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Culturas y civilizaciones> El Principado
Textos
A los ojos de Estrabón, de todas las tierras de la ecúmene es
Europa la que disfruta de las condiciones más favorables para progresar
hacia la civilización, ya sea por la bondad de las regiones que la componen
o, lo que es más importante, por las capacidades de las gentes que la
habitan. Dichas capacidades se manifiestan en sus casos más notables
en griegos y romanos, pues si los aquéllos alcanzaron la civilización
por sí mismos -valoración característica de un autor helénico-,
estos últimos la han difundido entre otros pueblos -perspectiva oficial
dominante a comienzos del Principado. Así es, pues, el Mar Nuestro. Y también debemos describir las
tierras que le rodean, comenzando por las mismas partes por las que también
describimos el mar. Así pues, según se penetra navegando por
el Estrecho de las Columnas, a la derecha está Libia hasta el curso
del Nilo y a la izquierda, al otro lado del estrecho, Europa hasta el Tanaide;
y ambos continentes terminan en Asia. Estrabón, Geografía, II 5, 26, traducción de Javier García Blanco, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1991.
Si bien la obra de Estrabón se halla presidida por una valoración
positiva de la expansión de la civilización, encontramos en ella
un pasaje en el que este autor desmiente la imagen idealizada que los griegos
tienen de los escitas señalando cómo, a partir de su contacto
con el mundo civilizado, éstos y otros bárbaros han sucumbido
ante los males de aquél y, literalmente, «se han vuelto peores»,
un juicio que revela una clara influencia del historiador y filósofo
estoico Poseidonio en lo que no es sino un lamento por la corrupción
del «buen salvaje». ¿Acaso hay que asombrarse si, debido a que entre nosotros abunda en demasía la injusticia en torno a los negocios, Homero llamó los más justos y nobles a aquellos que en modo alguno pasan su vida entre negocios y dinero, sino que todas sus posesiones, salvo la espada y la copa, son comunes, compartiendo especialmente mujeres e hijos al modo platónico? También Esquilo da a entender que sostiene la misma opinión que el Poeta cuando habla sobre los escitas: «pero los escitas devoradores de queso de leche de yegua, de rectas leyes». Esta idea todavía perdura entre los griegos, pues consideramos que los escitas son el pueblo menos capacitado para navegar y en modo alguno artero, siendo mucho más sencillos y autosuficientes que nosotros. Y ciertamente, aquello que sin duda constituye nuestro modo de vida ha propagado a casi todo el mundo un cambio a peor, al introducir la molicie, los placeres y miles de malas artes para sacar ganancias por medio de las mismas. Así pues, mucha de esa maldad ha sobrevenido también a los bárbaros, nómadas y otras gentes. En efecto, una vez que han alcanzado el mar, se han vuelto también peores, ya que no sólo saquean y matan extranjeros, sino que también, al entrar en contacto con múltiples pueblos, copian los lujos y prácticas comerciales de los mismos. Aquello que parece llevar a un mayor grado de civilización pervierte las costumbres e introduce el fraude en sustitución de la franqueza que acaba de ser mencionada. Estrabón, Geografía, VII 3, 7, traducción de Jesús Gracia Artal, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 2001.
En el libro IV de los Anales, Tácito dedicó algunos
capítulos a hacer una semblanza de la figura de Sejano. Este ecuestre
se convirtió en prefecto del pretorio (al mando de las unidades que formaban
la guardia personal del Príncipe) de Tiberio, y mano al parecer en la
mano ejecutora de la política imperial, especialmente desde el exilio
de Tiberio en Capri. El año del consulado de Gayo Asinio y Gayo Antistio hacía ya nueve que Tiberio gobernaba el estado en orden, con su casa floreciente -pues la muerte de Germánico la contaba entre las prosperidades-, cuando de repente la fortuna empezó a desbaratarlo todo, y él a dejarse llevar por la saña o a prestar su fuerza a quienes con saña obraban. La causa y principio fue Elio Sejano, prefecto de las cohortes pretorianas, a cuyo poder ya aludí más arriba; ahora contaré de su origen y carácter, y de los medios tortuosos por los que se lanzó a la conquista de un auténtico poder absoluto. Nacido en Bolsena e hijo del caballero romano Seyo Estrabón, perteneció en su primera juventud al círculo de Gayo César, nieto del divino Augusto, sin que faltara el rumor de que había vendido torpes favores a Apicio, un rico derrochador. Más adelante sedujo con artes varias a Tiberio, de manera que logró para sí solo la abierta confianza de aquel que tan sombrío resultaba para los demás; y no tanto por habilidad -pues acabó vencido por las mismas artes- cuanto por ira de los dioses contra el estado romano, al que tanta calamidad reportó su poder como su caída. Tenía un cuerpo resistente a las fatigas y un espíritu audaz; hábil para ocultarse a sí mismo, y también para acusar a los otros; la misma medida para la adulación y la soberbia; al exterior un afectado recato, por dentro la ambición del máximo poder, y para lograrlo usaba unas veces de la prodigalidad y el fasto, y más a menudo de la industria y la vigilancia, no menos dañinas cuando se fingen por apetencia de reinar. Tácito, Annales 4, 1, 1-3. Edición de José Luis Moralejo, Biblioteca Clásica Gredos, 19. Madrid, 1984, 265-266.
El año 37 d.C. murió Tiberio en su exilio de Capri, a donde se
había retirado unos años antes. Los acontecimientos de sus últimos
momentos de vida han sido relatados por Suetonio y Tácito, que difieren
ligeramente sobre los mismos. Entre las personas que acompañaban al Príncipe
estaban Macro, prefecto del pretorio, al mando de las unidades que componían
la guardia del príncipe); Gaio (Calígula), el hijo menor de Germánico,
ahora hijo adoptivo de Tiberio; y Tiberio Gemelo, nieto del Príncipe.
Los dos últimos, como parientes vivos más próximos al monarca,
eran potenciales sucesores. (Tib. 73,2). Hay quienes creen que le fue propinado por Gayo un veneno lento y mortífero; otros, que le fue negado el alimento que pedía al remitirle un ataque fortuito de fiebre; algunos, que fue ahogado con un colchón cuando, al volver en sí, buscaba el anillo que le había sido sustraído del dedo durante un desfallecimiento. Séneca escribe que, al presentir su fallecimiento, mantuvo durante un tiempo el anillo que se había quitado como para dárselo a alguien; que después se lo puso de nuevo en el dedo y yació durante mucho tiempo inmóvil con la mano derecha cerrada; y que, tras haber llamado a sus esclavos y no responderle nadie, se levantó de improviso y, al fallarle las fuerzas, dio consigo en el suelo no lejos del lecho. (Tib. 75-76). El pueblo se alegró tanto
por su muerte que, al primer anuncio de ella, unos corrían de un lado
a otro gritando: «¡Tiberio, al Tíber!», otros rogaban
a la madre tierra y a los dioses Manes que no otorgaran al muerto sede alguna
sino entre los impíos, y otros amenazaban al cadáver con el
garfio y las Gemonias, exasperados por el recuerdo de su antigua crueldad
y por otra nueva atrocidad. Pues, como se había establecido por un
decreto del Senado que el suplicio de los condenados se aplazara siempre hasta
el décimo día, ocurrió casualmente que el día
fijado para la ejecución de algunos de ellos era el mismo en que se
anunció la muerte de Tiberio. Al implorar éstos ayuda a los
ciudadanos, porque no había nadie a quien suplicar e interpelar por
hallarse ausente todavía Gayo, los guardianes, para no hacer nada en
contra de lo ordenado, los estrangularon y arrojaron a las Gemonias. Por eso
creció aún más el rencor, como si la crueldad del tirano
perdurara incluso después de su muerte. Cuando se comenzó a
trasladar el cadáver desde Miseno, aunque muchos gritaban que era mejor
trasladarlo a Átela y quemarlo a medias en el anfiteatro, fue transportado
a Roma por unos soldados y quemado en la pira con exequias públicas. Suetonio, Tiberius 73,2 y 75-76. Edición de Vicente Picón, Ed. Cátedra, Madrid, 1998, 388-389. |
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