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Tassara, duque de Europa

Ricardo Gullón





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ArribaAbajoEl poeta olvidado

Mi curiosidad tornada en afición por Tassara recorrió extraños senderos: puedo fijar su origen en el libro de Unamuno Por tierras de Portugal y de España, donde dos veces y nunca completo se cita un admirable soneto del poeta sevillano. Quise conocer entero el soneto y busqué en el tomo de Poesías que su autor publicó en Madrid, en casa de Rivadeneyra, el año 1872; no estaba allí la buscada, pero sí, en cambio, muchedumbre de composiciones que leí con gusto. Como cada cual descubre sus mediterráneos, pareciome éste digno de estudio, y deseoso de confrontar la propia con las ajenas opiniones inicié pesquisas de los trabajos y comentarios que, sin duda, una inspiración tan arrebatada habría suscitado.

La cosecha, por mala fortuna, fue parva: un libro de Méndez Bejarano anunciado como nueva biografía crítica, pero más bien colección de materiales que obra realmente acabada; unas líneas de Valera, Menéndez Pelayo y el Padre Blanco, y en manuales e historias de las llamadas literarias, juicios tan ambiguos como concisos que a nada comprometen y dejan adivinar lecturas hechas sin amor. No mucho para conocer al hombre ni para juzgar su estro.

En realidad, este olvido en que yacen grandes capas de nuestra literatura, puede ofrecer una sola compensación: la sorpresa del hallazgo, el encanto de lo inesperadamente descubierto. Así, al fin, pude leer en la Corona poética que unos cuantos amigos, de que luego se hablará, tejieron en   —133→   honor de Tassara, el soneto que ni Unamuno ni Méndez Bejarano copiaron íntegro. Es éste, y lo transcribo porque va siendo raro el libro donde se inserta:



   Cumbres de Guadarrama y de Fuenfría,
Columnas de la tierra castellana,
Que, por las nieves y los hielos, cana,
La frente alzáis con altivez sombría:

   Campos desnudos como el alma mía,
Que ni la flor ni el árbol engalana:
Ceñudos al nacer de la mañana,
Ceñudos al morir de breve día.

    Al fin os vuelvo a ver tras larga era:
Os vuelvo a ver con el latido interno
Del patrio amor que vivo persevera.

   Para mí y para vos llegó el invierno:
Para vos tornará la primavera,
Mas mi invierno ¡ay de mí! será ya eterno.



Ignoro la fecha de esta composición, si bien Méndez Bejarano parece fijarla en 1872, lo que explicaría por qué no va incluida en la colección que el mismo año se publicaba en Madrid. Colección muy incompleta, pues faltan en ella, además de las composiciones de Tassara que encabeza la Corona antes aludida, otras varias, dispersas en papeles y revistas de la época.

La muerte de Gabriel García Tassara, el 14 de febrero de 1875, fue coyuntura propicia para que multitud de ingenios le ofrendaran en prosa o verso el testimonio de emocionado y admirativo afecto que la ocasión pedía. Precedidas por unos apuntes biográficos que redactó D. Fermín de la Puente y Apezechea, insértanse seis poesías de Tassara, a las que siguen las diversas flores de la Corona, entre las cuales hay, sobre mucha hojarasca retórica, muestras de la variedad de lenguas en que pueden cantar los poetas de Iberia -Añón, en gallego; Torres, Boix y Víctor Balaguer, en catalán; Thomas Ribeiro, en portugués; García Blanco y García Iglesias, en latín-, algún verso emocionado y   —134→   de buena ley, la inevitable ramplonería de Campoamor:


    ... Se alzó su numen con seguro vuelo
Su aire natal a respirar al cielo.



Y, por fin, unas notas en prosa de D. Amós de Escalante, que son casi lo único que hoy conserva interés, por presentar al poeta tal como le vieron sus amigos, describiendo su gesto, su atuendo, sus costumbres.

Publicada esta Corona, caída la losa sobre el sepulcro, pareció olvidado el nombre de Tassara. Ya vimos que no era así, y que un Valera, un Menéndez Pelayo, un Unamuno, sabían valorar y destacar su poesía entre la abundante producción de nuestro siglo XIX. Para la mayoría, de todos modos, la obra del gran andaluz se halla -dolorosamente- perdida.




ArribaAbajoSu vida

Nació Gabriel García Tassara en Sevilla, el 19 de julio de 1817, apenas apagadas las últimas chispas de la gran llamarada nacional; fueron sus padres gente de sólida posición y clara sangre. Viuda su madre, diole por padrastro a un hombre excelente que supo querer a Gabriel y cuidar amorosamente de su educación, auxiliado por un varón docto y comprensivo, el humanista Fray Manuel Sotelo, Padre Maestro exclaustrado, catedrático de Latinidad en el Colegio de Santo Tomás, de la capital andaluza. Suerte indudable que en lugar del áspero y temible dómine al uso, diera con esta dulce y paternal figura que la genial severidad templando-con tierno amor abrió la mente y la imaginación del sensible muchacho sobre horizontes vastos, sobre las obras, de tan extraordinaria eficacia formativa, de los genios de Grecia y de Roma.

Y luego ¡Sevilla!, ciudad con tradición poética, donde el aire transmite el eco de los grandes poetas del ayer. Esa Sevilla que al iniciarse el segundo tercio del ochocientos vive un momento de intensa tensión artística y literaria coincidente con los veinte años de Tassara. Soplaba entonces   —135→   indomable el huracán romántico y no fue en el alma del casi adolescente donde dejó menos huella. Pues el romanticismo era en España tornar a la mejor tradición literaria, proclamando el predominio del sentimiento; y los corazones juveniles dejábanse arrebatar por tendencia tan adecuada al ímpetu irreflexivo de la mocedad. Por otra parte, romántico es quien frente a la vida adopta una postura individualista, intimista, de desbordamiento del yo: un modo de ser efusivo, sentimental; propensiones no menos claras en la juventud.

Papeles diversos recogen rasgos y manifestaciones de la nueva escuela. No todo son flores, pero, al fin -si bien fugazmente- se impone. El Europeo, de Barcelona, fue la primera revista netamente romántica. En opinión de Allison Peers, precisamente, El Cisne, de Sevilla, es la revista literaria más notable de la época, excluido el citado periódico de Aribau; tanto que, añade el propio hispanista, «de ella, con más justicia aún que de su predecesor, podemos decir que si su influencia hubiese sido mayor, el romanticismo español hubiera gozado de una vida más larga y un carácter más digno de sus ideales». Y este lírico Cisne navegó Betis abajo en el verano de 1838 con cargamento de buena ley, pues en el registro de colaboradores figuran Salas y Quiroga, el Duque de Rivas, Amador de los Ríos, la Avellaneda, El Solitario y otros más. No se encuentra en él -al menos en los 18 números que hemos podido leer y forman ciclo- composición alguna de Tassara, pero sí referencias a éste y a sus actividades literarias.

Se vieron éstas, y las de los restantes artistas sevillanos, favorecidas por la presencia de D. Serafín Estébanez Calderón, por entonces Jefe Político orilla de la Giralda, que hizo lo posible por estimular a la intelectualidad andaluza, fomentando cuanta iniciativa tendiera a enriquecer el ambiente cultural de la ciudad. Y el nombre de Tassara, desde 1835 ya no es desconocido. El año 38 se celebran en el Liceo artístico y literario sevillano unas sesiones organizadas por Estébanez, con el fin, según un entusiasta cronista -que es justamente Amador de los Ríos-, de aclimatar   —136→   en la Península el olvidado estudio de las ciencias y de las artes. Y desde la primera sesión, el 25 de mayo, interviene Tassara, primero leyendo unas quintillas de Bermúdez de Castro, y seguidamente como autor de una poesía titulada El Sepulcro, de la cual dice Amador que «a pesar de no haber percibido con claridad algunas estrofas, por la agitación con que fueron leídas, nos agradó infinito». Declamó esta composición un señor Ojeda, que nunca más intervino en análogas veladas.

Continuaron éstas semanalmente, y el 15 de junio reincide Tassara en la recitación de obras ajenas; entonces recita la poesía A un ciprés, de Liaño; esto parece indicio de modestia o de timidez en el joven artista que, sin duda, en aquel círculo de amables y cordiales personas se movería sin trabas. Y es raro le encomendaran leer versos, pues más tarde fue proverbial su mala disposición para ello. A la lectura, uníanse exposiciones de pintura -algunos cuadros colgó el Duque de Rivas-, conciertos, y en ocasión favorable como, por ejemplo, en celebridad de los días de la Reina Gobernadora, un baile de etiqueta, donde las bellezas sevillanas lucían sus vistosas galas de salón.

No se crea que tan inocentes fiestas pasaban sin protesta de algunos sectores de la opinión. Así, ese baile suscitó censuras en los editores de El Panorama, a quienes replicó con buenas razones Javier Valdelomar y Pineda desde El Cisne. Pero, en general, las iniciativas de Estébanez tuvieron buena acogida en escritores y artistas.

Favorecido el intento por la predisposición del clima ciudadano a tales aventuras y acaso también por el apoyo de Estébanez, cierto poeta de fugaz notoriedad, Miguel Tenorio, editó una colección de poesías contemporáneas con el rótulo de La Lira andaluza, publicando dos entregas de algo menos de cien páginas cada una; en ellas colaboró Tassara. Apareció en la primera su poema La Fiebre, que data de 1837, y en la segunda, una extensa Elegía, no coleccionada en el tomo de sus Poesías ni entre las que preceden a la Corona.

La Lira andaluza es de las publicaciones más curiosas   —137→   de aquel tiempo; incluye poesías de El Solitario, del Duque de Rivas, Rodríguez Zapata, Julián Romea, José y Salvador Bermúdez de Castro, Eugenio de Ochoa, Fernando de la Vera e Isla, con otras de autores cuyo nombre es hoy virtualmente desconocido. Como en El Cisne, lo mismo que en las veladas de El Liceo, los prestigios ya sazonados de Estébanez Calderón y de D. Ángel de Saavedra propician el acceso al público de los por entonces tan sólo promesa. No incierta, claro está, en el caso de Tassara, que desde el dintel de su carrera mostraba aquella plenitud de dotes, que a los 18 años le abrió las columnas de El Artista y de la prensa matritense, y culminante en el espaldarazo que poco, después de La Lira, en 1839, le diera el Semanario Pintoresco, anteponiendo a su Meditación religiosa un sagaz alerta, con que la dirección señalaba el alta del joven poeta andaluz en las páginas de la revista.

Por esa fecha, aproximadamente, se traslada Tassara a Madrid en busca de los legítimos éxitos que esperaba. Es en tal momento un alma en donde bullen contradictorias posibilidades: discípulo del humanista Padre Sotelo, gran amante de Horacio, es al propio tiempo fácil lector en varias lenguas, entre ellas el inglés, y puede conocer en los originales las obras de Shakespeare, que tan constante atracción habían de ejercer sobre él. El clima romántico le envuelve, pero no se olvide que la tradición aun viva en su ciudad es la de Arjona y Reinoso, la de Blanco y Lista. Y en Madrid le espera el influjo más poderoso, el que imprimirá a su obra sello característico: la amistad con Donoso Cortés, conducto por donde recibirá las corrientes del reaccionarismo europeo contemporáneo, también romántico en su estilo.

Nobles preocupaciones, impulsos legítimos hacia proyectos que no cabe delimitar en este momento auroral, infunden a su poesía entonación y grandeza peculiares; incitan a emprender rumbos nuevos por la acuciante necesidad -que tan de buena fe sintió Tassara- de consagrarse a la tarea política como al cumplimiento de inexcusable deber.

Pues la verdad es que Tassara percibió la gravedad de   —138→   aquella hora española, presagio del desastre que sus días no alcanzaron. Acudió a la política, señuelo del tiempo, fue diputado y por diputado orador, obtuvo algunos triunfos en el Congreso, simultaneando estos afanes con su vocación por las letras que le llevó al periodismo y a ejercer la crítica literaria con desusada dignidad.

Figuró en el partido moderado, desligándose poco a poco de compromisos de grupo, propenso a rehuir cualquier disciplina impuesta desde fuera. Las doctrinas de Donoso, la amistad entre ambos, transforman el espíritu del poeta, cuyo vuelo se limita al área de las preocupaciones político-sociales, infiltrando en el verso resonancias de la voz conturbada de José de Maistre clamando amargamente frente a los Reyes débiles y contemporizadores: «Europa está moribunda y yo también».

Y cuaja el hombre, el vate, en un ser de extraordinaria entereza, de escasos matices, con cierta rigidez acerada, inflexibilidad de carácter perceptible en todos los actos de su vida. No sabrá entregarse, si la entrega no es total, y para evitarla contiénese en los límites de su propio corazón; le falta siempre pasión para desbordarlos y enajenarse en el puro delirio.

Buena prueba, sus amores con la sentimental Tula, con Gertrudis Gómez de Avellaneda, amores poco conocidos, que Méndez Bejarano compara con los de Alfredo de Musset y Jorge Sand. No creo en otra semejanza que la resultante de estar ambas parejas compuestas por escritores. El episodio debe situarse por los años de 1844 y 1845 y de él transmite puntual y curiosa noticia el propio Sr. Bejarano en la biografía del poeta. Las relaciones fueron breves, cortadas y reanudadas según lo pedía la vehemencia cordial de la Avellaneda: una niña, muerta a los pocos meses, nació de esta circunstancial unión a la que rehusó Tassara la caliente entraña de su intimidad.

El borboteo de la pasión -si hubo algo más que una alucinante sombra de ella- sólo atormentó a la inquieta cubana, porque en Gabriel esta aventura no fue sino capricho de los sentidas y halago de juvenil vanidad por la conquista   —139→   de una mujer hermosa, extraña e interesante. Y como en este lance, en los demás de su vida erótica, fue Tassara amante fugaz, hombre para quien en realidad la pasión amorosa resulta un arcano.

Quizás excesivas solicitaciones para un alma tan receptiva como la suya. Pues por estos años cuarenta, imagino al hombre lleno de vida que en la plenitud de su talento vive intensamente cuanto la existencia le depara: amores con la Avellaneda, episodios aún más intrascendentes y a flor de piel, amistad con el deslumbrante e inspirado Valdegamas, requerimientos para que dé la talla de su arrebato en el remolino de la prensa política, veladas en centros literarios y artísticos, tertulias...

En esta hora exaltada, vedle con la impresión de que una inmensa tragedia está incubándose en algún inframundo, y en la sangre el deseo de luchar para impedir llegue el daño hasta donde amenaza; y vedle al mismo tiempo cediendo a las gracias del instante, delicadas supervivencias de un amable pretérito: la vida cortesana, la poesía, la conversación. Y como advierte esta abdicación de su espíritu, registra también la duda que la consiente.

Labor periodística en El Sol, El Piloto, El Heraldo y otros diarios. Unos meses antes de cumplir treinta años le encomendaron la dirección de El Faro, uno de los papeles más interesantes y mejor hechos de la época. Duró poco este periódico -desde abril de 1847 hasta igual mes de año siguiente- con sus cuatro páginas, gran formato y mucho aire literario, revelador de la selecta estirpe de su Director. Amplio espacio ocupaba la parte literaria encomendada generalmente a Cañete, que escribe su Revista de Madrid sobre temas tan varios como La Natividad y el pueblo, Principio del fin de una tiranía literaria, La Espartana, Sociedades científicas y literarias, Museo nacional de pinturas modernas, etc.

Del propio crítico se reproducían las lecciones del Curso de literatura dramática o examen crítico del teatro español desde 1833 a 1847, leídas en el Ateneo de la Corte. Publicaba al mismo tiempo los artículos de Donoso Cortés comentando   —140→   las reformas de Pío IX y diversos folletines -traducidos del francés, como era de rito- tales la Historia de los Girondinos, de Lamartine, y las Memorias de un médico, de Alejandro Dumas.

El tono del periódico fue moderado, como órgano de este sector de opinión que por aquellas calendas tenía a García Tassara de representante en Cortes. Resueltamente isabelino, al hablar de los carlistas de Cataluña, les llama facciosos, gavillas rebeldes, rebeldes acogidos a indulto. Es difícil delimitar lo que en esta publicación se debe a la pluma de su Director; parecen suyos muchos de los artículos polémicos donde cruza sus armas -con la condigna moderación- contra las de la prensa progresista y los políticos de esta tendencia.

Aparte de la información del extranjero, bien atendida, insértanse curiosas noticias muy de entonces, una de las cuales bastará para transportarnos al pintoresco Madrid de hace un siglo. Esta, por ejemplo, de 1.º de enero de 1848: «Tan escandaloso es el número de tahures que a todas horas se encuentran en las entradas de esta capital, que convendría mucho una limpieza en algunas de ellas y principalmente en la de Toledo, en la que una veintena de granujas entretienen con sus dados y cubiletes a cuantos forasteros se dirigen a esta corte, dejándoles en un santi-amén sin blanca y sin pelusa en los bolsillos».

Supongo que de esta época deben de ser, por lo menos, tres de las cinco cartas dirigidas por Tassara a Cañete, que se conservan en la Biblioteca de Menéndez Pelayo, cartas que atendiendo a su carácter de inéditas transcribo íntegras. Dicen así: Mi querido amigo: No tengo absolutamente más que ese billete de 200 rs. El lunes le enviaré a usted los demás.- Véngase usted por ahí. (sic).-Suyo affmo. Tassara. Carece de toda fecha, al igual que otra análoga: Mi querido amigo: Doy a usted las gracias. Adjunto remito a usted un billete de 200 rs. No tengo otra cosa. Aun le debo a usted 100 rs.- Suyo.- Tassara.

No creo aventurada hipótesis la de que tales líneas se refieren a pago de colaboraciones no abonadas con la puntualidad conveniente,   —141→   ni siquiera a persona de tanto relieve como Cañete, y, en cuanto a la siguiente, se advierte también que corresponde a este momento.

Qd.º Cañete: Hágame usted el favor de enviarme el Rafael, que aquí se traducirá hoy. Lo que es menester que usted escriba para mañana es un art.º sobre la colección de clásicos, por ejemplo, a ver si sale mañana un buen número. Advierta usted que ha salido ya el tomo 9.º de Calderón. Suyo afectísimo.- Tassara.



Tampoco seria temerario incluir entre las del mismo período, otra que por su factura, rasgos de letra e incluso papel empleado, se asemeja bastante a las anteriores: Mi querido Cañete: Ayer tarde estuve largo rato esperando a su criado de V., y no vino. Hágame V. el favor de venirse V. mismo esta tarde a las 3 por esta su casa.- Suyo affmo. Tassara.- 4 de mayo.

La quinta y última parece muy de otro tiempo, posterior probablemente en más de veinte años. Es una verdadera carta, escrita en papel que lleva al ángulo superior izquierdo un sello en seco con las iniciales G. T., dentro de un círculo. Como la precedente con fecha del mes, pero no del año; dice así: 6 de agosto.- Mi querido amigo: Luchando con mi cabeza me voy al fin a Piedra, y reclamo de usted la carta que me prometió para el Sr. Montadas, porque bueno es tener buena compañía -o bien a él directamente o bien a mí para presentársela-. Me voy esta tarde y le rogaría a usted además que la remitiese allí, puesto que usted sabrá la dirección.- De usted spre. affmo. amigo.- G. Tassara.- Sr. Don Manuel Cañete.

Situado con desembarazo en los caminos del éxito, cuando su vocación parecía resueltamente periodística y política, una mano amiga, la de Nicomedes Pastor Díaz, le encaminó a la tierra incógnita del servicio diplomático. La carrera política del poeta galaico fue más agitada y brillante que la del andaluz. Según Gamallo Fierros, que recientemente ha estudiado sus relaciones, su amistad data del año 40 en que coinciden ambos en El Correo Nacional, donde dedica Tassara amplio comentario al recién aparecido   —142→   libro de versos de Díaz. El tiempo fortaleció esta amistad, y en 1856, siendo Nicomedes Pastor Díaz ministro en el Gabinete de Unión Liberal, nombró a Tassara representante de España en Estados Unidos.

Avatar no del todo insólito, porque dos años antes Pacheco le había designado ministro en Parma y Toscana, cargo que, en aquel momento, no le convino. Aceptó, en cambio, el nombramiento para Washington y durante 10 años corridos desempeñó su misión con tino singular, prestando tan útiles servicios a la causa de España en América que la Secretaría de Estado yankee, poco propicia al éxito de quien con agudo tacto servía a su patria, hizo saber el agrado con que le vería sustituido por otro Ministro más comprensivo. Como diplomático destacó por su labor de exaltación española, labor no profesional, desde luego, entusiasta y tenaz, sostenida por la convicción de que a nuestra patria incumbía el desempeño de un papel capital (en el orden del espíritu) respecto de las naciones hispano-americanas.

Este pensamiento, hoy tópico, chocaba a la sazón con ásperas hostilidades, con problemas tan amargos como el de la guerra del Pacífico o la cuestión cubana, cuyo desastrado final no lo presenció, por suerte suya, aquella recia alma española que con tan singular preocupación combatió por evitarlo. El premio a su clarividencia fue, como lo señala con airado ademán su biógrafo Méndez Bejarano, una destitución, aún más dolorosa, porque su firma supuso aceptar la tesis hostil al interés nacional.

Después de esa hiriente llamada al desengaño, todavía le quedó vida para viajar por Europa, para ser embajador en Londres del Gobierno Provisional -en 1869- y para versificar de nuevo en el inspirado arranque lírico del breve otoño que le correspondió vivir. Por el rayo hendido, aún floreció el poeta, como el olmo viejo de Machado. De esta época es el retrato que nos trasmitió D. Amós de Escalante, visto el maestro cuando en las horas de menos concurrencia acudía a la sala de periódicos del Ateneo madrileño, con su empaque señoril y su aspecto contradictorio, en   —143→   el que apercibíase «algo de militar, mucho de poeta inspirado y contemplativo, no poco de sujeto práctico y activo, usado en los negocios y luchas de la vida, y bastante de gentilhombre a quien son familiares costumbres y modales de cortesanas fiestas y salones».

Leía la Gaceta, La Independencia Belga y el Times, de Londres, éste «veíasele manejarlo con cabal soltura». Dando cara al pasado recogió en un volumen de 500 páginas la parte más importante de su producción poética, realizando personalmente la compilación. ¿Por qué en sus Poesías no recopiló todas las publicadas? En el prólogo del autor no se aclaran las razones de que la edición quedara incompleta, motivos acaso de orden puramente material, deseo de no exceder determinado número de páginas, o dificultad para allegar composiciones de que no conservaba copia y que se habían publicado en añejos periódicos o en revistas de difícil hallazgo.

En los retratos de Tassara, tanto de juventud como de edad madura, son rasgos característicos lo noble y despejado de la frente, la nariz recta y bien proporcionada y la viveza de los ojos menudos y penetrantes. Llevó siempre largo y alborotado el cabello, con raya a la izquierda, bigote espeso y caedizo casi nitzscheano, ropa de buen corte y género. En la descripción de Escalante es de «estatura regular, su aire noble, la cabeza caída a intervalos sobre el pecho, el paso recio y no muy seguro, como de quien ve poco o desconfía del piso. Su traje, cual convenía a sus años, ni falto ni presumido de elegancia, serio y varonil, con indicios de gusto propio e independiente, que ni obedece a la moda ni la contradice y niega...: levita negra, larga y abotonada, pantalón gris y la corbata negra también, revuelta, apretada al cuello, y alta...».

Los últimos años fueron un lento padecer: peregrinaje postrero a las ciudades de España, a Ávila, Madrid, a su Sevilla, en busca de una salud definitivamente perdida. Escribe entonces algunos de sus mejores versos: el soneto Cumbres de Guadarrama, antes copiado; trozos del inconcluso   —144→   poema Un diablo más; traduce íntegramente Os Lusiadas, y publica, en 1872, el volumen de Poesías. Entre sufrimientos, buscando la amistad de unos pocos fieles -«conocido y desconocido al mismo tiempo como poeta», según sus palabras-, casi olvidado en vida, acabó tres años después la suya. Ya vimos cómo florecieron rosas para su corona: la primera en publicarse creo fue la de Luis Vidart en el número 85 de la Revista Europa, correspondiente al 10 de octubre de 1875. Después, el gran silencio que ilustres voces quisieron, de largo en largo, romper, en sucesivos intentos de aventar las capas de indiferencia, de triste y negligente olvido, depositadas sobre la memoria de este español de tan vasta ambición y reflexión, de este olvidado europeo de la punta de Iberia.

De Goethe decía un crítico francés que gustaba imaginarle como Presidente de una ideal República de las Letras europeas. Si llegaran a crearse esos hipotéticos Estados Unidos de la inteligencia de Europa, nadie se opondría a que la primacía fuera otorgada al Maestro de Weimar. Entre las contadas mentalidades típicamente continentales que con justicia le rodearan, nosotros, los españoles, alzaríamos siempre a Tassara; pocos de nuestros hombres han sentido como él la sustantividad, la riqueza de tradiciones, de proyectos y de ensueños que constituyen la medula del europeísmo; a ninguno le preocupó tanto el problema del mañana del Continente. Nada más justo, pues, que, en trance de discernir honores por méritos, a D. Gabriel García Tassara se le reconociera el título -tan adecuado a su aristocrática prestancia- de Duque de Europa.




ArribaAbajoSu poesía

Busquemos un testimonio personal. Pensaba Tassara que en su caso «la poesía ha estado bien lejos de ser una verdadera dedicación; ha sido sólo una distracción de su ánimo, un desahogo de su inteligencia en los primeros años de su juventud y en otra época aun más pasajera de su vida». Son palabras de los cincuenta y cinco años, desde la cima de la desesperanza, con el irremediable pesar de no   —145→   haber dedicado a la poesía atención más prolongada y fervorosa; después de quemar su vida en fáciles amoríos, en actividades políticas que, ya lejanas, parecerían fantasmas de una pesadilla, sintió remordimiento por el candor con que había creído posible fundar sobre el humo una existencia de raíces vigorosas. ¿Pues qué valían los servicios diplomáticos, según la tasa del Estado servido? Con ansia de sobrevivir, su corazón, latiendo bajo el peso de la duda, retorna a distraer su ánimo con los afanes de la mocedad.

No trata de amenguar la importancia de la poesía ni de justificarse de haber hecho versos; su intención es precisamente disculparse de no haberlos consagrado mayor atención y de no haberlos hecho mejores. Buscando lugar propio en los cielos de la lírica, divide en dos grandes grupos la poesía derivada del romanticismo; en el uno encuadra la tradicional y popular, expresión de las nacionalidades en trance de transformación y que pudiera muy bien considerarse como una especie de idealización de lo pasado, y en el otro agrupa la más reflexiva, más razonadora, más cosmopolita, encaminada preferentemente a la divagación porvenirista.

Entre los afiliados a la segunda tendencia se incluye, y nadie disputará sobre este evidente acierto. Sin embargo, se ha negado, atendiendo a endebles consideraciones, el romanticismo de Tassara; alégase en defensa de tal criterio que «su grandilocuente entonación épica se avenía mal con los cuadros sepulturales y los ayes de angustia» (Alonso Cortés), olvidando que la peculiar actitud romántica del sevillano se revela a través de un temperamento discursivo, de una cabeza que prefería despeñar su imaginación contemplando el espectáculo del mundo en crisis, antes que el de fantasmagorías de cementerio más o menos tétricas. Sin que por eso fueran menos tremebundos sus ademanes ni menos apocalípticas sus profecías; sin que por eso desdeñe, como en la casi desconocida Elegía a la esposa de un su amigo, acudir a los registros lúgubres cuando la ocasión lo pide.

La robusta personalidad de Tassara le distingue del   —146→   coro de gemebundos líricos ochocentistas. Sus limitaciones contribuyen a caracterizarlo: la incapacidad de amaro de sentir el amor como pura tensión del alma (arrobamiento, deliquio, consuntivo ardor, eliminación casi total del tema erótico...). Así su tono rara vez es confidencial, ni es íntimo el acento de las palabras con que canta a la mujer. Pero en contraste, cuando su pluma describe objetivamente la belleza del campo, del Sol, de la luz, cuando augura a la Europa males innúmeros, tiempos aciagos de llanto y horror, viste el lenguaje de una grandeza, de un alado vigor, que son testimonio de la pasión que ¡entonces! sentía en sus venas de poeta.

No es preciso desarrollar una vez más el paralelo entre clásicos y románticos, definir a unos y a otros. Demasiadas voces se dedicaron a esa tarea y suenan con eco suficiente.

Menéndez Pelayo consideraba a Tassara poeta romántico y con propio carácter dentro de la escuela, pareciéndole de los líricos más considerables de la anterior centuria. También hoy Guillermo Díaz Plaja centra a Tassara «dentro de la poesía romántica española», en la que representa «la actitud exaltada hacia lo mayestático y lo grandioso».




ArribaAbajoLos temas

El autor de Un diablo más ocupó un hueco, un vacío, en el panorama del romanticismo español. Pues este poeta, que no emigró, que vivió su juventud dentro de las fronteras de la patria, es quien con más fuerza expresó angustia por los dolores de Europa; tenía alma de europeo, capaz de estremecimiento y duelo por las convulsiones política s y sociales extrapeninsulares, que no sabía si considerar como etapa de transición, fácilmente superable, o como momento último de una civilización y acaso de una cultura.

Examinando sus temas favoritos adviértese que las composiciones más importantes son las debidas a las preocupaciones religiosas y políticas y las inspiradas por la hermosura o la grandiosidad de la naturaleza. En el primer grupo inclúyense las tituladas: La noche, Dios, Meditación religiosa, La fiebre, Las Cruzadas, Canto bíblico, El Cristianismo   —147→   e Himno al Mesías. En el tercero deben citarse: el soneto Al Sol, en sus dos versiones; Himno al Sol, Monotonía, El crepúsculo, En el campo, La tempestad, El aquilón, El día de otoño, A Laura, La entrada del invierno, Andalucía y el soneto Cumbres de Guadarrama y de Fuenfría. En el apartado de las poesías políticas, que es el más extenso e importante, contaremos Venecia: Napoleón en Santa Helena, Al convenio de Vergara, Al Ejército español, A la guerra de Oriente, A Roma, La Historia, A Napoleón, A la Reina Doña Isabel II, El Alcázar de Sevilla, A Mirabeau, A Quintana, A Don Antonio Ros de Olano, el importante poema de gran aliento, Un diablo más, y aún pudieran incluirse sin violencia el soneto Al natalicio de Cervantes y la epístola que desde Ginebra dirigió a Carolina Coronado.

Contrasta esta riqueza con las escasas rimas -alguna de gran calidad- que en él suscitó el tema erótico, que en rigor no pasan de cuatro poemas-: A Justa, El ramo de flores, A Elvira y el soneto A la Rosa, pues trozos como El oso y El descote, por el tono humorístico, por la intención epigramática, son la antítesis de toda poesía amorosa. Para cantar la amistad halló clásicos acentos en su poema A Fray Manuel Sotelo.

Mas, en cuanto lirismo sea susurro de una palabra entrañable, permitir que el corazón cante libremente sus nostalgias, inquietudes, esperanzas difíciles, creo es en La fiebre y La noche donde fue Tassara plenamente lírico; sus versos A Salvador y el poema El fantasma parecen asimismo escritos en un momento de juvenil y personalísimo transporte.

Este somero repaso a los temas del sevillano -limitándome a las composiciones recogidas en volumen, bien en el de Poesías, bien en la Corona en su honor- confirma lo escrito a propósito de su genio peculiar, eminentemente votado a la expresión de sentimientos religiosos y político-sociales, desarrollados con mayor grandilocuencia de la que conviene a la poesía, tanto más pura cuanto más desnuda. Esto es en parte consecuencia de que, según el diagnóstico de D. Marcelino Menéndez Pelayo, «la entonación en sus   —148→   cantos es siempre vigorosa y varonil, altas las ideas, y robusta hasta con exceso la expresión». De reciedumbre excesiva adolecen estos poemas, y por eso sólo en algún excepcional momento de debilidad brotaron de su corazón quejas íntimas, agua desbordada de la secreta corriente de una emoción hasta entonces contenida.

Sorprende que hasta el final de su vida no cuidara el poeta de recoger personalmente -hay dos ediciones anteriores hechas en Hispanoamérica- sus poesías. Quizás la soledad, el saberse superviviente de otra época, casi desconocido, le llevó a rememorar, supliendo así la desidia, la rara indiferencia de los días juveniles hacia el libro que consagra. Nada tan conmovedor como los ecos de esa vieja canción de juventud escuchada cuando la vida, exhausta casi, nota de pronto que en ella sólo resta una inexorable certidumbre de acabamiento.

En ese instante, cuando Tassara se percata de que no valen voluntad y esfuerzo para torcer el rumbo del destino, que por tantos años le apartó de la poesía; en ese momento, digo, sin explicación lógica posible, remonta una esperanza que ha germinado insólita en la penumbra de los recuerdos distantes -por una suerte de milagro, trocados con los más cercanos-; escucha con el corazón la añeja melodía, la que nunca cesó de sonar, aunque tantas veces el retemblante galope de la sangre impidiera oírle, y a un cuarto de siglo de distancia reanuda la tarea, cantando:


Como en los bellos días
Del tiempo que pasó.



Y los vientos de ocaso al agitar las cuerdas de su lira, arrancan notas semejantes a las de veinte años atrás. Pertenece a la familia de nuestros grandes pesimistas: de un Quevedo, de un Mateo Alemán; la madurez y las ilusiones perdidas, la crisis provocada por la falta de comprensión para su labor en Estados Unidos, afirmaron, endurecieron, esta severa inclinación de su carácter.

Salvadas las distancias que en diversos órdenes le separan de aquellos clásicos, su pesimismo resulta menos hondo;   —149→   es consecuencia en mucha parte de influencias externas, de la afectada preocupación de Donoso Cortés, que veía el mundo presa de todos los demonios o revoluciones que se sucedían ante sus ojos. Y aunque afectados, no será fácil hallar versos más desolados que los que concluyen el poema A Dante:


   El hombre ¡padre Dante! desespera,
Dobla la sien en la doliente mano,
Y abandona el timón a la onda fiera,
No inquiere ya el arcano. No hay arcano.
No pide ya venganza. No hay venganza.
No hay más que el himno del dolor humano
Y el sempiterno adiós a la esperanza.



El pesimismo salva a Tassara de otras enfermedades del siglo, de aquellas dolencias que Jorge Sand catalogó con diestra mano señalándolas como distintivos comunes, la contagiosidad y la casi cierta mortandad. Así, no conoce la melancolía, vertido como está en la acción política y periodística primero, en el servicio diplomático después; en realidad, le falta tiempo para estar convencionalmente melancólico. Y por ahí resulta temperado su pesimismo, ya disminuido por el influjo de la fe religiosa; fe en que, sin perjuicio de la sinceridad del sentimiento, de su, en ocasiones, patética exaltación, palpita a trechos la duda. Ésa es la causa de su pavor ante un mundo corrompido, en el cual los valores morales, las seguridades y los asideros permanentes, parecen desprovistos de signo positivo.

Las humanas grandezas se presentan al poeta con el escaso atractivo que para el radiólogo tiene un pecho bello, pero enfermo; su vista adéntrase en el núcleo herido, fijándose en el germen de corrupción que ha de devorarlas. En cuanto al presente del mundo donde habita y de los hombres que le rodean, su pensamiento es desolador; las reservas de su corazón, la esperanza en él cobijada, constituyen la lumbre que esclarece el inseguro porvenir, el mañana eterno de las almas. Oigámosle cantar primero:

  —150→  
   Mis ojos tiendo con horror de muerte
Sobre esta Europa cuyo sol se apaga:
Su corazón es una inmensa llaga,
Podredumbre, ruina, liviandad:
Y en esta grey de incrédulas naciones
Que entre la duda y el terror se agita,
Ni una esperanza de virtud palpita,
Ni se siente un impulso de piedad.

No es de ahora el temor a que entre las luchas y convulsiones de los tiempos perezca Europa, a la que Tassara cuenta entre los muertos, dando ocasión con esta y otras descompasadas profecías a que algunos, como Fitzmaurice-Kelly, pensaran que su fama padeció bastante «a causa del mentís que los sucesos dieron a todos sus augurios políticos». En el mismo poema, cuya es la octava transcrita, frente al mundo tempestuoso de la realidad alza su visión ideal: una cósmica placidez en que hombre, mar, tierra y elementos todos, ceden y se armonizan ante la majestad del Creador. Vale la pena de comparar:


    ¿No oís? ¿No oís? Los cánticos se elevan,
El corazón se exhala en blando incienso:
La aureola de nubes del Inmenso
Torna la sien del hombre a iluminar:
En paz y amor regenerado el mundo
Del Hacedor las maravillas canta,
Y al prodigio del canto se levanta
La tierra absorta, palpitante el mar.



La estructura de ambas octavas es sustancialmente idéntica, no sólo en la técnica bermudina con los finales agudos en los versos cuatro y ocho de cada una, sino en la misma forma de desarrollar las ideas antitéticas que las componen, describiendo sendos espectáculos de horror y júbilo, apurados en la sucesión de la estrofa hasta sus respectivos ápices de negación absoluta o, por el contrario, de suma felicidad.

  —151→  

Témplase, pues, su dolor por el frenético remolino de la realidad, con la viva esperanza de un mundo nuevo, de un supremo concierto de todo lo existente, que debe ser cantado con preferencia a cualquier otro motivo. Por eso la musa del poeta no será la del Olimpo, ni la de Roma o el dorado Oriente, sino, por ley de inexcusable necesidad, la que viene hoy del hombre a consolar el llanto, la voz sobrehumana que convoca a las almas para su salvación.

Que la duda prende en ella se comprueba en el angustiado final del poema A la noche, donde pelea Tassara con sus rebeldes pensamientos que le arrastran


Como a ramo tronchado inquietos vientos,



pues no es fácil domeñar a esos buitres carniceros: la negación y la duda. Clama a Dios pidiéndole se muestre y los acalle de modo sempiterno, para que la tremenda incógnita se desvele y sepa el alma:


    Que para ella no hay muerte. Rodeadme,
Visiones de otros mundos, y decidme
Que es algo más la eternidad que un nombre,
Que hay algo de inmortal y que es el hombre.



Este contrapunto de angustia unamunesca infunde a su poesía belleza y verdad. Aquí, el pobre ser desvalido, que es el hombre, padece terror a lo desconocido, miedo ancestral al más allá, y demanda a la divinidad una certeza suficiente para su muerte y para su vida, esa vida, burlesco don que le arranca el apóstrofe, la conturbada queja: ¡Vivir para morir! Cuanto haya de sendero en ese vivir -La tierra, de otro mundo es el camino, dice en su soneto- sólo se justifica si tras la muerte existe una verdad eterna. Esa viril preocupación llena muchos versos de Tassara, apartándole de frívolas y vulgares caídas.

Para ver cuán diferente es una poesía donde la fe surja sencilla, confiada y sin interrogantes, compárese la de Tassara con la de Carolina Coronado (con las estrofas de   —152→   la Cantiga tercera de El amor de los amores, por ejemplo), palpitante y conmovedora en su seguridad de que nunca contemplará con terrenal mirada a quien carece de forma y de presencia humanas, pero capaz de reconocerle en la suavísima dulzura, regalo de su alma y esperanza de que su puro amor obtendrá algún día la recompensa prometida. Y cuando, en otro poema, el vate del Sur canta la excelencia de una fe límpida y absoluta, de una fe del corazón que disipe pesadillas y duras quimeras, es que halló la respuesta decisiva, y el mar, la noche, el rayo, el sol, hablaron a su modo al corazón atormentado; panteísmo acaso, pero expresión sincera de un alma conocedora de la propia congoja. Su religiosidad se ampara con preferencia en el Dios del Antiguo Testamento, que en. el trueno deja oír su voz y transita los cielos en carro de arrebatadas nubes; la figura de Cristo es casi ajena a su poesía, a su sentimiento religioso, pues si aludida en algún lugar, como en el soneto Al Cristianismo, no se yergue con la tensión que el Canto bíblico, enderezado al omnipotente Señor en cuya mano está el alivio de la miseria y el sufrimiento del mundo. En estos últimos versos las imprecaciones del desolado espectador se confunden con los ruegos del creyente.

Es difícil resignarse a morir. Hay un contraste netamente romántico entre la vida que se maldice y la esperanza de que se transforme en manantial de imprecisa ventura. Buen paradigma es éste:


   Yo en este lecho me revuelco ahora,
    Yo maldigo mi lúgubre existencia,
Y ¡oh, si no hubiese en mi letal demencia
Dulce esperanza de vivir y amar!



Tras la existencia lúgubre y la letal demencia, la dulce esperanza. Y un poco más allá dos buenos versos, interesantes porque la pregunta que formulan, lejos de ser personal, la repiten los labios de toda una generación:


   ¿Quién alcanza esta sangre tan ardiente
En este ardiente corazón a helar?

  —153→  

¡Cuánta sinceridad en esta cuestión que se plantea Tassara! Y así, humanamente aterrorizado, considera a la muerte como desesperada, horrible necesidad del ser, lamentando con elocuente verbo que al mísero mortal le obligue el hado cruel a amar esta vida, esta inmensa carga para las flacas fuerzas del hombre.

El pensamiento de la muerte -así lo confiesa- preside sus horas, no para transirlas de suave conformidad, sino de rabia literalmente aparecida en la octava final de La fiebre, donde clama contra el destino:


   Y no que estoy con rabia contemplando,
Desde el profundo abismo de mi suerte,
El triste pensamiento de la muerte
Las horas de mi vida presidir.
Si es lo que suena mi tremenda hora,
Llevaré hasta la tumba mi deseo.
¡Crepúsculo oriental! Yo no te veo,
Ya para mí no hay sol... Esto es morir.



Esta actitud frente a la muerte es compatible con su religiosidad, y el citado poema, correspondiente al grupo de inspiración religiosa, muestra otra vez la lealtad -y el énfasis- con que Tassara refleja en el verso lo radical de sus preocupaciones. Entre el amor y la muerte oscila por lo común el pensar humano; en él, no, que sólo la muerte basta para henchir su corazón. Cuanto más descarnada e iracunda, más vale su poesía, más valiosos acentos brotan de su pluma.

Y nunca, en cualquier circunstancia, aun faltándole la fe, se deja batir por el desaliento. Su idealismo es superior a la realidad, y ante la pereza y el tedio, mejor es el sufrimiento que la indiferencia; preferible la fe que transporta, al desmayado espectro de la inacción conformista, tan triste como la muerte y precursor de ella. Quizás por eso su consejo, invariable puede sintetizarse en este verso:


Al cielo mire el que en la tierra mora,



  —154→  

y de vez en cuando resurge en su obra la nota confortadora y esperanzada. Como en La tribulación, cuyo final afirma que


Para el hambre y la sed del peregrino
El desierto arenal la palma cría.



De la necesidad íntima, del afán que le traspasa, derívase su convicción de que el retorno a la fe, a la piedad genuina y a las prácticas religiosas, eran imprescindibles para salvar aquella Europa, según él agonizante. Combate, sobre todo, el escepticismo, el helado escepticismo que alza doquier su lívido semblante.




ArribaAbajoPoemas político-religiosos

Cuando sobreviene en Francia la revolución del 48 y el régimen del juste milieu se derrumba con estruendo, en Tassara erízase una fiebre de rebeldía y de protesta contra sí mismo y contra el amenazador huracán. Se cree culpable, porque, como declaró mucho después, no era de los que menos han participado de ese espíritu de invasión intelectual que la caracteriza (la tendencia romántica a que se adscribe) y que tanto ha contribuido a la anarquización moral de la Europa. Hace esta confesión porque no es él bastante hipócrita para negar que ha sentido la fiebre y con la fiebre todos los delirios de la generación a que pertenece, aunque sus versos se salven en buena parte de la inculpación de que les hace objeto. Cediendo a los ruegos de Donoso Cortés -a la sazón residente en París, espectador de la caída de Luis Felipe- que solicitaba su retorno a la poesía por considerarla trinchera desde donde podría hacer buena pelea, emprendió Tassara un poema de gran porte para combatir, conforme a la idea de Valdegamas, a estilo de guerrillero de las letras; algo parecido al papel que, con distinto objetivo, le cupo desempeñar a Stendhal en la colisión entre clásicos y románticos.

El gracejo de D. Juan Valera, desde la orilla del siglo XX, pintaba humorísticamente la situación: «El mismísimo demonio, encarnándose en Proudhon, andaba suelto por el mundo   —155→   y trataba de convertirle en caos. Entonces fue cuando un amigo de Donoso, hasta cierto punto su discípulo, volvió por el linaje humano ultrajado, afirmó las esperanzas en sus altos destinos, propendió a enlazar la creencia antigua con la ciencia moderna, y concediendo que el diablo andaba suelto y se había enseñoreado del mundo, predijo que Dios también había de volver a él y salvarle de nuevo. Inspirado de esta suerte, compuso D. Gabriel García Tassara el Himno al Mesías».

La contribución del poeta, titulada Un diablo más, empezó como colección de epístolas a Donoso, fragmentos de una especie de poema escrito en momentos diversos a partir de septiembre de 1851, sin que llegara nunca a la complejidad y anchura ambicionadas por su autor, cuya predilección por esta obra se nota en el espacio que la consagra y en la minuciosidad con que la comenta y explica a través del prólogo a la edición madrileña de sus Poesías.

Tal preferencia nos induce a prestar atención a otra vertiente del carácter tassaresco: su tendencia a la sátira, buena herencia del gran Quevedo. Cuando en sus epístolas a Donoso aborda el grave tema del desbarajuste y quiebra de Europa, para excusarse por la solemnidad del asunto, empléase con burlesca representación y vocabulario desgarrado, que harto sabe disminuyen el nivel de la creación; pero el sarcasmo no se adelgaza ni en este vehículo de coplas y folías, y el informe antipoema logra un tono humorístico que contrasta adecuadamente con su dramático contenido.

El desaliño en la redacción de Un diablo más suministra indicios de cuán espontánea y precipitada fue, de cómo es muy veraz aquella afirmación de que al respaldo de las cartas de Donoso, o en cualquier otro papel, volcaba el poeta sus ideas rimadas; por eso tan excesivas, «a la buena de Dios», agolpándose y precipitándose los versos en c horro abundantísimo.

Probablemente el tono burlón es una máscara encubridora de la desolada parte de su alma inmersa en el poema. El humorismo es una reacción defensiva, mas cuando algunas   —156→   ráfagas de incontenible apocalipsis levantan los bordes del disfraz, se vislumbra el tétrico, excesivo gesto de Tassara.

El Prólogo de Un diablo más fue escrito en 1868, al retorno de la embajada en Estados Unidos. Allí cuenta la estrecha relación en otro tiempo mantenida por Donoso y él con el diablo, formando un trío tan discutidor y vocinglero, que cierto día una vecina salió despavorida al balcón creyendo que en la casa de enfrente se estaba cometiendo asesinato; disputábase por cuestiones políticas, pues el destino había lanzado a Donoso y a Tassara:


A aquel partido, hoy ya desvencijado
Que se llamó en España moderado.



en tanto que el demonio -un pobre diablo, no más- era escéptico y a su decir indiferente, por aquello de que La política es ciencia sin conciencia. No bastó esta profesión de apoliticismo para excluir las sospechas de Valdegamas que le tachó de espía y más sospechó cuando:


... El signo de la cruz le hacía
Y él con gran devoción se persignaba.



hasta que harto el paciente demonio se lanzó «a democratizar el universo», empezando en las barricadas anti-orleanistas.

En ese momento los encarecimientos de Donoso animaron a Tassara a pergeñar las epístolas que integran la parte central del poema; dieciséis años después escribió el prólogo, dieciséis años que


Pasaron con su hoz de desengaños,
Pasaron escribiendo en nuestra frente
La sentencia de Dios... ¡Cuánta memoria!



Por eso el tono es otro, aparece la melancolía. Y su preocupación esencial, su dolorido sentir de europeo para quien   —157→   esta zona del mundo es una unidad de cultura. Por eso, dice:


... ¿Acaso en esta
Soledad de la mente, la más honda
De todas las humanas soledades,
Cuando ya nada al corazón le resta,
Cuando nada hay en él que ya responda
Del mundo a las esclavas vanidades;
La terrible visión, el sueño horrendo,
No me está más que nunca persiguiendo
De una Europa que en torno se derrumba?



La cruel visión anótase en el Himno o Introito de 1851, donde acusa la presencia del viento de la muerte, el domeñador de Luzbel, el que acabó con Sodoma, Grecia, Egipto v Babilonia, el viento del caos y de la nada presto a la destrucción de Europa.

También del año 51 son las tres epístolas a Donoso y el trozo titulado El nuevo Atila. La primera de aquél las es la dedicada a Le, revolución de 1848 en Francia, y no es raro que la ironía de Valera se desplegase a su costa porque, en realidad, a cien años vista, se nos antoja interjeccional y desproporcionada a los hechos aludidos. Este defecto resalta más en la segunda epístola, El dos de diciembre, donde al pobre Luis Napoleón se le confunde con Proudhon, y el diablo de marras aparece, luciendo vistosa casaca, como su chambelán y su ministro. Tanta exageración en el retrato del decorativo Napoleón III, filiado como criatura demoníaca, no excita la sonrisa sino la carcajada franca por el inefable candor del poeta.

De mejor calidad es la ironía de la tercera epístola, Cadáveres, desmerecida por la poco afortunada versificación que en algunos lugares suena con flojísima cadencia aleluyesca:


   Siendo ésta la razón, según discurro,
Por que la humanidad que, como un burro,
Se revuelca en sus plácidas llanuras,
Toda ella llena está de mataduras.



  —158→  

Sigue Napoleoncillo haciendo el gasto de la sátira, rematada con el entierro del cadáver de Europa, escena que, pese al esfuerzo del poeta, no alcanza la conveniente burlesca grandiosidad de esperpento.

Por fortuna, los restantes trozos del poema están escritos con mejor entonación, con aquel acento profético que tan bien parece en la poesía de Tassara. Sin que las ideas sean de gran novedad, el lenguaje levantado y los aciertos expresivos las hacen gratas al recuerdo; por ejemplo, la historia como repetición continuada de ciclos semejantes:


... Bajo mudables nombres,
Al través de los tiempos desplegados,
Dios revuelve en la urna de los hados
Las mismas cosas y los mismos hombres.



El nuevo Atila, composición de menos espeluznantes augurios, no ha envejecido tanto; en el presente los temores y predicciones del visionario han podido leerse como de actualidad. En los tercetos A Dante, su pesimismo se exalta, y confiesa:


    La humanidad ¡oh Dante! desespera;
La humanidad, la humanidad y el hombre,
Que el hombre es ¡ay! la humanidad entera.



Y otra vez clama patéticamente su alerta: La Europa va a morir. Grito del alma que corrobora el de aquella voz que antes describiera el entierro de la gran Patria como grotesco y desenfrenado remate de trágicas carnestolendas. En el final invoca al Mesías para librar «del abismo» a un pueblo moribundo. Si Luzbel ha regresado al mundo, ¿no volverá Dios? La seguridad de tal retorno colma los últimos versos de este postrer trozo del poema.

Cuanto decíamos páginas atrás cobra relieve de evidencia en este apuntamiento, somero esquema, de Un diablo más. La diversidad de metros nada significa, mas hay una actitud tan distinta entre el poeta de las epístolas y el   —159→   prólogo, y el creador del Himno al Mesías, A Dante y El nuevo Atila, que dudamos si tan caóticos e inconexos fragmentos hubieran constituido nunca un verdadero poema, salvo dando por bueno el típico modelo esproncediano, de in evitable recuerdo en la lectura de éste que, de modo parejo, contrasta descuidos inexplicables y caídas fáciles de evitar con versos inspirados y nobles.

La preocupación que engendra Un diablo más es sustancialmente idéntica a la inspiración de otros poemas: así, Venecia, donde la historia de esta ciudad sirve como paradigma de la fugacidad de toda dicha y poderío terrenal, mencionándose el próximo retorno de Atila y la siempre temida muerte de Europa. Nada es eterno, sino los sepulcros y ¡feliz quien puede creer en otra vida!


    Amar, gozar, creer, vivir dos veces...
En el cielo, en la tierra... ¡oh halagüeño
Éxtasis de la mente!



Y, por lo pronto, fenómeno natural en el alma del hombre, mana la nostalgia, bien del pasado o del futuro; lo único recusable es el hoy que vivimos:


   No, nunca, nunca en lo presente alcanza
Ni hombre ni humanidad el bien soñado;
Vive con el recuerdo en lo pasado.



Si estas composiciones, pese a su carácter, rebosan sentimiento religioso, es que, apurando los términos, apenas existe obra de Tassara en la cual su preocupación radical no aparezca de alguna manera. Dentro de los poemas netamente políticos, este otro matiz señálase en algunos casi sin alusiones a lo sagrado, como en los versos Al convenio de Vergara, donde se reduce a agradecer al cielo el envío de un ángel de paz, merced a quien no hay vencedores ni vencidos en la guerra; o en los dedicados Al Ejército español; o en el poema A Napoleón, escrito con motivo del traslado del imperial cadáver desde Santa Elena   —160→   a Francia. También en el dedicado a Donoso sobre el mismo asunto o en el soneto Napoleón en Santa Elena, uno de los, mejores que escribió.

En el poema al gran corso abundan los aciertos, muy al gusto de la época. Santa Elena es la roca del martirio y la agonía; Napoleón, cadáver siempre vivo; Inglaterra, el leopardo que el piélago domina; diez años antes que en Un diablo más ya le obsesiona:


    De un Czar salvaje la salvaje tropa.
¿Qué extraño ya (la osada fantasía
Mira avanzar los genios del destino),
Que extraño ya que emprendan otro día
Las fieras hordas el fatal camino?



Y se adelanta en casi un siglo a la frase de Rathenau sobre la invasión vertical de los bárbaros, al decir


No es menester que el Septentrión los lance:
Los bárbaros están dentro de Roma.



El soneto a Napoleón merece la íntegra transcripción, pero copiaré nada más los versos finales del primer cuarteto:


    Su alma, dominadora de los hados,
En la pasión del mundo se alimenta.






ArribaAbajoVersos a la naturaleza

La extensión de este comentario exige abreviar el examen de las poesías donde Tassara exalta las bellezas del campo y del paisaje, y prescindir de otras que en rigor debieran tenerse en cuenta. Cuatro aspectos conviene precisar respecto a su entendimiento de la naturaleza; primero: para el poeta hispalense, el mar no existe. La aparición del mar en sus versos es fugaz y más bien materia para desarrollar un ejercicio retórico, que impresión de un espectáculo con viva huella en su alma. Segunda nota: no es el paisaje andaluz resueltamente preferido, sino que oscila su   —161→   afición entre él y otros más adustos, severos y bravíos. Tercer punto destacable: entre primavera e invierno, escoge casi siempre la estación áspera de las nieves. Por último, ¿cómo no señalar la constancia apasionada con que ha cantado al Sol?

Con referencia a este punto, unas palabras. Dos versiones se conocen del soneto al Sol. Una, la de sus Poesías; la otra, anterior, en un manuscrito de la Biblioteca Menéndez Pelayo, de Santander, publicado por la Sra. Mercedes A. de Bayo en el Homenaje a Artigas. Es mejor la recopilada por el poeta, datando la primitiva versión de 1833. La idea de que el Sol es la más grande de las creaciones divinas, tanto que mentes primitivas la confunden con Dios mismo y la adoran como tal, se repite con mayor brío y empuje lírico en el Himno al Sol, poema de gran aliento -208 versos en total- y no menores bellezas. Apúntanse metáforas obligadas junto a imprecaciones valientes:


    ¡Manantial de la luz, trono del rayo!
Ven y del torpe y frígido desmayo
Alcanza con tu fuego la creación.



y después:


    Corre, corre ¡alto sol!
Ya por los montes Tu derramada cabellera ondea.



Todo en la Naturaleza canta al astro rey: el ruiseñor del bosque, el aura blanda que su pluma riza, el pino ondeando su gentil plumero, el torrente... Brota la alegría y el poeta, tantas horas sombrío, regocíjase con el hermoso espectáculo de su Andalucía.


   Región de los suavísimos placeres;
Aquí se nace amando; aquí a los seres
Les falta vida para tanto amor.



Por esta vez nada le parece tan bello como las tierras   —162→   del Sur, campos cuya luz otros días se le antoja excesiva, ahora le producen letargo ardiente, enamorado sueño. En diversos lugares los ecos de esta canción vuelven a oírse, en Venecia,


    El sol despeña el carro de la alta cumbre de oro;
La tierra alza en ofrenda sus nubes de arrebol;
Y el mar es una llama y el aire un meteoro,
Y un trono el universo en donde triunfa el sol.



¿Por qué el poeta prefiere otros paisajes al suyo nativo? Hay una composición que desde el título responde a tal pregunta: Monotonía; pues Andalucía es bella, como lo es la primavera: las cándidas auroras-las aves bullidoras-los vivos horizontes de corales, mas languidece esta naturaleza lamentando su inmortal monotonía. El alma de Tassara pide otro suelo, otro cielo, campos donde sean primavera sin fin las estaciones; ansía un mundo ceñudo, bosques y vendavales, con hiperbóreo clima, donde la vida cruja y se estremezca antes que caer en aquel sopor detestado. Quiere mudar a todo evento.

Y muda; tras del soneto A la primavera, mañana del año, en que Andalucía es la esposa del Sol, y de los versos entusiastas de otro fragmento:


    En vano busca en su carrera el día
Mansión más bella en que su luz verter.



en las estrofas de La entrada del invierno exulta su corazón por la arribada de la estación que adora describiendo con complacido regusto la delicia del tiempo gélido, buen tiempo para gozado en el campo, pues, según él, nada aconseja el abandono del rústico albergue para marchar a la ciudad a consumirse mariposas incautas, en la llama. Son los tonos eternos del Beatus ille:


    ... Más se aprende
Como Rioja y León mirando al cielo,
Y la mano inmortal que el sol enciende
Y del polo suspende
Esta admirable máquina del suelo.



  —163→  

los mismos del delicadísimo poema En el campo, de sencillez y fluida dulzura, nada frecuentes en este poeta, salvándose el grave escollo del prosaísmo que suele emerger frente a quienes, siendo por temperamento enfáticos y solemnes, procuran, violentándose, parecer sencillos. Los tópicos tassarescos se dan aquí cita: el Sol, glorioso monarca de los cielos, el viento de la inflamada tempestad, el campo transformado por la lluvia benéfica:


    ... El prado,
Su ancho festón de renacientes flores
Despliega en derredor, y sacudiendo
Con el ala gentil el polvo leve,
Espira en torno suavidad y olores
El aura blanda que los bosques mueve.



La paz del campo, los desengaños del vivir combatiente, los «sueños dorados», desfilan por estas líneas melancólicas y resignadas. Pues «¿qué se aprende en la vida?» Que es eterna lucha entre ilusión y desesperanza, la fugacidad del placer, la insignificancia de la gloria. Lugares comunes, cierto, pero expresados con acentos personales difíciles de prestar a temas manoseados por versistas de todos los calibres.

Confiesa que desde niño su corazón palpita enardecido por la tempestad; cuán placentero a su espíritu el examen de la naturaleza desbandada, a la que consagra otra poesía explicativa de por qué la tormenta le extasía y anonada, como reflejo de la mano de Dios. El mismo tema rebrota en el soneto El aquilón, no de los más inspirados. Excelente: por el contrario, el titulado A Andalucía, escrito en los últimos años de su vida, cuando, como en su poesía, duda si acudir al Sur o a la fría meseta castellana para buscar la salud perdida. Admirable muestra de cuanto pesa en su corazón la nota gris, nórdica, sombría, ofrécela El día de Otoño, poema muy propio para, como dice José Manuel Blecua, formarse «idea de las posibilidades líricas que llevaba consigo Tassara cuando se alejaba de los meros motivos   —164→   políticos o circunstanciales». Nada que le sensibilice, que le haga tan apto para sorprender la íntima poesía de las cosas, como ese momento cuando, al ceder la tarde, se hace más viva la solemnidad del campo, detenido por maravilla el curso del tiempo hasta que un segundo después cambia bruscamente la escena y nos hallamos en medio de la noche. El alma conmovida se repliega dentro de sí, ante el asalto de la tristeza, porque menos


    Al corazón renace la esperanza
Que al árbol y a la flor la primavera.



Es un largo canto a la delicia de los campos, el infinito donde brota la inspiración, alas que al hombre remontan a la inmensidad. Puede que el ángel tassaresco se complaciera en los paisajes neblinosos, invernizos, como más adecuados para justificar la visión pesimista de su mundo interior; en cualquier caso o que retumbe el trueno o que suspire el céfiro acordará su lira a los sones del viento, amparándose en la sazonada soledad que templa sus ardorosas fantasías.




ArribaAbajoLírica de amor

El tema erótico no siempre le trata Tassara con suficiente tensión. Los versos a Justa resultan fríos, impersonales. Cuando dice: ¿Qué es ¡ay! naturaleza-sino el amor que abraza a la belleza?, el interrogante no recuerda nada bueno: recuerda a su contemporáneo Campoamor. En estas composiciones nótanse esporádicos aciertos.


    Vedla: era el cielo, en la mitad del cielo
La esposa del crepúsculo aparece.



pero el conjunto es pobre, desmayado; taracea de vulgaridades que vale poco. Mejor talla da el poema A Elvira, si bien resalta la imposibilidad de entregarse al amor que -antes de conocer la biografía de Tassara -presiéntese en sus versos; en los «dulcísimos instantes» de la unión con la   —165→   amada siente «la mezquindad de nuestro ser terreno», y gravita sobre su alma «la miseria del espíritu preso en la materia», claro indicio de que confunde el amor con el deseo que una vez satisfecho deja como secuela esa característica repulsión engendradora de fugaces arrepentimientos. En esta poesía también se da la alusión a la esposa del crepúsculo:


   La luna tiende su sereno vuelo
Como un bajel por el amor guiado.



De mayor empuje, más sinceros, son los endecasílabos a Laura, en El ramo de flores. La poesía fluye espontánea y genuina a través de las nueve cuartetas de este inspirado fragmento, que son las flores del jardín del alma recolectadas por Tassara, ahora convencido de que la primavera misma se las entrega, pues si no fuere ella:


   ¿Quién tiene, di, quién tiene a su albedrío
La inspiración del sol, la blanda lira
Del aura, el vago murmurar del río,
Y el ruiseñor que modulando espira?



No obsta lo gastado de los elementos utilizados para recrearnos en la feliz armonía de la estrofa. Y todavía en el soneto A la rosa lógrase un más delicado y perfecto poema de amor, poema de los mejor conseguidos, suficiente para otorgar a Tassara el verde laurel de la gran poesía lírica. El ser menos conocido de lo que merece -no se halla en las Antologías que conozco (Valera, Gómez Bravo, Altolaguirre, Alonso Cortés, ni aun en la preciosa de Blecua)- me incita a copiarlo:


    Esta del nuevo Abril rosa primera
Que, pensando en el bien que me enamora,
A los rayos purpúreos de la aurora
Arranqué del rosal donde naciera;
A ti, mi venturosa primavera,
—166→
Primavera del alma que te adora,
A ti consagro yo, dulce señora,
Fresca aún del humor de la pradera.
Rozagante en color, fecunda en hojas,
Sin temor de los vientos que la ultrajen,
Confiando en su olor que es duradero;
Cuando en tu mano celestial la cojas,
Contempla en ella de mi amor la imagen,
Y ponla allí donde reinar yo quiero.



Con acertada técnica separa en el primer cuarteto y el primer terceto lo directamente afecto a la flor, en tanto que en los segundos expresa la dedicación amorosa de que la hace objeto. Una vez más, manejando bienes mostrencos, logra, al ordenarlos en forma bella y adecuada, efectos líricos de calidad. Si no arranca a su inspiración destellos más personales ni llega en lo erótico a aquel «rapto del alma y de la mente» que «baña en su luz del corazón los senos», debe achacarse a la insuficiencia pasional, insuficiencia que le hacía confesar en sonora profesión juvenil de soledad y egotismo, titulada El crepúsculo, que ya no respondía «la que amante y bella fue de mis noches de placer la estrella» (soy yo quien subraya), y que si alguna vez fue en pos de las mujeres, ni él las amó, ni ellas le amaron, conduciéndole a esta orgullosa aserción:


    Yo dormiré sin ilusión de amores,
Yo dormiré como dormir solía,
Sin locos sueños de esperanzas locas,
El sueño de las fieras en las rocas.






ArribaAbajoTraducciones

De una importantísima que la desidia y escaso amor a las letras de nuestros editores mantienen inédita, da cuenta Rodríguez Zapata: la versión íntegra de Os Lusiadas, puesta en «magníficas e inimitables octavas» castellanas. El señor Méndez Bejarano que la conoce, dice es «superior en ejecución» a todas las precedentes, a las que «eclipsará el día   —167→   que un editor, si alguno patriota existe, la saque a la luz para gloria de todos».

En cuanto a las traducciones de clásicos latinos, nada mejor que buscar la calificada opinión de D. Marcelino Menéndez Pelayo, que en el tomo I de su Horacio en España, a propósito de las de Tassara, dice: «Algunas versiones más de odas sueltas conviene registrar en este catálogo. El malogrado valentísimo poeta D. Gabriel García Tassara trasladó a lengua y poesía castellana el Quemvirum aut heroa y el ¡Eheu! fugaces, concluyendo sobriamente: Son como de tal ingenio pudiera esperarse.» No falta entre las piezas traducidas el final de la segunda Geórgica virgiliana, puesto en buenos versos españoles.

Las traslaciones de Shakespeare, hechas del inglés, suponen fidelidad a la palabra y aun más al espíritu del original, cuya grandeza se conserva en parte. No es Tassara el profesional que cumple estricto y acaso enojoso deber, sino el poeta que, leyendo en otros idiomas, ha sentido emocionadamente el roce de una mano amiga que al través de los siglos se posaba en su corazón, y a cuyo saludo quiere responder reflejando en su propia lengua la emoción experimentada para que otros puedan compartirla con él.

Lástima incurra al traducir a Shakespeare en galicismos tan descarnados que rayan en lo cómico:

Más ¿si fallimos?
LADY M.-
¿Fallir? Pon alma y corazón al trance
Y no hay aquí fallir...


O bien, éste que desearíamos atribuir a una errata:


Por ser más de lo que eras, más que un hombre
       Te arrestabas a ser.



Y que, de súbito, topemos con versos tan malsonantes como:


No paras hijos tú sino varones,



  —168→  

que sin mengua de vigor fuera posible trasladar al castellano con más brosa dignidad.




Arriba Nota final

El poeta, en los días postreros de su vida, escribió un Juicio de sus versos más bien escéptico que optimista. Creía que pudo llegar más allá. Desde Almerinda en el teatro, la primera composición publicada en El Artista, 1835, hasta el soneto A Ávila, que apareció en la Revista de España cuarenta años después, sus poesías fueron siempre acogidas con aprecio, muchas veces con fervor. Pero se nota falta de lima, un grano de precipitación que ocasiona defectos fáciles de evitar. Citaremos alguno: El genio es una gran fatalidad, verso francamente malo, a causa del redundante «gran» que con poco esfuerzo pudo sustituir. Otro: la voz que «zumba» en la «tumba» suena irremisiblemente a hueco. Abusa de rimas pobres, que el lector prevé: canto y llanto, sonora y aurora, gira y lira, y muchas más.

En el poema a Mirabeau, dice:


   El ángel de la muerte se adelanta
En silencio terrible hacia tu lecho:
Se inclina sobre ti, hiere tu pecho
Y oprime con su mano tu garganta.



«Terrible» parece detonante, subraya de antemano el efecto del verso, anticipa la tragedia que sigue. Tragedia bien rematada, pues herir su pecho y a la vez asfixiar al tribuno supone doble tarea para «el ángel de la muerte». Es puro ripio.

Pero ni tales reparos, ni otros más graves aludidos en el curso de este comentario, como la utilización de ideas excesivamente manidas y el hábito de diluirlas en amplificaciones innecesarias, impiden que en ocasiones el numen de Tassara emerja brillante y espléndido, dejándonos testimonio de su vuelo en versos de exaltado lirismo. Su inspiración es poderosa, sus preocupaciones viriles y sinceras; en su poesía tienen parte el visionario, el creyente y el ser   —169→   humanísimo que duda. En la sátira aúna la ironía formal con el desolado ardor del fondo; en ninguna ocasión es puerilmente lacrimoso.

Nunca se rindió desalentado ni imprecó al destino por la fuerza con que gravitaba sobre su vida. Es a los hombres a quienes reprocha la ceguera, la locura, el desatino que los gobierna. Ya sabemos cuán potente y arraigada su fe, bandera de combate en el mástil de su poético navío, siquiera sufriere el corazón al sumergirse entre las brumas de la duda, de un escepticismo que, según el Padre Blanco, «versa más bien acerca de los destinos del mundo que de los medios conducentes para regenerarlo».

Menéndez Pelayo pensaba que inmediatamente después de los dioses mayores de la lírica decimonónica venía el puesto de Tassara. Yo soy poco amigo de estas discriminaciones y reediciones que el curso de los tiempos suele alterar; sí proclamo mi convicción de que una gran parte de su obra está viva y llena de posibilidades, es decir, que la lectura de sus poemas revela al hombre de hoy un mundo personal, lleno de fuego y arrebato, capaz de conmovernos con ese sortilegio, cuyo secreto sólo es poseído por los auténticos poetas.





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