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NERUDA Y NOSOTROS, LOS DE
ENTONCES JOSÉ CARLOS ROVIRA
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______________________ José
Carlos Rovira Profesor
de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Alicante. Ha publicado
numerosos estudios y ediciones sobre autores españoles e hispanoamericanos,
entre ellos Miguel Hernández, al que dedicó varios trabajos hasta la edición
de las Obras Completas, en 1992. En el campo latinoamericano, destacan
sus estudios y ediciones sobre Pablo Neruda, José María Arguedas y temas
referentes a la identidad cultural. En la actualidad trabaja sobre
literatura colonial hispanoamericana y sobre el siglo XVIII novohispano. ______________________ Neruda y nosotros, los de entonces _____________________ JOSÉ CARLOS ROVIRA |
El recurso del título es demasiado
fácil para que me centre en él. Decir *nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos+, no sería la resolución a ningún enigma. Sería a
lo mejor la constatación de algo evidente que podríamos ambientar con el
pianista Sam y *El tiempo pasará+ de la película Casablanca. Quizá lo que he intentado indicar con el
título es solamente la recepción de Neruda por una franja generacional que
coexistimos en tiempo, muy jóvenes, con un poeta que era grandioso en nuestra
lengua y nuestra memoria. Pablo Neruda como recurso memorial por
tanto. Memorial de Neruda con la perspectiva de 25 años. Entre los repasos a
lo que ya dijimos sobre el poeta, hace tiempo, me quedan sobre todo
recorridos ordenados por lo que dijeron algunos críticos e historiadores de
la literatura entre los que varios de ellos, principales, han hablado y van a
hablar estos días entre nosotros. No sé si en mi lectura ordenada de Pablo
Neruda, allá por el 911, aporté una nueva perspectiva más allá del
orden. Tampoco sé si en mi edición comentada de Veinte poemas de amor y
una canción desesperada en 19972 dije algo que no fuera un
conjunto de ideas de lector sobre un libro que uno hubiera querido escribir.
Manifiesto mi desconcierto sobre lo dicho y escrito porque lo que pretendo
ahora es emplazar a Neruda en recuerdos. Me perdonarán este devaneo con la
memoria que seguramente no significa mucho. Me perdonarán que atente contra
la teoría de la recepción con una recepción que a lo mejor, por personal, se
convierte en emotiva y por tanto insufrible. Me perdonarán que omita la
vocación académica para contar un Neruda que tiene que ver sobre todo con
historias del corazón y la razón. PRIMERA MEMORIA Este poeta era inevitable en su
ofrecimiento de versos. He dicho ya alguna vez que hay escritores que
memorizamos sin querer. Poetas sobre todo de los que recordamos versos. Hay
otros poetas, que hemos leído, de los que no recordamos ninguno. Es un enigma
selectivo. Debe haber alguna parte del cerebro que relaciona versos
formidables con situaciones más o menos intensas. La divinidad que nos
construyó debió pensar que la poesía debía mezclarse intensamente con la
vida. Desdichados de aquéllos que no la mezclen. Recuerdo inicialmente, claro, al
Neruda que escribió poesía de amor. Al Neruda que escribió tanta poesía de
amor que colmó medidas. Recuerdo a alguien que dejó de escribir poesía, que
dejó de intentar ser poeta, cuando se dio cuenta de que Pablo Neruda escribió
los Veinte poemas de amor allá por sus dieciocho años. Era inevitable
desanimarse ante aquel torrente de palabras que evocaban situaciones de amor,
pasados y presentes, imposibles futuros, con una magia verbal que se
convirtió en irrepetible, aunque fuera imitable. El desanimado poeta al que
me refiero, recorrió varias veces en la memoria aquello de *puedo escribir los versos más tristes esta noche+, se dio cuenta de las noches estrelladas, o de
que efectivamente las estrellas tiritan, notó la magia verbal de aquel
encantador de la palabra y supuso que era difícil emular todo aquello. Lo malo de la poesía
es si sirve de envenenadora del recuerdo, lo malo de la poesía es si alguien
acaba de decirse en serio, frente a formulaciones más sencillas, aquello de
que |
1 José
Carlos Rovira, Para leer a Pablo Neruda, Madrid, Palas Atenea, 1991. 2 Pablo
Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, edición de
José Carlos Rovira, Madrid, Espasa Calpe, 1997. |
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Neruda y nosotros, los de entonces ______________________ JOSÉ CARLOS ROVIRA |
*emerge tu recuerdo de la noche en que estoy+. Atención. Tomemos distancias.
Diseñemos máquinas para el futuro, expendedoras de fragmentos poéticos ante
un tiempo en el que va a quedar poco espacio para la poesía. Me imagino que
todos recuerdan aquel poema de Raúl González Tuñón, argentino evocado por
nuestro Miguel Hernández, que se titula: *Eche veinte centavos a la ranura+ y que escribió en 19263. Es un poema esencial de la
modernidad, que concluye: Y
no se inmute amigo, la vida es dura, con
la filosofía poco se goza. Si
quiere ver la vida color de rosa eche
veinte centavos en la ranura. Para el tiempo que viene, seguro, habrá máquinas nerudianas en las esquinas, o a lo mejor será un recurso de Internet el que nos devuelva, tras el pago codificado de un euro, un fragmento de poesía. Por ejemplo: Juegas
todos los días con la luz del universo, Sutil
visitadora, llegas en la flor y en el agua. Eres
más que esta blanca cabecita que aprieto Como
un racimo entre mis manos cada día. La primera memoria se nos aniquila
así, con la incitación a esa máquina que nos entregue fragmentariamente
versos y recuerdos de Neruda. El fin de siglo está a dos pasos y su locurita,
como dijo otro poeta, ya encandila. Clausuremos la primera memoria que es la
del poeta joven, intenso de palabras, repleto de retóricas de amor modernizadas.
Demos paso a sucesivos Nerudas y a otras inevitables memorias. SEGUNDA MEMORIA *El río que durando se destruye+. Heráclito y nosotros. Neruda y nosotros como residentes en la
tierra. Invirtiendo a Heráclito. Un día, en Rangoom por ejemplo, advierte que
la tierra es un conjunto de destrucciones. *Tentativa de hombre infinito y su fracaso+, nos dirá Alain Sicard4, que está por aquí cerca. La
naturaleza nos indica también nuestra propia finitud. El fluir de las cosas
es destrucción. Amado Alonso y su lectura imprescindible5. El
poeta como testigo de la destrucción, que nos dijo Hernán Loyola6.
Una clave esencial, la de las destrucciones, que creó un tiempo metafísico y
surreal, con un surrealismo tan nuestro que se escribía en nuestra propia
lengua. Un extraño enigma de lenguaje de los sueños en el que el *Caballo de los sueños+ es la ansiedad irrealizable del tiempo desde nuestra cotidianidad
reiterada: Innecesario,
viéndome en los espejos, con
un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles, [...] Vago
de un punto a otro, absorbo ilusiones converso
con los sastres en sus nidos, ellos,
a menudo, con voz fatal y fría, cantan
y hacen huir los maleficios. Hay
un país extenso en el cielo con
las supersticiosas alfombras del arco iris, y
con vegetaciones vesperales; hacia
allí me dirijo, no sin cierta fatiga, pisando
una tierra removida de sepulcros un tanto frescos... El tiempo se nos va haciendo inevitable ahora. Irremediable. El océano también tiene un sur que es desde donde nos mira el tiempo detenido. Es un sur del océano donde se acumulan destrucciones. La luna también es destructora, como la sal: De
consumida sal y garganta en peligro están
hechas las rosas del océano solo, el
agua rota sin embargo, y
pájaros temibles... Comprendimos el tiempo con Neruda y
sus destrucciones. Sentimos el tiempo destruido como ese reloj desvencijado
que corre bajo el agua temible en otro de los poemas de Residencia en la
tierra: Hay
tanta luz sombría en el espacio y
tantas dimensiones de súbito amarillas, porque
no cae el viento ni
respiran las hojas. Es
un día domingo detenido en el mar, un
día como un buque sumergido, una
gota de tiempo que asaltan las escamas ferozmente
vestidas de humedad transparente... Pero este Neruda,
que ve destrucciones solamente, se encontrará muy pronto con la residencia en
una historia que también fue muy destructiva, aunque a partir de ella pudiera
plantearse la reconstrucción. |
3 Raúl
González Tuñón, Poemas de Buenos Aires, Buenos Aires, Torres Agüero
editor, 1983, pág. 15. *Eche veinte centavos en la ranura+
pertenece al libro De el violín del diablo. 4 Recuérdese
la obra principal de Alain Sicard, El pensamiento poético de Pablo Neruda,
Madrid, Gredos, 1981, en donde el despliegue de la obra de Neruda se
realizaría a partir de la idea título de Tentativa de hombre infinito
y de la imposibilidad de esta infinitud, generadora de la angustia del tiempo
de las residencias. 5 Sigo
considerando esta lectura clásica y primera de Neruda como principal: Amado
Alonso, Poesía y estilo de Pablo Neruda, Barcelona, Edhasa, 1979 (la
primera edición es de 1940). Su lectura de la primera producción como el
paso *de la melancolía+ (amorosa) a *la angustia+ (de las residencias) y la relación de estos espacios con la poesía
histórica y social sucesiva me parece no superada. 6 Son
varias las lecturas en las que Loyola concretó su propuesta: desde Hernán
Loyola, Los modos de autorreferencia en la obra de Pablo Neruda,
Santiago, Ed. Aurora, 1964, hasta las notas introductorias a los diferentes
apartados en Pablo Neruda, Antología poética, ed. de Hernán Loyola,
Madrid, Alianza editorial, 1981. |
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TERCERA MEMORIA Madrid, 1936: *España en el corazón+ de la Tercera residencia. Conozco a alguien que nació diez
años después de acabada la guerra civil, la española. Eran todavía los años
de penitencia, que llamó Carlos Barral en sus memorias y que nos había
impuesto aquél cuyo nombre, afortunadamente, ya no consigo recordar. Los
años de penitencia fueron sobre todo los de la imposición de una memoria
grandilocuente e imperial en la que no cabían contradicciones ni matices. La
literatura, es cierto, nos rescató de aquella oleada de memoria azul y
vengativa. Lecturas de Hernández al atardecer allá por los quince años,
lectura sobrecogida de Los grandes cementerios bajo la luna de Georges
Bernanos, lectura sorprendida de aquel poeta cuya Tercera residencia salía
de la maleta de un librero de la calle mayor que se llamaba Manolo Rey. No
tomen los jóvenes lo que digo como impudor autobiográfico puesto que lo que
cuento es bastante generacional. Sí, desde luego, sólo para los que leían
libros la literatura nos podía rescatar a un tiempo que se había intentado
aniquilar no sólo con prohibiciones, sino con pelotones de fusilamiento. Neruda entonces, explicando algunas
cosas, en medio de aquella memoria: Preguntaréis:
Y dónde están las lilas? Y
la metafísica cubierta de amapolas? Y
la lluvia que a menudo golpeaba sus
palabras llenándolas de agujeros y pájaros? Os
voy a contar todo lo que me pasa. Yo
vivía en un barrio de
Madrid, con campanas, con
relojes, con árboles. [...] Mi
casa era llamada la
casa de las flores... [...] Todo eran
grandes voces, sal de mercaderías, aglomeraciones
de pan palpitante, mercados
de mi barrio de Argüelles con su estatua como
un tintero pálido entre las merluzas [...] Y
una mañana todo estaba ardiendo y
una mañana las hogueras salían
de la tierra devorando
seres, y
desde entonces fuego, pólvora
desde entonces, y
desde entonces sangre. [...] Preguntaréis
por qué su poesía no
nos habla del suelo, de las hojas, de
los grandes volcanes de su país natal? Venid
a ver la sangre por las calles, venid
a ver la
sangre por las calles, venid
a ver la
sangre por las calles! CUARTA MEMORIA Conozco a alguien que consiguió por
fin en 1997 subir a ese Monte Carmelo de la materia que es Macchu Picchu.
Recomiendo el lugar pues es imprescindible para la geografía peruana y
nerudiana. Y por su belleza, por supuesto. Estoy hablando de 1997 y de un
recorrido que tenía que enlazar, obligatoriamente, con otra lectura temprana,
como de treinta años antes, con *Alturas de Macchu Picchu+ del Canto General. Hay situaciones que uno espera tanto
tiempo que, necesariamente, acaban siendo diferentes, cuando se producen, a
lo previsto. Preconcebidamente se puede buscar la *alta ciudad de piedras escalares+, *la plata torrencial del Urubamba+, a *Wilkamayu de sonoros hilos+, para recrear en una geografía por fin vivida el momento épico de
recitación: Sube
a nacer conmigo, hermano. Dame
la mano desde la profunda zona
de tu dolor diseminado, pero allí donde Neruda, hacia 1945, quiso interpretar el espeso
silencio de la ciudad incaica, dar la palabra al pasado, llamar a la
regeneración americana, encontrarás quizá, pasado el tiempo, más que un
paraje mítico, más que una llamada de la historia, el sonido de las cámaras
Kodak de los turistas que te acompañan. Es la sensación que ya dejó escrita
el poeta peruano Martín Adán en un texto que invertía la transcendencia
nerudiana hacia la cotidianidad más definida. Dice Martín Adán en La mano
desasida7: Nunca
del numen, simple piedra, |
7 Martín
Adán, La mano desasida, en El más hermoso crepúsculo del mundo
(Antología), estudio y selección de Jorge Aguilar Mora, México, FCE,
1992, pág. 250. |
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viste
subir tanto fantasma con
el Cicerón, el sandwich, la Kodak y la maleta... Viste
tanto desde tu armonía y
simpatía de tus ojos duros y miradas dispersas... Yo
soy el que sube por
sobre tus flores inodoras y tus írritas pencas! (Yo soy
el que sube a sí mismo! (Yo soy
el de mi trágica constante primavera (No
yerres, Macchu Picchu! (Viste
tanto desde tu ceguera!..., invirtiendo la transcendencia regenerativa e histórica de Neruda,
veinte años después de que el poeta Chileno construyera sus *Alturas de Macchu Picchu+ como centro de la historicidad y miticidad combativa del Canto
General. Aunque en 1997, retornando la memoria,
no serán seguro los disparos de las máquinas fotográficas las que te
impedirán interpretar el silencio para regenerar, a partir de él, la
historia. Quizá sea la misma historia la que te impida reinterpretar el
silencio, recrear el Mito, reconsiderar la posición de profeta de la
salvación de un continente. El hotel *Ruinas de Macchu Picchu+ será un buen refugio para una tarde lluviosa, en la que la
televisión ha anunciado que un monte se ha disuelto por las lluvias de la
semana anterior sobre la vecina y arguediana Abancay, con doscientos muertos
en el barro. El hotel *Ruinas de
Macchu Picchu+ es un refugio espléndido para quedarse sin luz
toda una noche y refugiarse tras una vela en una memoria perdida,
garabateando papeles y recuerdos. Te pondrás a recitar entonces aquello que
casi cierra el Canto General: Me
has dado la fraternidad hacia el que no conozco. Me
has agregado la fuerza de todos los que viven. Me
has vuelto a dar la patria como en un nacimiento. Me
has dado la libertad que no tiene el solitario. Me
enseñaste a encender la bondad, como el fuego. [...] Me
has hecho indestructible porque contigo no termino en mí mismo. Y cuando te des cuenta de que te estás
recitando el poema *A mi partido+ bajarás otra vez al bar, casi clandestinamente: *Camarero, por favor, otras dos botellas de pisco+. QUINTA MEMORIA Ya has contado alguna vez tu primer
encuentro con Capri, allá por noviembre de 1985. La llegada en barco desde
Nápoles en un día de sol en el golfo y en la tierra. La aproximación al
puerto de la isla mientras el tiempo cambiaba y se levantaba un viento y caía
una llovizna, y un solitario recitaba en la proa, ante la mirada de un grupo
de Japoneses espantados, aquello de: El
viento es un caballo: óyelo
como corre por
el mar, por el cielo. Quiere
llevarme: escucha cómo
recorre el mundo para
llevarme lejos. La isla, lugar de varios regresos, las islas en definitiva, se convirtieron a través de Neruda en un lugar memorial que confluía en la reconstrucción de la isla como eros: Toda
la noche he dormido contigo junto
al mar, en la isla. Salvaje
y dulce eras entre el placer y el sueño, entre
el fuego y el agua... *La noche en la isla+ de Los versos del capitán reconstruye en 1952 un tiempo de
expresión amorosa en el que Pablo Neruda vuelve a andar los caminos abiertos
en 1924 con Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Han
pasado veintiocho años y un recorrido complejo de escritura fundamental y
fundacional para la poética del autor. Neruda tiene 48 años cuando en las
prensas de Paolo Ricci aparecen en Nápoles Los versos del capitán. El
libro se publica anónimo y en una bellísima edición que no tuvo más de
cincuenta ejemplares. Las razones de aquella anonimia han sido interpretadas
a través de dos niveles personales: uno, correspondiente a la biografía
privada, habla de lo mal que le habría sabido a la ex-compañera del poeta,
Delia del Carril, sus andanzas amorosas con Matilde Urrutia en la Isla de
Capri; otro, correspondiente a la biografía pública, tiene que ver con una
restricción que el senador comunista Neruda se habría impuesto, exiliado de
su país por la persecución de González Videla, después de publicar en México
su Canto general con llamadas a la construcción |
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Neruda y nosotros, los de entonces ______________________ JOSE CARLOS ROVIRA |
de la historia, para no incurrir en la frivolidad imperdonable de un
nuevo libro de amor, cargado de un apasionado erotismo, de recorridos
corporales, en una isla que es viento, es risa y es cuerpo. La explicación última de la anonimia
nos da lo mismo: el prólogo de 1952 era una carta firmada por Rosario, la
destinataria de aquellos versos, en las que decía haber transcrito los
originales de quien fuera su gran amor, un capitán de la guerra de España al
que había encontrado tras la derrota, en la frontera franco-española: él
venía de la guerra de España. No venía vencido.
Era del partido de Pasionaria, estaba
lleno de ilusiones y de esperanzas... Las claves de aquel episodio de amor son narradas como proyección de la historia vivida, como afirmación de un tiempo pasado que transformó sus vidas, mientras la historia reciente confluye de manera rotunda en el héroe épico y lírico que ha llenado de amor a la protagonista y autora del prólogo: Me hizo sentir que todo cambiaba en mi vida [...] No sabía de
sentimientos pequeños, ni tampoco los aceptaba. Me dio su amor con toda la
pasión que él era capaz de sentir y yo lo amé como nunca me creí capaz de
amar. Todo se transformó en mi vida. Entré a un mundo que antes nunca soñé
que existía. Primero tuve miedo, hubo momentos de duda, pero el amor no me
dejó vacilar mucho tiempo. Este amor me traía todo. La ternura dulce y
sencilla cuando buscaba una flor, un juguete, una piedra de río y me la
entregaba con sus ojos húmedos de una ternura infinita. Sólo en 1963, once años después de su
aparición, el anónimo autor rescatará el libro que aparecerá en sucesivas
ediciones ya con el nombre del poeta chileno, aunque prácticamente desde 1952
todos los interesados en el escritor sabían que era suyo. Los versos del capitán son en
cualquier caso una primera restricción hacia un ámbito privado al que Neruda
volverá otras veces. El amor se resuelve como salvación y algunas claves del
libro recogen explícitamente esto: el poeta que se ahogaba en su tentativa
imposible de hombre infinito, aquel al que acosaba una naturaleza destruida y
destructora que confluía en una angustia de tiempo y espacio imposible de
abarcar, en la *tentativa de hombre infinito y su fracaso+ que Alain Sicard consideró síntesis de la primera
poética, observa ahora que la amada es precisa y efectivamente *La infinita+, como dice el título de uno de los poemas, cuerpo inabarcable pero
posible: En
ese territorio de
tus pies a tu frente, andando,
andando, andando, me
pasaré la vida. *En ti la tierra+, el poema
que abre el libro, es parte de esa infinitud descubierta, entre sensaciones,
recorridos corporales, naturalezas que se van acumulando a una descripción
del cuerpo de la amada, recuerdos literarios como la inevitable presencia, ya
duradera, de San Juan de la Cruz y su Cántico espiritual: Arañaré
la tierra para hacerte una cueva y
allí tu capitán te
esperará con flores en el lecho, dice Neruda en *la carta en
el camino+, como recuerdo explícito de San Juan. Pero lo más
importante me parece ahora el entorno insular que descubre este libro de
amor. La imagen insular y marina que lo recorre. Una vez es *El viento en la isla+: El
viento es un caballo: óyelo
como corre por
el mar, por el cielo, para llegar Neruda a refugiarse del viento, que quiere llevarlo lejos, en todos los espacios de protección que le ofrece la amada: los brazos inevitables, la boca, hasta los ojos omnipresentes: Deja
que el viento corra coronado
de espuma, que
me llame y me busque galopando
en la sombra, mientras
yo, sumergido bajo
tus grandes ojos, por
esta noche sola descansaré,
amor mío. *Epitalamio+, casi al final del libro, redescubre un espacio de memoria reciente
y compartida: |
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Neruda y nosotros, los de entonces _____________________ JOSÉ CARLOS ROVIRA |
Recuerdas
cuando en
invierno llegamos a la isla? El
mar hacia nosotros levantaba una
copa de frío. El encuentro amoroso ha transformado
al poeta, y a la mujer que ahora recupera sus identidades terrestres y
marinas: la mujer es agua de las olas, agua marina, algas, luna nueva,
germinaciones que trae el agua a la tierra seca. Todo ello como inversión
rotunda del mar que era tiempo destructor en las Residencias, y allí
concretamente en poemas como *El sur del
océano+. Ahora el sujeto poético se desacraliza, pierde
la solemnidad del autor épico que había modulado el Canto general, para
convertirse sucesivamente en un tigre, un cóndor o un insecto, que recorre el
cuerpo de la amada, o para crear un autorretrato imprevisible para quien
desde hacía años estaba jugando al retrato poético y profético de la
solemnidad épica reciente o de la solemnidad metafísica del tiempo anterior
residencial. Neruda, en la isla, se diseña de nuevo como el adolescente
enamorado, *este torpe muchacho que te quiere+, en versos que recuerdan la ingenuidad
posromántica, tierna y al tiempo grandiosa de los Veinte poemas: Ríete
de la noche del
día, de la luna, ríete
de las calles torcidas
de la isla, ríete
de este torpe muchacho
que te quiere (...) Niégame
el pan, el aire, la
luz, la primavera, pero
tu risa nunca porque
me moriría. Inevitablemente, el mar y la isla, los
escenarios habituales de un tiempo lejano de poesía amorosa, han hecho surgir
con fuerza al poeta ingenuo que nos quiere contar otra vez, estremecidamente,
sólo que está enamorado. SEXTA MEMORIA El Neruda de las cosas elementales, de
la materia elemental. Las Odas como un ciclo de escritura, iniciado
hacia 1952 y presente ya en 1954 con la publicación de Odas elementales, obra
a la que continúa Nuevas odas elementales, Tercer Libro de Odas y
Navegaciones y regresos. El origen de aquel lenguaje está en las
prefiguraciones surgidas en el canto a la materia en los tres cantos
materiales de la segunda Residencia en la tierra. O también, como
señaló Sainz de Medrano8, en el bodegón de *Explico algunas cosas+: Todo eran
grandes voces, sal de mercaderías, aglomeraciones
de pan palpitante... Un lenguaje diverso sobre el que comprobamos
una impronta de Ramón Gómez de la Serna y, por su origen madrileño en 1935,
un seguro paralelismo con el tratamiento de la materia que el escultor
Alberto Sánchez o la pintora Maruja Mallo, o el pintor Benjamín Palencia, o
el poeta Miguel Hernández, creaban como confluencia y como entorno del propio
Neruda en lo que se llamó *Escuela de
Vallecas+. Pero
volvamos a la memoria. Una utilísima y suculenta. Un día en Córdoba un grupo
de investigación alimentario, en el que hay desde médicos o historiadores a
profesores de literatura, te pone en el brete de, quizá por el único mérito
de tener algunos quilos de más, hablar sobre literatura y alimentación.
Neruda sirve también para situaciones así. Su recetario, contenido en las
odas, nos lleva al poeta a las cocinas, como al congrio desollado: Ahora recoges
ajos, acaricia
primero ese
marfil precioso, huele su
fragancia iracunda, entonces deja
el ajo picado caer
con la cebolla y
el tomate hasta
que la cebolla tenga
color de oro. Mientras
tanto se
cuecen con
el vapor los
regios camarones
marinos y
cuando ya llegaron a
su punto, cuando
cuajó el sabor en una salsa |
8 Luis
Sainz de Medrano, *Madrid en el itinerario de Neruda+, Pablo
Neruda. Cinco ensayos, Roma, Bulzoni, 1996, págs. 62-63. |
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Neruda y nosotros, los de entonces _____________________ JOSÉ CARLOS ROVIRA |
formada
por el jugo del
océano y
por el agua clara que
desprendió la luz de la cebolla, entonces que
entre el congrio y
se sumerja en gloria, que
en la olla se
aceite, se
contraiga y se impregne... La *Oda al caldillo de Congrio+ es una receta que funciona y que yo les recomiendo a todos ustedes
sobre todo en estos tiempos en el que algunos están dispuestos a negarnos la
utilidad de la literatura. SÉPTIMA MEMORIA Recupero fragmentos finales de una
escritura que fue muy amplia, aluvial, repleta de subidas y bajadas, pero en
cualquier caso una escritura que sigo considerando imprescindible. Recupero
la lectura de un texto, Memorial de isla negra. La obra se publica en
1964. No hace falta que explique que el memorial no procede ni de una isla ni
mucho menos de una isla negra. Una zona costera, y turística ahora, en donde
hay un hotel llamado La carreta que intenta hacer su oferta basándose en
Neruda y en la casa y la memoria del poeta son la última actualidad que
conozco de la isla de la memoria. (Escrito el texto, recorres a los pocos
días en compañía de Nelson Osorio la casa del poeta en Isla negra. Nelson no
había vuelto desde unos meses antes del golpe del 73, con Neruda vivo. La casa
está llena de turistas en peregrinación. Neruda hace 25 años que no está). El Memorial... Neruda ha
cumplido sesenta años cuando lo publica. Es una forma de regalarse en su
aniversario: reconstruir el pasado y la juventud ya distante a base de amores,
historia, Rangoom, España, Chile, amigos, recuerdos precisos, en una poesía
impetuosa, coloquializada, llena de referencias explícitas y de guiños hacia
la obra anterior. Cualquier taxónomo de intertextualidades nerudianas hará
bien en no perder de vista el Memorial de Isla negra cuando quiera
repasar los momentos precedentes. Comprobará así que el hábitat memorial
nerudiano es un recuento pormenorizado de los motivos centrales de la poética
anterior, como autobiografismo aquí, como memoria personal, como contraseña
que en prosa sustentó la escritura de Confieso que he vivido. Si en la
obra identificamos más a las mujeres y la experiencia de los Veinte poemas,
llamadas ahora Terusa y Rosaura, a Josie Bliss, la birmana con la que
convivió en Rangoom, a Delia del Carril, en la experiencia española, es
porque identificamos múltiples situaciones, naturalezas, historias, tiempos,
que estos nombres contribuyen a densificar. Núcleos históricos de su poética
se construyen alrededor de series llamadas *Amores+ que identifican otro clima emocional que el de la
historia. En el libro, la memoria reconstruye
plenitudes, pero el tiempo presente empieza a acrecentar una tonalidad que
suena a veces a desolación. *Cita de
invierno+ marca el nuevo modular poético: He
esperado este invierno como ningún invierno se
esperó por un hombre antes de mí, todos
tenían citas con la dicha: sólo
yo te esperaba, oscura hora. Es
éste como los de antaño, con padre y madre, con fuego de
carbón y el relincho de un caballo en la calle? Es
este invierno como el del año futuro, el
de la inexistencia, con el frío total y
la naturaleza no sabe que nos fuimos. No.
Reclamé la soledad circundada por
un gran cinturón de pura lluvia y
aquí mi propio océano me encontró con el viento volando
como un pájaro entre dos zonas del agua. Todo
estaba dispuesto para que llore el cielo. El
fecundo cielo de un solo suave párpado dejó
caer sus lágrimas como espadas glaciales y
se cerró como una habitación de hotel el
mundo: cielo, lluvia y espacio. Creo que es en esta tonalidad en donde
encontramos al mejor Neruda, el que se reconstruye en un tiempo final por
medio de ocho libros que aparecieron póstumos y en los que la presencia de la
muerte alterna con supervivencias esperanzadas de todo lo que ha estado
escribiendo hasta aquí9. Un leve humor, que definí como *humor a contramuerte+ en el Libro de las preguntas va contrapunteando la sensación
de acabamiento. El poeta nos dice cosas ahora como: Si
he muerto y no me he dado cuenta a quién le pregunto la hora? |
9 Una
anécdota: mi primer artículo en una revista se llamó *Pablo
Neruda: obra póstuma+ y apareció publicado en la Revista *Idealidad+ de
la Caja de Ahorros del Mediterráneo, entonces llamada del Sureste, en 1974. |
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Neruda y nosotros, los de entones ______________________ JOSÉ CARLOS ROVIRA |
Estamos ante el final, en cuanto
tiempo histórico, construido por varios libros póstumos, donde hay además
otro estilo en Neruda. En cualquier caso, para esa memoria torpe que
construyo ahora, hay una profecía imprescindible que me va a servir para
empezar a terminar esto. Es la profecía histórica del libro 2000 en
donde el poeta crea inicialmente una imagen desolada: Piedad
para estos siglos y sus sobrevivientes alegres
o maltrechos, lo que no hicimos fue
por culpa de nadie, faltó acero: lo
gastamos en tanta inútil destrucción, no
importa en el balance nada de esto: los
años padecieron de pústulas y guerras, años
desfallecientes cuando tembló la esperanza en
el fondo de las botellas enemigas. [...] Se
murió la verdad y se pudrió en tantas fosas: en
este año nupcial no hay derrotados: pongámonos
cada uno máscaras victoriosas. Desde este tono inicial de desolación
y de máscaras el poeta va reconstruyendo un espacio de esperanza a pesar de
todo lo que se ha vivido, un espacio celebrativo, entretejido a la tristeza
de la propia sensación de muerte, que sin embargo consigue llevarnos al tono
de *Celebración+ última que quizá es el poema con el que algunos deberemos brindar
el próximo 31 de diciembre. Dice así: Pongámonos
los zapatos, la camisa listada, el
traje azul aunque ya brillen los codos, pongámonos
los fuegos de bengala y de artificio, pongámonos
vino y cerveza entre el cuello y los pies, porque
debidamente debemos celebrar este
número inmenso que costó tanto tiempo, tantos
años y días en paquetes, tantas
horas, tantos millones de minutos, vamos
a celebrar esta inauguración. Desembotellemos
todas las alegrías resguardadas y
busquemos alguna novia perdida que
acepte una festiva dentellada. Hoy
es. Hoy ya ha llegado. Pisamos el tapiz del
interrogativo milenio. El corazón, la almendra de
la época creciente, la uva definitiva irá
depositándose en nosotros, y
será la verdad tan esperada. Hoy
es hoy, Ha llegado este mañana preparado
por mucha oscuridad: no
sabemos si es claro todavía este
mundo recién inaugurado: lo
aclararemos, lo oscureceremos hasta
que sea dorado y quemado como
los granos duros del maíz... Una profecía optimista para el 2000
que enlaza con inevitables pueblos recientes, pueblos crecientes y nuevas
banderas que emergen. Un Neruda incorregible y final que nos da finalmente
otra lección de esperanza. Y éste sí que es un significado que quiero
retener. Utilicé otra vez ya un sentido que estableció el profesor Bellini y
voy a recordarlo de nuevo como síntesis quizá de por qué esta poética se enlaza
como una enredadera tantas veces a nuestra memoria. Es la idea de *intérprete de nuestro siglo+ que Giuseppe Bellini10 sintetizó así: Sus versos tienen ya puesto permanente en la casa de la poesía y en
nuestro espíritu; han marcado profundamente una época, la historia interna y
externa de un siglo con su sello dramático pero también con una obstinada
esperanza, una inquebrantable fe en un futuro de signo feliz. En otra ocasión
he definido a Neruda como inventor incansable de utopías: felices utopías que
permiten resistir el embate de la desesperanza, frente a la maldad y la
injusticia. Neruda ha sido efectivamente el intérprete de un siglo. Ninguno
como él lo ha vivido con tanta intensidad y pasión. Podemos decir todo lo que
parezca en torno a su *humanidad+, criticarlo por sus equivocaciones políticas, de las que a veces,
con bastante torpeza, intentó justificarse o rescatarse, pero nadie puede
negarle la función de intérprete de toda una época. A través de su verso el
mundo de los vejados, las razas vencidas, los pueblos oprimidos, han
encontrado su voz. Y quizá debería terminar con esta
síntesis con la que estoy en total acuerdo, pero me van a permitir que deje
entrar para finalizar una ÚLTIMA MEMORIA Cazo otra memoria.
Será la última. 23 de setiembre de 1973. Hay una imagen de un joven y otros y
unos adultos en la Avenida de Valladolid sin número, Prisión Provincial de
Palencia. Oyen un pequeño transistor en una |
10 Giuseppe
Bellini, *Pablo Neruda: intérprete de nuestro siglo+, Revista
de Occidente, n1 86-87, julio-agosto de 1988, pág. 96. |
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Neruda y nosotros, los de entonces ______________________ JOSÉ CARLOS ROVIRA |
celda. Llevan días de inquietud por lo que se vive fuera. Han visto
en la hora de televisión, desde el 11 de septiembre, algunas pocas imágenes
que cerraban un período de historia. Entre ellas, la que más quedó en la
retina, es aquella de la manta rayada con la que unos bomberos sacaban el
cuerpo acribillado de Salvador Allende. Han pasado días y el diario hablado
de las dos y media emite lacónicamente: *El Premio Nobel de Literatura de 1971, el poeta Pablo Neruda, ha
fallecido tras una larga enfermedad en un Hospital de Santiago de Chile+. Una breve biografía. Sigue el laconismo militar
de su estilo en la memoria de aquellos años. Neruda ha muerto. Las memorias de
Matilde Urrutia11 recrearán las horas finales en un hospital
vigilado, con los embajadores de Suecia, México, Italia y Francia pendientes
desde hacia días por si se podía trasladar al poeta a otra parte. Entre los
recuerdos de Matilde un balbuceo agónico y delirante: *Los están matando a todos, los están matando a
todos+, repite a veces el poeta. Esa tarde del 23de
septiembre se acumulan mares, vientos y recuerdos: Ahí
está el mar? Muy bien, que pase. Dadme
la gran campana, la de raza verde. No
ésa no es, la otra, la que tiene en
la boca de bronce una ruptura, y
ahora, nada más, quiero estar solo con
el mar principal y la campana. Quiero
no hablar por una larga vez, silencio,
quiero aprender aún, quiero
saber si existo. El recuerdo nos ha traído una
secuencia histórica ineludible, porque todavía es actual. El poeta tuvo
tiempo de dictar o escribir algo en aquellos días para cerrar sus memorias Confieso
que he vivido: escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de
los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el
presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado
secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal
cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con
muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero
es diferente. A renglón seguido del bombardeo entraron en acción los tanques,
muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente
de la República de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete,
sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas. Tenían que
aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás
renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio
cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola
mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa
figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las
ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a
Chile12. Final de viaje y de memoria para un poeta en el tiempo que ha pasado, donde tristemente llegó a simbolizar el final de un período tras el que se abría otro de violencia e ignominia en todos los países del Cono Sur. Final del viaje y de los recorridos por la memoria aquí precisamente, el 23de septiembre de 1973: Hoy
es hoy y ayer se fue, no hay duda. Hoy
es también mañana, y yo me fui con
algún año frío que se fue, se
fue conmigo y me llevó aquel año. De
esto no cabe duda. Mi osamenta consistió,
a veces, en palabras duras como
huesos al aire y a la lluvia, y
pude celebrar lo que sucede dejando
en vez de canto o testimonio un
porfiado esqueleto de palabras. Final de viaje y de
memoria con la que intentamos evocar, precisamente estos días, un porfiado
esqueleto de palabras. |
11 Matilde
Urrutia, Mi vida junto a Pablo Neruda, Barcelona, Seix-Barral, 1996.1 12 Pablo
Neruda, Confieso que he vivido, Barcelona, Seix Barral, 1974, págs. 477-478. |
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