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Textos
El historiador Tácito escribió sus Anales en varios libros (probablemente
18), de los que algunos se han perdido parcial o totalmente. En ellos relataba
la historia política del Principado desde los reinados de Tiberio a Nerón
(ambos inclusive). La fecha de composición de la obra no ha sido totalmente
precisada, y suele situarse, con un criterio amplio, entre los años 110
y 121, pero la creación del libro I, al que corresponde este texto, debe
estar más cerca de la fecha de inicio.
El escritor comenzó deliberadamente su relato con la muerte de Augusto
(14 d.C.), haciendo una consideración general acerca de los primeros
tiempos del Principado y de los que suponía para Roma la aceptación
de un régimen de poder unipersonal. La historiografía especializada
ha discutido, durante décadas, sobre el carácter verdadero de
la filosofía política del autor latino, cuyas obras se debatían
entre la realidad política del primer siglo del Principado y el mantenimiento
de la libertas como un principio irrenunciable. El debate sobre el
grado de aceptación del nuevo régimen por Tácito sigue
abierto. En cualquier caso, representa la visión de un senador que escribe
a comienzos del siglo II d.C., bajo el reinado de Trajano, pero con un bagaje
transmitido por los supervivientes del cambio político personificado
en Augusto y de las represalias de sus sucesores. (Pilar González-Conde).
La ciudad de Roma estuvo al principio bajo el poder de reyes; la libertad
y el consulado los estableció Lucio Bruto. Las dictaduras se adoptaban
con carácter temporal; tampoco la autoridad de los decemviros duró
más de dos años, ni mucho tiempo la potestad consular de los
tribunos militares. No fue larga la dominación de Cinna, como no lo
fue la de Sila; el poder de Pompeyo y de Craso pasó pronto a manos
de César, y las armas de Lépido y de Antonio a las de Augusto,
el cual recibió bajo su imperio, con el nombre de príncipe,
el mundo agotado por las discordias civiles. Pues bien, las fortunas y adversidades
del viejo pueblo romano han sido historiadas por escritores ilustres, y tampoco
a los tiempos de Augusto les faltaron notables ingenios que los narraran,
hasta que al crecer la adulación se fueron echando atrás. Así,
la historia de Tiberio y de Gayo y la de Claudio y Nerón se escribió
falseada por el miedo mientras estaban ellos en el poder; tras su muerte,
amañada por los odios recientes. De ahí mi designio de tratar
brevemente y sólo de los postreros momentos de Augusto, y luego el
principado de Tiberio y lo demás sin encono ni parcialidad, para los
que no tengo causas próximas.
Tácito, Anales 1, 1, 1-3. Edición de José Luis
Moralejo, Biblioteca Clásica Gredos, 19. Madrid, 1984, 44-45.
La Eneida fue compuesta por Virgilio poco antes de su muerte (ocurrida
el 19 a.C.), durante el reinado de Augusto. En ella se conmemoraba el pasado
glorioso de Roma, entre la leyenda y la recreación del propio escritor,
y se elogiaba la figura del primer Príncipe y su actuación política,
una reafirmación necesaria para un nuevo régimen político,
contrario a la más fiel tradición romana.
Durante el reinado de Augusto se configura, casi definitivamente, el territorio
del estado romano. Los límites se establecen en el curso de los ríos
Rin, Danubio y Eúfrates. Los intelectuales más cercanos al poder
transmiten una imagen de justificación de la conquista y anexión
que tenía sus raíces en la época republicana, y que sigue
siendo necesaria en época augustea para defender las guerras de conquista.
Las palabras de Virgilio hacen referencia al papel que Roma debe jugar en este
sistema imperial, en la línea de la política exterior oficial,
como árbitro del mundo a quien las otras naciones deben subordinarse.
Los rebeldes deben ser sometidos y todos los pueblos «pacificados»,
con un sentido no tanto de «paz sin conflicto» como de integración
en el orden romano.
A la muerte de Augusto, las prioridades en la política exterior romana
obligaron a replantearse la situación. Tiberio heredó un estado
lleno de dificultades y abandonó las guerras de conquista. Tácito
(Anales 1,11,4) dice que Augusto recomendó en su testamento el mantenimiento
de las fronteras tal y como se encontraban a su muerte. A partir de entonces,
la conquista se ralentizó. Los partidarios de una política exterior
de alianzas invocaban el testamento augusteo como arma contra la expansión
del estado territorial romano. (Pilar González-Conde).
Tú, romano, recuerda tu misión: ir rigiendo los pueblos con
tu mando. Estas serán tus artes: imponer leyes de paz, conceder tu
favor a los humildes y abatir combatiendo a los soberbios.
Virgilio, Aeneida 6, 851-853. Edición de Vicente Cristóbal
y Javier de Echave-Sustaeta, Virgilio. Eneida. Biblioteca Clásica
Gredos, 166, Madrid, 1992, 331.
Heredero de Julio César, vencedor sobre los tiranicidas y máxima
autoridad romana tras derrotar a Marco Antonio, el privatus Octavio
culmina su trayectoria política convirtiéndose en Augusto, emperador
único y Padre de la Patria, y desde esa posición redacta su autobiografía
oficial destinada a ser expuesta públicamente y en la que enumera sus
éxitos en función de la pacificación interior y de la expansión
exterior.
El texto fue descubierto en Ankara a mediados del siglo XVI bajo la forma de
una extensa inscripción bilingüe latina y griega redactada sobre
los muros de un templo dedicado a Roma y Augusto, si bien el original había
sido grabado en bronce y expuesto públicamente en el propio Mausoleo
de Augusto en Roma. Además de la citada inscripción, conocida
como Monumentum Ancyranum, el texto nos ha sido transmitido por otros
dos epígrafes hallados asimismo en Asia Menor, uno latino en Antioquía
de Pisidia y otro griego en la vecina Apolonia. (Pilar Rivero-Julián
Pelegrín).
Texto que es copia de los hechos del divino Augusto, con las cuales
sujetó el universo mundo al dominio del pueblo romano, y de las
munificencias que hizo a la república y al pueblo de Roma, escritas
en dos columnas de bronce que se hallan en Roma.
1. A los diecinueve años de edad alcé, por decisión personal
y a mis expensas, un ejército que me permitió devolver la libertad
a la República, oprimida por el dominio de una bandería. Como
recompensa, el Senado, mediante decretos honoríficos, me admitió
en su seno, bajo el consulado de Cayo Pansa y Aulo Hirtio [43 a.C.], concediéndome
el rango senatorio equivalente al de los Cónsules. Me confió
la misión de velar por el bienestar público, junto con los Cónsules
y en calidad de Pro-pretor. Ese mismo año, habiendo muerto ambos Cónsules
en la guerra, el pueblo me nombró Cónsul y triunviro responsable
de la reconstitución de la República.
2. Proscribí a los asesinos de mi Padre, vindicando su crimen a
través de un juicio legal; y cuando, más tarde, llevaron sus
armas contra la República, los vencí por dos veces en campo
abierto.
3. Hice a menudo la guerra, por tierra y por mar. Guerras civiles y contra
extranjeros, por todo el universo. Y, tras la victoria, concedí el
perdón a cuantos ciudadanos solicitaron gracia. En cuanto a los
pueblos extranjeros, preferí conservar que no destruir a quienes
podían ser perdonados sin peligro [para Roma] Unos 500.000
ciudadanos romanos prestaron sagrado juramento de devoción a mi
persona. De entre ellos, algo más de 300.000, tras la
conclusión de su servicio militar, fueron asentados por mí en
colonias de nueva fundación o reenviados a sus municipios de origen.
A todos ellos asigné tierras o dinero para recompensarlos por sus
servicios de armas. Capturé 600 navíos, entre los que no
cuento los que no fuesen, cuando menos, trirremes (...)
5. Durante el consulado de Marco Marcelo y Lucio Arruncio [22 a.C.] no
acepté la magistratura de Dictador, que el Senado y el pueblo me
conferían para ejercerla tanto en mi ausencia cuanto durante mi
presencia [en Roma] No quise [empero] declinar la responsabilidad de los
aprovisionamientos alimentarios, en medio de una gran carestía; y de
tal modo asumí su gestión que, pocos días más
tarde, toda la Ciudad se hallaba desembarazada de cualquier temor y
peligro, a mi sola costa y bajo mi responsabilidad. No acepté
[tampoco] el consulado que entonces se me ofreció,para ese
año y con carácter vitalicio.
6. Durante el consulado de Marco Vinucio y Quinto Lucrecio [19 a.C.] y,
después, bajo el de Publio y Gneo Léntulo [18 a.C.] y, en
tercer lugar, durante el de Paulo Fabio Máximo y Quinto
Tuberón [11 a.C.], habiendo unánimemente decidido el pueblo y
el Senado que fuese yo responsable único y máximo del cuidado
de las costumbres y las leyes, no quise que se me confiara una magistratura
en términos que hubieran resultado contrarios a la tradición
ancestral; pero las actuaciones que el Senado deseaba por entonces de
mí las llevé a cabo, fundado [sólo] en mi potestad
tribunicia. Y [aun] para esa misma función pedí y
recibí del Senado, por cinco veces, un colega (...)
13. El templo de Jano Quirino, que nuestros ancestros deseaban permaneciese
clausurado cuando en todos los dominios del pueblo romano se hubiera
establecido victoriosamente la paz, tanto en tierra cuanto en mar, no
había sido cerrado sino en dos ocasiones desde la fundación
de la Ciudad hasta mi nacimiento; durante mi Principado, el Senado
determinó, en tres ocasiones, que debía cerrarse (...)
21. En solares de mi propiedad construí, con dinero de mi botín
de guerra, el templo de Marte Vengador y el Foro de Augusto. Edifiqué
el Teatro que hay cerca del templo de Apolo, en un terreno que, en gran parte,
compré a particulares; y le dí el nombre de mi yerno, Marco Marcelo
En el Capitolio consagré ofrendas procedentes de mi botín de guerra
a los templos del Divino Julio, de Apolo, de Vesta y de Marte Vengador, que
me costaron unos 100 millones de sestercios. En mi quinto consulado [29 a.C.]
devolví a los municipios y colonias de Italia 35.000 libras de oro coronario
del que me había sido ofrecido por mis triunfos oficiales. Y, en adelante,
cada vez que hube de recibir una aclamación oficial como imperator, no
quise aceptar esas ofrendas de oro coronario que se me seguían ofreciendo
con la misma generosidad que antaño mediante acuerdos oficiales de los
municipios y las colonias (...)
26. Ensanché los límites de todas las provincias del pueblo romano
fronterizas de los pueblos no sometidos a nuestro dominio. Pacifiqué
las Galias, las Hispanias y la Germania, hasta donde el Océano las baña,
desde Cádiz hasta la desembocadura del Elba Mandé pacificar los
Alpes, desde la región inmediata al Mar Adriático hasta el Mar
Tirreno, sin hacer contra ninguno de aquellos pueblos guerra que no fuese justa.
Mi flota, que zarpó de la desembocadura del Rin, se dirigió al
este, a las fronteras de los cimbrios, tierras en que ningún romano había
estado antes, ni por tierra ni por mar. Cimbrios, carides, semnones y otros
pueblos germanos de esas tierras enviaron embajadores para pedir mi amistad
y la del pueblo romano. Por orden mía y bajo mis auspicios dos ejércitos
llegaron, casi a un tiempo, a Etiopía y a la Arabia llamada Feliz. En
esos dos países y en combate abierto destruyeron a gran número
de enemigos y tomaron numerosas plazas. En Etiopía se llegó hasta
la ciudad de Nabata, cerca de Meroé. En Arabia, el ejército llegó
hasta la ciudad de Mariba de los sabeos.
27. Anexé Egipto a los dominios del pueblo romano Tras la muerte del
rey Artajes hubiera podido convertir en provincia la Gran Armenia; pero preferí,
como nuestros mayores, confiar ese reino a Tigranes, hijo del rey Artavasdo
y nieto del rey Tigranes, por mediación de Tiberio Nerón, que
entonces era mi hijastro Habiendo luego querido ese pueblo abandonarnos y
rebelarse, lo sometí por medio de mi hijo Cayo y confié su gobernación
a Ariobarzanes, hijo de Artabazo, rey de los medos; y, tras la muerte de aquél,
a su hijo Artavasdo. Cuando éste fue asesinado, envié como rey
a Tigranes, que era del linaje real de los armenios. Recuperé la totalidad
de las provincias que, del otro lado del Adriático, se extienden hacia
el este, así como Cirene, que estaba en su mayor parte poseída
por reyes, igual que antes recuperé Sicilia y Cerdeña, invadidas
en la guerra servil.
28. Fundé ciudades militares coloniales en África, Sicilia, Macedonia,
en ambas Hispanias, en Acaya, en Siria, en la Galia Narbonense y en Pisidia.
En Italia hay veintiocho colonias fundadas bajo mis auspicios y que, ya en vida
mía, se han convertido en ciudades pobladísimas y muy notorias.
29. Recuperé muchas enseñas militares romanas, perdidas por
otros jefes, de enemigos vencidos en Hispania, en Galia y de los
dálmatas. Obligué a los partos a restituir los botines y las
enseñas de tres ejércitos romanos y a suplicar la amistad del
pueblo romano. Deposité tales enseñas en el templo de Marte
Vengador.
30. Los pueblos panonios que, antes de mi Principado, no habían visto
en sus tierras a ningún ejército romano, fueron vencidos mediante
la acción de Tiberio Nerón, mi hijastro y legado por entonces;
los sometí al dominio del pueblo romano y amplié hasta las orillas
del río Danubio las fronteras del Ilírico Bajo mis auspicios fue
vencido y destruído el ejército de los dacios, que las había
transgredido. Y, después, uno de mis ejércitos, llevado al otro
lado del Danubio, obligó a los pueblos dacios a acatar la voluntad del
pueblo romano.
31. Llegaron a mí con frecuencia embajadas de reyes de la India, lo
que hasta entonces no se había visto bajo ningún otro jefe
romano. Bastarnos, escitas, los sármatas que viven al otro lado del
Dniéster y los más lejanos aún reyes de los albanos,
iberos [caucásicos] y medos solicitaron nuestra amistad por medio de
legaciones.
32. En mí buscaron refugio y me suplicaron los reyes de los partos: Tirídates
y, más tarde, Fraates, hijo del rey Fraates; de los medos, Artavasdes;
de los adiabenos, Artaxares; de los britanos, Dumnobélauno y Tincomio;
de los sicambros, Maelo; de los suevos marcomanos, (Sigime?)ro. El rey de los
partos, Fraates, hijo de Orodes, envió a Italia a sus hijos y nietos,
junto a mí; no por haber sido vencido en guerra, sino para suplicar nuestra
amistad entregándonos, en prenda, a sus descendientes. Un grandísimo
número de otros pueblos que antes nunca había tenido relaciones
diplomáticas ni tratos de amistad con el pueblo romano conocieron bajo
mi Principado la probidad del pueblo romano (...)
34. Durante mis consulados sexto y séptimo [28 y 27 a.C.], tras haber
extinto, con los poderes absolutos que el general consenso me confiara, la
guerra civil, decidí que el gobierno de la República pasara
de mi arbitrio al del Senado y el pueblo romano Por tal meritoria acción,
recibí el nombre de Augusto, mediante senadoconsulto. Las columnas
de mi casa fueron ornadas oficialmente con laureles; se colocó sobre
su puerta una corona cívica y en la Curia Julia se depositó
un escudo de oro, con una inscripción recordatoria de que el Senado
y el pueblo romano me lo ofrecían a causa de mi virtud, mi clemencia,
mi justicia y mi piedad. Desde entonces fui superior a todos en autoridad,
pero no tuve más poderes que cualquier otro de los que fueron mis colegas
en las magistraturas.
35. Cuando ejercía mi decimotercer consulado [2 a.C.], el Senado, el
Orden de los Caballeros Romanos y el pueblo romano entero me designaron
Padre de la Patria y decidieron que el título había de
grabarse en el vestíbulo de mi casa, en la Curia y en el Foro de
Augusto y en las cuadrigas que, con ocasión de un senado consulto,
se habían erigido en mi honor. Cuando escribí estas cosas
estaba en el septuagesimosexto año de mi vida.
Traducción de Guillermo Fatás extraída de http://FyL.unizar.es/HAnt/index.html
La políticá de César
y de Augusto, importante en sí misma, lo fue aún más por
sus efectos diferidos. Siempre se recurrió a ampliar la ciudadanía,
según el precedente cesariano, como valor de trueque a cambio de paz
y estabilidad interior. Lá promoción ciudadana erá privilegio
y, naturalmente, a él aspiraban todas las comunidades. A su extensión
progresiva llamamos romanización jurídica. Hasta el siglo II d.C.
fue atractiva, eficaz instrumento de la paz Romana y causante de la singular
homogeneización cultural del occidente europeo, hasta entonces carente
de tradición urbana al norte de las riberas mediterráeas. La urbanización
de Europa y del norte de Africa fue uno de sus efectos asociados más
significativos. Es difícil hallar otro período, como el siglo
y medio que va de César al final de los Flavios, en el que se haya producido
similar empuje urbanizador. En el cambio del siglo II al III d.C., Tertuliano
se refiere a este proceso con cierta exageración en el pasaje que recogemos
aquí (Juan Manuel Abascal - Urbano Espinosa).
Todas las tierras se han hecho accesibles, todas son conocidas, todas productivas...
los campos de cultivo han vencido a los bosques, los rebaños han puesto
en fuga a las fieras; ...Hay ahora más ciudades que antaño cabañas
...Por doquier hay edificaciones, por doquier ciudadanos, por doquier ciudades
privilegiadas, por doquier vida.
Tertuliano, De anima 30, 3. Versión de Juan Manuel Abascal
y Urbano Espinosa, La ciudad hispano-romana, Madrid, 1989, 39.
El año 14 d.C., Tiberio heredó el trono de su padre adoptivo,
Augusto, mediante una complicada transmisión de poder que el historiador
Tácito contaba en sus Anales. Entre los muchos problemas heredados con
el Imperio estaba la situación en la frontera renana. Tiberio envió
allí a su hijo adoptivo y virtual sucesor, Germánico, para ponerse
al mando del ejército del Rin y ocuparse de dos asuntos graves: el motín
de las legiones y la inestabilidad en la frontera.
Germánico, que heredaba ahora la fidelidad que las legiones del Rin habían
guardado a su padre, viajó allí con su familia, reforzando así
su imagen dinástica como potencial heredero del Imperio. El relato de
Tácito le presenta como un general valiente e íntegro, poseedor
de las virtudes estoicas, frente a un Tiberio cruel y celoso de la fama de su
hijo adoptivo, receloso por la iniciativa de éste de realizar una campaña
transrenana cuando todavía estaba en la mente de todos el desastre de
Varo (que el año 9 d.C. había perdido tres legiones frente a los
Germanos en el bosque de Teotoburgo). Tras sofocar la sublevación y realizar
una expedición al otro lado de la frontera del Rin, Germánico
fue enviado a oriente, en donde murió el año 19 d.C. (Pilar
González-Conde).
Esa misma noche proporcionó a Germánico un sueño de
buen augurio: se vio a sí mismo ofreciendo un sacrificio y, como su
toga pretexta se hubiera manchado con la sangre sagrada, recibía otra
más hermosa de manos de su abuela Augusta. Animado con el presagio
y habiendo coincidido en lo mismo los auspicios, convoca asamblea y expone
lo que su sabiduría le había aconsejado en vista del inminente
combate. Les dijo que no sólo los llanos eran para el soldado romano
buen campo de batalla, sino también, si se actuaba con táctica,
los bosques y sotos; pues los enormes escudos de los bárbaros y sus
desmesuradas lanzas no se podían manejar entre los árboles y
el monte bajo igual que los venablos y espadas y las armaduras pegadas al
cuerpo. Tenían que multiplicar los golpes, buscar con la punta los
rostros; los germanos no llevaban lorigas ni cascos, ni escudos reforzados
con hierro y cuero, sino simples trenzados de mimbre o tablas ligeras pintadas
de colores; en todo caso su primera fila era la única que tenía
lanzas, las demás sólamente picas aguzadas al fuego o cortos
venablos. Además, así como su cuerpo era de aspecto impresionante
y fuerte para un combate breve, no tenían resistencia alguna a las
heridas; huían sin vergüenza por su infamia, sin cuidarse de sus
jefes, desmoralizados en las adversidades, y sin tener en cuenta en la prosperidad
el derecho divino ni el humano. Si ellos, cansados de marchas y de mar, deseaban
el final, podían conseguirlo con este combate: ya estaba más
cerca el Elba que el Rin, y más allá no se continuaría
la guerra; sólo les pedía que a él, que seguía
las huellas de su padre y de su tío, lo afirmaran victorioso en las
mismas tierras.
Tácito, Annales 2,14. Edición de José Luis
Moralejo, Biblioteca Clásica Gredos, 19. Madrid, 1984, 132-133.
El año 19 d.C. murió Germánico, hijo adoptivo de Tiberio.
Después de su triunfo al mando del ejército del Rin, había
sido enviado a oriente, a donde se trasladó con su familia. Su muerte
desató los rumores sobre un posible asesinato de este joven representante
de la familia claudia, que no dejaba libre de sospecha al Príncipe.
Tácito, en el libro II de sus Anales, habla de las diferentes medidas
decretadas para honrar la memoria del difunto Germánico. Estos honores
fúnebres, transmitidos por la «Tabula Hebana», se han conservado
también en la provincia Betica, en donde la «Tabula Siarensis»;
aporta la prueba de que la legalidad se estaba cumpliendo y la difusión
por el territorio del Imperio se había llevado a cabo. También
la acusación y condena de los culpables, en forma de senadoconsulto,
fue distribuida por todo el Imperio para su difusión, e igualmente es
un testimonio epigráfico de la Bética el que da fe de ello (senadoconsulto
de Cneo Pisón padre).
La versión de Tácito responde a una tradición historiográfica
que idealiza la figura de Germánico, como un salvador del estado en quien
la población habría depositado sus esperanzas, un modelo de virtudes
que serviría como ejemplo a futuras generaciones. Su precoz muerte permitió
mantener intacta esta imagen, pero no la de su familia, implicada directamente
en los conflictos dinásticos de los Julio-Claudios (especialmente su
mujer Agripina y su hijo menor Gaio, luego Calígula). (Pilar González-Conde).
Se buscaron y votaron honores según el amor a Germánico y el
ingenio de cada cual: que su nombre se cantara en el canto de los salios;
que se colocaran sillas curules en los lugares de los sacerdotes augustales,
y sobre ellas coronas de encina; que su efigie en marfil precediera el desfile
de los juegos circenses, y que nadie, a no ser de la familia Julia, fuera
nombrado flamen o augur en el lugar de Germánico. Se añadieron
arcos en Roma, junto a la ribera del Rin y en el Monte Amano de Siria, con
una inscripción en que se narraran sus gestas y que había encontrado
la muerte por servir al estado; además, un cenotafio en Antioquía,
donde había sido incinerado, y un tribunal en Epidafne, lugar en que
había acabado su vida. El número de las estatuas o de los lugares
en que se le rendiría culto sería difícil de calcular.
Cuando se pretendió hacerle un escudo de oro y grandes dimensiones
para colocarlo entre los de los maestros de la elocuencia, resolvió
Tiberio que le dedicaría él uno normal e igual a los demás;
pues, según dijo, la elocuencia no se juzgaba por la fortuna, y bastante
honor se le tributaba con ponerle entre los antiguos escritores. El orden
ecuestre dio el nombre de Germánico al graderío que se llamaba
«de los jóvenes», y estableció que la cabalgata
del 15 de julio fuera precedida de su imagen. Los más de estos honores
siguen vigentes; algunos se abandonaron en seguida o los borró el tiempo.
Tácito, Annales 2, 83, 1-4. Edición de José
Luis Moralejo, Biblioteca Clásica Gredos, 19. Madrid, 1984, 190-192.
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