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FIG. 3. Pablo Neruda en El mono azul,
durante la guerra civil española Pablo
Neruda, el enigma inaugural _____________________ ENRIQUE
ROBERTSON ÁLVAREZ |
una
y otra vez, muchas veces; durante toda una década. Egon Erwin Kisch hizo
amistad con Neruda en el círculo internacional de amigos y colaboradores de El
Mono Azul, publicación semanal de la Alianza de Intelectuales Antifascistas
cuyo primer número apareció en Madrid en septiembre de 1936, es decir escasos
dos meses después de iniciada la guerra civil. No pocos intelectuales
hispanoamericanos colaboraron en El Mono Azul. Entre los chilenos,
además de Neruda, los más activos eran el músico Acario Cotapos y los poetas
Vicente Huidobro y Juvencio Valle. Permítaseme recordar aquí que este último,
que fue condiscípulo de Neruda en el Liceo de Temuco, falleció en Santiago de
Chile hace pocas semanas, a los 98 años de edad... El
chileno que tuvo el papel más protagónico en El Mono Azul fue sin duda
alguna Pablo Neruda (Fig. 3); esta fotografía es una de las tantas
pruebas de ello. Su participación en las actividades de la Alianza,
considerada impropia de un neutral funcionario consular, sería el motivo por
el que se le destituiría de su cargo. Antes de que esto ocurriera, su poema *Canto a las madres de los milicianos muertos+ publicado en el número 5 -del jueves 24 de septiembre de 1936-
apareció con la nota siguiente: *este poema se debe a la
pluma de un gran poeta cuyo nombre la redacción de El Mono Azul estima
oportuno no dar por el momento+. El nombre de Neruda
reaparecería largos meses después, el primero de julio de 1937 con su poema *Es así+ que después se llamaría *Explico algunas cosas+, tal vez el más importante de los que integran su libro España
en el Corazón. Dos semanas más tarde el semanario publicó otra
fotografía de Neruda en su portada. Es probable que haya sido alrededor de
estas fechas cuando Egon Kisch le preguntó al poeta cómo y por qué se le
había ocurrido rebautizarse Neruda. Porque, como vemos (Fig. 4), El
Mono Azul del 15 de julio de 1937 muestra en su portada sendas
fotografías del checo Kisch y del chileno con nombre checo, Neruda. Es
probable que inicialmente Kisch se interesara por saber la proveniencia del
apellido del poeta chileno, en el convencimiento de estar hablando con el
hijo o nieto de un checo emigrado desde la maravillosa Praga -o de otro lugar
de Bohemia- al sur más sur de la América del Sur. Y que por eso cuando este
intruso profesional, que siempre quería estar bien informado de todo, oyó
decir a Neruda que entre sus antepasados no contaba con ningún checo de ese
ni de otro nombre, se sorprendiera muchísimo y quisiera satisfacer su curiosidad
preguntándole pero entonces, )nombróse usted Neruda..., por Jan Neruda?
Comprensible pregunta -que sugería la respuesta- si se sabe que Kisch nació
en Praga donde hay una calle y un monumento en memoria y honor al escritor
Jan Neruda también nacido allí (Fig. 5). La obra más conocida de Jan Neruda es
su libro Cuentos de Malà Strana, muy admirado por Kisch que en su
juventud también escribió unos relatos parecidos a los cuentos de *su+ Neruda. Hay indicios, anecdóticos pero muy dignos de crédito, que
hacen suponer que antes de conocer a Kisch nuestro Neruda nunca había oído
hablar del Neruda checo. De acuerdo con esto último se puede asegurar que
recién cuando Kisch le habló de él, el poeta chileno se vino a enterar de que
en Praga había existido un escritor de ese nombre. Además -puesto que
consideraba a Kisch un |
FIG. 4. Neruda y Kisch fotografiados en El mono
azul.
FIG. 5. Retrato
del poeta checo Jan Neruda. |
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FIG. 6. Artículo de Kisch en El mono azul. Pablo
Neruda, el enigma inaugural ______________________ ENRIQUE
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gran
humorista- debe haber creído que éste bromeaba al relacionarlo con un
escritor checo que le era totalmente desconocido. Por eso le contestó en
broma desafiándole a que intentase dar él mismo con la respuesta verdadera (a
la manera del: *Me preguntáis...?+. *Indagadlo, indagadlo+ de Los Enigmas); diciéndole además que dudaba de que
fuese capaz de resolver el misterio de su nombre con igual éxito que el que
había tenido en otros casos. Porque Kisch, que tenía fama de ser una especie
de Sherlock Holmes del periodismo, aplicando unos originales e infalibles
métodos, había logrado desentrañar más de un caso extraño y misterioso.
Neruda cita en sus memorias el del coronel Redl, espía austríaco
desenmascarado en 1913 por Kisch, caso con el que el rasante reportero logró
ganar gran popularidad. Bohemia y su capital Praga eran entonces parte del
Imperio Austro-Húngaro. Egon Kisch pertenecía a la minoría germano-parlante
de Praga, donde se inició en el periodismo. Después trabajó diez años en
Berlín, colaborando en publicaciones en idioma alemán que se leían también en
Praga y en Viena, ciudad esta última donde el escandaloso caso Redl -que
Kisch descubrió con la ayuda de un amigo suyo llamado Wagner- tuvo gravísimas
repercusiones que contribuyeron no poco al inicio de la primera guerra
mundial. La vivísima relación de estos hechos se puede leer en De cómo
llegué a saber que el coronel Redl era un espía, de Kisch. Años
después de estas actividades periodístico-detectivescas y de otras muchas,
relacionadas por ejemplo con la prestidigitación, el tatuaje y el fútbol
amateur, Kisch llegó a España. Vino, como tantos otros antifascistas del
mundo, a ofrecer su solidario apoyo a la causa republicana. Su trabajo en El
Mono Azul es fácil de documentar (Fig. 6). La derrota de 1939 -hacen hoy seis
décadas- y el comienzo de la segunda guerra mundial, significaron para Egon
Erwin Kisch -antifascista y judío- una dramática agudización de la criminal
amenaza que se cernía sobre su cabeza. Seis años antes, en 1933, víctima de
la gran redada de opositores que ordenó Hitler al día siguiente del incendio
del Reichstag, Kisch había estado prisionero en la temible cárcel de
Berlín-Spandau. Sabía pues, muy bien, que si caía de nuevo en manos de la
Gestapo no salvaría la vida por segunda vez. Por eso salió de Europa con
destino a EEUU, donde le fue denegado el permiso de residencia; optó entonces
por el asilo que le concedió México y marchó al exilio al país donde
reencontraría a Pablo Neruda, para reiterarle allí la pregunta )por qué Neruda? Pero si Kisch pensaba que esta vez lograría conocer
o descubrir la verdad, se equivocó; en Ciudad de México su pregunta también
se quedó sin respuesta. O, mejor dicho, la que obtuvo fue la que él mismo
había ideado e insinuado al poeta: que ese nombre lo había tomado del de Jan
Neruda. Pero esa respuesta, sabiéndola gestada a sugerencia propia y además
-por haberlo comprobado personalmente- sabiendo que en España e
Hispanoamérica ese escritor checo era prácticamente desconocido, le resultaba
inaceptable. Es, sin embargo, posible que siempre haya habido un
malentendido; porque lo que Pablo Neruda podía y debió decirle a Kisch, era
únicamente lo que siempre dijo: que el nombre Neruda lo había encontrado
casualmente en las páginas de una revista; que, en esa misteriosa revista, el
poeta hubiese leído un cuento de Jan Neruda debió ser un agregado imaginado
por el propio Kisch, que fue aceptado por muchos pero que él mismo se
resistía a creer. De no haber sucedido esto último, el tema le habría servido
magníficamente para uno de los reportajes que escribió en el país que le
asiló, recopilados luego en su libro Descubrimientos en México. No pudo
ser así y, años después, Kisch todavía se lamentaba de no saber toda la
historia del nombre de Neruda. Su olfato de sabueso le hacía darse cuenta de
que lo poco que él sabía acerca de ese enigmático caso, no era más que una
mínima parte de la verdadera historia que *olía+ tras ese nombre. Otra prueba de que con la respuesta que él mismo
ayudó a prefabricar no podía dar por resuelto el caso, es que terminada la
segunda guerra mundial -y por fin retornado a Praga- recibió allí la visita
de Neruda; y al reencontrarse con él, le hizo por enésima vez la famosa
pregunta. Neruda recuerda esa escena en Confieso que he vivido y
también en la entrevista que, con ocasión del Nobel, le hizo L=Express de París en 1971. Cuenta
que en Praga, Kisch llegó a apelar a su edad -era |
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Pablo
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unos
veinte años mayor que él- al pedirle que finalmente le revelara la verdad
acerca de su nombre electivo (Fig. 7). Al periodista francés que le
pregunta por qué cambió su nombre por el de Pablo Neruda, le responde: *hubo un gran poeta y periodista checo, Erwin Kisch, que pasó muchos
años de su vida persiguiéndome y haciéndome la misma pregunta que usted, en
Madrid, en México, en Praga. Y en Praga me dijo: *cuéntame el final de la
historia..., ya estoy viejo y te he perseguido tanto tiempo...+. En Confieso que he vivido, de manera parecida dice: *...nos habíamos conocido en España y como él manifestaba la
insistente curiosidad de saber por qué motivo me llamaba yo Neruda sin haber
nacido con ese apellido, yo le decía en broma: -gran Kisch, tú fuiste el
descubridor del misterio del coronel Riedl, pero nunca aclararás el misterio
de mi nombre Neruda+. Y así fue. Kisch moriría en Praga, en
1948, sin haber logrado saber por qué -en octubre del año 1920- el joven
poeta chileno Neftalí Reyes se había rebautizado con un sonoro nombre checo.
Porque Neruda, aunque nada de extraño sea a la índole del idioma español ni a
sus hábitos onomásticos -como bien dice Loyola- es un nombre checo. Lo
dicho hasta aquí en relación al nombre de Neruda, era más o menos lo poco que
quien les habla sabía, o creía saber, hasta hace algunos años. Y al parecer,
todo se iría a quedar en eso. Pero al profesor Loyola se le ocurrió la
excelente idea de publicar una antología de la poesía de Pablo Neruda, en
cuidada edición de bolsillo1 y con una introducción que en parte
se ocupaba, naturalmente, del nombre del poeta. Como si esto fuera poco, en
dicha introducción Loyola puso una nota (la nota *2 bis+) que tuvo la virtud de reactivar mi ya casi olvidado interés por
intentar desentrañar el enigma del nombre elegido por Neftalí Reyes, famoso
ex-alumno del Liceo de Temuco. Dice así: *Ya escritas estas notas,
nos llega desde Chile la edición 187 de la revista Hoy (18 de febrero
de 1981) donde Miguel Arteche introduce la posibilidad de que el apellido
Neruda haya sido tomado por el estudiante Neftalí Reyes, no directamente de
alguna traducción de Jan Neruda, sino de la mención que Sherlock Holmes hace
de un tal Norman Neruda, pianista, en el relato Study in Scarlet, de
Conan Doyle, ya publicado en Chile bajo el título de Un crimen extraño (Santiago,
Lit. Universo, 1908). La observación nos parece bastante atendible, en
especial considerando la temprana y nunca desmentida inclinación de Neruda
hacia lecturas enigmáticas y policiales (Fantomas, en su infancia;
Raymond Chandler y James Hadley Chase, en su madurez)+. Esta combinación Neruda-Holmes me dejó
fascinado. Antiguo lector de las aventuras de Sherlock Holmes en los largos
inviernos temuquenses de mi adolescencia, vi transformarse el enigma del
nombre de Neruda en un caso quizá posible de resolver *aplicando los métodos+ del muy célebre
detective londinense; métodos, en este caso, quizá más efectivos que los de
Kisch. Manos a la obra mi querido Watson, me dije (lamentablemente ni
entonces ni ahora había un Watson; lo que se refleja, por ejemplo, en el
tener que escribir -y hoy hablar- en primera persona). Lo primero que hice
fue encargar el mencionado ejemplar de la revista Hoy. Esta tarea,
aparentemente simple, demostró que, al ser una demanda transoceánica, podía
adquirir caracteres de misión semi-imposible. Al fin, después de mucho
tiempo, conseguí una copia de la publicación (Fig. 8). Bajo el título *Sherlock Holmes admira a Neruda+, y muy sonriente desde
una fotografía, Miguel Arteche comienza en su artículo por hacer un resumen
de la dogmática historia oficial del nombre, asombrándose, con toda razón, de
que en la memoria de Neruda no hubiesen quedado huellas más claras y precisas
de un suceso de tanta importancia como es el de la elección de un seudónimo
que será definitivo. Luego aporta el dato de que la primera versión al
castellano de los Cuentos de Malá Strana de Jan Neruda apareció el año
1923 y no antes. Comenta también el hecho de que Pablo Neruda nunca
mencionara a dicho autor al hablar de sus lecturas de niñez y adolescencia.
(Selena Millares, que investigó todo cuanto es posible saber sobre libros y
lecturas de Neruda, tampoco encontró indicio alguno que sugiriese que el
poeta se topó alguna vez, en |
FIG. 7. Neruda revela las razones de su nombre.
FIG. 8. Artículo de Miguel Arteche con la primera
deducción, a través de una novela de Sherlock Holmes, sobre Norman Neruda. 1 Madrid, Alianza
Editorial, 1981. |
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su
juventud, con algún libro de Jan Neruda). A continuación Miguel Arteche,
refiriéndose al lugar de Jan Neruda en la entretanto dogmática respuesta a la
pregunta )por qué Neruda?, dice: *esta es la versión
ortodoxa del nacimiento de un poeta, y nadie, que yo sepa, la ha puesto en
duda. Pablo dixit+. A juzgar por lo que escribe Arteche y la
inmediata reacción de Loyola, resulta evidente que existía una suerte de
predisposición a considerar atendible otra versión del origen del nombre de
Neruda que pudiese contraponerse a la versión ortodoxa. El artículo sigue
así: *Sin embargo, la reciente relectura de un libro de Conan Doyle (Estudio
en Escarlata. Pomaire, 1980), me hizo saltar de la cama y me planteó lo
que en términos ajedrecísticos podría llamarse la variante herética de la
Defensa Jan Neruda. En el capítulo cuarto de esta obra, Sherlock Holmes cita
en dos ocasiones a una tal Norman Neruda: *Tenemos que darnos prisa
-dice al doctor Watson-, porque deseo asistir al concierto del Halle para oír
esta tarde a Norman Neruda+. Más adelante: *Y ahora vamos a almorzar,
y después a oír a Norman Neruda. La ejecución y el golpe de arco de esta
mujer son maravillosos+. En
1908 aparece (Litografía Universo, Santiago de Chile) Un crimen extraño,
es decir, con otro título, la misma novela. Entre 1902 y aquel año circulaban
en Chile varios libros de Conan Doyle, aquellos cuyo héroe es el
deliciosamente infalible y morfinómano Sherlock Holmes (Ramón Sopena,
editor). Variante herética: )leyó Ricardo Neftalí Reyes, antes de 1920,
este libro? Y si lo leyó -siempre dijo que era admirador frenético de las
novelas policiales-, )pasó por alto ese apellido hermoso y
extraño? Pero, )quién era Norman Neruda? Dice el Diccionario Enciclopédico
Espasa-Calpe, 1957: *Neruda (Guillermina María Francisca).
Concertista austríaca (1839-1911). Artista muy precoz, a los 7 años se
presentó al público vienés. Los críticos afirman que no ha habido mujer que
la igualara en su arte+. Sin duda, y a pesar de ese nombre de pila
-Norman-, producto tal vez de una confusión del novelista británico, se trata
de la misma *virtuosa+ (recordemos que la primera edición inglesa
de Estudio en Escarlata se publica en 1888). Salazar Chapela sostiene
una teoría algo más insólita: *Lady Halle, famosa
violinista fallecida en 1911, adoptó el seudónimo de Neruda tomándolo del
cuentista checo+ (La Nación, marzo de 1954). Jan Neruda habría dado a luz a
una gran (y precoz) violinista y a un gran (y precoz) poeta. No cabe mayor ni
mejor fecundidad. )Surgió el seudónimo de la lectura de Estudio
en Escarlata? )Creó Pablo Neruda, más tarde, al citar a Jan
Neruda, un mito de cultura? Si esto hizo, bien hecho estuvo, pues un poeta es
creador de mitos, y estos son cosa mucho más seria de lo que la gente cree.
Pero recordemos, en fin, la pregunta que Holmes lanza en otro libro (El
signo de los cuatro, Pomaire, 1980) al inefable doctor Watson: *)Cuántas veces le tengo dicho que, una vez eliminado todo lo que es
imposible, la verdad está en lo que queda, por improbable que parezca?+. Esta frase final, tan sherlockiana, me
pareció estupenda como lema para dar una infalible base al seguimiento de *la pista Arteche+ y de la *nota 2 bis+ de Loyola. Esta última, al discrepar de la primera en un par de
datos de importancia -cosa que vine a saber después porque, por las circunstancias
ya relatadas, no las estudié en el orden de aparición sino a la inversa me
permitió estar ya muy preparado cuando al fin llegó a mis manos la copia de *Sherlock Holmes admira a Neruda+ que tanto tardó en
cruzar el Atlántico. Así fue que al arribar a mi escritorio *la pista Arteche+, me encontró armado de fundamentales
conocimientos, con los que me proponía eliminarle un par de datos imposibles.
Y ver después, qué quedaba de ella. Pero me llevé una sorpresa al comprobar
que los datos eliminables de partida no se encontraban en *la pista+, sino en *la nota+. La *nota 2 bis+ -sin perder por ello nada de su decisivo
papel en este asunto- atribuía sexo masculino al personaje *Norman Neruda+ y lo transformaba en un eximio pero
inexistente pianista a quien, sin duda alguna, Sherlock Holmes jamás tuvo el
gusto de conocer ni admirar. En cambio, sí conoció y admiró a la Neruda o *Norman-Neruda+, famosísima violinista de la segunda mitad
del siglo XIX. Esto, y algo más, era lo que en mi sherlockiano papel de investigador,
ya sabía yo al recibir y leer por fin el texto de *la pista Arteche+ donde don Miguel había identificado correctamente a la violinista.
La Norman Neruda del libro de Conan Doyle, es efectivamente la virtuosa
Neruda del Espasa. El Espasa llama Guillermina a Mme. Neruda, que es nombre
mucho |
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Pablo
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más
nerudiano que Wilma o Vilhelmine. Por eso, bajo la también nerudiana
pregunta: )dónde estará la Guillermina?, centré en ella toda la investigación.
Como veremos, este nombre salido de las páginas del Espasa me sirvió también
para bautizar *Guillermina+ a la prueba -contundente, espero- que mucho
después pondría punto final a mi detectivesca encuesta. Durante
la larga espera del artículo de la revista Hoy, releí Estudio en
escarlata y otras aventuras del famoso detective de la pipa y la lupa.
Y... el violín. Porque también me sobró tiempo para leer algo de lo mucho
que, acerca de la gran afición de Holmes al violín, han escrito los
estudiosos sherlockianos de todo el mundo, que -dicho sea de paso-
constituyen un numeroso y bien informado ejército de intrusos. Con tan
valiosa ayuda, rápidamente logré reunir bastante más información acerca de
Mme. Norman-Neruda que la que aportaba Arteche en su artículo, al que sometí
a una disección destinada a eliminarle todos los imposibles que pudiese
contener. Éstos fueron tres, de los cuales sólo uno es atribuible a su autor. El
primer imposible es un error de traducción e interpretación: donde en la
versión en castellano -la de la Ed. Pomaire- de Estudio en escarlata Holmes
dice *... deseo asistir al concierto del Halle...+, se induce al lector a creer que *el Halle+ es un teatro o una sala de conciertos. Pero en el original lo que
Holmes dice es: *... I want to go to Hallé's concert+ (... deseo asistir al
concierto de Hallé), donde Hallé es una persona, que en el Londres de
entonces era tan real y existente como la virtuosa Norman-Neruda. A quien
Holmes se refiere es a Charles Hallè, músico conocidísimo en el Imperio de su
graciosa majestad la reina Victoria. Considerando que Hallè fue el segundo
esposo de nuestra Guillermina, resumo algunos datos biográficos suyos: alemán
de nacimiento, Karl Halle, eximio pianista, fue un virtuoso niño prodigio
como lo fueron prácticamente todos los personajes que fui conociendo en el
transcurso de esta lúdica investigación. De Alemania se trasladó a Francia;
vivió doce años en París donde, además de afrancesar su nombre y apellido,
conoció los primeros grandes éxitos de su carrera como pianista y director de
orquesta. Se relacionó allí con músicos tan famosos como Berlioz, Chopin y
Paganini. Padre de familia numerosa, se vio obligado a abandonar la capital
francesa cuando la intranquilidad política paralizó durante un tiempo a la
casi totalidad de las empresas de espectáculos artístico-musicales
parisienses, lo que hizo casi imposible ganarse el sustento a muchos
artistas. Así fue como en 1848, ampliadas sus actividades de músico con las
de desempeñarse también como su propio agente y empresario, Charles Hallé
cruzó el Canal de la Mancha y se estableció en Inglaterra, administrando y
dirigiendo allí la *Hallè Orchestra+ que él mismo fundó. En
sus memorias relata los pormenores de su muy exitosa vida artística en las
islas británicas: llegó a ser el primer director del Real Colegio de Música
de Manchester y también de la Sociedad Coral Santa Cecilia, ejerciendo desde
estos cargos una decisiva influencia que se mantiene hasta nuestros días. Así
es como hoy la Orquesta de la ciudad de Manchester lleva su nombre, su
biografía se puede leer en la Encyclopaedia Britannica y su retrato se
puede admirar en The National Portrait Gallery de Londres. Como empresario de
espectáculos musicales -e innato experto en relaciones públicas- el
incansable Hallè se reveló igual de virtuoso. Reorganizó los tradicionales *Gentlemen=s Concerts+ de Manchester y se paseó
por Londres y toda Inglaterra con sus no menos famosos *Monday=s Popular Concerts+, *Classical Chamber Music
Concerts+, y otros *Hallé's Concerts+ que deleitaban a Holmes
y sus contemporáneos. En su orquesta siempre contó con los mejores
violinistas y pianistas de la época. En el victoriano año de 1888 -año de
aparición del libro Estudio en escarlata, primera aventura de Sherlock
Holmes- Hallè fue nombrado caballero del Imperio británico. Sir Charles Hallè
se casó ese mismo año con su primera violinista, la famosa Mme. Norman-Neruda,
viuda del músico sueco Fredrik Vilhelm Ludvig Norman, más conocido como
Ludwig Norman. Al nombrar a este último, damos con el
segundo imposible que eliminar de *la pista Arteche+. Es aquél donde don Miguel comete el error de ver en Norman un
nombre de pila, y atribuir dicho error a una presunta confusión de Conan
Doyle. Lo cierto -y en esto no hay confusión alguna- es que Norman es el
apellido de Ludwig Norman (1831-1885), director de la orquesta de Estocolmo, |
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FIG. 9. Holmes escucha un concierto.
FIG. 10. Norman Neruda en un libro esencial sobre
Holmes. Pablo
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Suecia.
Y, desde 1864, esposo de la virtuosa violinista Wilma Neruda. El matrimonio
Norman-Neruda se separó el año 1869. Sin embargo ella siguió llamándose
oficialmente Mme. Norman-Neruda, hasta enviudar en 1885. Tres años más tarde,
al contraer matrimonio con Sir Charles Hallé, nuestra Guillermina pasó a
llamarse con toda propiedad, Lady Hallé. Sin que por eso, jamás se le
ocurriese la idea de adoptar como seudónimo el nombre de un escritor checo,
como sugirió Salazar Chapela, citado en la *pista Arteche+. Con esto queda claro que el tercer e insólito imposible que
eliminar de *la pista Arteche+, es esa descabellada versión. Con
esta eliminación de imposibles, se acentuó mi confianza en los métodos de
Holmes. Pero, conociendo mis limitaciones, me di a la búsqueda de algo que me
ayudara a su aplicación y empleo más correcto. Así fue como di con un libro
indispensable, que puedo recomendar a quien interese. Se trata de El signo
de los tres de Umberto Eco y T. A. Sebeok (eds.)2. Me pareció
especialmente interesante que la portada de este libro mostrase a Holmes
sentado en la primera fila de un teatro, escuchando con absoluto deleite un
estupendo concierto (Fig. 9); quizá uno de la orquesta de Charles
Hallé con su magnífica violinista Mme. Norman-Neruda. El signo de los tres
remite, claro, a El signo de los cuatro de Conan Doyle, pero sobre
todo a temas tales como signo, objeto, interpretación; abducción, inducción y
deducción; etc. De más está decir que no se puede esperar que la lectura de El
signo de los tres lo transforme a uno en experto en abducción en grado
limítrofe a la adivinación; pero permite ahondar algo en materia y hasta, con
algún esfuerzo, permite imaginar a Holmes diciéndole a uno: *Ya conoce usted mis métodos+. Chifladuras de uno. En
cambio no se puede calificar de chifladura el afirmar que la lectura de otro
muy recomendable libro: The annotated Sherlock Holmes3
puede llevarle a uno a dárselas de experto en la vida y milagros de *el sabueso londinense+. En The annotated, biblia de los
sherlockianos, no podía faltar un destacado lugar para Mme. Norman-Neruda. La
presentan allí, con retrato y todo (Fig. 10), reseñando brevemente las
diversas etapas de su vida y comentando lo que sí parece una confusión de
Conan Doyle que, en el brumoso Londres de Study in Scarlet, la hace
interpretar a Chopin. La ayuda de The annotated y otros valiosos
libros y revistas, me hizo posible conocer más detalles biográficos de *la Guillermina+. Nació en Brünn el 21 de marzo de 1839. De
su padre, el músico Josef Neruda, recibió las primeras lecciones de violín
tan temprano y con tanto aprovechamiento que, a partir de los seis años de
edad, en trío con sus hermanos Amalie, pianista, y Franz, violonchelista
-también muy precoces intérpretes- comenzó a hacer giras artísticas por
muchas ciudades de los imperios austro-húngaro y alemán. Praga, Viena,
Leipzig, Berlín y Hamburgo, más o menos en ese orden, oyeron y aplaudieron a
la niña prodigio. A los diez años de edad debutó con mucho éxito en Londres,
ante la entusiasmada audiencia del Princess=s Theatre. Después fue el
público de París el que la colmó de elogios. Fue llamada: *el hada del violín+, *la Paganini femenina+, etc. Pero no sólo el público, también maestros como Joachim,
Vieuxtemps, von Bülow y otros, reconociendo su asombroso talento y técnica,
no dudando en calificarla como la violinista femenina más importante de su
tiempo. Con Joachim, el mejor violinista de entonces, Wilma Neruda interpretó
a Bach en la Philarmonie de Berlín; fueron unos extraordinarios conciertos
para un dúo de fantásticos Stradivarius, pues ambos poseían un ejemplar de
estos famosos violines. Por su parte Vieuxtemps, que sencillamente la
consideraba la violinista ideal y alababa al mismo tiempo su femineidad, le
dedicó muy especialmente su Sexto Concierto. A los veinticinco años de
edad, Wilma Neruda -que ya tenía en su haber casi dos décadas de exitosa vida
artística- contrajo matrimonio con Ludwig Norman, director de la orquesta de
la ópera de Estocolmo. Fueron cinco los años que Wilma vivió en la capital
sueca. Durante ellos se desempeñó como profesora de violín de la Real
Academia de Música Sueca, cargo que nos imaginamos |
2 Barcelona, Lumen,
1989. 3 London, W.S.
Baring- Gould, 1968. |
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Pablo
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rutinario
y quizá tedioso para ella, a pesar del reconocimiento de que también gozaba
allí. El rey de Suecia la condecoró y nombró Virtuosa de la Música de Cámara,
que debe haber sido algo así como otorgarle el Nobel de la Música. De nada le
valió esto al monarca sueco, admirador de nuestra Guillermina. Después de la
obligada pausa de la maternidad -Wilma tuvo un hijo, que falleció
trágicamente cuando era joven-, se apoderó de ella la inquietud de pensar que
su carrera artística se congelaría irremediablemente en esas nórdicas
latitudes. Residiendo aún en Estocolmo participó en algunos conciertos que se
llevaron a efecto en Londres. El paso estaba dado. Se separó de Ludwig Norman
y se estableció definitivamente en las brumosas márgenes del Támesis, a escasa
distancia de un famoso domicilio: Baker Street 221-B. Esto último está dicho
aquí intencionadamente, porque algunos indicios hacen pensar que Wilma era
conocida de Holmes y Watson, desde antes de su casamiento con Norman y
traslado a Estocolmo. Y que desde entonces había quedado grabada en los
complicados archivos mentales del detective, como *la mujer+; único ser humano de sexo femenino que mereció su reconocimiento y
admiración; lo que en el caso del gélido Holmes es mucho decir. Los indicios,
si bien interpretados, hacen sospechar que Wilma Neruda sea el personaje real
que está detrás de la inteligentísima Irene Adler, personaje de ficción que,
en el relato Escándalo en Bohemia, se casa con Norton y se va de
Inglaterra, dejando a Holmes derrotado y humillado, pero también prendado de
ella. Si se pudiese confirmar la sospecha de que Wilma es quien se oculta
tras Irene, cosa nada fácil a estas alturas, uno no podría resistir la
tentación de querer identificar también al real personaje que se
esconde tras el curioso heredero del trono de Bohemia, que, según el relato,
vestía llamativos ropajes que recuerdan los hábitos indumentarios del
entonces Príncipe de Gales. A falta de un Watson, habría que tener un amigo
como el cerrajero y futbolista Wagner, que ayudó a Egon Erwin Kisch a
destapar el secreto del coronel Riedl; sólo alguien así podría ayudarle a uno
a descerrajar archivos que quizá encierren principescos y explosivos secretos
británicos. Lamentablemente, o tal vez para mejor, no hay tal Wagner; porque
si lo hubiese se podría intentar -con la ayuda de la tecnología genética
actual- aclarar si la paternidad del hijo de Wilma perteneció o no a su
primer marido -Norman, que no Norton- del que se separó. Porque ese hijo
perdió la vida en circunstancias un tanto extrañas. Accidentalmente, según se
dijo. A lo peor se topa uno con un muy oscuro asunto. En fin, como se puede
apreciar, esto de meterse a intrusear aplicando los métodos de Holmes, puede
tener insospechadas implicaciones que traspasan el límite de los siglos, y
otros también. Una
vez que a uno le asalta una sospecha que comprueba combinable con otra, se
transforma en un redivivo *sabueso londinense+. Aunque sea en la forma
de un pálido y epigónico remedo, *un poco cómico y un poco
venerable+, como dice Borges. Del modo que sea, resulta compensador comprobar
la razón que asiste a Borges en ese poema suyo en el que asegura que *pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes, es una buena costumbre
que nos queda+. Esa afirmación me obligó a releer ese poema y también Borges
oral4. Se trata de la recopilación de los textos de cinco
clases que hace unos veinte años dio Borges en la Universidad de Belgrano,
Argentina. En la clase que tituló *El cuento policial+ -que era la que me interesaba releer- encontré la frase que al
mencionar expresamente a Neruda, establece el nexo -*el hilo invisible+- entre todos estos aparentemente dispares
asuntos. Esto me devolvió la casi perdida coherencia, necesaria para
reiniciar las investigaciones. A partir de 1869, en Londres, la vida
artística y privada de Mme. Norman-Neruda recuperó la actividad que tenía
antes de su casamiento y traslado a Estocolmo. Moser, autor de Historia de
la interpretación del violín, que conoció personalmente a Wilma cuando
ésta regresó a las islas británicas, le dedica una serie de elogios que
obligadamente tienen que llamar la atención de un sherlockiano; porque los
formula con casi las mismas palabras que ya habíamos oído decir a Holmes en Estudio
en escarlata: *her attack and her bowing are splendid+, que se citan traducidas en la *pista Arteche+ como *la ejecución y el golpe de arco de esta mujer, son maravillosos+. A renglón seguido, Holmes -según testimonia Watson- formula la
pregunta que despista mucho a los sherlockianos músicos: *)Cómo se titula esa piececita de Chopin que ella interpreta tan |
4 Barcelona, Bruguera, 1983. |
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FIG. 11. Una
figuración de Holmes tocando su Stradivarius.
FIG. 12. Norman
Neruda toca su Stradivarius. Pablo
Neruda, el enigma inaugural ______________________ ENRIQUE
ROBERTSON ÁLVAREZ |
magníficamente?+ (*What=s that little
thing of Chopin=s she plays so
magnificently?+). Desconcertante, si se sabe que Chopin nunca compuso *una piececita+ para violín. Sea como fuese, el caso es que
como solista o como miembro de un *ensemble+, Wilma se constituyó durante décadas en la principal atracción de
la vida musical de la ciudad del Támesis. Así lo documentan todas las fuentes
que la nombran sola o unida al nombre del incansable Charles Hallé. Otras la
mencionan en relación a la nobleza y a la familia real británica. El príncipe
Alfred le expresó su gran admiración no sólo con elogios; le regaló un
magnífico Stradivarius fechado en 1709, uno de los ejemplares más perfectos
de la producción del famoso luthier de Cremona. Otra versión asegura que fue
el Duque de Edimburgo y no el Príncipe Alfred quien regaló el Stradivarius a
Wilma. Y complican la cosa asegurando que fue un regalo que el Duque le hizo
a medias con los Condes de Dudley y Hardwicke. Esto parece un intento de
echarle bruma del Támesis al asunto, para hacerlo perderse de vista en medio
de una espesa neblina londinense. Hoy, gracias a las revistas del corazón,
nos habríamos enterado hasta del último detalle del presunto *affaire+ que se huele tras esto. Pero, tratándose de un asunto decimonónico,
nos tendremos que conformar con lo que hay, que no es mucho. No sé quién será
el actual propietario del Stradivarius de Wilma, pero hace un tiempo me
pareció relevante para la investigación el averiguar qué había sucedido con
ese violín después del fallecimiento de la virtuosa, acaecido en Berlín el
año 1911. La idea para justificar esta búsqueda era la siguiente: tanto la
noticia de la muerte de la famosa violinista Lady Hallé, como también la
noticia de lo que había sucedido con su Stradivarius podrían haber aparecido
en alguna revista. Y esta podría haber sido la leída por Neftalí Reyes en
Temuco: si en la presunta noticia se aclaraba que el trío Lady Hallé, Mme.
Neruda y Norman-Neruda eran una misma persona, tendríamos allí el apellido
Neruda que atrajo la atención de nuestro joven poeta temuquense. Tan
extremadamente descabellada no debió ser esta idea porque, al fin, descubrí
que el año 1913 un diario berlinés había publicado la noticia de que los
hermanos Neruda, herederos de Lady Hallé, ponían en venta el bellísimo
Stradivarius que había pertenecido a la virtuosa. Hasta ahora no sé quién lo
compró, ni falta que hace. Puede que el comprador haya sido el propio
Sherlock Holmes; aunque, según Watson, el detective violinista compró su
Stradivarius mucho antes, por cincuenta y cinco chelines, en un negocio de
compraventa de la Tottenham Court Road de Londres. (Fig. 11). En las
aventuras de Holmes es posible encontrar cuatro personajes, tres de ellos
reales, que poseen un Stradivarius. Holmes mismo y tres más: dos de ellos son
Wilma y Paganini. Durante una breve estadía en Londres decidí abandonar esta
línea de investigación. Esta pista era demasiado complicada y difícil para un
investigador amateur. Además, el negocio de compraventa donde Holmes compraba
violines usados ya no existe. De todos modos y como se verá, después
tuve obligadamente que ver con el otro violinista admirado por Holmes y
poseedor de un Stradivarius. Antes de referirme a él y a riesgo de
atosigarles, permítanme darles a conocer un par de detalles más de la
historia de Lady Hallé. Siguiendo su huella, estuve también en Manchester,
cuando allí se conmemoraba el centenario de la muerte de Sir Charles Hallé.
Como ya he dicho, la orquesta de la ciudad se llama *Hallé=s Orchestra+. El victoriano hotel en que me alojé estaba
situado a escasa distancia de la sede de esta orquesta y, mejor aún, justo
enfrente de la biblioteca de la ciudad. Allí, en una vitrina de la
biblioteca, se exhibía el original de una hermosa fotografía de Lady Hallé.
Seguramente fue tanto el interés que mostré, que amablemente la sacaron de la
vitrina para permitirme hacer una copia de ella, lo que agradecí muchísimo.
Hela aquí (Fig. 12). Además pude saber otras cosas interesantes acerca
de Sir Charles y Lady Wilma que, según me dio la impresión, en esos días
revivían en Manchester. Influenciado por el curso de mi investigación, viví
una experiencia muy curiosa que me llevó a los salones del edificio que en la
actualidad es el museo de |
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Pablo
Neruda, el enigma inaugural ______________________ ENRIQUE
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pintura
de la ciudad, cuyas mudas paredes se llenaron en su día de los ecos de los
violines de Nicolo Paganini primero, y de Wilma Neruda después. El 25 de
octubre de 1895, pocas semanas después de que Wilma y su esposo volvieran de
una celebrada gira por Sudáfrica y Australia, Sir Charles Hallé, que entonces
contaba con sanos y activos 76 años de edad, falleció bruscamente de una
hemorragia cerebral. Las crónicas relatan que su deceso produjo gran
consternación. Su viuda, veinte años menor que el difunto, recibió
expresiones de condolencia procedentes de las más altas esferas. El príncipe
de Gales -posteriormente Eduardo VII, rey de Inglaterra- presidió un comité,
que integraban también los reyes de Suecia y Dinamarca, para ayudar a Wilma
que al parecer heredó compromisos que financieramente la ponían en serias
dificultades. El resultado de la acción de tantas testas coronadas estuvo a
la altura de ellas. Se la ayudó económicamente y además, se le cedieron los
títulos de propiedad de un palacete en Asolo, Italia. Un tanto
apresuradamente quizá, Wilma se trasladó a residir a Italia en compañía de su
único hijo, dejando el país en el que había vivido tantos años. Esta decisión
suya tuvo lamentables e imprevisibles consecuencias. Allí falleció su hijo,
en un trágico accidente. Wilma trasladó nuevamente su domicilio. Esta vez -en
1899- se estableció en Berlín, reanudando sus actividades profesionales como
concertista, trabajando además como profesora en el Conservatorio de la
capital alemana. Sin embargo, cada año volvió a Inglaterra a participar en
algún concierto. En 1901, la reina Alexandra la nombró Violinista de Palacio.
En enero de 1908 Wilma hizo su última aparición ante el público de Londres,
participando en un concierto en memoria de su amigo el violinista Joseph
Joachim fallecido pocos meses antes. Ella a su vez, la famosa violinista
Wilma Maria Franzisca Neruda, Lady Hallé, la Norman-Neruda de Estudio en
Escarlata, nuestra Guillermina, falleció en Berlín el 15 de abril de 1911
a los 72 años de edad. Una de sus últimas actividades profesionales en Berlín
-esto se menciona muy rara vez- fue la de acompañar con su violín, al
jovencísimo y virtuoso cellista catalán Pablo Casals. A todo esto, mucha investigación,
mucho dato biográfico y mucha anécdota. Pero, a resultas de todo, lo único
que podía oponer a la *variante herética+ de Arteche era poder
afirmar rotundamente que el nombre de la violinista Norman-Neruda -tanto en
vida de la artista como en los años siguientes a su fallecimiento- no sólo
aparece en Estudio en Escarlata si no que, en sus tres variaciones, se
lo puede encontrar en no pocos diarios y revistas europeas. Es importante
señalar esto, porque la existencia de dichas revistas descalifica cualquier
desmentido que se le quiera hacer a Neruda. Es, en efecto, perfectamente
posible que encontrase su nombre en una de ellas, como siempre afirmó. El
nombre Neruda de Wilma, claro, no el del escritor Jan Neruda. Con esto se
podría haber dado por terminada la investigación. Pero una adquirida
intuición sherlockiana me hacía notarle un sabor un tanto descafeinado a la
cosa, si la dejaba hasta ahí. No porque no pudiese demostrar la existencia de
tales revistas. Para esto nada mejor que mostrar, por ejemplo, el ejemplar de
septiembre de 1892 (pág. 276) de la revista ilustrada mensual The Strand
Magazine (Fig. 13) de Londres, revista hermosa e interesante,
impresa en papel de excelente calidad. No debió ser extraño hallarla entre
los libros de una buena biblioteca particular. Su formato se prestaba para
ello y además se la podía adquirir encuadernada en tomos de seis ejemplares,
como lo hice yo mismo en un anticuario. En Temuco, quizá en la biblioteca de
Carlos Masson, podría haber habido alguno de esos tomos, o ejemplares
sueltos. No importaba cuán viejos fuesen, cada ejemplar de esa revista se
mantenía largo tiempo vigente por sus historias, anécdotas, etc. Conan Doyle
publicó en ella las Aventuras de Sherlock Holmes y otras obras suyas,
todas estupendamente ilustradas. En Temuco, que contaba no sólo con
habitantes de habla inglesa sino también con una iglesia anglicana y un
colegio inglés, no debió haber sido imposible encontrar un ejemplar de The
Strand Magazine, una de las más atractivas revistas inglesas de su
tiempo. Cabe pues dentro de lo posible que Neftalí Reyes encontrase ese
ejemplar de septiembre de 1892, con toda una página ilustrada dedicada a
Wilma Neruda, Lady Hallé. Y si no fue The Strand Magazine la revista
hojeada |
Fig.
13. Norman Neruda en una revista de 1892. |
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FIG. 14. Partitura de *Vals sobre las olas+.
FIG. 15. Holmes
en La liga de los pelirrojos: *Sarasate toca esta tarde en San James Hall+. Pablo
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casualmente
por Neftalí, pudo haber sido otra. Por ejemplo la revista Dalibor, que
en la página 251 (Vol. XXXIII-1911) publicó unas palabras de despedida que
tituló *Obituary for Wilma Neruda+. Pero el éxito de la
investigación destinada a documentar la declaración del poeta -probando, así,
que es perfectamente posible que hubiese encontrado su nombre en una revista-
no me liberó de la sensación -quizá similar a la que sintió Egon Erwin Kisch-
de que algo seguía faltando en esta historia, un detalle que no acertaba a
identificar. Dicho sea de paso, Kisch debió haber conocido la revista Dalibor
en Praga, pero en su monomanía de pensar sólo en Jan Neruda, no pensó en que
la Guillermina también se apellidaba Neruda. Craso error. En ella estaba la
clave. En fin, repito que sentí que todavía faltaba algo. Pero, carente de
ideas, me vi obligado a hacer una pausa en la investigación. No sé cuánto
duró. En ese intervalo, sin alejarme de la música, me dediqué -en compañía de
un amigo mío al que también le chiflan estas cosas- a estudiar a Neruda en
relación al *Vals sobre las Olas+. En casa de este amigo -hijo del querido
periodista chileno Alfredo Olivares, que fue quien me hizo posible la
obtención de la fotocopia de *la pista Arteche+- vimos un interesante
vídeo acerca de Isla Negra, que le había enviado su padre. En una escena de
dicho vídeo, se veía un artilugio giratorio y antediluviano -previo a las
victrolas- del que salían los compases del Vals sobre las Olas. Debía, sin
duda, tratarse de la primera versión mecánicamente reproducible del famoso y
pegajoso vals. Nos imaginamos al poeta hipnotizado ante ese raro aparato que
echaba al aire las notas que le habían fascinado desde niño, como recuerda en
las primeras páginas de Confieso que he vivido. No sólo releímos esas
páginas, sino que también declamamos solemnemente la *Oda al Vals sobre las Olas+, brindando por su autor,
que también se acordó de ese vals -y lo hizo interpretar al violín- cuando
comía en Hungría junto a su hermano Miguel Ángel Asturias. Después -con
nuestras respectivas esposas, claro- danzamos nerudianamente el viejo vals.
Al día siguiente -tengo testigos- en un mercado callejero, entre un montón de
revistas viejas, encontré un ejemplar de la centenaria partitura del *Vals sobre las Olas+, una primera edición expresamente hecha
para América lujosamente litografiada a todo color (Fig. 14). El autor
del famoso vals que le hizo seria competencia a los mejores valses de Viena,
fue el mexicano -niño prodigio también- Juventino Rosas. En su breve vida,
Rosas jamás visitó el viejo continente. En cambio su vals, *El Vals sobre las olas+, se paseó por todos los
salones de Europa no faltando quien atribuyese su autoría a Strauss. Para qué
decir que interpretamos el hallazgo de esta partitura como un raro mensaje
del poeta. Quisimos hacer un vídeo, escribir algo; al final no pasó nada.
Aunque, claro, todavía podría pasar. Si cuento el apretado resumen de todo
esto -que es otra historia- es porque de manera tangencial tuvo algo que ver
con lo que pasó después, cuando al fin se dio la coyuntura para retomar el
asunto de la Guillermina. Un día, revisando notas, me di cuenta
de que había dejado un cabo suelto. Era el relacionado con el tercer
personaje no ficticio -y dueño de un Stradivarius- del que habla Holmes en
uno de sus diálogos con Watson. Al escribir mis primeras notas sobre Holmes y
el violín, llamé Melitón al tercer personaje; y lo archivé bajo ese nombre,
con lo que sin querer yo mismo lo saqué del punto de mira de mis
investigaciones. Grave error. Porque Melitón fue otro de los violinistas
predilectos del detective de Baker Street. En La
Liga de los Pelirrojos, Sherlock Holmes informa a Watson: *Sarasate plays at the St.
James=s Hall this afternoon+ (Fig. 15). Lo
dice con la absoluta certeza de estar hablando de alguien muy conocido. Y con
toda razón porque, según el citado relato, en aquella brumosa tarde
londinense, ofrecía uno de sus magníficos conciertos don Martín Melitón
Sarasate y Navascués, navarro nacido en Pamplona el 10 de marzo de 1844 que,
bajo el nombre de Pablo Sarasate -o Pablo de Sarasate- adquirió mucha fama y
riqueza como violinista y compositor. Pablo Sarasate dio su primer concierto
en Londres el año 1861, en el Crystal Palace, pero a partir de ese mismo año
sus conciertos |
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Pablo
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siempre
se llevaron a efecto en la Sala que se llamó St. James's Hall a la que Holmes
se refiere en la novela. Esta sala ya no existe en Londres; fue demolida en
1905 y en su lugar se construyó el Piccadilly Hotel. El
no haberme preocupado mucho antes de Sarasate me dejó, en mi papel de
aprendiz de Sherlock Holmes, muy avergonzado. Porque Pablo Sarasate no se
llamaba Pablo: (eligió llamarse así! Está documentado que fue bautizado con los
nombres de Martín Melitón y que su fe de bautismo fue corregida en el año
1878, cuando el violinista de Pamplona ya había cumplido 34 años de edad. (Fig.
16). Por este extraordinario hecho -haberse autobautizado Pablo, tal como
lo hizo Neftalí Reyes- debí haber sometido a Sarasate, desde la partida, a
una muy rigurosa investigación. Habría sido lo lógico, lo elemental, según
Holmes. Sin embargo, como un Lestrade cualquiera, no lo había hecho. )Por arte de qué, Martín Melitón se había hecho llamar Pablo? Por
arte de música, se podría decir; en analogía a lo que dejó dicho Ricardo
Eliecer Neftalí: *mi nombre es Pablo por arte de palabra+. Esto no podía significar otra cosa más que Neftalí no sólo leyó la
palabra Neruda en una revista; también tenía que haber leído la palabra Pablo.
Este pensamiento me hizo acometer con entusiasmo la tardía tarea de intentar
atar el cabo suelto de la *pista Melitón+. Pero lo único que se me
ocurrió fue la ingenua idea de pensar que quizá, en alguna otra de las
aventuras de Holmes y Watson, los nombres de Wilma Neruda y de Pablo Sarasate
hubiesen sido mencionados juntos. Idea que los sherlockianos del The
annotated se encargaron de hacerme desechar rápidamente: Holmes no vuelve
a mencionar a estos violinistas en ninguna otra aventura. Ni juntos ni
separados. De todos modos, dos cosas de mucho interés habían surgido de esto:
la primera, haberme enterado del curiosísimo hecho de que el violinista
Martín Melitón Sarasate, de la misma manera que el joven poeta Ricardo
Eliecer Neftalí Reyes, había cambiado sus bautismales y pesados nombres de
pila por el sencillo y apostólico Pablo. El
caso de Pablo Picasso es diferente. En la pila bautismal, Picasso se llamó
Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios
Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso. Una orgía bautismal. El
pintor fue drástico; lo único que no se borró fue el nombre Pablo y el
apellido materno. Es decir, a diferencia de Neruda y de Sarasate, no le fue
necesario buscar su nombre Pablo en revistas o libros, estaba ya en la fe de
bautismo que le tocó en suerte. El segundo hecho, al que también
atribuí mucha importancia, fue a la germinación de la idea de que los nombres
de Pablo Sarasate y de Wilma Neruda pudiesen ser encontrados impresos, el uno
junto al otro, si no en una novela de Sherlock Holmes por lo menos en otra
parte. Por ejemplo en un artículo que tratase de los grandes violinistas del
siglo XIX. Pero, si se les enumeraba en orden alfabético, ambos nombres
estarían separados por lo menos por el de Paganini. A propósito de este
último, Sherlock Holmes también admiraba mucho a Niccolo Paganini y sabía
muchísimas cosas acerca de él. Lo atestigua Watson al decir: *(Holmes) me contó muchas anécdotas acerca de ese hombre (Paganini)
extraordinario+ (*... he (Holmes) told me anecdote after anecdote of that
extraordinary man (Paganini)+. Seguramente, como de tantos otros temas,
los conocimientos de Holmes sobre Paganini y su Stradivarius eran asombrosos;
Holmes, ya lo dije, también era propietario de un Stradivarius. Esto me hizo
elucubrar que otra posible lista de famosos violinistas del siglo XIX, sería
la que incluyese sólo a los poseedores -no ficticios- de uno de estos
extraordinarios violines. Sería una lista breve que permitiría fijarse mejor
en cada uno de los enumerados. Sobre todo si el presunto artículo hubiese
sido ilustrado con sendas fotografías, en cuyo caso sería obligatorio -dado
que esas fotografías existen que una de ellas, la de Wilma Norman-Neruda se
hubiese podido ver junto a otra, la de Pablo Sarasate, cada cual con su
propio Stradivarius en las manos. Una revista así podría haber sido
casualmente hojeada por Neftalí Reyes. Éste -que en ese preciso momento
buscaba un seudónimo- habría elegido, al pie de la fotografía de Pablo
Sarasate, el nombre Pablo; y, al pie de la de Mme. Norman-Neruda, se habría
prendado del apellido de Wilma, la Guillermina. Todo claro. Pero no |
FIG.
16. Martin Melitón Sarasate, antes de llamarse Pablo en 1878. |
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encontré
dicha revista y seguir buscándola, con la cada vez más débil convicción de
que realmente hubiese existido y pudiera encontrarla, se me fue haciendo cada
vez más difícil. Por eso, fui dejando de lado esta búsqueda y orientando mi
estudio a la vida y obra de los violinistas Sarasate y Paganini que, a
diferencia de Wilma, no sólo eran intérpretes si no también compositores. Me
aficioné a escuchar sus obras, interpretadas por violinistas contemporáneos.
A Anne-Sophie Mutter, por ejemplo, la oí interpretando a Sarasate, mientras
me imaginaba estar escuchando a Wilma, otra chifladura. Además me procuré un
par de biografías de Paganini y quedé tan asombrado como Watson, de la vida y
milagros de ese hombre extraordinario. Una anécdota muy curiosa, que aparece
en una de las biografías (la de John Sugden), es la que relaciona a Paganini
con Conan Doyle, pero no por medio de Holmes si no que *por Medium+ de otro personaje. Me explico: la mayor
chifladura de Sir Arthur Conan Doyle consistía en creer a pies juntillas en
el espiritismo. Florizel von Reuter también, o al menos así lo aseguraba.
Florizel von Reuter fue violinista; y no de los peores, según se dice.
También él fue un niño prodigio. A alguien se le ocurrió llamarle *el Paganini redivivus+. Puede que esta
denominación haya dado la brillante idea a Florizel quien, ya mayorcito,
empezó a asegurar que tenía comunicación directa con el espíritu de Paganini.
Y que era el espíritu de éste el que, magistralmente, guiaba su mano de
artista cuando tocaba el violín. Florizel, guiado quizá por motivos más
pecuniarios que espirituales, escribió un libro sobre este espiritístico
asunto (Psychical Experiences of a Musician) y consiguió que Conan
Doyle le escribiera la Introducción, con lo que de partida pudo asegurar la
venta de su libro al crédulo público del año 1928. Cosas de los espíritus,
pensó uno escépticamente. Pero poco después, en una librería de viejo que
acostumbro visitar cada dos o tres meses, dentro de un librito sobre Paganini
encontré una carta firmada de puño y letra por Florizel von Reuter..., que no
tenía nada que ver con el espiritismo, faltaría más. En todo caso me empezó a
llamar la atención esta verdadera acumulación de casualidades. Debo reconocer
que este hecho llegó a ponerme algo nervioso. Lo habitual, dicen, es que uno,
en su cotidiana normalidad, asuma tales casualidades o coincidencias
simplemente como cosas raras que nos pasan. Y que, antes de olvidarlas o
archivarlas en la memoria de las anécdotas, al no encontrarles explicación
razonable, se diga a sí mismo: (qué extraño! o (qué curioso! Nada más. Otra cosa es que el asunto quede dando
vueltas en la cabeza; esto tiene sus riesgos, puede revenir el seso. Y fue en
relación con esto último -memoria y sesos revenidos- que en mi búsqueda de
datos acerca de Paganini recordé que muchos años atrás, en Temuco, había
visto una película basada en la legendaria vida de este violinista. Después
de mucho buscar di con una breve documentación acerca de este film titulado: Paganini
(The magic Bow). Filmada en la posguerra, lo único que valía la pena
de esa película inglesa era la música. Sonaba estupendamente; no es raro esto
porque la interpretó el genial Yehudi Menuhin. La película, una mezcla de
aventuras de El Zorro, Scaramouche y D=Artagnan, con Steward
Granger en el papel de Paganini, era malísima; y al parecer su intención era
convencer al público de que Paganini había sido un espadachín que tocaba el
violín en sus horas libres. En sus memorias, el recientemente fallecido
Yehudi Menuhin recuerda la historia de este film; dice: era tan malo que,
durante la filmación, las más de las veces no sabía si reír a carcajadas o
llorar a mares. Como se puede apreciar, acerca de Paganini se puede encontrar
de todo, bueno y malo, desde el más allá hasta el séptimo arte. Mucho más difícil es la tarea si se
trata de Sarasate, porque acerca de él, en todas las enciclopedias y libros
se repite más o menos lo mismo. Pero, una vez más, las casualidades
afortunadas iban a estar de mi parte. Bajaba yo por las Ramblas de Barcelona
cuando, en la vitrina de una tienda de música que está justo enfrente de la
fuente de Canaletas, veo un libro que, según me habían dicho, no existía: Pablo
Sarasate, biografía. La escribió Luis Iberni y estaba prácticamente
recién salida de la prensa (1994). Tuve que encargarle a un amigo, el pintor
chileno Víctor Ramírez, que me comprara un ejemplar un par de días más tarde
porque la tienda estaba cerrada; y yo tenía que volver a Alemania. Al fin,
una larga semana después, con el libro en las manos, me enteré de que se
había celebrado el año del sesquicentenario del nacimiento del virtuoso
violinista que se hizo llamar |
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Pablo, aunque se llamaba Martín Melitón. La efeméride había motivado
y hecho posible la edición de su biografía ilustrada. En ella pude encontrar
a *la Guillermina+ Neruda en el apartado en que se catalogan
la obras que compuso Sarasate. Se documentaba aquí, que el año 1878, el
prodigioso año 1878, Pablo Sarasate compuso *Romanza andaluza y Jota
navarra, Op.22. Dedicadas a Norman Neruda+. No sé lo que esto pueda
significar, pero fue también en 1878 -lo dije anteriormente- cuando la
partida de nacimiento de Martín Melitón Sarasate fue corregida agregándosele,
de primer nombre, Pablo. Coincidencias, casualidades; no hay motivos para
pensar demasiado en ellas. Se consignaba además que la partitura fue editada
en Berlín, por Simrock. Habiendo visto ya algunas antiguas partituras con
dedicatoria, supe en ese instante que había saltado la liebre. Esta vez la
cosa tenía sabor. La pista seguida -con sus tantas ramificaciones- había
finalmente desembocado en una recta, al término de la cual se divisaba claramente
la meta. Me di cuenta de que la tarea era encontrar un ejemplar de esa
partitura editada por Simrock de Berlín. En su primera edición, claro, porque
lo habitual es que ediciones posteriores ignoren las dedicatorias que ostentó
la primera. No se trataba de una tarea fácil, no en vano habían pasado más de
cien años y sucedido un par de hecatombes desde su edición. Basándome en el
conocimiento de otras que debían parecérsele, pude hacer una descripción
bastante aceptable de la partitura buscada y la envié a varias direcciones de
las que me prometía éxito seguro. Estas direcciones no incluían ninguna de
Pamplona, porque a partir de entonces ya no quería que el juego terminase muy
pronto. En el Museo de la Música de Barcelona me habían informado de que todo
el inventario del Museo Sarasate de Pamplona había pasado a manos de la
Biblioteca de dicha ciudad; si quería conseguir una copia de la partitura que
buscaba, me aconsejaban dirigirme a dicha biblioteca. Lo hice una vez, lo
intenté por teléfono. Pero parece que no logré explicar mis intenciones.
Además ya había decidido que no me interesaba una copia. Quería tener un
original de esa partitura, tenía que ser posible encontrarla. De las
mencionadas direcciones sólo una me contestó enviándome una partitura. No era
precisamente la que buscaba, pero me alegró recibirla. Era de la época y
estaba dedicada; es decir, en su portada se podía leer una dedicatoria
impresa indicando que el autor ofrendaba su obra a una persona determinada.
El librero remitente de esa única partitura que me llegó, leyó sobre ella el
nombre Neruda y me la envió. Se trataba de una obra de Franz Neruda, hermano
de Wilma. (Fig. 17). Tenerla en mis manos me hizo sentir un poco más
cercano a la meta. Seguí rastreando febrilmente la que Sarasate, don Pablo,
dedicó a Neruda, doña Guillermina. Nombré también *Guillermina+ a esa partitura y la busqué en numerosas ciudades: Berlín, Viena,
otra vez Manchester, etc., etc. A veces (en Bredevoort, Holanda, por ejemplo)
pasé horas revisando centenares de partituras. En Bredevoort hay una librería
de viejo al lado de la otra, en todo el pueblo. Pero nada; pasó más de un año
y no pasó nada más. Comencé a pensar que el hado de los hechos fortuitos,
coincidencias y casualidades, se había cansado del juego. Abandoné el oneroso
turismo de la búsqueda; había encontrado muchas cosas pero no esa partitura.
Me comenzó a tentar la idea de que con la información que tenía reunida,
podía ya escribir algo. Pero de nuevo, la sensación de que todo se
descafeinaría si no mostraba lo principal, la partitura, me hizo desecharla.
Porque esa partitura tenía que ser la *revista+ de la que hablaba Neruda. Mirando viejas partituras, como la del *Vals sobre las Olas+ o la de la obra de Franz Neruda y muchas
otras, había llegado a esa conclusión. Y cuanto más lo pensaba, tanto más
seguro estaba de su coherencia; tanto, que ya no me cabían dudas: así debió
haber sido. Porque al echarle una despreocupada mirada a la portada de una
partitura, me refiero a una de aquellos tiempos, nada tiene de raro pensar
que se trata de una revista. Tanto el formato como la ilustración de la tapa
pueden fácilmente inducir a ese error a cualquier persona que no se detenga a
hojearla. Y esto último no es requisito para echarle una mirada a la portada.
Y fijarse en los nombres impresos allí con grandes letras. Pablo Sarasate y
Norman Neruda, por ejemplo. Eso es lo que debió haber sucedido el año 1920,
cuando el joven |
FIG.
18. Partitura de Pablo Sarasate dedicada a Norman Neruda en 1879 (Se
reproduce en color en contraportada). |
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Pablo
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Neftalí
Reyes leyó esos nombres *en una revista+, en la portada de una
partitura que le pareció una revista. Alguien
podría decir: *pero... )es posible sostener que en el fronterizo
Temuco de los años 20 se podía encontrar una partitura de ese tipo?+. La respuesta es sí, sin duda alguna. En la pujante ciudad que
crecía a grandes pasos aún no había un Conservatorio de Música, se fundó
pocos años después. Pero no por eso era raro disfrutar allí de un concierto
de música clásica. La mejor prueba de esta afirmación la proporciona el
propio Neftalí Reyes. En su Cuaderno de Temuco, en poemas fechados en
el mes de diciembre de 1919, hay unos versos que hablan de violines y *del alma de Chopin brumoso+. Están escritos pocos
meses antes de que a Neftalí Reyes se le ocurriera llamarse Pablo Neruda.
Estos versos permiten afirmar, sin temor a equivocarse, que en esas fechas,
en Temuco, se llevaban a efecto selectas veladas musicales. Lo que, por lo
demás, es conocido. Guardando las proporciones, se trataba de algo similar a
los *Populars Concerts+ de Charles Hallé y Wilma Neruda. Para
llevarlos a efecto era, entre otras cosas, necesario tener partituras. Pensé
que, por una de esas raras casualidades ya tan habituales, había sido el
mismo Pablo Neruda el que me había hecho plantear la hipótesis de la
partitura como revista. Porque tal como Paganini había guiado la mano de
Florizel, Neruda había guiado la mía para dar con la partitura del *Vals sobre las Olas+ en medio de un montón de revistas viejas.
Metida entre ellas, a primera vista, esa partitura me había parecido una
revista más, no había gran diferencia. Pero lo que había encontrado era una
partitura. )Habría sido éste un fenómeno espiritista, como los que chiflaban a
Conan Doyle, padre literario de Sherlock Holmes? Como
pasaba el tiempo y no conseguía dar con la partitura que buscaba, decidí
conceder crédito a esta nueva chifladura. Total, una más entre tantas.
Invoqué a Wilma con todo respeto. Y parodiando un poco a Egon Erwin Kisch -a
quién también invoqué para que me ayudara- le dije solemnemente: *Wilma, te he perseguido a ti y a esa partitura durante tanto tiempo;
dime por fin donde encontrar a la Guillermina+. Y claro, no podía ser de
otro modo, al día siguiente o subsiguiente, allí, en la misma librería de
viejo a la que voy cada dos o tres meses la encontré en medio de otras
partituras y revistas. Fue para mí un hallazgo nada exento de emoción y
taquicardia. Aunque según Neruda, a Neftalí Reyes el fenomenal hecho le había
parecido carente de todo encanto y maravilla. El creyó, claro, que veía una
revista. Era una partitura. Juzguen ustedes: (aquí está! (Fig. 18).
Una mirada a su portada permite al distraído lector -de igual modo que en su
día le sucedió a Neftalí Reyes- apreciar que sobre ella es posible leer Pablo
y también Neruda. (Elemental, queridos nerudistas! Quizá
esto demuestre cuán ciertas son las primeras palabras de Neruda en Estravagario:
*Para subir al cielo se necesitan dos alas, un violín...+ Gracias por vuestra amable atención. |
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