Culturas y civilizaciones
> Franja oriental mediterránea
Textos
En el templo funerario de Ramsés III en Medinet Habu se grabaron relieves
y textos alusivos a las grandes batallas libradas por este faraón de
la XX Dinastía durante su reinado (1192-1160). Una de estas batallas
tuvo lugar contra los «Pueblos del Mar», un conjunto heterogéneo
de pueblos cuyas naves atacaron y destruyeron los más importantes centros
del Mediterráneo oriental, coincidiendo con los momentos finales de la
Edad del Bronce. La victoria de Ramsés III evitó su entrada en
Egipto.
Entre los Pueblos del Mar mencionados en Medinet Habu están los «Peleset»,
identificados con los Filisteos, que se asentaron en la costa sur del levante
mediterráneo y se encontraban en las comunidades que protagonizaron la
vida de esa región durante la Primera Edad del Hierro. A ellos se atribuye
generalmente el nombre de Palestina que recibe la región.
La historiografía actual tiende a localizar el origen de los Filisteos
en el Egeo, en donde los grandes centros micénicos han sufrido destrucciones,
una identificación que la arqueología parece constatar (Pilar
González-Conde).
Los países extranjeros conspiraron en sus islas. Repentinamente, los
países se pusieron en movimiento y se diseminaron en <son de guerra>.
Ninguna tierra podía sostenerse frente a sus armas, desde Kheta, Kode,
Karkemish, Arzawa y Alasiya en adelante, siendo amputadas de una vez. <Levantaron>
un lugar en Amor. Asolaron a su gente y su tierra fue como lo que nunca había
existido. Avanzaban hacia Egipto mientras la llama se preparaba ante ellos.
Su confederación la formaban los peleset, tjeker, shekelesh, denyen
y weshesh. [Estos] países estaban unidos y pusieron sus manos sobre
los países hasta el círculo de la tierra, con los corazones
llenos de confianza y seguridad: ¡Nuestros propósitos triunfarán!
Pero el corazón de este dios, el señor de los dioses, hizo que
estuviera preparado y dispuesto para atraparlos como aves salvajes; él
me proporcionó la fuerza y motivó que mis planes se realizaran.
Salí adelante, iniciado en estas cosas maravillosas.
Organicé mi frontera en Djahi, preparé frente a ellos a príncipes,
jefes de guarniciones y maryannu. Hice equipar las bocas de los ríos
como una poderosa muralla, con naves de guerra, de transporte y barcas con
la tripulación [completa], pues las ocupaban de proa a popa valientes
guerreros cargados con sus armas. Las tropas consistían en hombres
escogidos de Egipto. Eran como leones rugiendo en las cimas de las montañas.
La fuerza de carros se componía de corredores, de hombres entrenados,
de todo guerrero de carro bueno y capaz. Los caballos estremecían cada
parte de su cuerpo, dispuestos a aplastar a los pueblos extranjeros bajo sus
cascos. Yo era como el valiente Montu, firme frente a ellos para que pudiesen
ver la lucha cuerpo a cuerpo de mis brazos. Yo, el Rey del Alto y del Bajo
Egipto, Usermaatre Meri-Amón, hijo de Re, Rameses, gobernador de Heliópolis.
Yo, yo soy el que actúa, el intrépido, consciente de su fuerza,
el héroe que salva su ejército el día del combate.
De aquéllos que llegaron a mi frontera, su simiente ya no existe, su
corazón y su alma desaparecieron para siempre jamás. Aquéllos
que vinieron juntos por mar, el fuego todo estuvo delante de ellos en las
bocas de los ríos y una empalizada de lanzas los rodeó en la
playa. Fueron rechazados y tendidos en la orilla, muertos y amontonados de
proa a popa de sus barcas. Todos sus bienes fueron arrojados al agua.
He hecho que los países se arredren [incluso] al mencionar Egipto;
y cuando pronuncian mi nombre en su tierra arden. Desde que me senté
en el trono de Horakhti y la Serpiente-diadema se colocó en mi frente
como Re, no he permitido que los países extranjeros contemplaran las
fronteras de Egipto a <... entre ellos>. En cuanto a los Nueve Arcos,
he arrebatado sus tierras y añadido sus fronteras a las mías.
Sus príncipes y sus gentes han venido a mí con plegarias. Yo
llevo a cabo los proyectos del Señor del todo, augusto, divino padre,
señor de los dioses.
Versión de Federico Lara, El Egipto Faraónico, Madrid, Ed.
Istmo, 1991, pp. 179-180
A finales del siglo XIII y comienzos del XII a.C.,
el Mediterráneo oriental soportó una serie de ataques que culminaron
con la destrucción de los principales centros costeros y cuyo protagonismo
se atribuye a los Pueblos del Mar. El término agrupa a diversos pueblos,
cuya actuación conjunta no ha podido ser totalmente aclarada, pero que
aparecen en diferentes archivos bajo denominaciones particulares, como los «Peleset»
o los «Ahhiyawa».
En los archivos de Ugarit (al norte de la franja Sirio-Palestina) se encontraron,
entre otros documentos, dos textos que se refieren a la amenaza sufrida en todo
el Mediterráneo oriental. El primero es una carta del rey de Alashiya
(Chipre) al rey de Ugarit en la que le insta a defenderse ante el enemigo que
se acerca. En el segundo, probablemente la respuesta, el monarca de Ugarit se
consigna el daño ya irreparable que las naves enemigas han producido
en su reino.
En toda la región se multiplicaron los ataques, que afectaron a la costa
de Anatolia, al levante mediterráneo e incluso al delta del Nilo (aquí
Ramsés III los expulsó), provocando las destrucciones de lugares
como Biblos o Ugarit. El panorama siguiente en la región es el cambio
en los centros de poder, la constatación de la presencia de nuevos pueblos
y el comienzo de la Edad del Hierro (Pilar González-Conde).
Carta del rey de Alashiya (Chipre) al rey Hammurabi II de Ugarit
«Esto dice el rey a Hammurabi rey de Ugarit. Salud, que los dioses
te conserven sano. Lo que me has escrito "se ha divisado en el mar al
enemigo navegando". Bien, ahora, incluso si es cierto que se han visto
barcos enemigos, mantente firme. En efecto, acerca de tus tropas, tus carros
¿dónde están situados? ¿Están situados
a mano o no? ¿Quién te presiona tras el enemigo? Fortifica tus
ciudades, establece en ellas tus tropas y tus carros y espera al enemigo con
pie firme».
Respuesta del rey de Ugarit Hammurabi II al rey de Alashiya (Chipre)
«Al rey de Alashiya. Mi padre, esto dice el rey de Ugarit su hijo.
Me postro a los pies de mi padre. Salud a mi padre, a tu casa, tus esposas,
tus tropas, a todo lo que pertenece al rey de Alashiya, mucha, mucha salud.
Mi padre, los barcos enemigos ya han estado aquí, han prendido fuego
en mis ciudades y han causado grave daño en el país. Mi padre,
¿no sabías que todas mis tropas estaban situadas en el país
hitita, y que todos mis barcos se encontraban aún en el país
de Lukka y todavía no han regresado? De este modo, el país está
abandonado a su propia suerte... Que mi padre sepa que siete barcos enemigos
han venido y ocasionado gran daño. Si en adelante hay más barcos
comunícamelo para que pueda decidir qué hacer (o "saber
lo peor").»
Versión de Jaime Alvar, Akal, Historia del Mundo Antiguo 7. Los
Pueblos del Mar y otros movimientos de pueblos a fines del II milenio,
Madrid, Ed. Akal, p.
28
Durante la campaña emprendida en 598 a.C. contra los territorios occidentales,
Nabucodonosor II (606-562 a.C.) arrasó Judea y conquistó Jerusalén
(597 a.C.). El templo fue saqueado, el rey Joaquim y parte de la población
deportados a Babilonia, y Sedecías instalado en el trono por el vencedor.
Sin embargo, nueve años después, instigado por Egipto y desoyendo
los consejos del profeta Jeremías, Sedecías se levantó
contra Babilonia. La respuesta de Nabucodonosor no se hizo esperar: puso sitio
a Jerusalén en enero de 588, y en julio del año siguiente entró
en la ciudad, arrasó el templo y deportó a Babilonia a la mayor
parte de la población. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).
El año noveno del reinado de Sedecías, el día diez del
mes décimo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino con todo su
ejército contra Jerusalén, acampó ante ella, y
levantaron contra ella ingenios en derredor. La ciudad estuvo cercada hasta
el año undécimo del reinado de Sedecías. El día
nueve del cuarto mes del año undécimo de Sedecías era
grande el hambre en la ciudad, y no había ya pan para la gente del
pueblo. Entonces abrieron brecha en la ciudad, y toda la gente de guerra
huyó de noche por el camino de la puerta entre los muros, cerca del
jardín del rey, mientras los caldeos tenían cercada la
ciudad. Los huidos tomaron el camino del Arabá; pero el
ejército de los caldeos persiguió al rey y le dio alcance en
los llanos de Jericó, y todo su ejército se dispersó,
dejándole. Apresaron al rey y le llevaron al rey de Babilonia, a
Ribla, y le sentenciaron. Los hijos de Sedecías fueron degollados en
su presencia; a Sedecías le sacaron los ojos, y cargado de cadenas
de bronce, le llevaron a Babilonia.
El día séptimo del quinto mes -era el año diecinueve
del reinado de Nabucodonosor en Babilonia- Nebuzardán, jefe de la
guardia, servidor del rey de Babilonia, entró en Jerusalén,
quemó el templo de Yavé, el palacio real y todas las casas de
Jerusalén. Todo el ejército de los caldeos, que estaba con el
jefe de la guardia, demolió las murallas que rodeaban a
Jerusalén. Nebuzardán, jefe de la guardia, llevó
cautivos a los que habían quedado en la ciudad, de los que se
rindieron al rey de Babilonia, y al resto de la gente, fuera de algunos
pobres que dejó como viñadores y labradores.
Los caldeos rompieron las columnas de bronce que había en la casa de
Yavé, las basas, el mar de bronce que había en la casa de
Yavé, y se llevaron el bronce a Babilonia. Se apoderaron de los
ceniceros, las tenazas, las palas, los cuchillos, las tazas y todos los
utensilios de bronce con que se hacía el servicio.
El jefe de la guardia se apoderó también de los braseros, las
copas y todo cuanto era de oro y de plata. Las dos columnas, el mar, las
basas que Salomón había hecho para la casa de Yavé;
todos los utensilios de bronce tenían un peso incalculable. La
altura de una columna era de dieciocho codos, y tenía encima un
capitel de bronce de tres codos de altura, y en derredor del capitel
había trenzados y granadas, todo de bronce; y lo mismo la otra
columna. El jefe de la guardia prendió a Serayas, sumo sacerdote; a
Sofonías, el segundo sacerdote, y a los tres guardias del atrio; y
de la ciudad, a un eunuco que tenía a sus órdenes la gente de
guerra, a cinco hombres de los consejeros del rey que fueron encontrados en
la ciudad, al secretario del jefe del ejército encargado del
alistamiento y a sesenta más del pueblo que se hallaban en la
ciudad. Nebuzardán, jefe de la guardia, los apresó y los
llevó a Ribla, al rey de Babilonia. El rey de Babilonia les dio
muerte en Ribla, en tierra de Jamat. Así fue llevado cautivo
Judá lejos de su tierra.
2 Reyes 25, 1-21, traducción de Eloíno Nacar, Alberto Colunga,
Sagrada Biblia, Madrid, 1977 (1.ª ediciónn 1969).
De acuerdo con la noticia proporcionada por Heródoto, el primer viaje
que consiguió rodear toda el África fue realizado por navegantes
fenicios encargados de dicha empresa por el faraón saíta Necao
(609-594 a.C.), casi dos mil años antes de que los portugueses doblasen
el cabo de Buena Esperanza. Carecemos de informaciones que confirmen dicha hazaña,
pero, tal como han apuntado diversos autores modernos, no deja de ser significativo
lo apuntado a propósito de la posición del sol cuando éste
es contemplado desde el hemisferio austral.
Denominado tradicionalmente el «padre de la Historia», Heródoto (ca.
485-425 a.C.) nació en Halicarnaso, en la costa suroccidental de Asia
Menor, viajó a Egipto, Fenicia, Mesopotamia y Escitia, y residió
en la Atenas de Pericles, donde formó parte en 444/443 a.C. de la expedición
destinada a fundar la colonia panhelénica de Thurios en Magna Grecia.
Dedicando cada uno de los nueve libros que la componen a una de las Musas redactó
su Historia, una obra inacabada que alcanza desde la época mítica
hasta la Segunda Guerra Médica (479 a.C.), centrada en el enfrentamiento
entre Europa y Asia, y salpicada de excursos de carácter etnográfico
referidos a las tierras por las que viajó su autor. (Pilar Rivero-Julián
Pelegrín).
En ese sentido, es evidente que Libia está rodeada de agua por todas
partes, salvo por el lado en que confina con Asia; que nosotros sepamos, el
rey de Egipto Neco fue el primero que lo demostró, ya que, tras
interrumpir la excavación del canal que, desde el Nilo, se
dirigía al golfo arábigo, envió en unos navíos
a ciertos fenicios, con la orden de que, a su regreso, atravesaran las
Columnas de Heracles hasta alcanzar el mar del norte y llegar de esta
manera a Egipto. Los fenicios, pues, partieron del mar Eritreo y navegaron
por el mar del sur. Y cuando llegaba el final del otoño, atracaban
en el lugar de Libia en que, en el curso de su travesía, a la
sazón se encontraran, sembraban la tierra y aguardaban hasta la
siega. Y, una vez recogida la cosecha, reemprendían la
navegación, de manera que, cuando habían transcurrido dos
años, en el tercer año de travesía, doblaron las
Columnas de Heracles y arribaron a Egipto. Y contaban -cosa que, a mi
juicio, no es digna de crédito, aunque puede que lo sea para alguna
otra persona- que, al contornear Libia, habían tenido el sol a mano
derecha.
Así fue como se conoció por vez primera el contorno de Libia;
y posteriormente han sido los cartagineses quienes lo han confirmado.
Heródoto, Historia, IV 42, 2 - 43, 1, traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1979.
|
|