NERUDA MODERNO / NERUDA POSMODERNO

HERNÁN LOYOLA

 

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Hernán Loyola

Hasta 1973 fue profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Chile (Santiago). Obligado a abandonar su país, desde 1977 es Catedrático en la Universidad de Sássari (Italia). Ha publicado numerosos libros, artículos, ediciones críticas y antologías sobre Pablo Neruda y actualmente dirige la nueva edición de Obras Completas que aparecerá en Círculo de Lectores. Prepara además un amplio volumen de síntesis y resultados de 30 años de investigación que se titulará Pablo Neruda. La biografía literaria.

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Neruda moderno /

Neruda posmoderno

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HERNÁN LOYOLA

 

1. MODERNIDAD

 

1.1.

 

     Desde hace ya unos diez años mis trabajos literarios, y en particular los que se refieren a la obra de Pablo Neruda, intentan utilizar como clave exegética de base la dicotomía moderno / posmoderno. Lamento no haber sido hasta ahora capaz de sustituir esa infeliz pareja de nombres por otra mejor. En cambio, y por lo mismo, advierto desde ahora al eventual lector que al usar los términos moderno / posmoderno remito a una precisa definición -conjunta y vinculante, es decir interdependiente- de modernidad y posmodernidad. Definición o caracterización que, por no conocer otra que respondiera satisfactoriamente a mis nuevas hipótesis de investigación, tuve que elaborar y formular yo mismo (en sus implicaciones centrales). Aclaro con ello que no me interesaba ayer ni me interesa hoy insertar esta reflexión mía -cualquiera que sea su valor- en el confuso debate internacional sobre la posmodernidad (y/o posmodernismo), debate por lo demás en fase declinante. Me interesa sólo hacerla funcionar en el ámbito de los estudios literarios en general, y de la nerudología en particular.

     Porque a pesar de la confusión terminológica que reina al respecto, me sigue pareciendo posible y productivo, y desde mi punto de vista incluso necesario, utilizar la oposición moderno / posmoderno como clave operativa para leer (o releer) los textos que de modo directo o indirecto, realista o fantástico, grave o lúdico, narrativo o lírico o discursivo, han ofrecido y siguen ofreciendo representaciones fragmentarias de la trayectoria pasada y presente del mundo en que vivimos, de la situación actual y sus raíces: vale decir, para leer o releer el Texto -no sólo literario- que los hombres no cesan de elaborar. Posible y productivo, sí, siempre que se definan y/o caractericen las opuestas categorías moderno/posmoderno.

     )Qué significa posmodernidad? Todavía no encontré una definición operativa del término en los libros y artículos que he examinado al respecto, aunque no excluyo que sólo por ignorancia o despiste mío no he dado con ella. )Y modernidad? Mientras en 1984 Fredric Jameson asignaba al modernism un siglo de existencia, pensando tal vez en Baudelaire como figura desencadenante, un par de años antes Marshall Berman se había remontado en cambio al joven Goethe que en 1770, a veintiún años, comenzaba a trabajar sobre la figura/tema de Fausto. Por mi parte, para proponer (o sea, para poder operar con) una definición vinculante de los términos moderno/posmoderno tuve que enfrentar el problema global de una periodización histórico-cultural que la autorizase con un grado suficiente de coherencia. Ahí estaba la dificultad, la razón de los desacuerdos. Periodizar es -hoy aún más que antes- duro, antipático, démodé. Para definir y/o caracterizar la posmodernidad era necesario precisar la imagen y las fronteras de la modernidad.

     La formulación detallada de mi propuesta de periodización -como la que intenté en una conferencia de enero 1996 en Sássari- no es posible en esta sede. Ni sería soportable. Trataré de poner en evidencia sólo lo necesario para fundar la distinción entre un Neruda moderno y un Neruda posmoderno. Parto de

 

 

 

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una percepción que supongo común a ustedes y a mí -pero también al último Neruda-, a saber: durante la segunda mitad de este siglo XX que está por terminar hemos asistido a la transformación epocal del mundo que nos tocó vivir. Epocal en el sentido de algo que no se daba en la historia de Occidente desde al menos quinientos años, o sea desde el precedente pasaje de una época (Edad Media) a otra (la Modernidad). Convoco aquí, para que me apoye, a un personaje emblemático de la posmodernidad: George Lucas ((no György Lukács, figura emblemática, en cambio, de la última modernidad!), el cineasta de American Graffiti (1973) y de Star Wars (1977), que hace algunos años parangonó el impacto del computer y de las comunicaciones multimediales sobre la sociedad planetaria de hoy al impacto que la apertura de nuevas rutas comerciales tuvo sobre la sociedad europea del siglo XV *Entre Oriente y Occidente se abrían nuevos mercados y todo, desde el vestuario a la alimentación, cambiaba drásticamente. Hoy es como vivir una nueva versión del 1450 y nos preguntamos cómo irán las cosas de aquí a 50 años. Por ahora se sabe que el control del espacio geográfico ya no es más posible, ni siquiera necesario, en parte porque existe otra realidad: la realidad digital. Lo cual significa que vivimos el fin del gran sueño de Alejandro Magno de conquistar el mundo, sueño que por siglos ha sido el modelo para muchos y la causa de enormes sufrimientos. Nos encontramos en cambio, por primera vez en la historia, frente a un mundo planetariamente interconectado, interdependiente, y tenemos necesidad de una nueva estructura para enfrentarlo.+ (cfr. Internazionale núm. 88, Roma, 21.7.1995, p. 43). Seguramente sin proponérselo, estas palabras de Lucas marcaban las fronteras de la modernidad, sea respecto a la inmediata premodernidad (la Edad Media), sea respecto a la actual posmodernidad.

     Moviéndome en esta línea de Lucas, mi discurso crítico entiende por modernidad la dominante histórico-cultural (Jameson) que imprimió un perfil característico y común a los 500 años que transcurrieron entre dos bloques de fechas fuertemente simbólicas: en un extremo el bloque 1450-1492, la gestación; en el otro extremo el bloque 1950-1992, la agonía. El año 1450, sugerido por Lucas en conexión con el inicio de la gran expansión geográfica, está muy cerca del 1454 en que Gutenberg inauguró la Era de la Imprenta. El 1950 del segundo bloque no es sólo la fácil correspondencia que parece (aunque ayuda), sino el punto simbólico equidistante entre el 1945, el año que puso fin a la II Guerra Mundial y que dio inicio a la Guerra Fría, y el 1955 del film Blackboard Jungle de Richard Brooks, cuya columna sonora -dominada desde los créditos iniciales por el legendario Rock Around The Clock de Bill Haley and his Comets- consagró el triunfo del rock=n=roll. Con el 1492 de Colón juega en cambio ese 1992 que, con la disolución de la Unión Soviética, puso el sello final a la implosión del mundo socialista que el derrumbe del Muro de Berlín había desencadenado en 1989.

     En rigor, el período de despegue de la modernidad habría que alargarlo hasta el 1521 en que Hernán Cortés reconquistó definitivamente Tenochtitlán. Los metales preciosos y demás riquezas que desde entonces partieron hacia Europa pusieron realmente en marcha una época -la Modernidad- que terminará por identificarse con la historia de la expansión planetaria del capitalismo. Los 500 años de lo que llamo modernidad coincidieron así, por una parte, con los 500 años de la Era de Gutenberg, es decir con el reinado de la comunicación tipográfica que hoy parece en vías de ser sustituido por el reinado de la comunicación electrónica. Pero coincidieron también con los 500 años que empleó el capitalismo en expandirse desde el embrionario núcleo europeo del siglo XV hasta la actual ocupación del entero planeta. Por ironía de la historia el control del espacio geográfico, que por más de cuatro siglos fue obsesivamente perseguido por las sucesivas potencias dominantes, ha devenido superfluo a la hora del triunfo planetario del >libre mercado=. Basta el control del espacio electrónico.

 

1.2.

 

     Propongo distribuir los 500 años de la modernidad en tres fases o etapas. La primera se abriría con Gutenberg y Colón. Su galería de héroes incluiría, entre muchos otros, a Maquiavelo, Giordano Bruno, Carlos V, Miguel Ángel, Leonardo, Rabelais, Montaigne, Shakespeare, Cervantes, Velázquez, Rubens, el Greco, Copérnico, Képler, Galileo, Servet, Newton, Erasmo, Bacon, Descartes,

 

 

 

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Lutero, Calvino, Ignacio de Loyola, Tomás Moro, Las Casas, Oviedo. Este muy incompleto pero significativo elenco pone en inmediata evidencia el que para mí es el rasgo fundamental y caracterizador de la modernidad: me refiero al necesario ligamen y paralelismo entre dos líneas del desarrollo social que en Occidente, hasta años muy recientes, eran consideradas como inseparables: por una parte el progreso científico y tecnológico, por otra el proyecto histórico-político de la emancipación humana. Ya desde su primera fase la batalla de la modernidad hacia la conquista de la hegemonía histórico-cultural persiguió -como declarada estrategia de lucha- desarrollar el conocimiento y control de la naturaleza en unitaria conexión con el mejoramiento de las condiciones políticas, económicas y también espirituales del hombre. Esta sintonía entre los esfuerzos por ensanchar el espacio del saber aplicado y los esfuerzos por ensanchar el espacio de la libertad y de la dignidad individuales atravesó toda la historia de la modernidad, que por ello, en una de sus dimensiones axiales, fue la historia de las sucesivas representaciones de la Utopía, de la Ciudad Futura.

     La segunda modernidad fue inaugurada por la Revolución Francesa y alcanzó sus mejores logros durante ese siglo XIX que asistió a la afirmación de la burguesía como clase dominante en Europa. Y a éxitos espectaculares de la ciencia y de la tecnología aplicada, a sorprendentes descubrimientos e invenciones en los campos de la medicina, de la química, de la física. El despegue de esta modernidad II (o modernidad clásica, según Jameson) se produjo de hecho sólo después que las guerras napoleónicas difundieron por Europa las nuevas ideas de la revolución burguesa.

     El asalto a la Bastilla fue el cierre factual y a la vez simbólico de la modernidad I, que había sido precisamente la fase heroica del asalto a la fortaleza. La modernidad II, fase de asentamiento y de expansión colonialista, comenzó a poner en evidencia las contradicciones que estallarán a fines de nuestro siglo. En primer lugar la turbación de verificar cómo el progreso no eliminaba, antes bien suponía nuevas injusticias, nuevas formas de infelicidad y sufrimiento. El siglo XIX presenció las grandes proezas pero también las grandes infamias de la modernidad II. En las primeras décadas del siglo XIX los románticos registraron las variantes del desconcierto y las dificultades del artista para adaptarse a las mutadas condiciones histórico-culturales. La emergente narrativa burguesa (Dickens, Balzac, Stendhal) trazó un cuadro no menos severo de la situación que estaba surgiendo de una industrialización ávida, frenética, sin reglas.

     Pero tales críticas no debilitaron la credibilidad global de un proceso histórico de transformaciones sociales y culturales que a velocidad nunca vista estaba haciendo del mundo un espacio cada vez más cómodo, más acogedor, más seguro, más vivible. Los actores de la segunda fase fueron en primera fila Voltaire, Diderot, D=Alembert, Robespierre, Dantón, Napoleón, l=Encyclopédie y la Masonería, también se llamaron Goethe, Lessing, Hegel, o bien Jefferson, Washington, Lincoln, Bolívar, a veces Lamartine o Sir Walter Scott o Lord Byron, y otras veces Victor Hugo con sus miserables, Dumas con sus tres o cuatro mosqueteros, Leopardi y Manzoni, Vigny y Musset, Gogol y Pushkin, y más adelante Baudelaire y Flaubert, Delacroix y Chopin. En un nivel de proyecciones históricas: Proudhon, Owen, Fourier, y por cierto Marx y Engels. Pero la modernidad II se llamó sobre todo Lavoisier, o bien Pasteur con su vacuna, Semmelweiss con sus jofainas, Franklin con su pararrayos, Morse con su toc-toc-tocotoc, Edison con su bombilla, Daguerre con su fotografía, Bell con su teléfono, Volta con su rana, Darwin con su eslabón perdido. La máxima protagonista de esta fase fue sin embargo la gigantesca, la humeante, la estruendosa locomotora. No hay imagen más emblemática del ímpetu de la modernidad II -civilización vs barbarie- que la implacable irrupción del tren en las praderas del Far West norteamericano.

     Nadie discutía por entonces la colonización de África o del Extremo Oriente, ni la grotesca tentativa de hacer de México un subimperio francés con el trágico Maximiliano en el trono. )Quién osaría cuestionar el triunfo de la civilización sobre las barbaries? Por cierto, no nuestro Sarmiento. De ahí el rasgo caracterizante de la modernidad II en cuanto forma mental y axiológica del siglo XIX: la certeza acerca de la superioridad absoluta del modelo cultural de Occidente. El desarrollo basado sobre el progreso científico

 

 

 

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y tecnológico del mundo occidental era el único desarrollo verdadero: por ello imponerlo al resto del planeta era una misión necesaria. Así la Modernidad devino sinónimo de la deseable Unidad cultural (y sobre todo económica, claro) que el mundo debía alcanzar para merecer la Utopía, vale decir la Felicidad.

     1889, París. Primer centenario de la Revolución. Con entusiasmo multitudinario y delirante se inauguraba la Exposición Universal. La Torre Eiffel, construida especialmente para la ocasión, era el símbolo del optimismo generalizado con que Europa esperaba la llegada del siglo XX. Al cierre del siglo XIX, en efecto, la Torre Eiffel fue el emblema de una época (la Belle Époque) que se veía a sí misma como la inmediata antecámara de la Utopía realizada, esto es, de un mundo donde el progreso científico y tecnológico estaba a punto o muy cerca de determinar un decisivo salto en la calidad individual y social de la vida humana al cancelar todos -o casi todos- los residuos de injusticias y sufrimientos. La Ciudad Futura estaba por aparecer tras la colina.

     Pero el siglo XX desmintió rápidamente tales expectativas. La guerra ruso-japonesa (1905) y el desastre del Titanic (1912) fueron sólo lúgubres señales de alarma respecto a la más colosal catástrofe que los hombres habían atravesado hasta entonces: la Gran Guerra 1914-1918, cuyos 6 ó 7 millones de pérdidas humanas podrían casi hacer sonreír frente a los 20 millones que la Segunda Guerra Mundial costó solamente a los soviéticos. Habituados como estamos a los horrores bélicos masivos de nuestros años >90, no es fácil imaginar el impacto traumático provocado por la Gran Guerra sobre una conciencia pública internacional que aún no se reponía del horror por las 150.000 víctimas de la guerra franco-prusiana de 1870-71, la más sangrienta del siglo XIX.

     )Por qué el shock de la Gran Guerra? Sobre todo porque se había roto la confianza colectiva en la relación progreso-realidad. El desarrollo científico y tecnológico -el Progreso- no era pues la vía maestra hacia la Ciudad Futura, hacia la sociedad armoniosa, fraterna y solidaria que los hombres soñaban. Se revelaba antes bien instrumento de dolor, de mutilación, de muerte. Las certezas y optimismos finiseculares estaban ya muy deteriorados cuando, hacia fines de 1917, un enérgico hombrecillo que se hacía llamar Lenin lanzó a sus bolcheviques al asalto del Palacio de Invierno en Pietroburgo con la consigna *(Todo el poder a los soviets!+ A partir de ahí se supo que el mundo había entrado en una nueva fase. (Para muchos, incluso en una nueva época. Pero no fue así.)

 

1.3.

 

     La tercera modernidad -tercera y última- despegó entonces con una Revolución, como la segunda, pero también con una Catástrofe. Despegó bajo el signo de la Incerteza. Tres personajes decisivos: Einstein, Freud y Lenin, el trío de las incertezas que al comienzo del siglo XX cambiaron la visión del mundo, aunque no lograron cambiar el mundo. Entre 1895 y 1915 Einstein puso en discusión las virtudes de objetividad, universalidad, simplicidad y economía que por siglos habían sido la gloria de la física newtoniana. Desde 1900, con La Interpretación de los Sueños, Freud introdujo turbación y dudas sobre las motivaciones profundas de nuestro comportamiento: en el Inconsciente operaban a escondidas los instintos, lo Irracional, en particular las energías sexuales reprimidas: esa Bestia oscura y peluda que el siglo XIX fingió ignorar porque era rebelde al control de la Razón dominante. Si Freud nos obligó a la refundación del Sujeto Individual, Lenin impuso en cambio una nueva imagen posible del Sujeto Social, una nueva mirada sobre la Colectividad humana y su destino.

     Es imposible proponer un elenco siquiera suficiente de los héroes de la modernidad III, pero arbitrariamente destaco los fundadores nombres de Heisenberg (el principio de indeterminación), Keynes, Ernst Bloch, Benjamin, Auerbach, Gramsci, Le Corbusier, Picasso, Dalí, De Chirico, Man Ray, Bartók, Gershwin, Cole Porter, Duke Ellington, Eisenstein, Chaplin, Buñuel; en literatura Apollinaire, Breton, Rilke, Auden, Eliot, Kafka, Proust, Joyce, Woolf, García Lorca, Alberti. Y en América Latina: Orozco, Rivera y Siqueiros, los tres grandes del muralismo mexicano; los narradores Asturias, Borges, Carpentier, Onetti, Yáñez; y por cierto los poetas Vallejo, Guillén, Huidobro y Neruda. Estos nombres tienden a sugerir el conjunto de una vanguardia que quiso o soñó anticipar

 

 

 

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