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Todos los cuentos de Medardo Fraile

José María Martínez Cachero





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Destacadamente figura Medardo Fraile (Madrid, 1925) entre los cultivadores del género cuento que en los años 50 y 60 lograron con su actividad un inigualado momento esplendoroso de esa modalidad narrativa, como lo demuestran cumplidamente libros, colecciones editoriales, premios y el interés de los lectores, acaso una escogida minoría; en el número 18 de Saber/Leer señalé ya posibles etapas y tendencias dentro de tal conjunto, cuya existencia indicaba a las claras riqueza y variedad, dos caracteres que convenían a la cuentística de Medardo Fraile, dispersa entonces en unos cuantos volúmenes -cuatro en total: Cuentos con algún amor (1954), A la luz cambian las cosas (1959), Cuentos de verdad (1964) y Descubridor de nada y otros cuentos (1970)- y reunida ahora de modo casi completo, pues sólo faltan aquí tres relatos infantiles cuya extensión coincide aproximadamente con la propia de la novela corta. Galardones como el Premio de la Crítica en 1964 a Cuentos de verdad, el Sésamo (1956) al cuento La presencia de Berta o el Hucha de Oro (1971) para El mar, abonan públicamente su calidad.


La verdad de unos cuentos

Acaso el título Cuentos de verdad tuviera en la intención del autor el propósito de marcar la índole preferentemente narrativa de esos relatos, provistos de una indispensable anécdota-base o (dicho con otras palabras)   —602→   donde pasaban cosas, a diferencia de aquellos otros cuentistas que por entonces se complacían entre nosotros, con desigual acierto, tanto en virtuosismos líricos o técnicos como en pretenciosas trascendencias. Fue también la década de los 60 (y aun la anterior) tiempo propicio para el cultivo de una narrativa social fuertemente politizada en la que casi todo se ponía por sus fieles al servicio de una intención denunciadora muy concreta y harto efímera. Diríase que, por lo peligrosas, eran semejantes actitudes a manera de Escilas y Caribdis, en los cuales Medardo Fraile nunca fue apresado. Y sin embargo, pero de otro modo más comedido, sus cuentos poseen ingredientes puramente sociales -como traslado que son de ambientes, sucesos y gentes de la sociedad en torno- y el autor acoge, sin desmesura, la novedad técnica y presta con las palabras halo poético a ciertos personajes y situaciones.

Dentro de la apuntada verdad narrativa, ayudada de ordinario por la práctica del realismo, hay en estos cuentos completos una relativa variedad de tonos y argumentos que permite referirse a, v. gr., cuentos morales -llamémoslos así en razón del aleccionamiento o enseñanza que brindan algunos de ellos de manera explícita (cuento Yeyo Pumba) o por vía del simbolismo (cuento Libre 206)-. En un orden de cosas meramente temático, cabe referirse a los cuentos de asunto escolar o protagonizados por estudiantes y profesores (como La cabezota y Punto final), recuerdos de adolescencia sin duda y en los cuales el humor bienhumorado es característica relevante. Otro es el caso de los cuentos ingleses que aparecen en la obra de Fraile a partir de Descubridor de nada..., consecuencia de su establecimiento como profesor de español en universidades del Reino Unido, y que suponen una nueva faceta; personajes, escenarios y costumbres son ahora distintos a los más habituales suyos -españoles, pero, sobre todo, madrileños-, aunque la fidelidad en el tratamiento resulte análoga en ambos casos. Un reparo estrictamente genérico podría formularse respecto de la entidad narrativa de algunas piezas, sustituida por otra cosa -como sucede en El coche, evocación de un artefacto mecánico exento al que dan alma sus usuarios, y dotado de sentido simbólico-.



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Espacio, tiempo, personajes

La España y la Inglaterra presentes en las narraciones de Medardo Fraile son, referidas al tiempo de la acción, países contemporáneos o del siglo XX, como delatan al paso algunas indicaciones; en el caso español se encuentran algunas alusiones -cuatro en total, brevísimas todas ellas- a la Guerra Civil de 1936-1939. No durante ella -lo que constituye una nota diferencial entre Medardo y algunos colegas de género como Jorge Campos o Jesús Fernández Santos-, sino antes y después de esos tres trágicos años, está situada la acción de estos cuentos, un segmento temporal coetáneo o inmediato al autor -quiero decir: conocido por él directamente o merced a noticias recibidas de compatriotas mayores en edad-, lo que afianza el ya advertido realismo. Tanto como ese modo de localización, importa el paso del tiempo (¿convendría escribirlo ahora con inicial mayúscula?) a lo largo de relatos tan breves y su peso en la vida y talante de ciertos personajes -como la Micaela de El retrato-, en cuya memoria, «cada día más oscura y titubeante, más débil y apagada», permanece vivo, después de muchos 27 de julio (aniversario de su muerte), el recuerdo del señorito Rafael.

Son más bien escasos los «señoritos» -entiéndase las personas de muy desahogada posición económica- que aparecen en los relatos de Fraile, burguesía propicia para ser contrastada negativamente con los humillados y ofendidos de toda la vida, tal como gustaron hacer algunos de sus coetáneos; las preferencias de nuestro escritor se dirigen claramente hacia la clase media modesta y el pueblo obrero o campesino, cuya lucha por la vida, dura y triste, de fracaso más que de éxito -como Juan (protagonista de Cuento de estío), cuya vida «no tenía un sentido preciso» porque «no había tenido ánimo o tiempo para hacer lo suyo [...]»-, es presentada con humor que no flagela e incluso con amor, pues, por encima de todo, el autor ama a sus criaturas aunque, con alguna frecuencia, le hayan salido torpes y feas. Ejemplifica cabalmente lo apuntado el libro A la luz cambian las cosas (son los cuentos que van de la página 89 a la página 165), protagonizados por gentes como hay muchas, pobres gentes de larga tradición literaria pero como puestas al día; así, el pintor-rotulador del Metro, la cajera de bar,   —604→   los tres reclutas encogidos ante el tremendo nombre de Hungría, el vendedor a domicilio de espuma, a quienes el autor deja ir y venir, afanarse, dolerse, esperar acaso vanamente en tanto los contempla con evidente simpatía.

Estos y sus camaradas viven más frecuentemente en Madrid, dedicados a modestos quehaceres cuyo desempeño no permite esperar sustanciales cambios de posición; pero también en lugares menos populosos y en el campo, con la ciudad a veces como una referencia seductora. En tales casos no repite Medardo la conocida oposición alabanza de aldea / menosprecio de corte, y tampoco, porque tal vez no se había producido aún masivamente, trata del desarraigo ocasionado por la emigración campesina a la urbe, tema dilecto, por ejemplo, para Rodrigo Rubio. Ni en ellos, ni tampoco en los demás cuentos que tienen como personajes a gentes de la misma condición social aprovecha Medardo Fraile para hacer la loa del oprimido o componer una diatriba antiburguesa; distinta es la naturaleza social de sus cuentos.

Como cuentos «a noticia» podrían ser definidos globalmente los debidos a Fraile, cuya capacidad de invención parece tener su arranque en sucesos que fueron reales o que resultan verosímiles tanto como si hubieran en efecto acaecido, y a ellos dispensa un tratamiento realista si por tal entendemos el deseo de ajuste con la realidad, así externa como íntima y constituida lo mismo de hechos que de sentimientos y pensamientos. Ha de matizarse advirtiendo que semejante práctica alterna con el uso de aleccionamientos, simbolismos o de lo fantástico, componentes con los que se opera algún desasimiento de la nula realidad.

El libro Descubridor de nada... llevaba en su primera edición una significativa dedicatoria: «A la memoria amiga de Ignacio Aldecoa», colega, compañero de promoción (estricto coetáneo suyo) y cuentista de reconocido mérito al que distinguen, por ejemplo, un bien entendido afecto por los humildes -piénsese en el cuento Seguir de pobres- y una capacidad expresiva a la que quizá no resulte ajena su inicial condición de poeta en ejercicio; cuentos de Medardo como Bar «El Alamein» tienen, sin mengua de su originalidad, cierto regusto a Aldecoa.



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Viejo se nace, joven se llega a ser

Puestos ahora a buscar parecidos magistrales (que no fuentes, ni casos de imitación), tal vez nos saldrían nombres como Unamuno -el problema de la personalidad auténtica del individuo concreto que se debate narrativamente en Las equivocaciones- y Samuel Ros, literato muy dilecto para Fraile, que lo estudió en su tesis doctoral -la extraña verosimilitud argumental de piezas como Las profesiones-. Más reiterado respecto de parecidos podría ser el nombre de Ramón Gómez de la Serna, cuya arrolladora boga de maestro indiscutible quedaba algo lejana en el tiempo -anotemos ese cosismo minucioso en cuya mención se complace nuestro autor, o pormenores de expresión como asociaciones y comparaciones nada usuales-; impregnación ramoniana considero un par de ingeniosidades expresivas más bien inconvenientes, a saber: llamar botica a una biblioteca (tal vez por incitación de la palabra «antídoto») -«como antídoto se cogían signaturas de textos franceses para tomar en la misma botica; es decir, en una biblioteca»- y fábrica al mar -«[...] Fermín era pescador. Iba, a diario, a esa gran fábrica de aceite de hígado de bacalao: al mar; a esa gran fábrica de fósforo»-. Es en el primer libro de Medardo donde registro esos parecidos que, con el paso del tiempo y la consiguiente llegada de la madurez, se atenúan hasta desaparecer. Tenía razón Nadeau cuando proclamaba como regla general estética el postulado «viejo se nace, joven se llega a ser», pues hubo además otros estímulos para el primer Medardo Fraile; según propia confesión contaron («para mí una revelación») varios libros de Katherine Mansfield y el lirismo, un tanto diluido a veces, de William Saroyan, a quien por entonces también rendían tributo algunos colegas españoles de género.

Se corrobora la ya indicada verdad de los cuentos que nos ocupan porque, estructuralmente hablando, su autor, colocado ante la que será anécdota-base del relato, no se pierde en otras laterales, ni se permite elucubraciones que distraigan al lector, ni acumula sin más detalles descriptivos personales, de paisaje y de ambiente. Obligada sobriedad, pues, compatible con abundancias lujosas que luce de vez en cuando la expresión y que pueden consistir ya en la numerosa suma de acciones -así en el comienzo de Nelson Street, cul de sac, de cuyo anónimo protagonista   —606→   (el hombre del restorán) sabemos que «entró arrastrando los pies ligeramente», y desde aquí hasta «volvió la cabeza despacio hacia la puerta [...]» (un total de diecinueve líneas), encontrará el lector nada menos que otros veintidós pretéritos indefinidos (singular, tercera persona; repetido alguno de ellos) que deícticamente informan o señalan-; ya en la frecuencia de epítetos que califican realidades muy diversas -sintagmas formados por lo común de un trío adjetival, precedido o seguido de una comparación con nexo «como»: de una música trivial, musiquilla más bien, se dice que era «como humo en bocanada, subrepticia, larga, silenciosa» (cuento Ojos inquietos)-; ya, por último, en el empleo numeroso (tanto que a veces coinciden en el mismo párrafo dos o más ejemplos) de la comparación, cuyos términos, no insólitos, se relacionan de ordinario merced a un «como» y el procedimiento comparativo tiene en este caso más de embellecedor del conjunto que de aclarador de alguno de sus miembros.




No se parecen a ningún otro

La tercera y la primera personas son las utilizadas como voces que narran; explícitamente a menudo -«Heliodoro estaba de reparto... [...]» (cuento La jaculatoria), o «Quiero rendir homenaje [...]» (cuento El coche)- e implícitamente otras veces queda constancia de quién sea el narrador: ya un personaje contemplado desde afuera por quien ha tomado a su cargo presentárnoslo, ya (al mismo tiempo) protagonista y narrador. Se produce en virtud de semejante diversidad un juego de perspectivas -a modo de acercamientos y alejamientos de una cámara- que suponen igualmente una diversidad de tonalidades en la expresión, objetiva y algo distante o, por cercana, más entrañada. En uno y otro caso puede darse el diálogo como medio informativo y presentativo sobrio y eficaz, como pudiera esperarse de quien tuvo sus comienzos literarios en el teatro.

Diálogo, descripción y narración son los componentes de la estructura de los cuentos de Fraile, donde aparecen convenientemente proporcionados y repartidos tal como lo acreditan muchos de ellos, en los cuales se pretende «contar algo concreto». Lo que se hace, referido a un momento   —607→   o momentos, de manera lineal, esto es: en el orden que marcan los naturales principio y fin del caso narrado, aunque no faltan ejemplos de retrospección y de otros manejos del curso tempóreo. Las sorpresas argumentales suelen estar en el fin del relato pues un desenlace imprevisto, lejos de lo normalmente esperable, le presta un interés suplementario; desenlaces de ese tipo hay en determinados cuentos porque ¿qué lector esperaría la muerte repentina del alumno Ricardito en la clase de filosofía? (cuento La hora). El final es en otros casos lugar apropiado para la consideración aleccionadora en boca de algún personaje -Roque Mancera en el cuento a que da título- o a cargo del autor -Las personas mayores-. En el final o desenlace puede surgir también ese elemento maravilloso -por su extraña naturaleza- que contrasta con el habitual realismo dominante en este conjunto: no otra cosa son el repentino y catastrófico salto de un profesor (cuento Señor Otaola, ciencias) o la inexplicable desaparición del abuelo en una familia «incolora» hasta no más (cuento Tránsito).

Semejantes finales maravillosos algo tienen que ver con el humor que acá y allá, frente a personajes o situaciones, hace repetido acto de presencia en los cuentos de Medardo Fraile, quien prescinde casi por entero de la ironía impiadosa y del esperpento ridiculizador para ofrecernos -como en El camino más corto (que protagoniza un fundador de religiones), Yo no soy un ovambo (la confusión que debe evitar el anónimo protagonista-narrador empleado de la Sociedad para el Cumplimiento de los Derechos del Hombre) o La conferencia (desalentadora experiencia de un novel congresista en una reunión literaria)-, entre apacibles y verosímiles burlas y veras, un momento o suceso singular en la vida de un individuo o grupo de individuos. Los ejemplos mencionados corresponden a la sección de los que antes llamé cuentos ingleses, cuya composición pertenece a una etapa más reciente del autor que, sin embargo, nunca se dejó llevar por lo que pudiera decirse tendencia ibérica al malhumor, que (claro está) no quiere decir tendencia al humor de baja calidad.

Resulta justo y era necesario que tuviéramos agrupadas en volumen las narraciones breves del cuentista Medardo Fraile, también historiador, antólogo y teórico del género. Convengamos o no con su autocomplacencia al declarar, aunque se apoye en algunos testimonios de la crítica,   —608→   que sus cuentos, antes de 1964 -a su marcha de España- y aun después «no se parecían a ningún otro», mientras que «no pocos cuentos de otros, de ayer y de hoy, se parecen a ellos», verdad es que sus excelencias pedían desde tiempo atrás la edición en la serie de Alianza Editorial (Madrid, 1991) donde le acompañan muy ilustres colegas coetáneos.







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