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Un clásico en vida: normal, tierno, íntegro


César Oliva





El último sábado de abril amaneció con la noticia, no por esperada menos contundente, de la muerte de Buero Vallejo. De un tiempo a esta parte, la salud de don Antonio había experimentado el declive definitivo. Hace poco más de un año, no pudo acudir a la conferencia inaugural del Congreso Internacional sobre Autor Dramático y siglo XX, que se celebró en Madrid, a un paseo de su casa. Sin embargo, el 8 de octubre pasado si asistió en el Teatro Español, al estreno de la que iba a ser su última obra, Misión al pueblo desierto. Incluso algunas tardes tuvo el coraje y voluntad de ir a recibir el aplauso del público junto a los actores y actrices que daban vida a sus personajes. Con Antonio Buero Vallejo se muere algo más que un grandísimo dramaturgo, se muere un capítulo del teatro español.

Había nacido en Guadalajara, el 29 de septiembre de 1916. La paradoja ha querido que nos dejara cerca de otro 29, esta vez de abril, cumplidos los 83 años. Estudió dibujo y pintura, primera y nunca abandonaba del todo su vocación. Sus propios dramas están llenos de esa perfección técnica que muestra su plumilla y pincel. Intervino en la guerra civil sirviendo a la República, mientras que escribía e ilustraba periódicos en el frente. Conoció a Miguel Hernández en un hospital de Benicassim. Años después, en el penal de Conde de Toreno lo recordará en su conocido retrato. Al final de la contienda, en Valencia, fue detenido y enviado a un campo de concentración en Soneja (Castellón). Tras pasar a Madrid, es juzgado y condenado a muerte por adhesión a la rebelión. Después de unos diez años de prisión, en los que picó piedra en Cuelgamuros esperando el día de su final, se le concedía la libertad provisional, con obligación de residir en Madrid.

Es entonces, finales de los cuarenta, cuando comienza a escribir teatro, abandonando la pintura. Presenta al Premio Lope de Vega En la ardiente oscuridad, su primera obra, e Historia de una escalera, que fue premiada, estrenada el 14 de octubre de 1949, con dirección de Cayetano Luca de Tena. El éxito alcanzado obligó a suspender las previstas funciones de Don Juan Tenorio, pues permaneció en cartel hasta el 22 de enero de 1950. Había nacido un dramaturgo, pero también una nueva forma de entender el teatro en España. Una España que no terminaba de salir de la postguerra, y cuyos autores más representativos eran José María Pemán, Juan Ignacio Luca de Tena, Joaquín Calvo Sotelo, José López Rubio, Enrique Jardiel Poncela..., en suma, la generación que habría de ser definida como la de un teatro de evasión, adecuado a los momentos que vivía el país. En ese medio, las obras de Buero Vallejo eran una novedad en la intención, en la utilización del lenguaje, en la voluntad crítica. Historia de una escalera no fue más que una forma de sainete social, pero sin atisbo del falso costumbrismo que había presidido la escena española durante años.

Los mismos personajes que hasta el momento habían sido vistos desde la vertiente de la gracia, el chiste y la sal gorda, de pronto se ponían a hablar de problemas de verdad, con tensiones reales, más allá de las propias de esa pequeña comunidad de vecinos que formaban las escaleras de toda España.

A partir de entonces, Buero, a pesar de su pasado, de unas ideas a las que nunca renunció, fue estrenado regularmente por teatros privados y públicos, dentro y fuera de Madrid, por las mejores actrices y directores. Don Antonio se iba a construir en el norte y guía de una nueva generación, llamada realista, que pretendía precisamente llevar a la escena la realidad de un país en reconstrucción. La señal que se espera (1952), Madrugada (1953), Hoy es fiesta (1956), Un soñador para un pueblo (1958) son algunos de sus primeros títulos.

En 1959 se casó con la actriz Victoria Rodríguez, con la que tendría dos hijos, Carlos y Enrique. Este último, que había iniciado su carrera como actor, falleció en 1986 en accidente de coche. Buero Vallejo nunca se conformó con alcanzar una eficaz escritura teatral. Siendo el primero que hizo realismo, también fue el primero que buscó nuevas salidas a él. Desde El concierto de San Ovidio (1962), sobre todo, se propuso hacer coincidir el punto de vista del espectador con el del protagonista, de manera que los sufrimientos de éste fueran perfectamente entendidos por aquél.

Ese llamado efecto de inmersión fue la nueva gran aventura de un autor que quiso escapar con imaginación de los límites del realismo escénico. Y estrena El tragaluz (1967), El sueño de la razón (1970), Llegada de los dioses (1971), La Fundación (1974) y La doble historia del doctor Valmy (1976) que había escrito en 1964, pero que la censura no había permitido nunca su estreno en España. En 1971 es elegido miembro de la Real Academia Española. Su discurso de ingreso fue García Lorca ante el esperpento. Buero había alcanzado el reconocimiento pleno, después de conseguir todos los premios posibles, y ser traducido y estrenado en casi todo el mundo. Con la llegada de la democracia su producción se mantuvo constante y regular, como siempre había sido, aunque empezaran a oírse voces sobre su falta de evolución.

Jueces en la noche (1979), Caimán (1981), Diálogo secreto (1984), Lázaro en el laberinto (1986), Música cercana (1989), parecieron marcar un cierto declive en quien ya había conseguido todo en la escritura teatral. Sin embargo, sus continuas reposiciones seguían demostrando la vitalidad de su producción. El concierto de San Ovidio, en el Teatro Español; El sueño de la razón, en el Centro Dramático de Valencia; La Fundación, en el María Guerrero, hace apenas dos temporadas. Los últimos años han sido un incesante fluir de homenajes al autor. Por fortuna él mismo tuvo ocasión de comprobar el cariño y admiración que siempre le ha dado el teatro español. Nueva York (1978), Madrid (1986), Murcia (1987), Málaga (1989), Alicante (1993), Universidad Complutense (1996), son algunos de los congresos-homenajes más significados. En 1994 Espasa Calpe publicaba su Obra Completa, en una cuidada edición a cargo de sus dos más prestigiosos críticos, Luis Iglesias Feijoo y Mariano de Paco.

Si en el caso de cualquier artista o escritor siempre se dice aquello de que, pese a su muerte, la obra queda para demostrar su inmortalidad, en el de don Antonio esa inmortalidad procede de muchos años antes. Era un clásico en vida. Pero un clásico normal, afectivo, tierno, íntegro. Todavía recuerdo cuando, en 1991, ante la casa de Guadalajara en la que nació, unas traviesas lágrimas turbaron su explicación sobre la distribución de su interior.





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