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Via Appia Antica

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ArribaAbajoEl eterno enamorado de María Zambrano

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Foto cedida por la Fundación María Zambrano (Vélez-Málaga)

Cuando iba Jaime a Roma solíamos pasear por Vía Appia, donde todavía tengo un amante que me espera. Mi hermana y yo éramos tan pobrecitas que éramos princesas al mismo tiempo. Se podía ir en tranvía, tomábamos un tranvía, el 30 ó 40, que te dejaba en el Coliseo, allí tomábamos otro que llegaba a la Vía de San Sebastiano, entonces se encontraba ya Roma; llegaba un hombre con un bastón negro Bon giorno y hacía el gesto de los romanos levantando el brazo. Y en el café se decía Salve Cesare, un café, igual que en el circo Salve Cesare, morituti te salutam, Salve Cesare, un café. Es una maravilla, era una época dentro otra. Una vez estando en Roma no te querías ir, no podías irte.

Mi enamorado de Vía Appia sigue allí, es una estatua. La Vía está llena de almas, de almas que te hablan, que te llaman la atención y hay una estatua que yo siempre he recomendado. Se encuentra en la parte en que están más apretados los cipreses, se hace un círculo y aparece la cabeza echada hacia atrás, yo he escrito esto en El sentido sagrado del desnudo. Pensar que la gente creía que el desnudo era una cosa erótica... Puede que lo fuese, pero era hijo de un dios y se desnudaba ante el fuego, una antorcha hacia arriba, la otra hacia abajo, estabas en lo sacro. Es una alegría poder recordar aquello. Allí en Roma, entre la Piazza del Popolo, la Vía Appia, el Rosati, en el lugar donde están más apretados los cipreses, donde las almas te hablan, allí está el recuerdo de mi hermana Araceli, y de Diego de Mesa, y de Jaime Gil de Biedma.


(Texto de María Zambrano, «Jaime en Roma», en Diario 16, 21 de abril de 1990, Culturas, nº 253.)                






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