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Sor Juana Inés de la Cruz : ¿Hagiografía o autobiografía?


Margo Glantz



Portada



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ArribaAbajoNota aclaratoria

En la primera parte de este libro, incluyo el ensayo que precede a la antología de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz preparado para la Biblioteca Ayacucho, cuyo consejo directivo ha aceptado gentilmente una nueva edición, ahora corregida y aumentada. La segunda parte recopila diversos ensayos míos sobre la monja y su contexto: analizan y desarrollan ciertos temas apuntados en la primera sección. Algunos textos han sido publicados antes en revistas o en libros, pero el lugar que ocupan en esta publicación los recontextualiza y les añade una nueva dimensión.

Mi trabajo está construido a manera de emblema. En su sentido más literal, definida por Covarrubias, en su diccionario del siglo XVII, esta palabra: «... es nombre griego, significa entretejimiento o enlazamiento de diferentes piedrecitas o esmaltes de varios colores que formaban flores, animales y varias figuras en los enlosados de diferentes mármores...». He intentado revisar aspectos varios de la obra, tiempo y vida de Sor Juana, reconstruyéndolos para tratar de articular su inserción en la sociedad colonial mexicana del siglo XVII. Quizá he logrado verificar la profunda dicotomía de una cultura con pretensiones ascéticas que adolecía de un exceso de corporeidad.

Tanto en el texto como en las notas y la bibliografía, modernizo la ortografía de las ediciones antiguas, cuando las cito. Los subrayados son, salvo aclaración en contrario, míos. Algunas palabras llevan mayúscula a propósito para destacar algunas ideas.

Agradezco a Sergio Fernández, estudioso profundo y fino de la monja, a mis buenos amigos y colegas Vicente Quirarte, de la Imprenta Universitaria, y Ariel Rosales, de la Editorial Grijalbo, su interés en publicar este libro. Aprovecho la ocasión para agradecer de nuevo a   —10→   Sergio Pitol su amistosa insistencia para que lo escribiese; a Beatriz Aguad, su analítico y tenaz encaminamiento, y finalmente, de manera muy especial, a Luz del Amo y a Mónica Mansour sus sugerencias, su apoyo y su infatigable amistad.

Coyoacán, 1989-1995.



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ArribaAbajoLista de abreviaturas

AP Aprobación del padre Calleja a la primera edición de la Fama y obras póstumas.
CA Carta atenagórica, OC, t. IV.
CF Carta de Sor Filotea de la Cruz, OC, t. IV.
CN Carta al padre Núñez de Miranda, edición de Antonio Alatorre, Nueva Revista de Filología Hispánica, T. XXXV, núm. 2, 1987, pp. 591-673. El Colegio de México, 1987.
D Décima; todas las décimas se encuentran en OC, t. I.
DN El Divino Narciso, OC, t. IV.
EC Los empeños de una casa, OC, t. IV.
EE Ejercicios de la Encarnación, OC, t. IV.
f folio.
ff folios.
Fama Fama y obras póstumas, Madrid, Ruiz de Murga, 1700.
Obispo Véase en la bibliografía Fernández de Santa Cruz, Manuel.
OC Sor Juana Inés de la Cruz, Obras completas, 4 vols., México, FCE, Biblioteca Americana (edición de Alfonso Méndez Plancarte, t. I, II y III; t. IV, edición de Alberto G. Salceda): t. I, Lírica personal, 1.ª reimp., 1976; t. II, Villancicos y letras sacras, 1.ª reimp., 1976; t. III, Autos y loas, 1.ª ed., 1955; t. IV, Comedias, sainetes y prosa, 1.ª reimp., México, 1976.
Oviedo Juan Antonio de Oviedo, Los milagros de la cruz y maravillas del padecer. Sermón que en las solemnes honras que el día 26 de abril de 1728 le hicieron a la V. M. Sor María Inés de los Dolores, México, José Bernardo de Hogal, 1728.   —12→  
Paraíso Paraíso occidental de Carlos de Singüenza y Góngora, México, Juan de Rivera, 1684.
R Romance; todos los romances se encuentran en OC, t. I.
RD Redondilla; todas las redondillas se encuentran en OC, t. II.
RF Respuesta a Sor Filotea, OC, t. IV.
S Soneto; todos los sonetos se encuentran en OC, t. I.
Sueño Primero sueño, edición de Alfonso Méndez Plancarte, México, UNAM, 1989.
T Tomo
TF Las trampas de la fe. Octavio Paz. México, FCE, 1990 (3.ª reimp.).
Tirso Tirso de Molina (fray Gabriel Téllez), «El vergonzoso en Palacio», en Obras dramáticas completas, ed. crítica de Blanca de los Ríos, Madrid, Aguilar, 1969, t. I, pp. 429-498.
V Villancicos; todos los villancicos están en OC, t. II.




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ArribaAbajoPrimera parte

No fuera sin hipérboles verosímil


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ArribaAbajo1

La musa, el fénix, el monstruo



Tirar el guante... es señal de desafío

«A todos es notorio que los poetas proceden por hipérboles», anota, desdeñoso, Borges, antes de encomiar la sencillez del Dante, y prohibir en la literatura cualquier «palabra injustificada». Es evidente que Borges no aceptaría las inevitables exageraciones del barroco y descartaría de entrada cualquiera de los sustantivos y calificativos que para definir a Sor Juana Inés de la Cruz se usaban antes y ahora con gran prodigalidad. ¿No se publicó el primer tomo de sus obras, en Madrid, en 1689, con el excesivo nombre de Inundación Castálida de la única poetisa, Musa Décima, Soror Juana Inés de la Cruz, religiosa profesa en el Monasterio de San Jerónimo de la Imperial Ciudad de México, que en varios metros, idiomas y estilos, fertiliza varios asuntos, con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, útiles versos; para enseñanza, recreo y admiración, dedícales a la Excma. Señora Doña María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, Condesa de Paredes, Marquesa de la Laguna, y los saca a la luz Don Juan Camacho Gayna Caballero del Orden de Santiago, Mayordomo y Caballerizo que fue de su Excelencia, Gobernador actual de la Ciudad del puerto de Santa María?

Tales calificativos quizá le sonaron pretenciosos a la monja misma, y puede ser que para la segunda edición del primer tomo de sus obras haya mandado simplificar notablemente el título1. Con todo, ¿cómo podríamos   —16→   examinar a una escritora como Sor Juana Inés de la Cruz sin caer de bruces en esa figura paradigmática del barroco? ¿Es posible no imitar a su biógrafo, el padre Diego Calleja, cuando muy espantado exclama: ¿Cómo «se hará sin hipérboles verosímil... su habilidad tan nunca vista»?2

Su fama creció a medida que sus proezas intelectuales provocaban el «pasmo» en la corte virreinal. Desde muy joven, como favorita en la corte de la marquesa de Mancera, es motivo de atracción universal: la admiran por igual los visitantes extranjeros y los principales cortesanos de la capital novohispana, la muy Noble y Leal Ciudad de México, alguna vez conocida como la Ciudad de los Palacios. Ese joven prodigio empieza su carrera con un examen público, idéntico en su teatralidad grandilocuente a los frecuentes y fastuosos espectáculos característicos de la época barroca con que se deslumbraba -«espantaba»- a los espectadores y se afirmaba el poderío de la monarquía3. El mismo Calleja lo afirma «con certitud no disputable», cuando relata la muy célebre escena en que Juana Inés contesta, ante la corte, ese «gran teatro del mundo», las preguntas que 40 sabios le hacen para comprobar si su «sabiduría, tan admirable», era «infusa» o «adquirida», esto es, sobrenatural o humana:

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Concurrieron, pues, el día señalado a certamen de curiosa admiración: atestigua el Señor Marqués, que no cabe en humano juicio creer lo que vio, pues dice: que a la manera que un Galeón Real (traslado las palabras de su Excelencia) se defendería de pocas Chalupas que le embistieran, así se desembarazaba Juana Inés de las preguntas, argumentos y réplicas, que tantos, cada uno en su clase, le propusieron.


(AP, s. f.)4.                


Entonces no es exagerado afirmar que mientras vivió su fama alcanzó los límites del inmenso mundo hispánico y que esa fama perduró todavía muchos años, como puede comprobarse por las sucesivas ediciones, las numerosas reimpresiones y la recepción de sus obras, cuyo impacto se verifica además en las advertencias y aprobaciones de sus versos y en los poemas que le dedicaron sus contemporáneos, durante el periodo comprendido entre su muerte y el primer tercio del siglo XVIII. Después, un paulatino silencio, apenas roto por algunas voces; para la segunda mitad del siglo XVIII, la moda neoclásica -que abominó del barroco y sus excesos- empieza a despojarla de su fama, sus obras van cayendo en el olvido como las de Góngora, y, aunque solemos verla mencionada, es casi un lugar común advertir que ya no se le toma en cuenta como poeta, sino sólo como una docta, erudita, grande mujer5.

El siglo XX ha respondido a ese silencio prolongado con una enorme bibliografía y la ha «redescubierto» -como a América-, triunfal resurgimiento. En estas últimas décadas finiseculares, milenaristas, se advierte una gran proliferación de escritos críticos y el hallazgo de algunas obras suyas que se creían perdidas (o totalmente desconocidas como la llamada Carta de Monterrey), aunque haya quienes planteen dudas sobre su autenticidad6. A medida que se recobra ese mundo que   —18→   se nos aparece como evasivo, monstruoso, grandilocuente, aún vigente en varias de las actuales manifestaciones populares de nuestro país, las facetas oscuras que recubrían a Sor Juana, semejantes en su proyección a las de las pirámides y funestas sombras del Primero sueño, empiezan a dibujar un nuevo contorno quizá menos deformante. Cabe subrayar la contraparte: la excesiva proliferación de escritos sobre su obra puede provocar confusión. Las innumerables voces se convierten en ruido, un equivalente relativo de la mudez, tema varias veces tratado por ella -por ejemplo, en el Neptuno alegórico y la Respuesta a Sor Filotea. Admirablemente lo sintetiza en El Divino Narciso, en las palabras de su personaje Naturaleza Humana:


... en proporcionada pena,
correspondió en divisiones
la confusión de las lenguas...


(P. 38).                


Bien sabemos que la confusión de las lenguas -la de la Torre de Babel- produce ecos informes, sonidos «borrados», disonantes, o quizá para decirlo de nuevo con Sor Juana se queda uno «a media voz», estado en que la ninfa Eco permanece cuando se ve privada para siempre de Narciso, el Divino Redentor, en el mencionado auto sacramental.

Para exacerbar la hipérbole, hay que insistir en que su vida y obra no pueden estudiarse sin tomar en cuenta la gran admiración y hasta   —19→   el estupor que su figura ha provocado, estupor que en parte la halagaba y, sobre todo, la indignaba: «No os veréis/ en ese Fénix, bergantes»7.

El proceso de mitificación que la convierte en un ser extraño, monstruoso, excepcional, tranquiliza en parte a quienes intentan clarificar su paso por el mundo de las letras barrocas de la Nueva España. Al legendarizarla o eximirla de la normalidad la neutralizan: se relativiza el hecho, para muchos asombroso, de que tan gran talento haya pertenecido a una mujer prodigio, «salida de madre de lo natural». Antes de entrar a examinar su obra, debo detenerme y trazar una somera revista a la producción crítica que ha suscitado y analizar la reiterativa alusión a su talento e ineludiblemente, a su condición de criolla y de mujer; condición ésta, inseparable de su genio, admirado con «espanto», como puede corroborarse por las palabras de su contemporáneo y admirador, don Carlos de Sigüenza y Góngora. Las uso para redondear la hipérbole:

... manifestar al mundo cuánto es lo que atesora su capacidad en la enciclopedia y universalidad de las letras, para que se supiera que en un solo individuo goza México lo que, en siglos anteriores, repartieron las Gracias a cuantas doctas mujeres son el asombro venerable de las historias8.





El siglo olvidado...

Los cambios ideológicos y políticos que recientemente se han producido en el mundo alteran, aunados a los acaecidos en México, la lectura de nuestro periodo colonial. Este proceso afecta, es obvio, la recepción de la obra de Sor Juana y la de todo su periodo. Es preciso entonces hacer una aclaración: desde antes de la Independencia de México de la metrópoli española, se fue conformando una visión negativa de la época colonial. Después del largo periodo de anarquía   —20→   iniciado al ocurrir la Independencia, la llegada de los liberales al poder genera cambios definitivos y provoca la separación de la Iglesia y el Estado, a través de las Leyes de Reforma. Las consecuencias fueron no sólo políticas, sino materiales: con la destrucción de los conventos y la exclaustración se perdió una gran cantidad de documentos. Los restantes fueron refundidos en desorden en archivos y bibliotecas y la fisonomía concreta del país y sus ciudades principales cambió de manera radical. La ideología liberal, oficial en nuestro país, sobre todo a partir de la Reforma (1857) y la República restaurada (1867), continuó durante el Porfiriato (1870-1910), a tal punto que el ministro de Instrucción Pública, Justo Sierra, resume, acudiendo a un lugar común y a una institución, la animadversión de los que entonces estaban en el poder contra el periodo colonial, haciendo suya esa Leyenda Negra construida por los enemigos tradicionales de España desde finales del siglo XVI:

La tremenda clausura intelectual en que aquella sociedad vivía, altísimo, impenetrable muro vigilado por un dragón negro, la Santa Inquisición, que no permitía la entrada de un libro o de una idea que no tuviera su sello siniestro, produjo no la atrofia, porque en realidad no había órgano, puesto que jamás hubo función, sino la imposibilidad de nacer al espíritu científico9.



De manera casi invisible, esas ideas se han revertido en México; un viraje manifiesto con diversos signos. Me contento con anotarlos aquí y subrayar las consecuencias que ese proceso ideológico ha tenido en la nueva visión que sobre Sor Juana se está conformando, aunque, quisiera reiterarlo con especial cuidado, es digno de una reflexión mucho más profunda. Enumero los signos, mejor sería decir los síntomas:

Un primer plano a considerar: el periodo colonial fue concebido por los escritores liberales como nuestra Edad Media, una época de   —21→   oscurantismo. De manera global se piensa que, como resultado de la «represiva» política de la Iglesia, de la Inquisición y del gobierno virreinal, se engendra «una perversidad» en la cultura que enturbia el gusto, calificado, de manera repetitiva, por distintas personalidades decimonónicas, de «depravado» (Icazbalceta) por su «enmarañado e insufrible gongorismo» (Pimentel), por «su letal estancamiento» (González Peña) y, para rematar, por «un naufragio de la producción total», según el decir de don Julio Jiménez Rueda. Este último, con otros escritores mexicanos de la primera mitad del siglo XX -Francisco Monterde, entre otros -, formaba parte del grupo de los «colonialistas», preocupado por rescatar, en pleno periodo revolucionario, la producción literaria mexicana de la Colonia, continuando en parte la investigación histórica de algunos novelistas del siglo XIX: Justo Sierra O'Reilly, detractor de la Colonia, pero decidido admirador de los jesuitas, o Vicente Riva Palacio, autor de célebres novelas, en donde los estereotipos aplicados a las instituciones coloniales -por ejemplo, la Inquisición-, las hace desempeñar un papel siniestro y represor.

A esta opinión política se agrega un juicio literario sancionado por el filólogo español Marcelino Menéndez y Pelayo, la máxima autoridad literaria de ese periodo, para quien el gusto barroco era sólo «pedantería y aberración». Sor Juana parece ser la única figura colonial rescatable por «no haberse contaminado» de gongorismo (José María Vigil), o porque cuando utilizó los procedimientos del maestro cordobés no lo hizo «sinceramente» (Jiménez Rueda, González Peña), pasando por alto su declaración expresa en la Respuesta a Sor Filotea: «No me acuerdo haber escrito por mi gusto sino es un papelillo que llaman El Sueño», de molde totalmente gongorino10.

Ya lo habíamos señalado: los liberales reexaminan el periodo colonial de manera semejante a aquella con que los europeos revisan su Edad Media: los mexicanos, para subrayar los beneficios de la Independencia, la excelencia de la República Restaurada y el oscurantismo del Virreinato y las tinieblas de la Inquisición. Podría decirse, de manera esquemática, que justifican y consolidan así el movimiento legal que trajo como consecuencia la separación de la Iglesia y el Estado y la desamortización de los bienes del clero, transformados más tarde en latifundios. En cierto modo, la exacerbación de esta ideología provoca   —22→   como paradoja la reforma agraria y un movimiento de contrarreforma religiosa, la de los cristeros, en la década de los veinte.




El patrimonio perdido

Los estudios gongorinos repuntan a partir del primer cuarto de este siglo con la generación de los poetas españoles del 27, y en América con el movimiento neobarroco, especialmente en Cuba, con la revista Orígenes y Lezama Lima, Carpentier, y más tarde, Severo Sarduy. En México sucede algo semejante con los estudios sobre el arte colonial revalorados por Manuel Toussaint y Francisco de la Maza, entre otros estudiosos, aunque se mantenga una visión en parte negativa de las instituciones coloniales. Políticamente, parecía imposible reivindicar a la Colonia; artísticamente sí, aislando las manifestaciones escritas y plásticas del barroco. Para mediados de este siglo, se produce en México una bifurcación ideológica que enaltece a la estética barroca y mantiene el viejo prejuicio liberal contra la sociedad que la produjo. Así lo apuntan Andrés Lira y Luis Muro en el capítulo «El siglo de la integración».

Nuestro siglo XVII exige una historiografía propia. Hasta la fecha aparece en manuales y obras generales como una etapa de vacíos y de rutinas. Esta imagen es el producto de visiones superficiales, en las que no se ha intentado superar la dificultad de la información que los historiadores consideran como característica de este periodo. Se le ha llamado «siglo olvidado», «cicatero», etc. Los estudiosos, que así lo califican, están de acuerdo en el tono opaco del XVII, adquirido no por serle sustancial, sino por la constante comparación con otras épocas de la vida novohispana, los siglos XVI y XVIII... Algo así como esa imagen negativa que tejieron con tanta argucia e insensibilidad quienes juzgaban con «las luces» de siglos gloriosos a la Edad Media... la edad de las tinieblas, que sólo empezó a rehabilitarse y a mostrar sus propias luces... por un esfuerzo de comprensión y hasta de exaltación, como lo fue el movimiento romántico con su literatura histórica y hasta historicista11.


Las cosas han cambiado: el tradicional desprecio se ha trocado en admiración: no es casual que la proliferación de estudios sobre la   —23→   monja coincida con la proliferación de estudios sobre la Colonia, incrementados en la década de los setenta e innumerables a partir de la de los ochenta. Es más, el acentuado interés por ese tipo de estudios traspone, en México, los límites meramente académicos para convertirse en un programa oficial trasmitido por todos los medios y sostenido por espectáculos culturales. Al principio de la década de los setenta, el gobierno del presidente Echeverría se preocupa por restaurar el Centro Histórico de la ciudad de México y por proteger sus monumentos, y reitera su carácter de patrimonio nacional; con el presidente López Portillo, a finales de la década de los setenta, se reorganiza el Archivo General de la Nación, rico filón de documentos novohispanos; se oficializan los estudios sorjuanianos en el Convento de San Jerónimo; y, para el inicio de la década de los ochenta se instaura el Festival del Centro Histórico que recicla los monumentos coloniales y los jerarquiza como espacios idóneos para representar los espectáculos barrocos nacionales e internacionales. Esta oficialización se hace efectiva mediante una extensión a los medios de difusión y El patrimonio perdido, documentado libro de Guillermo de Tovar y de Teresa, uno de los actuales y más destacados estudiosos de la historia del arte colonial mexicano, se convierte, a través de la publicidad televisiva, en el símbolo de una reconstrucción material e ideológica del periodo.

Puede aventurarse, de manera un tanto arbitraria, que dos de las últimas consecuencias políticas de esta nueva lectura general sobre la Colonia quizá expliquen en parte la reforma del artículo constitucional que regula las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y una revisión radical de lo que, a partir de la institucionalización del movimiento armado de 1910, se llamó la Reforma Agraria.

Por último, quizá uno de los acontecimientos más importantes en este sentido, y específicamente, en relación con la obra de Sor Juana, sea la aparición, al principio de la década de los ochenta, del libro de Octavio Paz, Las trampas de la fe. Su intento de «restitución» (véase nota 9) de la poetisa coincide, para él, con un intento de «restituir» a la Colonia dentro de la historia de México. Su libro tiene repercusiones positivas y negativas: su gran fuerza hizo posible la internacionalización de Sor Juana y, de refilón, de la historia de México, pero a la vez podría opacar, por ese mismo motivo, algunas otras lecturas válidas que sobre la monja jerónima y la Colonia se pretendan hacer. Inscribo aquí uno de los párrafos significativos del libro:

  —24→  

Nuestra historia es un texto lleno de pasajes escritos con tinta negra y otros escritos con tinta invisible. Párrafos pletóricos de signos de admiración seguidos de párrafos tachados. Uno de los periodos que han sido tachados, borroneados y enmendados con más furia ha sido el de la Nueva España.


(P. 23).                


Es evidente que estos hechos provocan profundos cambios políticos, más bien revelan un cambio cualitativo esencial de las relaciones del estado todavía llamado «liberal» con su tradicional enemigo, la Iglesia Católica.




La construcción de la fábrica

Para entrar en la misteriosa recepción de la obra de Sor Juana y en algunas de sus modalidades, tanto en su tiempo como después, debo subrayar la imposibilidad de agotar el tema en este ensayo y apuntar la arbitrariedad inevitable de pasar por alto numerosos textos importantes. Historiar la forma en que fue recibida su obra, de cualquier manera que se emprenda, conduce inevitablemente a reseñar el asombro -vuelvo a repetir, el «pasmo»- con que ella, la mujer excepcional, fue mirada, al grado de que ni entonces ni hoy es posible deslindar su obra de su vida. Cualquiera que sea la metodología empleada -casi empre interesante-, salta a la vista la enorme (y a veces hasta malsana) curiosidad que el personaje despierta: en los varones porque fue mujer; en las mujeres, porque es posible convertirla en una de las primeras feministas y erigirla como modelo; en los críticos católicos porque, por añadidura, fue una monja; en los poetas o críticos literarios porque, siendo una extraordinaria poeta, fue además una gran intelectual y científica; y los intelectuales la injertan -por su actividad filosófica y su capacidad de transgresión- a sus propias teorías sobre el mundo. En cada enfoque se percibe una declaración de principios el deseo explícito o implícito de insertarla como elemento esencial dentro de una teoría, a pesar de que la enormidad de sus proporciones hace incierta también su exacta localización.

Algunos investigadores se han ocupado específicamente en analizar el impacto de su Fama. Destacan Francisco de la Maza y Antonio Alatorre12, ambos lectores polémicos; el primero hizo una larga,   —25→   obsesiva y minuciosa, que se deseaba exhaustiva, investigación, publicada póstumamente. Alatorre propone «una lectura filológica» de la Fama y obras póstumas, muy atenta y precisa, de la que, entre otras cosas, parece desprenderse que, a pesar de ser una mina de oro por la importancia de lo recopilado, el libro de De la Maza, historiador del arte, presenta varias fallas, entre otras, su inexactitud -¿acaso porque su investigación fue interrumpida por la muerte?-, y aunque, «hay gran cantidad de materiales útiles..., da muestras de haber entendido mal...; la transcripción material de los textos deja mucho que desear... y la ignorancia literaria del recopilador es a veces impresionante...»13. Es fundamental añadir el trabajo de edición de Alfonso Méndez Plancarte, cuya muerte impidió que concluyera sus anotaciones a las Obras completas de Sor Juana (terminadas por Alberto G. Salceda) y su proyecto de «poner al día» la Fama, «copiando o extractando lo más hermoso y certero que se ha escrito en verso y prosa sobre la poeta a lo largo de tres siglos»14. Sea lo que fuere, la manera minuciosa con que estos investigadores ordenan el material, la pesquisa misma y muchas de sus observaciones disipan algunas incertidumbres, provocadas por la enorme tarea que estudiar a la monja supone, y proporcionan coartadas para aislar ciertos temas. Los propongo, sin agotarlos15.

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Publicar en la época en que vivió Sor Juana era muy difícil. El papel costaba caro y los trámites burocráticos necesarios para emprender la publicación, muy complicados: el obstáculo de varias censuras, tanto de las autoridades civiles como de las religiosas y, entre ellas, la Inquisición. Se precisaba por lo general un mecenas, y no escasean las quejas como la siguiente, formulada por un predicador:

Cuando todo lo que dedico a Vuestra merced (que imprimo, después de ochocientos <sermones> que predico en este Reino), no es más que un buen deseo...16



O, mucho más patético, aunque más conocido, el lamento del polígrafo Carlos de Sigüenza y Góngora, cuando expresa su frustración por no poder publicar sus múltiples obras, debido a su «extremada» pobreza. Es más, las mujeres permanecían la mayor parte de las veces inéditas y, aunque solían escribir, sus manuscritos eran luego «descifrados» por algún predicador que los reformulaba y los utilizaba en sus escritos17. Dentro de este contexto es aún más sorprendente criticar que la obra de Sor Juana, publicada primero en México en ediciones sueltas, y luego en volúmenes cuidadosos en la metrópolis, haya tenido tantas reediciones. Cabe sugerir que su «discreción», es decir, su capacidad de discernimiento (si manejamos el vocablo como se utilizaba en el barroco) era tan grande como su genio y supo   —27→   adaptarse con perfección a las convenciones de su época, dicho con otras palabras, ahora «modernas», respetaba totalmente al sistema -el «establishment»-, única manera de transgredirlo con propiedad y con menos riesgo18.

Siguiendo el modelo tradicional de impresión en la época, sus obras están siempre precedidas de aprobaciones y elogios; aprobaciones necesarias para tranquilizar a las autoridades civiles y religiosas; y elogios suficientes para justificar la publicación y, de refilón, en el caso de la Inundación castálida -el primer tomo compilado de sus obras-19, para exaltar a María Luisa Manrique de Lara, su mecenas y autora intelectual de la impresión. La portada de este libro exhibe el largo y gongorino título20 que antes he transcrito por entero. Su exagerado garigoleo responde a una intención enmascarada, pero efectiva: la Fuente Castalia, consagrada a Apolo, era símbolo de fecundidad artística y de pureza. Se señala así un lazo sutil, inestable, a la vez insistente e incierto entre la literatura y la religión. Una monja es casta, o por lo menos debe serlo, y su feracidad es figurada, intelectual; al equipararla con una profetisa, una musa, la décima, se corrige el trastorno que su vocación por las letras y las ciencias provoca en el orden «natural» y   —28→   social, donde las mujeres tenían un sitio perfectamente definido, como se deduce de estas palabras de la carta que el obispo de Santa Cruz dirigió a Sor Juana, cuando publicó a sus costas la que él llamó Carta atenagórica: «Letras que engendran elación <soberbia, presunción>, no las quiere Dios en la mujer...».

Como elegida de Apolo, esta «Minerva indiana» garantiza que sus «furores» mentales sean a «lo divino», a fin de «fertiliza(r)», a través «de diversos metros, estilos, idiomas..., varios asuntos, con elegantes, laxos, ingeniosos, útiles versos, para enseñanza, recreo y admiración...», insisto, una monja-poeta es un artefacto sorprendente pero peligroso; bien clasificada, puede controlarse su productividad, inscribirse en una sección especial, una galería de retratos en donde las mujeres ocupan el lugar que les corresponde como modelos de imitación: se completa así una taxonomía sobre lo femenino que tranquiliza a sus detractores y, de paso, protege a las mujeres, si se mantienen dentro de los límites preconizados por la clasificación:

La costumbre que tenían los antiguos, que las casas de los señores se adornaban de los retratos de sus mayores, ya en estatuas, ya en pinceles, ya en inscripciones, para que teniéndolas siempre a la vista, se animasen a la imitación todos los que de nuevo fuesen entrando a la familia...; en las cuadras de vivienda o salas de estrado de las señoras se ponían las más singulares heroínas...21



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Los elogios y las defensas prodigadas a la monja en este tipo de publicaciones configuran un catálogo de estereotipos, la serie de cualidades que se aplicaba a la mujer, acrisoladas cuando se trataba de una monja, y refinadas al máximo cuando la monja era Sor Juana. Parten de una normalidad, vertida en una práctica: las cualidades y los defectos femeninos determinados de antemano por la sociedad colonial que todo lo delimitaba por escrito, a través de sus catecismos y manuales -la distribución de las horas del día, las prácticas de confesión y oración, las conductas discretas y honestas; en fin, configuran una ritualización expresada en gestos específicos, la retórica de la cortesanía, sintetizada en las palabras «decoro» y «discreción», y exacerbada en el convento. A partir de sus primeras actuaciones en la vida pública del virreinato, Sor Juana distribuye en el espacio y en el tiempo que le tocó vivir un texto y una imagen que cristaliza y la hace inseparable de una mirada decantada en posiciones y fórmulas reiterativas; aún no podemos liberarnos de ellas, siguen funcionando a manera de clisés en nuestra mente y anquilosan nuestra lectura sobre la monja; son, para decirlo con sus palabras, «silogismos de colores».

El retrato que de Sor Juana nos dan los otros se vuelve un estereotipo, un retrato en el que ella no se reconocía cabalmente. Los rasgos del retrato pintado por el «vulgo», aislados y articulados como en un catálogo, podrían ser los siguientes:




La musa y la sibila

Sor Juana fue concebida primero como musa, es decir, se advirtió que una de las cualidades que mejor la definían era su inclinación a las letras. Desde que empezó a publicar, se le elogia con comentarios hiperbólicos, exacerbados aun en esa época en que el elogio superlativo era una de las   —30→   características de la cortesanía, los cuales son producto de la genuina admiración que despertaba. El bachiller Diego de Ribera, en un soneto de florido título la eleva, cuando era muy joven y quizá por primera vez, a la categoría de musa. La elogia, al incluirla, cuando dice: «De doña Juana de Asbaje, glorioso honor del Mexicano Museo»22. En la Inundación castálida se la designa no sólo así, a secas, sino como a «Décima Musa», el nombre que Platón le diera a Safo de Lesbos y, en México, dato curioso, el que a veces se le daba a la Virgen María23. El apelativo de musa, manejado primero tímidamente -quizá como una simple retórica cortesana-, se acuña y aparece después en los escritos consagrados a la monja como un epíteto normal, el que le cuadra, de manera semejante en su uso al que Homero daba a sus héroes o a sus dioses (Aquiles, el de los pies ligeros = Sor Juana, la Décima Musa)24. Esta exaltación produce comparaciones cada vez más extremas y trasmutaciones sucesivas: de musa se convierte en pitonisa («profetisa arrebatada con divino espíritu»25), luego en sibila («Pudo verse en la Madre Juana un como resumen de las diez Sibilas»26) y, por fin, en rara avis, el fénix. Ya es, en suma, un «monstruo».

¿Qué características tenían las musas? Vivían en un museo, y aunque esa palabra no tenía la connotación actual, recuérdese que ya existían   —31→   en el México prehispánico lugares especiales en donde se albergaba a los «monstruos», los seres «diferentes» que muestran las «salidas de madre de lo natural» (Calderón), explicadas por Pierre Boaistuau así:

No existe nada que asombre tanto al ser humano, que provoque mayor admiración o un terror más grande que los monstruos, los prodigios y las abominaciones, a través de ellos las obras de la naturaleza se nos muestran como mutiladas, trastrocadas o truncadas27.






¿El «monstruo» de las mujeres?28

Convertida en Fénix, está en la cima de la monstruosidad. Bien lo entiende ella así, sabe que es mirada como si fuera un bufón, un objeto de circo, el centro de atracción. Se le ha otorgado un lugar especial entre las mujeres, se la ha etiquetado, separado, y el disturbio que su genial inteligencia y su excepcional discreción han provocado puede mantenerse bajo control: se le ha dado un nombre. Sin embargo, la atención que se le presta puede asemejarse, repito, a la que reciben los fenómenos en las ferias o los bufones en la corte; devoción del vulgo y de los poderosos que puede muy bien sintetizarse, como anillo al dedo, con una definición de Covarrubias:

El enano tiene mucho de monstruosidad, porque naturaleza quiso hacer en ellos un juguete de burlas, como en los demás monstruos... Destos enanos se suelen servir los grandes señores... En fin, tienen dicha con los príncipes estos monstruos, como todos los demás que crían por curiosidad y para su recreación...



  —32→  

La posición de Sor Juana en la corte, cuando fue dama de Leonor Carreto, la marquesa de Mancera, y luego, desde su locutorio, como privada de los marqueses de la Laguna, se inscribe perfectamente en la descripción de Covarrubias: «(de ella) se solían servir los señores» ¿No la exhibe Mancera ante 40 sabios? ¿No prepara Sor Juana el Arco triunfal para recibir a los virreyes? ¿No es acaso la Inundación castálida un monumento a Lysi? ¿No es la autora de numerosos sonetos cortesanos en que se celebran los años del rey, la reina o los virreyes? Sor Juana es consciente de esa situación, sabe ejercer de manera altísima la autocrítica: rechaza ese lugar e intenta recolocarse en otro, el que a ella le parece acorde con su libre albedrío, el de ser racional, encerrado, además, «por su propia voluntad», en un convento:


¡Qué dieran los saltimbancos,
a poder, por agarrarme
y llevarme, como Monstruo,
por esos andurriales
de Italia y Francia, que son
amigas de novedades
y que pagaran por ver
la cabeza del gigante,
diciendo; Quien ver el Fénix,
quisiere dos cuartos pague,
que lo muestra Maese Pedro
en la posada de Jaques
¡Aquesto no! No os veréis
en ese Fénix, bergantes;
que por eso está encerrado
debajo de treinta llaves29.






Los bestiarios de América

¿Cómo identificar a un monstruo? ¿En qué consiste su anormalidad? Para empezar, en América abundan, según los conquistadores hispanos, los monstruos; allí se generan y forman parte de un bestiario iniciado desde el descubrimiento, en él se insertan hombres con un   —33→   solo ojo, perros que no ladran, manatíes-sirenas, animales con el espinazo al revés, gigantes, enanos, amén de sodomitas, antropófagos, sacrificadores de hombres y las amazonas, paradigma de la mujer varonil. Debe advertirse además que lo que es normal en un hombre puede ser monstruoso en una mujer y viceversa. La monstruosidad es artículo de museo, de feria, de catalogación; se inserta en un espacio predeterminado de antemano, y en la época colonial se incluye en él, de manera muy especial, a las mujeres. Citemos, a guisa de ejemplo, una definición de fray Luis de León, que incluye varios de los lugares comunes clásicos, muy reiterados en el siglo XVII:

Porque como la mujer sea de su natural flaca y deleznable más que ningún otro animal... al mostrarse una mujer la que debe entre tantas ocasiones y dificultades de vida, siendo de suyo tan flaca, es clara señal de un caudal de rarísima y casi heroica virtud... Porque cosa de tan poco ser como es esto que llamamos mujer, nunca ni emprende ni alcanza cosa de valor, ni de ser, si no es porque le inclina a ello y la despierta y la alienta alguna fuerza de increíble virtud que, o el cielo ha puesto en su alma, o algún don de Dios singular30.


Sor Juana, entonces, es un producto divino, pues ha recibido dones de virtud extraordinarios, singulares; es por ello digna de admiración: no se ajusta en absoluto a la definición de lo femenino en su tiempo. Su sabiduría provoca «espanto»; aquello que causa horror, miedo o admiración (Covarrubias) o, reiterando la frase de Fernández de Santa Cruz, se entrega a esas actividades que provocan soberbia, y que «no las quiere Dios en la mujer...». Sigüenza piensa, por su parte, que en Sor Juana se ha cumplido la cuota: la Naturaleza, preocupada a veces por conformar seres de excepción, decidió otorgarle a la monja todos los dones; los cuales, si repartidos con parsimonia entre las demás mujeres, no hubiesen provocado tan desproporcionada admiración. La abundancia de bienes derramados sobre un solo ser es aceptada como un don divino, pero también provoca desconcierto, furia, envidia, acoso. Admirada por su gran habilidad para versificar, por ella aceptada como natural, se da por descontada su habilidad como poetisa y aunque se le critica el que sea monja y cultive la poesía, pronto este don esencial se multiplica; su inclinación a las letras no es   —34→   el único aspecto de su Fama, asentada de manera muy especial en su erudición, es decir, en su condición de mujer sabia. José Pérez de Montoro lo expresa en un romance:


Pues en ti sola este Mundo
tiene mujer, que afemine
la docta opinión de nuestros
sabios Varones insignes...
En ti sola (estudio sea
o sea ingenio) reside
todo el comprender, si lees,
y todo el pasmar, si escribes
tú sola al Árbol Sagrado
de la Gran Minerva, exprimes
el fruto, Sabia, Ingeniosa,
y más que Prudente, Virgen31.


La sabiduría de la poeta, reconocida por todos, la equipara con la deidad pagana, tributo que su admirador y detractor Fernández de Santa Cruz le rinde, cuando al dar a la imprenta la Crisis de Sor Juana a un sermón del jesuita portugués Antonio de Vieyra la intitula Carta atenagórica. Otro de sus admiradores rendidos, Cristóbal Báñez de Salcedo, destaca «la universalidad de noticias de todas ciencias y artes que con tanto resplandor rompen en las obras de la Madre Juana», y añade, incrédulo: «Confieso que si a esta Censura no se siguiese el   —35→   libro, donde los doctos hallarán fácil la prueba de lo propuesto, me contuviera el peligro de no ser creído»32. Expresión que desata ese famoso adagio: «Mujer que sabe latín...».

Sin embargo, hay que subrayar el hecho de que cuando ella misma se dirige a otra mujer, en cierta medida parecida a ella, sobre todo por su interés en las ciencias, Sor Juana emplea los mismos adjetivos, las mismas metáforas usadas por sus admiradores para clasificarla; por ejemplo, en su romance dedicado a la marquesa de Aveyro la llama «gran Minerva de Lisboa», «cifra de las nueve blusas», «de los hombres docto ultraje», «primogénita de Apolo», «clara Sibila española»33. Sor Juana ha internalizado, como dirían los psicoanalistas, a ese tipo de mujer como «monstruo», además de manejar la clásica retórica cortesana para describirla.

Cabe otra aclaración: algunas mujeres destacan en esa época; en varios escritos se enumeran sus cualidades y se aquilatan por lo que valen; su valor depende, empero, de su «normalidad», es decir, del respeto al orden instituido, características de lo que entonces se concedía a las mujeres. Se clasifican sin asombro, aunque se haga uso de hipérboles en los casos excepcionales. La hiperbolización descansa en la exacerbación de una cualidad considerada como natural y que el empeño de la mujer transforma, por acumulación y reiteración, en milagrosa. Estas cualidades, o mejor, virtudes, caracterizan a las monjas edificadas: la abnegación, la paciencia, la docilidad, la mortificación, la obediencia, la castidad y la soledad, etc. Aun así, las mujeres señaladas desde su infancia para ser santas, deben propasarse para ser reconocidas como tales, según consejos del padre Oviedo, autor de una vida del jesuita Núñez de Miranda, confesor de Sor Juana, «excediendo los límites de la medida, peso y número ordinario»34. Practicar en exceso las virtudes normales puede dar como resultado la santidad.

De esas virtudes, de las ordinarias en las mujeres, carece Sor Juana. Muy bien lo señala el padre Calleja:

Veinte y siete años vivió en la religión sin los retiros a que empeña el estruendoso y buen nombre de extática; más con el cumplimiento sustancial a que obliga el estado de religiosa.


(AP, s. f.).                


  —36→  

El «estruendo» está en otra parte, se deriva del gigantismo, de la exacerbación de cualidades negativas en una mujer, de su monstruosidad. Sólo manejándolas dentro de otra clasificación, como productos de un «aborto», es decir un parto prodigioso, excepcional, esos seres pasmosos pueden aceptarse y hasta entenderse, aunque provoquen «susto».




Sor Juana, el oro racional

La fama de Sor Juana es muy pronto el producto de una metaforización, como de manera muy inteligente asienta Antonio Alatorre35; mediante este ejercicio retórico, acuñado desde la Inundación castálida, Sor Juana se convierte en el paradigma de lo americano; adopta las características esenciales de la tierra en donde fue engendrada: el tesoro que los españoles, desde su llegada, buscan en el Nuevo Mundo. Es, ni más ni menos, igual que el oro, arrancado de las vetas minerales de la gigantesca y prodigiosa América. Según la ley de la analogía, un monstruo sólo puede ser engendrado en la monstruosidad y el Nuevo Mundo siempre ha sido mirado, como Sor Juana, con asombro -«pasmo», «susto»-, pero también con desprecio -«el clima inculto», «lo bárbaro», «lo irracional».

Aquí se produce otro vuelco de sentido. Al ser objeto de una metaforización tan extremada, al verse equiparada con el producto arrancado de la tierra, tiene lugar una sustitución. La ecuación metaforizada, América = oro natural, se transforma por extensión en Sor Juana = oro racional:


¡Oh América! ¡Oh hasta cuándo
de esa tu preñez fecunda
inventando estarás nuevas
a la admiración disculpas!
¡Hasta cuándo!¿No te basta
ver que la Luciente pluvia
de tus arterias dos Mundos
preciosamente fluctúan?
¿No el ver han saciado tanta
soberbia ambición difusa
—37→
de tus huesos las brillantes
endurecidas médulas,
sin el mostrar que, desta alma
tu seno taller, oculta
también de oros racionales
las más apreciables sumas?...36


Ese enaltecimiento equivale sin embargo a una reducción: es un tesoro extraído de las entrañas de la tierra, en suma, materia prima, y toda materia prima, lo sabemos bien, es un producto natural («la pura mina de conceptos suyos,/ cuyas entrañas oro resplandecen»37). Exaltar a Sor Juana, hacerla igual que América es reducirlas a ambas -asimilarla a ella- a algo concreto, hacer la alquimia, transformarla en un objeto natural. Las expresiones «tus huesos», «tus endurecidas médulas», «tus arterias» conforman un cuerpo; al precisar que en él hay un «seno taller», dotado de «preñez fecunda» se precisa que es un cuerpo femenino, metáfora trillada sobre la tierra y su fecundidad, la de América, productora de tesoros enviados a España; en América se engendra a Sor Juana, en cuyo entendimiento se gesta el oro racional. Puede advertirse aquí una operación retórica, característica del barroco: hiperbolizar mediante imágenes muy frecuentadas de tipo mineral -el oro o las piedras preciosas- para elogiar con desmesura su talento. Vista con detenimiento, la metaforización empleada para exaltar a Sor Juana remite a algo más profundo; esa metáfora no sólo se utiliza para designarla a ella, califica también a otras mujeres, entre ellas a ciertas monjas destacadas, éstas sí santas o aspirantes a la santidad:

  —38→  

Esta América Septentrional, tan celebrada por sus ricos minerales, puede gloriarse de haber sido patria de una mujer tan heroica que podemos aplicarle el epíteto de la mujer fuerte...38


La fecundidad de la tierra, concebida siempre como elemento femenino, se extiende a la fertilidad de las mujeres, semejantes en toda la tierra, extremada, a su vez, en una tierra extraordinariamente fértil, América. La imagen mineral, reiterada en varios de los poemas dedicados a Sor Juana en la Fama -y en algunos anteriores-, se convierte así en un lugar común, su riqueza intelectual como producto fértil arrancado de la rica tierra de América; afirmado con la también reiterativa alusión a su nacimiento, presidido por los famosos volcanes levados Iztaccíhuatl y Popocatépetl, emblema de la mexicanidad y asombro de la naturaleza pródiga de este continente. Los menciona Calleja, unidos:


Sabed, que donde muere el sol, y el oro
dejar por testamento al clima ordena,
le nació en Juana Inés otro tesoro,
que ganaba al del sol en la cuantía:
y entre dos montes fue su primer lloro.
Estos de nieve, y lumbre y noche y día,
volcanes son, que al fin la primavera
vive de frío y fuego en cercanía
aquí, pues, gorjeó la aura primera
Juana Inca...


(Fama, s. f.)                


Alatorre dedica varias páginas a analizar este símil muy revelador39; a mí me interesa especialmente porque reitera una preocupación mía: Sor Juana, ese prodigio de la naturaleza, está mucho más arraigada a ella -por ser mujer-, que cualquier hombre. De allí, en parte, el asombro40.



  —39→  
Las mujeres fueron hechas para estar encerradas

En su poderoso libro Las trampas de la fe, Octavio Paz afirma que la sociedad en que Sor Juana vivió tenía «un carácter acentuadamente masculino... La única posibilidad que ellas (las mujeres) tenían de penetrar en el mundo cerrado de la cultura masculina era deslizarse por la puerta entreabierta de la corte y de la Iglesia». A este hecho, que, añade, «ha sido poco advertido por los biógrafos de Sor Juana»41, habría que ponerle mucho mayor atención. No puede dudarse, como dice Paz, que la sociedad novohispana se mantuviera estable por un rígido aparato de control generalizado en donde, de muy especial manera, se vigilaba a la mujer para excluirla de los espacios visibles de poder. Retomando esa aseveración, yo reformularía la pregunta: si la sociedad novohispana reprimía de tal manera a sus mujeres, cosa imposible de negar, ¿por qué entonces les concedía, a la vez, tanta importancia? No me cabe la menor duda de que los severos intentos de represión que norman cualquiera de las manifestaciones femeninas del periodo exhiben una forma de terror, el que las mujeres producían en los hombres42. Es obvia la necesidad de tenerlas perfectamente encasilladas en espacios supervisados con estrechez, donde pudieran estar aisladas, al alcance de la mano, incapaces de causar daño. Y solamente causa daño aquello que por su misma naturaleza infringe las estrictas reglas que una sociedad ha erigido como válidas para controlar todo lo que se salga de su concepto de normalidad.

  —40→  

Esta estricta subordinación, este estrecho encasillamiento, esta parcelación compartimentada, se aplicaba también a los indios, quienes, como las mujeres, eran un producto natural. En muy raros casos esta compartimentación permanecía estanca; se trataba de mantener una jerarquización, reforzándola siempre para evitar la anarquía. La inserción de Sor Juana en la monstruosidad americana forma parte de esta política y da cuenta de ese terror, espanto y a la vez fascinación que debieran razonarse con atención. Una rígida disciplina y la vigilancia estrecha de los miembros de la sociedad se hace más crítica en Nueva España que en la metrópoli, porque en su territorio han nacido los «naturales», producto, como los minerales, de este suelo, de la misma manera que Sor Juana es un tesoro «natural», extraído de las entrañas de la tierra americana, aunque por su sofisticada inteligencia se haya transformado en oro intelectual, en tesoro simbólico. Los indios son separados de los blancos y existe para ellos una ciudad indígena, supuestamente cercenada en su totalidad de la ciudad española. De hecho no es así, como lo demuestra el pánico expresado de Sigüenza y Góngora durante el motín del 8 de junio de 1692, cuando al precipitarse a salvar de un incendio los archivos del Cabildo, advirtió que a su alrededor era imposible «ver una cara blanca». Contra cualquier posible motín futuro, Sigüenza propone una rígida reglamentación mediante la cual se aparta a los indios de los españoles, reglamentación establecida desde Cortés, pero relajada por la falta de vigilancia y por la naturaleza misma de las relaciones sociales, a finales del siglo XVII.

Para todo lo cual, teniendo por justo, santo, bueno y precisamente necesario retirarlos de lo principal desta ciudad de México, y reduciendo otra vez a práctica lo que en su fundación se hizo, después de haber contemplado muy de espacio la planta topográfica de esta ciudad, y después de haber andado sus barrios y contornos tres o cuatro veces en estos días... Y para que no haya en ello confusión alguna... se dé un traslado de estos linderos, para que, después de reconocerlos y hacerse capaces de cómo corren, se observe inviolablemente, lo que Vuestra Excelencia mande, que será siempre lo mejor...43


  —41→  

La búsqueda de esa «inviolabilidad» da origen a subdivisiones curiosas, sancionadas por varios epítetos determinantes, utilizados por Sigüenza: son decretos «santos, sabios, justos, necesarios»; los «naturales» de la tierra deben habitar en espacios separados, distintos a los lugares habitados por los que también nacidos en la tierra o los que en ella viven, procedentes de la metrópoli, son vistos como seres racionales. La racionalidad del indio, lo sabemos bien, dio origen a discusiones perpetuas que aún subsisten como estereotipos y la expresión «gente de razón» sigue siendo un lugar común en la literatura mexicana, ya avanzado el siglo XIX y principios del XX. El concepto de irracionalidad está ligado con lo bárbaro; ambos conceptos aparecen en varios poemas de la Fama dedicados en España a la poetisa mexicana, veamos un ejemplo:


Murió y una mujer que tanta gloria
al medio mundo de su clima inculto,
y al débil de su sexo le concede;
que rendido a su mérito, y memoria,
el medio mundo racional y el culto,
al bárbaro respeta, al débil cede.


(Fama, s. f.).                


Leído así, se aprecian por lo menos dos parejas de conceptos: lo racional-y-culto, enfrentado a lo bárbaro-y-débil: ambos polos situados en espacios geográficos diferentes, «precisamente» cercenados el uno del otro, el lugar donde se localiza la metrópoli -«racional» y «culto»-, opuesto al lugar del otro mundo, el Nuevo -«bárbaro» y «débil».




¿No soy yo gente?

La mujer, tradicionalmente concebida como un ser débil y, a juzgar por la literatura de la época -reforzada por las quejas de Sor Juana-, también irracional (bárbara), se asemeja al indio. Las fuerzas de la naturaleza, irracionales, no son nunca débiles sino espantosas, caóticas, violentas, como las de un volcán en erupción44, las cuales, no controladas,   —42→   ocasionan daños, alborotos, descuadramientos. Más vale tenerlos a raya; a los indios, fuera de la ciudad, a las mujeres en lugares cerrados, en fortalezas que en lugar de protegerlas a ellas, parecen proteger a los habitantes de la ciudad contra su influjo o servirles de pararrayos. La fuerza femenina pareciera tanto o más disruptiva que la de los mismos naturales. Basta hacerse algunas preguntas para contestar en parte esa aparente anomalía. ¿Cómo explicar el pavor que asaltaba al temible arzobispo Aguiar y Seijas cuando se cruzaba ante él una mujer, al grado de que las amenazaba con la excomunión? ¿Cómo explicar la satisfacción de los habitantes de las más importantes ciudades novohispanas cuando sus conventos de monjas -mientras más dura la regla, mejor-, se convertían en el orgullo visible de su comunidad?

Casi podría decirse, cuando uno lee los textos de la época y verifica los resultados de las investigaciones de los historiadores, que la sociedad colonial trataba de organizarse como un armario provisto de miles de cajones donde se iban colocando en lugares perfectamente definidos los distintos estamentos sociales, un lugar para los indios, otro para las mujeres, otro para las castas, otro para los españoles, subdividido concienzudamente a la vez, como el propio palacio nacional, en sí mismo, una réplica de la ciudad, en miniatura. Las tiendas se llamaban sintomáticamente cajones, término que persistía en el vocabulario comercial del centro de la ciudad de México hasta mediados de este siglo y aún conservamos el término estanquillo para las tiendas que venden productos misceláneos de baja categoría. Eran estanquillos porque las cosas debían permanecer inmóviles -estancas- y estancar   —43→   es, según el diccionario de la Academia: «Detener y parar el curso y corriente de alguna cosa, y hacer que no pase adelante o bien prohibir el curso libre de determinada mercancía, concediendo su venta a determinadas personas o entidades; también significa suspender, detener el curso de una dependencia, asunto, negocio, etc., por haber sobrevenido algún embarazo o reparo en su prosecución... aquello que debe permanecer inmóvil».

En este contexto, ocupan un lugar primordial los lugares donde se recluía a las mujeres, primero, los conventos de monjas por su especial significación y, luego los recogimientos o, término muy revelador, los emparedamientos de mujeres donde éstas quedaban literalmente encerradas entre cuatro paredes, como reclusas o convictas, sin comunicación con el exterior, sin la nobleza y aprecio social que aparejaba pronunciar los votos de clausura, aceptados por las monjas cuyo estatus social era altísimo, como vírgenes y castas viudas, ¿no eran acaso las esposas de Cristo?

Vuelvo a plantear la pregunta, ¿por qué se creía necesario emparedar, esto es, enterrar en vida, a las mujeres?45 Visto desde esta perspectiva, parecería que, en la época colonial, las mujeres ocuparan el lugar de los orates medievales quienes, para preservar del contagio a los habitantes sanos, debían ser aislados y colocados en medio del mar en barcos especiales -las naves de los locos-; o para manejar un símil más adecuado en esa época, como leprosos o pestiferados, cercenados por su enfermedad de la población sana.

Porque comúnmente las mujeres están y fueron hechas para estar encerradas e andar ocupadas en sus casas, y los varones para andar e procurar las cosas de fuera...46



  —44→  

Basta analizar uno de los votos que tenían que pronunciar las monjas al entrar al convento, el de la clausura, y luego examinar la estructura arquitectónica de los edificios que las albergaban para visualizarlo con perfección. Cierto es que la separación exigida por el aparato legal no solía respetarse en la práctica como es fácil verificar, acudiendo al mismo ejemplo del motín descrito por Sigüenza y Góngora en 1692 (que parece haber tenido, según los críticos, tanta influencia en la «conversión» de Sor Juana): los indios no estaban separados totalmente de los españoles, lo cual era imposible por la estructura misma de servicio a la que estaban sometidos; las mujeres escapaban con bastante frecuencia a las constricciones sobre ellas impuestas, y es posible dar muchos ejemplos de su amplio margen de acción, en donde obviamente puede incluirse a las monjas, entre las cuales es ejemplo destacado Sor Juana, a pesar de que estuviera, como ella misma dice, «encerrada debajo de treinta llaves».




Se hará disciplina...

Si se lee de corrido el Diario de sucesos notables de Antonio de Robles47, llama la atención la forma como se organizan los sucesos y también como se maneja la estricta y escueta separación de razas y clases. La alusión a los naturales y a las castas engendradas por la hibridación es de carácter colectivo y anónimo: «... mató o degolló a un mulato a un negro...». «Este día prendieron a un lobo porque alcahueteaba mujeres». «Este día emplumaron a un mulato, llamado Cagueñas, con coroza, debajo de la horca, por alcahuete». «... a las once del día azotaron al pie de la horca tres indios». «Este día entraron tres indios presos de Tacuba». «Han preso indios y mestizos, hombres y mujeres con ropa de los cajones...». «Han prohibido el baratillo y echado a los indios fuera de la ciudad». «Este dicho día, a la tarde, cortaron las manos a los cuatro indios, y las pusieron en unos palos en la horca y puerta de palacio; era uno de los indios cojo, zapatero del barrio de Montserrate». Indios, mulatos, negros, lobos, anónimos o con su nombre de pila o apodos, eran integrantes de grupos estrechamente vigilados y temidos. En cambio, las alusiones a los miembros de la clase dominante individualizan, dan cuenta del nombre y títulos   —45→   de los aludidos: «Murió el doctor don Diego Osorio, catedrático de víspera de Medicina, clérigo protomédico... lo enterraron en la Catedral en la capilla de la Antigua; fue admirable entierro». «Este día fue el capítulo en San Hipólito, y salió electo provincial fray José Crocoles...». «Esta tarde enterraron a Juan de Navarro, en San José de Gracia; deja 250000 pesos». «Este día se dio la sacristía del colegio de las Niñas, a don Matías de Peralta, capellán real». Muchas de las noticias relacionadas con los españoles tienen que ver con cosas religiosas, y suele ser frecuente que los personajes distinguidos y ricos hagan donación de sus bienes para la fundación o enriquecimiento de alguna obra pía, a menudo un convento de monjas. Los extremos se tocan, varios negros, lobos o mulatos, miembros de castas, son castigados por dedicarse a prostituir mujeres, y muchos potentados dejan al morir su dinero para que otras se mantengan perpetuamente y vírgenes: «Murió don Andrés de Carabajal, fundador del Colegio de San Andrés de la Compañía de Jesús de esta ciudad, y grandísimo limosnero; se juzga dio más de dos millones para obras pías. Se enterró dicho día de cabildo en la casa profesa a las cuatro de la tarde: dejó 100000 en reales; los 50000 para que se acabe el convento de religiosas de Santa Isabel con 30000 que había dado; dicen que con la comunidad de San Francisco, asistió la ciudad y Real Audiencia, cosa nueva y todos los ministros de dicha audiencia».

¿Qué relación existe entre estos dos extremos tan diversos en apariencia? Por un lado, está la enorme masa amorfa de mexicanos, pululante, controlada hasta cierto punto y temida por sus exabruptos, cuando «degeneran de sus obligaciones» (véase nota 43). Primero, se destacan los indios por ser los verdaderos «naturales»; los otros, agrupados en castas, son el producto de una impureza, la hibridación sexual. El control se ejerce, primordialmente, sobre el cuerpo azotado, arcabuceado, ahorcado, mutilado, y puesto como escarmiento a manera de espectáculo teatral; se exhiben la cabeza, las manos, los pies: son saldo inevitable de un motín o de un orden alterado. Vuelvo a hacer la pregunta, ¿qué relación entre el cuerpo perseguido de los «naturales» y las castas con el de las mujeres? Y dentro de este sexo, ¿qué relación puede existir entre las monjas y los indios?

«... el ascetismo y... las disciplinas de tipo monástico... tienen por función garantizar renunciaciones más que aumentos de utilidad, y que, si bien   —46→   implican la obediencia a otro, tienen por objeto principal un aumento del dominio de cada cual sobre su propio cuerpo...» (explica Foucault, estableciendo las diferencias de modalidad del control del cuerpo48).

Recluidas en su convento, encerradas en sus casas, emparedadas en los recogimientos, las mujeres se concentran en lugares estancos. Existe una intención precisa en esa separación. Cuidadosamente puestos en su lugar estos grupos están marcados, como también lo están sus funciones. ¿Y cuáles son estas funciones? Ambos grupos, mujeres y naturales, tienen como tarea una productividad, las mujeres la maternidad, los indios la extracción de los tesoros de la tierra, tan naturales como ellos. ¿Qué utilidad tienen entonces en este contexto las monjas?

El objetivo de la disciplina, además de castigar el cuerpo pecador, era sufrirlo por el mundo de fuera, por aquellos que lo necesitaban: por el aumento de la fe en la cristiandad, por los bienhechores y por las ánimas del purgatorio. ¿Cómo no se iba a «consentir» a ese monasterio (San José de carmelitas descalzas en la ciudad de México) sabiendo que las «vírgenes» ofrecían sus vidas por la sociedad, que entre rezandera y pecadora, prefería pagar monetariamente al convento para descargar sus pecados?49



Las monjas constituían una comunidad femenina de la clase dominante, criollos o españolas, que se clausuraban entre cuatro paredes para dedicase a Dios, en oración, en contemplación y en disciplina. La fundación de un convento de monjas era un acontecimiento público, un motivo de alborozo y de despliegue de intereses, escena de litigios por posiciones de poder y expresión de la feroz lucha entablada entre lo eclesiástico y lo cortesano50. Esa lucha que elige como campo de batalla, aparentemente neutral, al convento -tierra santa- tiene su   —47→   lugar estricto en la sexualidad -la carne y el mundo-. El intento por hacer desaparecer al sexo -al cuerpo inmundo- mediante la observancia rigurosa de los cuatro votos y la disciplina, produce una retórica ambigua donde el sexo se nombra. Cabe de nuevo formular una pregunta: ¿con qué objeto una parte importante de la sociedad activa se negaba a los fines de la reproducción? Dedicar tan gran número de hombres y mujeres de la más alta sociedad a la clausura y al celibato provocaba el mestizaje y la proliferación del desorden, y el desorden, tan temido, equivalía a una catástrofe natural o era provocado por ella.

Lo débil y bárbaro, características de América, de lo incivilizado, entrañan en sí mismos una paradoja. Un ser débil puede ser dominado con facilidad, pero si es además bárbaro, esa debilidad se neutraliza, pues en la naturaleza del bárbaro está la violencia, el salvajismo. A diferencia de las catástrofes naturales que son imposibles de controlar, excepto con plegarias destinadas a producir milagros, todos los bárbaros-irracionales pueden estar sujetos al orden racional. Como españolas o criollas, las mujeres deberían ser «gente de razón», por su clase y su origen están en una categoría superior, entran al convento con dote, tienen esclavas y criadas a su servicio y gracias a su habilidad producen riqueza, ya sea por obra de sus manos, por la administración de los negocios o por la usura. La humedad y frialdad de su sexo las hace incompatibles, sin embargo, con la racionalidad, y las coloca, por ello, en la clase de los irracionales y por tanto bárbaros (Cf. infra). La rigurosa vigilancia de los confesores que dirige y descifra su razón, unida a las disciplinas reglamentarias tanto de oración como de flagelación mantiene a raya el aspecto instintivo característico del irracional.

La inteligencia tan admirada de Sor Juana produce elación en la mujer, y ese pecado de soberbia es soportado mientras la monja es uno de los adornos más destacados de su convento, y por tanto, su máxima atracción, rico tesoro de limosnas, privilegios, prebendas. Su erudición sin medida la hace capaz de dialogar por escrito con las más altas mentes de su tiempo y dirimir en lo cotidiano todas las discrepancias que en torno de ella se generan: las que enfrentan a los poderes en juego. Cuando ese equilibrio social se rompe, y cuando la cohesión y coherencia del gobierno virreinal se ven amenazadas por fuerzas imposibles de contener, el cuerpo irracional es maniatado, torturado, cancelado.





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