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______________________ Luis Sainz de
Medrano Catedrático de
literatura hispanoamericana en la Universidad Complutense, es autor de Letras
de la Nueva España (1992). La conquista literaria del Cono Sur (1992).
Pablo Neruda. Cinco ensayos (1996), así como de una Historia de la
literatura hispanoamericana (1976, 1989), entre otros. Ha publicado
numerosos artículos y es director honorario de Anales de literatura
hispanoamericana. Ha dirigido congresos, entre ellos el del Instituto
Internacional de Literatura Iberoamericana de 1984, institución de la que fue
presidente entre 1983 y 1985. Desde 1976 imparte un curso de doctorado sobre
la poesía de Pablo Neruda. _____________________ Neruda entre
dos siglos _________________________ LUIS SAINZ DE
MEDRANO |
DOS SIGLOS LUIS SAINZ DE MEDRANO
Permítasenos
insistir, para comenzar, en algo bien sabido: como colofón de una etapa
entusiasta, vitalista, la que va del Canto general (1950) al Tercer
libro de las odas (1957)1, Neruda ofrece un libro inesperado, Estravagario
(1958), en el que se plantea una reflexión escéptico-irónica en torno al
mundo y a su propio quehacer poético. Es el tercer importante cambio de
registro en su obra, si consideramos la unidad que hay en una primera etapa
que va desde Crepusculario hasta que (segunda etapa) aparecen los
ardorosos y comprometidos poemas de España en el corazón (1937), libro
que hay que vincular ya al humanismo abierto hacia la otredad del Canto
general. Estravagario
es un libro decisivo, pero después de él,
Neruda no va a dejarse vencer, sin más, por un impulso de *desengaño+. Desde Navegaciones y regresos (1959)
hasta Las manos del día (1968) produce entusiastas poemas políticos (Canción
de gesta, 1960), escudriñadores emocionados del pasado (Memorial de
Isla Negra, 1964), risueñamente lúdicos (Arte de pájaros, 1966),
defensores de la poesía que cuenta y canta (La barcarola, 1967). Nada,
excepto un pequeño libro que pasa bastante inadvertido (Aún, 1969),
hace prever un nuevo momento de crisis. Ésta,
sin embargo, no ha dejado de seguir germinándose, y saldrá a la luz como
resultado de un segundo momento de fatiga espiritual. Ahora el resultado es
más dramático: el libro Fin de mundo (1969). El poeta, desde la altura
de sus 65 años, se siente inclinado a revisar de nuevo su camino. Y esta vez
lo hará ocupándose -desde la inevitable referencia a su recurrente yo- de
acontecimientos heterogéneos concernientes a un siglo que, a treinta y un
años todavía de su final (contando desde la fecha de publicación del libro),
contempla en trance de liquidación pero obstinado en no concluir: *Qué siglo permanente./ Preguntamos:/ )Cuándo caerá? )Cuándo se irá de bruces/ al compacto, al vacío/ )a la revolución idolatrada?/ )o a la definitiva/
mentira patriarcal?+ (*Prólogo+). Interesa
reflexionar sobre la ironía que concierne a *la revolución idolatrada+. Ya en Aún, escrito al parecer paralelamente a Fin de
mundo, Neruda había anticipado esta misma posición al referirse a *el joven con su tierna indigestión de guerrillas+ (XXVII). Parece que para entonces el poeta -como los grandes
aparatos del partido- había perdido su confianza en las aventuras de ese
tipo, tan abundantes como malhadadas en la América hispana, con excepción de
la Revolución cubana. No creemos que se debiera a cuestiones de
resentimiento, por el episodio que luego mencionaremos, sino a una convicción
amarga, su desabrido comentario ante el trágico final del Che Guevara en
Bolivia, en octubre de 1967, según cuenta Pierre Kalfon2. Esto no
impide que el poeta Neruda exalte al héroe -del que se supo era portador del
emblemático Canto general en su última aventura- en las páginas de Fin
de mundo (*Tristeza en la muerte de un héroe+, III). Al llegar aquí, cabe una consideración
de interés: Neruda no ha titulado su libro Fin de siglo sino Fin de
mundo. Esto evidentemente significa que el poeta no está solamente
declarando cancelado y sentenciado el siglo XX sino algo más importante: el
juicio y la condena se proyectan sobre las grandes expectativas generadas en
vano por un mundo que ya definitivamente ha quedado petrificado, |
1 Aun aceptando, en parte,
con Jorge Edwards, cuyas palabras recogeremos después, que se percibe en este
libro un cambio de tono -limitado en nuestra opinión. La causa residiría en
que Neruda estaba ya en esa época afectado por acontecimientos políticos y
personales. 2 P. Kalfon, en su libro Che.
Ernesto Guevara, una leyenda de nuestro siglo (Barcelona, Plaza &
Janés, 1997, p. 600), reproduce este comentario del poeta a su antiguo
camarada Sergio Insunza, quien se mostraba muy afectado ante el hecho: *)Pero qué te pasa? (Si a los que tenemos que
admirar y respetar es a los Recabarren [uno de los fundadores del partido
comunista chileno, no a estos jóvenes ilusos que andan haciendo locuras+. |
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inmovilizado
en la perversidad. La opción entre *la revolución idolatrada+ y la *definitiva/ mentira patriarcal+ ya ha sido resuelta -se
deduce- en favor de la segunda. Por otro lado, el poeta ha recibido, además
del demoledor impacto de la desintegración del estalinismo en un pozo de
horrores, y el de otros terribles episodios de lo que fue el promisorio *socialismo+, una insoportable afrenta por parte de sus
camaradas cubanos en la famosa carta al *compañero Pablo+, dura recriminación por sus visitas a Nueva York (conferencia en el
PEN Club Internacional) y a Lima (condecoración del presidente Belaúnde), en
1956. No
es un acto de convencional erudición enlazar este desaliento con el manido
pero nunca suficientemente evaluado tema de la posmodernidad, con sus
vanguardias inmovilizadas en formol, el arte que no se resigna a envejecer,
los grandes relatos arrumbados -según el futuro análisis de Lyotard- (con qué
melancolía contemplaría Neruda su Canto general arrumbado en el
cementerio de los elefantes), la aldea global -donde se habían fundido ya, en
el ámbito de la urbe imperial, la lluviosa Temuco, las nieves de antaño de
París y las viejas ciudades de la gloria-, bajo la mirada implacable del Gran
Hermano que ha dictaminado el fin de la historia. Indecisión,
incomunicación, pobreza, torturas, crueldad... En cierto modo, el citado
poema inicial vuelve a justificar el viejo concepto que, a nuestro entender,
explica el título de Residencia en la tierra, porque la tierra es una
cárcel implacable de la que no se puede huir: *Cuando cayó la Bomba/
(...) pensamos irnos con el atadito,/ cambiar de astro y de raza/ (...)/
Queríamos irnos de aquí,/ lejos de aquí, más lejos+ (?Prólogo+). Se abre en el poema la expectación hacia el tiempo ya inútil
antes de aparecer, como ese *mañana/ que nacerá tan viejo+ anunciado en su día por el Machado de Campos de Castilla. En
esta antesala, por mucho que el lamentable siglo se empeñe en no despedirse,
el poeta, con algún síntoma ya de su mortal enfermedad, a partir de la
experiencia de quien no se ha acostumbrado fácilmente a envejecer (*Me costó mucho envejecer,/ acaricié la primavera/ como a un mueble
recién comprado/ de madera olorosa y lisa+ *El mismo+, I) y más aún a que envejezcan sus
sentimientos y esperanzas, advierte con melancolía, frecuentemente irritada,
cómo el tiempo ha ido desmantelándolas. En consecuencia, el gran verbalizador
no puede dejar de organizar un inventario de afrentas y estragos emanados del
siglo XX. Como ha escrito Jorge Edwards, en este libro se inicia un ciclo
definitivo donde *la visión revolucionaria del término de la
historia, del fin de la contradicción en la sociedad, del advenimiento del
paraíso en la tierra [una posmodernidad de signo social, apostillamos], sería
radicalmente reemplazada por la visión de la muerte propia y de la
transformación del apocalipsis personal+3. No
pocos poemas, como es previsible, tienen neto carácter político. En primer
lugar aparece la represión de la llamada *Primavera de Praga+ en 1967 y el impacto causado en aquéllos que habían hecho lo
posible por superar el trauma de la denuncia de los crímenes de Stalin
realizada por Jruschov en el XIX Congreso del Partido comunista soviético
(febrero 1956), teniendo en cuenta, además, que, en su caso, Neruda había
recibido el premio que llevaba el nombre del dictador. Esforzarse en
silenciar la íntima repulsa a la invasión de la capital checa en nombre de un
ideal, de todos modos, inmarcesible, fue un costoso empeño: *Sufrí, sufrimos de no defender/ la flor que se nos amputaba/ para
salvar el árbol rojo/ que necesita crecimiento (...)/ Fue fácil para el
adversario/ echar vinagre por la grieta, y no fue fácil definir/ y fue más
difícil callar (...)/ y no fue fácil definir/ y fue más difícil callar.+ Dramático poema éste en el que Neruda reconoce su voluntaria
ceguera en aquel trance y solicita perdón por ello, mientras *se cierran las puertas del siglo/ sobre los mismos insepultos+ que volverán a llamarnos en vano, a la vez que la irrenunciable
utopía social obliga a desviar la vista de ellos (*1967", I). Siglo que cubre con yeso *la vida evidente+, *falso siglo victorioso+ (*El tiempo en la vida+, I), siglo que ha impuesto horrores sobre *la vida lineal,/ la limpieza de los rectángulos,/ la geometría sin
recodos+ (*Otra vez+, I) y sobre los seres puros. Siglo de la
Bomba. Siglo también, ciertamente, de la referida infamia estalinista,
someramente apuntada inicialmente, de catástrofes naturales y de guerras
calientes y frías (*la edad fría de la guerra,/ la edad
tranquila del odio+ (*Sepan lo que sepan+, II), tan absurdas como |
3 J. Edwards, Adiós,
poeta..., Barcelona, Tusquets, 1990, p. 136. |
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terribles,
de mentiras compartidas con amigos y recibidas de enemigos, de
fundamentalismos religiosos ante las pasiones humanas. Nuevas ruinas que
prolongan las de España en el corazón y las dolorosas de Machu Picchu,
de pies cercenados, carnes asesinadas. Siglo de idealistas luchadores -Ben
Bella, Ben Barka, Lumumba-, del escondido infierno repleto de oportunistas,
que el poeta contempla mientras se excusa por su ingenuidad, su inoperancia,
sus inevitables inducciones a la tristeza. Siguiendo
de nuevo a Jorge Edwards, con el matiz que antes hemos anotado, se percibe
que *en los libros de la época estalinista, la noción del tiempo,
precisamente, era lineal. El tiempo era una flecha dirigida hacia el futuro y
que iba a dar en el blanco de la victoria y de la sociedad feliz...+ Esto cambia en Tercer libro de las odas y en Estravagario,
donde *encontramos que el tiempo se había convertido en círculo y en punto
de interrogación+4. La centuria, periclitada de facto, pese a
su terquedad, nada positivo añadirá a las amarguras de que ha sido portadora:
*Treinta y dos años5 entrarán/ trayendo el siglo
venidero,/ treinta y dos trompetas heroicas,/ treinta y dos fuegos
derrotados,/ y el mundo seguirá tosiendo/ envuelto en su sueño y su crimen+ (*El siglo muere+, III). Siguen más reflexivas, dolorosas
nostalgias: los Estados Unidos de Lincoln y de Whitman se hicieron luego
depredadores en Viet-Nam. Nada
de lo expuesto hasta aquí acaba de ser sorprendente en último término. Sí lo
es el juicio que a Neruda le merecen aspectos fundamentales de la cultura que
ha impregnado este siglo. Grandes mitos del pasado lo presiden de modo
abrumador: *Mozart, el suave enlevitado+; Dostoyevski (*folletín+, *tinieblas+, *espinas+); Rimbaud, *el vago vagabundo+, la interminable lluvia
de Verlaine; el paraguas, a pleno sol, de Baudelaire; el ajeno (*no nos pertenece+) autor de Hojas de hierba, a pesar
de la reciente y emotiva evocación (*El XIX+, IV). Estamos, naturalmente, ante una provocación de quien con
seguridad no sostendría tamañas agresiones contra el principio de autoridad
fuera de un contexto poético; agresiones que alcanzan a los pesados huesos de
Balzac, Hugo, Zola, Emilia Bronte y Mallarmé. Afortunadamente Neruda cuenta
aquí con un triturador de sacralidades con quien se solidariza: el Jarry de Ubu
Roi, asociado, por su escatológica desmesura, al dadaísmo. Claro
que el mismo poeta no puede escapar a su autocontemplación. Surgen
disquisiciones sobre su condición de poeta pragmático y escéptico, resignado
con sus propias ataduras, contemplador de sus paisajes esenciales y de un
fascinante e incomprensible bestiario. Claro que tras considerar su personal
poética, inmune a los convencionalismos de la vanguardia e irónicamente
resignado a su status de anticuado, seguirá revisando su entorno más
convulsivo: el desastre ecológico, las ciudades vencidas por la técnica, el
horror nuclear, la ineluctable memoria de la guerra española, Praga de nuevo.
El siglo caduco-interminable es al parecer, desgraciadamente, cíclico. Entrando
decididamente en un aspecto muy penoso, se define inequívocamente la
abominación de Stalin y su genocidio tardíamente descubierto, aunque también
la ratificación de la fe en el ideario por él mancillado. A esto se une
también la repulsa al omnipotente dictador chino Mao-Tse-Tung. Claro que no
por ello se baja la guardia ante la agresión al Viet-Nam de los hombres del
pentágono. Pero
la obsesión autobiográfica sigue imponiéndose, de tal forma que, durante un
largo espacio (VII y VIII partes) el discurso nerudiano se convierte en una
serie de consideraciones en torno a su emisor. Se trata, en efecto, de una
corriente subliminar de datos que reconstruyen, por la vía de lo simbólico,
su itinerario vital, incluyendo, por supuesto, sus esenciales visiones del
mundo, con alguna excepcional aproximación a lo anecdótico. Luego
entran en este juego distintas especificaciones geográficas -Punta del Este,
Río, Caracas, el sur chileno- que comportan eventuales aproximaciones a lo
social, especialmente en el tema de las descolonizaciones. Sorprende casi en
este fluido discurso, donde, de todos modos, predomina lo evanescente, la
concentración de dardos contra el dictador Salazar, mediante una dialéctica
ya conocida, la condena a la muerte prolongada, minuciosa de sufrimientos, ya
utilizado en España en el corazón. Particular
interés tiene el apartado final de este libro, *Escritores+, que puede considerarse un apéndice muy particular. Se trata de un
repaso a la significación de los grandes |
4 Ob. cit., p. 87. 5 El cálculo está
hecho, evidentemente, en el momento en que se escribe el poema. |
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autores
del >boom=, en un momento en que este fenómeno se hallaba en su auge. Cortázar
queda sentenciado con cierta ambigüedad: lenguaje difícil, pescador de
escalofríos. De Vargas Llosa se resalta, en contraste con los versos salobres
de su compatriota Vallejo, algo que entendemos como acusación de
incongruencia: llora con los cuentos de amor y sonríe ante el dolor de su
patria. Neruda se declara, tras comentar esto, como *cronista irritado+, fiel a su misión de hacer las cuentas del
siglo *verde+, *nocturno+ y *sangriento+. Pero es, sobre todo, épica su indignación contra los *sexuales escritores+ -probablemente se refiere ante todo a
Lezama-, indiferentes a la grandeza revolucionaria del rugido de Fidel (y
aquí hay que añadir >sic=). Rulfo, Carlos Fuentes,
Otero Silva, Revueltas y Siqueiros tampoco salen indemnes de este examen: *en qué quedamos; por favor?+ le interroga en
implícita acusación de no haberse abierto decididamente a las cuestiones
sociales. Y, enseguida, comparecen Sábato, Onetti y Roa Bastos, que tampoco
se libran de la reprimenda. Transgresores y descubridores son acusados, con
un criterio de un simplismo radical, de traicionar los deberes de *llenar las panaderías/ destinadas a la pobreza+ y haber optado por *el ponosófico monólogo+ (*Escritores, X+). Sólo
García Márquez, merecedor de un especial fragmento, aparece libre de
acusaciones, plenamente glorificado. Pero a continuación sucede algo
inesperado, aunque no muy raro en el Neruda que siempre jugó a declarar sus
contradicciones o paradojas: la valoración positiva va a alcanzar a todos
estos escritores, en cuanto divulgadores en Europa de la realidad de los que
el poeta denomina con el paronomásico y detonante gentilicio *subamericanos+ (*Escritores+, de nuevo; X). Hay en estas voces -y esto nos retrotrae a *Alturas de Machu Picchu+, traspasada a otros la
misión allí asumida- reivindicaciones y ecos de quienes las perdieron: las
viejas razas derrotadas. No está de más recordar que Neruda en el libro
póstumo Para nacer he nacido (1978), recopilación de textos olvidados
o inéditos, se decanta decididamente a favor de varios de estos escritores
(Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez), que *son desde lejos, exiliados o no, más americanos que muchos de sus
compatriotas que viven de este lado del mar+6. Discurso
paradójico y hasta laberíntico. El apartado XI contiene un tardío e irónico
rechazo al azul modernista que el ácrata Rubén Darío habría suscrito.
Después, amargo, desolado, pero infatigable, juega con la memoria en torno a
los mustios días infantiles, se acusa de desorientado, anuncia su búsqueda de
escondite -no por casualidad en este obsesionado escudriñador de la
naturaleza- *bajo una piedra,/ disfrazado de coleóptero+ (*El caballero natural+, XI). Y,
por último, nuevas diatribas, bien explícitas, contra el siglo y sus
iniquidades de las que su escritura está llamada a ser testimonio: *El siglo de los desterrados,/ el libro de los desterrados,/ el siglo
pardo, el libro negro,/ esto es lo que debo dejar/ escrito y abierto en el
libro,/ desenterrándolo del siglo/ y desangrándolo en el libro+ (*Tristísimo siglo+). Este libro, así, arquetípico, parece
tener resonancias del libro de los siete sellos del Apocalipsis, sustituida
-fácil sustitución-, la Bestia por la Bomba, libro que, desellado
progresivamente, va mostrando las tremendas formas de la cólera divina.
Compárense estos versos últimos de Fin de mundo: *Rompiendo los astros recientes,/ golpeando metales furiosos,/ entre
las estrellas futuras,/ endurecidos de sufrir...+ con lo que sucede al
abrirse el sexto y el séptimo sello del texto de San Juan: *Cuando el Cordero abrió el sexto sello, se produjo un terremoto
violento, el sol se oscureció como un saco de crin, la luna se hizo toda de
sangre y las estrellas del cielo se cayeron+ (...), *cuando el Cordero abrió el séptimo sello (...), fue herida la
tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las
estrellas+7. Si Borges pudo escribir una biografía,
la de Tadeo Isidoro Cruz, con sólo lo ocurrido en una noche al protagonista,
o la Historia universal de la infamia con la agrupación de catorce
relatos y un prólogo, o la de la eternidad con siete y uno, no es objetable
que Neruda defina el siglo XX como absolutamente cumplido con la sinécdoque
de las visiones y juicios ofrecidos en el libro que nos viene ocupando, en la
certeza de que se prolongarán en el tiempo que, para los menos avisados, una
inútil lógica todavía reclama: *Estos cien años los viví/
transmigrando de guerra en guerra,/ bebiendo la sangre en los libros+ (*Vivir cien años+, XI). Cierto que al terminar el libro
aventura, con la retórica de |
6 P. Neruda, Para
nacer he nacido, Barcelona, Seix Barral, 1978, p.254. 7 La Santa Biblia,
Madrid, Ediciones Paulinas, pp. 1441 y 1442. |
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quien,
siguiendo una tendencia reiterada en los momentos pesimistas, se obliga a
alentar alguna confianza, alude a *mi esperanza irreductible+, afirma que *sobrevive el hombre infinito+ y piensa en un futuro en que, en medio del caos, *algo debe germinar+, de modo que, por último, *encontraremos la alegría en el planeta más amargo+ (*Canto(s)+ 2-4, XI). Más
allá de lo apuntado -un típico esfuerzo tardío-, )se ha ido el poeta
insensiblemente deslizando hacia la preconización del advenimiento, como en
San Juan, aunque *a lo humano+, de una Jerusalén
celeste, con el castigo de los perversos, el establecimiento de *la nueva ternura en el mundo+ (*Canto+-1, XI), la resurrección de los puros, dentro de la dinámica del
morir-renacer, tan querida a partir del Canto general8 por
quien podría decir como Juan: *Yo (...) soy el que he
oído y visto estas cosas+9.
Como ha subrayado Bellini, *por encima de la angustia y de toda
consideración en torno a la obstinada presencia del mal, en Fin de mundo, como
en todos sus libros, Neruda queda fiel a su misión, al deber de afirmar, por
encima de toda desilusión y de todo fracaso, al *hombre infinito+10. Los
que siguen son años cruciales para Neruda, quien cede en el mismo 1969,
dentro de la Unidad Popular, su candidatura a la presidencia de la República
a Salvador Allende. Otro sorprendente libro de 1970, La espada encendida,
se nos presenta como una nueva e inesperada apuesta por la utopía, cual si se
tratara de una respuesta del poeta a su propio libro anterior, a partir de
otra situación aún más literalmente apocalíptica: Rhodo y Rosía, la postrera
pareja expulsada, como la primera, del paraíso, acosada por el fuego que
destruye la tierra y tal vez todo el universo, se refugia instintivamente en
el amor para refundar la especie humana. He aquí una propuesta en la que
sigue funcionando, ahora inequívocamente, el mecanismo del *morir-renacer+. Ahora
bien, advirtamos algo que no debe pasar desapercibido: en esta ocasión esto
sólo se ha hecho posible acudiendo al mito, a la *deshistorización+ de la realidad, en una especie de micro-Canto general *a lo divino+. Y arriesgamos esta comparación porque las
connotaciones religiosas de La espada encendida van más allá del
referente bíblico y más allá de la renuncia a un Dios que todo lo provee:
radican en su condición de texto inserto entre los innumerables mitos sobre
el fin del mundo que se dan en los pueblos primitivos, de los que nos habla
Mircea Ellade, mitos que incluyen, en algunos casos, la creencia de que
posteriormente *hará su aparición una nueva humanidad, que gozará de una condición
paradisíaca+11. El
libro de Neruda, la desaparición del Ser Supremo no excluye lo sagrado, que
ahora radica en la nueva humanidad, cuya madre, Rosía, no en vano puede
decir, superada ya la catástrofe, como en un palimpsesto que trasluce la evangélica
consigna dada a Pedro: *Sobre esta piedra/ esperaré para encender el
fuego+ (*Dicen y vivirán+). En nada disminuye la singularidad de
estos poemas el respaldo, que en un antiguo trabajo ya tuvimos ocasión de
señalar, de *El incendio terrestre+ de Marcel Schwob12. Esta
nueva propuesta del, de todos modos, incansable utópico irá seguida del
exultante Las piedras del cielo (1970), canto a la preciosa fuerza de
esmeraldas, ágatas, topacios y otras minerales maravillas, decantados e
insignes asientos de eternidad. Lo que sigue, Geografía infructuosa (1972),
La rosa separada (1972) y siete libros más de poesía hasta Incitación
al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (1973), más los
póstumos (El mar y las campanas, 2000, Jardín de invierno, El corazón amarillo,
Libro de las preguntas, Elegía), son, con excepción de Incitación al
nixonicidio, libros de reconocimiento de una derrota, no importa cuántas
veces el poeta resurja de entre sus progresivas ruinas personales y las de su
proyecto de mundo. No hay que dejar de resaltar, antes de
seguir adelante, que en el de la propuesta nixonicida, el poeta, introducido
de nuevo, a todo riesgo, en la historia por la violencia de los
acontecimientos que destruyeron brutalmente la última de las revoluciones
quiméricas del siglo XX, organiza una batalla numantina en la que, como en
las viejas gestas, se sacrifica lo que más se ama en el reducto asediado.
Esto equivale a decir que Neruda inmoló, al convertirlas en armas
arrojadizas, su cristalería y sus porcelanas, sus más caros bienes, sus
instrumentos dúctiles para la poesía: en fin, sus palabras, su verbo lírico.
Lo hizo -aunque no pudo evitar que se le escaparan ráfagas de ese verbo-
porque era la hora de actuar como *palanquero, rabadán, |
8 En el Canto
general, como observa Juan Villegas, *el predomio del
mal no es visto como el fin del mundo -subrayamos el coincidente
sintagma- o como de permanencia indefinida. Por el contrario, es concebido
como un estado transicional en el cual se vislumbra ya el advenimiento de una
nueva forma de existencia+ (Estructuras
míticas en el *Canto
general+,
Barcelona, Planeta, 1976, p. 47. 9 La Santa Biblia,
ed. cit., p. 1452. 10 G. Bellini, *La poesía póstuma
de Pablo Neruda: entre la angustia y la esperanza+, en AA.VV., Coloquio
internacional sobre Pablo Neruda. (La obra posterior al *Canto general+),
Poitiers, 1979, Centre de Recherches Latino-Américaines, 1979, p. 26. 11 M. Eliade, Mito
y realidad, Madrid, Guadarrama, 1973, p.71. 12 L. Sainz de
Medrano, *El
último Neruda+, en
D. A. Yates, Otros mundos, otros fuegos, fantasía y realismo mágico en
Iberoamérica, Memoria del XVI Congreso del Instituto Internacional de
Literatura Iberoamericana, Michigan State University, 1975, p. 192. |
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alarife,
labrador, gásfiter y cachafás de regimientos, capaz de trenzarse a puñete
limpio o de echar fuego hasta por las orejas+13. Y lanzó, como otro Guzmán el Bueno -discúlpeseme el énfasis-,
desde la fortaleza duramente asediada, su puñal, esas palabras transmutadas
dolorosamente en ripios, en vinagres, en artefactos. Y
dicho esto, ya es tiempo de considerar lo que vino después como legado
purificado por su muerte. Desconocemos el tiempo de redacción de este libro, 2000,
uno de los póstumos como ya hemos indicado, pero es una obra que, en
cualquier caso, se distingue entre las que componen el testamento nerudiano.
Se trata de un poemario en el que, como su título anuncia, el poeta se
introduce osadamente en ese nuevo siglo sentido como inminente, con desacato
a su propia cronología real. Si Fin de mundo representaba la clausura
voluntarista del XX, 2000, texto *oracular+, como lo ha definido Jaime Giordano 14, significa una
mirada crítica al tiempo en que, digámoslo ya, la esperada Jerusalén celeste
se convierte con evidencia en la persistencia del horror. No es raro que haya
unanimidad en la valoración del tono de 2000. Alain Sicard ha podido
juzgar este pequeño libro como *el más sombrío de los
poemas nerudianos posteriores a Residencia en la tierra+15. También Bellini
advierte que el juicio del poeta sobre el mundo *es más duro que en los
libros anteriores+16,
y Osvaldo Rodríguez apenas atenúa el juicio de Sicard al escribir que *estamos ante una de las posiciones poéticas más sombrías después de
Residencia en la tierra+17. No
faltan, es bien sabido, los ejemplos de literatura de anticipación, émula del
Nostradamus que vaticinó el fin del mundo para julio del año en que nos
reunimos en este Coloquio. Suele evocarse en estos casos a Wells y a Orwell,
pero en Hispanoamérica podríamos recordar la novela de Abel Posse La reina
del Plata (1990), con su terrible visión de una Argentina dominada por
las fuerzas poderosas de los que, definitivamente y para siempre, han
ocupado, sin concesiones ni ambigüedades, el poder. Recordar asimismo al
poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, quien mucho antes, en 1938, escribe su *Baedeker 2000+, poema en el que se sitúa en el siglo XXI
desde una posición de confianza en el mundo nuevo a la que ha llegado al
adquirir *la astilla de eternidad+. Y, a título de
curiosidad, en este recuerdo de experiencias anticipadoras, resulta
interesante, yendo más atrás, un texto del joven Rubén Darío en el que,
apoyándose sin duda en la literatura de ciencia-ficción, tan prolífica en su
tiempo, predice las realidades portentosas que la técnica traerá en la
vigésima centuria: navegación submarina, aviación, televisión...18. En
una ocasión no determinada cronológicamente, Neruda, bajo el título *Contestando a una encuesta+, se mostró en principio
poco inclinado a opinar sobre algo relacionado con el año 2000: *)Qué sé yo del año 2000? )Y, sobre todo, qué sé yo
de la poesía?+. Pero, centrada la encuesta, en efecto, en este tema, Neruda
reivindica enérgicamente la función social de la poesía: *No es probable -dice- que comenzando el año 2000, los poetas
encabecen una sublevación mundial para que se reparta la poesía. La poesía se
repartirá como consecuencia del progreso humano, del desarrollo y del acceso
de los pueblos al libro y a la cultura+19. Y enseguida reivindica la eternidad de la poesía, de tal modo que
Homero puede ser el poeta más novedoso del siglo XXI. Muy lejos se muestra
Neruda aquí de cualquier pesimismo, de tal modo que, ahondando en estas
ideas, encontraríamos fácilmente concordancia con las que en el mismo sentido
desarrollará más tarde Octavio Paz en La otra voz respecto a la
salvación de la humanidad por la poesía20. El chileno parece
pletórico de una fe en el futuro que algunos, no nosotros, calificarían de
panglossiana, merced a la conexión de la poesía con el progreso. En
Confieso que he vivido, Neruda, como de pasada, se refiere también al
año 2000 con un gran optimismo: *Cada Navidad que pasa nos
acerca al año 2000. Para esa alegría futura, para esa paz de mañana, para esa
justicia universal, para esas campanas del año 2000 hemos luchado y cantado
los poetas+21. Aparecen vivas, como se
ve -en un nuevo gran acto voluntarista- las expectativas de la luminosa
utopía que ha de cumplirse en la fecha carismática. Habituados como estamos por Neruda a
estos vaivenes de opinión, es hora de añadir, para zanjar en último término
nuestra interpretación de estas contradicciones, que, en el caso de que éstas
se produzcan entre un texto en prosa, siempre que, por muy hermoso que sea,
no funcione como poema, y otro de |
13 P. Neruda, *Explicación perentoria+, en Incitación al
nixonicidio y alabanza de la revolución chilena, Barcelona, Grijalbo,
1974, p.10. 14 J. Giordano, *Neruda y el año 2000",
en Dioses, antidioses... Ensayos críticos sobre poesía hispanoamericana,
Concepción, Lar, 1987, p. 159. 15 A. Sicard, El
pensamiento poético de Pablo Neruda, Madrid, Gredos, 1981, p. 159. 16 G. Bellini, ob. cit., p.
33. 17 O. Rodríguez, La poesía
póstuma de Pablo Neruda, Gaitherburg MD, Hispamérica, 1995, p.47. 18 Lo cita Edelberto Torres en
La dramática vida de Rubén Darío, Managua, Nueva Nicaragua, 1982,
p.61. 19 P. Neruda, Para nacer he
nacido, Barcelona, Seix Barral, 1978, pp. 185-186. 20 A Paz pertenecen
afirmaciones como éstas: *La poesía es
la Memoria hecha imagen y la imagen convertida en voz. La otra voz no es la
voz de ultratumba: es la del hombre que está dormido en el fondo de cada
hombre. Tiene mil años y tiene nuestra edad y todavía no nace. Es nuestro
abuelo, nuestro hermano y nuestro bisnieto+ (...) *Espejo de la
fraternidad cósmica, el poema es un modelo de lo que podría ser la sociedad
humana+ (La otra
voz, Barcelona, Seix Barral, 1990, pp. 136 y 138). 21 P. Neruda, Confieso que
he vivido, Barcelona, Seix Barral, 1974, p. 372. |
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fundamentación
lírica, optamos por dar crédito al segundo. Y esto por la sencilla razón de
que el poeta -se ha dicho muchas veces- siempre sabe más, ha estado
donde el periodista, el pensador, o el declarante sorprendido en su
cotidianidad nunca estuvieron, ha visto lo que aquéllos no vieron y, por otra
parte, hay en el poeta un impulso hacia la expresión de su verdad que no está
sujeto a las presiones de lo contingente22. El problema, desde
luego permanece cuando el poeta emite apreciaciones encontradas. Esto
nos introduce en 2000, donde Neruda se alinea más bien con la posición
de un Orwel en su concepción de un mundo futuro -visto desde el presente- ni
más ni menos deshumanizado e injusto que el del rebasado siglo XX. También
hay razones para pensar en el Vallejo de *Me moriré en París con
aguacero+, capaz de situarse en el futuro posterior a su muerte y escuchar
las voces de quienes lamentan el injusto trato que recibió. Porque aquí, como
en otros libros de esta última etapa, emerge el yo sufriente del poeta, en el
plano existencial, con una intensidad que no había tal vez aparecido desde el
lejano tiempo de las Residencias. En 2000 el sobreviviente de
los viejos tiempos pide perdón por su inoperancia (como en Aún: *pido perdón por mi mal comportamiento. No tuvo utilidad mi gestión
en la tierra+ (XVI)) y manifiesta su vergüenza por la muerte de la verdad. Es
preciso ante todo colocarse las *Máscaras victoriosas+ (*Las máscaras+, p. 9)23 para afrontar ese
presente del futuro. Triunfa, irónicamente, la magia de la técnica. Confusas
razones nos inducen a una alegría que será abolida. Sigue la tierra
impertérrita sus ciclos inalterables de fecundidad, indiferente a *la muerte que vestimos los hombres,/ la maldita progenie que hace la
luz del mundo+ (*La tierra+, p. 23). Subyace aquí también la vieja
dicotomía que ya parecía vencida entre el desorden de lo humano y la armonía
de la naturaleza que cumple sus funciones y sus ciclos con precisión, como se
nos había dejado bien señalado en el poema II de *Alturas de Machu Picchu+. Alain
Sicard ha constatado, y Selena Millares lo ha subrayado oportunamente, la
presencia textual, literal en algún caso, de Quevedo en 200024.
Pero Quevedo no es sólo aquí un intertexto sino también un referente que
flota por todas partes y puede entrar por cualquier resquicio, sin mengua de
que haya otros. Así, los viejos muertos, los de lejanas fechas del XX, los *Pedro Páramo, Pedro Semilla, Pedro Nadie+, *los fallecidos antes de esta estúpida cifra/ en que ya no vivimos+ reclaman su derecho a estar asociados a los inmediatos, previsibles
muertos del siglo XXI, al *honor venidero+ (*Los hombres+, p. 28, 29), con el que parecería estar
comprometida -)presunción sarcástica?- la nueva centuria. Un
personaje cuya condición tipológica nos es familiar comparece para definir
desde su propio yo su identidad. Es quizá uno de los supervivientes de las
fantasmales gentes de *La tierra se llama Juan+ en el Canto general, en particular del ser de ultratumba que
se llama Margarita Naranjo: *Soy -dice- Ramón González Barbagelata, de
cualquier parte,/ de Cucuy, de Paraná, de Río Turbio, de Oruro,/ de
Maracaibo, de Parral, de Ovalle, de/ Lancomilla+. Este *pobre diablo del pobre Tercer Mundo+ exige al poeta su propia
voz y cancela por el momento ciertas tendencias de su evocador a los
simbolismos evanescentes. *He llegado a este mentado año 2000, y )qué saco,/ con qué me rasco, qué tengo yo que ver/ con los tres
ceros que se ostentan gloriosos/ sobre mi propio cero, sobre mi inexistencia?+ (*Los hombres+, pp. 33, 34). Quizá la única diferencia es
que en este caso Neruda ha transfigurado en lenguaje culto -con la salvedad
del coloquialismo que acabamos de advertir- el lenguaje pobre, limitado (pero
fulgurante, pero dramático) de los tristes héroes del Canto general. También Selena Millares nos ha
recordado que Nicanor Parra ha utilizado este recurso de dar voz a los
muertos. Cabe, naturalmente, ir mucho más atrás, porque el procedimiento,
ligado a la evidencia de que la voz que viene de la muerte tiene una
excepcional pureza y, por lo tanto, gran credibilidad, nos retrotraería a
Luciano de Samosta, a Dante y a Quevedo, cuyos condenados podrán ser -o haber
sido- malignos, pero hablan desde la verdad; a Chateaubriand, cuyas Memorias
de ultratumba fueron escritas para ser difundidas sólo cuando el autor
hubiera desaparecido (cosa que no se cumplió), a Nuestra ciudad de
Thornton Wilder y, claro está, a la novela de Juan Rulfo, explícitamente
traída a colación por Neruda en la hipóstasis de su antihéroe. |
22 Cortázar, en
quien nos complace apoyarnos, ha recordado estas palabras de Chesterton, en The
Trees of Pride, sobre este asunto: *El poeta tiene
razón. El poeta siempre tiene razón. Oh, él ha estado aquí desde el principio
del mundo, y ha visto maravillas y terrores que acechan en nuestro camino,
escondidos detrás de un matorral o una piedra...+ (J. Cortázar, *Para una poética+, en Obra
crítica/2, ed. de Jaime Alazraki, Madrid, Alfaguara, 1994, p. 277). 23 Citamos por la
edición: Pablo Neruda, 2000, Nota de Margarita Aguirre, Torre Agüero,
Buenos Aires, 1975. 24 S. Millares, La
génesis poética de Pablo Neruda. Análisis intertextual, Madrid,
Universidad Complutense, 1992. |
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El
*tiempo inicial+ está poblado de barracones y duras miserias
)Por qué inaugurar un siglo en el que se continúan asentando la
injusticia y el hambre? En lo que -a nuestro entender- llega a parecer una
parodia de un cínico discurso de posmodernidad, el desalentado poeta va
cediendo también la voz al individuo paradigma de la gauche divine, el
que jugó a la rebelión y a la vanguardia, pero asumió confortablemente los
placeres del capitalismo: *Hoy estoy a la entrada del milenio,/
anarcocapitalista furibundo,/ dispuesto a dos carrillos a morder/ la manzana
del mundo+. Un mundo hecho aldea global, formando cronotopo con un
tiempo florido, respirado *desde el jardín bancario+ (*Los otros hombres+, pp. 39, 40), maquillada la poco correcta
denominación de ciertas guerras; tiempo, en fin, protegido, como ya lo estuvo
el año 1000 por los tres ceros como tres nadas tan engañosas como rotundas,
tapia con bardas alambradas que cierran el paso a la insurrección. El
yo, *exvanguardero ya pasado de moda+ (*Los otros hombres+, p. 39) observa el nuevo siglo que constata
el proceso de extinción de muchas de las riquezas naturales y anuncia,
consecuentemente en tan renovadora línea, la invención de nuevas máquinas
bélicas para seguir asesinando. Como ha escrito José Carlos Rovira, *la fórmula del canto ha asumido aquí radicalmente el principio de la
desesperanza, como construcción que niega las propias utopías+25. Pero
alguien, una nueva innominada elocución, propone inesperadamente, de buena
fe, la celebración del nuevo siglo con la resurrección de la antigua y
conocida fuerza de esperanza. Y habla este optimista impenitente -cuyo
resurgimiento ya no nos sorprende- de un tiempo de madurez de grandes
augurios y, como en los primeros poemas posresidenciarios, de *nuevas banderas+, mientras la regeneración corporal de
ciegos, mudos, mancos y cojos nos acercan, como a Vallejo -otro apocalíptico,
en España, aparta de mí este cáliz-, al Libro de Isaías. Al
finalizar este último poema, advertimos la identidad de esa voz. Es, otra
vez, la del poeta con su contumaz, orgulloso legado, *porfiado esqueleto de palabras+ (*Celebración+, pp. 49 y 50), con todo el patetismo de los
estertores del amor en los tiempos del cólera. Pero
está claro que Neruda, a pesar de sus crisis y de la permanencia soterrada de
su impacto, con desfallecimientos muy notorios, no dio nunca, como afirma
Alain Sicard refrendando a Hernán Loyola, la imagen de un lírico *infiel a sus deberes+, de *un poeta retirado al
Aventino+26. En lo político, el
drama de esa fractura se traslucirá en una actitud rencorosa contra el
depredador de un ideal sagrado y su afirmación en la potencia de ese ideal.
La exaltación de Lenin -el intocable- tal como la encontramos en nueve poemas
de Navegaciones y regresos, será uno de los refugios de esa
afirmación. Y la Unión Soviética seguirá siendo para Neruda un referente
especial, pero, sin duda, un referente más envuelto en lo sentimental que en
lo ideológico. No es extraño que uno de sus últimos libros, Elegía,
pueda ser leído como lo que el título declara, una melancólica añoranza de
los viejos buenos tiempos, asociados a los entrañables amigos de cuando aquel
país mantenía firme su capacidad de ser reducto de una gran esperanza: Luis
La Casa, el arquitecto de la madrileña Ciudad Universitaria; Alberto Sánchez,
el escultor toledano; Nazim Hikmet, Savic, Ilya Grigoriovich, Ehrenburg, Maiakovski,
Evtuchenko, Lily Brik, Akmadulina... Y tras estos nombres, un amado espacio,
Moscú; la madre Rusia. Todo visto con un fervor ya más nostálgico que
proyectado hacia el futuro. En definitiva, se ha producido en Neruda lo que
Octavio Paz detecta como algo que caracteriza a la poesía desde el
Romanticismo hasta nuestros días, en cuanto la historia de esa poesía no ha
sido sino la de sus relaciones con el mito, tras haber roto el vínculo con él
en la Edad Moderna para reasumirlo en la idea de la Revolución, relación
turbulenta que produce numerosas oleadas de contradicciones, en cuanto *en todos los movimientos revolucionarios el tiempo sagrado del mito
se transforma inexorablemente en el tiempo profano de la historia+27. Cuando Neruda escribe su poema *Final+, que aparecerá en El mar y las campanas, ya apenas le quedan
las manos acogedoras de Matilde. En ese breve tiempo de figuras silenciosas
en los hospitales, adormecido, casi irreal, el poeta pudo sentir que no había
ya para él posibilidad de acercarse más al 2000. Tuvo que volver a emitir
aquel lejano verso de la *Canción desesperada+: *Es la hora de partir, oh abandonado+. Y partió. |
25 J. C. Rovira, Para
leer a Pablo Neruda, Madrid, Palas Atenea, 1991, p. 187. 26 A. Sicard, ob.cit.,
p. 311. 27 O. Paz, ob. cit.,
p. 62. |
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Sería,
por lo demás, injusto vincular el desaliento de Neruda, como causa exclusiva,
a cuestiones íntimas y políticas. No está solo el chileno en esa actitud ante
el balance del siglo XX y las perspectivas del inmediato. Aquí se impone una
vez más una referencia a Octavio Paz, quien mantuvo con él grandes
divergencias y desencuentros -aunque no dejó de considerarle su *enemigo más querido+28-.
A Paz pertenecen estas palabras que encierran un juicio no menos duro que el
de Neruda en torno al asunto: *El temple de este siglo
hace pensar a veces en los terrores del Año Mil o en la sombría visión de los
aztecas que convivían con la amenaza del cíclico fin del cosmos. La
modernidad nació con la afirmación del futuro como tierra prometida y hoy
asistimos al ocaso de esta idea (...) Son tantas las formas en que se
manifiesta el descrédito del futuro que cualquier enumeración resulta
incompleta+29. Si,
para concluir, el dudoso privilegio de la extrema senectud le hubiera
permitido a Neruda llegar físicamente al año 2000 en buen uso de sus
facultades, habría podido percibir cómo se repetía en parte el proceso de
fines del siglo XIX y principios del XX: otra vez en marcha el positivismo,
pero ahora sin la contrapartida de simbolistas, krausistas, arielistas,
incluso sin desconcertantes Zaratrustas, sin Daríos, sin Unamunos, sin la
esperanza del élan de Bergson. Habría podido conocer ciertos versos de
Mario Benedetti leídos en esta Universidad de Alicante en mayo del 97 y que
podría haber firmado el propio chileno: *)A dónde irán los niños y
los perros/ cuando el siglo vecino nos dé alcance?/ )niños acribillados como perros?/ )perros abandonados como
niños?) (...) Este fin de centuria es el desquite/ de los rufianes y
camanduleros/ de los callados cuando el hambre aúlla/ de los ausentes cuando
pasan lista/ de los penosos vencedores/ y los tributos del olvido/ de los
abismos cada vez más hondos+. Y creemos que hubiera retrocedido
espantado al ver deshilachada la *revolución idolatrada+ y triunfalmente instalada su alternativa: *la definitiva/ mentira patriarcal+30. |
28 O. Paz, *Pablo Neruda
(1904-1973)+, en
Vuelta, n1
202, México, septiembre 1993, p. 8. 29 O. Paz, La
otra voz, ed. cit., p. 50. El texto pertenece al capítulo *Ruptura y
convergencia+
fechado en 1986. 30 M. Benedetti,
poema *Zapping
de siglos+, en
Discurso de investidura. En C. Alemany, Remedios Mataix, J. C. Rovira
(eds.), Mario Benedetti: inventario cómplice, Universidad de Alicante,
1998, p. 613. |
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