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Culturas y civilizaciones> Hispania romanaTextos
El libro III de la Historia Natural de C. Plinius Secundus (cf. la
introducción a la Descripción de las Islas Baleares) determina
en su comienzo las tres partes que, al decir de Plinio, forman el orbe: Europa,
Asia y Áfirca. Como el mismo naturalista indica, la descripción
geográfica del mundo a la que se dedica este libro comienza por el occidente
mediterráneo, por las columnas de Hércules como denomina
al estrecho de Gibraltar, a la que sigue un orden lineal hacia oriente. En este espacio [el Mediterráneo occidental], la primera de las tierras
es la Hispania llamada Ulterior o Baetica; a continuación, desde el
límite de Murgi a las cimas del Pirineo, se extiende la Citerior, también
llamada Tarraconensis. En sentido longitudinal, la Ulterior se divide en dos
provincias, ya que por el costado septentrional de la Bética se extiende
la Lusitania, separada de ella por el río Anas. Éste, que nace
en el territorio Laminitano de la Hispania Citerior, unas veces se convierte
en lagunas, otras se encaja en desfiladeros y en otras se oculta bajo tierra
para resurgir después, hasta desembocar en el Océano Atlántico. [Plinio, Historia Natural, 3, 2, 6. Versión de Juan Manuel Abascal a partir del texto latino (FHA VII, Barcelona, 1987, 22) y de las traducciones de Bejarano (FHA VII) y de A. Fontán et al. (Ed. Gredos, Madrid 1998)].
Nacido en Bilbilis (Cerro de Bámbola, cerca de
Calatayud, Zaragoza) durante el reinado de Calígula (37-41 d.C.),
Marcial fue testigo de excepción de la vida diaria en Roma a lo largo
del siglo I d.C. Hasta su muerte en los
primeros años del siglo II d.C.
cuando había cumplido los 65, repartió su atención entre
la capital del Imperio en la que vendía sus poemas como medio de vida
y la Bilbilis natal, que en sus obras representa la paz, la vida sencilla y,
al mismo tiempo, placentera en la Celtiberia alejada del bullicio de la urbe.
Su afilada ironía desfila en los catorce libros de los Epigramas,
que le darían una justa fama en su tiempo, a la vez que su Libro
de los Espectáculos le acercaría a la Roma de los emperadores
flavios (69-96 d.C.), pues la obra fue
escrita para conmemorar los juegos de inauguración del Coliseo flavio,
la obra inconclusa de Vespasiano que abriría al público su hijo
Tito. Mientras vagas inquieto y al azar, Juvenal, por la ruidosa Subura o subes
al Aventino al templo de la soberana Diana; mientras empapado de sudor bajo
tu toga que sacude al aire vas jadeante por los palacios de los poderosos
y te fatigan el Celio mayor y el menor, a mí después de muchos
inviernos de desearlo me acoge y me hace aldeano mi Bílbilis, orgullosa
de su oro y de su hierro. Aquí, descansando, cultivo con ligero trabajo
el Boterdo y Platea; ¡mira qué nombres a cuál más
ordinario éstos de mi tierra celtíbera!; gozo de un sueño
hondo y prolongado que muchas veces no interrumpe la hora tercera, y ahora
es cuando me repongo por completo de cuantas vigilias he sufrido a lo largo
de treinta años. Aquí desconozco la toga: si la pido me dan
un vestido cualquiera que yace en una destartalada silla. Cuando me levanto
me espera una fogata que alimentan apiladas carrascas del vecino monte y que
la granjera rodea de múltiples ollas. Acude el cazador, el que precisamente
se desea tener en el espeso bosque. El colono, aun imberbe, reparte a cada
esclavo su menester y me pide licencia para cortarles el pelo. Marcial, Epigramas XII, 18. Traducción de José Torrens, Ed. Iberia, Barcelona, 1976, pp. 348-349.
Uno de los más controvertidos pasajes de la Historia Natural de Plinio (cf. la introducción a la Descripción de las islas Baleares) es una lacónica frase colocada tras la referencia a la riqueza minera de Hispania en su libro III. La contundencia sin matices de su afirmación abriría una de las grandes polémicas historiográficas de nuestro tiempo, protagonizada por quienes han querido interpretar al pie de la letra su texto y quienes han querido introducir los matices que Plinio habría silenciado. El naturalista afirma rotundamente que Vespasiano concedió a toda Hispania el derecho latino, es decir, que las ciudades hispanas que aún no tenían rango de colonia o de municipio se habrían convertido durante su reinado en municipios de derecho latino, lo que en la práctica, de ser así, habría supuesto un cambio radical para varios cientos de ciudades en una fecha que se viene situando entre los años 73 y 74 d.C. Los partidarios de una interpretación restrictiva del texto perfieren pensar que sólo afectó a aquellas ciudades que ya estaban en condiciones de recibir este privilegio o que se habían hecho merecedoras de ello; estas ciudades, repartidas por las tres provincias hispanas, habrían justificado esa expresión generalista de Plinio que, en todo rigor, podía hablar de «toda Hispania» para indicar precisamente que la medida no había tenido como destinatarios únicamente a los habitantes de un territorio. (Juan Manuel Abascal). En los años en que la República sufrió las turbulencias de los desórdenes políticos, el emperador Vespasiano Augusto concedió a toda Hispania el derecho latino. Plinio, Historia Natural, 3, 3, 30.
La lex Irnitana es uno de los grandes textos legislativos de época
flavia conservados en Hispania, referido al ordenamiento interno del municipio
de Irni, al que debe su nombre. 52. Rúbrica: Sobre la celebración de comicios. Lex Irnitana, cap. 52-55. Traducción de Álvaro D'Ors, AHDE 54, 1984, pp. 550-551.
El legado testamentario de Lucio Cecilio Optato es una de las mejores inscripciones romanas de Hispania. Nacido seguramente a comienzos del siglo II d.C., Lucio Cecilio Optato murió entre los años 161 y 169 d.C., después de haber desempeñado el rango de centurión en dos legiones distintas. Su paso por el ejército dejó en él una honda huella, hasta el punto de que en su testamento aún quiso mantener vivo el recuerdo de las viejas celebraciones castrenses que había conocido en su estancia leonesa como centurión de la legión VII Gemina. Buena prueba de ello es el día fijado para que en Barcino (Barcelona) se celebraran espectáculos y se entregara aciete a la población; el 10 de junio era el aniversario de la legión VII Gemina, el día en que en los campamentos legionarios leoneses se erigían pedestales en honor de Júpiter y de los emperadores reinantes para conmemorar la entrega de las insignias a la unidad. Acostumbrado durante muchos años a convertir ese día en una fiesta, el difunto quiso que su dinero sirviera para mantener una conmemoración que los agraciados con el regalo difícilmente podrían identificar; para aquellos barceloneses de la segunda mitad del siglo II d.C., el 10 de junio podía ser una magnífica jornada festiva a cargo del dinero de un difunto, pero pocos sabrían que Lucio Cecilio Optato había decidido seguir honrando a Júpiter y a su antigua unidad militar de los años de juventud, incluso después de muerto, usando como instrumentos para ello a los habitantes de Barcino. (Juan Manuel Abascal). Lucio Cecilio Optato, hijo de Lucio, de la tribu Papiria, centurión de la legión VII Gemina Felix y centurión de la legión XV Apollinaris, licenciado con todo honor por los emperadores Marco Aurelio Antonino y Aurelio Vero Augustos, admitido por los barcinonenses entre sus ciudadanos inmunes y elevado a los honores edilicios, duunviro en tres ocasiones, flamen de Roma, de los emperadores divinizados y de los Augustos, que hizo un legado a la ciudad de Barcino en estos términos: «doy, lego y deseo que se entreguen 7.500 denarios, de cuyos intereses al 6 % quiero que se celebre todos los años el día 10 de junio un espectáculo de púgiles por valor de 250 denarios, y que el mismo día se suministre en las termas públicas aceite para el pueblo por un importe de 200 denarios. Quiero que se emplee este obsequio en la forma indicada con una condición: que mis libertos, así como los libertos de mis libertos y libertas a quienes correspondiere el honor del sevirado, sean dispensados de todas las cargas de dicho sevirado. Y si a alguno de ellos se le exigiera el pago de tales cargas, dispongo que los citados 7.500 denarios sean entregados a la ciudad de Tarraco, a fin de que en la ciudad Tarraco se celebren los espectáculos con las mismas condiciones expresadas más arriba». (Puesta) en el lugar fijado por decreto de los decuriones. Inscripción del foro de Barcino (Barcelona). CIL II 4514 (IRC IV, 45 e IRB 35). Traducción de Juan Manuel Abascal sobre las versiones previas de Mariner, Fabre, Mayer y Rodà.
Las leyes locales de las ciudades del mundo romano, como sabemos ahora por la ley de Irni, dejaban en manos de duunviros y decuriones el control de los límites del territorio ciudadano y de sus campos; una comisión designada por la asamblea local realizaba la inspección anual comprobando el mantenimiento de los mojones y revisando las modificaciones en el régimen de tenencia de las tierras a los correspondientes efectos fiscales; en estas visitas se comprobaba el mantenimiento de los lugares de paso tradicionales, la correcta utilización de los cursos de agua, y se valoraban las necesidades de nuevas infraestructuras. Sobre este control del territorio ciudadano hay precisas referencias en el delicioso discurso Euboico de Dión de Prusa, escrito a fines del siglo I d.C. En una parte del relato, un recaudador de impuestos recorre por cuenta de la ciudad el ager publicus, llegando a una aldea enclavada en él a fin de recaudar el tributo de campesinos y cazadores; uno de éstos, que desconoce las prácticas fiscales en la ciudad y que no tiene con qué pagar lo que se le pide, es obligado a trasladarse a la ciudad y a comparecer en el tribunal ante los magistrados; allí se le presenta como un hombre que explota la propiedad pública desde hace años, al tiempo que se le acusa de no haber pagado nada por el disfrute de esas tierras durante mucho tiempo. (em>Juan Manuel Abascal). ... se presentó un hombre a pedirnos dinero, como si nosotros tuviésemos algo, dando órdenes de seguirlo hasta la capital. Pero nosotros no teníamos dinero, además le juré que no poseíamos nada... Yo le seguí hasta la ciudad, pues manifestaba que era necesario que uno de nosotros fuera con él y diera explicaciones sobre el particular. Vi, pues, como la primera vez, numerosos y espléndidos edificios y, en la parte exterior, una sólida muralla, y elevadas construcciones de forma cuadrada adosadas a ella, así como una gran cantidad de barcos atracados en el puerto... Entonces mi guía me conduce frente a unos magistrados y les dice riéndose: «He aquí al hombre contra el que vosotros me habéis enviado, pero realmente no tiene nada, a no ser su melena y un chozo de troncos muy resistentes»... Algunos se subían a la tribuna, otros se levantaban de su sitio y se dirigían a la multitud, unos con pocas palabras, otros con largos discursos. A unos los escuchaban largo tiempo, pero a otros, al contrario, malhumorándose con ellos en cuanto comenzaban a perorar, no les permitían siquiera emitir la menor palabra. ... Un individuo tomó entonces la palabra: «He aquí, ciudadanos, a uno de esos hombres que explotan nuestra propiedad pública desde hace muchos años... Y aprovechan con sus ganados nuestras montañas para pasto, las ponen en cultivo, cazan y construyen numerosas viviendas, plantan viñas y gozan de innumerables ventajas, sin haber dado jamás a nadie el precio de sus tierras y sin haber recibido jamás esas tierras como un regalo del Estado». Dión de Prusa, Discurso VII, 21-27 (fragmentos). Edición de Gaspar Morocho, en Dión de Prusa, Discursos I-XI, Madrid, Gredos, 1988, 351-353. |
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