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Tras un periodo de luchas intestinas por el poder en Hatti, el rey Telepinu
(1525-1500 a.C.) proclama este edicto mediante el cual establece diversas reformas
con el objeto de afianzar la monarquía y conseguir así una estabilidad
interna que permita afrontar mayores empresas en política exterior. Entre
las disposiciones legales destaca la regulación de la sucesión
según el principio de primogenitura y la creación de un Consejo
con facultad para juzgar casos de traición, delitos de sangre dentro
de la familia real e incluso delitos de violencia cometidos por el propio rey.
El preámbulo histórico que antecede a las disposiciones jurídicas
sirve, además como fuente para el conocimiento de épocas anteriores
del reino de Hatti, siempre según la visión oficial de los acontecimientos.
El texto nos ha llegado a través de una versión escrita en acadio
(muy fragmentaria) y varios ejemplares de su traducción al hitita. (Pilar
Rivero-Julián Pelegrín).
1. Así habla el Tabarna Telipinu, gran rey. Antaño fue gran
rey Labarna. Entonces sus hijos, sus hermanos, sus parientes, sus consanguíneos
y su ejército estaban unidos.
2. El territorio era pequeño, pero adonde él iba a una campaña,
sometía con su brazo el territorio enemigo.
3. Y fue devastando los territorios, dejaba los territorios sin poder y hacía
del mar sus fronteras. Cuando regresaba de la campaña, cada uno de
sus hijos iba a un territorio.
5. Después llegó a ser rey Hattushili. E igualmente sus hijos,
sus hermanos, sus parientes, sus consanguíneos y su ejército
estaban unidos. Adonde él iba a una campaña, sometía
con su brazo el territorio enemigo.
6. Y fue devastando los territorios, dejaba los territorios sin poder y hacía
del mar sus fronteras. Cuando regresaba de la campaña, cada uno de
sus hijos iba a un territorio; las grandes ciudades estaban en sus manos.
7. Pero después, cuando los siervos del príncipe se volvieron
falsos, comenzaron a devorar sus casas. a andar conspirando contra su señor
y a derramar su sangre.
8. Cuando Murshili llegó a ser rey en Hattusha, igualmente sus hijos,
sus hermanos, sus parientes, sus consanguíneos y su ejército
estaban unidos, sometía con su brazo el territorio enemigo, dejaba
los territorios sin poder y hacía del mar sus fronteras.
9. Marchó contra la ciudad de Halpa y aniquiló Halpa y se llevó
consigo cautivos y bienes de Halpa a Hattusha. A continuación marchó
a Babilonia y aniquiló Babilonia. Combatió a los hurritas y
se llevó consigo cautivos y bienes de Babilonia a Hattusha.
10-11. Hantili era copero y tenía a Harapshili, la hermana de Murshili,
por esposa. Zidanta conspiró con Hantili y cometieron una mala acción:
mataron a Murshili y perpetraron un hecho sangriento.
12. Hantili tuvo miedo: «¿Seguiré estando protegido en
adelante? Los dioses lo han protegido». Adonde iba, la población
se volvía rebelde. Las ciudades de Ashtata, Shukziya, Hurpana y Kargamish
dejaron de enviar regularmente tropas a la tierrra de Hantili.
13. Y cuando Hantili llegó a Tegarama, comenzó a decir: «¿Qué
es lo que he hecho? ¿Por qué he escuchado las palabras de Zidanta,
mi yerno?». Tan pronto como tomó el poder como rey, los dioses
reclamaron por la sangre de Murshili.
18. Cuando Hantili se hizo viejo y estaba a punto de convertirse en dios,
Zidanta mató a Pisheni, hijo de Hantili, junto con sus hijos. También
mató a sus principales siervos.
19. Zidanta llegó a ser rey. Pero los dioses reclamaron por la sangre
de Pisheni. Los dioses convirtieron a Ammuna, su propio hijo, en enemigo suyo.
Y éste mató a Zidanta, su padre.
20. Ammuna llegó a ser rey. Pero los dioses reclamaron por la sangre
de su padre Zidanta. Y en sus manos los granos, los viñedos, los bueyes,
las ovejas, no medraban. Se echaban a perder bajo su mano.
24. Cuando yo, Telipinu, me senté en el trono de mi padre, fui a la
ciudad de Hashuwa para una campaña y aniquilé la ciudad de Hashuwa.
Y mi ejército estuvo en la ciudad de Zizzilippa y en Zizzilippa tuvo
lugar una batalla.
27. El derramamiento de sangre de la familia real se había prodigado
en demasía. A Ishtapariya, la reina, la mataron. Y luego también
mataron a Ammuna, el hijo del rey. Y los «hombres del dios» andaban
diciendo: «Mira, en Hattusha el derramamiento de sangre se ha prodigado
en demasía». Entonces yo, Telipinu, convoqué una asamblea
en Hattusha. Y desde entonces en Hattusha nadie hace daño a un hijo
de la familia real ni desenvaina un puñal contra él.
28. Debe ser rey un príncipe, hijo del primer rango. Si no hay hijo
del primer rango, debe ser un hijo del segundo rango. Pero si no hay hijo
del rey como heredero, que se procure un yerno para la hija del primer rango,
y este será rey.
29. En el futuro, que los hermanos, los hijos, los parientes, los consanguíneos
y el ejército del que sea rey después de mí, estén
unidos. Y tú irás al país enemigo y lo someterás
con tu brazo. Pero no hables así «lo purificaré».
De hecho, no purificas nada. Con mayor razón debes acosar (al ofensor),
pero no mates a ningún miembro de la familia real. No es bueno.
30. Además, que el que llegue a ser rey y busque el daño de
su hermano o hermana, vosotros, que sois su Consejo, decidle de acuerdo con
lo prescrito: Lee en la tablilla lo que dice del delito de sangre. «Antes
en Hattusha el delito de sangre se había prodigado en demasía.
Y los dioses han exigido retribución a la familia real».
31. Quienquiera que sea el que haga mal entre sus hermanos o hermanas y actúe
contra la persona del rey, convoca a la Asamblea. Luego que su sentencia se
haga pública, él debe responder con su cabeza. Mas no debe matársele
en secreto, como mataron en el caso de Zuruwa, Danuwa, Tahurwaili y Taruhshu,
ni debe causárseles daño a su casa, ni a su mujer, ni a sus
hijos. Si un príncipe peca, que pague con su cabeza, pero a su casa
y a sus hijos no debe causárseles daño. Aquello por lo que un
príncipe muera, no afecta a sus casas, sus campos, sus viñedos,
sus esclavos, sus esclavas, sus vacas y sus ovejas.
32. Ahora, cuando un príncipe peca, debe pagar sólo con su cabeza,
pero no debe causárseles daño ni a su esposa ni a su hijo. No
es recto enajenar lo más mínimo de las propiedades de los príncipes.
Y los que cometen malas acciones, los grandes, es decir, los «padres
de la casa», los jefes de los edecanes, los jefes de los guardias de
corps, los jefes de los coperos, como codician apoderarse de las casas del
príncipe dicen: «Tal ciudad debe ser para mí», y
hacen daño al señor de la ciudad».
33. Pero ahora, desde este día en Hattusha edecanes, hombres de la
guardia de corps, hombres del dardo de oro, coperos, mozos de comedor, cocineros,
heraldos, palafreneros y jefes de «los mil del campo de batalla»,
tened presente este asunto. Que Tanuwa, Tahurwaili y Taruhshu sean para vosotros
un ejemplo a no seguir. Así que, si alguno hace daño -sea el
padre de la casa», el jefe de los edecanes, el jefe de los coperos,
el jefe de la guardia de corps, el jefe de los «mil del campo de batalla»,
tanto un inferior como un personaje de alta categoría- aprehendedlos
como Consejo que sois y devoradlos con vuestros dientes.
34. En Hattusha los grandes, los «padres de la casa», el jefe
de los edecanes, el jefe de los coperos, el jefe de la guardia de corps, los
conductores de carros de guerra, los gobernadores, las tropas y cuantos grandes
haya en la casa del rey deben aceptarlo igual que los últimos.
Traducción de Alberto Bernabé y Juan AntonioÁlvarez-Pedrosa,
Historia y leyes de los hititas. Textos del Imperio Antiguo. El Código,
Akal, Madrid, 2000, pp. 154-161, a partir de
la versión editada por Emmanuel Laroche, Catalogue
des textes hittites, París, 1971, n.
19.
Tras consolidar el dominio de Hatti en Anatolia mediante la guerra -contra
los gasga, Arzawa y Wilusa- y la diplomacia -Azzi y Kizzuwatna-, el rey Shuppiluliuma
(ca. 1380-1346) emprendió campañas militares contra Mitanni. En
la segunda de ellas alcanzó su capital Ý-Washuganni- y en la tercera
Karkemish y los territorios occidentales mitannios. Después prosiguió
su expansión hacia Siria (1360 a.C.), sometió Ugarit y Amurru
y alcanzó la frontera con Egipto. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).
Yo, el Sol Shuppiluliuma, el gran rey, el rey del país de Hatti,
el valiente, el favorito del Dios de la Tormenta, entré en guerra.
A causa de la presunción del rey Tusratta crucé el Éufrates
e invadí el país de Isuwa. Derroté al país de
Isuwa por segunda vez y los hice de nuevo mis súbditos. Los países
que en el tiempo de mi padre habían atravesado el país de Isuwa,
gente de Gurtalissa, gente de Arawanna, el país de Zazzisa, el país
de Kalasma, el país de Timmina, el distrito montañoso de Haliwa,
el distrito montañoso de Karna, gente de Turmitta, el país de
Alha, el país de Hurma, el distrito montañoso de Harana, la
mitad del país de Tegarama, gente de Tepurziya, gente de Hazga, gente
de Armatana, a estas gentes y a estos países vencí y los reconquisté
para sus respectivos lugares; pero a toda la gente que liberé, volvieron
a sus pueblos, y el país de Hatti se apoderó de sus lugares.
Yo, el Sol Shuppiluliuma, el gran rey, el rey del país de Hatti, el
valiente, el favorito del Dios de la Tormenta, alcancé el país
de Ase y me apoderé de la capital de Kutmar. La presenté como
un regalo a Antar-atal del país de Alse. Me dirigí a la capital
provincial de Suta y la saqueé. Llegué a Wassukani. A los habitantes
de la capital provincial de Suta, junto con sus ganados, ovejas y caballos,
con sus posesiones y sus deportados, traje al país de Hatti. Tusratta,
el rey, había salido, no vino a encontrarme en el campo de batalla.
Volví y crucé de nuevo el Éufrates. Vencí al país
de Halba y al país de Mukis. Takuya, el rey de Neya, vino ante mí
al país de Mukishi suplicando la paz. Pero, en ausencia de Takuwa,
su hermano Akit-Tessub persuadió al país de Neya y a la ciudad
de Neya para rebelarse. Akit-Tessub entró en una conspiración
con los mariyannu, Hismiya, Asiri, Zulkiya, Utriya y Niruwa. Con sus conductores
de carros y sus infantes entraron en conspiración con Akiya, el rey
de Arahti, Ocuparon Arahti y se rebelaron; esto es lo que dijeron: «¡Combatamos
con el gran rey, el rey del país de Hatti!». Yo, el gran rey,
el rey del país de Hatti, los vencí en Arahti. Tomé prisioneros
a Akiya, el rey de Arahti, a Akit-Tessub, el hermano de Akiya, y a sus mariyannu,
con todo cuanto poseían, y los llevé prisioneros al país
de Hatti. También traje a Qatna con sus posesiones y todo cuanto tenían
al país de Hatti.
Cuando llegué a la tierra de Nuhassi, conquisté todos sus países.
Sarrupsi había encontrado una muerte violenta; tomé prisioneros
a su madre, hermanos e hijos y los llevé al país de Hatti. Puse
como rey en Ukulzat a Takib-sar, su sirviente. Avancé hacia Apina,
sin saber que tendría que combatir con el país de Kinza. Sin
embargo, Sutatarra, con Aitakama, su hijo, y sus conductores de carros salieron
para combatirme. Los derroté y se retiraron a Abzuya; sitié
Abzuya. Tomé prisioneros a Sutatarra, con su hijo, sus mariyannu, sus
hermanos y todo cuanto poseían y los llevé al país de
Hatti. Luego me dirigí al país de Apina; Ariwanahi, el rey de
Apina, Wambadura, Akparu y Artaya, sus grandes, salieron para combatirme.
De todos ellos me apoderé, con sus países y todo cuanto tenían,
y los llevó al país de Hatti. A causa de la presunción
del rey Tusratta, ataqué a todos estos países en un solo año
y los conquisté para la tierra de Hatti, A este lado fijé mi
frontera en el monte Niblani, al otro en el Éufrates.
Traducción de F. Marco, Narciso Santos, Textos para la Historia
del Próximo Oriente Antiguo, Oviedo, 1980, vol.
II, pp. 164-165, a partir de la versión
inglesa publicada por James B. Pritchard (ed.),
Ancient Near East Text Relating to the Old Testament,
Princeton, 1955 (2.ª edición), p.
318.
Este tratado pone fin una serie de enfrentamientos entre Egipto y Hatti por
el control de la franja siro-palestina, que habían culminado en la batalla
de Kadesh (1299 a.C.) y el freno a la expansión hitita hacia el sur.
En pie de igualdad, Ramsés II de Egipto y Hattusil III de Hatti suscriben
en 1275 el presente tratado por el que se establece un pacto de no agresión,
de alianza defensiva, de extradición de los refugiados y de respeto mutuo
a las reglas de sucesión dinástica de cada estado. El tratado
tenía carácter divino, considerado expresión de la voluntad
de los dioses Amón-Ra y Teshub, y como tal era eterno. Fue respetado
durante cincuenta años.
La primera propuesta del texto fue redactada en acadio internacional en la cancillería
de Hattusas y enviada a Egipto inscrita en una lámina de plata. Allí
ésta fue depositada en el templo de Ra, se introdujeron algunas precisiones
y se remitió una segunda versión -la definitiva- a Hattusas, que
fue depositada en el templo de Teshub. Una traducción egipcia en jeroglífico
fue grabada en los muros del templo de Ra y en los del templo de Amón,
en Karnak. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).
1.- Tratado que el gran príncipe de Hatti, Hattusil, el fuerte, hijo
de Mursil, gran jefe de Hatti, el fuerte, ha hecho sobre una tableta de plata
para Ousermera-Setenpera, gran regente de Egipto, el fuerte, hijo de Menmara
(...): buen tratado de paz y de fraternidad dando la paz y la fraternidad
entre nosotros por medio del tratado.
2.- Antaño, y después siempre, en lo que concierne a la política
del gran regente de Egipto y del gran príncipe de Hatti, la divinidad
no ha permitido que hubiera guerra entre ellos, gracias a un tratado. Pero
en tiempos de Muwattalli, mi hermano, el gran príncipe de Hatti, éste
combatía con Ramsés, el gran regente de Egipto.
Sin embargo, a partir de este día, he aquí que Hattusil, el
gran jefe de Hatti, ha hecho un tratado para rendir permanente la situación
que Phra ha creado y que el dios de la tempestad ha creado para el país
de Egipto con el país de Hatti, de manera que no se permita la existencia
de hostilidades entre ellos jamás (...)
4.- El gran jefe del país de Hatti no penetrará nunca en el
país de Egipto para tomar cosa alguna; y Ousermara-Setepenra no penetrará
en el país de Hatti para tomar cosa alguna (...)
6.- Si algún otro enemigo entra en el país de Ousermara-Setepenra,
el gran regente de Egipto y éste le dice al gran jefe de Hatti «Ven
junto a mí, para ayudarme contra él», el gran jefe de
Hatti vendrá con él; el gran jefe de Hatti matará a su
enemigo. Pero si no es deseo del gran jefe de Hatti venir en persona, enviará
a sus soldados y carros y matará a sus enemigos.
7.- O si Ramsés-mi-Amón, el gran regente de Egipto, debe irritarse
contra sus propios súbditos, y si le hacen alguna ofensa, y si parte
para matar a su enemigo, el gran jefe de Hatti estará con él
para destruir a aquel contra el que se irrite.
8.- Si algún otro enemigo viene contra el gran jefe de Hatti. Ousermara-Setepenra,
el gran regente de Egipto, vendrá a él con auxilios para matar
a su enemigo (...)
11.- Si un Grande del país de Egipto viene al país del gran
jefe de Hatti, o si una ciudad o un distrito perteneciente a los territorios
de Ramsés-mi-Amón, el gran regente de Egipto, vienen al gran
jefe de Hatti, el gran jefe de Hatti no los recibirá. El gran jefe
de Hatti los hará conducir a Ousermara-Setepenra, el gran regente de
Egipto (...)
13.- O si un Grande del país de Hatti viene al país de Ousermara-Setepenra,
el gran regente de Egipto (...) no lo recibirá. Ramsés-mi-Amón,
el gran regente de Egipto lo hará conducir al jefe de Hatti (...)
15.- Por todas estas palabras del tratado hecho por el jefe de Hatti con Ramsés-mi-Amón,
el gran regente de Egipto, escritas en esta tableta de plata, por estas palabras,
mil dioses, masculinos y femeninos del país de Hatti, con mil dioses,
masculinos y femeninos, del país de Egipto, son conmigo testigos de
estas palabras: el Sol, señor del cielo; el Sol de la ciudad de Arinna;
el dios de la tempestad, señor del cielo (...)
16.- Todas estas palabras escritas en esta tableta de plata del país
de Hatti y del país de Egipto, aquel que no las observara, los mil
dioses del país de Hatti y los mil dioses del país de Egipto
destruirán su casa, su país y sus servidores. Pero el que guarde
estas palabras que están en esta tableta de plata, sea hitita o egipcio,
que los mil dioses del país de Hatti y los mil dioses del país
de Egipto hagan que goce de buena salud y vida, así como su casa, su
país y sus servidores (...)
Traducción de F. Marco, Narciso Santos Textos para la Historia del
Próximo Oriente Antiguo, Oviedo, 1980, vol. II, pp. 130-131.
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