Desde la Guerra Civil a nuestros días, la poesía ha ido registrando
la historia interior de un mundo lleno de irisaciones y de naturaleza inexpugnable. Su mala salud de
hierro ha conseguido superar la marginalidad comercial, la exigüidad de las tiradas editoriales
y la precaria, a veces inexistente, distribución de los libros en que se difunde. No en vano
la poesía es, en un sentido ontológico, la última palabra.