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Acto segundo

Saloncito de confianza en casa de sir Roberto Chiltern. Lord Goring, vestido a la última
moda, está tumbado en un sillón. Sir Roberto se encuentra en pie ante la chimenea. Se le nota vivamente agitado e inquieto. Durante la escena recorre la habitación con movimientos nerviosos.

     LORD GORING.- Mi querido Roberto, es este un asunto muy embarazoso, de los más embarazosos. Debió usted decírselo todo a su mujer. Los secretos que sabe uno de las mujeres de los demás constituyen un lujo necesario en la vida moderna. Al menos, eso me han dicho siempre en el club señores lo suficientemente calvos para saber a qué atenerse. Pero no debía tener uno nunca secretos para su mujer. Las mujeres acaban siempre por descubrirlos. Tienen un instinto maravilloso para ello. Son capaces de descubrirlo todo, excepto lo que salta a la vista.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Yo no podía decirle nada a mi mujer, Arturo. ¿Cuándo iba a contárselo? Anoche, era imposible. Hubiera provocado una separación definitiva para toda la vida y perdido yo el amor de la única mujer que hay en el mundo, por la que tengo un verdadero culto, de la única mujer que ha hecho palpitar el amor en mí. Anoche hubiera sido imposible. Se hubiese apartado de mí con horror..., con horror y desprecio.

     LORD GORING.- ¿Tan perfecta es lady Chiltern?

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Sí, tan perfecta es mi mujer.

     LORD GORING.- (Quitándose el guante de la mano izquierda.) ¡Qué lástima!... ¡Perdón, amigo mío! No era eso precisamente lo que quería decir. Pero si es verdad lo que usted me cuenta, me encantaría tener una conversación seria sobre la vida con lady Chiltern.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Sería completamente inútil.

     LORD GORING.- ¿Puedo intentarlo?

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Sí, pero nada podrá modificar su manera de pensar.

     LORD GORING.- Bueno; en el peor de los casos, sería una simple experiencia psicológica.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Todas esas experiencias son terriblemente peligrosas.

     LORD GORING.- Todo es peligroso, mi querido amigo. Si no fuera así, no valdría la pena vivir... Pues bien: me veo obligado a decirle que, a mi juicio, debió usted decírselo todo hace años.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¿Cuándo? ¿En la época de nuestro matrimonio? ¿Cree usted que se hubiera casado conmigo si hubiese conocido la verdad del origen de mi fortuna y de la base de mi carrera, si hubiera sabido que yo había hecho una cosa que la mayoría de la gente califica, según veo, de denigrante y deshonrosa?

     LORD GORING.- (Pausadamente.) Sí, la mayoría de la gente se expresaría de ese modo, no cabe duda.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Con tono amargo.) Gentes que hacen a diario algo parecido, gentes que desde la primera hasta la última tienen secretos aún peores en su vida.

     LORD GORING.- Por eso mismo les encanta tanto descubrir secretos en las vidas ajenas. Así distraen la atención pública de las suyas.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Y después de todo, ¿a quién he perjudicado obrando así? A nadie.

     LORD GORING.- (Mirándole fijamente.) A nadie más que a usted mismo, Roberto.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Después de una pausa.) Sí, tenía informes particulares de cierta transacción que el Gobierno de entonces planeaba y obré con arreglo a ello. Los informes particulares son, realmente, el origen de todas las grandes fortunas actuales.

     LORD GORING.- (Golpeando sus botas con el bastón.) Y su resultado invariable es un escándalo público.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Paseándose por la habitación.) Arturo, ¿cree usted que una cosa que hice hace cerca de dieciocho años pueda utilizarse hoy en contra mía? ¿Encuentra usted justo que toda la carrera de un hombre quede destrozada por una falta cometida cuando salía apenas de la adolescencia? Tenía yo entonces veintidós años y padecía la doble desgracia de haber nacido noble y pobre, dos cosas imperdonables en estos tiempos. ¿Es justo que la ligereza y el pecado de juventud, si creen que debe llamárselos así, me coloquen en la picota, conviertan en un desecho una vida como la mía, y derroquen todo cuanto ha constituido la finalidad de mi trabajo, todo cuanto he levantado? ¿Es esto justo, Arturo?

     LORD GORING.- La vida nunca es justa. ¡Y acaso resulte preferible que no lo sea para la mayoría de nosotros!

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Todo ambicioso se ve en la necesidad de empuñar las armas de su siglo para hacerse sitio. Lo que adora este siglo es la opulencia. Para triunfar hay que ser opulento. Es preciso serlo a toda costa.

     LORD GORING.- Se rebaja usted, Roberto. Hubiese usted triunfado, créame, de igual modo sin la riqueza.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Cuando hubiera sido viejo, quizá; cuando hubiese perdido mi posición por el poder, o cuando me fuera imposible utilizarlo... Cuando hubiera estado cansado, desgastado, desilusionado. Quería alcanzar el éxito joven aún. La juventud es la época buena para el éxito. No podía esperar.

     LORD GORING.- Pues ha triunfado usted realmente en su juventud. Ninguno de sus contemporáneos ha triunfado de una manera tan brillante. ¡Subsecretario de Estado a los cuarenta años! Es para contentar a cualquiera, creo yo.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¿Y si me arrebatan ahora todo eso? ¿Y si lo pierdo todo de resultas de un escándalo atroz? ¿Y si me echan de la vida pública como a un perro?

     LORD GORING.- ¿Cómo pudo usted venderse por dinero, Roberto?

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Con agitación.) No me vendí por dinero. Compré muy caro el éxito; eso es todo.

     LORD GORING.- (Con tono grave.) Sí, realmente lo ha pagado usted caro. Pero ¿quién le apuntó a usted la idea de hacer semejante cosa?

     SIR ROBERTO CHILTERN.- El barón Arnheim.

     LORD GORING.- ¡Maldito bribón!

     SIR ROBERTO CHILTERN.- No, era un hombre de una inteligencia finísima, refinada. Un hombre culto, lleno de encanto y distinción, uno de los seres más intelectuales que he visto en mi vida.

     LORD GORING.- ¡Ah! Prefiero siempre un caballero imbécil. Podría decirse en favor de la estupidez mucho más de lo que se cree. Yo, por mi parte, siento una gran admiración por la estupidez. Supongo que será por un sentimiento de confraternidad. Pero ¿cómo se las arregló? Cuéntemelo usted.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Dejándose caer en un sillón junto a la mesa.) Una noche, después de cenar en casa del lord Radley, el barón se puso a hablar del éxito en la vida moderna como de una cosa que podía plantearse de una manera completamente científica. Con aquella voz extrañamente fascinadora que le era peculiar, nos expuso la más terrible de las filosofías: la filosofía del poder; nos predicó el más maravilloso de los evangelios: el evangelio del oro. Creo que notó el efecto que había producido en mí, porque algunos días después me escribió rogándome que fuese a verle. Vivía entonces en Parke-Lane, en la casa donde ahora vive lord Woolcomb. Recuerdo perfectamente la extraña sonrisa de sus labios pálidos y sinuosos mientras me paseaba por su admirable galería de cuadros, enseñándome sus marfiles tallados y haciendo nacer en mí la admiración ante el singular encanto del lujo en que vivía. Me dijo entonces que el lujo no era más que un decorado, un fondo pintado en una obra, y que el dominio, el dominio del mundo, era la única cosa que valía la pena de ser poseída, el único placer que valía la pena de ser conocido, el único goce del cual no se cansaba uno nunca, y que en nuestro tiempo los ricos eran los únicos que lo poseían.

     LORD GORING.- (En tono convencido.) ¡Profesión de fe de las más superficiales!

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Levantándose.) En aquel tiempo no pensaba yo así. Y ahora tampoco. La opulencia me ha dado un enorme poder. Me ha dado la libertad al comienzo mismo de mi vida, y la libertad lo es todo. Usted no ha sido nunca pobre y no ha sabido usted nunca lo que es la ambición. No puede usted comprender qué oportunidad más maravillosa me puso el barón en la mano. Una oportunidad como muy pocos tienen.

     LORD GORING.- Afortunadamente para ellos, a juzgar por los resultados. Pero dígame usted ya: ¿cómo llegó el barón a persuadirle de..., en fin, de hacer lo que hizo usted?

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Al marcharme me dijo que si en alguna ocasión podía yo proporcionarle algún informe particular que tuviese valor, me convertiría en un hombre riquísimo. Me deslumbró la perspectiva que desplegaba ante mí. Mi ambición y mi ansia de poder eran entonces ilimitadas. Seis semanas más tarde, ciertos documentos secretos pasaron por mis manos.

     LORD GORING.- (Sin retirar la mirada de la alfombra.) Documentos de Estado.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Sí.

(LORD GORING suspira; luego se pasa la mano por la frente y levanta los ojos.)

     LORD GORING.- Es usted el único hombre que hay en este mundo, Roberto, a quien no hubiese yo creído lo suficientemente débil para ceder a una tentación tal como la que le ofrecía el barón Arnheim.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¡Débil! Estoy harto de oír esa palabra. Estoy harto de aplicársela a otros. ¿Débil? ¿Cree usted, realmente, Arturo, que sea debilidad ceder a la tentación? Le aseguro que hay tentaciones horribles que resiste uno tan solo a fuerza de energía, de energía y de valor. Jugar su vida en un solo momento, arriesgarlo todo de un golpe, ya sea la baza de poderío o placer, eso no me importa; en ello no hay debilidad. Hay valor, un valor terrible. Y yo tuve ese valor. Me senté ante mi mesa aquella tarde y escribí al barón Arriheim la carta que está en manos de esa mujer. Ganó él con aquella combinación setecientas cincuenta mil libras.

     LORD GORING.- ¿Y usted?

     SIR ROBERTO CHILTERN.- A mi me entregó el barón ciento diez mil libras.

     LORD GORING.- Valía usted más, Roberto.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- No; esa suma me proporcionaba precisamente lo que yo quería: el poder sobre los demás.Entré inmediatamente en la Cámara. El barón me daba consejos financieros de vez en vez. En menos de cinco años tripliqué mi fortuna. Desde entonces, todo cuanto he emprendido me ha salido bien. En todas las cosas en que intervenía el dinero he tenido un éxito tal, que, a veces, llegué a alarmarme. Recuerdo haber leído en alguna parte, en algún libro extranjero, que cuando los dioses quieren castigarnos atienden nuestros ruegos.

     LORD GORING.- Pero dígame, Roberto: ¿y no ha sentido usted nunca tristeza por lo que hizo?

     SIR ROBERTO CHILTERN.- No; tenía conciencia de haber combatido a mi época con sus propias armas, saliendo triunfador.

     LORD GORING.- (Con tristeza.) Ha creído usted triunfar.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Sí, he creído triunfar. (Después de una larga pausa.) Arturo, ¿me desprecia usted por lo que le he contado?



     LORD GORING.- (Con tono más afectuoso.) Me apena por usted, Roberto; me apena muchísimo.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- No puedo decir que haya sentido el menor remordimiento. No lo he sentido. No ha sido remordimiento en el sentido ordinario y bastante necio de esa palabra. Pero muchas veces, para tranquilizar mi conciencia, he pagado la equivalencia de ese dinero. Tenía la esperanza insensata de que podría desarmar al destino. He distribuido en obras de caridad el doble de la suma que recibí del barón Arnheim.

     LORD GORING.- (Alzando los ojos.) ¿En obras de caridad? ¡Ah, se lo aseguro! ¡Cuánto daño ha debido usted de hacer, Roberto!

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¡Oh! No diga usted eso, Arturo; no hable usted así.

     LORD GORING.- No haga usted caso de lo que digo, Roberto. Digo siempre lo que no debía decir. En realidad, digo generalmente lo que pienso con toda franqueza. Es un gran error en la época en que vivimos; se expone uno a ser mal interpretado. Pero en lo que se refiere a ese desdichado asunto, le ayudaré lo mejor que pueda. Eso ya lo sabe usted.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Gracias, Arturo, gracias. Pero ¿qué hacer?

     LORD GORING.- (Recostándose en el sillón con las manos en los bolsillos.) Los ingleses no pueden sufrir al hombre que se dice siempre que tiene razón; pero, en cambio, sienten una gran simpatía por el que reconoce sus yertos. Esta es una de sus mejores cualidades. Sin embargo, en el caso de usted una confesión no sería oportuna. El dinero..., permítame que se lo diga..., ese es el punto difícil. Además, si prefiere usted liquidar un asunto con una confesión general, le está a usted prohibido hablar de moral de aquí en adelante. Y en Inglaterra, cuando no se puede hablar de moral dos veces por semana ante un auditorio numeroso, plebeyo e inmoral, ha fracasado uno como político serio. No le quedan a uno más carreras que la de Botánica o la de la Iglesia. Una confesión no serviría para nada. Significaría su pérdida.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Sería mi pérdida, Arturo. No me queda otro recurso que luchar hasta el final.

     LORD GORING.- (Levantándose.) Esperaba que dijese usted eso, Roberto. Es la única conducta a seguir por ahora. Y debe usted empezar por contárselo todo a su mujer.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Eso sí que no lo haré.

     LORD GORING.- Créame, Roberto; está usted equivocado.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- No podría hacerlo. Mataría el amor que me tiene. Y ahora hablemos de esa mujer, de esa mistress Cheveley. ¿Cómo puedo defenderme de ella? ¿Por lo visto, la conocía usted ya, Arturo?

     LORD GORING.- Sí.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¿La conocía usted a fondo?

     LORD GORING.- (Arreglándose la corbata.) Poquísimo; tan poco, que llegué a prometerle casarme con ella, en otro tiempo, durante mi estancia en casa de los Tenby. Aquello duró tres días..., o le faltó muy poco.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¿Y por qué fue la ruptura?

     LORD GORING.- (En tono ligero.) ¡Oh! Ya no me acuerdo. O por lo menos es cosa que no tiene importancia. A propósito: ¿intentó usted ofrecerle dinero? Entonces le gustaba endiabladamente.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Le ofrecí todo el dinero que pidiera; lo rechazó.

     LORD GORING.- Véase cómo el maravilloso Evangelio del oro falta algunas veces a sus promesas. El rico no lo puede todo, al fin y al cabo.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- No, no lo puede todo. Creo que tiene usted razón, Arturo; temo no poder evitar la afrenta pública. La veo venir. Hasta hoy, no sabía lo que era el terror; ahora lo sé. Es como una mano helada que pesa sobre el corazón. Es como si este se agotase inútilmente queriendo latir en el vacío.

     LORD GORING.- (Dando un puñetazo sobre la mesa.) Debe usted darle la batalla, es necesario.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Pero ¿cómo?

     LORD GORING.- En este momento no lo sé; no se me ocurre nada. Pero no hay nadie que no tenga su punto vulnerable. No hay nadie en el mundo que no tenga su falla. (Se dirige pausadamente hacia la chimenea y se mira al espejo.) Mi padre me dice que yo mismo tengo defectos. Quizá los tenga. No lo sé.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Para defenderme de mistress Cheveley tengo realmente derecho a utilizar todas las armas que pueda encontrar, ¿verdad?

     LORD GORING.- (Delante del espejo.) En su caso, creo que yo no tendría el menor escrúpulo en hacerlo. Ella sabe perfectamente velar por sus intereses.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Sentándose a la mesa y cogiendo una pluma.) Entonces voy a enviar un telegrama cifrado a Viena preguntando si se sabe allí algo en contra de ella. Puede haber algún escándalo misterioso en su vida que la atemorice.

     LORD GORING.- (Arreglándose la flor del ojal.) ¡Oh! Me figuro que mistress Cheveley es una de esas mujeres completamente modernas que en nuestra época creen que un escándalo nuevo les sienta tan bien como un sombrero de última creación y que pasean el uno y el otro todas las tardes por el Parque a eso de las cinco y media. Estoy seguro de que adora los escándalos y de que el dolor de su vida es no poder arreglárselas para tenerlos con profusión.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¿Por qué dice usted eso?

     LORD GORING.- (Dando media vuelta.) Pues, sencillamente, porque anoche se había puesto demasiado colorete y poquísima ropa. Y esto es siempre señal de desesperación en una mujer.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Sonriendo.) Pero ¿valdría la pena escribir a Viena?

     LORD GORING.- Siempre vale la pena hacer una pregunta, aunque no siempre valga la pena contestar a ella.

(Entra MASON.)

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¿Está míster Traffor en su casa?

     MASON.- Sí, sir Roberto.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Mete en un sobre lo que acaba de escribiry lo cierra cuidadosamente.) Dígale que cifre esto y que lo envíe inrnediatamente. ¡Que no pierdan un momento!

     MASON.- Bien, sir Roberto.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¡Oh, devuélvame eso! (Escribe unas palabras en el sobre y se lo entrega otra vez a MASON, que sale con la carta.) Debió ella de tener algún curioso recurso con el barón Arnheim. Me pregunto qué sería ello.

     LORD GORING.- (Sonriendo.) Y yo también.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- La combatiré hasta la muerte, mientras mi mujer no sepa nada.

     LORD GORING.- (Con energía.) Sí, luche usted, pase lo que pase, suceda lo que suceda.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Con gesto de desesperación.) Si mi mujer se llegase a enterar, pocas razones tendría ya para luchar. Así, pues, en cuanto reciba alguna noticia de Viena, le comunicaré a usted el resultado. Es una probabilidad, una simple probabilidad, pero creo en ella. Y así como he luchado contra este siglo con sus propias armas, lucharé con las suyas contra ella. Nada más justo, y esa mujer parece tener un pasado, ¿verdad?

     LORD GORING.- Lo mismo sucede con casi todas las mujeres bonitas. Pero hay una moda en materia de historias como la hay en materia de vestidos. Quizá el pasado de mistress Cheveley se reduce a un ligero «décolleté», y esta es una de las cosas que más se llevan en este momento. Además, mi querido Roberto, yo no me ilusionaría demasiado con ese sistema de atemorizar a mistress Cheveley. Ha sobrevivido ella a todos sus acreedores y dado pruebas de una maravillosa presencia de ánimo.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- ¡Oh, ahora sólo vivo de esperanzas! Me aferro a todas las probabilidades. Me hago el efecto de un hombre en un barco que se hunde. El agua me llega a los pies y el aire mismo está impregnado de un amargo sabor de tempestad... ¡Silencio! Oigo la voz de mi mujer.

(Entra LADY CHILTERN en traje de calle.)

     LADY CHILTERN.- Buenas tardes, lord Goring.

     LORD GORING.- Buenas tardes, lady Chiltern. ¿Ha estado usted en el Parque?

     LADY CHILTERN.- No; vengo de la Asociación Liberal Femenina, en donde, dicho sea de paso, ha sido acogido tu nombre, Roberto, con ruidosos aplausos; vuelvo para tomar el té. (A LORD GORING.) Se quedará usted a tomar una taza de té, ¿verdad?

     LORD GORING.- Me quedaré un momento, gracias.

     LADY CHILTERN.- Vuelvo en seguida: el tiempo necesario para quitarme el sombrero.

     LORD GORING.- (Más serio.) ¡Oh, le ruego que no se lo quite! ¡Es tan bonito! Es uno de los sombreros más bonitos que he visto. Supongo que la Asociación Liberal Femenina lo habrá acogido también con ruidosos aplausos.

     LADY CHILTERN.- (Sonriendo.) Tenemos tareas mucho, mucho más importantes que las de contemplar nuestros sombreros, lord Goring.

     LORD GORING.- ¿Sí? ¿Qué tareas?

     LADY CHILTERN.- ¡Oh! Cosas oscuras, útiles y encantadoras: las leyes del trabajo en las fábricas, la de la jornada de ocho horas, la franquicia parlamentaria... En una palabra: todas las cosas que le parecerían a usted desprovistas de interés.

     LORD GORING.- ¿Y no hablan ustedes nunca de sombreros?

     LADY CHILTERN.- (Con indignación fingida.) ¡De sombreros, jamás!

(Sale LADY CHILTERN por la puerta que da acceso a su tocador.)

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Estrechando la mano de LORD GORING.) Ha sido usted un buen amigo para mí, Arturo; el mejor de los amigos.

     LORD GORING.- No creo haber hecho mucho por usted hasta ahora, Roberto. Es más: pensándolo bien, puedo afirmar que no he hecho nada por usted. Estoy completamente desilusionado con respecto a mí.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Ha hecho usted que sea yo capaz de decirle la verdad. Ya es algo. Esta verdad me ha ahogado siempre.

     LORD GORING.- ¡Ah! La verdad es una cosa de la que procuro desembarazarme lo antes posible. Mala costumbre, dicho sea de paso. Le hace a uno impopular en el club..., sobre todo entre los socios viejos. Le llaman a eso afectación. Y tal vez estén en lo cierto.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Lo daría todo en el mundo por haber tenido el valor de decir la verdad, de vivirla. ¡Ah! En la vida es algo muy grande eso de vivir la verdad. (Suspira y se dirige hacia la puerta...) Le veré a usted pronto, ¿verdad, Arturo?

     LORD GORING.- Sí, cuando usted quiera. Esta noche pienso ir a echar un vistazo al club de los Solteros, como no encuentre algo mejor donde pasar el tiempo. Pero volveré por aquí mañana por la mañana. Si tuviese usted necesidad de verme esta noche, por casualidad, mándeme cuatro letras a la calle de Curzon.



     SIR ROBERTO CHILTERN.- Gracias.

(En el momento en que va a salir, entra LADY CHILTERN, que viene de su tocador.)

     LADY CHILTERN.- ¿Te ibas, Roberto?

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Tengo que escribir unas cartas, querida.

     LADY CHILTERN.- (Acercándose a él.) Trabajas demasiado, Roberto. Parece que no piensas nunca en ti mismo... ¡Y tienes un aspecto tal de cansancio!

     SIR ROBERTO CHILTERN.- No es nada, hija mía, no es nada.

(Le besa la mano y sale.)

     LADY CHILTERN.- (A LORD GORING.) Siéntese, lord Goring. Me alegro muchísimo que haya usted venido. Tengo que hablarle... ¡No, de nada sobre sombreros ni de la Asociación Liberal Femenina! Se toma usted demasiado interés por lo primero y no el suficiente, y se merece muchísimo, por lo segundo.

     LORD GORING.- ¿Quería usted hablarme de mistress Cheveley?

     LADY CHILTERN.- Sí; lo ha adivinado. Anoche, después de irse usted, descubrí que sus afirmaciones eran completamente ciertas. Como es natural, hice a Roberto que le escribiese inmediatamente una carta retirando su promesa.

     LORD GORING.- Eso me ha dado él a entender.

     LADY CHILTERN.- De haber mantenido esa promesa, hubiese él manchado por primera vez un nombre que había sido hasta ahora intachable. Roberto debe estar siempre por encima de todo reproche. No es como los demás hombres: no le está permitido hacer lo que ellos hacen. (Mira a LORD GORING, que permanece callado.) ¿No es usted de mi opinión? Es usted el mejor amigo de Roberto, el mejor amigo nuestro, lord Goring. Nadie, excepto yo, conoce a Roberto mejor que usted. Él no tiene secretos para mí ni creo que los tenga para usted.

     LORD GORING.- Efectivamente, no tiene secretos para mí; al menos, así me parece.

     LADY CHILTERN.- ¿No tengo razón por eso para quererle como le quiero? Sé que tengo razón. Pero hábleme usted con toda franqueza.

     LORD GORING.- (Mirándola fijamente a los ojos.) ¿Con toda franqueza?

     LADY CHILTERN.- Sí. No tiene usted nada que ocultar, ¿verdad?

     LORD GORING.- Nada. Pero, mi querida lady Chiltern, permítame que le diga que en la práctica de la vida...

     LADY CHILTERN.- (Sonriendo.) De la que sabe usted tan poco, lord Goring.

     LORD GORING.- ... de la que no conozco nada por experiencia, pero de la que sé algo por observación; en la vida práctica creo que el éxito, el verdadero éxito, lleva consigo algo que se parece un poco a la falta de escrúpulos; la ambición va unida a un no sé qué, siempre poco escrupuloso. Cuando un hombre ha puesto todo su corazón y toda su alma en conseguir un fin, si tiene que escalar las escarpadas rocas, las escala, y si tiene que caminar por el lodo...

     LADY CHILTERN.- ¿Qué?

     LORD GORING.- (Con tono grave.) ...pues camina por el lodo. Naturalmente, estoy diciendo generalidades sobre la vida.

     LADY CHILTERN.- Eso espero. ¿Por qué me mira usted de ese modo tan extraño, lord Goring?

     LORD GORING.- Lady Chiltern, a veces he pensado que... es usted demasiado rígida en algunas de sus ideas sobre la vida... Creo que... a menudo... no hace usted suficientes concesiones. En todo carácter hay partes débiles o peor que débiles. Supongamos, por ejemplo, que un hombre público cualquiera..., mi padre, o lord Merton, o Roberto..., hubiese escrito, hace años, una carta tonta a alguien...

     LADY CHILTERN.- ¿A qué llama usted una carta tonta?

     LORD GORING.- A una carta que compromete gravemente nuestra situación. Razono simplemente sobre un caso imaginario.

     LADY CHILTERN.- Roberto es tan incapaz de hacer una tontería como de cometer una mala acción.

     LORD GORING.- (Después de una pausa.) Nadie es incapaz de hacer una tontería. Nadie es incapaz de cometer una mala acción.

     LADY CHILTERN.- ¿Es usted pesimista? ¿Qué dirán los demás elegantes? No tendrán más remedio que ponerse todos de luto.

     LORD GORING.- (Levantándose.) No, lady Chiltern, no soy en absoluto pesimista. Realmente me pregunto si sé con exactitud lo que significa la palabra pesimismo. Lo único que sé es que la vida no puede ser comprendida sino con mucha bondad, que no podría uno cruzar por ella sino con mucha bondad. Es el amor, y no la filosofía alemana, la verdadera explicación de este mundo, sea cual fuere la manera de explicar el otro. Y si alguna vez está usted apenada, lady Chiltern, tenga en mí una confianza absoluta; la ayudaré con todas mis fuerzas. Si alguna vez me necesita usted, pídame ayuda y la tendrá. Diríjase a mí inmediatamente.

     LADY CHILTERN.- (Mirándole sorprendida.) Lord Goring, habla usted completamente en serio. No creo haberle oído hablar en serio hasta hoy.

     LORD GORING.- (Riendo.) Perdóneme usted, lady Chiltern; procuraré no volverlo a hacer.

     LADY CHILTERN.- Pero ¡si es precisamente su seriedad lo que me agrada!

(Entra MABEL CHILTERN con un vestido encantador.)

     MABEL CHILTERN.- No digas cosas tan terribles a lord Goring. ¡Le sentaría tan mal la seriedad! Buenos días, lord Goring. Sea usted tan frívolo como pueda, se lo ruego.

     LORD GORING.- Eso querría yo, miss Mabel; pero temo estar... algo entumecido esta mañana y, además, tengo que marcharme.

     MABEL CHILTERN.- ¡Precisamente cuando entro yo! ¡Qué terribles maneras las suyas! Estoy convencida de que le han educado a usted muy mal.

     LORD GORING.- Es cierto.

     MABEL CHILTERN.- Hubiese querido educarle yo.

     LORD GORING.- Siento muchísimo que no lo haya usted hecho.

     MABEL CHILTERN.- ¿Ahora es ya demasiado tarde, me figuro?

     LORD GORING.- (Sonriendo.) No estoy seguro.



     MABEL CHILTERN.- ¿Quiere usted que demos una vuelta a caballo mañana?

     LORD GORING.- Sí, a las diez.

     MABEL CHILTERN.- No lo olvide.

     LORD GORING.- Descuide, me acordaré. A propósito, lady Chiltern: no viene la lista de sus invitados en el «Morning Post» de hoy. Habrán tenido que dejar sitio a la sesión del Municipio o a la Conferencia de Lambeth o a cualquier otro tema igualmente aburrido. ¿Podría usted darme una lista? Tengo razones particulares para pedírsela.

     MABEL CHILTERN.- Míster Trafford podrá dársela, seguramente.

     LORD GORING.- Mil gracias.

     MABEL CHILTERN.- Tommy es la persona más útil que hay en Londres.

     LORD GORING.- (Dirigiéndose a ella.) ¿Y cuál es la más decorativa?

     MABEL CHILTERN.- (Con tono triunfante.) Yo.

     LORD GORING.- ¡Qué talento de adivinación! (Coge su sombrero y su bastón.) Adiós, lady Chiltern. Se acordará usted de lo que le he dicho, ¿verdad?

     LADY CHILTERN.- Sí, pero no sé por qué me lo ha dicho.

     LORD GORING.- Apenas lo sé yo mismo. Adiós, miss Mabel.

     MABEL CHILTERN.- (Con un leve mohín de contrariedad.) Quisiera que no se marchase usted. He tenido cuatro aventuras asombrosas esta mañana: incluso cuatro... y media. Debía usted quedarse para oír alguna.

     LORD GORING.- ¡Qué egoísmo demuestra usted teniendo cuatro aventuras y media! No quedará ya ninguna para mí.

     MABEL CHILTERN.- Ni quiero yo que las tenga usted. No le convendría.

     LORD GORING.- Es la primera vez que me dice usted algo poco afectuoso. ¡Qué bonitamente lo ha dicho usted! Hasta mañana, a las diez.

     MABEL CHILTERN.- En punto.

     LORD GORING.- En punto. Pero no lleve usted al señor Trafford.

     MABEL CHILTERN.- (Con un ligero movimiento de cabeza.) Claro que no llevaré a Tommy Trafford: está ahora en desgracia.

     LORD GORING.- Me encanta saberlo.

(Saluda y sale.)

     MABEL CHILTERN.- Gertrudis, quisiera que le dijeses algo a Tommy Trafford.

     LADY CHILTERN.- ¿Qué ha hecho ahora el pobre míster Trafford? Roberto dice que no ha tenido nunca mejor secretario.

     MABEL CHILTERN.- Bueno, pues Tommy me ha ofrecido su mano una vez más; realmente, no hace más que ofrecérmela. Me la ofreció anoche en la sala de conciertos, cuando no había allí quien me defendiese, y mientras ejecutaban un «trío» complicado. Como podrás comprender, no me atreví a hacerle la menor objeción, porque hubiese parado la música en el mismo momento. Esos músicos son tan poco razonables que resultan absurdos. Quieren que una sea muda precisamente en el momento en que daría lo indecible por ser sorda. Luego me ha reiterado su proposición en pleno día, esta mañana, frente a una terrible estatua de Aquiles. Realmente, pasan cosas atroces delante de esa obra de arte. Debía intervenir la policía. Cuando almorzábamos, he notado en el brillo de su mirada que iba a repetirme su declaración y no he tenido tiempo más que de esquivarle, asegurándole que yo era «bimetalista». Gracias a que no sé lo que es bimetalismo. Por supuesto, no creo que otros lo sepan tampoco. Pero esa confesión dejó aplastado a Tommy durante diez.minutos; pareció quedarse perplejo. Además, resulta poco entretenida la manera que tiene de presentar su candidatura. Si se declarase a gritos, no me molestaría tanto. Pero adopta una actitud tan confidencial, que resulta horrible. Cuando,Tommy quiere ponerse romántico le habla a una como si fuese un médico. Aprecio mucho a Tommy, pero su sistema de declaración está muy anticuado. Gertrudis, quiero que le hables, que le digas que una vez por semana es suficiente para cualquiera y que hay que hacer siempre eso procurando llamar la atención.

     LADY CHILTERN.- No hables así, querida Mabel. Ya sabes que Roberto tiene muy buena opinión de míster Trafford: le augura un brillante porvenir.

     MABEL CHILTERN.- ¡Oh! Por nada del mundo me casaría yo con un hombre de porvenir.

     LADY CHILTERN.- ¡Mabel!

     MABEL CHILTERN.- Sé lo que me digo, Gertrudis. Tú te casaste con un hombre de porvenir, ¿verdad? Pero lo primero, Roberto era un talento y tú tenías un noble carácter, muy propenso a la abnegación. Podías soportar el talento. Pero yo no tengo carácter ninguno, y Roberto ha sido el único hombre de talento a quien he podido aguantar. Por regla general, los encuentro insufribles. Los hombres de talento son muy habladores, ¿verdad? ¡Qué mala costumbre! Además, no piensan más que en sí mismos, y yo quiero que piensen en mí. Tengo que ir a ensayar a casa de lady Basildon. ¿No te acuerdas? Preparamos unos cuadros vivos. El triunfo de algo, no sé de qué. Espero que el triunfo será el mío. Triunfar es lo único que me interesa por ahora. (Besa a LADY CHILTERN y sale, volviendo a entrar en seguida.) ¡Oh Gertrudis! ¿Sabes quién viene a verte? ¡Esa terrible mistress Cheveley! Trae un vestido precioso. ¿Le dijiste que viniera?

     LADY CHILTERN.- (Levantándose.) ¿Que viene a verme mistress Cheveley? Imposible.

     MABEL CHILTERN.- Te aseguro que sube la escalera ella misma, en tamaño natural; lo que no resulta, ni con mucho, tan natural es su aspecto.

     LADY CHILTERN.- No es necesario que te quedes, Mabel. Recuerda que te está esperando lady Basildon.

     MABEL CHILTERN.- ¡Oh! Tengo que estrechar la mano a lady Markby. Es encantadora. Me gusta mucho que me riña.

(Entra MASON.)

     MASON.- (Anunciando.) Lady Markby, mistress Cheveley.

(Entran LADY MARKBY y MISTRESS CHEVELEY.)

     LADY CHILTERN.- (Adelantándose a su encuentro.) ¡Qué amable es usted al venir a verme! (Estrecha la mano de LADY MARKBY y saluda con cierta frialdad a MISTRESS CHEVELEY.) ¿Quiere usted sentarse, mistress Cheveley?

     MISTRESS CHEVELEY.- Gracias. Es miss Chiltern, ¿verdad? Me gustaría mucho conocerla.

     LADY CHILTERN.- Mabel, mistress Cheveley desea conocerte.

(MABEL CHILTERN contesta con un ligero saludo de cabeza)

     MISTRESS CHEVELEY.- (Sentándose.) Su vestido de anoche, miss Chiltern, me pareció tan encantador, tan sencillo y le sentaba a usted tan bien...

     MABEL CHILTERN.- ¿Sí? Se lo diré a mi modista. Le sorprenderá mucho. Hasta la vista, lady Markby.

     LADY MARKBY.- ¿Se va usted ya?

     MABEL CHILTERN.- Lo siento en el alma, pero no puedo detenerme. Llegaré con el tiempo justo para el ensayo. Tengo que sentarme sobre la cabeza para unos cuadros.

     LADY MARKBY.- ¿Sobre la cabeza, hija mía? No es posible. Creo que eso es muy malsano.

(Se sienta en el sofá al lado de LADY CHILTERN.)

     MABEL CHILTERN.- Pero si es para una obra benéfica, fundada con objeto de ayudar a los «Necesitados que no se lo merecen», los únicos seres que me inspiran un verdadero interés. Yo soy la secretaria, y Tommy Trafford, el tesorero.

     MISTRESS CHEVELEY.- Y lord Goring, ¿qué es?

     MABEL CHILTERN.- ¡Oh! Lord Goring es el presidente.

     MISTRESS CHEVELEY.- Desempeñará el cargo admirablemente, a no ser que haya cambiado, en detrimento suyo, desde la época en que le conocí.

     LADY MARKBY.- (Con tono sentencioso.) Es usted extraordinariamente moderna, Mabel; demasiado moderna quizá. No hay nada tan peligroso como ser demasiado moderna. Está una expuesta a volverse ultraanticuada de repente. He conocido muchos ejemplos de ello.

     MABEL CHILTERN.- ¡Qué terrible perspectiva!

     LADY MARKBY.- No tema, hija mía. Usted será siempre bonita hasta más no poder. Esta es la mejor de las modas y la única que Inglaterra logra lanzar.

     MABEL CHILTERN.- (Haciendo una reverencia.) Muchas gracias, lady Markby, muchas gracias, en nombre de Inglaterra... y en el mío.

(Sale MABEL CHILTERN.)

     LADY MARKBY.- (Dirigiéndose a LADY CHILTERN.) Mi querida Gertrudis, hemos venido para saber si se ha encontrado el broche de brillantes de mistress Cheveley.

     LADY CHILTERN.- ¿Aquí?

     MISTRESS CHEVELEY.- Sí. Noté su falta al regresar al hotel Claridge y pensé que pudo caérseme aquí.

     LADY CHILTERN.- No he oído hablar de ello, pero haré que venga el mayordomo y se lo preguntaré.

(Llama al timbre.)

     MISTRESS CHEVELEY.- ¡Oh, no se moleste, por Dios! Estoy casi segura de que lo perdería en la Ópera antes de venir aquí.

     LADY MARKBY.- Sí, yo creo que ha debido de ser en la Ópera. En estos tiempos hay tales apreturas y tales tumultos, que lo raro es que le quede a una algo encima al final de la noche. Cuando vuelvo de un salón, lo sé por experiencia, me parece como si no conservara ni un jirón sobre mí, excepto un insignificante jirón de reputación decente, lo suficiente para evitar que la clase baja nos dirija observaciones desagradables por la ventanilla del coche. El hecho es que nuestra sociedad está atrozmente superpoblada. Realmente, debía haber alguien que organizase un plan eficaz para facilitar la emigración. Sería beneficioso.

     MISTRESS CHEVELEY.- Soy completamente de su opinión, mistress Markby. Hace cerca de seis años que no residía en Londres durante la «season», y debo confesar que la sociedad se ha mezclado terriblemente. Se ve la gente más rara en todas partes.

     LADY MARKBY.- Eso es completamente cierto, querida. Pero no está una obligada a conocerla. Tengo la seguridad de que no conozco ni a la mitad de la gente que viene a mi casa. Y realmente, de creer lo que me dicen, no tendría el menor empeño en conocerla.

(Entra MASON.)

     LADY CHILTERN.- ¿Cómo era el broche que ha perdido usted, mistress Cheveley?

     MISTRESS CHEVELEY.- Un broche de brillantes, en forma de serpiente, con un rubí bastante grande en la cabeza.

     LADY MARKBY.- Creí haber oído decir a usted que era un zafiro lo que tenía en la cabeza.

     MISTRESS CHEVELEY.- (Sonriendo.) No, lady Markby; un rubí.

     LADY MARKBY.- (Moviendo la cabeza.) ¡Y que le sienta a usted muy bien, seguramente!

     LADY CHILTERN.- (A MASON, que está en la puerta.) ¿Se ha encontrado esta mañana un broche de brillantes y rubíes en alguno de los salones, Mason?

     MASON.- No, señora.

     MISTRESS CHEVELEY.- Después de todo, la cosa no tiene importancia, lady Chiltern. Siento mucho haberla molestado.

     LADY CHILTERN.- (Con frialdad.) ¡Oh, no es ninguna molestia! Está bien, Mason. Puede usted servir el té.

(Sale MASON.)

     LADY MARKBY.- Es muy molesto perder algo. Me acuerdo de que una vez, en Bath, hace años, perdí en el Pump Room(1) un precioso brazalete adornado con un camafeo que me había regalado John. No creo que me haya vuelto a regalar nada. Siento tener que decirlo. Ha degenerado lamentablemente. Esa horrible Cámara de los Comunes echa a perder por completo a nuestros maridos. Creo que el ingreso en la Cámara baja es, de todos los golpes, el más grave que recibe la vida conyugal desde la invención de esa cosa verdaderamente atroz que llaman la educación superior de la mujer.

     LADY CHILTERN.- Es una herejía hablar así en nuestra casa, lady Markby. Roberto es un gran partidario de la educación superior de las mujeres, y yo también comparto esa opinión.

     MISTRESS CHEVELEY.- La educación superior de los hombres: eso es lo que me gustaría ver. Los hombres dejan tristemente que desear.

     LADY MARKBY.- Sí, dejan que desear, querida. Pero temo que un proyecto de ese género no pueda llevarse a cabo en la práctica. No creo que el hombre tenga grandes aptitudes para perfeccionarse. Ha ido todo lo lejos que podía y no se ha alejado mucho, realmente. En cuanto a las mujeres, querida Gertrudis, usted pertenece a la nueva generación, y estoy segura de que todo eso estará muy bien cuando usted lo aprueba. Claro es que en mi tiempo no se nos enseñaba a comprender nada. Ese era el sistema antiguo, asombrosamente interesante. Le aseguro que fue extraordinaria la cantidad de cosas que nos enseñaron a no comprender a mi pobre hermana y a mí. Pero las mujeres modernas lo comprenden todo, según he oído decir.

     MISTRESS CHEVELEY.- Excepto a sus maridos. Es la única cosa que la mujer moderna no comprende jamás.

     LADY MARKBY.- Y puedo asegurar que es una cosa excelente, querida. Si los comprendiesen, acabaría la felicidad en muchos hogares. No en el de usted, Gertrudis, no hay ni que decirlo. Tiene usted un marido modelo. Ya quisiera yo poder decir lo mismo. Pero desde que sir John empezó a asistir con regularidad a los debates, cosa que no hacía en nuestros buenos tiempos, su lenguaje se ha vuelto imposible. Cree dirigirse siempre a la Cámara; así es que cada vez que discute sobre la condición del obrero agrícola, sobre la iglesia galesa o sobre cualquier otra inconveniencia parecida, tengo que mandar salir a todos los criados. No resulta agradable ver al mayordomo, que está en casa de una hace veintitrés años, volverse hacia la doncella sonrojado, y a los lacayos retorcerse de risa en los rincones como payasos. Le aseguro a usted que mi vida quedará completamente destrozada si no envían a John a la Alta Cámara. Entonces ya no le interesará nada la política. ¡Es tan razonable la Cámara de los Lores! Una asamblea de «gentlemen». Pero tal como está ahora John, resulta penosísimo de aguantar. Sin ir más lejos, esta mañana no había terminado aún el almuerzo cuando de pronto se puso en pie, con las manos en los bolsillos, e hizo un llamamiento al país a voz en grito. Ni que decir tiene que me vi en la precisión de levantarme de la mesa a la segunda taza de té. Pero sus voces se oían en toda la casa. Supongo, Gertrudis, que sir Roberto no será así.

     LADY CHILTERN.- Pero si a mí me interesa mucho la política lady Markby. Me gusta oír hablar de ella a Roberto.

     LADY MARKBY.- Bien, pero me figuro que no será tan aficionado a los Libros Azules como sir John. No creo que sea la lectura más apropiada para formar a un hombre.

     MISTRESS CHEVELEY.- (Con languidez.) No he leído jamás un Libro Azul: prefiero los libros... con cubierta amarilla(2).

     LADY MARKBY.- (Con la ingenuidad de la inconsciencia.) El amarillo es un color más alegre, ¿verdad? En mi juventud llevaba yo mucho el color arnarillo Y lo seguiría llevando hoy si sir John no personalizase tanto y tan desagradablernente en sus observaciones. Un hombre que habla de trajes resulta siempre ridículo, ¿verdad?

     MISTRESS CHEVELEY.- ¡Oh, no! Para mí, solo los hombres tienen autoridad en materia de indumentaria.

     LADY MARKBY.- ¿De veras? Pues nadie lo diría viendo la clase de sombreros que llevan, ¿no?

(Entra el MAYORDOMO, seguido de un CRIADO. Colocan el servicio de té sobre una mesita
al lado de LADY CHILTERN.)

     LADY CHILTERN.- ¿Quiere usted una taza de té, mistress Cheveley?

     MISTRESS CHEVELEY.- Gracias.

(El MAYORDOMO presenta a MISTRESS CHEVELEY una taza de té, sobre una bandeja.)

     LADY CHILTERN.- «Du thé», lady Markby.

     LADY MARKBY.- No, gracias, querida. (Salen los Criados.) He prometido ir a hacer una visita de diez minutos a la pobre lady Brancaster, que está muy afligida. Su hija, una muchacha bien educada, ha concedido su mano a un vicario del Shropshire. Es triste, verdaderamente triste. No puedo comprender ese entusiasmo que sienten hoy día las mujeres por los vicarios. En mis tiempos las muchachas los veíamos correr como conejos por todo el país. Pero ni qué decir tiene que no les hacíamos ningún caso. Me han dicho que ahora la sociedad de provincias está materialmente plagada de ellos. Encuentro eso completamente irreligioso. Además, el hijo mayor ha reñido con su padre, y dicen que cuando se encuentran en el club, lord Brancaster se esconde siempre detrás de la sección financiera del «Tirnes». Sin embargo, creo que eso se hace constantemente en la actualidad, y que todos los clubs de Saint James Street tienen que procurarse ejemplares suplementarios del «Times». ¡Hay tantos hijos que no quieren tener ni la menor relación con sus padres, y tantos padres que no quieren dirigir la palabra a sus hijos! A mi juicio, es muy lamentable.

     MISTRESS CHEVELEY.- Yo también lo lamento; ¡tienen tanto que aprender los padres de los hijos hoy día!

     LADY MARKBY.- ¿Sí, querida? ¿El qué?

     MISTRESS CHEVELEY.- El arte de vivir. Es realmente la única de las Bellas Artes que hemos producido en los tiempos modernos.

     LADY MARKBY.- (Moviendo la cabeza.) ¡Ah! Me parece que lord Brancaster sabe mucho de eso, más que ha sabido nunca su pobre mujer. (A LADY CHILTERN.) Conoce usted a lady Brancaster, ¿verdad, querida?

     LADY CHILTERN.- ¡Oh! Poquísimo. Pasó el otoño último en Langton, estando allí nosotros.

     LADY MARKBY.- Pues bien: como todas las mujeres gruesas, parece la felicidad personificada, como habrá usted observado. Pero tiene muchas tragedias en su familia, sin contar esa cuestión del vicario. Su hermana, mistress Jekyll, ha tenido una vida desgraciadísima, y no por culpa suya, hay que confesarlo. Ha acabado, con el corazón destrozado, por ingresar no sé si en un convento o en la Ópera. No, más bien creo que se ha dedicado a trabajos de aguja para el arte decorativo. Lo que sé es que ha perdido hasta la menor noción de placer en la vida. (Levantándose.) Y ahora, Gertrudis, si usted me lo permite, voy a dejarle confiada a mistress Cheveley, y volveré a recogerla dentro de un cuarto de hora. ¿O le es a usted lo mismo esperar en el coche mientras estoy en casa de lady Brancaster? Como ha de ser una visita de pésarne, estaré allí muy poco tiempo.

     MISTRESS CHEVELEY.- (Levantándose.) Me es igual esperar en el coche, con tal que haya alguien que me traiga uno.

     LADY MARKBY.- ¡Ah! He oído decir que el vicario no cesa de rondar los alrededores de la casa.

     MISTRESS CHEVELEY.- No me agrada mucho, lo confieso, tener amigas jovencitas.

     LADY CHILTERN.- (Levantándose.) Espero que mistress Chevely se quedará aquí unos minutos. Quisiera hablar con ella un momento.

     MISTRESS CHEVELEY.- ¡Es usted muy amable, lady Chiltern! Le aseguro que nada puede complacerme tanto.

     LADY MARKBY.- ¡Ah! Van ustedes seguramente a pasar revista a muchos recuerdos agradables de su época de colegialas. Adiós, querida Gertrudis. ¿La veré esta noche en casa de lady Bonar? Ha descubierto un genio maravilloso e inédito. Hace..., bueno..., creo que no hace nada absolutamente, lo cual es muy tranquilizador, ¿verdad?

     LADY CHILTERN.- Roberto y yo cenamos en casa esta noche y no creo que salgamos después. Roberto, como es natural, tendrá que ir a la Cámara. Pero no hay nada importante en el orden del día.

     LADY MARKBY.- ¡Que cenan ustedes en su casa y los dos solos! ¿Es eso prudente? ¡Ah! Me olvidaba de que su marido es una excepción. El mío pertenece a la clase general, y nada envejece tanto a una mujer como casarse con la clase general.

(Sale LADY MARKBY.)

     MISTRESS CHEVELEY.- Sorprendente persona lady Markby, ¿verdad? Es la mujer que habla más y dice menos que he conocido en toda mi vida. Tiene madera de orador público. Tanto más cuanto que su marido, sin dejar de ser un inglés típico, es siempre monótono y casi siempre violento.

     LADY CHILTERN.- (No contesta y permanece en pie. Pausa. Entonces los ojos de las dos mujeres se encuentran. LADY CHILTERN está pálida. Tiene un aire resuelto. MISTRESS CHEVELEY parece más bien divertida.) Mistress Cheveley, creo justo decirle, con entera franqueza, que si hubiese sabido lo que era usted realmente, no la habría invitado a venir anoche a mi casa.

     MISTRESS CHEVELEY.- (Con una sonrisa impertinente.) ¿De verdad?

     LADY CHILTERN.- No hubiera podido hacerlo.

     MISTRESS CHEVELEY.- Veo que después de tantos años no ha cambiado usted en nada, Gertrudis.

     LADY CHILTERN.- Yo no cambio nunca.

     MISTRESS CHEVELEY.- (Arqueando las cejas.) ¿Entonces la vida no le ha enseñado a usted nada?

     LADY CHILTERN.- Me ha enseñado que cuando una persona se ha hecho culpable de un acto malo y deshonroso, puede reincidir y se la debe mantener a distancia.

     MISTRESS CHEVELEY.- ¿Aplicaría usted esa regla a todo el mundo?

     LADY CHILTERN.- Sí, a todo el mundo, sin excepción.

     MISTRESS CHEVELEY.- Entonces lo siento mucho por usted, Gertrudis, lo siento mucho.

     LADY CHILTERN.- Ya ve usted que son muchas las razones que se oponen en absoluto a que haya nuevas relaciones entre nosotras durante su estancia en Londres.

     MISTRESS CHEVELEY.- (Irguiéndose en su silla.) Ya sabe usted, Gertrudis, que me es completamente indiferente que me hable de moral. La moralidad es sencillamente la actitud que adoptamos con las personas por las cuales sentimos una antipatía personal. Y usted la siente hacia mí, lo sé perfectamente, y por eso la he odiado a usted siempre. Y, sin embargo, he venido a hacerle un gran favor.

     LADY CHILTERN.- (Con desprecio.) Un favor como el que quería usted hacer anoche a mi marido, ¿no es eso? Gracias a Dios pude prevenirle.

     MISTRESS CHEVELEY.- (Levantándose de repente.) ¿Ha sido usted quien le hizo escribirme esa carta insolente? ¿Usted, quien le ha hecho faltar a su promesa?

     LADY CHILTERN.- Sí.

     MISTRESS CHEVELEY.- Entonces tendrá usted que hacérsela cumplir. Le concedo a usted un plazo hasta mañana..., y nada más. Si para entonces su marido no se compromete solemnemente a ayudarme en ese gran proyecto en el que estoy interesada...

     LADY CHILTERN.- Esa especulación deshonrosa...

     MISTRESS CHEVELEY.- Califíquela usted como quiera. Tengo a su marido en mis manos, y si es usted lista le decidirá a hacer lo que le he dicho.

     LADY CHILTERN.- (Levantándose.) ¡Es usted una insolente! ¿Qué tiene que ver mi marido con usted?

     MISTRESS CHEVELEY.- (Con una sonrisa amarga.) En este mundo se juntan los que se parecen. Precisamente porque su marido es un estafador y un bribón, es por lo que estamos los dos tan emparejados. Entre usted y él hay un abismo; él y yo estamos más unidos que si fuéramos amigos íntimos. Somos dos enemigos encadenados juntos. El mismo delito nos sirve de lazo.

     LADY CHILTERN.- ¿Cómo se atreve a colocar a mi marido en la misma clase que usted? ¿Cómo se atreve usted a amenazarle, a amenazarnos? Salga inmediatamente de mi casa. No merece usted entrar en ella.

(SIR ROBERTO CHILTERN entra por el fondo. Oye las últimas palabras de su mujer y ve a
quién se las dirige; palidece como un muerto.)

     MISTRESS CHEVELEY.- ¡Su casa! Una casa comprada con el precio del deshonor, una casa en la que todo ha sido pagado por medio de un fraude. (Al volverse ve a SIR ROBERTO CHILTERN.) ¡Pregúntele usted a él cuál es el origen de su fortuna! ¡Que le explique cómo vendió a un bolsista un secreto de Estado!

     LADY CHILTERN.- ¡No es verdad, Roberto, no es verdad!

     MISTRESS CHEVELEY.- (Señalándole con el dedo.) ¡Mírele! ¿Puede acaso negarlo? ¿Se atrevería a ello?

     LADY CHILTERN.- ¡Salga usted! ¡Salga inmediatamente! Ha hecho usted ya todo el daño que podía hacer.

     MISTRESS CHEVELEY.- ¿Todo el daño que podía hacer? No he terminado aún, ni con usted ni con los dos. Les doy de plazo hasta mañana a las doce. Si entonces no hace usted lo que le he mandado hacer, el mundo entero sabrá el origen de Roberto Chiltern.

(SIR ROBERTO llama al timbre. Entra MASON.)

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Acompañe usted a mistress Cheveley hasta la puerta.

(MISTRESS CHEVELEY se yergue repentinamente y luego se inclina con una cortesía algo
exagerada ante LADY CHILTERN, que permanece inmóvil. Al pasar junto a SIR ROBERTO, que está en pie al lado de la puerta, se detiene un instante y le mira cara a cara. Sale, seguida del CRIADO, que cierra la puerta detrás de ella. Quedan solos y juntos marido y mujer. LADY CHILTERN se encuentra como bajo el influjo de un terrible sueño. Luego se vuelve hacia su marido y le contempla de un modo singular, como si le viese por primera vez.)

     LADY CHILTERN.- ¿Has vendido un secreto de Estado por dinero? ¿Has iniciado tu vida con una falta de probidad? ¿Has cimentado tu carrera sobre el deshonor? ¡Oh, dime que no es verdad! Me habrías mentido. ¡Mentirme a mí! ¡Dime que no es verdad!

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Lo que ha dicho esa mujer es completamente cierto. Pero escúchame, Gertrudis. No te das cuenta de la tentación en que me vi. Déjame contártelo todo.

(Se adelanta hacia ella.)

     LADY CHILTERN.- No te acerques. No me toques. Paréceme que me has manchado para siempre. ¡Oh, qué máscara has llevado durante tantos años! ¡Qué máscara más horrorosa! ¡Te has vendido por dinero! ¡Oh! ¡Un ladrón callejero es mejor que tú! ¡Te ofreciste al mejor postor! Te compraron en el mercado. Has mentido al mundo entero. Pero a mí no me mentirás.

     SIR ROBERTO CHILTERN.- (Precipitándose hacia ella.) ¡Gertrudis! ¡Gertrudis!

     LADY CHILTERN.- (Le rechaza extendiendo los brazos.) ¡No, no; no hables! No digas nada. Tu voz despierta en mí terribles recuerdos; recuerdos de cosas y de palabras que me hicieron amarte; recuerdos que ahora me dan horror. ¡Cómo te adoraba! Eras para mí algo extraño a la vida vulgar: un ser puro, noble, honrado, intachable. El mundo me parecía más hermoso porque tú habitabas en él, y la bondad más verdadera porque existías tú. ¡Y ahora...! ¡Oh! ¡Cuando pienso que he hecho de un hombre como tú mi ideal, el ideal de mi vida!...

     SIR ROBERTO CHILTERN.- Esa fue tu equivocación. Ese fue tu error. El error que cometen todas las mujeres. ¿Por qué vosotras las mujeres no nos podréis amar por entero, con nuestros defectos incluso? ¿Por qué nos colocáis sobre monstruosos pedestales? Todos tenemos los pies de barro, lo mismo las mujeres que los hombres; pero cuando nosotros, los hombres, os amamos, lo hacemos conociendo vuestras debilidades, vuestras locuras y vuestras imperfecciones. Os amamos más aún quizá por esa misma razón. No son los seres perfectos, sino los seres imperfectos, los que necesitan amor. Cuando nos hemos herido con nuestras propias manos o cuando hemos sido heridos por manos ajenas, es cuando el amor debiera aportarnos sus cuidados. Sin eso, ¿para qué serviría el amor? El amor debía perdonar todos los pecados, excepto un pecado contra el amor mismo. El amor verdadero debía tener perdón para todas las vidas, excepto para las vidas sin amor. Y así es el amor del hombre. Es más grande, más amplio, más humano que el de la mujer. Las mujeres se imaginan que hacen ideales de los hombres. Únicamente hacen de nosotros falsos dioses. Tú has hecho de mí tu ídolo engañoso, y yo no he tenido el valor de bajar del altar a mostrarte mis heridas y a confesarte mis flaquezas. Temí perder así tu amor, como acabo de perderlo en este momento. Y, de ese modo, anoche destruiste la vida para mí; sí, la destruiste. Lo que esa mujer me pedía no era nada al lado de lo que me ofrecía. Me ofrecía la seguridad, la paz, la estabilidad. El pecado de juventud, la falta que yo creía enterrada, se ha levantado ante mí horrible, odiosa, con sus manos sobre mi cuello. Hubiese podido matarla para siempre, reintegrarla a su tumba, destruir sus huellas, quemar el único testigo que podía declarar contra mí. Tú me lo has impedido. Nadie más que tú, como sabes. Y ahora, ¿qué me espera? El deshonor público, la ruina, la vergüenza, las befas del mundo, una vida infamante en la soledad, y quizá, algún día, la muerte en una soledad deshonrosa... ¡Que las mujeres no se forjen más ideales de los hombres! ¡Que renuncien a colocarlos sobre un altar y a prosternarse ante ellos, pues de otro modo pueden destrozar otras vidas tan por completo como tú-tú, a quien he amado apasionadamente-has destrozado la mía!

(Sale de la habitación. LADY CHILTERN se precipita tras él, pero la puerta se cierra en el
momento de llegar ella al umbral. Pálida de angustia, impotente, oscila como una planta en el agua. Sus manos extendidas parecen agitarse en el aire como flores bajo el viento. Entonces se desploma sobre un sofá, tapándose la cara. Sus sollozos seméjanse a los de un niño.)

TELÓN

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