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Un texto lorquiano descubierto en Nueva York

La presentación de Sánchez Mejías1

Daniel Eisenberg


Florida State University

Cubierta





A pesar del auge de los estudios lorquianos en estos últimos años, apenas se ha vuelto a examinar su visita al nuevo mundo en 1929 y 1930, un año clave tanto para su vida como para su obra poética y dramática. Este hecho se explica en parte porque ya disponemos de dos estudios de esta visita, la conocida introducción de Ángel del Río2, y el libro menos conocido de John Crow3. Con el fin de establecer una cronología de su visita y de los poemas de su libro Poeta en Nueva York4, le hemos vuelto a seguir los pasos, a base de periódicos neoyorquinos y de archivos, tal como Marie Laffranque hizo con la visita de Lorca a Buenos Aires, y hemos confirmado lo que era una sospecha: que estos dos trabajos están basados en recuerdos, a veces borrosos, y todavía cabe una reexaminación rigurosa. Hemos encontrado, por ejemplo, que Lorca dio, camino de Nueva York, una conferencia en la Universidad de Londres, que sí acabó una clase de inglés en Columbia University, y que de los nueve meses y medio que estaba en los Estados Unidos, vivió en aquel célebre John Jay Hall sólo cuatro de ellos5.

El día 6 de febrero de 1930, a bordo del Ile de France, llegaron a Nueva York Ignacio Sánchez Mejías y La Argentinita6. Consta en la Romanic Review7 que el día 20 de febrero pronunció Sánchez Mejías una conferencia, «El pase de la muerte», en el Instituto de las Españas, donde hace sólo 10 días Lorca había dado una conferencia cuyo resultado directo fue la invitación de visitar a Cuba. A instancias de Federico de Onís, Lorca hizo la presentación de su amigo Sánchez Mejías, y en La Prensa8, encontramos unos días después un reportaje de la presentación de Lorca y de la conferencia de Sánchez Mejías, el cual les ofrecemos hoy. Comenzamos con la segunda parte, la conferencia de Sánchez Mejías.

Ignacio Sánchez Mejías lee sus cuartillas taurinas llenas de continuas y bellas sugerencias. Labor de siembra, dice, debe ser la del conferenciante, y esta fue fecunda en el cerebro de todos los que le escucharon.

Llegó, claro es, a afirmar la universalidad del toreo, este se esparce por la vida toda, saber torear es saber vivir. En este mundo todos toreamos y el que no torea embiste.

Ahora bien, dice, hay dos inmensos bandos, uno de toros y otro de toreros, y es por lo tanto la lucha por nuestra propia vida la que nos obliga a torear. El mismo público que no actúa, tiene también su turno. El público lo forman toros y toreros que están de vacaciones, pero que tienen su turno para bajar al ruedo.

Naturalmente, Sancho Panza es el único que no torea. En cambio, Don Quijote es la perfección suma de la tauromaquia, el mejor de los toreros españoles. Toda su fortuna la gana con los toros. Y dice: «Fijarse bien en esto, que es de una vital importancia a nuestro tema: La fortuna de Don Quijote la hizo toreando, lidiando el peligro, la muerte, la nada... Y triunfó del toro, de los toros, aun a costa de Sancho, su enemigo. Enemigo, porque era su estómago, porque las cornadas en el vientre son mortales de necesidad y Sancho no quiere morir nunca».

Y continúa así este genial simbolismo: «A Don Quijote le cogieron algunos toros; hubo uno que estuvo a punto de matarlo. El toro del norte. El terrible toro del norte. Pero Don Quijote no se deja matar fácilmente. Para eso tiene su arte, su tauromaquia. Sabe que cuando los toros son fuertes, poderosos, lo mejor es cambiarlos de terreno. Y como sabía torear, cuando vio que le comía el toro el terreno, lo cambia de tercio, es decir de medio, y más claramente de una mitad, de la mitad vieja del mundo a la otra mitad, a la nueva mitad del mundo. Eso sólo lo puede hacer el que es capaz de torear a todos los toros en todos los terrenos».

Hay toros -dice- que no quieren que se les toree, y embisten a la fiesta. Una embestida de esta índole fue la de Roma en tiempo de Felipe II. El papa tiró un hachazo a la tauromaquia y el rey Felipe, torero poco elástico que gustaba de torear en la sombra, se prestó al juego. Fue Fray Luis de León y los teólogos salmantinos quienes salieron a su defensa, y descubrieron una serie de beneficios insospechados en el arte de torear a pie y a caballo.

Una cosa hay que aclarar, dice Sánchez Mejías, ligada con la inutilidad del toro bravo. Se cree que el toro es obligado a embestir contra su voluntad, contra su inclinación. Que el toro que se lidia en las corridas es un toro que robamos a la agricultura porque su gusto sería trabajar, no embestir. Nada más falso. El toro bravo es una fiera como el león, como el tigre. No sirve para el trabajo, porque acomete y mata el hombre. Embiste por naturaleza y a su vez es inextinguible, porque tiene su sitio donde nacer y lo ceba la yerba que nace del suelo.

Esto es muy importante para la ignorancia extranjera sobre este asunto. El día que se sepa que el toro bravo es una fiera, que no sirve para nada, se hablará en tonos muy distintos de nuestras corridas de toros.

Cuando habla de la crueldad del espectáculo, comenta los «nuevos sentimentales» que son a la sensibilidad lo que el nuevo rico a la fortuna. La educación artística de una raza no se improvisa, es cuestión de siglos. Por eso España, país de ancestral sensibilidad artística, presencia las corridas de toros sin dar a la sangre más importancia de la que tiene. España, Roma y Grecia, cuando van a la plaza, al circo o al olimpo, enseñan en la puerta el certificado de educación artística.

Un milagro de gracia y de belleza llama al toreo. En todo milagro universal intencionado están latentes las tripas sangrantes de un caballo. «Para que pase por nuestra sensibilidad sin arañarla sólo es necesario que sea real, un verdadero milagro, es decir que su contenido estético tenga volumen suficiente para que la inteligencia no esté molestada por el instinto, por la infancia».

El sangriento milagro cristiano, por ser el más sangriento, es el que mayor volumen artístico presenta a la inteligencia. En todo milagro interviene el pueblo. El pueblo, prefiriendo la vida de Jesús a la de Barrabás, hizo el divino milagro del Gólgota. El pueblo hace también el milagro del toreo, «el pueblo que quiere ser, que quiere vivir, que quiere torear, que quiere hacer milagros, porque hemos quedado en que el toreo es un milagro, el milagro de la vida y de la muerte».

Cuando el torero muere, el pueblo recoge su cadáver y lo guarda hasta el día de la resurrección. Suceso este registrado por los poetas. Versos de Alberti a la muerte de Joselito.

Dice, por fin, que el entendimiento del toreo no tiene fórmulas ni reglas; nace y vive en el cerebro humano. Fervientes amantes del toreo han sido siempre los poetas, y a continuación lee un poema de García Lorca a la corrida de Ronda.

La Prensa, 3 de marzo de 1930, p. 4-5.

El «poema a la corrida de Ronda» con que acaba Sánchez Mejías su conferencia se halla en Mariana Pineda; es el poema que Lorca entregó a José María de Cossío para incluir en su antología de poesía de tema taurino9.

La presentación de Lorca, aunque más breve, es de mayor interés para nosotros, y complementa las discusiones del tema taurino en su obra de Martínez Nadal y de Eutimio Martín10.

Dijo García Lorca hablando de toros la otra noche, que la única cosa seria que queda en el mundo es el toreo, único espectáculo vivo del mundo antiguo en donde se encuentran todas las esencias clásicas de los pueblos más artistas del mundo.

Dice y con razón; que en España el único sitio donde se encuentra verdadera disciplina y autoridad es en la plaza de toros, allí va el público en punto, y el mismo presidente no puede llegar tarde sin ser estrepitosamente silbado.

Toreo, sagrado ritmo de la matemática más pura, toreo disciplina y perfección. En él todo está medido hasta la angustia y la misma muerte.

«Torero. Héroe. Reloj. Héroe dentro de un tiempo medido, tiempo casi de compás musical. Héroe dentro de una estrecha regla de arte y de otra regla más estrecha aún de perdonar».

En la última prodigiosa generación taurina que ha dado España, a Ignacio Sánchez Mejías le corresponde el sitio de la fe.

Joselito fue inteligencia pura, sabiduría inmaculada. Belmonte, el iluminado, el hambriento desnudo de Triana, que cambia la alegría del sol por una verde y dramática luz de gas. Sánchez Mejías es la fe, la voluntad, el hombre, el héroe puro.

El extraordinario artista que fue actor y testigo de las faenas más agudas del drama español, termina con el estoque y se dirige a la literatura. En nuestros días escribe teatro.

De esta, su nueva fase, dice Lorca, su arte es valiente, poético y de imaginación, con una fragancia y gracia de estilo que delata su filiación andaluza. El teatro de Sánchez Mejías, como otros que traen valores nuevos y puros, se impone y triunfa de los Linares y Benaventes, héroes de la ramplona y Sancho Pancesca burguesía española.

«Así, pues -termina su introducción- yo con gran alegría le doy la alternativa en esta plaza de Nueva York. Ignacio, tienes la palabra. ¡Salud!».

La Prensa, 3 de marzo de 1930, pág. 4.





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