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Alain Sicard

Catedrático de literatura latinoamericana en la Universidad de Poitiers y director del Centro de investigaciones latinoamericanas de la misma universidad, es autor de varios libros entre los que destaca El pensamiento poético de Pablo Neruda (1981), poeta del que ha sido traductor. Es director de los Coloquios Internacionales de Poitiers en los que se ha estudiado sistemáticamente una parte importante de los autores contemporáneos latinoamericanos. Es autor de numerosos artículos sobre autores contemporáneos.

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Pablo Neruda: Divagaciones y regresos

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ALAIN SICARD

 

PABLO NERUDA:

DIVAGACIONES Y REGRESOS

ALAIN SICARD

 

*...por eso atesoro las equivocaciones de mi canto+

P.N.

     El título que se me ha ocurrido dar a estas reflexiones, si no es muy explícito en cuanto a su contenido, dice bien de lo que no se tratará: ni del examen de un aspecto inédito de la obra del poeta, ni de un estudio sistemático y riguroso -no me atrevo a decir científico: la palabra divagación connota todo lo contrario. Estas divagaciones mías tienen un rumbo bastante incierto, a diferencia de las navegaciones nerudianas torpemente parodiadas1, por el título. Éste, en realidad, debería leerse al revés: *Regresos y divagaciones+: regresos sobre determinados temas y problemas nerudianos, con la esperanza de que susciten en quien los viene navegando desde hace casi cuarenta años algunas divagaciones críticas y auto-críticas. Más que un balance otoñal, más que un memorial melancólico de mis viajes por el océano nerudiano, este texto quisiera sacar en claro, fuera de toda auto-contemplación o auto-complacencia, mi apasionada, admirativa, al mismo tiempo que difícil y contradictoria relación con la poesía del gran chileno: mis entusiasmos y mis insatisfacciones, mis dudas y mi fe en el porvenir de esta poesía.

     Antes de cerrar este preámbulo, quiero expresar mi agradecimiento a todos los que estuvieron embarcados conmigo durante todos esos años en la misma nave, ayudándome con su aprobaciones o desacuerdos. Quiero decir la deuda que tengo, de un modo muy especial, con tres de esos marineros de la crítica nerudiana: Hernán Loyola, Jaime Concha y Roberto Pring-Mill.

     Mis dudas: la primera de ellas concierne probablemente a la posibilidad de reflexionar con la objetividad que, según dicen, requiere la investigación científica, sobre este objeto tan particular que es la literatura, y más si se trata de poesía -más aún si se trata de la poesía de alguien que fue compañero y amigo. Interrogarme sobre esta obra, más que sobre ninguna, fue interrogarme también sobre mí mismo. *Quién soy?+ preguntaba el memorialista de Isla Negra. *Muchos somos+, contestaba. Como el poeta, el crítico tiene varias vidas, por más oscuras que sean y desprovistas de interés que estén. Los sucesivos análisis que él hace están sometidos a las vicisitudes de la historia -y de su propia historia dentro de la historia- de modo que la obra termina funcionando como un espejo cóncavo que le devuelve las distorsiones que el curso de los años impuso a su propia existencia.

     Cuando decidí, poco antes de finalizar los años cincuenta, trabajar en una obra que iba a ocuparme de manera exclusiva durante diez años, y que hasta hoy me sigue acompañando, estábamos muy lejos de imaginar algo parecido a la caída del muro de Berlín. La llegada al poder de De Gaulle, así como dos años de guerra colonialista en Argelia me habían conducido a hacerme miembro del Partido Comunista Francés. La imagen de Neruda que todavía imperaba entonces era la del poeta militante. Stalin descansaba bajo la tierra, pero sus cenizas estaban tibias todavía. La revelación hecha por Kruschov de los crímenes del *bigotudo dios con botas puestas+2 había causado en la parte más lúcida de los militantes dramas de conciencia terribles. En el año sesenta Neruda publicó Estravagario donde, con mucha dignidad, iniciaba una

 

 

 

 

 

 

 

 

1

Navegaciones y regresos es el título de un libro de poemas publicado por el poeta en 1959 (Pablo Neruda, Obras Completas, Buenos Aires, Losada, tercera edición, 1968, pp. 181-283 (Todos las citaciones se harán en esta edición).

 

2

Pablo Neruda: *El episodio+, Memorial de isla Negra v: *Sonata crítica+ oc II. p. 643.

 

 

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Pablo Neruda: Divagaciones y regresos

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reflexión auto-crítica que iba a proseguir en los libros posteriores, pero sin renegar jamás de su fe comunista. *No me esperen de regreso+, escribía con soberbia, *No soy de los que vuelven de la luz+3: una luz que todavía iluminaba muchos importantes sectores del horizonte histórico, una luz que se llamaba Viet-Nam, o Cuba, antes de llamarse Chile. Los comunistas podíamos repetir las orgullosas palabras del poeta cuyo lirismo tal vez disculpa el carácter excesivo:

     Somos la plata pura de la tierra,

     el verdadero mineral del hombre,

     encarnamos el mar que continúa:

     la fortificación de la esperanza:

     un minuto de sombra no nos ciega:

     con ninguna agonía moriremos. 4

     *Un minuto de sombra no nos ciega...+: Este verso da la medida -enseña el límite- de nuestra aprehensión del fenómeno en aquellos años. En otras partes del mismo poema, Neruda habla de *la luna sombría del eclipse+. *La historia+, dice, *se apagó un minuto...+. Veíamos ingenuamente el stalinismo como una excrecencia aberrante pero pasajera, cuyo carácter canceroso no sospechábamos, o no queríamos reconocer, un tumor que la historia había generado, pero que ella, en su infinita sabiduría -y el dios de la Dialéctica mediante- ya había extirpado

     ...porque ya murió la verdad

     Y ahora podemos ser justos.5

     La verdad del dogma había muerto, y otra verdad renacía, contradictoria, difícil. Nos embriagábamos de lucidez dolorosa como antes de ilusiones heroicas Para completar esta evocación cuyo carácter autobiográfico espero me sea perdonado, añadiré que, aunque mi marxismo era de estirpe sartriana y más bien ético, yo compartía -sigo compartiendo en sus aspectos esenciales- la visión que el materialismo histórico propone de la sociedad y de su organización económica. Pero, aplicados al arte y a la literatura, los análisis marxistas me dejaban insatisfecho. Si debo confesar la verdad, tenía la impresión de que poco me servían para el trabajo que emprendía. Además el panorama intelectual se iba poblando de tentaciones: el freudismo, que pronto se iba a volver lacaniano, estaba conquistando su definitivo derecho de ciudadanía en los estudios literarios, y, sobre todo, la ola estructuralista alcanzaba las orillas de una crítica francesa siempre sedienta de novedades. Empezaba la religión del texto que tantos avances y tantos estragos había de causar entre nosotros -y luego entre nuestros desafortunados estudiantes. El libro que yo estaba preparando (no recuerdo si aún se llamaba El pensamiento poético de Pablo Neruda6) se volvió un campo de batalla entre una lectura sincrónica de la obra, influida por la rama temática de la crítica *estructuralista+, y una lectura diacrónica que me parecía inevitable ante un poeta tan movedizo y tan estrechamente ligado al movimiento de la historia como lo era Neruda. Creo que la segunda lectura acabó por dominar sobre la primera, pero para poder calmar mis escrúpulos marxistas, adopté una solución intermediaria: perspectiva diacrónica hasta 1936, y sincronía después, haciendo coincidir, al salir de la Segunda Residencia, la aparición de la noción de materia con la toma de conciencia política, solución hasta cierto punto discutible, ya que, como veremos, la noción de materia forjada en Residencia en la tierra -y que resurgiría después de 1960- no era la misma que aquélla que iba a prevalecer en el Canto General y en las sucesivas Odas elementales.

     Había decidido centrar mi trabajo sobre la noción de materia, por la evidente importancia del tema en el universo de Neruda, pero también, para evitar un estudio de carácter histórico-biográfico que me hubiera encerrado -por lo menos eso temía- en la irritante, aunque insoslayable, problemática del *compromiso+. En los años sesenta era todavía muy fuerte la idea, nacida con la adhesión del poeta al Partido comunista chileno y la publicación del Canto General, de que existían dos nerudas incompatibles, y quienes aborrecían al Neruda luminoso del Canto o de las Odas, ensalzaban melancólicamente al sombrío poeta de las Residencias. Y viceversa. Mi propósito -y, creo, el de la parte más lúcida de la crítica nerudiana- era poner fin a esta dicotomía -a la que, dicho sea de paso, el propio Neruda contribuyera con sus declaraciones-, y sacar a relucir la unidad profunda del universo del poeta. Así fue como descubrí una génesis interna de la noción de materia en las dos primeras Residencias

 

3

Ibid.

 

4

Ibid.

 

5

Pablo Neruda: *Tal vez tenemos tiempo+, Memorial de Isla Negra V, *Sonata crítica+, op. cit. p. 639.

 

6

Alain Sicard: El pensamiento poético de Pablo Neruda, Madrid, Editorial Gredos, 1981.

 

 

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donde la angustia metafísica generaba una extraña objetivación del fenómeno temporal.

     Este hallazgo -tardé un poco en darme cuenta de ello- rompía del esquema que había elegido para mi libro según el modelo muy nerudiano -nerudiano de los tiempos del Canto General- de una *prehistoria idealista+ del poeta superada por el nacimiento a un *nuevo ser+, el ser histórico, materialista -materialista/histórico- brotado de la conciencia política.

     El problema que entonces me disimulé era que la definición ideologizada de la materia -definición exterior a la experiencia propiamente poética y que iba a dominar durante casi veinte años buena parte de la poesía de Neruda- era profundamente ajena y finalmente antitética con respecto a aquélla que se había venido elaborando en lo más hondo de la experiencia del sujeto durante su atroz *saison en enfer+ residenciaria. Pero ese hallazgo que hice, en las Residencias, de un tiempo objetivado en materia representó un paso decisivo en la medida en que de allí iba a salir, fruto a-histórico de la metafísica temporal, el concepto central de mi tesis, lo que llamé *lo deshabitado+. Recordaré brevemente su definición.

     Entiendo por Lo deshabitado una versión a-histórica de la materia, una materia sin el hombre: algo como una versión laica de la eternidad. *Entrada a la madera+7, en la Segunda Residencia, constituye una magistral ilustración de ese *deshabitarse+ del sujeto poético para realizar su fusión utópica con una madera/materia hecha de tiempo acumulado en lo más hondo del recuerdo de la infancia. El mismo recuerdo recurrente reproducirá a lo largo de la producción nerudiana ese gesto poético fundamental de *entrada en las cosas por un acto de arrebatado amor+, como, unos treinta años después, en el poema de Memorial de Isla Negra titulado *La noche+ en el que el sujeto poético se auto-describe

 

     Inmóvil con secreta vida

     como una ciudad subterránea

     que se fatigó de sus calles,

     que se escondió bajo la tierra

     y nadie sabe que existe,

     no tiene manos ni almacenes,

     se alimenta de su silencio.

     Alguna vez ser invisible,

     hablar sin palabras, oír

     sólo ciertas gotas de lluvia,

     sólo el vuelo de cierta sombra.8

 

     En resumen: partiendo de la idea de restaurar la unidad de proyecto nerudiano, me encontraba con una versión de la materia y con una poética en radical oposición con respecto a su versión histórico/épica y a la poética del trabajo que el compromiso político instauró en la obra entre 1940 y 1960, para usar cifras redondas.

     No es mi propósito aquí resumir mi libro. Baste decir que en él trato de mostrar cómo, a partir de la crisis ideológica abierta por las revelaciones de Kruschov, la poética nocturna del sumergido, del carpintero ciego9 llega a ocupar en la obra el puesto esencial, pero sin sustituir la poética militante, más bien articulándose con ella dentro de una dialéctica ejemplarizada por La espada encendida10. Deshabitarse aparecía entonces como un nuevo *deber+ del sujeto agobiado por un siglo terriblemente *permanente+ y envuelto en sangre y ceniza: un paradójico deber de ruptura con la historia necesario para que ella realice su renovación.

     Sigo creyendo en esa tentativa de dialectalización que representa la última tentativa del poeta, en La espada encendida, para restaurar la esperanza, y no cambiaría nada a los análisis que yo hice al respecto. Sólo les quitaría, tal vez, un poco de su serenidad: todos sabemos que Neruda murió desesperado. Sin embargo, me parece hoy que la agónica voluntad de esperar que yo compartía con el poeta me impidió profundizar todo lo que no entrara en esa dialectalización, y medir el lastre que representaba dentro de la obra -y fuera de ella- la herencia de la guerra fría: la ideología del dogma staliniano.

     El arte no fue la sola ni la principal víctima del dogmatismo que terminó usurpando, durante aquellos años, esta ideología de la vida y del movimiento que quiere ser el marxismo.

 

     Aquel inmóvil gobernó la vida.

     dice Neruda de Stalin en la Sonata crítica. Es difícil dar un mejor resumen de aquello que fue mucho más que un simple *episodio+11, como lo creía el poeta y como lo creíamos.

 

7

Pablo Neruda: *Entrada a la madera+, Residencia en la tierra II, IV *Tres cantos materiales+, oc, I, op. cit. p. 233.

 

8

Pablo Neruda: *La noche+, Memorial de Isla Negra V: Sonata crítica, oc, II, p. 634.

 

9

Pablo Neruda: *La línea de madera+, Canto general XV: Yo soy, op. cit. p. 709).

 

10

Pablo Neruda: La espada encendida, Buenos Aires, Losada, 1970.

 

11

Es el título del largo poema dedicado al stalinismo en el quinto volumen del Memorial, Sonata crítica.

 

 

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     El espacio falta aquí -y tampoco es el lugar- para someter la ideología staliniana a un examen general que mostraría cómo el marxismo dogmático, al someter todas las prácticas a un mismo molde, las esterilizaba y acababa con su dinamismo creador. En el campo que aquí interesa, la consecuencia más importante del dogmatismo fue una instrumentalización del lenguaje poético y la negación de su carácter específico. Por eso la mejor manera de abordar el problema de sus eventuales efectos en el proyecto nerudiano sea tal vez recordar en qué consistía la especificidad de este proyecto. Trataremos de examinar cómo la ideología socialista de aquellos años amenaza -sin conseguirlo jamás de modo uniforme- desviarlo en su provecho, pero, sobre todo, comprobaremos cómo el genio del poeta acaba integrando a su propio sistema, trascendiéndolos, elementos que hubieran podido ocasionar su pérdida.

     Me limitaré a los tres aspectos que al respecto me parecen esenciales: la autorreferencialidad; la temporalidad; y la ambición totalizadora, epíteto interesante por su relación -y, como veremos, su radical oposición- con el de totalitario.

     La autorreferencialidad, a la que Hernán Loyola dedicó magníficas páginas, no comienza con la ideologización del proyecto poético, pero ésta le abre un nuevo espacio.

     Desde sus principios, la poesía de Neruda es autobiográfica. Pero la mitificación por el poeta de su propia imagen aparece con el compromiso político y la adhesión ideológica. Neruda -y con él otros poetas de aquel período- no hace sino reanudar con la imagen del poeta-profeta que, a fines del siglo XVIII y durante buena parte del siglo XIX, laiciza y asume poderes que antes correspondían a la Iglesia o a la Tradición. Cuando empieza nuestro siglo, la especificación de la práctica literaria está ya muy avanzada, y solamente quedará interrumpida no tanto por la segunda guerra mundial como, en los años inmediatamente posteriores, por la tentativa de hegemonía del marxismo en su versión soviética.

     Neruda, decíamos, reanuda con la tradición mesiánica de Hugo, de Tolstoi o de Whitman, pero dentro de un contexto ideológico que es el de la guerra fría y el stalinismo. El resultado es esa oficialización de la figura del poeta al mismo tiempo que su proyección planetaria favorecida por los múltiples canales de los que el Partido Comunista internacionalmente dispone.

     Por otra parte, esta mitificación del poeta crea con sus lectores una relación singular y contradictoria. Neruda se encontraba con el pueblo chileno en una asombrosa simbiosis. No se borrará de mi memoria aquel viejo obrero del salitre que, después de contarme la historia de su vida, me dijo su nombre con una frase que resultó ser el primer verso de un poema de La tierra se llama Juan

     Camarada, me llamo Luis Cortés...12

     El azar -o el dios de los nerudistas?- había querido que un héroe del Canto a quien hasta esa fecha yo había considerado como un ente de pura ficción, cruzara mi camino por la pampa chilena en aquel año 1971. Ni tampoco olvidaré el orgullo que brillaba en los ojos de aquel niño haraposo al preguntarme, en aquella noche lluviosa en Puerto-Montt, si conocía a un poeta que estaba de embajador en mi país. Semejante reconocimiento de un poeta por su pueblo impresiona y conmueve, pero no se puede menoscabar la parte ocupada, en ese fervor que podía llegar a excesos casi religiosos, de toda una mitología heroica del poeta nacional que rebasa el ámbito de la sola poesía.

     La temporalidad es otro elemento fundador de la especificidad del proyecto nerudiano en la medida en que su expresión es una constante de la obra desde el comienzo hasta los poemas póstumos. Por eso es sintomático el eclipse que esta preocupación sufre durante un período determinado que coincide con el de mayor ideologización de la poesía del chileno.

     El sujeto histórico, en el Canto General y, luego, en las Odas, evacua de un modo que se quiere definitivo el sujeto temporal con su séquito de angustias y de lamentos. Es el nacimiento de un nuevo ser, milagrosamente abstraído del flujo de muertes que constituyen nuestras vidas, que Alturas de Macchu Picchu celebran magníficamente. Ahora bien: ese nuevo ser, por más sincero y exaltante que sea, echa sus raíces dentro del concepto de la historia difundido por el marxismo dogmático de la época y del cual evocaré solamente dos aspectos.

 

12

Pablo Neruda: Canto General VIII: La tierra se llama Juan III: *Luis Cortés (de Tocopilla)+, op. cit. p. 555.

 

 

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