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ArribaAbajo- IX -

Recobrados el caballo y las armas, puesta en orden la valija y apurado un vaso de vino con que le obsequiara el jefe de la partida, púsose el caballero de nuevo en marcha sin querer detenerse, a pesar de los ruegos de Tilín y del padre Maza que le incitaban a descansar aguardando la frescura de media noche para seguir su viaje. Él les dijo muy cortesmente   —91→   que de buen grado pasaría unas horas en tan grata compañía; pero que la premura y gravedad de las órdenes que llevaba no le permitían reposo alguno. La verdadera causa de su precipitación era un deseo vehementísimo de ponerse a gran distancia de semejantes pájaros y no dar tiempo a que el bravo Tilín se arrepintiera de su generosidad. Metió espuelas para alejarse todo lo posible, temeroso de que fueran en su seguimiento, y cuando se creyó seguro dejose ir con lentitud para meditar sobre el grave suceso pasado y dar gracias a Dios. La noche era oscura y el camino solitario; pero el alma del caballero estaba alegre.

-Otra vez mi buena estrella -decía- o mejor, la Divina Providencia me ha sacado sano y salvo de un grave peligro. ¡Bendito sea Dios que me ha salvado una vez más, y sírvame este suceso de aviso y lección para no meterme en aventuras tan arriesgadas como poco provechosas! Maldita fue la hora en que discurrí pasar de Barcelona a Zaragoza, y según voy viendo más corto será el camino de la Meca. Salgo y las partidas me impiden llegar a Manresa; tomo el camino de Berga y las partidas me echan sobre Cardona; ahora creo que voy en dirección de Solsona, pero no me asombrará verme a las puertas de Pekín si sigo tropezando con bandidos y sacristanes. Me he metido   —92→   en un país encantador que está saboreando las delicias de la guerra civil más bestial, más soez y repugnante que imaginarse puede... ¡Ah! señores míos, señores míos (al decir esto parecía dirigirse a alguien que podía escucharle) no conocen ustedes la tierra que desean reformar. Esto no tiene enmienda por ahora ni hay alquimia que de esta basura haga oro puro. Lo que he pensado y sostenido varias veces lo veo y lo palpo ahora... Un puñado de hombres refugiados en Inglaterra se empeñan en librar a su país del despotismo y mientras ellos sueñan allá, ese mismo país se subleva, se pone en armas con fiereza y entusiasmo, no porque le mortifique el despotismo, sino porque el despotismo existente le parece poco y quiere aún más esclavitud, más cadenas, más miseria, más golpes, más abyección.

Había soltado las riendas como D. Quijote cuando le hervían en la cabeza los pensamientos, y mecido por el lento paso del animal que también parecía cavilar sesudamente en la vanidad de las glorias caballares, dejábase llevar por sus recuerdos y sus reflexiones a distintas esferas.

-¿Y a qué voy yo a Zaragoza? -prosiguió-. ¿A qué? Mis pasos por este país son tan insensatos como los del caballero andante más loco, más ridículo y más extraviado que hizo disparates   —93→   en el mundo. ¿A dónde voy yo?... ¿La principal misión que me encargaron no la he desempeñado ya? ¿No me dijeron: «explora y examina cómo está el país, tómale el pulso y observa si está dispuesto a apoyar una sublevación liberal»? Pues bien, yo he venido, yo he examinado, yo he tomado el pulso y he visto ¡mala peste nos de Dios! la horrible fiebre del absolutismo más abrasadora que nunca... ¡Señores mineros7, vengan todos acá y verán qué divina patria tenemos! ¡Da gozo viajar por estas amenas provincias, pobladas de frailes y guerrilleros hambrientos de esclavitud como la hiena de carne muerta!... ¿Qué tengo yo que hacer aquí? Nada: ya he visto demasiado. La lección es buena y suficiente, el peligro que mi pellejo corre extraordinario. Vámonos a la frontera. Patria querida, me repugnas.

Arrendando a su caballo miró al horizonte hacia el Norte. Expresión de desdén y amargura nubló su rostro, cuando apartando su corcel del camino real, se metió por una senda que a mano derecha partía en dirección al monte. Pasó junto a las tapias del cementerio de una aldea, pasó junto a la misma aldea que   —94→   era un montón de ruinas gloriosas del tiempo de la guerra con los franceses, y al poco trecho se detuvo. Sus pensamientos habían dado una brusca vuelta como la veleta atormentada por el viento.

-No -dijo hundiendo en el pecho la barba después de mirar al cielo-. Es preciso ir a Zaragoza. ¿Qué me detiene? ¿el peligro? ¿Tendré yo menos valor que el pobre Valdés, héroe y mártir en Tarifa; que los hermanos Bazán sacrificados en Alicante? ¿Y por qué he de ser tan desgraciado como ellos? Sí, aventurero, déjate de subterfugios y ve a Zaragoza... No hay que fiar demasiado en las apariencias. Ni todo el país está tan fanatizado como Cataluña ni toda Cataluña está compuesta de frailes, ni todos los frailes son guerrilleros. En Barcelona hay liberalismo y cultura suficientes para compensar este salvajismo de la sublevación apostólica. No hay que desconfiar todavía. Las poblaciones podrán arrancar a las aldeas su barbarie si hay empeño en ello. No, no será tanta la abyección de este pedazo de tierra europea que disponga de su suerte media docena de monjas y otros tantos canónigos. Los tenebrosos intrigantes del Ángel Exterminador no prevalecerán aunque lo mande el Papa y aunque se devanen los sesos todas las eminencias de cal y canto que farolean en el cuarto del infante D. Carlos.

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Espoleando a su caballo volvió al camino real.

-¿No es lastimoso que me vuelva sin desempeñar la mitad de mi comisión? ¿Si salí en bien de la primera mitad, por qué no he de salir en bien de la segunda? Dios me ha favorecido siempre, a pesar de ser yo tan gran pecador, aunque no empedernido. Adelante, adelante y salga el sol por... Zaragoza. Si ahora vuelves al extranjero y te preguntan: «¿Qué has hecho?», ¿podrás responder algo? Algo sí, pero no lo bastante. Los barceloneses responden de reunir dos mil paisanos armados, y aseguran que los voluntarios realistas de aquella ciudad son poco temibles. Es verdad,; Cataluña sublevada por el absolutismo delirante, no es el mejor terreno para una tentativa; pero lo que es imposible en Cataluña, ¿no será hacedero en Aragón, donde el clero tiene mucho menos poder? Además, este infame levantamiento clerical que aquí es un obstáculo enorme, ¿no puede ser un auxiliar en otra parte? Calomarde acudirá con todas sus fuerzas a Cataluña, y el corazón de España quedará desamparado por el absolutismo. ¡Ah! cómo paga el infame absolutismo su culpa. Este asqueroso tumor que le ha salido dará con su podrida existencia en tierra... Aventurero, marcha.

Después de distraerse pensando en otras   —96→   cosas que no interesan al lector, volvió a dar en su misma idea y dijo:

-Veamos; ¿qué has hecho tú? ¿qué has hecho para justificar tu vuelta al extranjero? ¿Has dado a conocer la noble idea que hoy agita a lo más selecto de los emigrados? Apenas la manifesté en Barcelona, todos la creyeron irrealizable. Es una ilusión, un disparate, un cuento de viejas. Pero ¡ay! ¡hemos visto tantos disparates convertidos en realidad de la noche a la mañana! ¿Quién pudo creer que España resistiera a Napoleón? Nadie, y sin embargo... Hoy todo liberal español a quien se dice que nuestra salvación estriba en cambiar de dinastía, poniendo en el trono a D. Pedro de Braganza, se ríe y duda. ¿No aspiran los apostólicos a cambiar de rey? Poco a poco la idea de un cambio de familia dejará de causar espanto... ¡Ah!... ¡D. Pedro, D. Pedro!... Verdaderamente es un disparate; pero un disparate seductor que se presta a ser propagado. Adelante, pues. No me voy a Francia sin arrojar esta idea en el surco. Anda, aventurero, anda. Todavía tienes afecciones en este país. Tu patria te llama con voces distintas; te llama con la voz cariñosa de una mujer; te llama con la voz grave del interés. Aventurero, eres pobre, pero vas a ser rico: has heredado. Un tío que ha vuelto de América   —97→   te ha dejado algunos miles, que es preciso recoger. Sí; no se vive sólo de ideas, se vive también de pan. Ya que sigues adelante, aventurero, sé prudente, toma precauciones. Llevas papeles que te comprometen. ¡Fuera toda esa carga inútil, por si viene el naufragio!

Diciendo esto se apartó del camino, ató su corcel al tronco de un árbol y poniendo la valija en el suelo apresurose a hacer prolijo escrutinio de lo que en ella había.

-Este papelote en latín de nada me sirve ya -dijo rasgándolo-. Con la autorización escrita y cifrada que me dio la Junta de Barcelona para la de Zaragoza, me bastará. Explicaré verbalmente las ideas que traigo de Londres. La carta de Torrijos podría servirme, pero la sacrifico también. La de Chapalangarra es inútil, porque tengo amigos en Navarra. Esta otra de Palarea está tan bien imaginada y encubre tan bien el objeto con el artificio de la recomendación para comprar harinas, que la conservaré. Romperé la de D. Alejandro O'Donnell que no encubre bien la comisión, porque esto de que vaya a vender reliquias un comerciante de harinas, no engañará más que a los tontos. Esta lista de personas dada por Mendizábal, tampoco conduce a nada nuevo: en tierra con ella. ¡Ah! aquí sale mi salvación; la esquela para las monjitas de San Salomó...   —98→   muy señoras mías... Si aquella buena mujer que me alojó en Cardona no me hubiera dado este papel, que creo es una especie de memorial pidiendo chocolate, a estas horas quizás estaría ya delante del Padre Eterno, no pidiendo chocolate, sino dándole cuenta de mis culpas. También guardaré la carta de Tilín para la monja. ¡Benditos sean los amigos que me enteraron de las intrigas de doña Josefina Comerford y de las madrecitas de San Salomó! Sin estos preciosos datos, ¡pobre de mí!... Todo está bien; vuelva la valija a la grupa, el hombre al caballo, el caballo al camino, y Dios por delante.

Ningún encuentro digno de ser mencionado tuvo aquella noche. Al divisar los muros de Solsona encomendose a Dios para que no le deparase ninguna desventura en la histórica ciudad episcopal; pero sin duda el Autor de todas las cosas, o le creyó indigno de misericordia por la magnitud de sus pecados, o quiso someterle a sufrimientos muy amargos para probar el temple de su espíritu, porque no bien pisó el caballo blanco los guijarros que pavimentaban las calles de Solsona, cuando cayeron sobre el caballero tantas desventuras, que tuvo por dichoso el encuentro con Tilín y las demás trapisondas y padecimientos de su trabajada existencia. Dejémosle ahora lamentando su   —99→   triste suerte en las mazmorras del Ayuntamiento de Solsona, y antes de ocuparnos de los reveses de este aventurero desconocido, veamos lo que aconteció al bravo Tilín y el giro que tomaron sus asombrosas y nunca vistas proezas.




ArribaAbajo- X -

Había corrido próximamente un mes desde la gloriosa salida del voluntario realista a civilizar los pueblos de la sierra, cuando recibió orden de Pixola mandándole que al punto se trasladase a Solsona. Maravilló a Tilín esta premura y la sequedad del despacho; pero mucho mayor fue su sorpresa cuando al entrar en Solsona con su ya numerosa partida, vio que Pixola en vez de recibirle con los brazos abiertos y encomiar el éxito de la expedición, recibíale ásperamente, sin mostrar ni un ápice de entusiasmo por tan descomunales servicios, ni menos alabar su heroico valor. Aquel primer arañazo dado por la horrible arpía, enemiga de las humanas grandezas, hizo manar sangre del ardiente corazón de Pepet Armengol.

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Gran condescendencia fue que el carnicero reconociese y otorgase al héroe los grados que este mismo se había dado por un procedimiento novísimo en los fastos de las improvisaciones personales; mas con esto el díscolo guerrillero demostraba que no sólo aborrecía a Pepet, sino también que le tenía un tantico de miedo. Ni la muchedumbre de mozos útiles, ni las armas, ni el dinero, bastaron a modificar la opinión de Pixola sobre los merecimientos de su subalterno, la cual como se asentaba en la ruin envidia, más desfavorable era cuanto mayores motivos había para que no lo fuese. Pero el punto en que más insistió, por ser aquel en que se encontraba más fuerte, fue el de la protección que Tilín había dado a un pícaro sectario y jacobino que andaba por el país malquistando a los realistas unos con otros, y metiendo cizaña y haciéndoles desconfiar de sus jefes y dándoles dinero para que atropellasen e hicieran atrocidades.

Perplejo se quedó el sacristán al oír esto; pero contestó que ni él había protegido a ningún perro sectario, y que si dio libre paso a un desconocido, fue por creerle enviado de la Junta de Barcelona.

-Ya, ya veo que tienes buenas tragaderas -le dijo Pixola gozoso de humillarle delante de   —101→   las notables personas, canónigos, frailes, honrados contrabandistas y trabucaires que presentes a la sazón estaban-. Valiente papamoscas tenemos aquí... No basta un poco de valor, Sr. Tilín, para mandar tropa en una guerra como esta; es preciso tener mucha astucia y cierto pesquis y ciencia del mundo, que no se aprenden en la sacristía de las reverendísimas. Ya me figuraba yo que el jacobino te engañaría, como engañamos a un pobre pez cuando le arrojamos el anzuelo. ¡Ves cómo no me engañó a mí! Desde que le eché el ojo, dije: «ese hombre no me gusta; que lo pongan a la sombra». ¡Oh! ya conozco yo a mi gente masónica. Sus farsas no me convencieron, ni la carta que traía para las monjas pidiendo chocolate, ni la que tú le diste, poniendo tus acciones en las mismas nubes, y pintándolas como iguales a las de Hernán Cortés en la Nueva España.

Las risas y chacota que acogieron estas observaciones, hicieron temblar el corazón soberbio y fogoso de Tilín, y las llamaradas de su enojo, de su despecho, de su ofendido amor propio salieron a su bronceado rostro, poniéndolo sanguinoso.

-¿Quieres saber las consecuencias de tu falta? -añadió el cruel Pixola-. Pues ya dicen por ahí que los jacobinos te han ganado...   —102→   Podrá no ser verdad; yo creo que es mentira; pero ello es que maldita la confianza que puedo tener en ti.

Tilín se puso rojo, después amarillo y tembloroso. Dando una patada que hizo estremecer la casa, exclamó con salvaje furia:

-¡Por el rabo del Malo! El que sostenga que yo me he vendido a los jacobinos, venga delante de mí, dígamelo en mi cara, y le sacaré las entrañas.

-¡Oh! fuertecillo estás -dijo el carnicero riendo de su triunfo y de la cólera de Tilín-. No se prueba la honradez sacando entrañas; se prueba con la conducta... En fin, gracias que has dado con un hombre como yo decidido a protegerte. Mira si seré bueno, que no pienso quitarte el mando.

Tilín, mirando fijamente a su jefe, dijo para sí, sin despegar los amoratados labios:

-Y si me le quitaras, perro ladrón, yo lo volvería a tomar.

Los importantes varones que presentes estaban llevaron la conversación a otro terreno, y durante una hora larga se habló del proyecto de tomar a Manresa para fundar en aquella excelente plaza el gobierno central de la idea apostólica.

-Jep ha salido ya de Berga -dijo Pixola-.   —103→   Caragol debe de haber salido también de Vich, y yo me pongo en marcha mañana. Nos juntaremos, y allá para la semana que viene a más tardar, Manresa será nuestra.

No se ocuparon más aquel día el guerrillero y su pequeña corte de la importante persona de Tilín; pero al siguiente recibió el héroe la estocada mortal de la envidia con la orden de permanecer en Solsona, mientras las demás tropas y somatenes iban sobre Manresa. Esta eliminación en la jornada de más peligro y lucimiento puso al sacristán en el último grado de la rabia. Era evidente ya que se deseaba oscurecerle y postergarle; pero él guardó su rabia en el pecho aparentando resignación y conformidad con su suerte. El veneno y las llamas que devoraban su alma, fueron celosamente guardados como el puñal de que se piensa hacer uso en momento oportuno. Se le vio silencioso mas no irritado, en el momento de salir la gente de Pixola y la suya para tan notable empresa, y dijo adiós a sus compañeros sin mostrarse envidioso. Para colmo de humillaciones, ni siquiera quedaba al frente de la guarnición de la ciudad, sino como subalterno de un tal Mañas, nombrado jefe de la plaza, el cual era un viejo borracho que pasaba la mitad del tiempo durmiendo y la otra mitad jugando a las cartas.

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Los partidarios que quedaban en Solsona no tenían más consigna que vigilar a los presos sepultados en las mazmorras del Ayuntamiento, entre los cuales hallábanse Guimaraens y el aventurero D. Jaime Servet, y defender la ciudad en caso de un ataque, muy poco probable por cierto, de las tropas del Rey. Tilín, viéndose condenado a forzosa holganza, vagaba sin compañía por la solitaria muralla de la ciudad o bien por las tristes riberas del río Negro, testigo de los juegos de su infancia, terminando siempre su paseo en la puerta del Travesat junto a San Salomó.

Por las mañanas visitaba la sacristía, ayudaba algunas misas, y si se lo permitían, pasaba a ver a las madres y a departir con ellas acerca de los negocios de la causa apostólica, que iban mal según unas y a pedir de boca según otras. Aquella preferencia que desde su edad más tierna había mostrado Pepet por la bella y afable Sor Teodora de Aransis mostrábase ahora con más claridad, bien porque la desgracia avivase los afectos de su corazón, o bien porque la situación desventajosa en que se encontraba, relativamente a su antigua jerarquía sacristanesca, le autorizase a dejar traslucir lo que antes ocultaba. La corta pero accidentada vida militar había gastado dos principalísimas protuberancias, digámoslo así,   —105→   del carácter de Tilín, la timidez y el respeto a ciertas cosas y personas, bien así como la piedra puntiaguda y angulosa se pule y redondea al ser arrastrada por los torrentes.

Todos los días pasaba largas horas en el monasterio sin quitarse el uniforme, y aunque la madre abadesa no gustaba de ver allí los arreos marciales, inclinose al fin a tolerarlos por lo singular de las circunstancias. Rogole dicha señora que ayudase al sacristán su sustituto en los servicios de limpieza dentro de la sacristía; pero Tilín se negó a degradar su uniforme en faena tan impropia de un militar de grandes alientos. Fuele dicho entonces que se quitase la casaca, espada y chacó, con cuya advertencia recibió nuestro héroe tanta pena como si le hubieran dado cien bofetadas; pero como habría sido más grande aún su dolor si le privaran de entrar en el convento durante aquellos días de tristeza, desgracia y descanso, consintió al cabo en degradarse. No creyendo decente estar en mangas de camisa, se puso su antigua sotana, con lo cual se vio realizada una metamorfosis de que no creemos pueda haber ejemplo en otro país del mundo. Así cambiaba de apariencia aquel extraordinario mozo pasando de guerrero a sacristán lo mismo que había pasado de la oscuridad de la sacristía al esplendor y estruendo de los campos de batalla.

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Casualmente había a la sazón en el convento una obra que exigía buenas manos, y el sustituto de Tilín, si las tenía excelentes para robar cera, carecía de fuerzas para trabajos mayores. Estaban arreglando un flamante y lindo altar para la Virgen de Setiembre y era necesario el concurso de un hombre de buenos puños. Tilín despachó esta obra de romanos en dos días, y después quiso arreglar la huerta que se hallaba en malísimo estado por enfermedad del hortelano.

Asistiendo, como auxiliares o como meras espectadoras, a estas santas tareas, algunas monjas se regocijaban oyendo a Tilín la relación de sus proezas, siendo de observar que el héroe de ellas, antes de aminorarlas con la modestia las acrecía con el frecuente uso de la hipérbole, presentándolas con tal grandor que las buenas señoras se quedaban embobadas ante tanta maravilla creyendo ver resucitado el tiempo de la caballería andante. Como eran caritativas y bondadosas, Tilín hacía caso omiso de los fusilamientos que había ordenado y todo era batallas y más batallas en las cuales había salido victorioso.

La que ponía más atención a estos homéricos relatos era Sor Teodora de Aransis, que seguía con interés febril el giro de los sucesos apostólicos, teniendo siempre en tortura   —107→   su imaginación y sobreexcitados sus nervios.

Lejos de extinguirse en el rudo corazón de Tilín, madriguera de impetuosas pasiones, el profundo afecto hacia ella, aquel sentimiento había ido tomando cuerpo con los años, variando de naturaleza conforme al giro del tiempo y a las mudanzas del carácter. Era para él la de Aransis objeto de un respeto que rayaba en supersticioso culto, y de tal modo se apoderaron de su ánimo la memoria y la imagen de la esposa de Cristo, que ni un instante se apartaron ambas de su cerebro durante la campaña. Sin embargo mientras fue soldado la pureza de sus pensamientos era tal y tan grande la fuerza del respeto, que sus afectos parecían más bien un apasionado fervor místico que afición ordinaria entre dos seres humanos.




ArribaAbajo- XI -

Pero después que volvió de la campaña y se puso de nuevo, aunque no por razón de oficio, la malhadada sotana de su niñez, Tilín no era el mismo, al menos en la forma. Ya hemos dicho que había perdido su timidez; mas con ella perdió la delicadeza y aquellas formas de   —108→   respetuoso culto con que antaño solía expresar sus pasiones o velarlas, dándoles apariencia dulce y simpática, y ahora despuntaba en él una brutalidad desapacible, una expresión ruda y desentonada, cual si desapareciese todo lo que dan la educación, el trato, el tiempo, los lugares y no quedase más que la obra pura y tosca de la Naturaleza.

Es preciso considerar que aquel hombre de pasiones ardientes, criado dentro de un convento de monjas, amoldado en el hueco de una sacristía tan violentamente como podría amoldarse una espada dentro de un cáliz, había roto su clausura, había ido a los campos de batalla, frecuentando el trato de soldados, hombres de mundo y bandidos; que había vivido en la independencia del guerrillero y del salvaje consumando diariamente actos de valor, ensoberbeciéndose con un éxito constante, y aprendiendo a practicar la vida de las pasiones libres y sin artificio, porque el guerrillero es atrevido, brutal, cruel; pero es verdadero en sus sentimientos, lleva su corazón desnudo como su espada, no engaña a nadie más que al enemigo, porque así lo reclama su oficio, y es un tipo del adalid de las primitivas sociedades, luchando por un pedazo de suelo. Considerando esto, se comprenderá que Tilín guerrero, no podía ser el mismo Tilín de marras.

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En efecto; Sor Teodora notó que no la miraba como antes; que no le hablaba en el mismo tono que antes; que sus pensamientos eran más audaces; que se expresaba con más desenfado. Había en todo él cierta claridad deslumbradora y relampagueante, que hacía daño a la vista; un no sé qué de franqueza y desembozo que causaba miedo. Pero Sor Teodora, fanatizada por la guerra, a que atendía con tanto interés, no alcanzaba a penetrar la razón de esta soltura de Tilín. Si alguna vez paró mientes en ello, considerolo como la desenvoltura propia de un soldado de Cristo, y pensó que aun perteneciendo a las milicias cristianas, han de ser los guerreros muy distintos de los monaguillos.

Tilín trabajaba un día en la huerta. Sor Teodora se acercó y le dijo:

-No se sabe nada de Manresa, Tilín. ¿Qué piensas tú de esto?

-Yo no pienso nada, señora -dijo el voluntario realista, haciendo un movimiento homicida con el cuchillo de jardinero que en la mano tenía-. ¿Acaso yo puedo dar razón de la guerra? ¿No han creído que todo puede hacerse sin mí?

-Ha sido una injusticia. Ya te he dicho que la madre abadesa piensa escribirle dos letras sobre esto a Jep dels Estanys, y yo le he   —110→   escrito ya sobre el particular a doña Josefina Comerford.

-Poco me importan a mí Jep y doña Josefina -replicó Tilín, poniéndose ceñudo- pues estoy decidido a hacerme justicia. ¿Piensa la señora que voy a volver a la sacristía de San Salomó?

-No, eso no; no faltaría más. Tu vocación y tu ardor guerrero te llevan a ser general, y lo serás, sí; ya la historia se ocupará de general Tilín.

-General o no, yo me vengaré -dijo Pepet con fiereza.

-La venganza es cosa mala, Tilín, muy mala.

Esto decía con unción la monja que tanto se entusiasmaba con batallas y guerras.

-Será cierto; pero yo necesito vengarme. El hombre bueno se volverá malo tal vez; pero ¿quién tiene la culpa?

-No hables de maldades. Es preciso que tú seas siempre bueno. Algunos guerreros han sido santos.

-Yo no seré santo, señora, yo no seré santo, no quiero ser santo -afirmó Tilín con ruda franqueza-. Aunque quisiera serlo no podría.

-¿Por qué? -preguntó la monja disponiéndose a dar a su protegido una lección de teología.

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-Porque cada uno nace para lo que nace. ¡Santo yo! -dijo Tilín dando un gran suspiro y sentándose con muestras de cansancio-. Mi corazón arde como una hoguera que no se puede de ningún modo apagar. Quise ser soldado y apenas empecé a serlo me ataron las manos. Es fuerza que este volcán estalle por alguna parte y no hay duda que estallará.

Luego acercose a Sor Teodora y con acento terrible, le dijo sin alzar los ojos:

-Señora, yo no lo puedo remediar; yo haré barbaridades, haré estragos y quizás mi memoria sea maldita.

-¿Por qué? ¡Pepet, estoy aterrada!... Explícame eso -dijo la religiosa poniéndose pálida y juntando las manos.

-¿Por qué?... porque ambiciono mucho, y todo lo que ambiciono es imposible. Me faltan alas, me sobra espacio.

-Pues no ambiciones tanto.

-No puedo, no puedo.

Su acento era el de la desesperación.

-¡Qué locura!

-¡Todo es imposible! ¿Cree la señora que me satisface esa guerra mezquina, guerra de estúpidos y de salteadores?... No; yo no quiero mandar somatenes, sino ejércitos. Yo adoro el estruendo, las grandes marchas, la fatiga, el   —112→   polvo de los campos, el calor horrible, las hambres, la gloria de las grandes jornadas, los inmensos peligros, la embriaguez de la matanza, las astucias, las sorpresas, las banderas alzadas sobre los montones de muertos...

-¡Qué horror! -exclamó la monja cubriéndose el rostro con las manos.

-Yo adoro todo eso... ¿Qué puedo esperar de esta guerra que no tiene más objeto que el robo, ni más móvil que la envidia? Bien lo decía yo: mi época ha pasado. ¡Ay de mí! Me atrasé en el nacer; todo lo posible es ridículo, y todo lo grande, señora, es tan imposible para mí como poner en el cielo mis manos de barro miserable.

Diciendo esto, se llevó el puño a la cabeza y se hubiera arrancado un mechón de cabellos, si su cabello cortado a lo militar tuviera mechones.

-Después de esta guerra vendrá otra más grande -dijo la religiosa tomando el tono sibilino que tan grande impulso había dado a la vocación de Tilín- vendrán cosas estupendas, y pasarás de esta esfera mezquina de los somatenes a la esfera de las grandes acciones de guerra.

-No, no, no -gritó Tilín, y cada no parecía en su boca como un golpe de maza; tal era la energía con que los pronunciaba.

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-Vendrá...

-No vendrá nada... Delante de este sacristán destituido no hay más que imposibles, imposibles, imposibles. No es sólo el de la guerra.

-¿Cuál otro?

-Otro.

Tilín volvió su rostro, y Sor Teodora se echó a reír.

-Me causan risa tus ardores, Tilín -le dijo-. Apostamos a que al fin y al cabo, después de tanto delirio, acabas por renunciar a las glorias del mundo y te consagras a servir a Dios en la sacristía de las pobrecitas monjas cascabeleras.

-Eso no, eso no, eso no -exclamó Tilín, soltando sus palabras como gemidos de agonía-. Jamás, señora; yo no puedo continuar en San Salomó.

-¡Ya no nos quieres, pícaro!

-¡Oh!... no es eso... -dijo Tilín, enternecido súbitamente-. Yo no puedo seguir aquí; soy muy malo y no me puedo vencer. El valiente es cobarde consigo mismo. ¡Yo en esta casa, en la casa de Dios y de la religión!...

Pepet hundió su cabeza, mirando tan de cerca un hoyo que delante de él estaba abierto, que parecía querer enterrarse vivo. Arrojó de su pecho varios suspiros cual si quisiera expulsar de su cuerpo la vida.

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-Adiós, Tilín -dijo la madre dando algunos pasos hacia el claustro.

La monja se separó de él. Tilín la vio alejarse y no le dijo nada. Después abandonó las herramientas del jardín para ir a la sacristía, ponerse su uniforme y salir a la calle. Largo rato estuvo platicando de cosas indiferentes con el sacristán sustituto. Cuando salió, vestido ya su gallardo uniforme, era casi de noche. Las monjas se retiraban a sus celdas y veíanse sombras blancas que se perdían en el claustro, y oíase rumor de perezosos rezos. Tilín quiso hablar a la abadesa y dirigiose al vestíbulo de donde partía la escalera. Todo estaba oscuro. Vio delante una figura que entraba del claustro para pasar al coro. Tilín la detuvo; Sor Teodora lanzó una exclamación de sorpresa, y antes que pudiese decir una palabra, cayó de rodillas ante ella el sacristán guerrillero, y como un reo que pide perdón, exclamó con voz profunda y sofocada:

-¡Madre, mujer, Sor Teodora...! por Dios, quiéreme.

La hermosa dama se quedó estática y muda; tanto le sorprendieron el tono y la voz del sacristán soldado.

-¡Tilín!... ¡Jesús!... -murmuró.

Y Tilín repitió con loco ardor.

-¡Quiéreme, quiéreme!

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Su voz temblaba. Después se levantó y tendiendo sus brazos sin atreverse a tocarla, acercó su boca al oído de Sor Teodora y a media voz dijo estas palabras:

-Monja, yo te amo.

-¡Jesús Crucificado, ampárame! -gritó la esposa de Cristo llevándose las manos a la cabeza-. ¡Satanás, perro maldito, vete!...

Quiso huir. Sintió que sujetaban su hábito. Dio un nuevo grito. Oyéronse pasos y una voz que decía: «¿Quién está ahí?».

Dos monjas que llegaron vieron a Sor Teodora acongojada y trémula. ¿Había tenido una visión? Sensiblemente turbada parecía; pero con un vaso de agua la volvieron a su prístino ser. Tilín había desaparecido.




ArribaAbajo- XII -

Largo rato estuvo la madre sin volver de su espanto, aterrada y sobrecogida, sintiendo sobre su alma un peso colosal y una opresión tan angustiosa en su pecho que apenas podía respirar, y todo lo veía negro y rojo, como si se hallara bajo las pavorosas bóvedas del Infierno. La inaudita revelación, tan   —116→   sacrílega como infame, había producido en su espíritu una sacudida espantosa como la que produciría un reclamo verbal del mismo Satanás, reclutando gente para sus calderas. No obstante el espíritu de la buena religiosa estaba absolutamente limpio de pecado en aquel negocio, y ni con fugaz idea, ni con vano pensamiento era cómplice de la execrable pasión de Armengol. Por el contrario el atrevido sacristán representósele desde aquel instante como un ser aborrecible, digno de los más crueles castigos.

El primer cuidado de la dama aquella noche después que se retiró a su celda fue rezar, implorando la misericordia de Dios, no en pro de ella misma, que en aquel caso no la necesitaba, sino en pro del miserable extraviado que con sus livianos pensamientos y deseos faltaba horriblemente a la ley divina y profanaba el santo asilo de las castas esposas de Jesucristo. Aun se puede tener por seguro que Sor Teodora de Aransis se dio una buena tanda de azotes y se puso silicio8, mortificaciones ambas que habrían caído mejor en el cuerpo del bárbaro criminal que en el de la mujer inocente. La causa de esta severidad con sus propias carnes era que se creía culpable por otro concepto, y como culpable, digna de castigo. Veamos la opinión que formó de sí misma.

  —117→  

Dos o tres horas llevaba de oración y recogimiento después del tremendo suceso, cuando ocurriole de súbito una idea que le pareció sorprendente por lo juiciosa y atinada. En efecto, aquella idea encerraba una lógica profunda. Según esta, lo que había pasado a Sor Teodora, las infernales palabras que había oído, aquel brutal hombre que delante de sí había visto, horrorizándola con su delirio, no eran otra cosa que un castigo providencial por su detestable afición a las guerras religiosas. La noble conciencia de la dama iluminose con esta idea, y comprendió que era contrario a la religión, a la severidad monástica y a las leyes más elementales del amor de Dios su afán por las luchas de los hombres y aquel su deseo de ver triunfar al son de trompetas, cajas, cañonazos y gemidos de moribundos la mansa Fe católica.

Sí, castigo era por haber olvidado la ley de Dios y la santidad de la orden, contribuyendo a inflamar las pasiones de los hombres. ¿Qué era Tilín sino la personificación monstruosa de aquella misma guerra salvaje, de aquel bando osado, violento, sedicioso, rebelde a toda ley? Sí, ella había consagrado a la infame hidra la vehemencia, el interés, las simpatías y aun el amor que debía a su esposo, y en castigo de esta infidelidad, el ofendido   —118→   consorte había permitido que la infame hidra se volviese contra ella y la hiriera con una de sus más ponzoñosas garras. Bien, muy bien, la lógica de este razonamiento irradiaba en la conciencia de la noble mujer como un reflejo de verdad divina.

Consecuencia inmediata de tal lógica fueron los azotes que la religiosa se administró, maltratando tan sin piedad sus hermosos hombros y espaldas, que si alguien la viera se habría apresurado a impedir tal desafuero contra la belleza y contra una de las más seductoras obras del Autor de todas las cosas y carnes. Parte de la noche estuvo en vela la madre, orando con fervor, y al día siguiente púsolo todo en conocimiento de su confesor, de quien recibió absolución completa y los más saludables consuelos.

Más tranquila después del acto religioso, Sor Teodora rogó a la madre abadesa que la impusiera una tarea cualquiera aunque fuese de las más penosas. La madre abadesa mandole que barriese todo el claustro, y apenas cogiera Sor Teodora la escoba para dar principio a su obra, vio aparecer a Tilín, que de la sacristía salió con una espuerta de herramientas y algunos pedazos de madera. Pareciole tan horrible y repugnante, que bien pudo conocer Pepet el espanto que causaba en el ánimo de la   —119→   señora. Quiso esta retirarse pero él le dijo:

-Una palabra, señora, pues va en ello la salvación de mi alma.

¡La salvación de su alma! Esto era motivo bastante para no huir. A veces una palabra basta a llenar de gracia un corazón y salvar un alma. Si ella podía decir esa palabra, ¿por qué no decirla? La de Aransis no era gazmoña.

-La madre abadesa me ha mandado que clave estas tablas en la puerta -dijo Tilín-. Dios me depara por un instante la compañía de la persona que más amo en el mundo. Señora, si usted no me oye y se va...

Al decir esto, Tilín fijó sus ojos de fuego en el semblante de la asustada monja, y al mismo tiempo mostró un cuchillo enorme que con las otras herramientas tenía.

-¿Qué?... -murmuró ella.

-Si usted se va y no me oye, ahora mismo me parto el corazón con este cuchillo y acabo para siempre.

Diciéndolo mostraba el filo del arma.

Sor Teodora tembló de espanto y no se atrevió a moverse. Veía a Tilín en las agonías de la muerte; veía el convento manchado por la sangre de un suicida, y el horrible escándalo que había de seguir a este hecho. Más muerta que viva tomó su escoba y se puso a barrer a pocos pasos del dragón.

  —120→  

-Señora -dijo este tomando un martillo-. Yo haré por vencerme; pero es precisa condición que usted no huya de mí.

-Malvado -exclamó la monja, recobrando de pronto su energía- si no temiera ofender a Dios, aquí mismo te rompía la cabeza con este palo. ¿Quién te inspiró tan infames ideas? ¿De ese modo pagas los beneficios que has recibido en esta casa? Sin duda estás dominado por Satanás. Arderás en los infiernos si no te detienes a tiempo.

Y diciendo esto barría.

-Arderé con gusto si ardemos juntos -replicó Tilín, que lanzado por los despeñaderos del sacrilegio, no podía detenerse-. Yo no soy como ningún otro, señora. Veneno y fuego corren ya por mis venas.

-Maldito, para todos hay misericordia; pídela y se te dará.

-No la quiero sin usted... ¿Por qué soy maldito? Porque amo. ¿Quién ha hecho los corazones sino Dios? Si usted estuviera fuera de esta casa, ¿qué mal habría en que correspondiera a mi cariño?... Mi cariño es ahora salvaje y loco... pero sería dulce y tranquilo si no hallara tantas espinas cuando se acerca a su objeto. Todo el mal consiste en que es usted monja, en que viste un hábito, en que hizo votos... ¡Ay, señora! hace doce años, cuando   —121→   le cortaron a usted el cabello... yo era niño y usted era ya una mujer que podía haberse casado con cualquier hombre... Pues digo que cuando le cortaron a usted el cabello sentí que una espada fría me atravesaba el corazón. Desde aquel instante la quiero a usted y la adoro más que si estuviera en los altares.

Sor Teodora iba a contestar, pero no pudo y siguió barriendo.

-Eso de ser monja -añadió Tilín, clavando un clavo- es lo que me atormenta. Yo digo que a veces es Satanás quien hace los conventos. Este por lo menos obra suya es... No me hable usted de Dios, ni me llame irreligioso, ni sacrílego... todo eso será verdad, será verdad; pero no quiero oírlo... Demasiado me atruena la tempestad que zumba en mis oídos... Hay un medio de cortar este mal, señora -añadió suspendiendo su obra y mirando a la monja con fijeza y una especie de éxtasis deleitoso, que le hacía poner los ojos en blanco-; hay un medio. Usted que es tan santa, usted que conseguirá de Dios cuanto le pida, pídale que le arranque esa soberana hermosura, que le apague la luz de esos ojos divinos, que le quite esa gracia y ese encanto hechicero prestado por los ángeles del cielo, que le prive de ese noble continente y de ese modo de mirar, el cual parece que va repartiendo dones donde   —122→   quiera que vuelve los ojos, pídale usted esto, y entonces... no entonces tampoco dejaré de quererla, tampoco entonces.

Sor Teodora volvió el rostro. Creía sentirse estrangulada por una serpiente que se enroscaba en su cuello.

-Este miserable no tiene salvación -pensó-. Abandonémosle.

Y dio algunos pasos para alejarse.

-Señora -gritó Tilín lleno de despecho- nos veremos, nos veremos cuando usted menos lo piense.

Esta audaz despedida, que era una amenaza, despertó tal cólera en el ánimo de la de Aransis, que se volvió y dijo:

-¿Pues qué, menguado y vil hombrecillo, todavía esperas que he de tolerar una vez más tus groserías? Yo te juro que es hoy el último día que pondrás los pies en esta casa.

-Eso dicen, señora. Ya me ha mandado la madre abadesa que no vuelva más, porque el capellán se ha quejado de mis entradas aquí.

-¿Lo ves, lo ves, execrable víbora?

-Sí; ya me han prohibido la entrada, y en cuanto clave esta puerta adiós para siempre San Salomó, mi querido San Salomó, donde está mi vida toda... Pero volveré, señora, yo juro a usted que me verá cuando y donde menos lo piense. Esto no se puede dejar.

  —123→  

La monja sintió que su terror se aumentaba. La imagen detestable de Tilín se le representó lo mismo que el terrible individuo que está a los pies de San Miguel.

-Volveré -repitió Tilín levantándose y recogiendo las herramientas-. Hasta luego, señora... No se digna mirar al pobre condenado. Señora...

La monja se alejaba rápidamente. Huía como se huye del monstruo más horrendo.

-Sí... me condenaré... -murmuró Tilín-. Ya estoy condenado... Sí, ya lo estoy; si ya no puedo salvarme.

El sacristán guerrero estaba tan absorto en sus pensamientos que no vio a la madre abadesa que hacia él venía.

-Tilinillo -le dijo la señora- antes que te vayas arregla el emparrado de la huerta. Ya ves que con el peso de los racimos y lo mucho que ha crecido la vid amenaza caerse uno de los palos y rompernos la crisma el día menos pensado. Ponle un par de clavos y nada más.

-Ya había pensado en ello, señora. Voy a traer la escalera grande que hay en la iglesia. Compondré el emparrado y también daré una mano de cal a las tejas del palomar que se están cayendo.

-Bien, hombre, bien, todo se te ocurre -dijo la madre entusiasmada con la previsión   —124→   del sacristán soldado-. Yo no tendría inconveniente en que siguieras entrando aquí. ¿Qué importa? Tú eres bueno; te hemos criado desde niño... sabes respetarnos y nos quieres mucho... pero el señor capellán me ha dicho hoy que esto no puede consentirse...tiene razón... no puede consentirse... y hoy te despedirás de nosotras. Pero vendrás a vernos por el locutorio, ¿no es verdad?

-Sí, señora; volveré por el locutorio.

-Espero que otra vez tomarás parte en la campaña. ¡Qué injusto ha sido contigo ese bribón de Pixola! Ya le he escrito a Jep... Por las espinas de Cristo que es un dolor ver oscurecido a militar tan valiente. Es lástima que no hayas ido a Manresa.

-Aún es tiempo: iré.

-¿Con la gente de aquí?

-Con la gente de aquí o conmigo solo.

Y sin más razones fue a buscar la escalera. Viósele después sobre el emparrado, sobre el palomar y andando por el filo de la gran tapia. Parecía el gato de San Salomó recorriendo sus dominios. Después se encerró largo rato en la leñera, sala baja que antes de la embestida de los franceses fue refectorio y pasando a trastera estaba completamente atestada de restos de madera y de retama para los hornos de bollos. Allí estuvo Pepet revolviendo todo en   —125→   busca de no sabemos qué materiales para la obra magna que pensaba hacer en el palomar. Grande fue su tarea; pero al anochecer dio todo por concluido, y puesto el uniforme y despidiéndose de las monjas, salió del convento.




ArribaAbajo- XIII -

Había decidido poner fin a aquel estado de destierro y vergonzosa inacción en que le tenía el envidioso Abres y correr a compartir las fatigas y las glorias del ejército apostólico junto a los muros de Manresa. ¿Qué le importaba la desaprobación de su jefe inmediato? Él hallaría modo de congraciarse con Jep dels Estanys, y si no lo lograba obraría por cuenta propia organizando un somatén libre que levantara una bandera enfrente de todas las banderas habidas y por haber; y si no conseguía esto tampoco se sometería al fallo de la Junta Suprema para que le fusilase, le quemase, le descuartizase o hiciera con él todo lo que una Junta Suprema puede hacer con un oficial rebelde.

Su osadía no reparaba en consideración alguna,   —126→   y tanto desprecio le inspiraba la disciplina como el peligro.

Concertose aquella misma tarde con dos docenas de amigos, gente que nada tenía que perder, de esa que lo mismo sirve para lances heroicos que para las empresas más desalmadas, y al cerrar la noche salieron todos de Solsona, sin dar cuenta a nadie, resueltos a no parar hasta Manresa.

Deseaba Tilín acometer con los suyos una empresa grande y terriblemente difícil, cosa en verdad más posible en pensamiento que en realidad, por no ser aquellos tiempos propios para ninguna especie de grandezas como no fueran las grandezas de la vulgaridad. Hallándose su alma empapada, digámoslo así, en tan sublime idea forzó la marcha para llegar pronto, y después de andar sin descanso por espacio de una noche y un día, apartándose de los caminos más frecuentados, llegó a San Mateo de Bagés, donde supo que las tropas y somatenes de la causa apostólica estaban sobre Manresa, aguardando el momento de la entrada, el cual no iba a depender de sangrientas peleas ni de empeñados asaltos, sino del soborno de la guarnición de la plaza. Decir cuánto enfrió esta noticia el ánimo de Tilín fuera inútil conociéndose sus bríos indomables y su natural violento y despótico para quien el empleo de la fuerza era una necesidad,   —127→   una delicia y la única razón y lógica posibles.

Resolvió ante todo presentarse al general en jefe a quien había escrito una carta muy expresiva la madre abadesa, y manifestarle que no podía servir a las órdenes de Pixola, porque Pixola era un hombre rastrero, vil, envidioso. Después pensaba pedirle el puesto de más peligro en los próximos combates, para borrar con un comportamiento heroico sus faltas de disciplina.

En San Fructuoso de Bagés halló Tilín al comandante general de los sublevados, el hombre de confianza de la Junta, el brazo de aquella inmensa intriga de canónigos inquietos, de inquisidores cesantes y de seglares sin empleo que tenía su centro en Madrid, no se sabe si en la sociedad del Ángel Exterminador (cuya existencia no está históricamente demostrada) o en el misterioso cuarto del infante D. Carlos.

D. José Bussons, llamado vulgarmente Jep dels Estanys, era un guerrillero anciano, seco, pequeño, pero fuerte y ágil todavía, de carácter violento y agrio. Hablaba poco, reía menos y era el hombre más blasfemo de Cataluña, y aun puede decirse de toda la cristiandad; pero esto no era obstáculo para que los píos autores de la rebelión hicieran de él   —128→   el Josué de la guerra apostólica, por aquello de operibus credite non verbis. Y las obras de Jep eran las más propias para despertar entusiasmo entre la genta oscura y envidiosa que rumiaba su descontento en claustros, sacristías y camarillas episcopales, porque poseía el instinto de la organización bélica y había establecido la práctica de que las gavillas de la Fe rezasen el rosario entre batalla y batalla. De la conciencia privada, digámoslo así, de Jep dels Estanys puede juzgarse por el hecho inaudito de recibir a bofetadas a los sacerdotes que quisieron prestarle los auxilios espirituales cuando fue condenado a muerte en el sangriento epílogo de aquella campaña.

Según declaró en su último instante, había estado diez y ocho veces en la cárcel por diferentes crímenes, aunque los principales, dicho sea en disculpa suya, eran delitos de contrabando. Su educación guerrera la hizo en las gloriosas peleas contra el fisco, y sus primeros laureles los ganó pasando géneros prohibidos. De esta escuela pasó a la de la guerra de la Independencia, saltando de contrabandista a coronel. Guerreó más tarde contra los constitucionales, ganando una pensión vitalicia de veinte mil reales con que el Rey quiso premiar méritos tan sobresalientes. Detestaba la vida pacífica y normal de las ciudades y el   —129→   noble trabajo de la industria. Su más grata mansión era el campo, su descanso el cansancio, su cama las duras peñas; tan bien vivía bajo un sol abrasador como sobre nieves y hielos, con tal que no le faltase un pedazo de pan y un tomate crudo para desayunarse. Cuando no había guerra era preciso, según él, inventarla, conformándose en esto con el pensamiento de Voltaire respecto a Dios.

No era ambicioso de riquezas; inquietábale un afán insaciable, que según unos era el afán de hacer daño. Despreciaba las penalidades y sabía cómo se conciliaba el sueño en los calabozos, lugares de comodidad y regalo para quien había aprendido a dormir a caballo o en la rama de un árbol. Tenía la audacia y la presteza del cernícalo, así como su crueldad. Su cara era seca, áspera y arrugada como un pedazo de leña vieja.

Cuando se ofrece a la contemplación de nuestros lectores, vestía uniforme de voluntario realista sin cruces ni insignias, no llevando el ingente chacó con que se decoraban los individuos de aquel cuerpo, sino la montera catalana doblada hacia adelante, como la usaban la mayor parte de las tropas. A estas las trataba caprichosamente, siendo unas veces severo con las faltas, y otras muy tolerante, según estaba de humor. La buena estrella   —130→   de Tilín quiso que este fuese bueno aquel día, y así después de observarle de pies a cabeza, le dijo el general:

-¡Ah! eres tú el que se ha criado en las faldas de las monjas... Bien, bien. Ya sé que eres valiente. A mí me gustan los hombres valientes sobre todo. A mí también me criaron monjas. Mi madre era criada de las madres del monte Olivete en Tortosa... Pero esto no hace al caso.

-Lo que pido a vuecencia -dijo Tilín con entereza- es que me conceda el puesto de mayor peligro en la toma de Manresa. De este modo lavaré mi falta.

-¿Qué falta? -preguntó Jep con asombro.

-La de no haber obedecido a Pixola. Yo quería tomar parte en la guerra y no estar mano sobre mano en Solsona.

-¡Ah!... Ya sé que Pixola es un bruto. ¿Quién hace caso de Pixola? Has hecho perfectamente en venir aquí... ¿Y qué grado tienes?... ¿Nada menos que comandante?... Cuando esto se acabe rectificaremos todos los grados, y el Rey, cualquiera que sea, dará los premios que cada cual merezca... Mira, chico, ya que estás aquí, puedes prestarme un servicio. Estos brutos no sirven para nada. Todavía están mis botas sin limpiar... Hace dos horas que están arreglando los   —131→   arneses de los caballos... Mira, Tilín, límpiame esas botas que están llenas de barro.

El comandante general, calzado con alpargatas y sentado junto a una mesa sobre la cual garrapateaba un oficio, señaló sus botas que estaban arrojadas en un rincón de la sala junto a un montón de ropa sucia. Viéndolas parecía que se veían los pies de un borracho. De un morral sacó Jep un cepillo y lo tiró al otro extremo de la sala.

-Ya tienes lo necesario -dijo tomando la pluma con no poca dificultad-. ¿Conque tú quieres un puesto de peligro? Lo mismo fui yo en mi mocedad. ¡Un puesto de peligro! Eso es, o ser soldado o no serlo. Lo demás se deja para las damas. El inconveniente, chiquillo, es que ahora no habrá puestos de peligro. Como nosotros guerreamos por órdenes que vienen de muy alto; como a nosotros nos apoya parte de la corte si no toda ella, y hay un manejo secreto que hace inútiles las bayonetas, la guarnición de Manresa se rendirá. Allá dentro hay unos nenes de sotana que harán más que todos los generales... Sin embargo, puede que tengas donde lucirte. Has subido mucho, monago; veo que aquí cada uno se da a sí mismo los grados que le acomodan.

Echose mano al bolsillo y sacando los trebejos de fumar, dijo:

  —132→  

-Mira Tilín, toma dos cuartos y vete a comprármelos de yesca. Doblas la esquina de esta casa, y enfrente ves la lonja del Alfarrás. Tráemela pronto, que quiero fumar... pronto digo: me gusta la gente de piernas ligeras.

El soñador Tilín, cuyo cerebro hervía con el movimiento y bullicio de gloriosas batallas, sintió su corazón atravesado por una aguja de hielo y una sensación de caída semejante a la que tenemos cuando en sueños nos despeñamos de una alta cima sobre abismos sin fondo. Arrojó el cepillo con desdén, y tomados los dos cuartos, salió diciendo para sí:

-¡El Demonio me lleve! Ni esto es guerra, ni estos son soldados, ni esto es causa apostólica, ni esto es decencia, ni esto es valor, sino una farsa inmunda.




ArribaAbajo- XIV -

Los intrigantes que dentro de Manresa trataban de ganar a la tropa de línea no pudieron convencer a algunos oficiales de la ventaja que obtendrían en su carrera, pasándose a la insurrección. Estos oficiales eran hombres de honor que no se vendían por dinero, ni   —133→   tampoco por las promesas de salvación eterna. Pero los conspiradores lograron sobornar a algunos y a casi todos los sargentos del regimiento de la Reina, empleando entre otros argumentos el de que la Junta de Cataluña tenía poderes secretos del Rey para sublevarse contra el mismo Rey. Al leer esta pestilente página de nuestra historia es preciso tener mucha lástima de un soberano contra quien se sublevaba una parte del reino, tomando su nombre. Pero la doblez ya proverbial del hijo de Carlos IV autorizaba este procedimiento.

Manresa tiene buena situación para una defensa. Rodéala en gran parte de su circuito el río Cardoner, y su planta es enriscada, agria y tortuosa, y pendientes sus calles. Una guarnición pundonorosa la habría defendido contra todas las bandas y somatenes que pueden eruptar las cavernas del Bruch, los bosques del Ampurdán y las grietas de la Cerdaña. Pero la guarnición, salvo la oficialidad y un puñado de soldados, sucumbió a las intrigas, no al plomo ni al fuego, y se dejó vencer por la astuta labia del padre Vinader, religioso mínimo, y del reverendo doctor D. José Quinquer, domero mayor de la Colegiata.

En la noche del 27 al 28 de Agosto penetraron de improviso las hordas apostólicas capitaneadas   —134→   por Jep dels Estanys, Caragol y Pixola.

Al grito de ¡Viva la religión! ¡Mueran los negros! Que es el grito que servía entonces para la consumación de todas las hazañas populares, fueron asaltadas muchas casas y ultrajadas multitud de personas que no eran todas liberales: la mayor parte habían incurrido en el desagrado apostólico por la tolerancia de su realismo y la suavidad de su celo religioso. La ciudad fue al punto dominada por los payeses, voluntarios realistas y guerrilleros, que unían sus berridos a los de la plebe manresana ya sobornada para dar a aquel acto de civilización todo el esplendor posible.

Los pocos soldados y los veinticinco oficiales leales se resistieron en el Ayuntamiento, dando ocasión a una refriega en la cual ambas partes se batieron valerosamente. Los leales hacían fuego desde los balcones, y los insurrectos intentaron varias veces el asalto. Dios sabe a qué extremo de encarnizamiento habrían llegado aquellos hombres si el comandante de la plaza no hubiera mandado a los suyos que se rindieran. Todo iba bien para los frailes, admirablemente; y con pocos heridos y menos muertos poseían una situación estratégica de grandísimo precio para dominar la montaña y tener en jaque a Barcelona.

  —135→  

Tilín y su gente sostuvieron el fuego en el Ayuntamiento al lado de la guardia negra de Jep dels Estanys, que mandaba la acción desde un callejón cercano. En lo más recio de ella, Tilín vio a Pixola que se metía entre el tumulto.

-¿Cómo estás aquí, sacristanillo? -preguntó el carnicero con asombro.

-Ladrón, estoy porque he venido -replicó el joven indicándole con un gesto que se apartara.

-¿Por qué saliste de Solsona?

-Porque me dio la gana, borracho.

El furor bélico de Tilín daba a sus palabras extraordinario brío. Si Pixola en aquel instante se pusiera delante en ademán hostil, de seguro le partiera en dos, como hacían los caballeros andantes con los endriagos y monstruos fabulosos.

Pepet habría deseado que el Ayuntamiento de Manresa fuera altísimo castillo con formidables torres y baluartes, para acometerlo y asaltarlo, despreciando el ardor de los defensores, y hacer allí uno de esos admirables desatinos que son pasmo de los siglos: pero cuando más sublimado estaba su espíritu con esta idea y cuando sentía en su grado más alto el delirio de la matanza y el espeluznamiento de la embriaguez marcial, viose que los sitiados no se   —136→   defendían; un pañuelo blanco se agitó en la ventana, acudieron parlamentarios, entró y salió un fraile llevando recados, y todo acabó.

-Cuando yo digo -murmuró Tilín hiriendo el suelo con furibundo pie- que ni aquí hay guerra, ni plan, ni soldados, ni idea ninguna, ni decencia, ni valor, sino una comedia indecente...

Los oficiales y soldados del Rey fueron al punto desarmados, y Jep, tomando posesión de la casa municipal, procedió a la formación de la indispensable Junta. Mientras se nombraba, los frailes y canónigos se confundían en las salas del edificio con los guerrilleros y jefes de somatén. Parecía aquello un mercado de infames ambiciones en que la vanidad cotizaba los servicios de cada sujeto en las campañas de la intriga. Un lenguaje soez compuesto de los vocablos más populares sobresalía entre aquel tumulto como el espumarajo que corona las olas agitadas del mar. Sobre aquel espumarajo de dicterios, de voces de venganza, de insultos y de blasfemias, se destacaron al fin los nombres de los elegidos para componer la Junta, el padre Vinader, de la orden de mínimos; el canónigo Quinquer, el guerrillero Caragol, el médico D. Magín Pallás y el regidor San Martín.

Durante la elección unos cuantos desalmados   —137→   de la horda de Pixola invadieron la casa del gobernador; arrastraron, sacándola del lecho donde estaba enferma, a su esposa, y ya les tenían a ambos en medio de la plaza con los ojos vendados para fusilarles, cuando D. José Saperes (Caragol) que era el más humano de los junteros acudió y pudo impedir un horrible crimen. Los demás atropellos no fueron de consideración. Pero gran parte del vecindario abandonó la ciudad en la mañana siguiente buscando refugio en Barcelona.

Inútil es decir que el primer cuidado de la paternal Junta fue publicar una proclama y dar las consabidas órdenes para que todos los oficiales se presentasen, sin que se olvidara la cobranza de un año de contribución y el reclutamiento de los quintos del último reemplazo. La tradición revolucionaria fue escrupulosamente cumplida, probándose que no en vano habíamos tenido en nuestra historia cursos completos de motines. La santa causa del Trono y del Altar, como decía la proclama de Manresa, que poco después fue quemada por la mano del verdugo, como lo fuera años antes la Constitución del 12, plagiaba ramplonamente a los demagogos de las Cabezas de San Juan.

El día después de la toma de la ciudad, Jep dels Estanys trató a Tilín con desvío, no demostrando   —138→   admiración de sus dotes militares, y después de preguntarle si tenía buena letra le puso a escribir oficios. Mucho disgustó a nuestro héroe verse en la triste condición de escribiente; pero no quiso manifestar su cólera. El mismo Jep debió conocer cuánto le mortificaba la inacción.

-Mira, Tilín -le dijo al día siguiente-, me ha hecho notar el Sr. Pallás, individuo de la Junta y médico de la ciudad, que las calles están llenas de inmundicias y que esto puede ser causa de enfermedades. No es natural que nuestros bravos chicos se ocupen en limpiar las calles, ¿verdad?

-Tiene razón vuecencia -repuso Tilín decidido a dejarse fusilar antes que envilecer su persona con el oficio de barrendero.

-Pues mira, Tilín, vas a hacer lo siguiente: ya sabes que la cárcel está llena de presos. Son los liberales y toda la gentuza negra de Manresa... conozco a algunos. Esos son los que van a poner a nuestra ciudad como el mismo oro. Llévate un par de docenas de hombres armados, entra en la primera tienda donde encuentres escobas y cubos para agua y toma tantos como sean los presos... me parece que estos pasarán de veinte. Luego vas a la cárcel, sacas a los negros y a cada uno le pones en la mano su escoba y su cubo. Ellos limpiarán y   —139→   tus soldados les vigilarán. Al primero que se niegue al trabajo, o murmure de nosotros, o pronuncie algún vocablo contra el Altar y el Trono me le dejas en el sitio. No te digo más.

Ni él necesitaba más. Aquella tarde se hizo todo como lo había mandado el jefe y las calles quedaron limpias de inmundicia. No así el corazón de los apostólicos que cada vez se enfangaba más.

El héroe de San Salomó había de tener otros empleos y ocupaciones durante su residencia de cerca de dos meses al lado de la Excelentísima Junta Superior. Un fraile que acompañaba a Jep en calidad de jefe de división y que tenía la audacia de escribir furibundos libelos con la horrible firma de El Padre Puñal, quiso tomar a Tilín por ayudante. Negose este y un día se trabaron de palabras. Cada cual sacó a relucir su jerarquía militar. De las palabras vinieron a las acciones y Tilín tuvo la suerte de poder pasearse sobre las costillas de su enemigo, a quien no dejó hueso sano. El escándalo fue grande y Pepet pasó a un calabozo, de donde le sacó días después otro fraile que le tenía gran afición. Viose luego maltratado por Jep dels Estanys y favorecido por Caragol; pero fue víctima de las hablillas, y una mañana Caragol le llamó simple.

Su carácter impetuoso, su afán por sobresalir   —140→   y su indómita soberbia, diéronle fama de díscolo y revoltoso, y nadie hacía buenas migas con él. Sus mejores amigos le abandonaban, y si hubiera intentado echarse al campo con un somatén de su propia pertenencia, no habría encontrado quince hombres que le siguieran. Aquella esfera de vulgaridad y de bajeza era muy impropia para el desarrollo de su carácter despótico y soberbio, que necesitaba acción incesante y vasto campo para ejercer su dominio. Aquella guerra no era guerra, era una campaña de rencillas, de insultos, de miserias, de contiendas pequeñas semejantes a las disputas de las verduleras. Una revolución grande y atrevida, una de esas revoluciones descaradas que atacan lo más firme en nombre de cualquier idea fija y van derechas a su objeto hasta que vencen o se estrellan, hubiérale sobrepuesto a la multitud, personificando en su ruda figura todas las violencias disfrazadas de justicia, la firmeza heroica y quizás todas las maldades y excesos de la pasión humana; pero en aquella sentina de intrigas frailescas tenía que hundirse necesaria y fatalmente. Era inepto para toda intriga. Capaz de los más febriles arrebatos del valor y de la audacia, en la ociosidad de la plaza ganada no era más que un pobre monaguillo.

El fraile que ya a fines de Setiembre le había   —141→   sacado de la cárcel le demostraba siempre mucho cariño. Regalábale frutas y dulces de monjas; pero con confites no se conquistaba el corazón inmenso del voluntario realista. Un día el padre Bernardino de Chirlot le dijo:

-Querido Armengol, si hubiera muchos hombres como tú, fácil sería dar al traste con ese fantasmón orgulloso que tiene forma humana y se llama Caragol. Yo sé que muchos religiosos verían con gusto que la actual Junta era disuelta a puntapiés y nombrada en su lugar otra de verdaderos católicos... A todas partes llega el francmasonismo.

-Padre Chirlot -dijo Tilín, ebrio de cólera- tan canalla sería una Junta como otra, y tan bestia es Caragol como todos los demás. ¿Quiere usted sobornarme para una sedición?

-Todo sería que te dieran medios para ello-, replicó el fraile, acariciándose la luenga barba roja semejante a la cola de un caballo.

-¿Me darían dinero?

-Tal vez -dijo el capuchino con malicia.

-¿Y hombres?

-Tú los buscarías. Con dinero convertirás las piedras en hombres.

-¿Y el objeto?... ¿el fin?... ¡Ah! ¡padre Chirlot de todos los demonios, para farsa asquerosa basta ya! Váyase usted con Barrabás.

  —142→  

Y se retiró dejando al fraile medianamente corrido.

Al llegar al alojamiento del general en jefe, vio a este en la puerta con las manos metidas en la faja, paseando de largo a largo.

-¡Monago! -gritó Jep dels Estanys.

Este nombre causaba a Tilín enojo violentísimo, que no se atrevía a manifestar por temor de hacerse más ridículo.

-¿Qué manda vuecencia? -dijo.

-¿Por qué estás tan pálido?... ¿Te pasa algo? El Demonio cargue contigo... Mira, monago, lleva mi caballo al río y dale un baño.

Pepet Armengol tomó el caballo, lo sacó de la ciudad, y al llegar al camino montó en él en pelo, y oprimiéndole los ijares con sus talones sin espuelas, lo lanzó a la carrera por el camino de Solsona. Su alma sentía inefables delicias en aquella carrera, semejante al loco desbordamiento de su fantasía. Estaba solo, corría, era libre.




ArribaAbajo- XV -

Llegó de noche a la ciudad y se apeó en casa de Mosén Crispí. Al día siguiente los pocos   —143→   hombres de armas que guarnecían la ciudad le recibieron con simpatía, mostrándose dispuestos a obedecer al sedicioso, por cierta inclinación instintiva que tenían todos ellos a la anarquía.

-¿Qué órdenes tenéis? -les dijo.

-Nada más que vigilar a los pocos presos que están en el Ayuntamiento y alojar a las facciones de Aragón y Navarra que llegarán dentro de dos días.

-Pues es preciso hacer todo lo contrario -afirmó Pepet gozando extremadamente en la rebeldía-, es preciso soltar a los presos y no preparar alojamiento alguno a esa nueva canalla que ha de venir.

En la mañana del 30 de Setiembre fueron puestos en libertad los presos, siendo los primeros que vieron la luz del día D. Pedro Guimaraens y D. Jaime Servet. En cuanto al borracho de Mañas que tenía en Solsona una sombra de autoridad, harto beneficio le hacían en no ahorcarle. El vino acabaría con él.

Llenos de alarma y susto estaban los solsoneses al ver que nadie mandaba en la ciudad, porque Tilín no se dejaba ver en sitios públicos, ni cuidaba de nada, ni impedía que unos cuantos desalmados cometiesen desafueros y maldades. También las monjas se asustaron, y cuando Tilín fue a visitar a la madre   —144→   abadesa en el locutorio, esta le echó un sermón por su mala conducta. El antiguo sacristán estuvo luego tres días sin repetir su visita, y rara vez se le veía en las calles de la ciudad.

Excusado es decir que Sor Teodora de Aransis que había sentido vivísimo contento por la ausencia del dragón, se asustó mucho cuando tuvo conocimiento de su llegada.

Puesto que esta ilustre señora nos ha de ocupar bastante en el curso de la historia presente, convendrá que como complemento de las amplias noticias que se han de dar, de su vida y de su carácter, mencionemos también lo que la rodeaban. De los objetos materiales que acompañan a la persona, sirviéndole como de marco, el que siempre ofrece más interés es la vivienda; y la vivienda de Sor Teodora es digna de preferente atención.

Desde aquel infausto día de Setiembre de 1810, cuyo recuerdo, a pesar del lento paso de los años, no se había borrado aún de la memoria de la madre Montserrat, la casa de San Salomó horriblemente profanada por los franceses, había recibido varias reparaciones; pero el ala occidental del claustro continuaba en el suelo. En la parte alta de dicha ala, formada por una fila de doce celdas, había una   —145→   gran solución de continuidad debida a la desaparición de cuatro celdas, de modo que quedaban cinco unidas al cuerpo central del edificio y tres aisladas en el extremo de la crujía. En la solución de continuidad subsistía parte de las paredes, el techo era nulo, las puertas estaban tapiadas, la galería de unión estaba reparada y era perfectamente practicable. Disputas y cuestiones entre las monjas sobre los fondos del convento habían impedido reedificar la parte demolida, y tan sólo se habían hecho las obras de albañilería necesarias para que la destrucción no fuese a mayores. A las tres celdas que habían quedado solas al extremo del ala, dieron las madres un nombre muy propio; las llamaban la Isla, y en ellas moraban dos religiosas. La tercera celda, muy pequeña y casi inhabitable, servía de despensa a entrambas señoras. Una de las monjas que habitaban la Isla era Sor Teodora de Aransis. En la época de nuestra historia era la única, porque su compañera había muerto.

El monasterio constaba: de un cuerpo de edificio pegado a la iglesia, y de dos alas paralelas que partían en ángulo recto y en dirección de Sur a Norte. Separábalas el rectángulo del claustro. El centro y ala de Oriente hallábanse intactos. El ala de Occidente era la que tenía la solución de continuidad y la Isla.   —146→   El claustro que resultaba de estas tres construcciones, estaba cerrado al Norte por el piso inferior que contenía el refectorio nuevo: en el superior hallábase abierto y un gran tejado servía de punto de unión impracticable a los extremos de las alas.

Diferentes veces dijo la madre abadesa a Sor Teodora de Aransis que mudase de habitación, para que no viviera sola en aquel apartado sitio; pero ella sin rechazar la idea, hizo propósito de permanecer allí durante el estío, por razón de la frescura que en aquella parte del convento se disfrutaba. La celda tenía su puerta hacia la galería del claustro, una pequeña reja al Poniente y otra grande al Norte, sobre la huerta, cuya frondosidad embelesaba el sentido en noches de verano. Desde aquellas rejas que distaban poco de la gran tapia del convento, se veían las murallas de la ciudad, sólo separadas de este por la tortuosa calle de los Codos, la puerta del Travesat y parte de la campiña y de las montañas.

Interiormente era la celda un lugar sosegado y delicioso por el dulce silencio que en él reinaba a causa de su alejamiento del centro del edificio. Perfecto orden reinaba allí, así como la pulcritud más refinada, no siendo la austeridad tan excesiva que convidase al ascetismo, ni tanta la pobreza que inspirase un   —147→   vivo anhelo de ser santo. Por el contrario, Sor Teodora tenía en su morada varios objetos primorosos que había traído de su casa, entre los cuales descollaban algunos vasos y jarros de plata, una alacena de talla que habría honrado a cualquier museo y un tapiz, obra de sus hábiles manos, que hubiera caído maravillosamente en el gabinete de una dama del siglo. Dos o tres pinturas del mejor gusto, algunas imágenes de madera que no lo eran tanto, tres docenas de libros, muchísimas flores contrahechas que casi competían con las verdaderas, completaban el ajuar.

Como la regla mandaba que las monjas no tuvieran cama sino un solo colchón puesto sobre el suelo, el lecho de Sor Teodora, como el de todas las monjas de San Salomó y el de muchas monjas que hoy existen en Madrid y provincias, era un inmenso colchón de tres pies de alto. Véase aquí cómo interpretando la regla por la manera más ingeniosa y burlándola en realidad, convertían las monjas la mortificación en comodidad, y la pobreza en el refinamiento del bienestar.

Ciertamente convidaba a una vida regalada y tranquila, tal como pueden desearla los egoístas más empedernidos, aquel dulce retiro que tenía las ventajas del aislamiento, del silencio, de la calma unidas a las comodidades   —148→   de una dorada medianía. Pocos habrá que no tengan la abnegación de ser pobres, austeros y recogidos en una cueva de tal naturaleza, donde no puede llamarse virtud el apartamiento del mundo. Había allí cierta elegancia unida al aseo más grato; había delicado olor de flores, que no sabemos si es parecido al que los beatos llaman olor de santidad.

Recogiose Sor Teodora en su apacible nido después de cerrar la puerta, no con llave ni cerrojo, porque las celdas de los conventos no tenían entonces aquellas seguridades, reputadas inútiles, sino simplemente con un picaporte que lo mismo podría abrirse por fuera que por dentro. Encendió su lámpara, tomó un libro y se puso a leer.

Después de leer tranquilamente por espacio de media hora, se puso de rodillas y rezó con fervor y recogimiento. Ya se llevaba las manos a la cabeza para quitarse las tocas, primera de las operaciones precursoras del acostarse, cuando sintió ruido en la puerta. Volviose sobresaltada por no ser costumbre que ninguna monja la visitara de noche, y vio con espanto... ¡Jesús Sacramentado!... parecía un sueño increíble, pero era realidad innegable...,vio a Tilín en persona, con su cuerpo uniformado, su cara morena, sus gruesos labios, sus ojos de fuego, su frente de bronce, sus cabellos duros.   —149→   El sacristán guerrero mantúvose en la puerta con una especie de timidez feroz, como si ni aun su colosal osadía tuviese la fuerza suficiente para traspasar aquel umbral sagrado. Había atropellado la ley de Dios, abolido su propia conciencia y no obstante se detenía tembloroso ante el pudor y la hermosura, cuyo imponente prestigio llenaba de confusión al miserable.

Sor Teodora no pudo gritar: cayó desfallecida en una silla, cerró los ojos y sus brazos se estiraron trémulos como para apartar un objeto terrible.

-Señora -balbució Tilín dando un paso y cerrando la puerta tras sí- no hay que temer nada de este miserable... no vengo más que a pedir perdón, señora... este miserable...

Procurando dominarse la monja se levantó para salir y pedir socorro. Tilín la detuvo con mano de hierro, y precipitadamente le dijo:

-Si usted llama, vendrán y seré descubierto, y habrá escándalo; mientras que si se calma y me oye un instante, nada más que un instante, me marcharé pronto, la dejaré tranquila para siempre, señora, para siempre.

-No quiero -dijo Sor Teodora, intentando desasirse-. Voy a llamar.

  —150→  

-Por Dios y la Virgen María que a mí me han desamparado, señora, óigame usted. Si usted grita me marcho, y si me voy no sabrá una cosa que le interesa mucho.

-Nada tuyo puede interesarme -exclamó ella ardiendo en ira-. Malvado, te aborrezco.

-Eso al menos es algo -murmuró Tilín con sarcástico gozo-. Yo no vengo sino a pedir perdón y a ver por última vez, por última vez a quien me aborrece.

Se dejó caer de rodillas y besó el suelo.

-Antes de privarme para siempre de ver la luz de mi vida -exclamó con voz ahogada-, he querido besar estos ladrillos. Era un deseo ardiente; no quiero morirme sin satisfacerlo. ¡Besar estos ladrillos! Es lo único que puedo alcanzar. Con poco se contenta el malvado aborrecido.

Absorta y petrificada, la de Aransis permaneció en medio de la celda con los ojos fijos en Pepet y las manos cruzadas. Los elegantes pliegues de su hábito blanco daban a aquella imponente figura belleza y majestad.

-Aquí está el hombre más infeliz del mundo -dijo Tilín, tocando los ladrillos con su frente- aquí está el polvo más vil que Dios tiene en el mundo con forma de hombre. Vilipendiado, aborrecido de todo el mundo, sin   —151→   gloria, sin honra, sin porvenir, sin ilusión alguna, este miserable no ve ya más que tinieblas y ruinas delante de sí... ruinas y tinieblas.

Miró después a la señora y le pareció más aplacada en su violento enojo.

-¿Y ni siquiera ha de merecer un ligero consuelo en su corazón? ¡Esto es horrible, señora! Los perros son más felices que yo. Soy criminal; pero ya que no puedo verme amado, quiero tener el único placer que me es lícito, el de verme perdonado.

-Sal de aquí al instante -dijo la madre con brío- y te perdono.

-Saldré, señora, saldré -replicó Tilín sin levantarse del suelo-. Mi vida es el infierno. Para comprender mi estado, no imagine usted las llamas y las calderas hirvientes de que hablan los predicadores; eso no basta, eso es frío y descolorido; imagine usted la falta absoluta de esperanzas y de ilusiones, la ruina completa de todo lo que edifica el espíritu... Ese es el infierno en que vivo yo. Mi único alivio será que usted me mire un rato sin ira, que me permita estar aquí y hable conmigo... y me diga, me diga: «Tilín...».

-¡Ni un instante! Malvado sacrílego... demasiadas pruebas te doy de mi bondad, pues que te escucho.

  —152→  

-Un momento pequeño señora; muy poco, muy poco tiempo...

-Nada.

-¡Estoy condenado!

-Condénate cien veces.

-¡Condenado por usted! ¡por usted! ¡por usted!

Y levantando la faz lívida hacia ella, añadió con voz ronca:

-Condenado por ti, monja, que pareces hechicera.

Y se cogió su propia cabeza por los cabellos, como cogería el verdugo la del recién degollado para mostrarla al pueblo.

-¡Condenado por ti! ¡por ti! -repitió ella- por tu execrable maldad y sacrilegio.

-Pues bien, señora, perdón, perdón, yo pido a usted perdón. Pero démelo sin ira, sin enfado, sin repugnancia, con aquella voz dulce y angelical con que me hablaba en mi niñez, con aquel mirar tiernísimo y aquel trato seductor que era mi encanto en tiempos mejores.

-Te perdono, márchate, y no vuelvas más aquí... Huye de mí, demonio del infierno.

La religiosa se cubrió el rostro con muestras de horror, y estremecimientos nerviosos sacudieron su cuerpo.

-¡Ni un momento siquiera! -murmuró Tilín apretándose el corazón.

  —153→  

Miró a la monja y la monja le miró a él. Grande fue la sorpresa de Sor Teodora al ver lágrimas en las atezadas mejillas de aquel hombre que tanto se parecía a un volcán por tener el centro de fuego y el exterior de piedra.

-Te perdono -dijo la madre con lástima, pero siempre con el mismo terror-. Vete, vete, te digo que te vayas. Infame bandido que has escalado los muros de la santa casa, huye de aquí, ¿no temes la maldición de Dios?

-¡Dios!... ¡Dios!... ¿Para qué hablar tanto de él? Mi Dios es otro. Si usted me permite estar un poco más, y contemplarla y referirle mis penas... mis penas que son grandes, atroces...

-No permito nada.

Tilín dio un suspiro y se levantó. Su semblante desconcertado y contraído parecía el semblante de un reo de muerte momentos antes de subir al patíbulo.

-¡Mal rayo! -exclamó con desesperación- ¡que el mundo sea así y no de otro modo! ¡Que existan estas paredes, y estos votos, y estas rejas horribles!

Con fiereza revolvió los ojos por la estancia.

-Adiós, señora -dijo en tono y con ademanes de loco.

Sor Teodora le señaló la puerta.

  —154→  

Acercose Tilín a la monja, retrocedió ella. Acercándose él más y bajando la voz le dijo:

-Antes de llegar los dos al otro mundo, nos veremos. Adiós.

Cuando él salió de la celda, Sor Teodora dio algunos pasos para observar por dónde iba; pero faltáronle las fuerzas consumidas en aquel cuarto de hora de angustias infinitas, y sintiéndose acometida de un desmayo se dejó caer de hinojos, apoyó la frente en la silla y perdió por un instante el conocimiento y el uso de sus claros sentidos.




ArribaAbajo- XVI -

Poco duró el síncope a la ilustre dama, y al reponerse, su primer cuidado fue correr a observar qué camino tomaba el dragón. Pero ni por la puerta de la celda, ni por la reja abierta al Sur sobre el emparrado y frente al palomar divisó forma humana. Teodora al dar por terminadas inútilmente sus observaciones, supuso que Tilín había entrado por la sacristía.

-Ese bribón -pensó- se ha quedado esta tarde dentro de la iglesia, o en algún rincón   —155→   de la sacristía. Al avanzar la noche salió de su agujero, como los ratones que van a hacer sus correrías y ahora se ha metido en él otra vez... Pero yo he de descubrir el escondite y he de armar una ratonera para enseñar a ese desalmado a jugar con el honor de respetables mujeres consagradas a Dios.

Como la puerta no tenía cerrojo puso tras ella todos los muebles que pudo cargar; mas ni aun con tal barricada quedó la señora tranquila, y rebeldes sus ojos al sueño, no podían apartar de sí la imagen fiera del voluntario realista. Acostose rendida, y no logrando hallar sosiego ni calmar la fiebre que el insomnio le producía, levantose y se puso a leer. Pronto advirtió que su atención se distraía del piadoso asunto del libro, corriendo hacia otros pensamientos, y atormentándose con un descarriado giro alrededor de las pasiones humanas. Para esto conocía Sor Teodora un remedio preciosísimo que guardaba en la gaveta más alta del armario. Al punto abrió la gaveta para sacar su precioso específico. Era un manojo de cuerdas con nudos.

Largo rato duraron los azotes, cuyo término fue cuando la viveza de los dolores anunció a la buena religiosa que un golpe más haría traspasar los límites de la penitencia para entrar en los de la barbarie. Sin embargo, como   —156→   testigos presenciales, podemos asegurar que los instrumentos de mortificación usados por la madre Teodora de Aransis no eran de los más destructores y que cualquiera podría hacerse santo con ellos sin riesgo de perder la vida temporal.

Abandonadas las disciplinas, pensó la dama que pues las oraciones no tranquilizaban su ánimo ni tampoco el cruento vapuleo, lo mejor sería ponerse al trabajo, y al punto tomó una obra de bordar que empezado había dos semanas antes.

Dábale a la aguja arriba y abajo, y cada vez que sentía algún ruido exterior o bullicio de las hojas de los árboles se estremecía y sobresaltaba. Así pasó la noche hasta la hora en que la campana del convento la llamó a maitines. No solía madrugar para asistir al coro, contribuyendo con su pereza, fundada casi siempre en dolores de cabeza o en cualquier desazón ilusoria, a la relajación de la disciplina; pero aquel día fue diligente y asistió al coro.

En el coro la madre Montserrat le dijo:

-Ya sé que ha estado usted enferma anoche.

-Yo... yo no, señora -repuso con turbación la de Aransis.

-Ha estado usted en vela toda la noche -   —157→   afirmó la vieja moviendo su apergaminada cabeza como un martillo-. Me pareció que vi luz.

-Entonces también usted ha estado en vela -dijo Teodora.

-También... Pero yo estuve rezando -replicó con malicia la madre Montserrat.

Trazó una grandísima cruz desde su frente a su cintura y de hombro a hombro, y volviendo la vista al altar tomó parte en el rezo general.

Sor Teodora no tenía criada, no ciertamente por alarde de pobreza, sino porque en su sentir las criadas dentro de los conventos no compensaban con sus servicios las molestias que ocasionaban ni los enredos que se traen chismorreando de celda en celda y ocasionando enemistades y sinsabores. Ella misma, pues, se hizo su chocolate y se preparó su comida privada, porque en San Salomó, como en muchos conventos modernos, aunque había refectorio y yantar común cada celda tenía sus festinillos a que asistían dos, tres, cuatro monjas, o más generalmente una sola. Sor Teodora disponía de una pequeña cocina en la tercera de las piezas que componían la Isla y allí, ayudada de una fámula de las que servían indistintamente a todas las monjas, se aderezaba alguna vez platos de su gusto. Aquel día, quizás con motivo   —158→   del largo insomnio, sintió la buena madre inusitado apetito y antojos de comer golosinas. Felizmente no carecía de elementos. Además de los riquísimos fiambres que se hacían en la gran cocina del monasterio, la hermosa dama recibía de su familia jamones y carnes mechadas que habrían tentado a un cenobita. En la alacena de talla que ocupaba lugar muy principal en su celda había manjares diversos que con un poco de lumbre serían de exquisito gusto.

Bastante tiempo empleó la señora en disponer algunas chucherías para su propio regalo pero cuando llegó la hora de comer apenas probó un poco de cada cosa. Su apetito, que la había incitado a trabajar con tanto celo en la cocina, había desaparecido. Guardó todo para dedicarse a su labor de aguja. Mientras trabajaba sintió deseos vivísimos de pasearse por la huerta y bajó; pero el aburrimiento obligola a subir de nuevo, y después de pasearse en su celda discurriendo lo que podría hacer para matar el tiempo consideró que lo mejor sería escribir a su familia. Casualmente no había contestado a la última carta de su hermano.

Después de escribir por espacio de un cuarto de hora tomó de nuevo el trabajo para bordar un ala de mariposa. Dedicose luego a deshacer un ramo de flores naturales que en un   —159→   búcaro tenía y hacerlo de nuevo, operación en que tardó media hora. Corría lentamente la tarde pesada, calorosa y larga, y Sor Teodora pensó que era conveniente para su alma rezar un poco. Bajó al coro, estuvo rezando largo rato, subió después a la cocina, descendió a la huerta cuando ya había aflojado el calor, y se paseó bajo el emparrado mirando alternativamente al suelo y al cielo.

Para que el lector comprenda bien a Sor Teodora de Aransis le diremos que aquel desasosiego, aquel constante mudar de ocupación, aquella caprichosa inconstancia en los empleos que había de dar a su fantasía y a sus manos eran fenómenos que se repetían invariablemente todos los días desde algún tiempo.

No nos es difícil inquirir la causa de este desasosiego ni nos importa nada decirla, porque no es depresiva para la noble señora. Ya hemos dicho a su tiempo que Teodora de Aransis consideró como un pecado digno de los más acerbos castigos poner toda su atención y sus pensamientos y sus afectos todos en las cosas de la guerra y de la intriga apostólica. Así desde que consideró pecaminoso aquel desvarío bélico y político, la buena madre hubo de intentar arrojarlo de sí y limpiar su espíritu de tan infame maleza. En efecto, no volvió a informarse de   —160→   ninguna particularidad relativa a la guerra, ni leyó las cartas de Doña Josefina Comerford, y siempre que venían a su pensamiento ideas de batallas ganadas o por ganar, de reyes caídos, de príncipes elevados o de trapisondas por la Fe, echaba prontamente sobre ello otras ideas e imaginaciones, como se echa tierra sobre el cadáver recién enterrado en el hoyo. El efecto de este sistema fue, como es fácil suponer, un estado de atolondramiento y vaguedad constante en el espíritu de la ilustre religiosa, que al hallarse apartado de su ocupación predilecta, pugnaba por tomar a ella, rechazando todas las distracciones que se le ofrecían para apartarle de su tema. En suma, Sor Teodora de Aransis se aburría lindamente en San Salomó, aunque ella misma no lo conocía y daba otro nombre a aquel su estado de constante zozobra, diciendo: -¡Ay, Dios mío, qué maniática me he vuelto!

Ya sabemos de ella que su religiosidad no era extraordinaria. La más preciada joya de su corona de monja era su conformidad con aquella vida y con la irremediable reclusión en que estaba sin saber fijamente por qué. Y no es fuera de propósito decir algo acerca de las causas del monjío de Sor Teodora de Aransis. Sus padres que ricos y nobles murieron tempranamente, dejándola en la orfandad con   —161→   otras dos hermanas de menos edad que ella, y un hermano mayor. Por desvío de su madre, fue criada por unos tíos que la fiaron a las Ursulinas de Lérida para su educación, la cual fue desempeñada tan cumplidamente en el orden religioso que a los diez y ocho años de su edad, Teodora, catequizada por las madres y por un capellán anciano que era un águila para el confesonario, no pensó más que en ser monja. Ninguna persona de su familia trató de contrariar esta vocación juvenil que por lo precoz debió haber sido sujeta a observación; antes bien los nobles tíos de Teodora y su madre, que en Francia residía, encendieron más y más en su alma el celo religioso, y avivaron la llama de su devoción, convenciéndola de que era una felicidad para ella abandonar el mundo y sus picardías. ¡Y qué poco le alabaron de palabra y por cartas su afición, y qué mal le pintaron las vanidades del mundo y la dificultad de salvarse fuera de los claustros!... La pobre joven, cuya acalorada imaginación necesitaba poco para tomar vuelo, abrazó la vida mística con deleite y entusiasmo, mientras allá en el perverso mundo sus hermanas menores se casaban con sus primos, y su hermano mayor derrochaba la fortuna paterna y metía ruido y escandalizaba y emigraba y se hacía jacobino.

  —162→  

En los primeros años ¡Ave María Purísima! la religiosidad y unción de Teodora fueron el asombro de San Salomó. Parecía que iba a eclipsar con su celo y piedad a las Teresas, Claras, Ritas y Rosas. No había culto que ella no practicase, ni mortificación que no se impusiese, ni sutileza mística que no discurriera para más elevar su alma. El amor divino la puso delicada y enferma, juntamente con las increíbles penitencias que se imponía en castigo de pecados que no había cometido, y para aplacar tentaciones que no había tenido. Pero así como se desvanece poco a poco la ilusión de un amor primero, tanto menos sólido cuanto mayor es su aparente vehemencia, así se fue disipando la seráfica exaltación de Teodora de Aransis a la manera que van apagándose las memorias y oscureciéndose la imagen del novio ausente. Así como las evoluciones de la vida física parece que sustituyen un ser con otro al verificarse el paso más importante de la edad, así el alma de la señorita de Aransis, mudó de aficiones y de ideas. Su vocación había sido, dicho sea sin irreverencia, como esos amoríos juveniles tan parecidos a los fuegos artificiales que se desvanecen después de haber sonreído y estallado en la oscuridad, y no dejan tras sí más que ceniza, humo, sombras.

  —163→  

Creeríase que Sor Teodora había estado hasta poco antes en la edad de los juguetes, y que entraba en la edad de las personas, en aquella edad en que los muñecos son arrinconados y entran a desempeñar su papel los hombres. A la seriedad afectada que tan mal le sentaba, sucedió una seriedad verdadera. Adquirió entonces un desarrollo físico que la hacía parecer más linda, y su interesante hermosura mostrose con todo el esplendor de una risueña primavera. En el recinto triste y sombrío de San Salomó, aquella belleza de un carácter gracioso, seductor, mundano y ligeramente maligno parecía, según la expresión de Mosén Crispí de Tortellá, la imagen del sol de Mediodía reflejada en el fondo de un pozo.

Sor Teodora debió conocer que era hermosa, extraordinariamente hermosa, porque el convento, a pesar de la disciplina y de todas las reglas estaba lleno de pícaros espejos. Ignoramos lo que pensó la ilustre dama acerca de su impremeditado casorio con Jesucristo; pero la idea del honor y del deber estaba muy profundamente arraigada en su alma, y tenía por sí tanta fuerza que sustituyó a la vocación. No pudo ser esto sin tormento interior; pues no hay, no puede haber sacrificio placentero, y al considerarse sepultada en vida y al conformarse a ello, Teodora ponía sobre sus sienes   —164→   una corona quizás de más precio que aquella de imaginarias espinas, con que soñaba en la época de místico delirio.

La devoción externa amenguó tanto en ella, que hubo de causar algo de escándalo. Esto la obligó a hacer esfuerzos para no parecer menos monja que sus compañeras. Pero al mismo tiempo la hermosa dama necesitaba apacentar con algo su espíritu, y diose a la lectura. Por algún tiempo leyó obras diversas tanto sagradas como profanas, aunque estas últimas eran autorizadas por la Iglesia. Más tarde se dedicó a criar pájaros. Después abandonó los pájaros regalándolos juntamente con los libros al padre capellán, y su alto espíritu y esclarecida inteligencia se apacentaron, se cebaron mejor dicho en aquel negocio delirante de las guerras. Nada hay más que decir, sino que al desechar de sí toda aquella maleza pecaminosa, se quedó tal cual tuvimos el honor de pintarla al comienzo de este capítulo, inquieta, desasosegada, caprichosa. Era una niña de treinta y dos años que no podía estarse quieta.

Y como en un convento, por más que se discurra, no se pueden inventar ocupaciones variadas y que interesen profundamente; como el continuo rezar no podía satisfacer aquellas constantes ansias de actividad, Sor Teodora había caído en el más grande tedio.   —165→   Nada de lo que hacía era en ella más que una fórmula. Rezaba por fórmula, y se azotaba por hacer algo. Cocinaba por capricho y trabajaba por mecanismo. El trabajo material no podía satisfacer sino parcialmente a su entendimiento superior. ¡Oh! si no hubiera tenido el contrapeso de un gran sentimiento del deber, aquel espíritu preclaro, de cuya exaltación fanática hemos visto alguna muestra en las expresiones y discursos de marras, habría hecho perder a Nuestro Señor una de sus esposas más guapas, aunque no es la hermosura la cualidad que más estima él.

Aquel día (y entiéndase que después de esta explicación retrospectiva, volvemos a aquel día, es decir, al que siguió a la nocturna diabólica aparición de Tilín) Sor Teodora tenía en qué pensar. Su terror era tan fuerte y de tal modo le repugnaban la pasión y más que la pasión la persona del desgraciado Armengol, que no cesaba en discurrir medios para impedir que volviese a poner los pies en el convento.

Pensó referir todo a la madre abadesa; pero luego desistió de este pensamiento por no dar motivo de escándalo en la comunidad y de grandísimo regocijo a la madre Montserrat, su terrible alguacil y enemiga. ¡Ah! ¡infame vieja! Ella fue la que por primera vez dijo que   —166→   Sor Teodora de Aransis ¡horrible calumnia! se acicalaba a escondidas en su celda, adobándose el rostro, perfumándose el cabello y refinando su hermosura con afeites y profanidades del mundo. ¡Ella la que constantemente le clavaba las aceradas uñas de su aleve ironía; ella la que desde su celda, situada en el extremo del ala oriental del convento, atisbaba noche y día la de Sor Teodora, situada en la Isla, observando con vigilante saña a qué horas de la noche apagaba la luz, a qué horas del día bajaba a la huerta!

No, no, lo mejor era callar aquel horrible secreto, tomando precauciones para que no se repitiera el suceso en las noches siguientes. En caso de reincidencia, revelaría todo, aunque el convento se hundiese, y con él la reputación intachable de casa tan noble, tan santa y venerable.

Firme en su idea de que Tilín se había ocultado en la sacristía, examinó aquella tarde la puerta de esta y viola clavada, como estaba desde que el voluntario realista saliera para Manresa. Grande fue entonces la confusión de la dama, y sin dar cuenta a nadie de su sobresalto, observó la reja del locutorio y la puerta interior de este; mas nada pudo hallar que indicase fractura reciente. Al anochecer retirose a su celda, muy descontenta de   —167→   sus observaciones, y estuvo más de una hora pasando mental revista a todos los escondrijos y agujeros de San Salomó, representándose en su imaginación la informe y heterogénea masa del edificio con sus muros hendidos, sus techos abollados, sus altas tapias absolutamente inaccesibles desde fuera.

No tenía sueño ni esperaba tenerlo en toda la noche. La temperatura era buena, aunque ya avanzaba Octubre. Sor Teodora salió a la galería, y apoyando sus brazos en el barandal, estuvo largo rato aspirando la frescura de la huerta y recreándose con un ligero vientecillo que a ratos venía del Norte y que le besaba el rostro. La noche era oscurísima y en el cielo brillaban algunas estrellas con tan vivo fulgor, que parecían haber descendido, según la observación de Sor Teodora, a contemplar desde cerca la tierra. Cansada de fresco y de astronomía, entró en su celda y entornó las maderas de la ventana enrejada. Después encendió la luz. El reló9 de la catedral dio las diez.

La idea del desamparo en que estaba y de la escasa seguridad de su celda volvió a mortificarla. Una barricada de muebles podía no ser obstáculo bastante para el monstruo. ¡Oh! ¡cuánto sintió en aquella hora no haber referido el inaudito caso a la madre abadesa!... ¿Qué debía hacer? Lo mejor era quedarse en   —168→   vela toda la noche, sin perjuicio de arrastrar todos los muebles hacinándolos junto a la puerta. Sobrecogida y espantada, miró a la puerta, creyendo sentir ruido fuera.

Sor Teodora dio algunos pasos para reforzar el picaporte con algún objeto que le sujetara, y antes de llegar quedose yerta y muda de terror. Su corazón dio un vuelco terrible cual si se rompiera en pedazos. Helose su sangre.

En la puerta que ligeramente se abría, apareció un bulto, un hombre... ¡el dragón!