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ArribaAbajo- XVII -

Conviene apartar los ojos por ahora de los sustos y congojas de aquella noble mujer, sometida por el pícaro Enemigo Malo a duras pruebas, para fijarlos en los pasos cada vez más errados y torpes, del infelicísimo voluntario realista, el cual parecía no ya sometido a pruebas o escrúpulos, sino arrastrado al mismo infierno por Satanás, atizador infame   —169→   de las humanas pasiones y perturbador de aquellas almas que encuentra organizadas con alientos grandes, mas sin el sostén de un sentido moral muy puro.

Por noticias de muy fiel origen sabemos que Tilín, luego que salió de la celda de Sor Teodora de Aransis, dejando a esta sin habla ni sentido, montó a horcajadas sobre el barandal de madera, y sin esfuerzo alguno, inclinándose de un lado, puso el pie en los palos horizontales del emparrado. No era preciso ser gran equilibrista para andar por allí, a causa de la robustez de los maderos. Andando a gatas y cuidando de evitar los huecos ocultos por el follaje, se podía recorrer aquel camino aéreo, especie de puente echado desde la galería hasta el palomar que estaba en el mismo borde de la tapia, punto donde acababa el convento y empezaba el mundo. El palomar tenía un reborde por el cual se podía andar fácilmente agarrándose a los ladrillos de las frágiles paredes que lo formaban; pero al llegar a la tapia, que en aquel sitio formaba un ángulo entrante casi recto, cesaba todo camino y era preciso volar para salir del convento. La pared era en lo exterior lisa, perfectamente vertical, y su altura de doce varas hacía ilusoria toda tentativa de escalamiento para entrar o de salto para salir. Tilín miró   —170→   hacia abajo y vio que todo era tinieblas en el callejón oscuro formado por las tapias de San Salomó y las murallas de la ciudad. Parecía aquello un abismo sin fondo, propio para que un desesperado arrojase en él la enojosísima carga de la vida.

Pero no era ésta la intención del joven realista. Ya sabía él por dónde andaba. En lo alto de la tapia y asegurado entre los ladrillos del ángulo que esta formaba con la pared del palomar, había un fortísimo clavo, del cual pendía hacia fuera una soga. La hábil colocación de esta y la firmeza del hierro que la sostenía indicaban no ser aquel un trabajo del momento improvisado por la pasión o el capricho, sino más bien obra de premeditación hecha con estudio y en sazón oportuna. El lector, si tiene memoria, comprenderá cuándo fue hecha esta obra. Tilín confió su cuerpo a la cuerda y echose fuera descendiendo lentamente con los puños, y al llegar a distancia como de tres varas del suelo buscó con el pie un objeto en la superficie de la pared. Hallado al fin aquel objeto que era un segundo clavo tan sólido como el de arriba y apoyando en él su pie, dejó la cuerda, agarrose con los acerados dedos a los huequecitos de los ladrillos y desde allí se arrojó al suelo.

En el momento de caer, una voz sonó a su   —171→   lado, y manos nada blandas le tocaron los hombros. La voz dijo riendo:

-Date preso, seductor de monjas.

-¡Quién va! -gritó Tilín desasiéndose de aquellas manos y arremetiendo a su descubridor con amenazadores puños.

-Alto, alto, señor Tilín -dijo este agarrotando las muñecas del sacristán con mano vigorosa-. Soy amigo. No tema usted nada de un pobre prisionero. Jamás he sido protector de monjas, y si lo fuera, callaría este caso, porque tampoco soy delator...

-¿Quién es usted?

-¿Tan desfigurado estoy que no me conoce? -dijo acercando su rostro al de Pepet.

-¡Ah! es el Sr. Servet si no me engaño.

-El mismo, y si por carácter no fuera discreto seríalo ahora por tratarse de un hombre a quien eternamente debo gratitud por la libertad que me ha dado.

-El demonio cargue con usted y con su gratitud -replicó Tilín, cuyo enojo no podía aplacarse con las corteses manifestaciones del que en tan mala ocasión le había sorprendido.

-Y con el mal humor de usted -añadió el llamado Servet-. En ninguna parte está mejor un secreto que en el pecho de un hombre agradecido. Si en vez de ser yo quien pasaba   —172→   por aquí hubiera sido otro, el Sr. Tilín habría tenido un disgusto. Mañana sabría toda la ciudad que las monjas de San Salomó...

-¡Por las patas y el rabo de Satanás! -gritó Tilín con ira- que si usted habla mal de las señoras o las ultraja, aquí mismo le arranco el corazón. Tengo ganas de matar a alguien.

-Hombre, ¡qué capricho!... Pues a mí me pasa lo mismo -dijo Servet flemáticamente-. Aquí tengo dos pistolas y un cuchillo de monte que me ha dado el señor de Guimaraens.

-Pues vamos -gritó Tilín como un insensato dando algunos pasos hacia la puerta del Travesat.

-¿A dónde?

-A matarnos.

Si la noche hubiera estado clara se habría visto en los ojos de Pepet Armengol el brillo siniestro de la locura.

-Eso debe meditarse antes -dijo el caballero D. Jaime con gravedad no exenta de burla-. Mi vida actual no es precisamente de las que merecen el nombre de deliciosas; pero ¡qué demonio! es preciso llevarla a cuestas y la llevaremos; no faltará un cabecilla que nos alivie de ese peso.

-¡Déjeme usted... déjeme usted solo! -exclamó Tilín apoyando su cuerpo en la muralla   —173→   de la ciudad y hundiendo la barba en el pecho.

-Pues adiós, adiós. Nunca me ha gustado ser importuno.

El caballero dio algunos pasos para alejarse. Con violento ademán se abalanzó Tilín hacia él y deteniéndole por un brazo, acercó el martilludo puño a su rostro y le dijo:

-Si usted deja escapar una palabra, una palabra sola que ofenda la honra, la fama y la santidad de las señoras de San Salomó, encomiéndese usted a Dios. ¿Está entendido?

-Entendido. Yo no he visto nada. Puede volver a subir si gusta.

-No subiré más, no. No subiré más -bramó el voluntario moviendo la cabeza con desesperación-. Y si subo o no subo, a usted poco le importa. Las madres de San Salomó son honradas. No hay ninguna que no lo sea. Yo soy el criminal, ellas no.

Servet encogió los hombros y volvió a retirarse.

-No, no se vaya usted -dijo Tilín deteniéndole primero y siguiéndole después.

-Pronto cambiamos de parecer, amigo.

-Yo no tengo amigos. ¡Ay! si tuviera alguno le pediría un consejo.

-Pues cuente usted que yo soy ese amigo y ábrame su corazón.

  —174→  

-No, no, no. Mi corazón no se abre, no se puede abrir, está ya soldado con plomo derretido.

-¡Qué exaltación, señor Tilín! Vámonos de aquí. Entraremos en la taberna de Mogarull o de Guasp, y beberemos un poco para que al buen guerrillero se le despeje la cabeza.

Tilín se dejó llevar como un idiota.

-Yo siento haber sorprendido un secreto tan delicado como el que acaba de descubrirme la casualidad -añadió el caballero mientras se internaban en la ciudad-. Pero no es culpa mía sino de la Providencia. Yo entré por la puerta del Travesat. Venía de casa del señor de Guimaraens que, entre paréntesis, si debe a usted la libertad, no puede olvidar que le debe también la prisión, y aguarda una coyuntura para desollarle vivo. Mi Sr. D. Pedro, luego que salimos de la cárcel me llevó a su casa, diome de comer y de vestir, obsequiándome con tanta finura que no sé cómo pagarle. Todo cuanto he necesitado lo ha puesto a mi disposición menos una cosa que me hace suma falta; un caballo, un caballo, señor Tilín, que me lleve a la frontera antes que estos benditos apostólicos vuelvan a prenderme.

-¡Un caballo! -repitió maquinalmente Tilín sin atender a la narración de Servet.

-El Sr. de Guimaraens, que salió anteayer   —175→   para Cervera a ponerse a las órdenes del conde de España... ¿no sabe usted que tenemos encima las tropas reales?... se despidió de mí con grandísima pena y me dijo: «Querido Servet, siento no poder darte un caballo; pero te ofrezco mi tartana, que es la mejor pieza que rueda en Cataluña». ¡Donoso regalo! Heme aquí, Tilín amigo, dueño de un coche que de nada me sirve y que daría por la pezuña de un caballo.

-¿Un coche? -dijo Tilín vivamente con muestras de gran interés.

-Sí, esa preciosa alhaja la tengo en una cabaña que está a cien varas de la puerta del Travesat. Esta tarde he traído mi vehículo gallardamente tirado por un asno, sobre cuyos lomos he roto medio fresno sin conseguir hacerle salir de un pasillo morigerado y tímido que me quemaba la sangre. Mi ánimo es buscar un caballo en Solsona, empresa difícil porque carezco de amistades en esta generosa ciudad de mis entrañas. Pero confío en Dios, que ya me ha dado pruebas de su protección deparándome un amigo al dar mi primer paso dentro de estos benditos muros... ¿Benditos dije?... ¡si yo os viera hechos polvo juntamente con toda la caterva apostólica!... En suma, señor Tilín amigo, yo considero harto feliz nuestro encuentro, acaecido del modo más extraño.   —176→   Entraba yo por la calle de los Codos, pensando en el coche que tengo y en el caballo que no tengo, cuando pareciome sentir ruido en lo alto de la tapia de San Salomó. Miré y no vi nada. Detúveme...

-No quiero que nombre usted a San Salomó.

-Detúveme y al fin vi un bulto que descendía por una cuerda.

-Basta.

-Era un hábil trabajo de volatinero que merecía verse, mayormente cuando se veía gratis. El bulto se desprendió arrojándose al suelo. Hay un clavo a la altura de la mano, señor Tilín. La idea es ingeniosa.

-Digo que basta.

-No se hable más del asunto. Lo principal es que realmente yo soy aquí el que cuelga, el que pende, no digo de una soga sino de un cabello, y bajo mis pies miro, no la deleitosa calle de los Codos, sino el insondable abismo de mi perdición.

-¿Necesita usted un caballo?...

-Sí; un caballo a quien confiar mi pobre persona para que la ponga en la frontera sana y salva. Si estoy aquí un día más, señor guerrillero, me expongo a perder otra vez mi libertad. En el caso de que los señores apostólicos que hay en la ciudad y los que pronto   —177→   vendrán fueran misericordiosos conmigo, ¿cuál sería mi suerte el día que entrase en Solsona el conde de España, vencedor y vengativo? Y ese día no está lejos, amigo Tilín; ya se han visto tropas del Rey a dos leguas de aquí. Guimaraens recibió anteayer órdenes fechadas en Cervera.

-¿Y teme usted al conde de España? ¿Pues no es usted espía de Calomarde?

-¡Espía yo!

-Entonces no hay duda de que es usted sectario y jacobino. Tenía razón Pixola.

-Tampoco soy jacobino.

-A mí no me importa que sea usted el mismo Lucifer, capitán del Infierno -dijo Tilín-. Nada me asusta. No tengo ya afición a ninguna causa política; todas me son indiferentes, mejor dicho, todas me interesan con tal que destruyan.

-¡Destruir!

-Sí, destruir. Dígame usted ¿no está la corte minada por los masones? ¿Es cierto, como aquí nos han dicho, que si los masones triunfan, destruirán todo, y no dejarán en pie nada de lo que hoy existe?

-Los masones no triunfarán.

-¿Qué bando hará tabla rasa de todo?

-El de ustedes si triunfara, pero tampoco triunfará.

  —178→  

-¿Y Calomarde pegará fuego a toda Cataluña?

-No lo creo; pero fusilará a todos los cabecillas que coja.

-Pregunto si pegará fuego a toda Cataluña.

-No lo sé.

-¿Y no demolerá las ciudades?

-Mucho es eso.

-Entonces ¿quién volverá el mundo del revés?

-Tampoco lo sé; pero de seguro habrá alguien que lo haga.

-¿Y quién lo hará?

-Uno que puede mucho.

-¿Es fuerte?

-Más fuerte que todos los tronos, que todos los partidos, que todos los hombres.

-¿Quién es?

-El tiempo.

-¡El tiempo! ¿dónde está ese tiempo que no viene?

-Ya vendrá.

-¡Oh! tarda.

-Es propio del tiempo tardar.

Tilín calló después profundamente. Seguían andando y de pronto detúvose el guerrillero y mirando al cielo con espantados ojos y haciendo un gesto convulsivo como si al mismo cielo amenazara, exclamó:

  —179→  

-¡Me aborrece!

-¿Quién?

-¡Necia pregunta! -dijo Tilín apretando fuertemente el brazo del caballero-. No tengo amigos; yo no confiaré a nadie lo que me pasa... Señor Servet...

-¿Qué?

-Míreme usted.

-Ya miro.

Los dos hombres se contemplaron lúgubremente en la oscuridad de la noche.

-Señor Servet -prosiguió Tilín acercando más su rostro al de su improvisado amigo-. ¿Es cierto que yo soy horrible?

D. Jaime no supo contestar.

-No, ciertamente. Un corazón generoso, una figura tosca, aunque enérgica y simpática, no pueden ser horribles.

-¿Entonces no es cierto que yo sea un monstruo?

-¿Un monstruo?

-Sí lo seré; pero de maldad, de... no sé de qué.

Después estuvo meditando largo rato, apoyado en un poste de las arquerías de la plaza de San Juan.

Delante de él Servet contemplaba su faz sombría alumbrada a ratos por la mirada, y su fuerte y áspera cabellera que parecía tormentosa   —180→   nube pesando sobre un horizonte inflamado en ciertos momentos por la sulfúrea luz del relámpago. El caballero cortó el silencio diciendo:

-Usted se ha malquistado con sus jefes. Es indudable que si le cogen los cabecillas apostólicos le fusilarán, y si cae en las manos del conde de España, le fusilará también. La común desgracia nos hará amigos y compañeros. Ayudémonos mutuamente, y huyamos juntos.

-¡Huir! -murmuró Tilín con sordo gemido-. Yo también huiré.

-Iremos juntos.

-No, yo tengo que hacer algo en Solsona.

Miró al cielo hacia la parte donde estaba San Salomó.

-Lo que más importa es no perder el tiempo, porque mañana, quizás dentro de algunas horas no habrá remedio para nosotros. Ya sabe usted que las facciones de Aragón y Navarra, en la imposibilidad de hacer cosa de provecho en aquellas provincias, vienen a reforzar las de Cataluña.

-Yo no sé nada.

-Se dice que pronto llegarán a Solsona. Yo temo volver a visitar los aposentos subterráneos del ayuntamiento, y usted no debe vivir muy tranquilo puesto que ya está declarado rebelde y pronto se le declarará vendido a   —181→   Calomarde. Sé lo que son revoluciones y sé cómo se trata en ellas a los que después de haberlas servido las abandonan.

Tilín no atendía a las razones harto discretas del forastero. Abstraído en otros pensamientos dijo de súbito:

-Yo tengo una casa en Cadí... allá en los bosques de la Cerdaña, donde apenas hay raza humana... ¡Qué soledad, qué soledad tan grande aquella!

-¡Ah! -dijo Servet-. ¡un buen guerrillero, cansado del mundo y herido en el corazón por los desengaños se retira a hacer vida de anacoreta en su casa solar! Muy bien. Me gusta esa idea que responde a dos necesidades urgentes, la de descansar de las fatigas de la guerra o de los sobresaltos amorosos y la de ponerse a veinte leguas del conde de España, cuya compañía debe evitar quien estime en algo la vida. Y el conde de España está en Cataluña... lo que equivale a decir que nuestras cabezas y las cabezas de todos los guerrilleros apostólicos están sobre el tajo. En mal hora vendrán esos valientes navarros y aragoneses, como no vengan, según se ha dicho, a someterse.

-El locutorio -dijo Pepet de súbito- está al lado del camarín, donde están el altar viejo y las piezas del monumento.

  —182→  

Pasmado se quedó el forastero al oír razones tan incoherentes y que tan mal respondían al asunto de que se trataba. Continuó hablando de la necesidad de huir, de la absoluta perdición de la causa apostólica, y cuando pidió a Pepet su parecer sobre tan importante opinión, respondiole el irritado voluntario:

-De aquí a mi casa de la Cerdaña... cuatro jornadas y cuatro descansos, uno en Regina Cœli, otro en Vilaplana, otro en Nargo, otro en Querforadat.

Oyendo tan desconcertadas razones, Servet pensó que aquel hombre había perdido el juicio.

-Cree usted -dijo Tilín echándose las manos a la espalda y dando algunos pasos en contrario sentido- ¿cree usted, Sr. Servet, que el viento Sur me será favorable?

-Si piensa usted ir en buque...

-No es eso, digo que será favorable... ¡Oh! no, mejor será el viento Nordeste.

Y miró al cielo para ver la dirección que llevaban las nubes.

-Norte fijo- afirmó Servet mirando también y riendo de los despropósitos de su nuevo amigo-. Cataluña necesita un poco de fresco para limpiar su atmósfera de lo que le viene del Sur. También tenemos al Rey D. Fernando en camino de esta tierra, y según todas las noticias   —183→   ya debe de estar cerca de Tarragona. Ese solícito y paternal monarca ha querido venir por sí mismo a aplacar la insurrección... ¿Sabe usted, señor Tilín, que más me huele a cáñamo que a pólvora?

El voluntario no contestó sino después de pasado un rato.

-Todo podrá quedar hecho en una hora -dijo mirando con extravío a D. Jaime-, y se hará, se hará.

Al decir esto oyose lejano y ronco el ruido de los tambores de guerra, y algunos hombres pasaron presurosos por la plaza disputando. Reuniose bastante gente, y entre el rumor de las hablillas oyose que decían:

-Las facciones de Aragón... ahí están.

-Ahí tenemos ya a la canalla que faltaba -dijo Servet-. Ya vengan a pelear, ya vengan a someterse, conviene evitar su compañía. Buenas noches, Sr. Tilín.

El voluntario le estrechó la mano, diciéndole:

-Tendrá usted el caballo que desea, pero es preciso que me dé su coche.

-Con la mejor voluntad del mundo -replicó el otro lleno de gozo-. Es un mueble que no me parece mío sino por lo que me estorba.

-Pues yo lo necesito: es para mí de grandísima utilidad.

  —184→  

-Como el caballo para mí. Bendito sea el momento en que, entrando por la calle de los Codos, vi descolgarse de la tapia...

-Basta. Usted no ha visto nada.

-Es verdad, amigo y protector mío: nada he visto.

Estipularon en seguida de un modo formal y definitivo el cambio que habían indicado. Servet daría su tartana a Tilín a trueque de un caballo. Mas como el guerrillero no tenía por el momento más que el suyo, o sea el de Jep dels Estanys, hizo solemne promesa de buscar el que Servet necesitaba, y de tenerlo a su disposición en todo el día siguiente.

No pudo fijar Tilín punto determinado para verse ambos amigos en el curso de las veinticuatro horas siguientes, «porque -decía- mis quehaceres serán muchos mañana, y no se me podrá ver por ninguna parte».

Al fin quedó concertado que Servet entregaría al día siguiente su coche y fuera al caer de la tarde a la posada de José Guasp, donde hallaría a un amigo de Tilín y con este el deseado caballo. Dándose afectuosos apretones de manos, despidiéronse cuando ya entraban en la plaza los grupos de guerrilleros aragoneses y navarros que acababan de llegar.

-¿Podremos hacer el viaje juntos? -dijo Servet al voluntario.

  —185→  

-De ningún modo -repuso este-. ¿Sale usted mañana?

-Contando con el caballo, mañana.

Tilín clavó sus ojos en el cielo. Ceñudo y fosco parecía leer en la tierra misteriosos anuncios del destino.

-Entonces...

Y dijo una frase que uno y otro ¡ay! habrían de recordar más tarde.

Aquella frase era:

-Quizás nos encontremos en el camino.




ArribaAbajo- XVIII -

El caballero D. Jaime Servet (de quien hemos de ocuparnos ahora con algún detenimiento) se retiró al campo y a la casa de Guimaraens, donde estuvo solo todo el siguiente día siguiente. Impaciente y sin sosiego, esperaba la tarde para ir a la ciudad y tomar el caballo prometido: así cuando comenzó a oscurecer quiso despedirse de la señora Badoreta, que por orden de su amo le había prestado ropa y algunos dineros para el viaje; pero la señora Badoreta no estaba en la casa, y el caballero tuvo que marcharse sin despedirse de ella, y   —186→   lo que es más sensible, sin comer. Partió hacia la ciudad. En la cabaña situada fuera de la puerta del Travesat halló a Pepet que puntual había ido a tomar posesión de la tartana. Estaba el guerrillero en compañía de seis hombres cuyo aspecto pareció a Servet harto sospechoso, y aun el mismo Tilín figurósele más sombrío, más ceñudo, más hipocondriaco que de ordinario. Pocas palabras cambiaron. Tilín anunció a su amigo que el caballo le esperaba en la posada de Guasp.

-¿No entra usted en Solsona? -le dijo Servet.

-No: está atestada de navarros y aragoneses. Me repugna esa gente.

Despidiose de su amigo, y como el día anterior le dijo:

-Quizás nos encontremos en el camino.

Servet entró en la ciudad. Vestía un traje ambiguo que de la cintura abajo era de caballero, y de medio cuerpo arriba de payés, terminando el atavío con la gorra catalana. Su chaquetón pardo con vueltas encarnadas dejaba ver el pecho donde se cruzaban los curvos mangos de dos pistolas, cuyos cañones desaparecían entre la seda de una faja morada. El pantalón de pana oscura era ajustado y desaparecía en la rodilla, bajo el borde de cuero de sus botas negras con espuelas de plata. A pesar de   —187→   la suavidad de la estación, no había olvidado la manta necesaria en las altitudes de los puertos del Pirineo.

Sin detenerse más que en comprar avíos para cargar sus armas, encaminose a la posada de Guasp, punto de mucha concurrencia, por ser la parada de todos los carros y caballerías, y además porque el despacho de vino y comidas reunía en la oscura y fétida sala baja a todos los holgazanes de Solsona y sus cercanías. Aquella noche el figón rebosaba de gente, y por su enorme puerta chata y gibosa salía un bullicio ronco y un vaho inmundo semejantes a las blasfemias y al vinoso hálito que salen de la boca del borracho. El humo de los cigarros envolvía el enjambre de bebedores en una nube que hacía palidecer las luces. Componíase tan noble concurrencia de guerrilleros navarros y aragoneses, y estaban discutiendo si seguirían hacia Manresa o se volverían a su país, pues ya la guerra se tenía por abortada. Cuando D. Jaime entró, oyó que decían: «Nos han engañado... nos han tendido un lazo. Esto es una farsa... Volvámonos a nuestra tierra». Algunos hablaban la jerga indefinible en la cual los éuscaros hallan gran belleza eufónica, y que la tendrá realmente cuando sea bello el ruido de una sierra.

Servet buscó al posadero, a quien conocía   —188→   desde antes de su prisión, y hallado aquel insigne hombre, cuya semejanza con un tonel sostenido en dos patas de oso era perfecta, le preguntó por el caballo que había dejado Tilín. El posadero le contestó que el caballo estaba en la cuadra. Grande era la prisa de Servet, pero su hambre era mayor, y así, resuelto a acallar tan fiero enemigo, pidió un poco de carne asada y vino. Procuraba buscar los sitios más oscuros y huir de los grupos más bullangueros; pero en todas partes había gente. Dirigíase a un rincón que era sin duda el más ahumado, el más tenebroso y el más fétido del local, cuando viose frente a frente de un hombre alto y proceroso que clavó en él sus ojos con asombro. Para figurarse aquel hombre, es preciso que el lector se figure antes una zalea bermeja cuyos abundantes vellones apenas dejan ver unos pómulos rojos, dos ojos azules y una nariz mediana. La zalea era la barba, lo demás la cara de tal individuo, que apenas tenía frente, y esta desaparecía bajo el borde redondo de una gorra blanca.

Servet le miró también y se estremeció de terror; mas disimulándolo, siguió adelante. Oyó que el coloso barbado decía a otro de poca talla, regordete y moreno:

-Oricaín, mira esa cara.

Y señaló al forastero que quería confundirse   —189→   entre la multitud. El pequeño dijo al grande:

-Zugarramundi, ¿estás seguro de que es él?10

Servet salió al patio que era grande y tenía en uno de sus costados un gran tinglado a cuyo amparo pensaban gravemente mulas y caballos. Púsose a examinar los animales buscando el suyo, y afectando no ocuparse de los que le seguían; pero estaba muy intranquilo, y en vez de caballos y mulas veía los inmensos peligros que tan a deshora le habían salido al camino.

De pronto oyó tras de sí la voz del gigante barbudo que gritaba:

-Carlos, Carlos, baja.

Y después la voz de otro que dijo:

-Señor coronel Navarro, baje usted.

Ya no quedó al forastero duda alguna respecto al grandísimo aprieto en que se vería; pero como era hombre de mucho temple, pensó que la precipitación y azoramiento podían perderle. Afortunadamente pasó el mesonero con una cesta de paja, y Servet, formando un plan al instante con la rápida inspiración que infunde el peligro, le dijo:

-Señor Guasp, me siento indispuesto y   —190→   quiero pasar aquí la noche. Deme usted un cuarto.

-¡Un cuarto! -gruñó jovialmente el tonel con forma y alma humana-. ¿Y de dónde voy yo a sacar un cuarto? Como no quiera usted uno de los cuatro míos.

-¿No hay ninguno? ¿Ni siquiera aquel donde dormían los volatineros hace dos meses?

-¡Ah!... aquel, sí... libre está, y si usted lo quiere, saque la llave de mi bolsillo. No puedo valerme de las manos.

-Gracias... Aquí está la llave -dijo Servet, retirando su mano de los bolsillos del señor Guasp.

-¿Sabe usted cuál es el cuarto?

-Ya, ya sé -dijo el caballero dirigiéndose sin precipitación al otro extremo del patio donde había una puerta que más bien de pocilga que de habitación para hombres parecía.

Mientras abría la puerta, observó a los que le observaban. Eran el individuo de las espesas barbas, su compañero y un tercer personaje con uniforme militar. No distinguió Servet su cara, pero la reconocía en la oscuridad de la noche y la reconociera en medio de las tinieblas absolutas.

El caballero entró en su vivienda y cerró por dentro.

-Ahora -pensó- que venga a buscarme.

  —191→  

Y se ocupó en cargar sus pistolas. Hecho esto, aplicó el oído a la puerta.

-Ya viene -dijo- y por el ruido que hace parece que trae un regimiento para cazarme... Bien, señor Garrote, tu cobardía no se ha de desmentir un momento. Traes cien perros contra un solo hombre. ¡Oh! Maldita sea cien veces mi suerte -exclamó hiriendo furiosamente el suelo con su pie-. Me cazará como a una liebre.

Llevó su mano a la frente y se dio un golpe con ella, como para que del choque brotase una idea. La idea brotó.

-No, no, no seré tan necio que les espere aquí. ¿De qué me valdría una defensa desesperada? ¡Ah! malvado asesino; no sospechaba que fueras jefe de estos bandidos de Aragón y Navarra. Debí sospecharlo, porque allí donde hay bandoleros has de estar tú para mandarlos.

Volvió a escuchar. Bulliciosa gente se acercaba por la parte exterior.

-¡Ah! ¡cobarde sayón! -murmuró Servet corriendo a la ventana y abriéndola-. Por esta vez se te escapa la pieza... ¡Maldito seas de Dios!

Mientras sonaban golpes en la puerta, él midió la altura de la ventana sobre el suelo. No era mucha, y aunque lo fuera, no vacilara   —192→   en arrojarse. Saltó y hallose en un corral. Felizmente había un gran portalón a poca distancia y entrose en él sin saber a dónde iba. No había dado diez pasos por aquel recinto acotado, cuando se vio acometido por dos enormes perros, de los cuales a pesar de su brío, no pudo defenderse. Le magullaron atrozmente un brazo y una mano. Un mozo apareció armado de garrote; mas sin darle tiempo a que le acometiera, fue derecho a él Servet y apuntándole con una pistola, le dijo: -Si al instante no me abres camino para salir a la calle, te mato. Sujeta esos perros o si no, te mato también.

Sin duda el joven (pues era un joven hortelano de pocos alientos) creyó que se las había con algún personaje de campanillas y no con ladrón o ratero de gallinas como al principio pensara, porque temblando de miedo, le dijo: -No me mate usted, señor, y le enseñaré por dónde se va a la calle.

Los perros contenidos por el muchacho dejaron de acometer al fugitivo.

-¿Es usted...? -balbució el joven.

-Déjate de preguntas... guía pronto y sácame de aquí, porque te mato.

-Venga usted, señor, y guarde esa pistola, por amor de Dios.

Y le condujo a una puerta, que abrió. Al   —193→   verse en un callejón oscuro y estrecho, el caballero dijo: -¿Qué calle es esta?

-El callejón del Cristo.

-¿A dónde va?

-Por la izquierda a la plazuela de las Tablas, por la derecha a la calle de los Codos.

-¿Y a dónde sale la plazuela de las Tablas?

-A la muralla y a la cuesta de Peramola, donde están las veinte casas arruinadas.

Servet miró a un lado y otro como el hombre que viendo dos muertes iguales a derecha e izquierda, no sabe cuál preferir. Pero era preciso decidirse y se decidió. Sin decir adiós al muchacho, tomó hacia la izquierda.

Iba despacio, pegado a las casas para ocultarse más en la sombra. Antes de llegar a la plazuela de las Tablas, sintió ruido de muchas pisadas de hombres que parecían brutos y una voz que claramente lanzó al negro espacio estas palabras:

-Por aquí ha de salir, por aquí... No puede escaparse.

Volviendo atrás y corrió a escape en dirección contraria. Era aquel más que callejón un tubo, sin salida lateral alguna. No vio puerta abierta, ni ángulo, ni resquicio. Andaba por allí como la bala por el ánima del cañón. Su fuga era semejante a la que emprendemos en sueños, cuando nos vemos perseguidos por horrible   —194→   monstruo y no tenemos más escape que correr por larguísima galería que no se acaba nunca, nunca. El monstruo nos sigue, nos alcanza y la galería, ¡oh angustia de las angustias! no tiene fin.

Salió por fin a una calle que era la de los Codos. Siguiola en dirección a la puerta del Travesat, porque hubiera sido temeridad tomar la vía contraria en dirección al corazón de la ciudad. Sus perseguidores le seguían: eran muchos, veinte o treinta lo menos, a juzgar por las patadas y los gritos. Decían: «Ahí va, ahí va».

La calle de los Codos era como una zanja formada por la muralla de la ciudad y la tapia de San Salomó. Tres ángulos agudos y contrarios, determinados por los baluartes, hacían de esta zanja un zic-zac. Servet apretó el paso. Llegó a un punto en que sus perseguidores no podían verle porque la noche era oscura y porque además le protegía la pared saliente de San Salomó. Allí, detrás de aquel gran pliegue del muro se detuvo para respirar. Pero no había tiempo de tomar aliento, porque los sabuesos venían y sus infames ladridos sonaban cerca.

Con rapidez inapreciable Servet pensó que su única salida era la puerta del Travesat; pero en la puerta había guardia y era más fácil   —195→   cogerle. ¿Se arrojaría por la muralla? No, porque sería milagro que no se estrellase.

-¡Ah! -exclamó con súbito gozo-. Dios es conmigo.

Alzando su mano la extendió por la pared de San Salomó hasta tropezar con un grueso y fuerte clavo. Se agarró a él y su cuerpo trepó... Al punto buscaron sus manos una soga, la hallaron y haciendo un esfuerzo desesperado subió como un marinero. ¡Arriba! Subía con el corazón, con el impulso de su sangre hirviente, con el empuje elástico de sus músculos de acero, con su pensamiento atrevido, con su alma toda.

Una vez arriba prestó atención. La jauría pasaba. Oyó después disputar en la puerta del Travesat. La guardia sostenía que por allí no había salido nadie. Los infames cazadores retrocedían para reconocer la muralla, donde había lienzos destruidos por donde un hombre podía escabullirse y bajar aunque difícilmente al campo. No parecían sospechar de San Salomó, y recorrieron la calle de los Codos y después salieron al campo, y volvieron a entrar, y tornaron a salir metiendo tanta bulla que no parecía sino que en Solsona andaba suelto el demonio.



  —196→  

ArribaAbajo- XIX -

La idea de su triunfo regocijó de tal modo a Servet, mejor dicho, le enloqueció tanto que estuvo a punto de gritar: «¡Galgos del infierno, no me cogeréis aquí!».

No pudo reprimir la risa que le inspiraba el inútil furor y la confusión de sus perseguidores. Se reía con toda su alma inundada de una complacencia delirante. Creía sentir bajo su cuerpo la trepidación del convento y del pueblo todo lo que era como la prolongación de su carcajada.

Siguió observando y vio que sus perseguidores se detenían al pie del muro, y uno de ellos señalaba a lo alto. Uno había sospechado, y la idea no había parecido a sus compañeros absurda. Les oyó discutir: después miraron todos hacia arriba, como si un secreto instinto u olfato de sabueso les indicase que allí estaba el rastro del hombre perdido. Servet tuvo cuidado de retirar la cuerda. Ellos seguían mirando: al fin retiráronse todos y quedaron algunos como de guardia.

  —197→  

-Esos salvajes -pensó Servet- serán capaces de registrar el convento.

Comprendiendo que allí era grande también el peligro si no tomaba resolución pronta, Servet exploró el lugar adonde su buena o su mala estrella le había llevado, y vio confusamente las negras alas del convento, el emparrado tendido como un puente de verdes pámpanos entre el muro y el edificio, y por último una luz en la reja más cercana. Entre tanto, un dolor agudísimo en el brazo recordole que había sido mordido poco antes y que su herida ensañada por el esfuerzo últimamente hecho y por el roce de los ladrillos iba a tomar carácter de gravedad. Su debilidad recordole también que no había comido nada en todo el día y que era urgente acudir a la restauración de fuerzas tan bien empleadas hasta allí y tan necesarias aún si Dios no se ponía de su parte.

Pronto comprendió nuestro fugitivo que no podía haber dado con su pobre cuerpo en sitio menos a propósito. ¡Un convento de monjas! ¡Buen genio tendrían las madres para recibir a deshora huéspedes llovidos! La extraordinaria santidad de aquel lugar hacíalo ¡cosa horrible! casi tan inhospitalario como el Infierno. Pero ni estas consideraciones, que habrían bastado para dar en tierra con el corazón más esforzado, abatieron el de Servet que confiaba   —198→   mucho en las soluciones providenciales e inesperadas, en los bruscos cambios de la suerte, o si se quiere decir más clara y cristianamente, en la misericordia de Dios.

Encomendose a él con todo su corazón y deslizose por el emparrado adelante, poniendo pies y manos donde parecía haber resistencia. Andaba como un gusano, y su situación, con ser tan deplorable, le hacía sonreír. Cerca de él brillaba la claridad de una luz que parecía arder en el recatado y honesto recinto de una celda. La reja estaba entreabierta. ¡Oh, Dios poderoso! En el interior una hermosa monja leía.

El caballero pensó lo siguiente:

-Necesito ahora de toda la audacia, de todo el descaro, de toda la sangre fría que puede tener un desesperado.

Entre los peligros, mejor dicho, la muerte segura que había fuera de aquellos muros y las desconocidas soluciones que podría ofrecerle aquella casa, no debía existir vacilación. La inspiración divina que le llevó desde la calle de los Codos a deslizarse como un reptil por entre los pámpanos, podría sugerirle dentro de San Salomó recursos salvadores. Era preciso tener mucho arrojo, firmeza grande en la acción y rapidez suma, lo mismo que cuando se va a dar una gran batalla.

  —199→  

Concibió su plan y con aquella prontitud aquilífera que es la cualidad primera del genio estratégico lo empezó a ponerlo en ejecución. Saltó a la galería, empujó primero suavemente la puerta de la celda y viendo que cedía la abrió con fuerza... entró.

Súbitamente cerró tras sí y dirigiéndose a la monja y poniéndole su puñal al pecho, le dijo:

-Si usted da un grito de alarma, si usted llama, si usted denuncia de algún modo a la comunidad mi entrada en el convento, me veré precisado a matarla, y la mataré con sentimiento; pero sin vacilar un instante. El peligro me obliga a ser despiadado.

Ya dijimos que Sor Teodora de Aransis había creído ver un bulto, un hombre, el dragón. Su sorpresa y terror fueron mayores al ver que no era Tilín el que entraba: era un desconocido.

El miedo, el estupor, la vista del arma terrible cuya punta tocaba su pecho, quitáronle todo movimiento y paralizaron el curso de su sangre y hasta de sus pensamientos, y detuvieron en su garganta la palabra. Sólo pudo exhalar un débil gemido, como la cordera próxima a morir, y balbució estas palabras: «Hombre, no me mates, no me mates».

Había cruzado sus hermosas manos blancas   —200→   y con suplicantes ojos más que con palabras pedía misericordia al aventurero intruso.

-Señora -dijo este, amenazando siempre con su arma-. No soy un ladrón, no soy un asesino, soy un desgraciado caballero víctima de las discordias civiles y de una miserable venganza. He entrado aquí al azar huyendo de un inmenso peligro; no vengo a llevarme nada ni a faltar al respeto; sólo pido amparo por poco tiempo, un hueco, un escondite. Elija usted entre la muerte y otorgarme lo que le pido, comprometiéndose a ocultarme en sitio seguro, si, como creo, es registrado esta noche el convento para buscarme.

Sor Teodora no podía decir nada. Convulsión violenta agitaba su cuerpo y sus ojos desencajados se fijaban en el aparecido como en espectro aterrador. El intruso tuvo una idea. Volviéndose rápidamente cerró la puerta, y tomando una silla sentose delante de ella.

-Señora -dijo gravemente bajando la voz-, mi situación en esta celda es sumamente desagradable para mí. Mi brusca entrada en esta casa de paz y santidad, la audacia con que he profanado esta celda honesta y venerable, presentaranme a los ojos de usted como un ser aborrecible, espantoso. No podré con palabras hacer que se forme de mi una opinión mejor, no: el peligro en que me veo me ha obligado a   —201→   amenazar a usted con esta arma que sólo usan los malvados... Pero no, yo intentaré... yo intentaré, convencer a usted de que no soy un criminal, sino un desgraciado, el más desgraciado de los hombres. Me he hallado solo en la ciudad, frente a centenares de enemigos... ¿No es legítima mi defensa? ¡Ah! señora. Mientras yo tenga sangre en mis venas, mientras mi mano pueda empuñar un arma y mi cuerpo pueda sostenerse, no entregaré mi vida a la ferocidad de esa gente, no mil veces... He luchado contra inmensos obstáculos. A punto de caer en manos de mis verdugos, un milagro me ha salvado, la mano de Dios me ha levantado y me ha puesto aquí... Es preciso que yo me salve, no porque estime en mucho mi vida que poco vale, sino para no dar a esos miserables el regocijo de la victoria... Señora -añadió con noble acento- perdone usted la violencia de mis palabras y mis crueles amenazas. Han sido recurso impuesto por la necesidad, superior a mi carácter, a mi respeto, a todo, por el peligro que convierte en fieras a los seres más pacíficos.

Sor Teodora empezó a recobrar el uso de sus pensamientos, de sus palabras, de su acción.

-Váyase usted de mi celda -dijo con torpe y angustiosa voz- salga pronto de aquí, y acójase   —202→   en cualquier parte del convento. Yo no le denunciaré... yo no.

-¡En cualquier parte del convento!... No conozco el edificio. Si le registran esta noche para buscarme...

-¿Y quién, quién se atreverá a registrar a San Salomó?

-Quien se ha atrevido a cosas mayores, señora.

-Salga usted al instante de mi celda -repitió Sor Teodora restableciéndose prodigiosamente en el ejercicio de sus facultades intelectuales y vocales-. No puedo tolerar esta profanación horrible. Salga Vd. y ocúltese... no diré nada. Si usted no se va, gritaré y llamaré a las hermanas. Por pronto y bien que usted me mate, no me faltará un aliento para pedir auxilio.

-¡Oh! no -exclamó el caballero-. Me arrepiento de mi primer arrebato. No pondré la mano en quien ya me ha prometido un poco de amparo permitiéndome que me oculte en cualquier parte del convento. Ya he encontrado una generosidad que no esperaba, y esto me mueve a abandonar el papel odioso que, a pesar mío, he hecho al entrar aquí. Señora...

El intruso se levantó.

-¿Qué?

  —203→  

-Señora, si yo pudiera mover a compasión el espíritu elevado y piadoso de usted me tendría esta noche por el más feliz de los hombres. He entrado aquí inspirando miedo. Prefiero cualquier beneficio otorgado por la caridad a las mayores ventajas concedidas por el miedo.

-Bien, bien -dijo Sor Teodora deseando poner fin a aquella escena que aún le parecía espantosa pesadilla-. Váyase usted, ¡por las llagas de Jesucristo!... váyase usted... escóndase en cualquier parte... Yo haré que no sé nada... Es lo único, lo único que puedo hacer.

-Yo saldré, saldré -dijo Servet- pero si usted me lo permite...

-No admito réplica... Fuera, fuera de aquí -prosiguió la monja adquiriendo al fin dominio sobre sí misma y acercándose con paso seguro y ademán imponente al intruso.

-¡Oh! ¡señora!... cómo me atreveré a pedir a usted un poco más de compasión, un poco, casi nada.

-No oigo una palabra más. Salga usted... ya no temo sus armas, las desprecio, porque mi deber se sobrepone a todo y al miedo de morir.

-Señora...

El caballero dio un gran suspiro, apoyose en la silla, después dejó caer su cabeza sobre el   —204→   pecho, y sus brazos desfallecidos extendiéronse a un lado y otro. Volvió hacia la ilustre religiosa su semblante pálido, y con dolorido acento le dijo:

-Estoy herido.

Sor Teodora se quedó cortada y parecía meditar. El forastero caía rápidamente en profundo marasmo. Mortal palidez cubrió su rostro y su voz sonó cavernosa como la del que agoniza.

-¡Herido! -repitió la monja, mirando el brazo ensangrentado-. Es verdad.

-Si la caridad, señora -murmuró el caballero- no se sobrepone en el ánimo de usted al rencor que le he inspirado, al sentimiento de la profanación de esta casa por mi entrada importuna, a su recato y a su escrupulosidad de monja, declárome abandonado no sólo de los hombres sino de Dios, y me resigno a morir. No puedo más.

Cerró los ojos y su abatimiento fue más visible.

-Mis escrúpulos -indicó Sor Teodora con entereza- no me impedirán dar a usted algunos auxilios. ¿Esa herida es grave?

-Es la mordedura de un perro; siento dolores horribles. Después he tenido que trepar por la tapia de San Salomó y me he magullado horriblemente el brazo herido.

  —205→  

-Mi conciencia -pensó la religiosa- no me dice nada contra la idea de curarle esa herida, y vendarle el brazo.

Y dirigiose a la alacena para sacar de ella lo necesario.

-¡Oh, señora! -dijo el intruso con fervor-. Ya veo que Dios no me abandona. Perdón, perdón por mis amenazas al entrar aquí, por mi lenguaje descortés. Creí entrar en la caverna de un enemigo y me encuentro en la morada de un ángel.

Sor Teodora echó vino en un vaso. Parecía muy atenta a preparar la medicina, pero su semblante estaba ceñudo y no indicaba gran tranquilidad en su alma.

-Señora y venerable madre -añadió el herido, tomando su puñal y sus pistolas y poniéndolos sobre la mesa-. Ahí tiene usted las armas que le han inspirado tanto miedo. En presencia de un ángel de bondad me desarmo. Me entrego a usted en cuerpo y alma y estoy dispuesto a obedecerla. Me someto a su autoridad, y si mi bienhechora se arrepiente de serlo y me denuncia, hágalo en buena hora. ¡Infeliz de mí! Antes lo fiaba todo a mi audacia y al arrojo que me infundía el peligro; ahora lo fío todo a la nobleza y a la caridad de esta dama tan santa como hermosa, que tiene pintada en su semblante la bondad de los ángeles.   —206→   ¡Bendito sea Dios que me ha traído aquí!

La de Aransis dejó un momento su obra para recoger las armas y ponerlas en otro sitio.

-Soy de usted -dijo el herido con sumisión-. Mi libertad, mi vida, están en sus divinas manos.




ArribaAbajo- XX -

Poco después los blancos y finísimos dedos de Teodora se acercaban temblando a la herida y tocaban sus bordes doloridos. El semblante de la religiosa era todo compasión, y el del aventurero gratitud.

-Esto debe lavarse -dijo ella.

Sin detenerse echó agua en una jofaina de plata, añadiéndole gotas de una esencia aromática que perfumó la celda. Después de lavar la herida aplicó sobre ella el vino que había batido con aceite y la vendó al fin cuidadosamente.

Clavando sus negros ojos en el herido, señaló la puerta y le dijo:

-Ahora...

-Ahora, sí -repuso él de mala gana sin moverse   —207→   de su silla-. Si yo me atreviera a decir a la señora una cosa...

Hablaba en el tono más humilde.

-¿Qué cosa? -preguntó Sor Teodora con severidad.

-Que me muero de hambre, señora.

Al decir esto parecía que sus fuerzas se extinguían y que iba a perder el conocimiento. La monja miró al suelo, luego al intruso, después a la rica alacena de talla que guardaba tantos tesoros.

-Las inmensas fatigas del día de hoy -añadió Servet con profunda lástima de sí mismo- no me han permitido llevar un pedazo de pan a la boca. El hambre y el cansancio me agobian de tal modo, señora, que si usted me arroja de aquí en este triste estado, no podré dar un paso.

La venerable madre volvió a fruncir el ceño. Parecía vacilar. Después dirigiose a la alacena y sacó de ella un objeto que despidió olores gratísimos al olfato: era una gallina asada. Su dorada pechuga, sus gordos muslos medio achicharrados por el fuego, convidaban a la gastronomía. El hambriento se reanimó sólo con la vista de tan hermosa pieza, honra de las cocinas de San Salomó.

Sin decir una palabra, la monja tendió sobre la mesa un mantel, blanco y limpio   —208→   como el cuello de un cisne, puso en él la fuente con la gallina, un pan entero y una botella de vino blanco que en el subido color de oro y delicadísimo aroma indicaba sus muchos años. Hecho esto, sin olvidar el cubierto y un vaso de plata, se apartó de la mesa, y tomando una silla sentose en ella, volviendo la espalda al intruso que había caído ya sobre la cena. Sor Teodora no acompañó con una sola palabra su acción, ni tampoco con una sola mirada. Tomando su libro de oraciones, se puso a leer.

-Si mil años viviera -dijo el hambriento, después de los primeros bocados- no tendría tiempo bastante para agradecer a usted lo que ha hecho por mí esta noche, venerable madre.

Hubo una pausa durante la cual nada se oía más que el ruido del comer. La de Aransis miró de reojo y viendo que el intruso, después de hacer desaparecer media pechuga y un ala, se detenía, levantose y volviendo a la alacena, sacó unas lonjas de jamón adornadas con esa filigrana de cocina que llaman huevos hilados y es tan agradable al paladar como a la vista.

-Gracias, señora -murmuró D. Jaime-. Mi hambre ha sido satisfecha y me basta.

La monja sacó también un plato de confituras y se lo puso delante. Sin mirarle, ni cambiar con él palabra alguna, volvió a su   —209→   asiento y tomó su libro. ¡Qué ganas de rezar la habían entrado! Sin duda quería desagraviar a Dios del grandísimo desacato y profanación que la entrada de aquel hombre en su celda representaba. Pero el aventurero se cansó del largo silencio, y deseoso de romperlo, habló de este modo:

-Bien sé, reverenda madre, que el hombre que ha entrado aquí como un ladrón amenazando y aterrando, no merece ser tratado con miramiento ni consideración. Lo más que se puede hacer por él es darle una limosna, pero nada más, nada más.

Sor Teodora no pronunció sílaba ni movió pestaña. Parecía una de esas estatuas en que el arte ha representado a un grave personaje histórico leyendo sobre su sepulcro.

-Bien sé que este hombre no merece consideración -añadió el caballero-. Si se le conociera bien, quizás la tendría; pero no se le conoce, no es más que como un saltador de tapias. ¡Ah! si se conocieran sus inmensas desgracias, los móviles que le han traído aquí, quizás, quizás no tendría el sentimiento de ver apartados de sí los ojos de su bienhechora. Permítame usted -añadió dirigiéndose a ella- que me duela este desvío. No estoy acostumbrado a él. He tenido la suerte de encontrar hasta hoy simpatías, afecto, amistad en todas partes.   —210→   Bien sé que pedir esto en el caso presente sería mucho pedir... He recibido mucho más de lo que podía esperar y mi gratitud será eterna.

Inclinose profundamente con el mayor respeto.

-Demasiado favor es -dijo Sor Teodora sin mirarle- auxiliar a un hombre desconocido que ha entrado aquí como entran los ladrones sacrílegos.

Entonces le miró y con súbito enojo le dijo:

-¿Pero no se marcha todavía?...

-Espero las órdenes de mi dueño -replicó el intruso inclinando su cabeza.

-Váyase usted.

-¿A dónde, señora?

-Al Infierno... ¿qué sé yo?

-No puedo salir de San Salomó mientras estén en Solsona las guerrillas de Navarra. Me es imposible, señora. Si salgo mi muerte es segura: entre mis cazadores hay uno que jamás perdona.

-¿Y qué me importa eso? -dijo la monja alzando bruscamente los hombros y cerrando el libro.

-Yo he puesto mi vida en manos de usted, señora, en esas manos que han nacido para ser generosas y que lo serán, aunque usted misma no quiera. He entregado a usted mis armas.   —211→   Estoy indefenso. Si usted no quiere completar su acción caritativa ocultándome en el convento por esta noche, abra esa puerta, llame a las buenas madres que duermen, alborote la casa, toque la campana de alarma, llame a las autoridades de la ciudad y entrégueme a ellas. Si usted lo hace lo acepto, recibiré mi perdición y mi muerte como si vinieran de Dios.

-¿De modo que insiste usted en quedarse aquí? -dijo la de Aransis confusa y asombrada.

-Por mi voluntad sí, señora, porque nadie va voluntariamente a su ruina. Si usted en conciencia cree que debo ser arrojado de este asilo que me deparó la Providencia, arrójeme en buen hora.

-¿Hase visto un descaro igual?... ¡Un hombre en mi celda!... ¡Jesús y María Santísima de mi alma!

La madre se llevó las manos a su preciosa cabeza cubierta con las blancas tocas.

-No pretendo que usted me oculte aquí, sino en cualquier otro sitio donde esté seguro. Lo pido como se piden los favores, no con amenazas ni con armas; usted hará lo que su conciencia le dicte, señora, o entregarme a mis enemigos o salvarme.

-¿Cómo he de salvar a quien no conozco, cómo? No es virtud sino pecado ocultar al criminal   —212→   y ponerle a cubierto de la justicia.

-Yo no soy criminal, ni nunca, nunca lo he sido, señora -declaró el intruso con acento patético y conmovido.

Su acento tenía la admirable entonación del honor verdadero que no puede confundirse con ninguna otra. Los histriones más hábiles apenas pueden fingirla. Sor Teodora que tenía su alma fácilmente abierta a la convicción, principió a experimentar hacia Servet las agradables sensaciones que producen los movimientos de benevolencia en el corazón humano.

-Por el que está en esa cruz -dijo el herido extendiendo su mano hacia el crucifijo- juro que no soy criminal, que no lo he sido nunca, que esta cacería que ahora sufro no es motivada por ningún hecho deshonroso.

-¿El cazador de usted quién es?

El caballero vaciló un instante. Comprendiendo que la verdad le salvaría dijo:

-Es un celoso.

-¡Un celoso! -repitió Sor Teodora sintiendo su cerebro cargado de ideas que repentinamente entraron en él.

-Un celoso y además un fanático. Si yo le contara a usted esa historia, usted que es buena y noble dejaría de ver en mí un criminal atrevido, y si en el curso de ella aparecían   —213→   faltas y faltas graves, seguro estoy de que me las perdonaría.

-Tal vez no -replicó ella que había empezado a sentir abrasadora curiosidad sin poder precisar de qué ni por qué.

-Y pongo por testigo a Dios de que la protección que usted se digne concederme esta noche no será mal empleada ni recaerá en persona indigna de ella. No es vanidad, señora, lo que voy a decir; si usted, faltando a todas las leyes de la caridad, diera la voz de alarma y me entregase a mis enemigos, cometería un crimen abominable, porque crimen es entregar al verdugo un inocente.

Sor Teodora replicó frunciendo el ceño:

-Eso podrá ser verdad y podrá no serlo.

-Sí, podrá ser verdad y podrá no serlo. Pero esto no lo ha de decidir el discernimiento frío de un juez, sino el corazón noble y generoso de una dama, de una religiosa, de una santa. Elija usted, señora.

Sor Teodora dio un gran suspiro indicio cierto del grave compromiso en que estaba su alma, fluctuando entre el rigor de los deberes monásticos y la bondad de su corazón. No siempre va este en perfecto acuerdo con las tocas.

-No me será muy difícil creer -dijo después de una larga pausa- que no estoy delante   —214→   de un ladrón, bandolero, o asesino. Bien veo por su lenguaje que no pertenece usted a esa pobre clase plebeya de la cual salen todos los malvados. Hasta llegaré a creer que pertenece usted a la clase más alta de nuestra sociedad. Ciertos modales y lenguaje no se adquieren sino habiendo nacido a larga distancia del populacho... Pero hay muchas especies de criminales desde que la política ha trastornado la sociedad, y quizás usted, sin ser precisamente reo de esos feos delitos propios de la baja plebe haya cometido otros que me vedarían en absoluto ampararle.

-Señora, no comprendo a usted.

-Desde que me entregó sus armas, desde que usted me habló de esa terrible persecución que sufre, formé un juicio que creo ha de resultar cierto. A ver si me engaño: el afán con que usted huye de los guerrilleros de Navarra, es porque sin duda algún celoso defensor del Altar y del Trono ha visto en usted a un enemigo de esta causa sagrada. Usted es espía de Calomarde y de las tropas del Rey que ya están sobre Cervera. ¡Oh! señor mío, no creo en la farsa de esa cacería por celos, no: tanta inquina en ellos, tanto recelo en usted, me prueban que anda por medio la pasión de las pasiones... la política. ¿Y siendo usted amigo de esos hombres corrompidos que vienen a sofocar   —215→   esta santa insurrección por la Fe, se atreve a buscar asilo dentro de los muros sagrados de San Salomó?... ¡Qué audacia!

-¡Oh, señora! -exclamó el caballero, cruzando las manos-. Nada podré ocultar a usted. Dios ha dispuesto que me revele a mi bienhechora tal como soy... Me he fiado a su generosidad y su generosidad no puede faltarme. Hallo en usted un carácter que despierta en mí grandísima afición y simpatía, y no puedo dejar de corresponder a ese carácter, mostrando la parte principal del mío, que es el amor a la verdad. El corazón me dice que de tan noble y hermosa dama, que de tan ejemplar religiosa no he de recibir más que beneficios. Señora, me presentaré a usted con mi verdadera forma, y así me haré más acreedor a su amparo... Yo no soy espía de Calomarde.

-Entonces...

-Los defensores de la llamada causa apostólica y los realistas de Madrid son igualmente extraños a mis ideas y a mis acciones. Habiéndome impuesto ahora el deber de decir a usted la verdad pura, creyendo que así ha de tomar más interés por mí, le diré... Salga lo que saliere, señora, digo a usted que soy liberal.

Sor Teodora sofocó un grito y se puso pálida.

  —216→  

-Y repito ahora lo que antes dije -manifestó el intruso arrodillándose ante la monja en la actitud más respetuosa-. Reverenda madre, disponga usted de mi suerte. Entrégueme usted a mis enemigos o salve esta pobre vida, según lo que su conciencia le dicte.

-¡Jacobino! -murmuró Sor Teodora santiguándose.

-Así nos llaman -dijo festivamente permaneciendo de hinojos y alzando los ojos para contemplar la soberana hermosura de la monja-. Así nos llaman... De modo que tiene usted de rodillas a sus pies al mismo Demonio.

-Levántese usted -dijo la de Aransis bruscamente.

-No me levanto hasta no oír mi sentencia de esos labios -repuso galantemente el caballero-. ¿Será posible que mi franqueza no despierte en usted la piedad? A un hombre que muestra así el más grave de sus secretos ¿se le puede negar amparo?

Sor Teodora había llegado al más alto grado de confusión. Bien lo comprendía Servet, el cual, conocedor del corazón humano había visto en la ilustre dama uno de esos caracteres que se conquistan más fácilmente con la verdad y la franqueza, que con la violencia y la amenaza. La de Aransis era en efecto como él creía. Para conquistar su benevolencia   —217→   era preciso confiársele resueltamente, someterse a ella sin rodeos. El desconfiado, el artificioso, el astuto no serían sus amigos; pero el franco, el leal y el verdadero sí.

-Lo que usted me ha dicho -indicó mirando tan fijamente al caballero que parecía querer penetrar sus más íntimos pensamientos- me mueve a tratarle como el mayor enemigo de esta casa. Yo no puedo dar asilo a un jacobino, enemigo de los Reyes y de la Fe.

Servet inclinó su cabeza en señal de resignación.

-Por consiguiente -añadió ella alzando la mano y estirando el dedo índice como un predicador- voy a dar aviso a la comunidad para que llame a las autoridades de Solsona.

El caballero se inclinó otra vez. Las miradas y el tono de Sor Teodora no parecían indicar sentimientos tan crueles como los que sus palabras expresaban.

-Sin embargo -añadió- prometo ocultarle y favorecerle, si me revela el objeto de su venida a Solsona y las conspiraciones de jacobinos que entre manos trae... porque usted ha venido sin duda con algún fin contrario a esta porfía apostólica que hay ahora.

-Si yo comprara a ese precio el favor de usted, señora -dijo el caballero con entereza- sería un miserable. Yo creí que usted no me   —218→   tendría por un miserable. ¡Revelar lo que se nos ha confiado como un secreto! No, señora. En lo que usted me pide, acaba la franqueza y empieza la deshonra. La reverenda madre no sabrá nada de mis labios. Yo no soy traidor a mis amigos y favorecedores. ¿Esperaba usted mi contestación para dar la voz de alarma a la comunidad? pues ya la tiene... He dicho antes que me sometía en cuerpo y alma a mi bienhechora. Desarmado estoy... puede perderme si gusta; salga usted... no tema que lo impida violentamente.

Corriendo a la puerta, puso su mano en el picaporte.

-Quieto -dijo vivísimamente Teodora corriendo a impedir aquel movimiento.

-Es que no puedo acceder a la traición que se me exige.

-No importa... yo no quiero que nadie sea desleal -replicó la monja, acompañando su voz de un ademán tranquilizador-. Me he acordado de mi pobre hermano, que como usted tiene la desgracia de ser jacobino. ¡Pobre hermano mío! A su recuerdo debe usted mi piedad.

-¿Entonces me favorece usted, se decide a ampararme?

-Sí -repuso ella sonriendo ligeramente.

Pareciole a Servet, al ver aquella sonrisa,   —219→   que veía, como vulgarmente decimos, el cielo abierto.

-¡Oh! ¡gracias, gracias, señora! -exclamó acercándose a ella con intención evidente de besarle las manos.

-Por Dios, hable usted más bajo, más bajo -dijo Sor Teodora retirándose y poniéndose el dedo en la boca.




ArribaAbajo- XXI -

-En la otra celda de la Isla... en el cuarto de la leña... en la sacristía... no, mejor será en la iglesia... no, en la iglesia no... En la covacha del hortelano... no, en la torre... ¿por qué no en la iglesia?... dentro de uno de los altares...

Estas palabras dichas por Sor Teodora de Aransis, con la voz apagada, los ojos fijos en el suelo y un dedo sobre el labio inferior, demostraban la gran vacilación de su alma. Iba nombrando los distintos lugares donde el caballero podía esconderse, pero tan pronto como los nombraba los desechaba, por no ofrecer la seguridad absoluta que el caso requería. El problema era dificilísimo; pero la dama   —220→   se aplicaba a él con la constancia y el ardor de un buen matemático. Después de indicar varios sitios apuntando en seguida sus inconvenientes, miró al caballero y le dijo:

-Verdaderamente no hay en la casa paraje alguno donde no pueda usted ser descubierto. Si no se tratara más que de la noche, fácil sería... pero usted quiere estar oculto toda la noche y todo el día de mañana...

-Hasta que se vayan esos salvajes de Navarra.

La venerable madre, demostrando un interés que contrastaba un tanto con su anterior desvío, volvió a enumerar los distintos rincones de San Salomó.

-Hay aquí al lado una celda que no tiene uso -dijo-. Nadie entra en ella... pero la madre priora guarda la llave... y si se le antoja entrar... la madre priora tiene el don de hacer las cosas cuando menos falta hacen... Suele venir a mi cocina que está entre las dos celdas, y si siente ruido... o si se le antoja... porque tiene unos antojos muy ridículos...

-Y recibo la visita de esa respetable señora... En tal caso procuraré que no tenga quejas de mi cortesía.

-Quite usted allá, hombre de Dios -exclamó la dama mostrando por segunda vez al caballero su linda dentadura-. De todos modos   —221→   es preciso que usted me deje sola lo más pronto posible... Bien podría suceder que cualquier hermana pasase por aquí y viese un hombre en mi celda... En tal caso resultaría muy mal recompensada mi generosidad.

-No pasará eso, señora. Las buenas madres duermen. Dios vela su sueño y los ángeles de la guarda impedirán que este acto caritativo sea descubierto y mal interpretado por la malicia.

-Mucho confío en el amparo de los ángeles de la guarda y en la bondad de Dios -dijo la señora- pero lo mejor es que salga usted de aquí.

Estaban sentados los dos el uno frente al otro junto a la mesa central de la celda, y la luz de la lámpara iluminaba de lleno ambos rostros.

-Nadie que esto viera -añadió la monja contemplando a su huésped con curiosa fijeza- podría interpretarlo como lo que es realmente, como un acto caritativo... ¡Cuántos juicios equivocados se forman en el mundo! ¡Cuántas personas inocentes son víctimas de la maledicencia!...

-Pero hay un juez que todo lo sabe, y que nunca se equivoca en sus sentencias. A ese hay que apelar despreciando los vanos juicios de los hombres, inspirados siempre en el odio   —222→   o la envidia... Pero no quiero mortificar por más tiempo a mi bienhechora, permaneciendo aquí.

Se levantó.

-Estaba pensando -dijo la madre- que pudiendo trepar por una ventanilla que está sobre la puerta de la sacristía, podría usted ocultarse fácilmente en el camarín. Hay allí mil objetos... Pero no: el sacristán ha dado ahora en la manía de arreglar aquello y todo el día está revolviendo trastos... ¿Dónde, Jesús Sacramentado, dónde?... Déjeme usted pensar.

Apoyó la frente en la palma de la mano. El caballero se sentó de nuevo y esperó las decisiones de su ángel bienhechor. Después de largo rato el caballero no oyó más que un suspiro.

-¿No halla usted mi salvación, reverenda madre? -dijo al fin Servet.

-¿Qué? -exclamó bruscamente ella como si fuera arrancada de una meditación profunda.

-Lo mejor será que no se mortifique usted más por este desgraciado. Si Dios ha decidido ampararme esta noche nadie lo podrá impedir.

El caballero volvió a levantarse.

-Yo creo -dijo Teodora en tono de lástima y melancolía- que Dios no le abandonará a usted si son ciertas, como creo, esas cristianas   —223→   ideas que ha manifestado. El que confía en Dios nuestro Señor y amantísimo padre, será salvo.

-Tantas, tantísimas veces me ha librado de inmensos peligros, que he llegado a creerme invulnerable, y siento un valor muy grande para acometer los trances difíciles y arriesgados. Mi secreta confianza en Dios me ha sostenido durante mi juventud, la más borrascosa que puede imaginarse, por las pasiones, los trabajos, las sorpresas, los compromisos, las penalidades, los triunfos y las caídas que en ella ha habido, y es tal mi vida, reverenda madre, que yo mismo me recreo echando una ojeada hacia atrás y mirando esas turbulentas páginas ya pasadas.

La idea de una vida agitada, fatigosa, llena de pasiones y sobresaltos, de dolores y alegrías contrastaba de tal modo con la idea que Sor Teodora tenía de su propia juventud, la más monótona, la más solitaria, la más desabrida de todas las juventudes posibles, que la dama ilustre sintió vivo interés ante aquella existencia que se le presentaba como un drama vivo. Su discreción era tanta que pudo disimular aquel interés y curiosidad ansiosa, diciendo:

-La juventud del día vive en locos afanes. No dudo que la de usted habrá sido y será de las más desasosegadas.

  —224→  

El huésped se sentó.

-La mayor desgracia de mi vida -dijo- ha sido siempre no poseer lo que amo y amar todo lo que no puedo poseer, corriendo siempre detrás de cosas imposibles.

-Ese mal parece muy común.

El caballero dio su opinión sobre esto, y Sor Teodora se admiró de observar en sí cierta cosa inexplicable, así como un deseo de saber toda la vida del intruso hasta en sus más escondidos repliegues. Despertaba en ella interés semejante al de una novela de la cual se han leído algunas páginas que anuncian escenas conmovedoras. Después de doce años de convento había sentido la reverenda madre un brusco llamamiento de la vida exterior y mundana, de toda aquella vida que había puesto juntamente con sus magníficos cabellos, a los pies del Esposo. Ella se asombraba de no estar todo lo horrorizada que debía estar en presencia de un extraño, y se admiraba de oír con agrado, más que con agrado, con simpatía la conversación del caballero desconocido.

Pero lo escandaloso de su situación revelósele después de un momento de tristeza meditabunda en que se creyó libre, sin tocas, en el siglo, rodeada de afectos nobles, en consorcio honrado y cariñoso con toda clase de personas. Fue una visión breve y risueña, y tras   —225→   la visión vino un sobresalto y un grito de la conciencia semejante al alarido del centinela que da el «quién vive».

Levantándose bruscamente, dijo:

-Esto no puede seguir. Salga usted y escóndase donde pueda... ¡No parece sino que estoy tonta!

El caballero se dispuso a obedecer. El reló11 de la ciudad dio la una.

Sor Teodora abrió cautelosamente la puerta y examinó la galería y el claustro para ver si reinaba soledad absoluta. Sus sentidos experimentaron impresión extraña. Tuvo miedo, lanzó una ligera exclamación. Servet acercose a ella y vio que aspiraba el aire fuertemente, cual si no bastándole sus ojos y oídos, quisiera explorar con el olfato.




ArribaAbajo- XXII -

Por la parte exterior de la celda corría poco antes algo que merece ser referido. La soledad y apartamiento de la Isla no eran tan grandes que estuviese a salvo de la curiosidad monjil aquella interesante parte del convento, y así como no hay bien que no tenga su   —226→   sombra de mal, así la independencia que gozaba la de Aransis, tenía por enemigo el afán inquisitorial de una madre que habitaba en el ala opuesta del convento, frente a frente, claustro por medio, de la celda de Sor Teodora. Grandísima era la inclinación de la madre Montserrat a saber lo que hacían o dejaban de hacer las otras monjas, y ya corrompiendo con mimos y regalitos la discreción de las criadas, ya valiéndose de sus propios ojos, había logrado ser un archivo humano lleno de cuantos datos pudiera apetecer el autor que tuviese el capricho de escribir la historia íntima de aquella antigua casa. Hacía con tal disimulo sus pesquisas, y observaba con tal delicadeza y finura, que la mayor parte de las madres apenas notaban la presencia de aquel diligente alguacil aposentado en el extremo Norte del ala de Oriente.

Pero a ninguna de sus compañeras vigilaba con tanta gana y celo tan vivo como a Sor Teodora, la cual por su hermosura, por su orgullo y por antiguas rivalidades tenía cierto derecho divino a la fiscalización de la madre Montserrat, según opinión de esta misma. Bien puede afirmarse que los pasos de la de Aransis, sus entradas en la celda y en la cocina, sus paseos por la huerta, sus visitas al coro, ocupaban las tres cuartas partes del   —227→   tiempo y del espíritu del alguacil de enfrente. Ponía este especial atención en la hora a que apagaba su luz la monja de la Isla; y cuando a las altas horas de la noche estaba la lámpara encendida, la Montserrat salía paso a paso de su celda, recorría la galería del ala de Oriente, pasaba después por el gran pasillo del cuerpo central del edificio, y recorriendo la galería del ala de Poniente se acercaba con pasos ligerísimos a la celda de su enemiga, y por un agujero, que allí habían hecho los ángeles sin duda, introducía su alma toda puesta en una mirada. Miraba como quien clava una aguja.

Algunas veces al retirarse después de esta inspección decía:

-Lo que yo me figuraba... Está leyendo novelas.

Otra noche al retirarse, se santiguó tres o cuatro veces, y poniendo cara de espanto, exclamó para sí:

-Nuestra Señora de Montserrat nos valga... Está con las tocas quitadas poniéndose flores en la cabeza y mirándose al espejo.

La atisbadora iba a su celda por el mismo camino. Sus pasos no se sentían: calzaba sus venerandos pies con alpargatas que parecían de plumas.

Aquella noche (nos referimos a la noche   —228→   del caballero hambriento, que fue noche muy célebre en San Salomó) la de Montserrat hizo su viaje de inspección porque era cerca de la una y la celda de su víctima estaba iluminada. Era preciso tomar acta de este peregrino caso.

La monja aplicó su oreja a la puerta, y entonces... ¡por los sagrados clavos y las divinas llagas de Jesucristo!... Se quedó helada de espanto. No daba crédito a aquel su sentido acústico tan bien ejercitado y tan experto. El agujerillo de vigilancia parecía que se había agrandado. Adaptó la monja su ojo vidrioso... Miró, estuvo mirando un largo rato. ¡Cómo miraba! Creyó al principio que era alucinación; pero no, era realidad, realidad.

Echó a correr tambaleándose, porque sus caducas piernas vacilaban, cual si no pudieran sostener el formidable peso de su indignación. Se santiguó repetidas veces, elevó las flacas manos al cielo, movió la cabeza tan semejante a una calavera, y murmuró:

-Ya me esperaba yo esto... En esto habían de parar las locuras de esa mujer. ¡Piedad, Señor!

Dicen que la reverendísima estuvo a punto de dar en tierra con su esqueleto, tal era el pavor que sentía; pero ella sacó de su demacración senil las fuerzas que necesitaba para poder   —229→   llegar hasta la madre abadesa y referirle un caso tan horroroso. Los minutos que tardó en llegar a la celda de la superiora, le parecieron siglos de infamia, de vilipendio para la orden de Santo Domingo.

La abadesa no estaba en su celda. Aquella buena señora que era la más rezona de las habitantes de la casa, acostumbraba dejar por las noches su angosto lecho y bajar al coro, donde estaba en oración largas horas, de rodillas sobre el mármol duro y frío, apoyando sus brazos en una silla que le servía de reclinatorio y sumido el espíritu en las honduras mareantes de la mística. Algunas monjas la imitaban en esta santa costumbre.

Entró la vieja en el coro, y a la luz incierta de la lámpara que alumbraba al Cristo, vio a la madre abadesa de rodillas. Acercose y le tocó en el hombro.

-¿Quién es? -dijo la abadesa con voz soñolienta.

La de Montserrat se arrodilló a su lado y se persignó con precipitación.

-Soy yo -repuso- que vengo a poner en conocimiento de...

-Ya... ya me lo figuro -dijo la madre abadesa incorporándose-. Yo también empezaba a alarmarme.

-¿Sabe usted lo que voy a decirle?...

  —230→  

-Sí... que se siente olor a madera quemada.

-No, no es eso.

-Hace un rato que sentí ese olor -afirmó la madre abadesa husmeando el aire-. ¿No siente usted?

-Fuego hay en el convento, pero es un fuego que no se ve.

-¿Qué me dice usted, señora?

-Dentro del convento ha entrado esta noche un hombre.

-Usted sueña, hermana... Pues no me queda duda... ¿No siente usted olor a quemado?

-Será que en las murallas han encendido alguna hoguera... Cuando pasan cosas graves, cuando el convento está profanado, deshonrado por la infamia y el sacrilegio, no conviene pensar en fruslerías.

La abadesa se levantó.

-¡Un hombre! Eso no puede ser -dijo con espanto.

Y al punto se puso a temblar.

-Un hombre, sí. ¿No sé yo lo que es un hombre?

-¿En dónde?

-En la celda de una religiosa.

La abadesa cesó de temblar y empezó a reír. El caso le parecía tan absurdo, tan inverosímil; estaba además tan acostumbrada a los ridículos   —231→   terrores de Sor María Montserrat, que no pudo permanecer seria.

-Si a la abadesa de esta comunidad -dijo la delatora- le falta valor para llamar a la puerta de la celda donde se está consumando el horrendo sacrilegio, yo lo haré. No temo nada, no me importa que un asesino...

La monja no pudo continuar porque fue acometida de una tos muy fuerte.

-¡Oh!... sí, parece que hay humo aquí -dijo en tono de alarma.

Las dos monjas se acercaron a la reja que daba al altar mayor de la iglesia.

-¡Humo, humo!

Esta exclamación brotó a su tiempo de una y otra garganta. A la indecisa luz de la lámpara veíase una como niebla espesa que envolvía los abigarrados oropeles del altar churrigueresco.

Las dos monjas corrieron de aquella reja a otra que al claustro daba.

-¡Jesús de mi alma! -gritó la madre Montserrat llevándose las manos a la cabeza-. ¿Qué es esto?... Un hombre... dos hombres, tres hombres... les he visto correr por el claustro hacia la sacristía...

La abadesa se quedó tan aterrada que no pudo ni hablar ni moverse. Volvieron a asomarse a la reja de la iglesia. Una claridad tenue   —232→   y rojiza llenaba el recinto sagrado permitiendo ver las imágenes, las colgaduras, los altares: era un aspecto siniestro y horripilante.

Las dos monjas corrieron hacia el claustro. Oyéronse los pasos precipitados de tres hermanas que bajaban. En el patio había también algo de humo. Corrieron todas a la puerta de la sacristía, la empujaron; estaba abierta. Cuando la puerta cedió las cinco madres lanzaron espantoso grito y retrocedieron de un salto. Por la puerta salió una bocanada, un chorro, una manga formidable de humo negro, espeso, resinoso y en el fondo del centro oscuro vieron las llamas que brillaban y extendían sus rojas lenguas por las paredes.

Todo San Salomó no tuvo más que una voz para gritar:

-¡Fuego!... ¡Fuego!




ArribaAbajo- XXIII -

Propagose con fulminante rapidez, siendo de notar que parecía haber comenzado por dos puntos distintos; por la sacristía y por las habitaciones ruinosas llenas de retama y trastos viejos que estaban debajo de la Isla. Es difícil   —233→   distinguir los incendios de casualidad de los de intención. La primera sabe remedar a la segunda, y esta tiene a veces bastante destreza para disfrazarse de inocencia... Pero no pueden hacerse consideraciones dentro de un convento que se quema y en presencia de veintiséis pobrecitas mujeres, contando religiosas y sirvientes, aprisionadas entre llamas y que por ninguna parte hallarán salida si no las favorece el vecindario.

Las llamas entraron en la iglesia y agarrando la primera cortina que hallaron a mano junto al altar escalaron la pared. Como bocas hambrientas que hallan pan, clavaron sus voraces dientes en la vieja madera de los altares; de un soplo devoraron el apolillado tisú y las secas flores que adornaban las imágenes; subieron más culebreando; de una manotada hicieron estallar todos los vidrios, entraron fuertes corrientes de aire, y entonces engordando súbitamente los horribles dragones de fuego estrecharon en sus mil brazos ondulantes las vigas de la techumbre.

Por otra parte, la sacristía que era centro y raíz principal del incendio, enviaba llamas por el pasillo que conducía al locutorio, mientras el fuego que salía de las crujías bajas del ala izquierda trepaba a las galerías incendiando las celdas altas. Felizmente la escalera estaba   —234→   libre y, aunque muy cargada de humo, permitía a las monjas bajar al claustro. La invasión de la sacristía por el fuego no permitía tocar la campana; pero los vecinos de Solsona vieron pronto aquella claridad horrible y la columna de humo que coronaba a San Salomó como una aureola infernal. Todas las campanas de la ciudad se desgañitaban y se levantaron los habitantes todos, para correr en auxilio de las madres dominicas.

El incendio era de esos que no habrían cedido ante los aparatos modernos, formidable artillería de agua que servida por los bomberos suele abatir baluartes de fuego en las ciudades de hoy. ¿Qué podrían hacer contra aquel infierno los diligentes vecinos y los guerrilleros navarros llevando cubos de agua? Pronto se conoció que serían inútiles todos los esfuerzos para salvar la fundación del señor marqués de San Salomó y no hubo más que un pensamiento: salvar a las pobres madres.

No se sabe por dónde entraron los primeros que fueron a auxiliar a la comunidad; lo cierto es que cuando algunos vecinos rompieron a hachazos la puerta del locutorio y entraron en el claustro, vieron que dentro del convento había ya gente ocupada en salvar lo que se podía. Sin duda aquellos hombres habían entrado antes que el fuego imposibilitase   —235→   el paso de la sacristía al claustro.

El aspecto de este y del patio era espantoso. Bajaban llorando las pobres monjas, y no hubo santo alguno que no fuera invocado entre gritos, lamentos, congojas, interjecciones de horror. Veíanse las blanquinegras figuras corriendo y bajando al claustro, como rebaño de ovejas acosadas por el lobo. Algunas habían salido de sus celdas sin acabar de vestirse, porque el fuego no les había dado tiempo para más. Ponían otras gran empeño en salvar su ajuar, y hacían subir a los vecinos o trataban ellas mismas de arrostrar la atmósfera de humo para sacar algunos objetos. Otras más filosóficas, creían que después de perdida la casa, nada merecía ser salvado.

Los hombres a quienes la catástrofe había abierto las puertas del sagrado asilo, sacaron de las celdas lo que se podía salvar y lo arrojaban desde la galería alta. Las llamas avanzaban y no fue posible continuar en aquella tarea. Un calor horroroso, suficiente a dar idea perfecta de las penas del Infierno, impedía a todo ser vivo permanecer más tiempo en el claustro y aun en la huerta. Era preciso salir, abandonar para siempre aquellos benditos muros que el Demonio había tomado para sí expulsando a las esposas de Jesucristo. Había monja a quien esta idea afligía más que el peligro de morir   —236→   asada. Dos de aquellas infelices que estaban enfermas en cama fueron sacadas en brazos y en una de ellas pudo tanto el miedo que expiró en el claustro.

La confusión crecía. Había allí hombres diversos, paisanos y militares, yendo y viniendo sin entenderse. Todos mandaban, nadie obedecía. Cada cual obraba según su valor, su generosidad o su iniciativa. Hubo quien se echó a cuestas a dos monjas y quiso salir con ellas cuando aún no habían bajado todas. Hubo quien propuso un premio al que entrara en la iglesia para salvar de las llamas el símbolo de la Eucaristía, sin que apareciese un héroe decidido a afrontar la muerte por empresa tan santa. Hubo quien intentó salir por la puerta del locutorio; pero esto era imposible. Las llamas se habían extendido ya por el pasillo y el humo era tan denso que no había medio de dar un paso en el locutorio.

Las monjas se llamaban unas a otras como para reconocerse y recontarse.

-Madre Transfiguración, ¿está usted ahí?

-Sí, el Señor me ha dejado vivir, ¿y Sor Melitona de San Francisco?

-La he visto hace un momento... ¿Se ha salvado la Madre Rosa de San Pedro Regalado?...

-Sí, ahí está...

  —237→  

-Sor Ana, ¿está usted aquí?... Sor Ana.

-Allá está... Se ha empeñado en salvar sus colchones, y por tales pingajos han estado a punto de perecer dos hombres.

-Hay personas muy imprudentes.

-¿Y la madre Montserrat?

-Aquí estoy, hija, más muerta que viva -repuso la voz cavernosa que salía al parecer de una calavera-. Por más que me vuelvo loca no puedo averiguar dónde está Sor Teodora de Aransis.

La flaca monja entraba y salía de grupo en grupo, como una serpiente que culebrea resbalando entre la yerba.

-¿Está Sor Teodora de Aransis?

-Repito que no lo sé... No está aquí, ni allí, ni allá.

-¡Jesús Sacramentado! ¿Si se habrá quedado en su celda...?

-¡Calle usted, tonta!... ¡por las sagradas llagas!... ¡Si hemos subido y hemos encontrado la celda vacía!... y los restos de un festín. ¡Es particular!... ¡Y el incendio ha sido intencionado! ¡Aquel hombre!... no me queda duda de que él, él...

-¡Sor Teodora! ¡Sor Teodora!...

-Es preciso salir al momento, no puede perderse un minuto. A fuera, señoras -gritó un hombre moreno, bien plantado, con uniforme   —238→   militar, el cual había logrado a fuerza de golpes, bramidos y empellones imponer su voluntad en medio del gran tumulto.

¡Gracias a Dios, al fin había alguien que mandara en aquel desconcierto!

-¡Que se cae la pared del claustro! -gritó una voz terrible y de agonía.

-¡A fuera, a fuera!

Fue preciso abrir con grandísimo trabajo un boquete en la tapia de la huerta, con espacio suficiente para dar salida a la comunidad, siempre que esto se hiciera con orden. El hombre moreno, coronel de ejército y jefe de los voluntarios navarros y aragoneses, designó un plazo para aquella operación y la hizo ejecutar a sablazos. Trabajaban con ardorosa fiebre picoteando el ladrillo con azadones, palas, barras, clavos; con cuanto había. No había concluido la obra importante, cuando el coronel sintió que le sacudían fuertemente el brazo. Volviose y vio una monja que no parecía sino la estampa de la muerte.

-Señor coronel -dijo el espectro-. Señor coronel, el incendio ha sido intencionado. Yo sé quién es el perverso que ha hecho esta gran bellaquería.

-¿Quién?... ¿Dónde está?

El espectro extendió su brazo blanco que parecía un bastón metido en la funda de una   —239→   almohada y señaló a un hombre vestido de payés y con un brazo vendado, el cual en aquel instante arrojaba una herramienta de las que habían servido para abrir el boquete y se deslizaba por él, ávido de poner sus pies en la calle.

Dando un rugido, Carlos Navarro gritó:

-¡A ese... ese... que se escapa!... ¡Zugarramundi... ahí va... cuidado... es él!...

La roja claridad que iluminaba las caras, daba a esta escena un aspecto de extraordinario pavor.

La gritería que fuera sonaba no permitió conocer lo que pasó; pero sin duda los deseos del jefe quedaron satisfechos, porque se abalanzó a la tronera y retirose después diciendo:

-Muy bien, compañeros... No pensé que Dios me lo depararía esta noche... Bien decía yo que se había metido aquí... ¿Con que también incendiario? ¡Horrible conjunto de crímenes!... Ahora, señoras, salgamos. Mucho orden... digo que mucho orden... Esta noche le voy a romper la cabeza a uno.

Colocó un grupo fuera de la tronera y otro grupo dentro. No eran como dos ejércitos, sino como dos partidas de juego de pelota. Los de dentro cogían en brazos una dominica y por el boquete la entregaban en los brazos de los que estaban fuera. Parecía que echaban niños   —240→   en el torno de una casa de expósitos. Nunca falta un bufón en las más terribles escenas de la vida, y allí hubo uno que al echar fuera una monja, decía: «Ahí va otra carta al correo».

Pocas hubo que hicieran dengues y repulgos al verse entre brazos de hombres; pero el susto, el horror, el peligro, no permitieron a las más de ellas entretenerse en gazmoñerías. Cuando todas estuvieron fuera, se reunieron en apretado grupo; no sabían andar, no sabían a dónde ir. La más tranquila era la muerta, a quien echaron fuera como un saco. Aunque se incendiase el mundo todo, aquella nada podría decir. Unas se arrojaban sin aliento en el suelo; otras lloraban a lágrima viva, otras hablaban todas a un tiempo, haciéndose preguntas, expresando con una observación breve, con un vocablo suelto, con una articulación indefinible el pánico, el azoramiento, la turbación de aquel instante.

-¿Estamos todas?

-Una, dos, tres, cuatro...

-¿Y a mí no me cuentan? También estoy aquí.

-Tengo una mano abrasada... ¡Jesús mío, qué dolor tan vivo!

-Mirad cómo está mi hábito; y gracias que la Santísima Virgen me libró de morir achicharrada.

  —241→  

-Estuvo en un tris que me quedase en la escalera hecha carbón.

-Ya sabéis que no gusto de enredos. Por la salvación de mi alma, que cuando subimos había en la celda restos de un festín... pero de un festín opíparo.

-Contemos otra vez... dos, tres...

-Pues sí que falta una.

-Su celda estaba vacía, vacía, vacía... La luz apagada... Yo le había visto antes, y su cara se me quedó en la memoria ¡qué terror! Tenía el brazo vendado y la manga subida.

-El único zapato que pude ponerme se me perdió en la huerta...

-Yo dormía profundamente, cuando sentí un ruido infernal, abrí los ojos, vi la claridad... ¡El divino Jesús nos valga!

-Ya no queda duda. Con la muerta somos veintiuna; con las cuatro criadas veinte y cinco.

-¡Falta una, falta una!

-¿Sería yo capaz de decir una cosa por otra?... Un hombre, un hombre. ¡Horripilante suceso! ¿Por qué nos quemaría nuestra casa ese malvado?

-Yo también digo que el convento ha sido incendiado por una mano alevosa.

-¡Falta una!

-¡Qué horrible aspecto presenta nuestra   —242→   casa!... Adiós, San Salomó, vivienda querida, vivienda adorada, adiós para siempre.

-Adiós, San Salomó. Señor, Padre Nuestro, pues tú lo has querido, sea. Pobres debemos ser y pobres seremos.

-¡Bendito sea el poder de Dios!

-No puedo mirar a San Salomó... Me muero de aflicción.

-Ánimo, hermanas mías. El Señor lo ha querido así; tengamos resignación.

-Yo le vi, yo le vi.

-¿A dónde vamos?

-¿Estamos todas?

-No, no, que falta una.

-Falta una.

-Una.




ArribaAbajo- XXIV -

El concertado desarrollo de esta narración que es menos novela de lo que creerán muchos, exige que no digamos ahora una palabra más de las buenas madres de San Salomó, dejándolas entregadas a su dolor y en camino del albergue provisional que les preparó el obispo de Solsona. Otros personajes nos llaman   —243→   en lugar no apartado del siniestro, allá donde suena la bronca trompeta de la historia anunciando los sucesos que se escriben en unos libros muy serios y que también han de tener su hueco importante en este que lo son de entretenimiento.

A la mañana siguiente, cuando aún echaba humo y chispas el cadáver tostado de San Salomó, D. Carlos Garrote (y jamás pudo en su gloriosa vida de insurrecciones por la Fe quitarse nombre tan duro) estaba en su alojamiento de la calle de San Francisco acometido de un mal que con frecuencia padecía, y que en los últimos años se le había recrudecido bastante: este mal era la cólera. Mostraba su dolencia hiriendo el suelo con el pie, golpeando con la mano una mesa harto desvencijada, y que con tales caricias iba en camino de no servir más que para leña, y finalmente, soltando de su boca en nutrida descarga, venablo tras venablo.

Mientras él expresaba su enojo andando de un testero a otro y llevando de la cabeza a los bolsillos sus manos, un segundo personaje sentado junto a una segunda mesa donde había butifarra, pasteles y vino, parecía encargado de representar con su sensual abandono, sus ojos medio chispos y su semblante epicúreo, la antítesis del exaltado y ardiente   —244→   Garrote. Aquel viejo borracho era Mañas, guerrillero estúpido que los caudillos habían arrinconado por no servir más que de estorbo.

Un tercer personaje agrandaba el cuadro: era un capitán de lanceros, joven, bien parecido y que por su cortesanía y aspecto hidalgo contrastaba con la rudeza de los dos soldados apostólicos. Aún falta mencionar otro individuo; pero en este basta la mención: era el capellán de San Salomó Mosén Crispí de Tortellá. Lo único que la escrupulosidad histórica nos obliga a decir es que parecía inclinarse más a compartir con Mañas la butifarra, los pasteles y el vino, que con Garrote la ira, las manotadas y los vocablos picantes. Menos Navarro, todos estaban sentados y a excepción de Mañas todos muy serios.

Lástima que no estuviéramos allí desde el principio del consejo. El primero a quien oímos fue a Garrote, que repitiendo una idea expresada sin duda muchas veces antes de nuestra llegada, dijo con la boca, con las manos y con los pies:

-Yo no me someto.

A esta aseveración semejante a un disparo, sucedió un silencio profundo. Garrote, luego que dio varias vueltas en una órbita cuyo centro era Mañas, se paró delante del   —245→   oficial de lanceros y le echó a boca de jarro estas palabras:

-Si los demás quieren someterse, yo no me someto. Dígalo usted así al conde de España que le ha enviado.

-Ya esta guerra no tiene razón de ser, señor coronel -dijo con energía el oficial-. Su Majestad ha llegado ya a Cataluña y ha mandado dejar las armas a los que se habían alzado en su nombre.

-Yo no me he levantado en su nombre.

-¿Pues en nombre de quién?

-En nombre de otro... No vengamos aquí con mistificaciones... Se nos dijo una cosa y ahora resulta otra... Este es un juego indecente, un juego indecente.

-Pero señor coronel de mis pecados -dijo Mosén Crispí apretándose el vientre y tratando de dar a su rostro expresión de bondad-. Si Su Majestad declara que es libre, que no hay tal jacobinismo en palacio, que pondrá la Fe católica por encima de todo... ¿qué hemos de hacer nosotros? No seamos más realistas que el Rey, por amor de Dios.

-Señor Tortellá de mil demonios -dijo Garrote encarándose con él e increpándole con desabrimiento-. No venga usted a empastelarnos con sus distingos y sus boberías de canónigo harto. Bastante nos han engañado ya;   —246→   ¿y quién nos ha metido en este berenjenal? Usted y sus colegas los de hábito negro y pardo. ¿Por qué antes nos decían una cosa y ahora otra? ¿Qué inmunda farsa es esta? ¿Qué comedia ridícula y nauseabunda quieren ustedes representar? ¿Me han tomado por títere? A mí me gustan las cosas claras, y las palabras concretas, ¡señor Tortellá de mil rábanos! Ustedes nos han engañado; nos hicieron tomar las armas, y ahora nos mandan soltarlas. ¿Cuál fue la razón de aquello? ¿Cuál fue la razón de esto?

-Nosotros... -balbució el capellán muy atolondrado.

-Ustedes, sí -declaró Garrote furioso como un león.

Estaba junto a la mesa desvencijada, y a cada dos o tres palabras, daba con la palma de la mano un golpe que sonaba como un pistoletazo.

-Sí, ustedes... Nos dijeron que se iba a emprender una guerra grande, gloriosa..., ¡pum! una guerra por la Religión. Nos dijeron que el Rey ¡pum! estaba entregado a los masones, y que la Cámara real era una logia, una zahúrda de jacobinos... ¡pum! que Calomarde era masón, que el Rey era masón... ¡pum! Nos dijeron, y esto es lo más grave, que la guerra se haría alzando la bandera de la Religión y proclamando...   —247→   ¡pum! el nombre del infante don Carlos como futuro Rey de España en sustitución de Fernando VII... Nos dijeron que en Madrid estaba todo hecho para quitar del trono a un hermano el cual estaba vendido a los masones, y poner... ¡pum! a otro hermano que oye misa todos los días... Nos dijeron que cuando se levantase Cataluña, toda España respondería, y que el reinado de la Fe y la destrucción del liberalismo vendrían fácilmente... Nos dijeron que había un breve secreto del Papa, ordenando el alzamiento, y que Francia, Austria y Rusia lo apoyaban... ¡pum! Nos engañaron pintándonos la Junta Apostólica de Madrid como un centro poderoso, y ahora veo que no es más que una reunión de mentecatos, de algunos consejeros cesantes que quieren volver al Consejo, de algunos canónigos que quieren ser obispos y de algunos brigadieres que quieren ser generales... ¡pum, pum, pum!

La mano del guerrillero rebotaba como una pelota de goma y tenía la palma roja, casi sangrienta. Mosén Crispí no se atrevió a contestar y miraba a la butifarra, a Mañas, al oficial, a la mesa golpeada, por ver si alguno de estos tres objetos le sugería una idea.

-Y ahora -prosiguió Garrote apartándose de la mesa que había quedado casi llorando-, ahora nos dicen que todo ha sido una broma,   —248→   que dejemos las armas, que el proyecto de poner a D. Carlos en el trono es prematuro, impracticable, tonto, cosa de monjas, y no sé qué más... Esto es jugar con hombres formales. Ha bastado que el Rey haya venido a Cataluña para que todo se desvanezca como el humo; los más valientes se vuelven cobardes, muchos bravos son sacrificados, y los curas se meten en sus iglesias a decir: pésame, Señor... ¡Mil rábanos! No ha pasado nada... con tal que conserven sus empleos, sus canonjías y sus prebendas esos señores que nos han hostigado. El Rey llegará y hará un picadillo masónico con la carne de todos los que se han batido en Cataluña por la causa santa, divina, inmortal, de la Fe y de la Monarquía.

-No -dijo bruscamente el oficial- lo primero que ha dicho Su Majestad es que perdonará a todo el mundo.

-Eso se dice para que soltemos las armas, para que nos entreguemos como corderos... ¡Perdón, perdonar! ¡Qué horrible ironía! Linda cosa es el perdón masónico. Los mismos que desde Madrid y desde Barcelona dirigieron esta trama, serán los primeros que aconsejen al Rey castigos terribles, para que callen las bocas que pudieran revelar secretos graves... ¡Rábano, rábano! La mía, si no me la cierra el verdugo, será la primera que grite: «Esos que   —249→   hoy se acogen al manto real y reciben en triunfo a D. Fernando, fueron los que nos hostigaron a quitarle del trono para poner en su lugar al infante D. Carlos que oye misa todos los días».

Mañas que comprendió la necesidad de decir algo, murmuró algunas palabras torpes y oscuras que salieron de su boca como un vapor vinoso. Mosén Crispí le mandó callar, tocándose la sien con el dedo índice y guiñando el ojo. Su mímica quiso decir:

-Ese hombre de los rábanos está loco: no hagamos caso de él.

-Sus deberes de militar, sus gloriosos antecedentes, señor coronel -dijo el oficial- el uniforme que viste, el bien del país, y la suerte de muchos hombres inocentes exigen de usted que se someta a la voluntad del Rey. El Rey ha pedido a todos prudencia y cordura, y es preciso que todos respondamos a la voz de nuestro Rey legítimo.

-Yo no me someto, yo no me someto -afirmó Garrote con voz de trueno-. Si Jep dels Estanys, Caragol, Pixola, Rafi y los demás quieren someterse, háganlo en buen hora: ellos se entenderán con su conciencia. Al hacerlo habrán visto delante de sí la balanza que tiene en uno de sus platos el ascenso y en otro el verdugo. ¡Mal demonio harto de rábanos! a mí   —250→   no me sobornan las charreteras ni me asusta la horca... Cuando mi conciencia me acuse me fusilaré yo mismo. Yo no me someto... Aquí hay mucha, pero muchísima inmundicia... Esto da náuseas.

-Somos militares y debemos obediencia al Rey -dijo el oficial con brío.

Garrote clavó en él una mirada centelleante; apretó los dientes: la piel verdosa de sus sienes y de su cara vibró como si los tendones y venas fueran alambres sacudidos por la descarga eléctrica.

-¡Obediencia! -exclamó sacando de su volcánico pecho palabras como rugidos-. ¿A quién?... ¡Ah! señor oficial... yo no obedezco más que a Dios que fortalece mi brazo y afila mi espada para que defienda su religión santa contra los jacobinos. Yo no obedezco más que a mi conciencia que me manda no reconocer dueño alguno mientras no se siente en el trono de San Fernando el príncipe elegido por Dios para restablecer los santos principios del gobierno cristiano... Veo que mira usted mis charreteras... ¡Ah! desde hoy las considero como una deshonra... No puedo servir a dos señores... Fuera de mí, insignias de vilipendio que me parecéis diabólicos emblemas de un orden masónico.

Y se arrancó con salvaje fuerza las charreteras.   —251→   Su mano como una garra tiró tan violentamente que rasgó el paño de la levita y mostró la camisa en los hombros. Después arrojó contra la pared las insignias, gritando:

-¡Fuera de mí!... No quiero pertenecer a este rebaño de miserables... Desde hoy soy libre, combatiré solo, combatiré por la Fe y por el verdadero Trono allá en mis benditas montañas donde jamás se conoció la traición.

El oficial se levantó.

-Nada tengo que hacer aquí -manifestó con desabrimiento afirmándose el chacó en la cabeza-. Por fortuna los jefes principales del movimiento conocen lo descabellado y ridículo de sostenerlo más tiempo, y ya han dicho que depondrán las armas.

-Cada cual -dijo Garrote mirando al oficial con desdén- es dueño de meterse en lodo hasta el cuello.

El oficial hizo una profunda reverencia y se retiró. El ruido de sus pasos no se había extinguido en la escalera, cuando Garrote se acercó a la puerta y gritó: -¡Zugarramundi!

El hombre velludo tan parecido a un oso pirenaico, apareció en la puerta: era desde antaño feroz satélite y ayudante del furibundo coronel. En las guerras de partidas era su jefe de Estado Mayor.

-Nos vamos en seguida -le dijo el jefe.

  —252→  

-¿A dónde?

-A nuestra tierra; los aragoneses pueden quedarse en la suya.

-Está bien: ¿y cuándo salimos?

-Dentro de una hora. Paga las cuentas del mesón, dispón los caballos... Si algún catalán de los que están conmigo quiere someterse le dejas ir en paz... Pero antes...

Zugarramundi que ya se retiraba volvió.

-Pero antes -añadió el coronel- le mandas dar veinticinco palos.

-Está bien... ¿Y qué dispones del prisionero?

-¡Ah... el prisionero! no me acordaba en este momento. Pues al prisionero...

Se puso a meditar acariciándose la barba.

-Le llevaremos con nosotros. ¿Cuántos carros tenemos?

-Cinco.

-Destina uno para él si no puede andar.

-No puede; la herida que ayer le hicimos cuando quería escaparse por la gatera de San Salomó le tiene un poco marchito. ¿No dijiste que había que fusilarle? Pues dejémosle aquí.

-¿Muerto?

-O vivo. El señor Mañas se encargará de cumplir la sentencia.

-Sí; para que me lo suelten otra vez. ¡Rábanos! No; le llevaremos, le llevaremos, y en   —253→   el camino daremos cuenta de él. ¿Va algún capellán con nosotros?

-Ninguno.

-Bueno; no faltará un cura que le auxilie... Dale bien de comer... no quiero que padezca hambre... Es paisano nuestro, Zugarramundi, es alavés.

Está bien.

Después que se retiró el oso, quien primero rompió el silencio fue Mosén Crispí de Tortellá, y gozoso de tener un tema de conversación distinto de aquel en que había merecido los apóstrofes del coronel, habló de este modo:

-Por mis pecados, Sr. D. Carlos Navarro, que ha sido usted demasiado benigno con ese demonio de hombre. Yo le hubiera mandado fusilar delante de las tapias humeantes de esa santa casa vilmente incendiada. ¡Oh! ¡Señor don Carlos, horripila ver la enorme dosis de perversidad que Lucifer ha depositado en el alma de algunos hombres!.

Carlos sólo contestó con un gruñido.

-No puede quedar duda de que ese embajador de los jacobinos fue quien puso fuego a la casa del Señor, sin duda con el salvaje intento de reducir a carbón a las inocentes vírgenes... No puedo hablar de esto sin que se me parta el corazón.

  —254→  

En el mismo instante Mañas partía la butifarra.

-No obstante -añadió el venerable tomando la ruedecilla que Mañas le ofrecía- yo procuraría indagar... Indudablemente aquí hay un misterio... Ese hombre...

-Mosén Crispí -dijo Navarro interrumpiéndole bruscamente-. Aquí no hemos venido a hablar de ese hombre.

-Aquí hemos venido... -murmuró Mañas con torpe lengua, demostrando que si los demás habían ido allí con algún objeto, él no había ido sino a comer cerdo y a beber vino.

-Sí, ya lo sé -replicó el capellán algo turbado-. Hemos venido a convenir cómo se ha de arreglar esto de soltar las armas... Es caso grave, porque la ciudad de Solsona no quiere malquistarse con el Rey; la ciudad de Solsona no quiere que la horca se alce en su plaza de San Juan, ni que las tropas del conde de España entren aquí tocando los clarines de la venganza.

-Pues usted dirá... Ya sabe usted que yo me voy.

-Pues... el ayuntamiento, que me delegó para tratar con usted de la paz, desea que todo se arregle, que la ciudad de Solsona aparezca amiga de Su Majestad.

-Yo me voy...

  —255→  

-No sometiéndose, eso es lo mejor para la tranquilidad de la ciudad. Ahora falta ver quién recoge el mando de las pocas fuerzas apostólicas que hay por aquí.

-Por mi voluntad entregaría el mando a D. Pedro Guimaraens, la única persona decente que conozco en esta tierra.

-D. Pedro marchó al cuartel general, y dicen que el conde de España le ha dado un batallón para que recorra el país, y apoye a los que quieran someterse, que son los más. Puede que esté en Regina Cœli. A falta de don Pedro Guimaraens, yo pondría la autoridad en la cabeza de Tilín.

-¿En dónde está ese Tilín?

-Pues mire usted que no lo sé, y me da qué pensar su desaparición. Hoy le he buscado todo el día y no he podido encontrarle. Anoche se portó heroicamente; fue el primero que entró a salvar a las pobres monjas... Después no se le vio más.

-¿En dónde está?

-¿No le he dicho a usted que no lo sé? Ese sacristán tiene unas rarezas... Suele esconderse cuando se le necesita y presentarse cuando no hace falta.

-Bien -dijo Garrote-. Pues ha de quedar en la división apostólica de Solsona una sombra de autoridad; pues es preciso que esta farsa   —256→   asquerosa que llaman la paz... yo la llamaría la ignominia... se haga con visos de convenio, yo delego mi autoridad...

Miró con desprecio a Mañas que con su mano temblorosa vaciaba el turbio residuo de la última botella.

-Sí -añadió el fogoso guerrillero-. El bando apostólico de Solsona es digno de tener por jefe a un borracho. Viejo Mañas, te confiero el mando. Toma ese bastón, animal.

Y cogiendo una butifarra y haciendo ademán de metérsela por la boca, y dándole después dos golpes con ella en la cabeza, la arrojó violentamente sobre la mesa y salió de la sala.