NERUDA Y NOSOTROS, LOS DE ENTONCES

JOSÉ CARLOS ROVIRA

 

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José Carlos Rovira

Profesor de Literatura Hispanoa­mericana de la Universidad de Alicante. Ha publicado numero­sos estudios y ediciones sobre autores españoles e hispanoame­ricanos, entre ellos Miguel Her­nández, al que dedicó varios trabajos hasta la edición de las Obras Completas, en 1992. En el campo latinoamericano, desta­can sus estudios y ediciones so­bre Pablo Neruda, José María Arguedas y temas referentes a la identidad cultural. En la actuali­dad trabaja sobre literatura colo­nial hispanoamericana y sobre el siglo XVIII novohispano.

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Neruda y nosotros, los de en­tonces

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JOSÉ CARLOS ROVIRA

 

 

     El recurso del título es demasiado fácil para que me centre en él. Decir *nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos+, no sería la resolución a ningún enigma. Sería a lo mejor la constatación de algo evidente que podríamos ambientar con el pianista Sam y *El tiempo pasará+ de la película Casablanca. Quizá lo que he intentado indicar con el título es solamente la recepción de Neruda por una franja generacional que coexistimos en tiempo, muy jóvenes, con un poeta que era grandioso en nuestra lengua y nuestra memoria.

     Pablo Neruda como recurso memorial por tanto. Memorial de Neruda con la perspectiva de 25 años. Entre los repasos a lo que ya dijimos sobre el poeta, hace tiempo, me quedan sobre todo recorridos ordenados por lo que dijeron algunos críticos e historiadores de la literatura entre los que varios de ellos, principales, han hablado y van a hablar estos días entre nosotros. No sé si en mi lectura ordenada de Pablo Neruda, allá por el 911, aporté una nueva perspectiva más allá del orden. Tampoco sé si en mi edición comentada de Veinte poemas de amor y una canción desesperada en 19972 dije algo que no fuera un conjunto de ideas de lector sobre un libro que uno hubiera querido escribir. Manifiesto mi desconcierto sobre lo dicho y escrito porque lo que pretendo ahora es emplazar a Neruda en recuerdos. Me perdonarán este devaneo con la memoria que seguramente no significa mucho. Me perdonarán que atente contra la teoría de la recepción con una recepción que a lo mejor, por personal, se convierte en emotiva y por tanto insufrible. Me perdonarán que omita la vocación académica para contar un Neruda que tiene que ver sobre todo con historias del corazón y la razón.

 

PRIMERA MEMORIA

 

     Este poeta era inevitable en su ofrecimiento de versos. He dicho ya alguna vez que hay escritores que memorizamos sin querer. Poetas sobre todo de los que recordamos versos. Hay otros poetas, que hemos leído, de los que no recordamos ninguno. Es un enigma selectivo. Debe haber alguna parte del cerebro que relaciona versos formidables con situaciones más o menos intensas. La divinidad que nos construyó debió pensar que la poesía debía mezclarse intensamente con la vida. Desdichados de aquéllos que no la mezclen.

     Recuerdo inicialmente, claro, al Neruda que escribió poesía de amor. Al Neruda que escribió tanta poesía de amor que colmó medidas. Recuerdo a alguien que dejó de escribir poesía, que dejó de intentar ser poeta, cuando se dio cuenta de que Pablo Neruda escribió los Veinte poemas de amor allá por sus dieciocho años. Era inevitable desanimarse ante aquel torrente de palabras que evocaban situaciones de amor, pasados y presentes, imposibles futuros, con una magia verbal que se convirtió en irrepetible, aunque fuera imitable. El desanimado poeta al que me refiero, recorrió varias veces en la memoria aquello de *puedo escribir los versos más tristes esta noche+, se dio cuenta de las noches estrelladas, o de que efectivamente las estrellas tiritan, notó la magia verbal de aquel encantador de la palabra y supuso que era difícil emular todo aquello.

     Lo malo de la poesía es si sirve de envenenadora del recuerdo, lo malo de la poesía es si alguien acaba de decirse en serio, frente a formulaciones más sencillas, aquello de que

 

 

1

José Carlos Rovira, Para leer a Pablo Neruda, Ma­drid, Palas Atenea, 1991.

 

2

Pablo Neruda, Veinte poe­mas de amor y una canción desesperada, edición de José Carlos Rovira, Madrid, Es­pasa Calpe, 1997.

 

 

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Neruda y nosotros, los de entonces

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JOSÉ CARLOS ROVIRA

 

*emerge tu recuerdo de la noche en que estoy+.

     Atención. Tomemos distancias. Diseñemos máquinas para el futuro, expendedoras de fragmentos poéticos ante un tiempo en el que va a quedar poco espacio para la poesía. Me imagino que todos recuerdan aquel poema de Raúl González Tuñón, argentino evocado por nuestro Miguel Hernández, que se titula: *Eche veinte centavos a la ranura+ y que escribió en 19263. Es un poema esencial de la modernidad, que concluye:

 

     Y no se inmute amigo, la vida es dura,

     con la filosofía poco se goza.

     Si quiere ver la vida color de rosa

     eche veinte centavos en la ranura.

 

     Para el tiempo que viene, seguro, habrá máquinas nerudianas en las esquinas, o a lo mejor será un recurso de Internet el que nos devuelva, tras el pago codificado de un euro, un fragmento de poesía. Por ejemplo:

 

     Juegas todos los días con la luz del universo,

     Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.

     Eres más que esta blanca cabecita que aprieto

     Como un racimo entre mis manos cada día.

 

     La primera memoria se nos aniquila así, con la incitación a esa máquina que nos entregue fragmentariamente versos y recuerdos de Neruda. El fin de siglo está a dos pasos y su locurita, como dijo otro poeta, ya encandila. Clausuremos la primera memoria que es la del poeta joven, intenso de palabras, repleto de retóricas de amor modernizadas. Demos paso a sucesivos Nerudas y a otras inevitables memorias.

 

SEGUNDA MEMORIA

 

     *El río que durando se destruye+. Heráclito y nosotros. Neruda y nosotros como residentes en la tierra. Invirtiendo a Heráclito. Un día, en Rangoom por ejemplo, advierte que la tierra es un conjunto de destrucciones. *Tentativa de hombre infinito y su fracaso+, nos dirá Alain Sicard4, que está por aquí cerca. La naturaleza nos indica también nuestra propia finitud. El fluir de las cosas es destrucción. Amado Alonso y su lectura imprescindible5. El poeta como testigo de la destrucción, que nos dijo Hernán Loyola6. Una clave esencial, la de las destrucciones, que creó un tiempo metafísico y surreal, con un surrealismo tan nuestro que se escribía en nuestra propia lengua. Un extraño enigma de lenguaje de los sueños en el que el *Caballo de los sueños+ es la ansiedad irrealizable del tiempo desde nuestra cotidianidad reiterada:

 

     Innecesario, viéndome en los espejos,

     con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles,

     [...]

     Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones

     converso con los sastres en sus nidos,

     ellos, a menudo, con voz fatal y fría,

     cantan y hacen huir los maleficios.

     Hay un país extenso en el cielo

     con las supersticiosas alfombras del arco iris,

     y con vegetaciones vesperales;

     hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga,

     pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos...

 

     El tiempo se nos va haciendo inevitable ahora. Irremediable. El océano también tiene un sur que es desde donde nos mira el tiempo detenido. Es un sur del océano donde se acumulan destrucciones. La luna también es destructora, como la sal:

 

     De consumida sal y garganta en peligro

     están hechas las rosas del océano solo,

     el agua rota sin embargo,

     y pájaros temibles...

 

     Comprendimos el tiempo con Neruda y sus destrucciones. Sentimos el tiempo destruido como ese reloj desvencijado que corre bajo el agua temible en otro de los poemas de Residencia en la tierra:

 

    Hay tanta luz sombría en el espacio

     y tantas dimensiones de súbito amarillas,

     porque no cae el viento

     ni respiran las hojas.

     Es un día domingo detenido en el mar,

     un día como un buque sumergido,

     una gota de tiempo que asaltan las escamas

     ferozmente vestidas de humedad transparente...

 

     Pero este Neruda, que ve destrucciones solamente, se encontrará muy pronto con la residencia en una historia que también fue muy destructiva, aunque a partir de ella pudiera plantearse la reconstrucción.

 

3

Raúl González Tuñón, Poemas de Buenos Aires, Buenos Aires, Torres Agüero editor, 1983, pág. 15. *Eche veinte centavos en la ranura+ pertenece al libro De el violín del diablo.

 

4

Recuérdese la obra principal de Alain Sicard, El pensamiento poético de Pablo Neruda, Madrid, Gredos, 1981, en donde el despliegue de la obra de Neruda se realizaría a partir de la idea título de Ten­tativa de hombre infinito y de la imposibilidad de esta infinitud, generadora de la angustia del tiempo de las residencias.

 

5

Sigo considerando esta lectura clásica y primera de Neruda como principal: Amado Alon­so, Poesía y estilo de Pablo Ne­ruda, Barcelona, Edhasa, 1979 (la primera edición es de 1940). Su lectura de la primera pro­ducción como el paso *de la melancolía+ (amorosa) a *la angustia+ (de las residencias) y la relación de estos espacios con la poesía histórica y social sucesiva me parece no supera­da.

 

6

Son varias las lecturas en las que Loyola concretó su pro­puesta: desde Hernán Loyola, Los modos de autorreferencia en la obra de Pablo Neruda, Santiago, Ed. Aurora, 1964, hasta las notas introductorias a los diferentes apartados en Pa­blo Neruda, Antología poética, ed. de Hernán Loyola, Madrid, Alianza editorial, 1981.

 

 

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Neruda y nosotros, los de entonces

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JOSÉ CARLOS ROVIRA

 

TERCERA MEMORIA

 

     Madrid, 1936: *España en el corazón+ de la Tercera residencia. Conozco a alguien que nació diez años después de acabada la guerra civil, la española. Eran todavía los años de penitencia, que llamó Carlos Barral en sus memorias y que nos había impuesto aquél cuyo nombre, afortunada­mente, ya no consigo recordar. Los años de penitencia fueron sobre todo los de la imposición de una memoria grandilocuente e imperial en la que no cabían contradicciones ni matices. La literatura, es cierto, nos rescató de aquella oleada de memoria azul y vengativa. Lecturas de Hernández al atardecer allá por los quince años, lectura sobrecogida de Los grandes cementerios bajo la luna de Georges Bernanos, lectura sorprendida de aquel poeta cuya Tercera residencia salía de la maleta de un librero de la calle mayor que se llamaba Manolo Rey. No tomen los jóvenes lo que digo como impudor autobiográfico puesto que lo que cuento es bastante generacional. Sí, desde luego, sólo para los que leían libros la literatura nos podía rescatar a un tiempo que se había intentado aniquilar no sólo con prohibiciones, sino con pelotones de fusilamiento.

     Neruda entonces, explicando algunas cosas, en medio de aquella memoria:

 

     Preguntaréis: Y dónde están las lilas?

     Y la metafísica cubierta de amapolas?

     Y la lluvia que a menudo golpeaba

     sus palabras llenándolas de agujeros y pájaros?

     Os voy a contar todo lo que me pasa.

     Yo vivía en un barrio

     de Madrid, con campanas,

     con relojes, con árboles.

     [...]

     Mi casa era llamada

     la casa de las flores...

     [...]

     Todo

     eran grandes voces, sal de mercaderías,

     aglomeraciones de pan palpitante,

     mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua

     como un tintero pálido entre las merluzas

     [...]

     Y una mañana todo estaba ardiendo

     y una mañana las hogueras

     salían de la tierra

     devorando seres,

     y desde entonces fuego,

     pólvora desde entonces,

     y desde entonces sangre.

     [...]

     Preguntaréis por qué su poesía

     no nos habla del suelo, de las hojas,

     de los grandes volcanes de su país natal?

     Venid a ver la sangre por las calles,

     venid a ver

     la sangre por las calles,

     venid a ver

     la sangre por las calles!

 

CUARTA MEMORIA

 

     Conozco a alguien que consiguió por fin en 1997 subir a ese Monte Carmelo de la materia que es Macchu Picchu. Recomiendo el lugar pues es imprescindible para la geografía peruana y nerudiana. Y por su belleza, por supuesto. Estoy hablando de 1997 y de un recorrido que tenía que enlazar, obligatoriamente, con otra lectura temprana, como de treinta años antes, con *Alturas de Macchu Picchu+ del Canto General. Hay situaciones que uno espera tanto tiempo que, necesariamente, acaban siendo diferentes, cuando se producen, a lo previsto. Preconcebidamente se puede buscar la *alta ciudad de piedras escalares+, *la plata torrencial del Urubamba+, a *Wilkamayu de sonoros hilos+, para recrear en una geografía por fin vivida el momento épico de recitación:

 

     Sube a nacer conmigo, hermano.

     Dame la mano desde la profunda

     zona de tu dolor diseminado,

 

pero allí donde Neruda, hacia 1945, quiso interpretar el espeso silencio de la ciudad incaica, dar la palabra al pasado, llamar a la regeneración americana, encontrarás quizá, pasado el tiempo, más que un paraje mítico, más que una llamada de la historia, el sonido de las cámaras Kodak de los turistas que te acompañan. Es la sensación que ya dejó escrita el poeta peruano Martín Adán en un texto que invertía la transcendencia nerudiana hacia la cotidianidad más definida.

     Dice Martín Adán en La mano desasida7:

 

     Nunca del numen,

     simple piedra,

 

7

Martín Adán, La mano de­sasida, en El más hermoso crepúsculo del mundo (Antología), estudio y selec­ción de Jorge Aguilar Mo­ra, México, FCE, 1992, pág. 250.

 

 

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Neruda y nosotros, los de entonces