de Apolo,
probó, cayendo, descender del cielo.

   No revuelvas los huesos sepultados;
que hallarás más gusanos que blasones,  10
en testigo de nuevo examinados.

   Que de multiplicar informaciones,
puedes temer multiplicar quemados,
y con las mismas pruebas, Faetones.




- LXII a -


El pobre, cuando da, pide más que cuando pide


ArribaAbajo   Si lo que ofrece el pobre al poderoso,
Licas, a logro es don interesado,
pues da por recibir, menos cuidado
pedigüeño dará que dadivoso.

   Yo, que mendigo soy, más no ambicioso,  5
apenas de mi sombra acompañado,
con lo que no te doy he disculpado
en mi necesidad lo cauteloso.

   Pues que tu hacienda a mi caudal excede,
deja que el ruego tu socorro cobre,  10
por quien mi desnudez sola intercede.

   No aguades que mañosa ofrenda obre,
pues solo con no dar al rico puede
ser con el rico liberal el pobre.




- LXII b -


Castiga a los glotones y bebedores, que con los desórdenes suyos aceleran la enfermedad y la vejez


ArribaAbajo   Que los años por ti vuelen tan leves,
pides a Dios, que el rostro sus pisadas
no sienta, y que a las greñas bien peinadas
no pase corva la vejez sus nieves.

   Esto le pides, y, borracho, bebes  5
las vendimias en tazas coronadas
y para el vientre tuyo las manadas
que Apulia pasta con bocados breves.

   A Dios le pides lo que tú te quitas:
la enfermedad y la vejez te tragas,  10
y estar de ellas exento solicitas.

   Pero en rugosa piel la deuda pagas
de las embriagueces que vomitas
y en la salud que, comilón, estragas.




- LXIV a -


Enseña el camino más seguro para la virtud, y quita el velo engañoso a la riqueza


ArribaAbajo   A quien la buena dicha no enfurece,
ninguna desventura le quebranta;
camino, Fabio, por la senda santa,
que no en despeñaderos permanece.

   Huye el camino izquierdo, que florece  5
con el engaño de tu propia planta;
pues cuanto en curso alegre se adelanta,
tanto en mentidas lumbres te anochece.

   Huye la multitud descaminada;
deja la culpa espléndida, y, seguro,  10
a virtud dará el fin de la jornada.

   Y si al engaño, en la opulencia oscuro,
aplicas luz, harás que te persuada
que el oro es cárcel con blasón de muro.




- LXIV b -


Reprehende la continua solicitud de los usureros


ArribaAbajo   Con más vergüenza viven Euro y Noto,
Licas, que en nuestra edad los usureros:
sosiéganse tal vez los vientos fieros,
y, ocioso, el mar no gime su alboroto.

   No siempre el Ponto en sus orillas roto  5
ejercita los roncos marineros:
ocio tienen los golfos más severos;
ocio goza el bajel, ocio el piloto.

   Cesa de la borrasca la milicia:
nunca cesa el despojo ni la usura,  10
ni sabe estar ociosa su codicia.

   No tiene paz; no sabe hallar hartura;
oso llamar a su maldad justicia;
arbitrio, al robo; a la dolencia, cura.




- LXV a -


Que al más valeroso león puede hacer daño una sabandija y beneficio otra


ArribaAbajo   ¿Ves la greña que viste, por muceta,
erizada, y la sima en donde embosca
armas por dientes? ¿Qué la cola enrosca,
y en cada uña alista una saeta?

   ¿Qué el bramido le sirve de trompeta,  5
y que la zarpa desanuda tosca?
Pues todo lo ocasiona aquella mosca,
y un átomo importuna le inquieta.

   Por otra parte, aquel ratón, royendo,
le quita la prisión que no ha podido  10
quitarse, muy león y muy horrendo.

   Tal sucede al poder que es más temido:
que le libra un ratón, que vive huyendo,
y del mosquito le congoja el ruido.




- LXV b -


La honesta humildad en el traje abriga al hombre y le aconseja


ArribaAbajo   Sin venero serrano, en pobre lana,
que acuerda de la oveja, no de Tiro,
me abrigo, en tanto que vestida miro
las coronadas furias con la grana.

   La pálida ceniza, que tirana  5
se guarda, y se descubre con suspiro,
no encamina la envidia a mi retiro,
ni el sueño y la conciencia me profana.

   Las guijas que el Oriente por tesoro
vende a la vanidad y a la locura,  10
si no encienden mis dedos, no las lloro.

   De balde me da el sol su lumbre pura,
plata la luna, las estrellas oro:
basta que dé la tierra sepultura.




- LXVI a -


Burla de los que con dones quieren granjear del cielo pretensiones injustas


ArribaAbajo   Para comprar los hados más propicios,
como si la deidad vendible fuera,
con el toro mejor de la ribera
ofreces cautelosos sacrificios.

   Pides felicidades a tus vicios;  5
para tu nave rica y usurera,
viento tasado y onda lisonjera,
mereciéndole al golfo precipicios.

   Porque exceda a la cuenta tu tesoro.
a tu ambición, no a Júpiter, engañas;  10
que él cargó las montañas sobre el oro.

   Y cuando l'ara en sangre humosa bañas,
tú miras las entrañas de tu toro,
y Dios está mirando tus entrañas.




- LXVI b -


Contra los que quieren gobernar el mundo y viven sin gobierno


ArribaAbajo   En el mundo naciste, no a enmendarle,
sino a vivirle, Clito, y padecerle;
puedes, siendo prudente, conocerle;
podrás, si fueres bueno, despreciarle.

   Tú debes, como huésped, habitarle  5
y para el otro mundo disponerle;
enemigo de l'alma, has de temerle,
y, patria, de tu cuerpo, tolerarle.

   Vives mal presumidas y ambiciosas
horas, inútil número del suelo,  10
atento a sus quimeras engañosas;

   pues, ocupado en un mordaz desvelo,
a ti no quieres enmendarte, y osas
enmendar en el mundo tierra y cielo.




- LXVII -


Advertencia a España de que así como se ha hecho señora de muchos, así será de tantos enemigos envidiada y perseguida, y necesita de continua prevención por esa causa


ArribaAbajo   Un godo, que una cueva en la montaña
guardó, pudo cobrar las dos Castillas;
del Betis y Genil las dos orillas,
los herederos de tan grande hazaña.

   A Navarra te dio justicia y maña;  5
y un casamiento, en Aragón, las sillas
con que a Sicilia y Nápoles humillas,
y a quien Milán espléndida acompaña.

   Muerte infeliz en Portugal arbola
tus castillos. Colón pasó los godos  10
al ignorado cerco de esta bola.

   Y es más fácil, ¡oh España!, en muchos modos,
que lo que a todos le quitaste sola
te puedan a ti sola quitar todos




- LXVIII -


Difícil, aunque le llamaron fácil, pero sólo medio verdadero de tener riqueza y alegría en el ánimo


ArribaAbajo   Todo lo puede despreciar cualquiera;
mas nadie ha de poder tenerlo todo:
sólo, para ser rico, es fácil modo
despreciar la riqueza lisonjera.

   El metal que a las luces de la esfera  5
por hijo primogénito acomodo,
luego que al fuego se desnuda el lodo,
espléndido tirano reverbera.

   A ser peligro tan precioso viene
polvo que, en vez de enriquecer, ultraja;  10
que sólo a quien le tiene, honor se tiene.

   La amarillez del oro esta en la paja
con más salud, y, pobre, nos previene,
desde la choza alegre, la mortaja




- LXIX a -


Muestra por extraño e ingenioso camino que es dicha no ser poderoso, y que siempre los que lo son suelen emplearlo mal


ArribaAbajo   No es falta de poder que yo no pueda
tener al benemérito quejoso,
ni harto de venganza al envidioso
que la bien obrar infama la vereda;

   ni elegir en ministro a quien enreda  5
el sosiego y la paz del virtuoso,
ni ocupar en aumentos del vicioso
de la Fortuna próspera la rueda.

   No es falta del poder que el poderío
me falte para ofensas, siendo miedo  10
al varón docto, y amenaza al pío.

   Y pues sin esta potestad me quedo,
mucho le debo al poco poder mío,
pues, cuanto debo no querer, no puedo.




- LXIX b -


Descubre el vivio de la hipocresía que afectan muchos en la disimulación de sus maldades


ArribaAbajo   Si el sol, por tu recato diligente,
no ve, ¡oh Licas!, horribles tus locuras,
es argumento de vivir a oscuras;
pero no de que vives inocente.

   Abona la ignorancia de la gente  5
tu astucia, sí, no tus costumbres duras,
cuando no parecer malo procuras,
y serlo, si es posible, juntamente.

   No dejas la maldad, y la retiras;
eres prisión de culpas y venenos;  10
son tus virtudes pálidas mentiras.

   Cubrir los vicios no los hace ajenos;
pocos son malos, si a testigos miras;
si a la conciencia, poco son los buenos.




- LXX -


Admirable enseñanza del pedir


ArribaAbajo   El barro, que me sirve, me aconseja,
y el golpe, no el ladrón, me le arrebata;
no pudo el Potosí guardar la plata,
ni el mar, que ondoso y próvido le aleja.

   Del no guardarla yo, docto me deja  5
bien la ambición, a mi quietud ingrata,
cuando, con menos susto, se desata
el natural sustento en una teja.

   Pues tiene el vituperio por salida
el pedir, avergüéncense en la entrada,  10
cuando tan poco ha menester la vida.

   Mas si el pedir es fuerza no excusada,
quiero pedirme a mí que nadie pida,
primero que pedir a nadie nada.




- LXXI -


Enseña cómo los puestos en alta fortuna suelen admitir consejos


ArribaAbajo   Conso, el primer consejo que nos diste
fue mandarnos bajar para lograrte
a los templos de Júpiter y Marte
se sube, si se baja al que elegiste.

   Al que desciende, tu deidad asiste,  5
y en lo humilde y lo bajo puede hallarte
Dios; que en las cumbres nunca tienes parte,
donde la vanidad se te resiste.

   Mas si te admite aquel que subir quiere,
búsquete en Roma, que creció contigo,  10
y en ella sus aumentos considere.

   Yo, que desciendo, tus altares sigo;
y quien por ti no baja, si subiere,
buscando premios, hallará castigos.




- LXXII a -


A un caballero que con perros y cazas de montería ocupaba su vida


ArribaAbajo   Primero va seguida de los perros,
vana, tu edad, que de sus pies, la fiera;
deja que el corzo habite la ribera,
y los arroyos, la espadaña y berros.

   Quieres en ti mostrar que los destierros  5
no son castigos ya de ley severa;
el ciervo, empero, sin tu envidia muera;
muera de viejo el oso por los cerros.

   ¿Qué afrenta has recibido del venado,
que le sigues con ansia de ofendido?  10
Perdona al monte al pueblo que ha criado.

   El pelo de Acteón, endurecido
en su frente, te advierte tu pecado:
oye, porque no brames, su bramido.




- LXXII b -


Reprehende a la adúltera la circunstancia de su pecado


ArribaAbajo   Sola en ti, Lesbia, vemos ha perdido
el adulterio la vergüenza al cielo;
pues licenciosa, libre, y tan sin velo,
ofendes la paciencia del sufrido.

   Por Dios, por ti, por mí, por tu marido,  5
no sirvas a su ausencia de libelo;
cierra la puerta, vive con recelo:
que el pecado se precia de escondido.

   No digo yo que dejes tus amigos;
mas digo que no es bien que estén notados  10
de los pocos que son tus enemigos.

   Mira que tus vecinos, afrentados,
dicen que te deleitan los testigos
de tus pecados más que tus pecados.




- LXXIII -


Describe la vida miserable de los palacios, y las costumbres de los poderosos que en ellos favorecen


ArribaAbajo   Para entrar en palacio las afrentas,
¡oh Licionio!, son grandes, y mayores
las que dentro conservan los favores
y las dichas mentidas y violentas.

   Los puestos en que juzgas que te aumentas  5
menos gustos producen que temores,
y vendido al desdén de los señores,
pocas horas de vida y de paz cuentas.

   No te queda deudor de beneficio
quien te comunicare cosa honesta;  10
y sólo alcanzarás puesto y oficio

   de quien su iniquidad te manifiesta;
a quien, cuando quisieres, de algún vicio
pudieres acusarle sin respuesta.




- LXXV a -


Aconseja a un amigo no pretenda en su vejez


ArribaAbajo   Deja la veste blanca desceñida,
pues la visten los años a tus sienes,
y los sesenta que vividos tienes
no los culpes con por cuatro seis de vida.

   Dejar es prevención de la partida;  5
es locura inmortal el juntar bienes
y que, caduco, la ambición estrenes;
sed que se enciende y crece, socorrida.

   Doy que alcanzas el puesto que deseas,
y que, escondido en polvo cortesano,  10
las pretendientes sumisiones creas;

   pues yo sé bien que no será en tu mano
que ayune, en los aumentos que granjeas,
de tu conciencia el vengador gusano.




- LXXVI -


Que se ha de tener dado a Dios en el ánimo todo lo que el hombre posee, para que cuando le faltare, no parezca que se lo quitó


ArribaAbajo   Tuya es, Demetrio, voz tan animosa:
«Agravio a mi obediencia, Dios, hiciste,
cuando tu voluntad no me dijiste,
antes que la trajera hora forzosa.

   »Diera lo que me llevas, pues no hay cosa  5
que me quites, si no es lo que me diste:
pudiste recibir, y más quisiste
ejecutar con mano rigurosa.

   »Esto, que es obediencia, yo quisiera
que fuera ofrecimiento, la alma mía  10
y los hijos te doy del mismo modo.

   »Cobra la hacienda que otro dueño espera;
no me agravie, Señor, tu cortesía;
y, pues todo lo das, cóbralo todo.»




- LXXVII -


A estas animosas palabras que decía Epicteto: «Pule, Júpiter,super me calamitates»


ArribaAbajo   «Llueve, oh Dios, sobre mí persecuciones»,
mendigo, esclavo y manco, repetía
Epitecto valiente, y cada día
a Júpiter retaban sus razones.

   «Vengan calamidades y aflicciones  5
averigua en dolor mi valentía;
con los trabajos mi paciencia expía
mi sufrimiento, en hierros y prisiones.»

   ¡Oh hazañoso espíritu hospedado
en edificio enfermo, que pudieras  10
animar cuerpo excelso y coronado!

   Trabajos pides y molestia esperas,
y, con tener a Dios desafiado,
ni ofendes, ni presumes, ni te alteras.




- LXXIX b -


Pinta el engaño de los alquimistas


ArribaAbajo   ¿Podrá el vidrio llorar partos de Oriente
¿Cabrá su habilidad en los crisoles?
¿Será la tierra adultera a los soles,
por concebir de un horno siempre ardiente?

   ¿Destilarás en baños a Occidente?  5
¿Podrán los mismo humo que arreboles?
¿Abreviarán por ti los españoles
el precioso naufragio de su gente?

   Osas contrahacer su ingenio al día;
pretendes que le parle docta llama  10
los secretos de Dios a tu osadía.

   Doctrina ciega, y ambiciosa fama
el oro miente en la ceniza fría,
y cuando le promete le derrama.




- LXXX a -


Conveniencias de no usar de los ojos, de los oídos y de la lengua


ArribaAbajo   Oír, ver y callad remedio fuera
en tiempo que la vista y el oído
y la lengua pudiera ser sentido
y no delito que ofender pudiera.

   Hoy, sordos, los remeros con la cera,  5
golfo navegaré que (encanecido
de huesos, no de espumas) con bramido
sepulta a quien oyó voz lisonjera.

   Sin ser oído y sin oír, ociosos
ojos y orejas, viviré olvidado  10
del ceño de los hombres poderosos.

   Si es delito saber quien ha pecado,
los vicios escudriñen los curiosos:
y viva yo ignorante y ignorado.




- LXXXI -


Retiro de quien experimenta contraria la suerte, ya profesando virtudes, y ya vicios


ArribaAbajo   Quiero dar un vecino a la Sibila
y retirar mi desengaño a Cumas,
donde, en traje de nieve con espumas,
líquido fuego oculto mar destila.

   El son de la tijera que se afila  5
oyen alegres mis desdichas sumas;
corta a su vuelo la ambición las plumas,
pues ya la Parca corta lo que hila.

   Fui malo por medrar: fui castigado
de los buenos; fui bueno: fui oprimido  10
de los malos, y preso, y desterrado.

   Contra mí solo atento el mundo ha sido,
y pues sólo fue inútil mi pecado,
cual si fuera virtud, padezca olvido.




- LXXXIII a -


Privilegios de la virtud y temores del poder violento


ArribaAbajo   Desembaraza Júpiter la mano,
derrámanse las nubes sobre el suelo,
Euro se lleva el sol y borra el cielo,
y en noche y en invierno ciega el llano;

   tiembla, escondido, en torres el tirano,  5
y es su guarda, su muro y su recelo;
y erizado temor le cuaja en yelo
cuando el rayo da música al villano.

   ¡Oh serena virtud! El que valiente
y animoso te sigue, en la mudanza  10
del desdén y el halago de la gente,

   se pone más allá de donde alcanza
en vengativa luz la saña ardiente,
y no del miedo pende y la esperanza.




- LXXXIV a -


Reprehende a un amigo débil en el sentimiento de las adversidades, y exhórtale a su tolerancia


ArribaAbajo   Desacredita, Lelio, el sufrimiento
blando y copioso, el llanto que derramas,
y con lágrimas fáciles infamas
el corazón, rindiéndole al tormento.

   Verdad severa enmiende el sentimiento  5
si, varón fuerte, dura virtud amas.
¿Castigo, con profana boca, llamas
el acordarse Dios de ti un momento?

   Alma robusta en penas se examina,
y trabajos ansiosos y mortales  10
cargan, mas no derriban, nobles cuellos.

   A Dios quien más padece se avecina;
El está solo fuera de los males,
y el varón que los sufre, encima de ellos.




- LXXXIV b -


Representa la mentirosa y verdadera riqueza


ArribaAbajo   ¿Ves, con el oro, áspero y pesado
del poderoso Licas el vestido?
¿Ves el sol por sus dedos repartido,
y en círculos su fuego encarcelado?

   ¿Ves de inmortales cedros fabricado  5
techo? ¿Ves en los jaspes de tenido
el peso del palacio, ennoblecido
con las telas que a Tiro han desangrado?

   Pues no lo admires, y alta envidia guarda
para quien de lo poco, humildemente,  10
no deseando más, hace tesoro.

   No creas fácil vanidad gallarda:
que con el resplandor y el lustre miente
pálida sed hidrópica del oro.




- LXXXV b -


Advierte de la temeridad de los que navegan


ArribaAbajo   Creces, y con desprecio, disfrazada,
en yerba humilde, máquina espantosa,
que fuerza disimula poderosa,
y tiene toda el agua amenazada.

   Ve, ¡oh Noto!, que, secreta y encerrada,  5
alimentas con caña maliciosa
tu más larga fatiga y peligrosa,
tu peregrinación más codiciada.

   Con menos hojas vive que cautelas;
pues, a pesar del mar, sobre él tendidas,  10
juntará las orillas con sus telas.

   Ahogáranse en ésta menos vidas
corrida en lazos que tejida en velas:
mortajas a volar introducidas.




- LXXXVI b -


Rey es quien reina en sus pasiones, y esclavo el rey si ellas son señoras


ArribaAbajo   Lleva Mario el ejército, y a Mario
arrastra ciego la ambición de imperio;
es su anhelar al cónsul vituperio,
y su llanto a Minturnas tributario.

   Padécenle los cimbros temerario;  5
padece en sí prisión y cautiverio;
fatigó su furor el hemisferio,
y a su discordia falleció el erario.

   Y con desprecio, en África rendida,
después mendigó pan quien las legiones  10
desperdició de Roma esclarecida.

   ¿Qué sirve dominar en las naciones,
si es monarca el pecado de tu vida
y provincias del vicio tus pasiones?




- LXXXVII -


Ciertas peticiones de los hombres a Dios


ArribaAbajo   «¡Oh fallezcan los blancos, los postreros
años de Clito! Y ya que, ejercitado,
corvo reluzga el diente del arado,
brote el surco tesoros y dineros.

   »Los que me apresuré por herederos,  5
parto a mi sucesión anticipado,
por deuda de la muerte y el pecado,
cóbrenlo ya los hados más severos.»

   ¿Por quién tienes a Dios? ¿De esa manera
previenes el postrero parasismo?  10
¿A Dios pides insultos, alma fiera?

   Pues siendo Stayo de maldad abismo,
clamara a Dios, ¡oh Clito!, si te oyera;
y ¿no temes que Dios clame a Sí mismo?




- LXXXVIII a -


Conjetura la causa de tocarse la campana de velilla, en Aragón, después de la muerte del piadoso Rey Don Felipe III, y muestra la diferencia con que la oirán los humanos


ArribaAbajo   O el viento, sabedor de lo futuro,
clamoreó por el difunto hado,
o en doctos caracteres anudado,
le repitió parlero gran conjuro.

   Y puede ser que espíritu más puro,  5
a la advertencia humana destinado,
pronunció penitencias al pecado
en lenguaje tan breve y tan oscuro.

   Profético metal, los ciudadanos
que de agüero y cometa son exentos,  10
a tu son bailarán por estos llanos;

   en tanto que tu voz y tus acentos
oyen descoloridos los tiranos
y te atienden los reyes macilentos.




- LXXXIX -


Imagen del tirano y del adulador


ArribaAbajo   Desconoces, Damocles, mi castigo,
por no culpar tu lengua en mi tormento,
y del semblante que, esforzado, miento,
con gran ostentación, eres amigo.

   No ves la amarillez que dentro abrigo,  5
ni el corazón, que yace macilento,
ni atiendes al mortal razonamiento
del invisible y pertinaz testigo.

   Pues solo me acompañas, algún día
contradígame voz tuya severa:  10
oiga verdades la conciencia mía.

   Merezca un desengaño antes que muera:
que la contradicción es compañía,
y no seremos dos de otra manera.




- XC -


Enseña no ser segura política reprehende acciones, aunque malas sean, pues ellas tienen guardado su castigo


ArribaAbajo   Raer tiernas orejas con verdades
mordaces, ¡oh Licino!, no es seguro:
si desengañas, vivirás oscuro,
y escándalo serás de las ciudades.

   No las hagas, ni enojes, las maldades,  5
ni murmures la dicha del perjuro:
que si gobierna y duerme Palinuro,
su error castigarán las tempestades.

   El que, piadoso, desengaña amigos
tiene mayor peligro en su consejo  10
que en su venganza el que agravió enemigos.

   Por esto a la maldad y al malo dejo.
Vivamos, sin ser cómplices, testigos;
advierta al mundo nuevo el mundo viejo.




- XCI -


Muestra que algunas repúblicas se enferman con lo que imaginan medicina


ArribaAbajo   Miedo de la virtud llamó algún día
en Atenas virtud al ostracismo,
y en Sicilia arrojaba el petalismo,
por dolencia, al valor y valentía.

   Si a Scipión, que gozaba, le temía  5
Roma, que del postrero parasismo
la libró, y de Aníbal, siendo el mismo
aquel temor que él antes sido había,

   ¿cómo también con votos no apedrea
el ostraco los pérfidos tiranos  10
que en vicio exceden y codicia fea?

   ¿Por qué han de ser los malos, ciudadanos?
Que si el destierro en la virtud se emplea,
es echar la salud por quedar sanos.




- XCII a -


Ruina de Roma por consentir robos de los gobernadores de sus provincias


ArribaAbajo   El sacrílego Verres ha venido
con las naves cargadas de trofeos,
de paz culpada, y con tesoros reos,
y triunfos de lo mismo que ha perdido.

   ¡Oh Roma!, ¿por qué culpa han merecido  5
grandes principios estos fines feos?
Gastas provincias en hartar deseos
y en ver a tu ladrón enriquecido.

   Después que la romana, santa y pura
pobreza pereció, se han coronado  10
tus delitos, tu afrenta y tu locura.

   De tu virtud tus vicios han vengado
a los que sujetó tu fuerza dura,
y aclaman por victoria tu pecado.




- XCII b -


Advierte contra el adulador, que lo dulce que dice no es por deleitar al que lo escucha, sino por interés propio suyo; y amenaza a quien le da crédito


ArribaAbajo   Con acorde concento, o con ruidos
músicos, ensordeces al gusano,
para que los enojos del verano
no atienda, ni del cielo los bramidos.

   No es piedad confundirle los sentidos;  5
codicia sí, guardándole tirano
para que su mortaja con su mano
hile y, en su mortaja, tus vestidos.

   Nació paloma, y, en tu seno, el vuelo
perdió; gusano, arrastra despreciado,  10
y osas llamar tu vil cautela celo.

   Tal fin tendrá cualquiera desdichado
a quien estorba oír la voz del cielo,
con músico alboroto, su pecado.




- XCIII a -


A un señor perseguido y constante en los trabajos


ArribaAbajo   De amenazas del Ponto rodeado
y de enojos del viento sacudido,
tu pompa es la borrasca, y su gemido
más aplauso te da que no cuidado.

   Reinas con majestad, escollo osado,  5
en las iras del mar enfurecido,
y, de sañas de espuma, encanecido,
te ves de tus peligros coronado.

   Eres robusto escándalo a orgullosa
prora que, por peligros naufragante,  10
te advierte, y no te toca, escrupulosa.

   Y a su envidia y al mar, siempre constante,
de advertido bajel seña piadosa
eres, norte y aviso a vela errante.




- XCIII b -


Amenaza de la inocencia perseguida, que hace el rigor de un poderoso


ArribaAbajo   Ya te miro caer precipitado,
y que en tus propias ruinas te confundes;
que en ti propio te rompes y te hundes,
entre tus chapiteles sepultado.

   Tanto como has crecido has enfermado  5
y, por mas bien que los cimientos fundes,
mientras en oro y vanidad abundes,
tu tesoro y poder son tu pecado.

   Si de los que derribas te levantas
y si de los que entierras te edificas,  10
en amenazas propias te adelantas.

   Medrosos escarmientos multiplicas;
lágrimas tristes, que ocasionas, cantas:
son tu caudal calamidades ricas.




- XCIV -


Sigue el mismo argumento hablando de Dios


ArribaAbajo   A tu justicia tocan mis contrarios,
pues ha encargarte de ellos te comides,
cuando venganza para ti nos pides,
que guarda tu decreto en tus erarios.

   Contigo lo han de haber los temerarios,  5
pues en humo y ceniza los divides;
y el blasón de sus armas y sus lides
desmentirás con escarmientos varios.

   Pues Dios de las Venganzas te apellidas,
baja al tirano débil encumbrado;  10
hártese en él tu saña de heridas.

   De mi agravio, Señor, te has encargado;
pues tus promesas, grande Dios, no olvidas,
caiga deshecho el monstruo idolatrado.




- XCV a -


Al incendio de la Plaza de Madrid, en que se abrasó todo un lado de cuatro


ArribaAbajo   Cuando la Providencia es artillero,
no yerra la señal la puntería;
de cuatro lados la centella envía
al que de azufre ardiente fue minero.

   El teatro, a las fiestas lisonjero,  5
donde el ocio alojaba su alegría,
cayó, borrando con el humo el día,
y fue el remedio al fuego compañero.

   El viento que negaba julio ardiente
a la respiración, le dio a la brasa,  10
tal, que en diciembre pudo ser valiente.

   Brasero es tanta hacienda y tanta casa;
más agua da la vista que la fuente:
logro será, si escarmentado pasa.




- XCV b -


Toma venganza de la lascivia la penitencia de la riqueza desperdiciada, y ahora la misma lascivia en ídolo su arrepentimiento


ArribaAbajo   Si Venus hizo de oro a Fryne bella,
porque el lascivo corazón se incline
al precio de sus culpas como a ella.

   Adore sus tesoro, si los huella
el desperdicio, y tarde ya los gime:  5
que tal castigo y penitencia oprime
a quien abrasa femenil centella.

   En pálida hermosura, enriquecidas
sus facciones, dio vida a su figura
Fidias, a quien prestó sus manos Midas.  10

   Arde en metal precioso su blancura;
veneren, pues les cuesta seso y vidas,
los griegos su pecado y su locura.




- XCVI -


Restituye Fryne en seguridad a su patria lo que le había usurpado en inquietudes


ArribaAbajo   Fryne, si el esplendor de tu riqueza
a Tebas dio muralla bien segura,
tantos padrones cuente a tu hermosura
cuantas piedras se ven en tu grandeza.

   Del grande Macedón la fortaleza  5
desfiguró su excelsa arquitectura;
mas lo que abate fuerza armada y dura
restituye, desnuda, tu flaqueza.

   Tú, que fuiste prisión de los tebanos,
eres defensa a Tebas, que yacía  10
cadáver lastimoso de estos llanos.

   La ciudad que por ti lasciva ardía
se venga del poder de otros tiranos
con lo que le costó su tiranía.




- XCVII a -


Las causas de la ruina del Imperio romano


ArribaAbajo   En el precio, el favor; y la ventura,
venal; el oro, pálido y tirano;
el erario, sacrílego y profano;
con togas, la codicia y la locura;

   en delitos, patíbulo la altura;  5
más suficiente el más soberbio y vano;
en opresión, el sufrimiento humano;
en desprecio, la ciencia y la cordura,

   promesas son, ¡oh Roma!, dolorosas
del precipicio y ruina que previenes  10
a tu imperio y sus fuerzas poderosas.

   El laurel que te abraza las dos sienes
llama al rayo que evita, y peligrosas
y coronadas por igual las tienes.




- XCVII b -


Abundoso y feliz Licas en su palacio, sólo él es despreciable


ArribaAbajo   Harta la toga del veneno tirio,
o ya en el oro pálida y regente,
cubre con los tesoros del Oriente,
mas no descansa, ¡oh Licas!, tu martirio.

   Padeces un magnífico delirio  5
cuando felicidad tan delincuente
tu horror oscuro en esplendor te miente,
víbora en rosicler, áspid en lirio.

   Competir su palacio a Jove quieres,
pues miente el oro estrellas a su modo  10
en el que vives sin saber que mueres.

   Y en tantas glorias, tú, señor de todo,
para quien sabe examinarte, eres
lo solamente vil, el asco, el lodo.




- XCVIII a -


La templanza, adorno para la garganta, más precioso que las perlas de mayor valor


ArribaAbajo   Esta concha que ves presuntuosa,
por quien blasona el mar índico y moro,
que en un bostezo concibió un tesoro
del sol y el cielo, a quien se miente esposa;

   esta pequeña perla y ambiciosa,  5
que junta su soberbia con el oro,
es defecto del nácar, no decoro,
y mendiga maldad, aunque preciosa.

   Bastaba que la gula el mar pescara,
sin que avaricia en él tendiera redes  10
con que la vanidad alimentara.

   Floris, mejor con la templanza puedes
adornar tu garganta, que con rara
perdición rica, que del Ponto heredes.




- XCVIII b -


Comprende la obediencia del mar, y la inobediencia del codicioso en sus afectos


ArribaAbajo   La voluntad de Dios por grillos tienes,
y ley de arena tu coraje humilla,
y, por besarla, llegas a la orilla,
mar obediente, a fuerza de vaivenes.

   Con tu soberbia undosa te detienes  5
en la humildad, bastante a resistilla;
a tu saña tu cárcel maravilla,
rica, por nuestro mal, de nuestros bienes.

   ¿Quién dio al pobre y al l'haya atrevimiento
de nadar, selva errante deslizada,  10
y al lino de impedir el paso al viento?

   Codicia, más que el Ponto desfrenada,
persuadió que, en el mar, el avariento
fuese inventor de muerte no esperada.




- C -


Descubre quién lleva los premios de las victorias marciales


ArribaAbajo   Más vale una benigna hora del Hado
al que sigue la caja y la bandera,
que si una carta de favor le diera
Venus para Mavorte enamorado.

   Heridas son lesión al desdichado,  5
no mérito a su fama verdadera;
servir no es merecer, sino quimera
que entretiene la vida del soldado.

   De las pérdidas triunfa el venturoso;
padece sus victorias el valiente,  10
en mañosa calumnia del ocioso.

   Druso, acomoda con la edad la mente;
guarda para la paz lo belicoso;
aprende a ser en el peligro ausente.




- CI -


Desconsuela al poderoso, que aflige y desfavorece a alguno por vengarse, y enseña al perseguido cómo le desprecie


ArribaAbajo   El que me niega lo que no merezco
me da advertencia, no me quita nada;
que en ambición sin méritos premiada,
más me deshonro yo que me enriquezco.

   Si con las otras malas hierbas crezco,  5
pues se aborrece más la más medrada,
mereceré el enojo de la azada
cuando inútil los surcos empobrezco.

   Quien mi pobreza y soledad aumenta,
a pesar de su intento, me asegura,  10
y con lo que me niega me acrecienta.

   No puede estar sujeto a desventura
quien teme el beneficio por afrenta;
quien tiene la esperanza por locura.




- CII a -


Contra los hipócritas y fingida virtud de monjas y beatas, en alegoría del cohete


ArribaAbajo   No digas, cuando vieres alto el vuelo
del cohete, en la pólvora animado,
que va derecho al cielo encaminado,
pues no siempre quien sube llega al cielo.

   Festivo rayo que nació del suelo,  5
en popular aplauso confiado,
disimula el azufre aprisionado;
traza es la cuerda, y es rebozo el velo.

   Si le vieres en alto radiante,
que con el firmamento y sus centellas  10
equivoca su sitio y su semblante,

   ¡oh, no le cuentes tú por una de ellas!
Mira que hay fuego artificial farsante,
que es humo y representa a las estrellas.




- CII b -


Es amenaza a la soberbia y consuelo a la humildad del estado


ArribaAbajo   ¿Puedes tú ser mayor? ¿Puede tu vuelo
remontarte a más alta y rica cumbre,
ni a más hermosa y clara excelsa lumbre
que la que ves arder por todo el cielo?

   ¿Puede mi desnudez y mi desvelo,  5
y el llanto que a mis ojos es costumbre,
bajarme más que al cardo y la legumbre,
que son desmedro al más inútil suelo?

   Pues todo el oro fijo y el errante,
que sombras de la noche nos destierra  10
y son vistas del orbe centelleante,

   todo el pueblo de luz que el zafir cierra,
eterno al parecer, siempre constante,
tiene donde caer; mas no la tierra.




- CII c -


Naufraga nave, que advierte y no da escarmiento


ArribaAbajo   Tirano de Adria el Euro, acompañada
de invierno y noche la rugosa frente,
sañudo se arrojó y inobediente,
la cárcel rota y la prisión burlada.

   Bien presumida y mal aconsejada,  5
pomposa nave sus enojos siente;
gime el mar ronco temerosamente,
líquida muerte bebe gente osada;

   cuando en maligno escollo inadvertida,
de escarmientos la playa procelosa  10
infamó, en mil naufragios dividida.

   Y nunca faltará vela animosa
-¡tal es la presunción de nuestra vida!-
que repita su ruina lastimosa.




- CIII a -


A un ignorante muy derecho, severo y misterioso de figura


ArribaAbajo   Esa frente, ¡oh Gïaro!, en remolinos
torva y rugas pálida y funesta,
antes señas de toro manifiesta
que de estudios severos y divinos.

   Tus semblantes ceñudos y mohínos,  5
si no descifran délfica respuesta,
obligan que, de risa descompuesta,
se descalcen los propios calepinos.

   No tiene por fructífera el villano
la espiga que con uso se endereza,  10
sino la corva, a quien derriba el grano.

   Hacia la tierra inclina tu entereza,
porque lo erguido se promete vano,
y que está sin meollo la cabeza.




- CIV -


Virtud de la música honesta y devota con abominación de la lascivia


ArribaAbajo   Músico rey y médica armonía,
exorcismo canoro sacrosanto,
y en angélica voz tutelar canto,
bien acompañan cetro y monarquía.

   La negra Majestad con tiranía  5
de Saúl en las iras y en el llanto
reinaba, y fue provincia suya, en tanto
que de David a la arpa no atendía.

   Decente es santo coro al Rey sagrado;
útil es el concento religioso  10
al rey que de Luzbel yace habitado.

   ¡Oh, no embaraces, Fabio, el generoso
oído con los tonos del pecado,
porque halle el salmo tránsito espacioso!




- CV a -


Enseña a los avaros y codiciosos el más seguro modo de enriquecer mucho


ArribaAbajo   Si enriquecer pretendes con la usura,
Cristo promete, ¡oh pálido avariento!,
por uno que en el pobre le des, ciento:
¿dónde hallarás ganancia más segura?

   La desdicha del pobre es tu ventura;  5
su hambre y su miseria, tu sustento;
su desnudez, tus galas y tu aumento,
si socorres su afán y pena dura.

   Fías de la codicia del tratante
y de la tierra y en alado pino  10
los tesoros al mar siempre inconstante,

   y sólo dudas del poder divino,
pues su misma promesa no es bastante
a persuadir tu ciego desatino.




- CV b -


Los vanos y poderosos, por defuera resplandecientes, y dentro pálidos y tristes


ArribaAbajo   Si las mentiras de fortuna, Licas,
te desnudas, veraste reducido
a sola tu verdad, que, en alto olvido,
ni sigues, ni conoces, ni platicas.

   Esas larvas espléndidas y ricas  5
que abultan tus gusanos, con vestido
en el veneno tirio recocido
presto vendrán a tu soberbia chicas.

   ¿Qué tienes, si te tienen tus cuidados?
¿Qué puedes, si no puedes conocerte?  10
¿Qué mandas, si obedecen tus pecados?

   Furias del oro habrán de poseerte;
padecerás tesoros mal juntados;
desmentirá tu presunción la muerte.




- CVI a -


Al oro, considerándole en su origen y después en su estimación


ArribaAbajo   Este metal que resplandece ardiente
y tanta envidia en poco bulto encierra,
entre las llamas renunció la tierra:
ya no conoce al risco por pariente.

   Fundido, ostenta brazo omnipotente,  5
horror que a la ciudad prestó la sierra,
descolorida paz, preciosa guerra,
veneno de la aurora y del poniente.

   Este en dineros ásperos cortado,
orbe pequeño, al hombre le compite  10
los blasones de ser mundo abreviado.

   Pálida ley que todo lo permite,
caudal perdido cuanto más guardado;
sed que no en la abundancia se remite.




- CVI b -


Desengaño de la exterior apariencia con el examen interior y verdadero


ArribaAbajo   ¿Miras este gigante corpulento
que con soberbia y gravedad camina?
Pues por de dentro es trapos y fajina,
y un ganapán le sirve de cimiento.

   Con su alma vive y tiene movimiento,  5
y adonde quiere su grandeza inclina;
mas quien su aspecto rígido examina,
desprecia su figura y ornamento.

   Tales son las grandezas aparentes
de la vana ilusión de los tiranos:  10
fantásticas escorias eminentes.

   ¿Veslos arder en púrpura, y sus manos
en diamantes y piedras diferentes?
Pues asco dentro son, tierra y gusanos.




- CVII -


Advierte a los avaros la ocasión de faltarles muchas veces sus aumentos


ArribaAbajo   Injurias dices, avariento, al cielo;
llámasle de metal, porque no llueve:
dime el socorro que a tu troj le debe
en el pobre que viste sin consuelo.

   De estéril osas acusar el suelo,  5
porque a los gritos tuyos no se mueve;
presumes, necio, de mandar la nieve,
y al invierno tasar quieres el yelo.

   Si no se abre el cielo soberano,
si no dan fruto a tu labor las tierras,  10
imitan tus graneros y tu mano.

   En cuanto al cielo le suplicas, yerras;
pues, de los bienes que te dio, tirano,
le pides que se abra, y tú le cierras.




- CVIII -


Desastre del valido que cayó aun en sus estatuas


ArribaAbajo   ¿Miras la faz que al orbe fue segunda
y en el metal vivió rica de honores
cómo, arrastrada, sigue los clamores,
en las maromas de la plebe inmunda?

   No hay fragua que sus miembros no los funda  5
en calderas, sartenes y asadores;
y aquel miedo y terror de los señores
sólo de humo en la cocina abunda.

   El rostro que adoraron en Seyano,
despedazado en garfios, es testigo  10
de la instabilidad del precio humano.

   Nadie le conoció, ni fue su amigo;
y sólo quien le infama de tirano
no acompañó el horror de su castigo.




- CIX -


Reprehesión de la gula


ArribaAbajo   ¿Tan grande precio pones a la escama?
Ya fuera más barato, bien mirado,
comprar el pescador, y no el pescado,
en que tanta moneda se derrama.

   No el pescado que comes, mas la fama,  5
lo caro y lo remoto, es lo preciado,
pues de los peces de otro mar cargado
lleva tu sueño vuelcos a la cama.

   Y envidio al que te vende la murena
que entre Caribdi y Scila resbalaba,  10
pues más su bolsa que tu vientre llena.

   Das grande precio por lo que otro alaba;
más es la tuya adulación que cena,
y más tu hacienda que tu hambre acaba.




- CX -


Muestra la iniquidad que los poderosos usan con la heredad del pobre, si tienen codicia de ella hasta que se la toman en bajo precio


ArribaAbajo   En la heredad del pobre, las espigas
más gruesas te parecen, más opacas,
y ni en tus trojes la codicia aplacas,
no pudiendo sufrir su mies las vigas.

   Arrójanle tus ansias enemigas  5
con laso cuello en su quiñón tus vacas,
para que, hambrientas, las que entraron flacas
le saquen la cosecha en las barrigas.

   ¡Oh cuántos lloran robos dolorosos
de la envidia opulenta! ¡Oh cuántos males  10
ocasionan vecinos poderosos!

   Hasta que, a intersección de injurias tales,
les expongan los dueños querellosos
aquella posesiones ya venales.




- CXI a -


Muestra en oportuna alegoría la seguridad del estado pobre y el riesgo del poderoso


ArribaAbajo   ¿Ves esa choza pobre que, en la orilla,
con bien unidas pajas, burla al Noto?
¿Ves el horrendo y líquido alboroto,
donde agoniza poderosa quilla?

   ¿No ves la turba ronca y amarilla  5
desconfiar del arte y del piloto,
a quien, si el parasismo acuerda el voto,
la muerte los semblantes amancilla?

   Pues eso ves en mí, que, retirado
a la serena paz de mi cabaña,  10
más quiero verme pobre que anegado.

   Y miro, libre, naufragar la saña
del poder cauteloso, que, engañado,
tormenta vive cuando alegre engaña.




- CXI b -


Enseña que, aunque tarde, es mejor reconocer el engaño de las pretensiones y retirarse a la granjería del campo


ArribaAbajo   Cuando esperando está la sepultura
por semilla mi cuerpo fatigado,
doy mi sudor al reluciente arado
y sigo la robusta agricultura.

   Disculpa tiene, Fabio, mi locura,  5
si me quieres creer escarmentado:
probé la pretensión con mi cuidado,
y hallo que es la tierra menos dura.

   Recojo en fruto lo que aquí derramo,
y derramaba allá lo que cogía:  10
quien se fía de Dios sirve a buen amo.

   Más quiero depender del sol y el día,
y de la agua, aunque tarde, si la llamo,
que de l'áulica infiel astrología.




- CXII a -


A un juez mercadería


ArribaAbajo   Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!,
menos bien las estudias que las vendes;
lo que te compran solamente entiendes;
más que Jasón te agrada el Vellocino.

   El humano derecho y el divino,  5
cuando los interpretas, los ofendes,
y al compás que la encoges o la extiendes,
tu mano para el fallo se previno.

   No sabes escuchar ruegos baratos,
y sólo quien te da te quita dudas;  10
no te gobiernan textos, sino tratos.

   Pues que de intento y de interés no mudas,
o lávate las manos con Pilatos,
o, con la bolsa, ahórcate con Judas.




- CXII b -


Virtud de la presencia del señor en la agricultura y en la guerra


ArribaAbajo   Más fertilizan mi heredad mis ojos
que el mayo que las lluvias no resista;
pues con el beneficio de mi vista,
en espigan reviven mis rastrojos.

   Vuélvense los gañanes en gorgojos  5
si falta el dueño que al trabajo asista;
y quien espera grano, coge arista,
mal acondicionada con abrojos.

   Lo mismo es la batalla que la tierra:
el que la viere dar tendrá victoria,  10
pues los ojos del rey arman la guerra.

   El que manda y gobierna de memoria,
y a su defensa entrambos ojos cierra,
sin cetro y con bordón busca la gloria.




- CXIII a -


Comparación de las fábricas de la soberbia con las de la humildad


ArribaAbajo   Es la soberbia artífice engañoso;
da su fábrica pompa, y no provecho:
ve, Nabuco, la estatua que te ha hecho;
advierte el edificio cauteloso.

   Hizo la frente del metal precioso;  5
armó de plata y bronce cuello y pecho;
y por trocar con el cimiento el techo,
los pies labró de barro temeroso.

   No alcanzó el oro a ver desde la altura
la guija, que rompió con ligereza  10
el polvo en quien fundó rica locura.

   El que pusiere el barro en la cabeza
y a los pies del metal la lumbre pura,
tendrá, si no hermosura, fortaleza.




- CXIII b -


Espántase de la advertencia quien tiene olvidada la culpa


ArribaAbajo   De los misterios a los brindis llevas,
¡oh! Baltasar, los vasos más divinos,
y de los sacrificios a los vinos,
porque injurias de Dios, profano, bebas.

   ¡Qué a difamar los cálices te atrevas,  5
que vinieron del templo peregrinos,
juntando a ceremonias desatinos
y a ancianos ritos tus blasfemias nuevas!

   Después de haber, sacrílego, bebido
toda la edad a Baco en urna santa,  10
mojado el seso y húmedo el sentido,

   ¿ver una mano en la pared te espanta,
habiendo tu garganta merecido,
no que escriba, que corte tu garganta?




- CXIV a -


Al repentino y falso rumor de fuego que se movió en la Plaza de Madrid en una fiesta de toros


ArribaAbajo   Verdugo fue el temor, en cuyas manos
depositó la muerte los despojos
de tanta infausta vida. Llorad, ojos,
si ya no lo dejáis por inhumanos.

   ¿Quién duda ser avisos soberanos,  5
aunque el vulgo los tenga por antojos,
con que el cielo el rigor de sus enojos
severo ostenta entre temores vanos?

   Ninguno puede huir su fatal suerte;
nada pudo estorbar estos espantos;  10
ser de nada el rumor, ello se advierte.

   Y esa nada a causado muchos llantos,
y nada fue instrumento de la muerte,
y nada vino a ser muerte de tantos.




- CXIV b -


Amenaza a un poderoso ofensivo, que la dilación de la pena que se le previene del brazo de Dios, es para aumentarla


ArribaAbajo   Duro tirano de ambición armado,
en la miseria ajena presumido,
o la piedad de Dios llamas olvido,
o arguyes su paciencia de pecado.

   Y puede ser que llegues obstinado  5
y de mordaz blasfemia persuadido,
a negarle el valor, cuando, ofendido,
crecer quiere el castigo dilatado.

   No es negligencia la piedad severa;
bien puede emperezar, mas no olvidarse  10
la atención más hermosa de la esfera.

   Estale a Dios muy bien el descuidarse
de la venganza que tomar espera:
que sabe, y puede, y debe desquitarse.




- CXV -


Gustoso el autor con la soledad y sus estudios, escribió este soneto


ArribaAbajo   Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

   Si no siempre entendidos, siempre abiertos,  5
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

   Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,  10
libra, ¡oh gran don Iosej! docta la emprenta.

   En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquella el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.




- CXVI -


Muestra lo que se indigna Dios de las peticiones execrables de los hombres, y que sus obligaciones para alcanzarlas son graves ofensas


ArribaAbajo   Con mudo incienso y grande ofrenda, ¡Oh, Licas!,
cogiendo a Dios a solas, entre dientes,
los ruegos que recatas de las gentes,
sin voz, a sus orejas comunicas.

   Las horas pides prósperas y ricas,  5
y que para heredar a tu parientes,
fiebres reparta el cielo pestilentes,
y de ruinas fraternas te fabricas.

   (¡Oh grande error! Pues cuando de ejemplares
rayos a Dios armó la culpa, el vicio,  10
víctimas le temblaron los pesares.

   Y hoy le ofenden así, no ya propicio,
que, vueltos sacrílegos los altares,
arma su diestra el mismo sacrificio.)




- CLI -


Funeral elogio en la muerte del bienaventurado Rey Don Felipe III


ArribaAbajo   Mereciste reinar y mereciste
no acabar de reinar; y lo alcanzaste
en las almas al punto que expiraste,
como el reinar al punto en que naciste.

   Rey te llamaste, cuando padre fuiste,  5
pues la serena frente que mostraste,
del amor de tus hijos coronaste,
cerco a quien más valor que el oro asiste.

   Militó tu virtud en tus legiones;
vencieron tus ejércitos, armados  10
igualmente de acero y oraciones.

   Por reliquia llevaron tus soldados
tu nombre y por ejemplo tus acciones,
y fueron victoriosos y premiados.




- CLII a -


Túmulo al serenísimo Infante Don Carlos


ArribaAbajo   Entre las coronadas sombras mías
que guardas. ¡oh glorioso monumento!,
bien merecen lugar, bien ornamento,
las llamas antes, ya cenizas frías.

   Guarda, ¡oh!, sus breves malogrados días  5
en religioso y alto sentimiento;
ya que en polvo atesora el escarmiento,
su gloria a las supremas monarquías.

   No pase huésped por aquí que ignore
el duro caso, y que en las piedras duras,  10
con los ojos que el título leyere,

   a don Carlos no aclame y no le llore,
si no fuere más duro que ellas duras,
cuando lo que ellas sienten no sintiere.




- CLII b -


Al mismo Señor Infante


ArribaAbajo   Tu alta virtud, contar los tiempos fuerte,
tanto, don Carlos, dilató su vuelo,
que dio codicia de gozarla al cielo
y de vencerla al brazo de la muerte.

   Si puede, donde estás, de alguna suerte,  5
entrar cuidado de piadoso celo,
mira, envidioso y lastimado, al suelo,
anegado en las lágrimas que vierte.

   Si el cielo adornas, vuelto estrella hermosa,
cual ojo suyo, puedes ver el llanto  10
que de los nuestros es razón que esperes.

   Pues, según fue tu vida, generosa,
no dudo que tu pie, en el coro santo,
pise estrellas, si estrella en él no fueres.




- CLIII a -


Inscripción al túmulo de la excelentísima Duquesa de Lerma


ArribaAbajo   Si, con los mismos ojos que leyeres
las letras de este mármol, no llorares
y en lágrimas tu vista desatares,
tan mármol, huésped, como el mármol eres.

   Mira, si grandes glorias ver quisieres,  5
estos sagrados túmulos y altares;
y es bien que en tanta majestad repares,
si llevar que contar donde vas quieres.

   Guardo en silencio el nombre de su dueño;
que, si le sabes, parecerte ha poca  10
tan ilustre grandeza a sus despojos.

   Sólo advierte que cubre en mortal sueño
al sol de Lerma enternecida roca:
y vete, que harto debes a tus ojos.




- CLIII b -


Inscripción en el túmulo de Don Pedro Girón, Duque de Osuna, Virrey y Capitán General de las dos Sicilias


ArribaAbajo   De la Asia fue terror, de Europa espanto,
y de la África rayo fulminante;
los golfos y los puertos de Levante
con sangre calentó, creció con llanto.

   Su nombre solo fue victoria en cuanto  5
reina la luna en el mayor turbante;
pacificó motines en Brabante:
que su grandeza sola pudo tanto.

   Divorcio fue del mar y de Venecia,
su desposorio dirimiendo el peso  10
de naves, que temblaron Chipre y Grecia.

   ¡Y a tanto vencedor venció un proceso!
De su desdicha su valor se precia:
¡murió en prisión, y muerto estuvo preso!




- CLIV a -


Compendio de las hazañas del mismo en inscripción sepulcral


ArribaAbajo   Diez galeras tomó, treinta bajeles,
ochenta bergantines, dos mahonas;
aprisionole al Turco dos coronas
y los corsarios suyos más crueles.

   Sacó del remo más de dos mil fieles,  5
y turcos puso al remo mil personas.
¡Y tú, bella Parténope, aprisionas
la frente que agotaba los laureles!

   Sus llamas vio en su puerto la Goleta;
Chicheri y la Calivia, saqueados,  10
lloraron su bastón y su jineta.

   Pálido vio el Danubio sus soldados,
y a la Mosa y al Rhin dio su trompeta
ley, y murió temido de los hados.




- CLIV b -


Epitafio del Duque de Osuna, con sus armas habla el mármol


ArribaAbajo   Memoria soy del más glorioso pecho
que España en su defensa vio triunfante;
en mí podrás, amigo caminante,
un rato descansar del largo trecho.

   Lágrimas de soldados han deshecho  5
en mí las resistencias de diamante;
yo cierro al que el ocaso y el levante
a su victoria dio círculo estrecho.

   Estas armas, viudas de su dueño,
que visten de funesta valentía  10
este, si humilde, venturoso leño,

   del grande Osuna son; él las vestía,
hasta que, apresurado el postrer sueño,
le ennegreció con noche el blanco día.




- CLV a -


Túmulo funeral de Federico, hermano del Marqués Espinola


ArribaAbajo   Blandamente descansan, caminante,
debajo de estos mármoles helados,
los huesos, en cenizas desatados,
del Marte genovés, siempre triunfante.

   No los pises, no pases adelante,  5
que es profanar despojos respetados,
cuando no de la muerte, de los hados,
que obligan a la fama que los cante.

   El rayo artificioso de la guerra,
émula de virtud la diestra airada,  10
en esta piedra a Federico cierra.

   Que la muerte, en el plomo disfrazada,
no se la pudo dar en mar ni tierra,
sin favor de su mano y de su espada.




- CLV b -


Túmulo de Don Francisco de Sandoval y Rojas, Duque de Lerma y Cardenal de Roma


ArribaAbajo   Columnas fueron los que miras huesos
en que estribó la ibera monarquía,
cuando vivieron fábrica, y regía
ánima generosa sus progresos.

   De los dos mundos congojosos pesos  5
descansó la que ves ceniza fría;
el seso que esta cavidad vivía
calificaron prósperos sucesos.

   De Filipe Tercero fue valido,
y murió de su gracia retirado,  10
porque en su falta fuese conocido.

   Dejó de ser dichoso, mas no amado;
mucho más fue no siendo que había sido:
esto al duque de Lerma te ha nombrado.




- CLVI a -


Inscripción al Marqués Ambrosio Spinola, que gobernó las armas católicas en Flandes


ArribaAbajo   Lo que en Troya pudieron las traiciones,
Sinón y Ulises y el caballo duro,
pudo de Ostende en el soberbio muro
tu espada, acaudillando tus legiones.

   Cayó, al aparecer tus escuadrones,  5
Frisa y Breda por tierra, y, mal seguro,
debajo de tus armas vio el perjuro
sin blasón su muralla y sus pendones.

   Todo el Palatinado sujetaste
al monarca español, y tu presencia  10
al furor del hereje fue contraste.

   En Flandes dijo tu valor tu ausencia,
en Italia tu muerte, y nos dejaste,
Spínola, dolor sin resistencia.




- CLVI b -


Funeral discurso de Aníbal, tomando el veneno para morir, viéndose viejo, solo y desterrado


ArribaAbajo   Quitemos al Romano este cuidado,
y un número a sus muchos prisioneros,
pues me temen, los cónsules severos,
amenaza caduca de su estado.

   Impaciente a los términos del hado,  5
salga la alma que armó tantos guerreros:
no aprenda a servir estos postreros
años, que del afán he reservado.

   Pródigo del espíritu y la vida,
desprecio dilatar vejez cansada:  10
venganza les daré, no triunfo y gloria.

   Que es desesperación bien entendida
buscar muerte a la afrenta anticipada:
quede a guardar la vida a la memoria.




- CLVII a -


Sepulcro de Jasón al argonauta


ArribaAbajo   Mi madre tuve en ásperas montañas,
si inútil con la edad soy seco leño;
mi sombra fue regalo a más de un sueño,
supliendo al jornalero las cabañas.

   Del viento desprecié sonoras sañas  5
y al encogido invierno cano ceño,
hasta que a la segur villano dueño
dio licencia de herirme las entrañas.

   Al mar di remos, a la patria fría
de los graznidos, vela; fui ligero  10
tránsito a la soberbia y osadía.

   ¡Oh amigo caminante! ¡oh pasajero!,
dile blandas palabras este día
al polvo de Jasón, mi marinero.




- CLVII b -


Elogio funeral a Don Melchor de Bracamonte, hijo de los Condes de Peñaranda, gran soldado, sin premio


ArribaAbajo   Siempre, Melchor, fue bienaventurada
tu vida en tantos trances en el suelo;
y es bienaventurada ya en el cielo,
en donde sólo pudo ser premiada.

   Sin ti quedó la guerra desarmada  5
y el mérito agraviado sin consuelo,
la nobleza y valor en llanto y duelo.
y la satisfacción mal disfamada.

   Cuanto no te premiaron, mereciste,
y el premio en tu valor acobardaste,  10
y el excederle fue lo que tuviste.

   El cargo que en el mundo no alcanzaste,
es el que yace, el huérfano y el triste:
que tú de su desdén te coronaste.




- CLVIII a -


Sepulcro del buen juez Don Berenguel de Aois


ArribaAbajo   Si cuna y no sepulcro pareciere,
por no sobrescribirme el «Aquí yace»,
huésped, advierte que en la tumba nace
quien, como Berenguel, a vivir muere.

   El que la toga que vistió vistiere  5
y no le imitan en lo que juzga y hace,
con este ejemplo santo se amenace:
el que le sigue su blasón espere.

   Falleció sin quejosos y dinero;
enterrole el Consejo y, enterrado,  10
en él guardo el consejo más severo.

   Edificó viviendo amortajado;
no edificó para vivir logrero;
por él nadie lloró, y hoy es llorado.




- CLVIII b -


Elogio fúnebre al Marqués de Siete Iglesias


ArribaAbajo   Tu vida fue envidiada de los ruines;
tu muerte de los buenos fue envidiada;
dejaste la desdicha acreditada
y empezaste tu dicha de tus fines.

   Del metal ronco fabricó clarines  5
Fama, entre los pregones disfrazada,
y vida eterna y muerte desdichada
en un filo tuvieron los confines.

   Nunca vio tu persona tan gallarda
con tu guarda la plaza como el día  10
que por tu muerte tu alabanza guarda.

   Mejor guarda escogió tu valentía,
pues que hizo tu ángel con su guarda
en la gloria lugar a tu agonía.




- CLIX a -


Túmulo de Don Francisco de la Cueva y Silva, grande jurisconsulto y abogado


ArribaAbajo   Este, en traje de túmulo, museo,
sepulcro en academia transformado
en donde está en cenizas desatado
Jasón, Licurgo, Bártulo y Orfeo;

   este polvo, que fue de tanto reo  5
asilo dulcemente razonado,
cadáver de las leyes consultado,
en quien, si lloro el fin, las glorias leo,

   éste de don Francisco de la Cueva
fue prisión, que su vuelo nos advierte,  10
donde piedad y mérito le lleva.

   Todas las leyes, con discurso fuerte,
venció; y ansí, parece cosa nueva
que le venciese, siendo ley, la muerte.




- CLIX b -


Inscripción en sepulcro de la Señora Duquesa de Nájera, Condesa de Valencia


ArribaAbajo   A la naturaleza la hermosura,
y a toda la hermosura la belleza,
el blasón y la sangre a la nobleza,
al discurso el acierto y la cordura,

   guarda este monumento y sepultura,  5
con más piedad del mármol que dureza,
del mérito vencida la grandeza,
dejada por plebeya la ventura.

   Aquí descansa en paz, aquí reposa
la duquesa de Nájera, y la tierra  10
la guarda el sueño, leve y religiosa.

   ¡Oh huésped!, tú que vives siempre en guerra,
dile blandas palabras a la losa
que tan esclarecidas venas cierra.




- CLX a -


Elogio ilustre en la muerte del Marqués de Alcalá, padre de la excelentísima Señora Duquesa de Medinaceli


ArribaAbajo   ¡Cuánto dejarás de vivir si hubieras
vivido una hora más, oh generoso
marqués, pues, ya en el reino del reposo,
ni tiempo temes, ni la muerte esperas!

   Nueva lumbre contemplo en las esferas:  5
la piedad de tu espíritu glorioso
robole a nuestra edad hado envidioso,
a ti. clemente, en glorias verdaderas.

   En vos, excelentísima señora,
cuando vuestro dolor con las querellas  10
en tan piadosas lágrimas le llora,

   estrellas deja, y va a gozar estrellas;
éstas enluta cuando aquéllas dora,
y, para consolaros, vive en ellas.




- CLX b -


Al mismo


ArribaAbajo   Ribera, hoy paraíso; Afán, hoy gloria;
que ansí a descanso hoy pasa el apellido,
de tantas majestades deducido,
blasón que vive en inmortal historia;

   contra el tiempo y olvido la victoria  5
os asegura el real esclarecido
hijo, en quien ya dejáis padre y marido
al fénix que os fecunda la memoria.

   Dejáis la pena, sí; pero consuelo
tan cerca, que si ya no alivia el llanto,  10
justo será, más descortés al cielo.

   Dejaisla excelso sustituto, en tanto
que vuestra alma gloriosa deja el suelo,
y llevaisla en el alma al cielo santo.




- CLXI a -


Inscripción al túmulo del Rey de Francia Enrique IV


ArribaAbajo   Su mano coronó su cuello ardiente
y el acero le dio cetro y espada;
hízose reino a sí con mano armada;
conquistó y gobernó francesa gente.

   Su diestra fue su ejército valiente;  5
sintió su peso el mar; vio, fatigada,
el alto Pirineo, de gente osada,
la nieve, ceño cano de su frente.

   Su herencia conquistó, por merecerla;
nació rey por la sangre que tenía;  10
por la que derramó, fue rey famoso.

   A Fortuna quitó (por no deberla
sólo a la sucesión) la monarquía:
y vengo a la Fortuna un alevoso.




- CLXI b -


Otro a la muerte del mismo rey, sobre la causa que le movió al matador


ArribaAbajo   No pudo haber estrella que infamase
con tal inclinación sus rayos de oro,
ni a tanta majestad perdió el decoro
hora, por maliciosa que pasase.

   Ni pudo haber deidad que se enojase  5
y diese tan vil causa a tanto lloro;
rayos vengan la ira al alto coro:
no era bien que un traidor se la vengase.

   Gusto no pudo ser matar muriendo,
y menos interés, pues no respeta  10
la desesperación precio ni gloria.

   Envidia del infierno fue, temiendo
que el ruido ronco de la guerra inquieta
despertara de España la memoria.




- CLXII a -


A la muerte del Cuaro Enrico, Rey de Francia


ArribaAbajo   No llegó a tanta envidia de los hados,
ni bastó para tanto fuerza alguna;
temió quejas del mundo la Fortuna;
vio sus atrevimientos respetados.

   Y veisle: yace en mármoles helados  5
(así lo quiere Dios) el que ninguna
diestra temió debajo de la luna;
el que armó con su pecho sus soldados.

   La cana edad le perdonó piadosa;
la flaca enfermedad le guardó vida  10
con que buscar pudiera honrosa muerte.

   Todo lo malogró mano alevosa,
quitando al mundo el miedo en una herida,
desmintiendo promesas a su suerte.




- CLXII b -


Glorioso túmulo a la serenísima Infanta Sor Margarita de Austria


ArribaAbajo   Las aves del Imperio, coronadas,
mejoraron las alas en tu vuelo,
que con el pobre y serafín al cielo
sube, y volando sigue sus pisadas.

   ¡Oh cuán cesáreas venas, cuán sagradas  5
frentes se coronaron con tu velo!
Y espléndido el sayal venció en el suelo
púrpura tiria y minas de oro hiladas.

   La silla más excelsa, más gloriosa,
que perdió el serafín amotinado,  10
premió a Francisco la humildad; y hoy osa

   la tierra, émula al cielo, en alto grado,
premiarle con la frente más preciosa
que imperiales coronas han cercado.




- CLXIII a -


Funeral elogio al Padre Maestro Fray Hortensio Félix Paravicino y Argeaga, Predicador de su Majestad


ArribaAbajo   El que vivo enseñó, difunto mueve,
y el silencio predica en el difunto:
en este polvo mira y llora junto
la vista cuando al púlpito le debe.

   Sagrado y dulce, el coro de las nueve  5
enmudece en su voz el contrapunto:
faltó la admiración a todo asunto,
y el fénix que en su pluma se renueve.

   Señas te dio del docto y admirable
Hortensio, tales, que callar pudiera  10
el nombre religioso y venerable.

   La Muerte aventurara, si le oyera,
a perder el blasón de inexorable,
y si no fuera sorda le perdiera.




- CLXIII b -


Lamentable inscripción para el túmulo del Rey de Suecia Gustavo Adolfo


ArribaAbajo   Rayo ardiente del mar helado y frío,
y fulminante aborto, tendí el vuelo;
incendio primogénito del yelo,
logré las amenazas de mi brío.

   Fatigué de Alemania el grande río;  5
crecile, y calenté con sangre el suelo;
azote permitido fui del cielo
y terror del augusto señorío.

   Y bala providente y vengadora,
burlado de mi arnés, defensa vana,  10
me trujo negro sueño y postrer hora.

   Y, despojo a venganza soberana
alma y cuerpo, me llora quien me llora:
el que los pierde, ¿qué victorias gana?




- CLXIV a -


Sepulcro relación en el monumento de Wolistan


ArribaAbajo   Diole el León de España su Cordero,
y, lobo, quiso ensangrentar sus galas;
el Aguila imperial le dio sus alas,
y con sus garras se le opuso fiero.

   Más soberbio y aleve que guerrero,  5
al reino de Bohemia puso escalas;
la elección de su cetro dio a las balas
y esperó la corona del acero.

   Cayó deshecho en átomos sangrientos
el duque de Frislant, por advertidas  10
manos en su castigo y sus intentos.

   No se ve el hombre; vense las heridas;
del cuerpo muerto nacen escarmientos:
tú los quieres crecer si los olvidas.




- CLXIV b -


Venerable túmulo de Don Fadrique de Toledo


ArribaAbajo   Al bastón que le vistes en la mano
con aspecto real y floreciente,
obedeció pacífico el tridente
del verde emperador del Océano.

   Fueron oprobio al belga y luterano  5
sus órdenes, sus armas y su gente;
y en su consejo y brazo, felizmente,
venció los hados el monarca hispano.

   Lo que en otros perdió la cobardía,
cobró armado y prudente su denuedo,  10
que sin victorias no contó algún día.

   Esto fue don Fabrique de Toledo.
Hoy nos da, desatado en sombra fría,
llanto a los ojos y al discurso miedo.




- CLXV a -


Túmulo a la señora Doña María Enríquez, Marquesa de Villamaina


ArribaAbajo   ¿Quién alimentará de luz al día?
¿Quién de rayos al sol? ¿Quién a la aurora
de perlas, que en tu risa y boca llora;
del coral, que en tus labios encendía?

   Ya falleció del mundo la alegría;  5
melancólica y mustia yace Flora,
cuando el cabello de tu frente dora
en negro luto la ceniza fría.

   Por sólo unirse a Dios tu alma pudo
desunirse del cuerpo, que en el suelo,  10
si fue cuerpo o deidad, aún hoy lo dudo.

   Dichoso en tanto llanto fue su vuelo,
pues que sube tu espíritu desnudo
de un cielo, por vestirse de otro cielo.




- CLXV b -


Túmulo a Colón: habla un pedazo de la nave en que descubrió el Nuevo Mundo


ArribaAbajo   Imperio tuve un tiempo, pasajero,
sobre las ondas de la mar salada;
del tiempo fui movida y respetada
y senda abrí al Antártico hemisferio.

   Soy con larga vejez tosco madero;  5
fui haya, y de mis hojas adornada,
del mismo que alas hice en mi jornada,
lenguas para cantar hice primero.

   Acompaño esta tumba tristemente,
y aunque son de Colón estos despojos,  10
su nombre callo, venerable y santo,

   de miedo que, de lástima, la gente
tanta agua ha de verter con tiernos ojos,
que al mar nos vuelva a entrambos con el llanto.




- CLXVI -


Túmulo de Aquiles cuando llegó a él Alejandro


ArribaAbajo   Por más que el Tiempo en mí se ha paseado,
consumirme, Alejandro, no ha podido:
que del cuerpo que en mí tengo escondido,
fuerzas contra las suyas he sacado.

   Aquiles es quien yace sepultado,  5
y con silencio duerme en largo olvido.
Respeta las cenizas en que ha sido
su valeroso cuerpo desatado.

   Rayo fue de la guerra, a Troya espanto;
Júpiter tuvo miedo de su acero,  10
hasta que dejó el alma el frágil manto.

   Diole la eternidad el docto Homero.
No le llores de Envidia; vierte llanto
de lástima de un hado tan severo.




- CLXXXIX -


Amante ausente del sujeto amado después de larga navegación


ArribaAbajo   Fuego a quien tanto mar ha respetado
y que, en desprecio de las ondas frías,
pasó abrigado en las entrañas mías,
después de haber mis ojos navegado,

   merece ser al cielo trasladado,  5
nuevo esfuerzo del sol y de los días;
y entre las siempre amantes jerarquías,
en el pueblo de luz, arder clavado.

   Dividir y apartar puede el camino;
mas cualquier paso del perdido amante  10
es quilate al amor puro y divino.

   Yo dejo la alma atrás; llevo adelante,
desierto y solo, el cuerpo peregrino,
ya mí no traigo cosa semejante.




- CXC a -


Compara al Etna con las propiedades de su amor


ArribaAbajo   Ostentas, de prodigios coronado,
sepulcro fulminante, monte aleve,
las hazañas del fuego y de la nieve,
y el incendio en los yelos hospedado.

   Arde el invierno en llamas erizado,  5
y el fuego lluvias, y granizos bebe;
truena, si gimes; si respiras, llueve
en cenizas tu cuerpo derramado.

   Si yo no fuera a tanto mal nacido,
no tuvieras, ¡oh Etna!, semejante:  10
fueras hermoso monstruo sin segundo.

   Mas como en alta nieve ardo encendido,
soy Encéfalo vivo y Etna amante,
y ardiente imitación de ti en el mundo.




- CXC b -


Ausente, se halla en pena más rigurosa que Tántalo


ArribaAbajo   Dichoso puedes, Tántalo, llamarte,
tú, que, en los reinos vanos, cada día,
delgada sombra, desangrada y fría,
ves, de tu misma sed, martirizarte.

   Bien puedes en tus penas alegrarte  5
(si es capaz aquel pueblo de alegría),
pues que tiene (hallarás) la pena mía
del reino de la noche mayor parte.

   Que si a ti de la sed el mal eterno
te atormenta, y mirando l'agua helada,  10
te huye, si la llama tu suspiro;

   yo, ausente, venzo en penas al infierno;
pues tú tocas y ves la prenda amada;
yo, ardiendo, ni la toco ni la miro.




- CXCI a -


Con ejemplos muestra a Flora la brevedad de la hermosura, para no malograrla


ArribaAbajo   La mocedad del año, la ambiciosa
vergüenza del jardín, el encarnado
oloroso rubí, Tiro abreviado,
también del año presunción hermosa;

   la ostentación lozana de la rosa,  5
deidad del campo, estrella del cercado;
el almendro, en su propia flor nevado,
que anticiparse a los calores osa,

   reprehensiones son, ¡oh Flora!, mudas
de la hermosura y la soberbia humana,  10
que a las leyes de flor está sujeta.

   Tu edad se pasará mientras lo dudas;
de ayer te habrás de arrepentir mañana,
y tarde y con dolor serás discreta.




- CXCI a -


Compara el discurso de su amor con el de un arroyo


ArribaAbajo   Torcido, desigual, blando y sonoro,
te resbalas secreto entre la flores,
hurtando la corriente a los calores,
cano en la espuma y rubio con el oro.

   En cristales dispensas tu tesoro,  5
líquido plectro a rústicos amores;
y templando por cuerdas ruiseñores,
te ríes de crecer con lo que lloro.

   De vidrio, en las lisonjas, divertido,
gozoso vas al monte; y, despeñado,  10
espumoso encaneces con gemido.

   No de otro modo el corazón cuitado,
a la prisión, al llanto se ha venido
alegre, inadvertido y confiado.




- CXCII -


Finge dentro de sí un infierno, cuyas penas procura mitigar, como Orfeo, con la música de su canto, pero sin provecho


ArribaAbajo   A todas partes que me vuelvo veo
las amenazas de la llama ardiente,
y en cualquier lugar tengo presente
tormento esquivo y burlador deseo.

   La vida es mi prisión, y no lo creo;  5
y al son del hierro, que perpetuamente
pesado arrastro, y humedezco ausente,
dentro en mí propio pruebo a ser Orfeo.

   Hay en mi corazón furias y penas;
en él es el amor fuego y tirano,  10
y yo padezco en mí la culpa mía.

   ¡Oh dueño sin piedad, que tal ordenas,
pues, del castigo de enemiga mano,
no es precio ni rescate l'armonía.




- CXCIII -


Amante que hace lección para aprender a amar de maestros irracionales


ArribaAbajo   Músico llanto, en lágrimas sonoras,
llora monte doblado en cueva fría,
y destilando líquida armonía,
hace las peñas cítaras canoras.

   Ameno y escondido a todas horas,  5
en mucha sombra alberga poco día;
no admite su silencio compañía:
sólo a ti, solitario, cuando lloras.

   Son tu nombre, color y voz doliente
señas, más que de pájaro, de amante;  10
puede aprender dolor de ti un ausente.

   Estudia en tu lamento y tu semblante
gemidos este monte y esta fuente,
y tienes mi dolor por estudiante.




- CXCIV a -


Exageraciones de su fuego, de su llanto, de sus suspiros y de su pena


ArribaAbajo   Si el abismo, en diluvios desatado,
hubiera todo el fuego consumido,
el que enjuga mis venas, mantenido
de mi sangre, le hubiera restaurado.

   Si el día, por Faetón descaminado,  5
hubiera todo el mar y aguas bebido,
con el piadoso llanto que he vertido,
las hubiera mis ojos renovado.

   Si las legiones todas de los vientos
guardar Ulises en prisión pudiera,  10
mis suspiros sin fin otros formaran.

   Si del infierno todos los tormentos,
con su música, Orfeo suspendiera,
otros mis penas nuevos inventaran.




- CXCIV b -


Acuérdase de su libertad cobrada, y vuelta a perder; y aunque confiesa la felicidad de aquel estado, se reconoce así mismo sin valor para desearle


ArribaAbajo   Ya que no puedo l'alma, los dos ojos
vuelvo al dulce lugar, donde, rendida,
dejé mi antigua libertad, vestida
de mis húmedas ropas y despojos.

   ¡Oh, si sintiera ya los lazos flojos  5
en que tirano Amor la tiene asida,
o el desengaño tardo de mi vida
a su prisión burlara los cerrojos!

   A ti me fuera luego, y de tu techo
las paredes vistiera, por honrarte,  10
con duro lazo, por mi bien, deshecho.

   Mas hállome en prisión tan de su parte,
¡oh libertad!, que faltas a mi pecho
para poder sin Fili desearte.




- CXCV a -


No se disculpa, como los necios amantes, de atreverse a amar; antes persuade a ser superior hermosura, la que no permite resistencia para ser amada


ArribaAbajo   ¡No si no fuera yo quien solamente
tuviera libertad después de veros!
Fuerza, no atrevimiento, fue el quereros,
y presunción penar tan altamente.

   Osé menos dichoso que valiente;  5
supe, sino obligaros, conoceros;
y ni puedo olvidaros ni ofenderos:
que nunca puro amor fue delincuente.

   No desdeña gran mar fuente pequeña;
admite el sol en su familia de oro  10
llama delgada, pobre y temerosa;

   ni humilde y baja exhalación desdeña.
Esto alegan las lágrimas que lloro;
esto mi ardiente llama generosa.




- CXCV b -


Ardor disimulado de amante


ArribaAbajo   Salamandra frondosa y bien poblada
te vio la antigüedad, columna ardiente,
¡oh Vesubio, gigante el más valiente
que al cielo amenazó con diestra osada!

   Después, de varias flores esmaltada,  5
jardín piramidal fuiste, y luciente
mariposa, en tus llamas inclemente,
y en quien toda Pomona fue abrasada.

   Ya, fénix cultivada, te renuevas,
en eternos incendios repetidos,  10
y noche al sol y al cielo luces llevas.

   ¡Oh monte, emulación de mis gemidos:
pues yo en el corazón, y tú en las cuevas,
callamos los volcanes florecidos!




- CXCVI a -


A Aminta, que teniendo un clavel en la boca, por morderle se mordió los labios, y salió sangre


ArribaAbajo   Bastábale al clavel verse vencido
del labio en que se vio (cuando, esforzado
con su propia vergüenza, lo encarnado
a tu rubí se vio más parecido),

   sin que, en tu boca hermosa, dividido  5
fuese de blancas perlas granizado,
pues tu enojo, con él equivocado,
el labio por clavel dejó mordido;

   si no cuidado de la sangre fuese,
para que, a presumir de tiria grana,  10
de tu púrpura líquida aprendiese.

   Sangre vertió tu boca soberana,
porque, roja victoria, amaneciese
llanto al clavel y risa a la mañana.




- CXCVI b -


Venganza en figura de consejo a la hermosura pasada


ArribaAbajo   Ya, Laura, que descansa tu ventana
en sueño que otra edad tuvo despierta,
y, atentos los umbrales de tu puerta,
ya no escuchan de amante queja insana;

   pues cerca de la noche, a la mañana  5
de tu niñez sucede tarde yerta,
mustia la primavera, la luz muerta,
despoblada la voz, la frente cana:

   cuelga el espejo a Venus, donde miras
y lloras la que fuiste en la que hoy eres;  10
pues, suspirada entonces, hoy suspiras.

   Y ansí, lo que no quieren ni tú quieres
ver, no verán los ojos, ni tus iras,
cuando vives vejez y niñez mueres.




- CXCVII a -


A una fénix de diamantes que Aminta traía en el cuello


ArribaAbajo   Aminta, si a tu pecho y a tu cuello
esa fénix preciosa a olvidar viene
la presunción de única que tiene,
en tu rara belleza podrá hacello.

   Si viene a mejorar, sin merecello  5
de incendio (que dichosamente estrene),
hoguera de oro crespo la previene
el piélago de luz en tu cabello.

   Si varias de muerte y de elemento
quiere, y morir en nieve, la blancura  10
de tus manos la ofrece monumento.

   Si quieres más eterna sepultura,
si ya no fuese eterno nacimiento,
con mi envidia la alcance en tu hermosura.




- CXCVII b -


A Aminta, que se cubrió los ojos con la mano


ArribaAbajo   Lo que me quita en fuego, me da en nieve
la mano que tus ojos me recata;
y no es menos rigor con el que mata,
ni menos llamas su blancura mueve.

   La vista frescos los incendios bebe,  5
y, volcán, por las venas los dilata;
con miedo atento a la blancura trata
el pecho amante, que la siente aleve.

   Si de tus ojos el ardor tirano
le pasas por tu mano por templarle,  10
es gran piedad del corazón humano;

   mas no de ti, que puede, al ocultarle,
pues es de nieve, derretir tu mano,
si ya tu mano no pretende helarle.

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