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Neruda moderno / Neruda posmoderno _________________ HERNÁN LOYOLA |
una percepción que supongo común a ustedes y a mí -pero también al
último Neruda-, a saber: durante la segunda mitad de este siglo XX que está
por terminar hemos asistido a la transformación epocal del mundo que
nos tocó vivir. Epocal en el sentido de algo que no se daba en la historia de
Occidente desde al menos quinientos años, o sea desde el precedente pasaje de
una época (Edad Media) a otra (la Modernidad). Convoco aquí, para que me
apoye, a un personaje emblemático de la posmodernidad: George Lucas ((no György Lukács, figura emblemática, en cambio,
de la última modernidad!), el cineasta de American Graffiti (1973) y
de Star Wars (1977), que hace algunos años parangonó el impacto del
computer y de las comunicaciones multimediales sobre la sociedad planetaria
de hoy al impacto que la apertura de nuevas rutas comerciales tuvo sobre la
sociedad europea del siglo XV *Entre Oriente y Occidente se abrían nuevos mercados y todo, desde el
vestuario a la alimentación, cambiaba drásticamente. Hoy es como vivir una
nueva versión del 1450 y nos preguntamos cómo irán las cosas de aquí a 50
años. Por ahora se sabe que el control del espacio geográfico ya no es más
posible, ni siquiera necesario, en parte porque existe otra realidad: la
realidad digital. Lo cual significa que vivimos el fin del gran sueño de
Alejandro Magno de conquistar el mundo, sueño que por siglos ha sido el
modelo para muchos y la causa de enormes sufrimientos. Nos encontramos en
cambio, por primera vez en la historia, frente a un mundo planetariamente
interconectado, interdependiente, y tenemos necesidad de una nueva estructura
para enfrentarlo.+ (cfr. Internazionale
núm. 88, Roma, 21.7.1995, p. 43). Seguramente sin proponérselo, estas
palabras de Lucas marcaban las fronteras de la modernidad, sea
respecto a la inmediata premodernidad (la Edad Media), sea respecto a la
actual posmodernidad. Moviéndome en esta línea de Lucas, mi
discurso crítico entiende por modernidad la dominante
histórico-cultural (Jameson) que imprimió un perfil característico y
común a los 500 años que transcurrieron entre dos bloques de fechas
fuertemente simbólicas: en un extremo el bloque 1450-1492, la gestación; en
el otro extremo el bloque 1950-1992, la agonía. El año 1450, sugerido
por Lucas en conexión con el inicio de la gran expansión geográfica, está muy
cerca del 1454 en que Gutenberg inauguró la Era de la Imprenta. El 1950 del
segundo bloque no es sólo la fácil correspondencia que parece (aunque ayuda),
sino el punto simbólico equidistante entre el 1945, el año que puso fin a la
II Guerra Mundial y que dio inicio a la Guerra Fría, y el 1955 del film Blackboard
Jungle de Richard Brooks, cuya columna sonora -dominada desde los
créditos iniciales por el legendario Rock Around The Clock de Bill
Haley and his Comets- consagró el triunfo del rock=n=roll. Con el 1492 de Colón juega en cambio ese
1992 que, con la disolución de la Unión Soviética, puso el sello final a la
implosión del mundo socialista que el derrumbe del Muro de Berlín había
desencadenado en 1989. En rigor, el período de despegue de la
modernidad habría que alargarlo hasta el 1521 en que Hernán Cortés
reconquistó definitivamente Tenochtitlán. Los metales preciosos y demás
riquezas que desde entonces partieron hacia Europa pusieron realmente en
marcha una época -la Modernidad- que terminará por identificarse con la
historia de la expansión planetaria del capitalismo. Los 500 años de lo que
llamo modernidad coincidieron así, por una parte, con los 500 años de la Era de
Gutenberg, es decir con el reinado de la comunicación tipográfica que hoy
parece en vías de ser sustituido por el reinado de la comunicación
electrónica. Pero coincidieron también con los 500 años que empleó el
capitalismo en expandirse desde el embrionario núcleo europeo del siglo XV
hasta la actual ocupación del entero planeta. Por ironía de la historia el
control del espacio geográfico, que por más de cuatro siglos fue
obsesivamente perseguido por las sucesivas potencias dominantes, ha devenido
superfluo a la hora del triunfo planetario del >libre mercado=. Basta el
control del espacio electrónico. 1.2. Propongo distribuir
los 500 años de la modernidad en tres fases o etapas. La primera se abriría
con Gutenberg y Colón. Su galería de héroes incluiría, entre muchos otros, a
Maquiavelo, Giordano Bruno, Carlos V, Miguel Ángel, Leonardo, Rabelais,
Montaigne, Shakespeare, Cervantes, Velázquez, Rubens, el Greco, Copérnico,
Képler, Galileo, Servet, Newton, Erasmo, Bacon, Descartes, |
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Lutero, Calvino, Ignacio de Loyola, Tomás Moro, Las Casas, Oviedo.
Este muy incompleto pero significativo elenco pone en inmediata evidencia el
que para mí es el rasgo fundamental y caracterizador de la modernidad: me
refiero al necesario ligamen y paralelismo entre dos líneas del desarrollo
social que en Occidente, hasta años muy recientes, eran consideradas como
inseparables: por una parte el progreso científico y tecnológico, por
otra el proyecto histórico-político de la emancipación humana. Ya
desde su primera fase la batalla de la modernidad hacia la conquista de la
hegemonía histórico-cultural persiguió -como declarada estrategia de lucha-
desarrollar el conocimiento y control de la naturaleza en unitaria conexión
con el mejoramiento de las condiciones políticas, económicas y también
espirituales del hombre. Esta sintonía entre los esfuerzos por
ensanchar el espacio del saber aplicado y los esfuerzos por ensanchar el
espacio de la libertad y de la dignidad individuales atravesó toda la
historia de la modernidad, que por ello, en una de sus dimensiones axiales,
fue la historia de las sucesivas representaciones de la Utopía, de la Ciudad
Futura. La segunda modernidad fue inaugurada
por la Revolución Francesa y alcanzó sus mejores logros durante ese siglo XIX
que asistió a la afirmación de la burguesía como clase dominante en Europa. Y
a éxitos espectaculares de la ciencia y de la tecnología aplicada, a
sorprendentes descubrimientos e invenciones en los campos de la medicina, de
la química, de la física. El despegue de esta modernidad II (o
modernidad clásica, según Jameson) se produjo de hecho sólo después que las
guerras napoleónicas difundieron por Europa las nuevas ideas de la revolución
burguesa. El asalto a la Bastilla fue el cierre
factual y a la vez simbólico de la modernidad I, que había sido
precisamente la fase heroica del asalto a la fortaleza. La modernidad II,
fase de asentamiento y de expansión colonialista, comenzó a poner en
evidencia las contradicciones que estallarán a fines de nuestro siglo. En
primer lugar la turbación de verificar cómo el progreso no eliminaba, antes
bien suponía nuevas injusticias, nuevas formas de infelicidad y sufrimiento.
El siglo XIX presenció las grandes proezas pero también las grandes infamias
de la modernidad II. En las primeras décadas del siglo XIX los
románticos registraron las variantes del desconcierto y las dificultades del
artista para adaptarse a las mutadas condiciones histórico-culturales. La
emergente narrativa burguesa (Dickens, Balzac, Stendhal) trazó un cuadro no
menos severo de la situación que estaba surgiendo de una industrialización
ávida, frenética, sin reglas. Pero tales críticas no debilitaron la
credibilidad global de un proceso histórico de transformaciones sociales y
culturales que a velocidad nunca vista estaba haciendo del mundo un espacio
cada vez más cómodo, más acogedor, más seguro, más vivible. Los actores de la
segunda fase fueron en primera fila Voltaire, Diderot, D=Alembert, Robespierre, Dantón, Napoleón, l=Encyclopédie y la Masonería, también se llamaron Goethe, Lessing, Hegel, o bien
Jefferson, Washington, Lincoln, Bolívar, a veces Lamartine o Sir Walter Scott
o Lord Byron, y otras veces Victor Hugo con sus miserables, Dumas con sus
tres o cuatro mosqueteros, Leopardi y Manzoni, Vigny y Musset, Gogol y
Pushkin, y más adelante Baudelaire y Flaubert, Delacroix y Chopin. En un nivel
de proyecciones históricas: Proudhon, Owen, Fourier, y por cierto Marx y
Engels. Pero la modernidad II se llamó sobre todo Lavoisier, o bien
Pasteur con su vacuna, Semmelweiss con sus jofainas, Franklin con su
pararrayos, Morse con su toc-toc-tocotoc, Edison con su bombilla, Daguerre
con su fotografía, Bell con su teléfono, Volta con su rana, Darwin con su
eslabón perdido. La máxima protagonista de esta fase fue sin embargo la
gigantesca, la humeante, la estruendosa locomotora. No hay imagen más emblemática
del ímpetu de la modernidad II -civilización vs barbarie- que
la implacable irrupción del tren en las praderas del Far West norteamericano. Nadie discutía por
entonces la colonización de África o del Extremo Oriente, ni la grotesca
tentativa de hacer de México un subimperio francés con el trágico Maximiliano
en el trono. )Quién osaría cuestionar el triunfo de la
civilización sobre las barbaries? Por cierto, no nuestro Sarmiento. De ahí el
rasgo caracterizante de la modernidad II en cuanto forma mental y
axiológica del siglo XIX: la certeza acerca de la superioridad absoluta del
modelo cultural de Occidente. El desarrollo basado sobre el progreso
científico |
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y tecnológico del mundo occidental era el único desarrollo verdadero:
por ello imponerlo al resto del planeta era una misión necesaria. Así
la Modernidad devino sinónimo de la deseable Unidad cultural (y sobre todo económica,
claro) que el mundo debía alcanzar para merecer la Utopía, vale decir la
Felicidad. 1889, París. Primer centenario de la
Revolución. Con entusiasmo multitudinario y delirante se inauguraba la
Exposición Universal. La Torre Eiffel, construida especialmente para la
ocasión, era el símbolo del optimismo generalizado con que Europa esperaba la
llegada del siglo XX. Al cierre del siglo XIX, en efecto, la Torre Eiffel fue
el emblema de una época (la Belle Époque) que se veía a sí misma como
la inmediata antecámara de la Utopía realizada, esto es, de un mundo donde el
progreso científico y tecnológico estaba a punto o muy cerca de determinar un
decisivo salto en la calidad individual y social de la vida humana al
cancelar todos -o casi todos- los residuos de injusticias y sufrimientos. La
Ciudad Futura estaba por aparecer tras la colina. Pero el siglo XX desmintió rápidamente
tales expectativas. La guerra ruso-japonesa (1905) y el desastre del Titanic
(1912) fueron sólo lúgubres señales de alarma respecto a la más colosal
catástrofe que los hombres habían atravesado hasta entonces: la Gran Guerra
1914-1918, cuyos 6 ó 7 millones de pérdidas humanas podrían casi hacer
sonreír frente a los 20 millones que la Segunda Guerra Mundial costó
solamente a los soviéticos. Habituados como estamos a los horrores bélicos
masivos de nuestros años >90, no
es fácil imaginar el impacto traumático provocado por la Gran Guerra sobre
una conciencia pública internacional que aún no se reponía del horror por las
150.000 víctimas de la guerra franco-prusiana de 1870-71, la más sangrienta
del siglo XIX. )Por qué el shock de la Gran Guerra? Sobre todo porque se
había roto la confianza colectiva en la relación progreso-realidad. El
desarrollo científico y tecnológico -el Progreso- no era pues la vía maestra
hacia la Ciudad Futura, hacia la sociedad armoniosa, fraterna y solidaria que
los hombres soñaban. Se revelaba antes bien instrumento de dolor, de
mutilación, de muerte. Las certezas y optimismos finiseculares estaban ya muy
deteriorados cuando, hacia fines de 1917, un enérgico hombrecillo que se
hacía llamar Lenin lanzó a sus bolcheviques al asalto del Palacio de Invierno
en Pietroburgo con la consigna *(Todo el poder a los soviets!+ A partir de ahí se supo que el mundo había entrado en una nueva
fase. (Para muchos, incluso en una nueva época. Pero no fue así.) 1.3. La tercera modernidad -tercera y
última- despegó entonces con una Revolución, como la segunda, pero también con
una Catástrofe. Despegó bajo el signo de la Incerteza. Tres personajes
decisivos: Einstein, Freud y Lenin, el trío de las incertezas que al comienzo
del siglo XX cambiaron la visión del mundo, aunque no lograron cambiar
el mundo. Entre 1895 y 1915 Einstein puso en discusión las virtudes de
objetividad, universalidad, simplicidad y economía que por siglos habían sido
la gloria de la física newtoniana. Desde 1900, con La Interpretación de
los Sueños, Freud introdujo turbación y dudas sobre las motivaciones
profundas de nuestro comportamiento: en el Inconsciente operaban a escondidas
los instintos, lo Irracional, en particular las energías sexuales reprimidas:
esa Bestia oscura y peluda que el siglo XIX fingió ignorar porque era rebelde
al control de la Razón dominante. Si Freud nos obligó a la refundación del
Sujeto Individual, Lenin impuso en cambio una nueva imagen posible del Sujeto
Social, una nueva mirada sobre la Colectividad humana y su destino. Es imposible
proponer un elenco siquiera suficiente de los héroes de la modernidad III,
pero arbitrariamente destaco los fundadores nombres de Heisenberg (el
principio de indeterminación), Keynes, Ernst Bloch, Benjamin, Auerbach,
Gramsci, Le Corbusier, Picasso, Dalí, De Chirico, Man Ray, Bartók, Gershwin,
Cole Porter, Duke Ellington, Eisenstein, Chaplin, Buñuel; en literatura
Apollinaire, Breton, Rilke, Auden, Eliot, Kafka, Proust, Joyce, Woolf, García
Lorca, Alberti. Y en América Latina: Orozco, Rivera y Siqueiros, los tres
grandes del muralismo mexicano; los narradores Asturias, Borges, Carpentier,
Onetti, Yáñez; y por cierto los poetas Vallejo, Guillén, Huidobro y Neruda.
Estos nombres tienden a sugerir el conjunto de una vanguardia que quiso o
soñó anticipar |
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al resto de la sociedad en la conquista de un nuevo territorio, de
una nueva conciencia y de un nuevo orden social. )Por qué modernidad III cuando todo -desde las figuras de
Picasso a los edificios de apartamentos de Le Corbusier, pasando por el Ulysses
y por el escarabajo de Kafka, por la música atonal y el jazz, por los aviones
y el Ford T, por la existencia misma de la Unión Soviética-, todo parecía
indicar ruptura radical con el pasado? Es que bajo las manifestaciones
visibles y verificables de ruptura operaba una continuidad de fondo. La modernidad III se
caracterizó en efecto como tendencialmente democrática y de izquierdas. Con
lo cual quiero significar que la dominante histórico-cultural de la
primera mitad de nuestro siglo, particularmente entre 1920 y 1950 -pero con
importantes prolongaciones al menos hasta 1973-, fue vivida por la conciencia
mayoritaria de la humanidad como una extrema, y a ratos incluso épica,
tentativa hacia la corrección de los errores de las modernidades
precedentes, hacia la fecundación finalmente democrática del matrimonio
Progreso-Libertad. De modo que llegó a ser normal la concepción del
bienestar colectivo como prioridad política y moral: los beneficios de la
nueva ciencia y de las nuevas tecnologías no seguirían siendo el privilegio
de unos pocos adinerados sino patrimonio de las grandes mayorías y de la
entera humanidad. Determinando una nueva axiología colectiva, la modernidad
III logró hacer funcionar el tácito acuerdo que, entre otras cosas,
galvanizó la batalla mundial contra los fascismos e impuso universalmente las
condiciones políticas del Welfare. Logros relativos y sólo parcialmente
verdaderos que, sin embargo, hasta hace pocos años nadie osaba cuestionar
públicamente. 2. NERUDA MODERNO 2.1. Desde mi primer ensayo (1964) rechacé
eso que por error o por prejuicio el gran Amado Alonso (1951) había llamado la
conversión poética de Pablo Neruda, generadora de la supuesta ruptura de
1936 que se habría proyectado a España en el Corazón (1937). En mi
edición crítica de Residencia en la Tierra (Madrid, Cátedra, 1987)
creo haber demostrado que tal >conversión= comenzó dos
años antes con el poema *Estatuto del
Vino+ y que por lo tanto España en el Corazón no
fue el texto imprevisto que Alonso supuso. Fue en cambio el texto que marcó
la resolución de un conflicto -central en Residencia- en favor de la
dimensión >profética= del Sujeto nerudiano. Fue así que logré legitimar por fin mi
antigua lectura unitaria, que no admitía rupturas de fondo, del
proceso poético que desde Veinte Poemas de Amor (1924) había avanzado
hasta Canto General (1950), prolongándose con algunas fracturas menores
y no radicales (por ejemplo: Estravagario de 1958) en los libros
sucesivos hasta la muerte del poeta. Un caso de desarrollo, que no de
conversión. Más allá de las apariencias, Neruda era uno solo. Pero enseguida
debí admitir que esa unidad comenzaba con Veinte Poemas. )La verdadera ruptura era pues la de 1924, no la de
1936? Teoricé entonces que el itinerario
poético de Neruda se componía de una fase única, de desarrollo lineal y
progresivo, cuyo inicio había sido marcado por la publicación de Veinte
Poemas. Sólo que esta fase única tenía una prehistoria, una muy breve
fase que alguna vez llamé prenerudiana (en el sentido de haber sido
una escritura poética anterior a la del verdadero Neruda) y que
incluía los libros Crepusculario (1923) y El Hondero Entusiasta (escrito
en 1923). La formulación inicial de tal hipótesis -que mucho después
desarrollé específicamente, y de modo más articulado y maduro, en mi artículo
*Neruda 1923: el Año de la Encrucijada+ (1992)- tuvo origen en la periodización propuesta
por Cedomil Goic para los itinerarios de la novela chilena (en 1968) y de la
novela hispanoamericana (en 1972). Goic había asignado
carácter de radical coupure a la ruptura advertible entre dos
determinadas generaciones de narradores hispanoamericanos: por una parte la
generación mundonovista y tardo-naturalista que incluyó entre otros a los
chilenos Augusto D=Halmar y
Mariano Latorre, a los argentinos Benito Lynch y Ricardo Güiraldes, al
boliviano Alcides Arguedas, al colombiano José Eustasio Rivera, al venezolano
Rómulo Gallegos; en ruptura con ésta se situaba la gloriosa generación
emergente y renovadora que incluyó al chileno Manuel Rojas, a los argentinos
Roberto Arlt, Eduardo Mallea, |
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Leopoldo Marechal y naturalmente Borges, a la venezolana Teresa de
la Parra, al cubano Alejo Carpentier, al guatemalteco Miguel Ángel Asturias,
al mexicano Agustín Yáñez. Para Goic no se trataba de un simple tránsito
generacional, o cambio de guardia, sino de una inédita fractura estructural
en el sistema literario vigente. En términos de Goic, era el pasaje desde la
novela moderna [en mi código: novela de la modernidad II] a
la novela contemporánea [= novela de la modernidad III]. Era la
aparición de una nueva novela. A mí pareció claro que en términos
generales, pero también en algunos detalles del sistema de preferencias, esta
generación de ruptura en ámbito narrativo era la misma que en ámbito poético
incluyó entre otros a César Vallejo, a Nicolás Guillén, a Oliverio Girondo, a
Ricardo Molinari, a Luis Palés Matos, a Vicente Huidobro, a Pablo Neruda. Y
me era claro también que la ruptura de estos narradores y poetas
hispanoamericanos aparecía en evidente conexión (y por primera vez esta
conexión era paritaria) con la ruptura que en Europa por entonces, desde
comienzos de los años >20,
estaban imponiendo narradores como Proust, Kafka, Joyce, Lawrence, Huxley,
Musil, Döblin, Woolf, y poetas del calibre de Eliot, Pound, Breton, Aragon,
Éluard, Valéry, Saint-John Perse, Benn, Montale, Quasimodo, Aleixandre, Jorge
Guillén, Alberti, Juan Ramón, Federico. Las llamadas literaturas de
vanguardia, se vio después, eran sólo la parte más visible de una revolución
generalizada y -por primera vez- común a las dos riberas del Atlántico. Con
la generación de Neruda y Vallejo, de Borges y Carpentier, la literatura
hispanoamericana hizo su ingreso en la contemporaneidad de la
literatura de Occidente. 2.2. *El comunismo de Pablo Neruda -escribió A. Alonso (1951: 320)- como
acontecimiento de su biografía sólo nos concierne en cuanto ha tocado y
cambiado la índole de su poesía. Pues la poesía de Pablo Neruda ha cambiado
de la noche a la mañana radicalmente.+ Que la poesía de Pablo Neruda había
cambiado en 1936, era cosa evidente. Que había cambiado radicalmente era
lo que yo rechacé hace treinta años y lo que -con más argumentos- sigo
rechazando hasta hoy. Residencia en la Tierra no era sólo poesía *de ensimismada soledad, de angustia metafísica y
de visión de muerte+. A esa
dimensión atroz, que por cierto el crítico español analizó magistralmente, el
Sujeto residenciario contrapuso sin tregua una tensión de signo opuesto que
hoy llamaríamos resistencia y que Alonso, por impedimentos derivados
de su personal concepción de la poesía, subvaloró o simplemente no vio. Pruebo a decirlo de otro modo. La
autorrepresentación del Sujeto residenciario proponía el mismo héroe
degradado que enunciaba y/o protagonizaba otros textos más o menos
coetáneos, narrativos y líricos, firmados por los escritores de la brillante
generación de vanguardia -la generación de Neruda, justamente- que a
comienzos de los años >20
renovó la literatura occidental: Kafka, Joyce, Eliot, Pound, Vallejo y los
demás que mencioné más arriba. Ese héroe degradado, común a esos escritores y
al Neruda de Residencia, fue el prototipo del héroe de la
modernidad III precisamente por su oscura, desencantada, imposible resistencia
a la degradación que los nuevos tiempos tendían a imponerle. Y por su
tenaz afirmación -contra toda evidencia y esperanza- de la vocación de
solidaridad entre los hombres: condición latente, si bien sofocada o negada,
que el poeta-profeta está llamado a tornar manifiesta y visible. La misión
del héroe degradado fue justamente la de dar testimonio afirmativo de una
realidad humana profunda y soterrada, no sólo contra las apariencias que
obstinadamente parecían desmentir la existencia misma del objeto de su empeño
sino contra la frustrante ausencia de respuesta: *Acecho, pues, lo inanimado y lo doliente, / y el testimonio extraño
que sostengo / con eficiencia cruel y escrito en cenizas, / es la forma de
olvido que prefiero, / el nombre que doy a la tierra, el valor de mis sueños+ (Residencia en la Tierra, *Sonata y Destrucciones+). Alonso iluminó el
factor degradación de un Sujeto que, respecto a sus frustrados anhelos
de plenitud y de inserción positiva y creadora en el mundo, se autorrepresentaba
insistentemente *como un camarero humillado+, como *un sirviente mortal vestido de hambre+, *como un ataúd envejecido+, y cuya derrota desembocaba en un final y desesperado *Sucede que me canso de mis |
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pies y mis uñas / y mi pelo y mi sombra. / Sucede que me canso de
ser hombre.+ Pero advirtió mucho menos la importancia del factor
profecía, eso que el Sujeto mismo llamó mi sentido profético,
contraponiéndolo a la degradación con autorrepresentaciones de este tipo: *para mí que entro cantando / como con una espada
entre indefensos+, *amo lo tenaz
que aún sobrevive en mis ojos+ y con
particular evidencia: *pero, la
verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho, / las noches de substancia
infinita caídas en mi dormitorio, / el ruido de un día que arde con
sacrificio, /me piden lo profético que hay en mí+ (*Arte Poética+). Al final de la primera Residencia la
figura profética estaba muriendo. Que el conflicto se estaba resolviendo en
favor de la degradación y contra la profecía lo declaró
a modo suyo el Sujeto al autorrepresentarse como el fantasma del buque de
carga en el poema escrito por Neruda durante el viaje que lo trajo de
vuelta a Chile en abril de 1932. Tan extrema desacralización del Yo profético
esterilizó por más de un año al poeta hasta desembocar en ese nadir del
temple moral del Sujeto residenciario que fue el poema *Walking Around+, escrito en Buenos Aires hacia octubre de 1933. Entonces apareció Federico García
Lorca, quien, primero en Buenos Aires (octubre 1933-abril 1934) y después en
Madrid, salvó a Neruda del desastre. Con el ejemplo de los textos aún inéditos
del futuro y póstumo Poeta en Nueva York, Federico enseñó a su nuevo
amigo Pablo uno de los modelos claves de la modernidad III: el modelo
freudiano de profundidad que contrapone la excavación a la represión
(de las pulsiones infantiles) y lo latente a lo manifiesto, en
obvia conexión con el modelo existencial de autenticidad/inautenticidad
y con el modelo dialéctico de esencia/apariencia, también ellos
característicos de la modernidad del siglo XX. Como Nueva York para Federico,
Buenos Aires fue para Neruda el espacio en que los recuerdos de la niñez y la
memoria del sexo afloraron con verdades ocultas o sofocadas que determinaron
el nuevo parcial desbloqueo, en los textos, de la figura del propio yo-niño
del poeta (ese *niño insepulto+ a que aludió el poema *Oda con un Lamento+). A Lorca debe Residencia la
metamorfosis que, superado el riesgo de *Walking Around+, no sólo
favoreció la conclusión misma del libro en Madrid sino además la nueva
tendencia de Neruda a conjugar en la representación poética sus asuntos
privados y el acontecer histórico. Fue así que imágenes -más o menos
cifradas- relativas a la revolución de los mineros asturianos (octubre 1934),
y a la represión generalizada que la siguió, poblaron la escritura de los
últimos poemas de Residencia (de modo central en *Estatuto del Vino+). Desde el regreso de Neruda a Chile en
1937, su actividad poética recorrió hasta un límite extremo las diversas
líneas propuestas por la modernidad III. En el capítulo *Yo Soy+, último de Canto General, el Sujeto nerudiano declaró haber
completado su proceso de individuación personal y haber alcanzado su
identidad definitiva. El ideal de Unidad siempre perseguido por la modernidad
se cumplía también a nivel individual. El material autobiográfico se disponía
en ese capítulo como el itinerario de un proceso totalizador: el niño de la
Frontera, el Hondero y el Abandonado, el estudiante, el viajero en Oriente,
en España y en México, el combatiente antifascista y el fervoroso indagador
de Chile y América, el chileno de regreso, el senador, el militante
comunista: todas las figuras mítico-biográficas que habían escandido la
trayectoria del Sujeto se resolvían finalmente en este Yo Soy
definitivo. El signo clave del Neruda moderno fue
entonces el autorretrato en movimiento. Desde el 1924 de los Veinte Poemas
hasta el 1956 de las Nuevas Odas Elementales, el Sujeto nerudiano
se autorrepresentó en los textos como una figura dinámica, progresiva, en
marcha dificultosa pero constante hacia una meta, hacia un horizonte por
alcanzar. 3. POSMODERNIDAD 3.1. El bloque
cronológico 1950-1992 marcó el período de agonía y defunción de la modernidad
III (y de los cinco siglos de modernidad), pero en simultánea
correspondencia marcó también el período de incubación, ascenso y afirmación
de la posmodernidad. Término que, a efectos del presente discurso, defino
como el conjunto de los valores (o disvalores) y de los comportamientos
culturales que |
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actualmente prevalecen en la gestión mundial de la economía y de la
política, de la ciencia y de la tecnología, del medio ambiente y de las
artes, de las tensiones internacionales y de los derechos y aspiraciones
individuales, en breve, lo que prevalece en la gestión mundial de la historia
presente. Lo posmoderno sería entonces
(con fórmula que tomo de Jameson) la dominante histórico-cultural de
nuestros días. Quien tenga edad suficiente ha asistido a los signos
cotidianos del tránsito: desde la radio a la televisión, desde el cine al
vídeo, desde el psicoanálisis a la aeróbica, desde el mundo del jazz a la
galaxia del rock, desde la máquina de escribir al computer, desde la Era de
la Imprenta a la Era de la Comunicación Electrónica. Pero a diferencia de las
revolucionarias invenciones modernas, la posmoderna -y más espectacular aún-
revolución científico-tecnológica de los últimos cincuenta años no ha sido
propuesta ni vivida en relación al horizonte de Progreso sin fin a que la
modernidad nos había habituado. Tan formidable transformación se está
desarrollando en el marco del más completo y radical divorcio entre el
progreso científico-tecnológico (hoy dominado por los intereses y códigos del
>libre mercado= internacional) y el proyecto histórico-político de la emancipación,
de la dignificación y de la exaltación de la vida de los hombres -de todos
los hombres- sobre este planeta. La conquista de un mundo de libertad y
bienestar para toda la humanidad, que por siglos pareció ser el horizonte de
las batallas de la Razón y de la Ciencia, hoy por hoy muestra haber perdido
toda su antigua fascinación como proyecto político general. De improviso
nadie parece interesado en construir la Ciudad Futura. El signo macroscópico del radicalismo
del cambio sería lo que Jean-François Lyotard llamó el fin de los grandes
metarrelatos legitimadores de los modernos discursos (y de sus tentativas de
praxis) enderezados a la emancipación y a la plena realización histórica del
Sujeto razonante. Vale decir: la desaparición de todo horizonte utópico
general para la comunidad humana, el total derrumbe de la confianza en el
progreso universal e indefinido, en suma, el fin de las ideologías en cuanto
motores de la acción histórica y en cuanto parámetros de valores éticos y
culturales. La modernidad murió en Berlín 1989 con
el derrumbe del Muro y en Moscú 1991-92 con la disolución de la URSS: aquélla
fue una muerte espectacular y estrepitosa. Pero la modernidad murió también
de muerte silenciosa e invisible, durante esos mismos años y tras los mismos
decenios de agonía, en Washington, en Tokio, en Bonn, en Madrid, en Londres,
en Amsterdam, en París, en Roma. El Rey ahora circula desnudo y no se hace
ningún problema de ello: *(Todo el poder
a los mercados financieros del mundo!+ vocifera este posmoderno Lenin de la globalización final. 3.2. Si el rostro visible de la última
modernidad, como ya dije, apareció tendencialmente democrático y de
izquierdas, el de la posmodernidad hoy dominante se nos ofrece con un aspecto
tendencialmente reaccionario y de derechas (para decirlo en lenguaje demodé
pero todavía comprensible). Ahora bien, así como en el interior de la modernidad
III hubo discursos y comportamientos discordantes con la >norma= dominante (ejemplo máximo: los fascismos), así verificamos también
hoy la presencia activa de la otra posmodernidad, que propongo llamar posmodernidad
de la resistencia en cuanto, aceptando por un lado la muerte de la
modernidad, por otro se opone a la corriente central y dominante buscando
conectar de algún modo a la vieja tradición humanista los datos y las
posibilidades de la nueva situación histórico-cultural. No tengo espacio para desarrollar esta
idea, pero señalo como expresión de posmodernidad alternativa la novela Cien
Años de Soledad, sobre todo por su negativa a mirar la historia de
América Latina en los términos de la modernidad. Preciso: la novela de García
Márquez no niega la historia, pero de hecho cuestiona la óptica tradicional
de la modernidad en este terreno al desplegar, narrativamente, una diversa
modulación de la dinámica del progreso. 4. NERUDA POSMODERNO 4.1. Mi visión unitaria
del proceso poético de Neruda entró en crisis subterránea, no confesada, |
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cuando a fines de 1971 me encargaron dirigir un número especial de
los Anales de la Universidad de Chile destinado a celebrar el Premio
Nobel de Neruda. Como entre los ensayos que contraté faltaba uno que
examinase el conjunto de los libros más recientes del poeta, asumí yo mismo
la tarea lo mejor que entonces pude a través de un artículo sobre lo que
llamé *el cielo nerudiano 1958-1967+, o sea un examen del período que desde Estravagario
se extendía hasta La Barcarola. Era obvio que la fórmula *ciclo nerudiano+ funcionaba en el interior de una concepción unitaria de la poesía
de Neruda, de cuyo desarrollo sólo pretendía aislar un momento para
examinarlo más de cerca. Fue entonces cuando comencé a advertir
los límites e insuficiencias de mi esquema de periodización. Pero yo no sabía
ni siquiera cómo formular el problema. Lo que me llegaba claro era que desde Estravagario
en adelante el Sujeto (enunciador y protagonista del discurso) nerudiano
había dejado de proponerse metas u horizontes. Y que las figuras claves de
autorrepresentación del Yo poético en los libros precedentes -el Capitán de
los versos, el Hombre Invisible de las odas, el Cronista-Cantor de la utopía
socialista en construcción, todos ellos hijos del >Yo Soy= de Canto General- de improviso habían
desaparecido. Lo que en cambio no me llegaba claro era el porqué de tales
metamorfosis y desapariciones. Ni lograban convencerme las teorías que al
respecto circulaban. En 1956 Neruda -habiéndose separado de
Delia de Carril para iniciar una nueva vida junto a Matilde Urrutia- sufrió
los fuertes sacudones del informe de Jruschov sobre Stalin durante el XX
Congreso del PCUS (marzo) y de los tanques soviéticos en Budapest
(noviembre). Si Neruda hubiese abandonado entonces su militancia comunista,
como tantos intelectuales hicieron, todo habría sido más fácil de explicar.
En cambio el compromiso político no sólo no desapareció de su escritura sino
que incluso pareció acentuarse. El poema *El pueblo+ de Plenos
Poderes fue originalmente escrito y leído como contribución al XII
Congreso del partido comunista chileno. Y más adelante, en 1969, Neruda será
sin reservas el candidato de su partido a la presidencia de Chile. )Por qué entonces su poesía parecía haber dejado
atrás las certezas utópicas del >americano errante= (y
militante) de Las Uvas y el Viento? )Por qué desde 1956 fue advertible en su poesía una fuerte atenuación
o reajuste del optimismo histórico que había impregnado sobre todo el ciclo
inmediatamente anterior, 1945-1955? Siempre sensible a los cambios
histórico-culturales, la poesía de Neruda entró también en 1956 -con algunos
poemas del Tercer Libro de las Odas escritos ese año- en una fase de
radical mutación ((ahora sí!)
con efectos que se prolongaron hasta la muerte del poeta en 1973. Hubo una
compleja convergencia o afinidad entre los signos anunciadores de un cambio
epocal en la cultura de Occidente y los signos textuales con que Neruda
respondió a los eventos públicos y privados de ese 1956. Tras leer a Lyotard
y a Jencks, a Huyssen y a John Barth, a Ceserani, a Ihab Hassan y a Alain
Touraine, a Eagleton y a Berman, a García Canclini y a Beatriz Sarlo, pero
sobre todo a Fredric Jameson y a Sánchez Vázquez, me pareció y me sigue
pareciendo exegéticamente útil y productivo leer la poesía 1956-1973 de
Neruda en clave de posmodernidad (con el pacto, claro está, de definir
dicha categoría según los términos e implicaciones arriba propuestos). 4.2. El indicador
macroscópico (y máximo) del pasaje desde la modernidad a la posmodernidad en
Neruda fue, para mí, la repentina desaparición del horizonte personal que
hasta las Nuevas Odas Elementales había orientado el discurso del
Sujeto poético. Vale decir, la pérdida de aquel sentido de progresión y
desarrollo -de marchar hacia una meta deseada- que hasta entonces el Sujeto
había textualizado como una historia de tentativas hacia la producción del
autorretrato definitivo, cumplido y satisfactorio (en leal correspondencia,
claro está, con el itinerario biográfico extratextual del poeta, según las
altas exigencias de autenticidad propias del código
artístico-literario de la modernidad III). De pronto ese orgulloso
Sujeto no sólo renunció de hecho a la identidad del >Yo Soy= y al título de Capitán que tantas fatigas literarias le habían
costado: dejó incluso de perseguir la meta del autorretrato final, abandonó
toda ilusión de avanzar hacia el alto y ambicioso horizonte del Yo
definitivo. |
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Al ideal de unidad del Sujeto moderno
(búsqueda de una identidad y de una poesía >proféticas=) el Sujeto
posmoderno opuso de pronto el regreso a una praxis de fragmentación similar a
la de Crepusculario (1923), como lúcidamente reconoció el propio
Neruda en una conferencia de 1964. Contra la máxima propuesta unitaria del
moderno >Yo Soy=, la fragmentación horizontal de un posmoderno *Muchos somos+ en Estravagario y la fragmentación vertical de un Yo
posmoderno que admitía haber vivido *muchas vidas+ y no el
único camino ascendente (Tercer Libro de las Odas, *Oda al Camino+). Otra modulación poética de la memoria autobiográfica emergió de
la metamorfosis, tendente a rescatar la pluralidad de las existencias
pretéritas del Sujeto, la validez y autonomía de cada una de sus muchas
vidas. Así al cierre de Canción de Gesta (1960) y en los programáticos
recuentos de Memorial de Isla Negra (1964) y de La Barcarola (1967). El otro indicador macroscópico de la
posmodernidad nerudiana fue la percepción apocalíptica de la historia
presente, índice de un grave conflicto con la modernidad del siglo XX
particularmente legible en Fin de Mundo (1969), donde fue inequívoca
la crítica al >socialismo real= (en cuanto fallida propuesta de realización de la moderna utopía)
desde el interior de la trinchera comunista que el Sujeto no había abandonado
ni abandonará. Fin de Mundo propuso desde el título una perspectiva
crítica general, escéptica y contracorriente, justo en el período en que todo
parecía indicar el triunfo inminente de los ideales de la modernidad: el mayo
>68 en París, la movilización mundial contra la
guerra en Viet Nam y la convergencia de 500.000 jóvenes a Woodstock en nombre
de la paz y del amor el 15 de agosto de 1969, la muerte y la exaltación
mítica del Che Guevara, la campaña por la >zafra de los 10 millones= en Cuba. Neruda mismo estaba por entonces
(1969) embarcado, como ya señalé, en su propia campaña presidencial, la cual
fue el preámbulo de la espectacular victoria de Salvador Allende y de la
Unidad Popular, con las resonancias mundiales que sabemos. Pero más aún, la
crítica de Fin de Mundo se extendió incluso al campo literario (y no
ya desde la moderna perspectiva militante de Canto General),
precisamente en los años en que el arte de la modernidad III, vale
decir el arte subversivo e anticonformista por antonomasia (vanguardias,
Joyce, Kafka, Picasso, Dalí, Buñuel, Schönberg...), consolidaba su ingreso
victorioso en el respetable canon artístico-cultural del siglo XX. Neruda vio
y advirtió entonces lo que muy pocos vieron o advirtieron: esos eventos y
señales de triunfo eran en realidad el (múltiple y hermoso) canto del cisne
de la Modernidad en trance de muerte. Por eso los libros del período -La
Barcarola (1967), Las Manos del Día (1968) y Fin de Mundo (1969)-
insistieron en formular lo que Alain Sicard llamó >la poética de la deshabitación de la historia=. Tanto la Deshabitación de la historia
actual como la esperanza en la Rehabitación de la historia futura cristalizaron
como ficción mítica en La Espada Encendida (1970). El protagonista de
la fábula, por nombre Rhodo (alter ego del Sujeto nerudiano), era en efecto
un fugitivo que huía tanto de las guerras y de la destrucción de la humanidad
como del propio pasado personal para refugiarse y renacer en el seno de una
situación primordial que la ficción inscribió, a su vez, en un marco espacial
de máxima soledad posible: la Patagonia chilena. Este adánico inicio de una
mítica Rehabitación de la historia se podía leer como el correlato del
apocalíptico Vacío que había cerrado Cien Años de Soledad. En los libros postreros de Neruda la poética de la Rehabitación
supuso el final reajuste de las antiguas pretensiones oraculares del Sujeto
moderno -la superior voz >profética=- y la reaceptación de una humanidad compartida. A
diferencia del moderno >profeta=, privilegiado contemplador e intérprete de las
ruinas de Machu Picchu, el posmoderno Yo turista de La Rosa Separada (1972)
se declaró tan incapaz como los otros turistas de aprehender el misterio, los
vestigios y el silencio de Rapa Nui (Isla de Pascua), se proclamó uno más
entre los inútiles invasores del espacio sagrado de las estatuas y del *oxígeno total+. Hasta en sus últimos poemas Neruda reafirmó a este Sujeto posmoderno
que se autorreconocía en la grandeza y en las miserias del Otro, en la
estupidez y en la esperanza de ese todos (los hombres) en que con
final orgullo/humildad se incluyó. La condición
posmoderna del último Neruda sería caracterizable desde muchos ángulos y a
través de muchos indicadores y |
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signos. En esta sede he querido sólo señalar algunos que considero
fundamentales, esperando así insinuar las posibilidades exegéticas de mi
actual perspectiva de lectura del poeta chileno. Un tipo de poeta que por
cierto hace mucha falta en esta vigilia del año 2000. ALGUNAS REFERENCIAS ALONSO, Amado: Poesía y estilo de
Pablo Neruda, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1951. BAUDRILLARD, Jean: L=Echange Symbolique et la Mort,
Paris, Gallimard, 1979. BERMAN, Marshall: Todo lo sólido se
desvanece en el aire / La experiencia de la Modernidad, Madrid, Siglo XXI
de España, 1988. CARRAVETTA, Peter y SPEDICATO, Paolo,
(eds.): Postmoderno e Letteratura / Percorsi e Visioni della Critica in
America, Milano, Bompiani, 1984. Textos de John
Barth, Ihab Hassan, Craig Owens, Richard Prince, William Spanos y otros. CESERANI, Remo: Raccontare il
Postmoderno, Torino, Bollati Boringhieri, 1997. CHIURAZZI, Gaetano: Il Postmoderno
/ Il Pensiero nella Societá della Comunicazione, Torino, Paravia, 1999.
Estudio + antología de textos de varios autores. EAGLETON, Terry: The Illusions of Postmodernism, Oxford,
Blackwell, 1996. GARCÍA CANCLINI, Néstor: Culturas
híbridas / Estrategias para entrar y salir de la Modernidad, México,
Grijalbo, 1990. GOIC, Cedomil: La novela chilena /
los mitos degradados, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1968. GOIC, Cedomil: Historia de la
Novela Hispanoamericana, Santiago de Chile, Editorial Universitaria,
1972. HOBSBAWM, Eric J.: Age of Extremes - The Short Twentieth
Century 1914-1991, London, Pantheon Books, 1994. Trad. it. Il Secolo
Breve, Milano, Rizzoli, 1995. JAMESON, Fredric: Postmodernism / Or, The Cultural Logic of
Late Capitalism, Durham, Duke University Press, 1991. Abre este volumen de 438 páginas el célebre ensayo
del mismo título publicado originalmente por Social Text (1984) y en
traducción española por la revista Casa de las Américas, 155-156, La
Habana (marzo-junio 1986). HASSAN, Ihab: Postmodern Turn / Essays in Postmodern Theory
and Culture, Columbus (Ohio), Ohio State University Press, 1987. JENCKS, Charles: *)Qué es el Posmodernismo?+, Cuadernos del Norte, 43, Oviedo (julio-agosto 1987), 2-17. LOYOLA, Hernán: *Neruda 1923: el Año de la Encrucijada+, Revista Chilena de Literatura, 40,
Santiago (noviembre 1992), 5-16. También en: Nicola BOTTIGLIERI y Gianna
Carla MARRAS, eds., A Più Voci / Omaggio a Dario Puccini (Milano, All=Insegna del Pesce d=Oro - Vanni Scheiwiller editore, 1994), 259-272. LOYOLA, Hernán: *Neruda entre modernidad y posmodernidad+ en LUIS ÍNIGO MADRIGAL, ed., Los Premios Nobel
de Literatura Hispanoamericanos, (Ginebra, Éditions Patiño, 1994), 39-56. LOYOLA, Hernán: voz *NERUDA, Pablo+ en Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina -
DELAL (Caracas, Biblioteca Ayacucho / Monte Ávila, 1995), 3360-3373. LOYOLA, Hernán: *Neruda 1956-1973: la Modulación Posmoderna del >Compromiso Político=+, en Catherine POUPENEY HART y Monique SARFATI-ARNAUD, eds., Pablo
Neruda / Mitos y Personaje, Actas del Coloquio 1996 en la Université de
Montréal (Ottawa, Girol Books, 1998), 30-59. LYOTARD, Jean-François: La
Condition Postmoderne, Paris, Les Éditions de Minuit, 1979. PICÓ, Josep ed.: Modernidad y
Postmodernidad, Madrid, Alianza, 1988. Incluye textos de Jürgen Habermas,
Andreas Huyssen, Hal Foster, Alex Callinicos, Gérard Raulet y otros. RODRÍGUEZ MAGDA, Rosa María y VIDAL,
María Carmen: Y después del Postmodernismo )Qué?, Barcelona, Anthropos, 1998. SALAMONE, Nino: Postmodernità /
Quotidiano e Orizzonte nella Società Contemporanea, Roma, Carocci
Editore, 1999. SÁNCHEZ VÁZQUEZ, Adolfo: *Posmodernidad, Posmodernismo, Socialismo+, Casa de las Américas, 175, La Habana
(julio-agosto 1989), 137-145. El mismo excelente artículo, bajo el título *Radiografía del Posmodernismo+, en Nuevo |
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Neruda moderno / Neruda posmoderno _________________ HERNÁN LOYOLA |
Texto Crítico, 6, Stanford (1990), 5-15. La revista de
Jorge Ruffinelli publicó dos importantes números monográficos dedicados al
tema *Modernidad y Posmodernidad en América Latina+: NTC 6 (segundo semestre 1990) y
NTC 7 (primer semestre 1991). SARLO, Beatriz: Una Modernidad
periférica: Buenos Aires 1920, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión,
1988. SARLO, Beatriz: La imaginación
técnica / Sueños modernos de la cultura argentina, Buenos Aires,
Ediciones Nueva Visión, 1992. SICARD, Alain: El pensamiento
poético de Pablo Neruda, Madrid, Gredos, 1981. Gianni VATTIMO y Pier Aldo ROVATTI, Il
Pensiero Dèbole, Milano, Feltrinelli, 1983. TOURAINE, Alain: Critique de la Modernité, Paris, Fayard,
1992. ZIEGLER, Heide ed.: The End of Postmodernism: New Directions,
Stuttgart, M und P Verlag, 1993. Incluye textos de John Barth, Malcolm
Bradbury, Raymond Federman, Ihab Hassan y otros. ZIEGLER, Jean: Les
Vivants et la Mort, Paris, Seuil, 1975. |
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