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Nota
Sobre
Francisco Cano y la música de Solimán
y la Reina de los pequeños
Santiago
Martín Bermúdez
La
obra del compositor Francisco Cano, madrileño nacido a finales
de 1939, se explica tanto por una afirmación como por una negación.
Cano se forma en el Conservatorio de Madrid, entre 1957 y 1968, con
Manuel Angulo, Carmen Díaz Martín, Victorio Echevarría,
Francisco Calés, Cristóbal Halffter, Gerardo Gombau...
Cuando concluye esos estudios comienzan a dibujarse la negación
y la afirmación.
Negación:
no a las secuelas academicistas y miméticas de la vanguardia.
Qué hacer, entonces. De manera más o menos intuitiva,
Cano se dijo a sí mismo: acudir a determinados modelos clásicos.
Así descubrió lo que algunos llamamos su vocación
francesa, por llamar de algún modo esa lujuria de verticalidades
densa, difícil y, sin embargo, grácil. Cano no es un romántico,
pero tiene mucho de clásico. Por eso, se le consideró
aparte, y su actitud rebelde fue vista, durante algún tiempo,
como retardataria y biensonante. Y esa fue su afirmación.
Desde
entonces, su música ha sonado en Austria, Australia, Alemania,
Argentina, Bélgica, Colombia, Cuba, Checoslovaquia, Dinamarca,
España, Estados Unidos, Francia, Finlandia, Holanda, Hungría,
Irlanda, Italia, México, Noruega, Suiza, Suecia, Portugal, la
antigua Yugoslavia... (Checoslovaquia y Yugoslavia se llamaban entonces
así). Miembro fundador de la Asociación de Compositores
Sinfónicos Españoles, es también autor de un Tratado
sobre los Fundamentos de la Armonía.
Francisco
Cano es el refinado orquestador de obras como Sensorial (1972),
Aquarius (1975) y Dionisíaco (1980), interpretadas
en numerosos países después de sus estrenos en España
y que muchos desearíamos escuchar en un mismo concierto sinfónico.
Otras obras destacadas con Continuo (1974) y Música
para seis (1976), para conjunto de cámara; Fantasía
(1982), para piano solo; Concierto para guitarra y orquesta
(1982); Cantata hispánica (1984), para solistas, coro
y orquesta; Cuatro piezas para clave (1985); Pequeña
suite iberoamericana (1989), para acordeón y orquesta; Seis
canciones españolas (1992).
En
los últimos tiempos Cano se ha dedicado al difícil arte
de la ópera. Ya había compuesto una ópera de cámara,
Biángulo (1973), con texto de Romualdo Molina, y previamente
una pieza de teatro musical, Schock (1971). En 1992 estrenó
Solimán y la Reina de los pequeños. Ha compuesto
también una ópera más amplia, de muy distinto carácter,
de la que hemos hablado en ocasiones con el título de Los
amores prohibidos, y que se denomina, finalmente, Penas de
amor prohibido, ambas con libreto del autor de estas líneas.
La Orquesta Nacional de España estrenó hace dos años
la Fantasía Sinfónica Penas de amor prohibido,
de Francisco Cano, a partir de temas de esta última ópera.
El último estreno de Francisco Cano es Sul ponte vecchio,
para orquesta de cuerda (Auditorio Nacional, 8 de marzo, dirección
de Mercedes Padilla).
La
ópera Solimán y la Reina de los Pequeños
consta de un solo acto, dividido en dos escenas o cuadros.
Se
trata de un relato de aspecto infantil, protagonizado por niños
en todos sus papeles, excepto en uno, encomendado a un adulto (barítono).
En la versión de concierto que escucharemos hoy, se añade
un narrador a fin de facilitar el relato.
La
acción es muy rápida, cinematográfica, vivaz. Cada
escena se divide en pequeñas acciones planteadas y resueltas
con rapidez.
La
estructura es de sencilla apariencia, pero plantea considerables dificultades
en el trabajo concertante de maestro director, solistas vocales, conjunto
instrumental y coro, además de un esfuerzo escenográfico
considerable cuando se pone en escena.
Esta
ópera es un encargo de la iniciativa privada apoyada institucionalmente
por la Generalidad Valenciana, cuyo estreno en la Exposición
Universal de Sevilla de 1992 formó parte del proyecto Calidoscopi.
En junio de 1994 se estrenó esta ópera en Madrid, en el
Teatro Monumental.
Solimán
y la Reina de los pequeños adopta la forma de un cuento
para niños. La estética de esta obra proviene del cuento
infantil y de la imaginería del mejor cine de dibujos animados
(Peter Pan, y buena parte del mundo de Disney, aunque con muy distinta
perspectiva), pero sobre todo hay tres referencias espirituales (no
literales) inmediatas: El niño y los sortilegios, de
Colette y Ravel, Alicia, de Carroll, y las obras infantiles
de Benjamin Britten (The little sweep, Noye's Fludd, The Children's
Crusade...).
Solimán
y la Reina de los pequeños está orquestada para maderas,
metales y percusión. Todos los solistas son infantiles o adolescentes,
con excepción del intérprete del gigante y el padre. La
obra se compone de siete temas, de los cuales cuatro son básicos
y atraviesan la acción. Es importante que los temas sean relativamente
sencillos -a menudo es fundamental el apoyo del conjunto- para el trabajo
de los niños. El libreto está pensado musicalmente, de
manera que somete su lógica dramática a una lógica
musical en la que es esencial la división en números:
romanzas, dúos, conjuntos, un breve ballet, obertura e intermedio,
etc., etc.
La
estructura de los temas musicales, que se repiten a lo largo de la acción
y van asociados a situaciones concretas, es la siguiente:
Preludio.-
Instrumental y vocal, sin texto. El tema básico proviene de una
sonata de Domenico Scarlatti, del ciclo sevillano, sometida a una rearmonización
transformadora.
Tema
1.- Alarma, inquietud.
Tema
2.- Relacionado con el sueño de Solimán, el protagonista.
Tema
3.- Asociado a la Reina de los Pequeños, aparece por vez primera
como fanfarria.
Tema
4.- Lírico, de bella melodía. Romanza. Su desarrollo marca
la culminación de la ópera. Se indican dos variantes.
Tema
5.- Es la danza del Séquito de la Reina de los Pequeños.
Interludio.-
Entre las dos escenas en que se divide la obra. Es una balada para conjunto
instrumental.
La
segunda parte de la obra repite los motivos de la primera en situaciones
lírico-dramáticas paralelas. Destacan dos temas, uno asociado
a las admoniciones de los personajes al protagonista, por el descuido
de sus obligaciones (Tema 6) y otro que es el cierre instrumental de
la obra, sobre una acción mimada, de acuerdo con las acotaciones
(Tema 7).
Uno
de los aspectos a resolver, más importante que el de la escenografía
estricta (el decorado), es el de los figurines. Dada la trama de carácter
legendario, fantástico y onírico, de mito infantil, el
figurinista puede desplegar su fantasía de acuerdo con las disponibilidades
existentes. La libertad para vestir a los niños es prácticamente
total.
Las
partes habladas se reducen al mínimo. Según el escenario,
esos momentos hablados pueden tal vez requerir el uso de megafonía
mediante micrófonos inalámbricos.
El
protagonista, Solimán, es un niño de unos nueve o diez
años. Su oponente, la Reina, ha de dar la impresión de
ser algo mayor que él, de estar cercana a la adolescencia, aunque,
en rigor, es una niña aún. Los tres Capitanes están
más cerca de la Reina que del protagonista.
El
trabajo de memorización por parte de los niños que dan
vida a los personajes de esta obra se facilita mediante repeticiones,
tanto de texto como de motivos musicales, apoyo que tiene en el conjunto
instrumental su mayor garantía. Lógicamente, el trabajo
de los protagonistas será más arduo.
La
mayor parte de la acción tiene lugar durante la primera de las
dos escenas. Los personajes que intervienen en la Segunda están
interpretados por cantantes que ya han aparecido en la Primera.
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