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______________________ Luis Sainz de
Medrano Catedrático de
literatura hispanoamericana en la Universidad Complutense, es autor de Letras
de la Nueva España (1992). La conquista literaria del Cono Sur (1992).
Pablo Neruda. Cinco ensayos (1996), así como de una Historia de la
literatura hispanoamericana (1976, 1989), entre otros. Ha publicado
numerosos artículos y es director honorario de Anales de literatura
hispanoamericana. Ha dirigido congresos, entre ellos el del Instituto
Internacional de Literatura Iberoamericana de 1984, institución de la que fue
presidente entre 1983 y 1985. Desde 1976 imparte un curso de doctorado sobre
la poesía de Pablo Neruda. _____________________ Neruda entre
dos siglos _________________________ LUIS SAINZ DE
MEDRANO |
DOS SIGLOS LUIS SAINZ DE MEDRANO
Permítasenos
insistir, para comenzar, en algo bien sabido: como colofón de una etapa
entusiasta, vitalista, la que va del Canto general (1950) al Tercer
libro de las odas (1957)1, Neruda ofrece un libro inesperado, Estravagario
(1958), en el que se plantea una reflexión escéptico-irónica en torno al
mundo y a su propio quehacer poético. Es el tercer importante cambio de
registro en su obra, si consideramos la unidad que hay en una primera etapa
que va desde Crepusculario hasta que (segunda etapa) aparecen los
ardorosos y comprometidos poemas de España en el corazón (1937), libro
que hay que vincular ya al humanismo abierto hacia la otredad del Canto
general. Estravagario
es un libro decisivo, pero después de él,
Neruda no va a dejarse vencer, sin más, por un impulso de *desengaño+. Desde Navegaciones y regresos (1959)
hasta Las manos del día (1968) produce entusiastas poemas políticos (Canción
de gesta, 1960), escudriñadores emocionados del pasado (Memorial de
Isla Negra, 1964), risueñamente lúdicos (Arte de pájaros, 1966),
defensores de la poesía que cuenta y canta (La barcarola, 1967). Nada,
excepto un pequeño libro que pasa bastante inadvertido (Aún, 1969),
hace prever un nuevo momento de crisis. Ésta,
sin embargo, no ha dejado de seguir germinándose, y saldrá a la luz como
resultado de un segundo momento de fatiga espiritual. Ahora el resultado es
más dramático: el libro Fin de mundo (1969). El poeta, desde la altura
de sus 65 años, se siente inclinado a revisar de nuevo su camino. Y esta vez
lo hará ocupándose -desde la inevitable referencia a su recurrente yo- de
acontecimientos heterogéneos concernientes a un siglo que, a treinta y un
años todavía de su final (contando desde la fecha de publicación del libro),
contempla en trance de liquidación pero obstinado en no concluir: *Qué siglo permanente./ Preguntamos:/ )Cuándo caerá? )Cuándo se irá de bruces/ al compacto, al vacío/ )a la revolución idolatrada?/ )o a la definitiva/
mentira patriarcal?+ (*Prólogo+). Interesa
reflexionar sobre la ironía que concierne a *la revolución idolatrada+. Ya en Aún, escrito al parecer paralelamente a Fin de
mundo, Neruda había anticipado esta misma posición al referirse a *el joven con su tierna indigestión de guerrillas+ (XXVII). Parece que para entonces el poeta -como los grandes
aparatos del partido- había perdido su confianza en las aventuras de ese
tipo, tan abundantes como malhadadas en la América hispana, con excepción de
la Revolución cubana. No creemos que se debiera a cuestiones de
resentimiento, por el episodio que luego mencionaremos, sino a una convicción
amarga, su desabrido comentario ante el trágico final del Che Guevara en
Bolivia, en octubre de 1967, según cuenta Pierre Kalfon2. Esto no
impide que el poeta Neruda exalte al héroe -del que se supo era portador del
emblemático Canto general en su última aventura- en las páginas de Fin
de mundo (*Tristeza en la muerte de un héroe+, III). Al llegar aquí, cabe una consideración
de interés: Neruda no ha titulado su libro Fin de siglo sino Fin de
mundo. Esto evidentemente significa que el poeta no está solamente
declarando cancelado y sentenciado el siglo XX sino algo más importante: el
juicio y la condena se proyectan sobre las grandes expectativas generadas en
vano por un mundo que ya definitivamente ha quedado petrificado, |
1 Aun aceptando, en parte,
con Jorge Edwards, cuyas palabras recogeremos después, que se percibe en este
libro un cambio de tono -limitado en nuestra opinión. La causa residiría en
que Neruda estaba ya en esa época afectado por acontecimientos políticos y
personales. 2 P. Kalfon, en su libro Che.
Ernesto Guevara, una leyenda de nuestro siglo (Barcelona, Plaza &
Janés, 1997, p. 600), reproduce este comentario del poeta a su antiguo
camarada Sergio Insunza, quien se mostraba muy afectado ante el hecho: *)Pero qué te pasa? (Si a los que tenemos que
admirar y respetar es a los Recabarren [uno de los fundadores del partido
comunista chileno, no a estos jóvenes ilusos que andan haciendo locuras+. |
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inmovilizado
en la perversidad. La opción entre *la revolución idolatrada+ y la *definitiva/ mentira patriarcal+ ya ha sido resuelta -se
deduce- en favor de la segunda. Por otro lado, el poeta ha recibido, además
del demoledor impacto de la desintegración del estalinismo en un pozo de
horrores, y el de otros terribles episodios de lo que fue el promisorio *socialismo+, una insoportable afrenta por parte de sus
camaradas cubanos en la famosa carta al *compañero Pablo+, dura recriminación por sus visitas a Nueva York (conferencia en el
PEN Club Internacional) y a Lima (condecoración del presidente Belaúnde), en
1956. No
es un acto de convencional erudición enlazar este desaliento con el manido
pero nunca suficientemente evaluado tema de la posmodernidad, con sus
vanguardias inmovilizadas en formol, el arte que no se resigna a envejecer,
los grandes relatos arrumbados -según el futuro análisis de Lyotard- (con qué
melancolía contemplaría Neruda su Canto general arrumbado en el
cementerio de los elefantes), la aldea global -donde se habían fundido ya, en
el ámbito de la urbe imperial, la lluviosa Temuco, las nieves de antaño de
París y las viejas ciudades de la gloria-, bajo la mirada implacable del Gran
Hermano que ha dictaminado el fin de la historia. Indecisión,
incomunicación, pobreza, torturas, crueldad... En cierto modo, el citado
poema inicial vuelve a justificar el viejo concepto que, a nuestro entender,
explica el título de Residencia en la tierra, porque la tierra es una
cárcel implacable de la que no se puede huir: *Cuando cayó la Bomba/
(...) pensamos irnos con el atadito,/ cambiar de astro y de raza/ (...)/
Queríamos irnos de aquí,/ lejos de aquí, más lejos+ (?Prólogo+). Se abre en el poema la expectación hacia el tiempo ya inútil
antes de aparecer, como ese *mañana/ que nacerá tan viejo+ anunciado en su día por el Machado de Campos de Castilla. En
esta antesala, por mucho que el lamentable siglo se empeñe en no despedirse,
el poeta, con algún síntoma ya de su mortal enfermedad, a partir de la
experiencia de quien no se ha acostumbrado fácilmente a envejecer (*Me costó mucho envejecer,/ acaricié la primavera/ como a un mueble
recién comprado/ de madera olorosa y lisa+ *El mismo+, I) y más aún a que envejezcan sus
sentimientos y esperanzas, advierte con melancolía, frecuentemente irritada,
cómo el tiempo ha ido desmantelándolas. En consecuencia, el gran verbalizador
no puede dejar de organizar un inventario de afrentas y estragos emanados del
siglo XX. Como ha escrito Jorge Edwards, en este libro se inicia un ciclo
definitivo donde *la visión revolucionaria del término de la
historia, del fin de la contradicción en la sociedad, del advenimiento del
paraíso en la tierra [una posmodernidad de signo social, apostillamos], sería
radicalmente reemplazada por la visión de la muerte propia y de la
transformación del apocalipsis personal+3. No
pocos poemas, como es previsible, tienen neto carácter político. En primer
lugar aparece la represión de la llamada *Primavera de Praga+ en 1967 y el impacto causado en aquéllos que habían hecho lo
posible por superar el trauma de la denuncia de los crímenes de Stalin
realizada por Jruschov en el XIX Congreso del Partido comunista soviético
(febrero 1956), teniendo en cuenta, además, que, en su caso, Neruda había
recibido el premio que llevaba el nombre del dictador. Esforzarse en
silenciar la íntima repulsa a la invasión de la capital checa en nombre de un
ideal, de todos modos, inmarcesible, fue un costoso empeño: *Sufrí, sufrimos de no defender/ la flor que se nos amputaba/ para
salvar el árbol rojo/ que necesita crecimiento (...)/ Fue fácil para el
adversario/ echar vinagre por la grieta, y no fue fácil definir/ y fue más
difícil callar (...)/ y no fue fácil definir/ y fue más difícil callar.+ Dramático poema éste en el que Neruda reconoce su voluntaria
ceguera en aquel trance y solicita perdón por ello, mientras *se cierran las puertas del siglo/ sobre los mismos insepultos+ que volverán a llamarnos en vano, a la vez que la irrenunciable
utopía social obliga a desviar la vista de ellos (*1967", I). Siglo que cubre con yeso *la vida evidente+, *falso siglo victorioso+ (*El tiempo en la vida+, I), siglo que ha impuesto horrores sobre *la vida lineal,/ la limpieza de los rectángulos,/ la geometría sin
recodos+ (*Otra vez+, I) y sobre los seres puros. Siglo de la
Bomba. Siglo también, ciertamente, de la referida infamia estalinista,
someramente apuntada inicialmente, de catástrofes naturales y de guerras
calientes y frías (*la edad fría de la guerra,/ la edad
tranquila del odio+ (*Sepan lo que sepan+, II), tan absurdas como |
3 J. Edwards, Adiós,
poeta..., Barcelona, Tusquets, 1990, p. 136. |
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terribles,
de mentiras compartidas con amigos y recibidas de enemigos, de
fundamentalismos religiosos ante las pasiones humanas. Nuevas ruinas que
prolongan las de España en el corazón y las dolorosas de Machu Picchu,
de pies cercenados, carnes asesinadas. Siglo de idealistas luchadores -Ben
Bella, Ben Barka, Lumumba-, del escondido infierno repleto de oportunistas,
que el poeta contempla mientras se excusa por su ingenuidad, su inoperancia,
sus inevitables inducciones a la tristeza. Siguiendo
de nuevo a Jorge Edwards, con el matiz que antes hemos anotado, se percibe
que *en los libros de la época estalinista, la noción del tiempo,
precisamente, era lineal. El tiempo era una flecha dirigida hacia el futuro y
que iba a dar en el blanco de la victoria y de la sociedad feliz...+ Esto cambia en Tercer libro de las odas y en Estravagario,
donde *encontramos que el tiempo se había convertido en círculo y en punto
de interrogación+4. La centuria, periclitada de facto, pese a
su terquedad, nada positivo añadirá a las amarguras de que ha sido portadora:
*Treinta y dos años5 entrarán/ trayendo el siglo
venidero,/ treinta y dos trompetas heroicas,/ treinta y dos fuegos
derrotados,/ y el mundo seguirá tosiendo/ envuelto en su sueño y su crimen+ (*El siglo muere+, III). Siguen más reflexivas, dolorosas
nostalgias: los Estados Unidos de Lincoln y de Whitman se hicieron luego
depredadores en Viet-Nam. Nada
de lo expuesto hasta aquí acaba de ser sorprendente en último término. Sí lo
es el juicio que a Neruda le merecen aspectos fundamentales de la cultura que
ha impregnado este siglo. Grandes mitos del pasado lo presiden de modo
abrumador: *Mozart, el suave enlevitado+; Dostoyevski (*folletín+, *tinieblas+, *espinas+); Rimbaud, *el vago vagabundo+, la interminable lluvia
de Verlaine; el paraguas, a pleno sol, de Baudelaire; el ajeno (*no nos pertenece+) autor de Hojas de hierba, a pesar
de la reciente y emotiva evocación (*El XIX+, IV). Estamos, naturalmente, ante una provocación de quien con
seguridad no sostendría tamañas agresiones contra el principio de autoridad
fuera de un contexto poético; agresiones que alcanzan a los pesados huesos de
Balzac, Hugo, Zola, Emilia Bronte y Mallarmé. Afortunadamente Neruda cuenta
aquí con un triturador de sacralidades con quien se solidariza: el Jarry de Ubu
Roi, asociado, por su escatológica desmesura, al dadaísmo. Claro
que el mismo poeta no puede escapar a su autocontemplación. Surgen
disquisiciones sobre su condición de poeta pragmático y escéptico, resignado
con sus propias ataduras, contemplador de sus paisajes esenciales y de un
fascinante e incomprensible bestiario. Claro que tras considerar su personal
poética, inmune a los convencionalismos de la vanguardia e irónicamente
resignado a su status de anticuado, seguirá revisando su entorno más
convulsivo: el desastre ecológico, las ciudades vencidas por la técnica, el
horror nuclear, la ineluctable memoria de la guerra española, Praga de nuevo.
El siglo caduco-interminable es al parecer, desgraciadamente, cíclico. Entrando
decididamente en un aspecto muy penoso, se define inequívocamente la
abominación de Stalin y su genocidio tardíamente descubierto, aunque también
la ratificación de la fe en el ideario por él mancillado. A esto se une
también la repulsa al omnipotente dictador chino Mao-Tse-Tung. Claro que no
por ello se baja la guardia ante la agresión al Viet-Nam de los hombres del
pentágono. Pero
la obsesión autobiográfica sigue imponiéndose, de tal forma que, durante un
largo espacio (VII y VIII partes) el discurso nerudiano se convierte en una
serie de consideraciones en torno a su emisor. Se trata, en efecto, de una
corriente subliminar de datos que reconstruyen, por la vía de lo simbólico,
su itinerario vital, incluyendo, por supuesto, sus esenciales visiones del
mundo, con alguna excepcional aproximación a lo anecdótico. Luego
entran en este juego distintas especificaciones geográficas -Punta del Este,
Río, Caracas, el sur chileno- que comportan eventuales aproximaciones a lo
social, especialmente en el tema de las descolonizaciones. Sorprende casi en
este fluido discurso, donde, de todos modos, predomina lo evanescente, la
concentración de dardos contra el dictador Salazar, mediante una dialéctica
ya conocida, la condena a la muerte prolongada, minuciosa de sufrimientos, ya
utilizado en España en el corazón. Particular
interés tiene el apartado final de este libro, *Escritores+, que puede considerarse un apéndice muy particular. Se trata de un
repaso a la significación de los grandes |
4 Ob. cit., p. 87. 5 El cálculo está
hecho, evidentemente, en el momento en que se escribe el poema. |
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autores
del >boom=, en un momento en que este fenómeno se hallaba en su auge. Cortázar
queda sentenciado con cierta ambigüedad: lenguaje difícil, pescador de
escalofríos. De Vargas Llosa se resalta, en contraste con los versos salobres
de su compatriota Vallejo, algo que entendemos como acusación de
incongruencia: llora con los cuentos de amor y sonríe ante el dolor de su
patria. Neruda se declara, tras comentar esto, como *cronista irritado+, fiel a su misión de hacer las cuentas del
siglo *verde+, *nocturno+ y *sangriento+. Pero es, sobre todo, épica su indignación contra los *sexuales escritores+ -probablemente se refiere ante todo a
Lezama-, indiferentes a la grandeza revolucionaria del rugido de Fidel (y
aquí hay que añadir >sic=). Rulfo, Carlos Fuentes,
Otero Silva, Revueltas y Siqueiros tampoco salen indemnes de este examen: *en qué quedamos; por favor?+ le interroga en
implícita acusación de no haberse abierto decididamente a las cuestiones
sociales. Y, enseguida, comparecen Sábato, Onetti y Roa Bastos, que tampoco
se libran de la reprimenda. Transgresores y descubridores son acusados, con
un criterio de un simplismo radical, de traicionar los deberes de *llenar las panaderías/ destinadas a la pobreza+ y haber optado por *el ponosófico monólogo+ (*Escritores, X+). Sólo García Márquez, merecedor de un especial fragmento, aparece libre de acusaciones, plenamente glorificado. Pero a continuación sucede algo inesperado, aunque no muy raro en el Neruda que siempre jugó a declarar sus contradicciones o paradojas: la valoración positiva va a alcanzar a todos estos escritores, en cuanto divulgadores en Europa de la realidad de los que el poeta denomina con el paronomásico y detonante gentilicio *subamericanos+ (*Escritores+, de nuevo; X). Hay en estas voces -y esto nos retrotrae a *Alturas de Machu Picchu+, traspasada a otros la misión allí asumida- reivindicaciones y ecos de quienes las perdieron: las viejas razas derrotadas. No está de más recordar que Neruda en el libro póstumo Para nacer he nacido (1978), recopilación de textos olvidados o inéditos, se decanta decididamente a favor de varios de estos escritores (Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez), que *son desde lejos, exiliados o no, más americanos que muchos de sus compatriotas que viven de este lado del mar+ |