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Neruda moderno / Neruda posmoderno _________________ HERNÁN LOYOLA |
una percepción que supongo común a ustedes y a mí -pero también al
último Neruda-, a saber: durante la segunda mitad de este siglo XX que está
por terminar hemos asistido a la transformación epocal del mundo que
nos tocó vivir. Epocal en el sentido de algo que no se daba en la historia de
Occidente desde al menos quinientos años, o sea desde el precedente pasaje de
una época (Edad Media) a otra (la Modernidad). Convoco aquí, para que me
apoye, a un personaje emblemático de la posmodernidad: George Lucas ((no György Lukács, figura emblemática, en cambio,
de la última modernidad!), el cineasta de American Graffiti (1973) y
de Star Wars (1977), que hace algunos años parangonó el impacto del
computer y de las comunicaciones multimediales sobre la sociedad planetaria
de hoy al impacto que la apertura de nuevas rutas comerciales tuvo sobre la
sociedad europea del siglo XV *Entre Oriente y Occidente se abrían nuevos mercados y todo, desde el
vestuario a la alimentación, cambiaba drásticamente. Hoy es como vivir una
nueva versión del 1450 y nos preguntamos cómo irán las cosas de aquí a 50
años. Por ahora se sabe que el control del espacio geográfico ya no es más
posible, ni siquiera necesario, en parte porque existe otra realidad: la
realidad digital. Lo cual significa que vivimos el fin del gran sueño de
Alejandro Magno de conquistar el mundo, sueño que por siglos ha sido el
modelo para muchos y la causa de enormes sufrimientos. Nos encontramos en
cambio, por primera vez en la historia, frente a un mundo planetariamente
interconectado, interdependiente, y tenemos necesidad de una nueva estructura
para enfrentarlo.+ (cfr. Internazionale
núm. 88, Roma, 21.7.1995, p. 43). Seguramente sin proponérselo, estas
palabras de Lucas marcaban las fronteras de la modernidad, sea
respecto a la inmediata premodernidad (la Edad Media), sea respecto a la
actual posmodernidad. Moviéndome en esta línea de Lucas, mi
discurso crítico entiende por modernidad la dominante
histórico-cultural (Jameson) que imprimió un perfil característico y
común a los 500 años que transcurrieron entre dos bloques de fechas
fuertemente simbólicas: en un extremo el bloque 1450-1492, la gestación; en
el otro extremo el bloque 1950-1992, la agonía. El año 1450, sugerido
por Lucas en conexión con el inicio de la gran expansión geográfica, está muy
cerca del 1454 en que Gutenberg inauguró la Era de la Imprenta. El 1950 del
segundo bloque no es sólo la fácil correspondencia que parece (aunque ayuda),
sino el punto simbólico equidistante entre el 1945, el año que puso fin a la
II Guerra Mundial y que dio inicio a la Guerra Fría, y el 1955 del film Blackboard
Jungle de Richard Brooks, cuya columna sonora -dominada desde los
créditos iniciales por el legendario Rock Around The Clock de Bill
Haley and his Comets- consagró el triunfo del rock=n=roll. Con el 1492 de Colón juega en cambio ese
1992 que, con la disolución de la Unión Soviética, puso el sello final a la
implosión del mundo socialista que el derrumbe del Muro de Berlín había
desencadenado en 1989. En rigor, el período de despegue de la
modernidad habría que alargarlo hasta el 1521 en que Hernán Cortés
reconquistó definitivamente Tenochtitlán. Los metales preciosos y demás
riquezas que desde entonces partieron hacia Europa pusieron realmente en
marcha una época -la Modernidad- que terminará por identificarse con la
historia de la expansión planetaria del capitalismo. Los 500 años de lo que
llamo modernidad coincidieron así, por una parte, con los 500 años de la Era de
Gutenberg, es decir con el reinado de la comunicación tipográfica que hoy
parece en vías de ser sustituido por el reinado de la comunicación
electrónica. Pero coincidieron también con los 500 años que empleó el
capitalismo en expandirse desde el embrionario núcleo europeo del siglo XV
hasta la actual ocupación del entero planeta. Por ironía de la historia el
control del espacio geográfico, que por más de cuatro siglos fue
obsesivamente perseguido por las sucesivas potencias dominantes, ha devenido
superfluo a la hora del triunfo planetario del >libre mercado=. Basta el
control del espacio electrónico. 1.2. Propongo distribuir
los 500 años de la modernidad en tres fases o etapas. La primera se abriría
con Gutenberg y Colón. Su galería de héroes incluiría, entre muchos otros, a
Maquiavelo, Giordano Bruno, Carlos V, Miguel Ángel, Leonardo, Rabelais,
Montaigne, Shakespeare, Cervantes, Velázquez, Rubens, el Greco, Copérnico,
Képler, Galileo, Servet, Newton, Erasmo, Bacon, Descartes, |
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Lutero, Calvino, Ignacio de Loyola, Tomás Moro, Las Casas, Oviedo.
Este muy incompleto pero significativo elenco pone en inmediata evidencia el
que para mí es el rasgo fundamental y caracterizador de la modernidad: me
refiero al necesario ligamen y paralelismo entre dos líneas del desarrollo
social que en Occidente, hasta años muy recientes, eran consideradas como
inseparables: por una parte el progreso científico y tecnológico, por
otra el proyecto histórico-político de la emancipación humana. Ya
desde su primera fase la batalla de la modernidad hacia la conquista de la
hegemonía histórico-cultural persiguió -como declarada estrategia de lucha-
desarrollar el conocimiento y control de la naturaleza en unitaria conexión
con el mejoramiento de las condiciones políticas, económicas y también
espirituales del hombre. Esta sintonía entre los esfuerzos por
ensanchar el espacio del saber aplicado y los esfuerzos por ensanchar el
espacio de la libertad y de la dignidad individuales atravesó toda la
historia de la modernidad, que por ello, en una de sus dimensiones axiales,
fue la historia de las sucesivas representaciones de la Utopía, de la Ciudad
Futura. La segunda modernidad fue inaugurada
por la Revolución Francesa y alcanzó sus mejores logros durante ese siglo XIX
que asistió a la afirmación de la burguesía como clase dominante en Europa. Y
a éxitos espectaculares de la ciencia y de la tecnología aplicada, a
sorprendentes descubrimientos e invenciones en los campos de la medicina, de
la química, de la física. El despegue de esta modernidad II (o
modernidad clásica, según Jameson) se produjo de hecho sólo después que las
guerras napoleónicas difundieron por Europa las nuevas ideas de la revolución
burguesa. El asalto a la Bastilla fue el cierre
factual y a la vez simbólico de la modernidad I, que había sido
precisamente la fase heroica del asalto a la fortaleza. La modernidad II,
fase de asentamiento y de expansión colonialista, comenzó a poner en
evidencia las contradicciones que estallarán a fines de nuestro siglo. En
primer lugar la turbación de verificar cómo el progreso no eliminaba, antes
bien suponía nuevas injusticias, nuevas formas de infelicidad y sufrimiento.
El siglo XIX presenció las grandes proezas pero también las grandes infamias
de la modernidad II. En las primeras décadas del siglo XIX los
románticos registraron las variantes del desconcierto y las dificultades del
artista para adaptarse a las mutadas condiciones histórico-culturales. La
emergente narrativa burguesa (Dickens, Balzac, Stendhal) trazó un cuadro no
menos severo de la situación que estaba surgiendo de una industrialización
ávida, frenética, sin reglas. Pero tales críticas no debilitaron la
credibilidad global de un proceso histórico de transformaciones sociales y
culturales que a velocidad nunca vista estaba haciendo del mundo un espacio
cada vez más cómodo, más acogedor, más seguro, más vivible. Los actores de la
segunda fase fueron en primera fila Voltaire, Diderot, D=Alembert, Robespierre, Dantón, Napoleón, l=Encyclopédie y la Masonería, también se llamaron Goethe, Lessing, Hegel, o bien
Jefferson, Washington, Lincoln, Bolívar, a veces Lamartine o Sir Walter Scott
o Lord Byron, y otras veces Victor Hugo con sus miserables, Dumas con sus
tres o cuatro mosqueteros, Leopardi y Manzoni, Vigny y Musset, Gogol y
Pushkin, y más adelante Baudelaire y Flaubert, Delacroix y Chopin. En un nivel
de proyecciones históricas: Proudhon, Owen, Fourier, y por cierto Marx y
Engels. Pero la modernidad II se llamó sobre todo Lavoisier, o bien
Pasteur con su vacuna, Semmelweiss con sus jofainas, Franklin con su
pararrayos, Morse con su toc-toc-tocotoc, Edison con su bombilla, Daguerre
con su fotografía, Bell con su teléfono, Volta con su rana, Darwin con su
eslabón perdido. La máxima protagonista de esta fase fue sin embargo la
gigantesca, la humeante, la estruendosa locomotora. No hay imagen más emblemática
del ímpetu de la modernidad II -civilización vs barbarie- que
la implacable irrupción del tren en las praderas del Far West norteamericano. Nadie discutía por
entonces la colonización de África o del Extremo Oriente, ni la grotesca
tentativa de hacer de México un subimperio francés con el trágico Maximiliano
en el trono. )Quién osaría cuestionar el triunfo de la
civilización sobre las barbaries? Por cierto, no nuestro Sarmiento. De ahí el
rasgo caracterizante de la modernidad II en cuanto forma mental y
axiológica del siglo XIX: la certeza acerca de la superioridad absoluta del
modelo cultural de Occidente. El desarrollo basado sobre el progreso
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y tecnológico del mundo occidental era el único desarrollo verdadero:
por ello imponerlo al resto del planeta era una misión necesaria. Así
la Modernidad devino sinónimo de la deseable Unidad cultural (y sobre todo económica,
claro) que el mundo debía alcanzar para merecer la Utopía, vale decir la
Felicidad. 1889, París. Primer centenario de la
Revolución. Con entusiasmo multitudinario y delirante se inauguraba la
Exposición Universal. La Torre Eiffel, construida especialmente para la
ocasión, era el símbolo del optimismo generalizado con que Europa esperaba la
llegada del siglo XX. Al cierre del siglo XIX, en efecto, la Torre Eiffel fue
el emblema de una época (la Belle Époque) que se veía a sí misma como
la inmediata antecámara de la Utopía realizada, esto es, de un mundo donde el
progreso científico y tecnológico estaba a punto o muy cerca de determinar un
decisivo salto en la calidad individual y social de la vida humana al
cancelar todos -o casi todos- los residuos de injusticias y sufrimientos. La
Ciudad Futura estaba por aparecer tras la colina. Pero el siglo XX desmintió rápidamente
tales expectativas. La guerra ruso-japonesa (1905) y el desastre del Titanic
(1912) fueron sólo lúgubres señales de alarma respecto a la más colosal
catástrofe que los hombres habían atravesado hasta entonces: la Gran Guerra
1914-1918, cuyos 6 ó 7 millones de pérdidas humanas podrían casi hacer
sonreír frente a los 20 millones que la Segunda Guerra Mundial costó
solamente a los soviéticos. Habituados como estamos a los horrores bélicos
masivos de nuestros años >90, no
es fácil imaginar el impacto traumático provocado por la Gran Guerra sobre
una conciencia pública internacional que aún no se reponía del horror por las
150.000 víctimas de la guerra franco-prusiana de 1870-71, la más sangrienta
del siglo XIX. )Por qué el shock de la Gran Guerra? Sobre todo porque se
había roto la confianza colectiva en la relación progreso-realidad. El
desarrollo científico y tecnológico -el Progreso- no era pues la vía maestra
hacia la Ciudad Futura, hacia la sociedad armoniosa, fraterna y solidaria que
los hombres soñaban. Se revelaba antes bien instrumento de dolor, de
mutilación, de muerte. Las certezas y optimismos finiseculares estaban ya muy
deteriorados cuando, hacia fines de 1917, un enérgico hombrecillo que se
hacía llamar Lenin lanzó a sus bolcheviques al asalto del Palacio de Invierno
en Pietroburgo con la consigna *(Todo el poder a los soviets!+ A partir de ahí se supo que el mundo había entrado en una nueva
fase. (Para muchos, incluso en una nueva época. Pero no fue así.) 1.3. La tercera modernidad -tercera y
última- despegó entonces con una Revolución, como la segunda, pero también con
una Catástrofe. Despegó bajo el signo de la Incerteza. Tres personajes
decisivos: Einstein, Freud y Lenin, el trío de las incertezas que al comienzo
del siglo XX cambiaron la visión del mundo, aunque no lograron cambiar
el mundo. Entre 1895 y 1915 Einstein puso en discusión las virtudes de
objetividad, universalidad, simplicidad y economía que por siglos habían sido
la gloria de la física newtoniana. Desde 1900, con La Interpretación de
los Sueños, Freud introdujo turbación y dudas sobre las motivaciones
profundas de nuestro comportamiento: en el Inconsciente operaban a escondidas
los instintos, lo Irracional, en particular las energías sexuales reprimidas:
esa Bestia oscura y peluda que el siglo XIX fingió ignorar porque era rebelde
al control de la Razón dominante. Si Freud nos obligó a la refundación del
Sujeto Individual, Lenin impuso en cambio una nueva imagen posible del Sujeto
Social, una nueva mirada sobre la Colectividad humana y su destino. Es imposible
proponer un elenco siquiera suficiente de los héroes de la modernidad III,
pero arbitrariamente destaco los fundadores nombres de Heisenberg (el
principio de indeterminación), Keynes, Ernst Bloch, Benjamin, Auerbach,
Gramsci, Le Corbusier, Picasso, Dalí, De Chirico, Man Ray, Bartók, Gershwin,
Cole Porter, Duke Ellington, Eisenstein, Chaplin, Buñuel; en literatura
Apollinaire, Breton, Rilke, Auden, Eliot, Kafka, Proust, Joyce, Woolf, García
Lorca, Alberti. Y en América Latina: Orozco, Rivera y Siqueiros, los tres
grandes del muralismo mexicano; los narradores Asturias, Borges, Carpentier,
Onetti, Yáñez; y por cierto los poetas Vallejo, Guillén, Huidobro y Neruda.
Estos nombres tienden a sugerir el conjunto de una vanguardia que quiso o
soñó anticipar |
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