Introducción histórica
M.ª Pilar González-Conde Puente
(Universidad de Alicante)
En la segunda mitad del IV milenio se habían
formado ya una serie de núcleos urbanos en el sur de Mesopotamia cuya
vida se articula en torno al templo y a la figura de un rey sacerdote, y que
desarrollan la escritura cuneiforme. Los responsables de todo este proceso son
los Sumerios, que encontramos en ciudades como Ur, Uruk, Lagash o Kish.
A lo largo del III milenio encontramos ya allí
poblaciones de origen semita que, en el último cuarto del milenio, comenzaron
la formación de estados territoriales. Este es el caso del rey Sargón
de Akkad, que ejercía el control sobre los territorios de Summer y Akkad
(la baja Mesopotamia).
Desde finales del milenio, otros grupos semitas
occidentales se van asentando en Mesopotamia, atraídos por las posibilidades
que ofrecen las prósperas ciudades del Eúfrates y Tigris. Los
habitantes de la región les llamaban «Martu», y eran los
«Amoritas» o «Amorreos». En el siglo XVIII a.C.,
un rey amorita llamado Hammurabi ejercía el control sobre un extenso
reino con capital en Babilonia. Los valles medio y bajo de los dos grandes ríos
que recorren Mesopotamia constituían ya por entonces una región
central en la política internacional asiática. Mientras tanto,
en el alto Tigris, los Asirios constituyen también ya una gran potencia.
En el siglo XVI a.C.
se formaron algunos grandes estados en el Próximo Oriente: el Imperio
Hitita en el interior de Anatolia, y Mitanni en la región del alto Eúfrates
y su afluente el Habur. Mientras tanto, Babilonia estaba gobernada por reyes
Cassitas, recibía el nombre de «Karduniash» y había
perdido su papel internacional. Sin embargo, mantenía una activa diplomacia,
derivada del interés que los grandes estados tenían por esa región.
En el siglo XIV a.C., el rey hitita Subbiluliuma
se casó con una princesa Cassita. En las siguientes centurias, los reyes
de Babilonia se convirtieron en vasallos de sus vecinos del norte, los Asirios.
A finales del II milenio y comienzos del I, todo
el Próximo Oriente sufrió transformaciones: destrucción
de algunas importantes ciudades, llegada de nuevos pueblos y generalización
del uso de la metalurgia del hierro. Las ciudades de la baja Mesopotamia seguían
regidas desde Babilonia, ya entonces por monarcas caldeos (Arameos), que ahora
eran tributarios de los reyes del alto Tigris, hasta que en el siglo VII a.C.
se liberaron. Nabucodonosor II (605-562 a.C.)
llegó a gobernar desde los Zagros hasta la costa mediterránea,
saqueó las ciudades de Tiro y Jerusalem y deportó a numerosos
prisioneros de guerra.
En los siguientes siglos, Babilonia se convirtió
en territorio de grandes estados extranjeros: Persas, Griegos y Romanos.