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Periodos

Consecuencias del final del Imperio Bizantino|La


Sobre mitos y leyendas originadas a partir de la caída de Constantinopla

entrevista de Rolando Castillo a Eusebi Ayensa

Fotografía de Eusebi Ayensa

Eusebi Ayensa es profesor de la Universidad de Girona, con una extensa y rica trayectoria en la exploración de canciones e historias del folclore griego, nos hablará sobre los mitos y las leyendas creadas en Grecia a partir del hecho de la caída, entre otros temas relacionados.

Sin dudas es una persona muy cálida y lo primero que te atrapa es su sinceridad, su sapiencia y su simpatía, todo junto; quizás debería publicar todos los mails que nos hemos enviado, porque este reportaje está hecho desde Argentina (Buenos Aires) hacia España (Riumors, Girona), pero sería demasiado extenso; deben saber entonces que luego de varios días de bombardearlo a mensajes este es el resultado simplemente de una primera exploración al mundo de este destacado investigador y filólogo; prometo que habrá mucho más.

Vaya entonces mi más sincero agradecimiento para Eusebi, y también muy especialmente a Eva que nos contactó y posibilitó esta entrevista.

Rolando Castillo.

¿Qué mitos, historias populares o leyendas se han creado en el sentir del pueblo griego dominado a partir de la toma de Constantinopla por parte de los turcos? ¿Cuál fue su transformación a través de los siglos, y qué significado pueden tener esas leyendas hoy en día?

Muchas y muy variadas son las historias inventadas por el pueblo griego para glosar la caída de Constantinopla en manos otomanas. Lo más significativo es que todas ellas tienen dos rasgos en común: la incredulidad ante la noticia de la caída y la esperanza en una futura recuperación. Entre todas estas tradiciones destacan especialmente dos ampliamente difundidas por todo el territorio griego. En la primera, conocida con el nombre de «Los peces fritos», se explica que un sacerdote estaba friendo unos peces cuando alguien le comunicó que los turcos habían entrado en Constantinopla. El sacerdote respondió que esto era tan improbable como que aquellos peces saltaran de la sartén y volvieran al agua. Inmediatamente se produjo el milagro y, según el pueblo griego, estos peces aún se encuentran medio fritos en una fuente de Constantinopla esperando a otro sacerdote que los acabe de freír el día que los griegos recuperen Constantinopla. La otra tradición, conocida como «La misa inacabada», asegura que el día que los turcos entraron en Constantinopla el sacerdote que estaba celebrando la liturgia en Santa Sofía desapareció con los objetos sagrados detrás de una puerta. Los turcos intentaron por todos los medios posibles derribar la puerta pero no lo consiguieron, ya que es voluntad de Dios que cuando los griegos recuperen Constantinopla se abra la puerta y salga el sacerdote para acabar la liturgia. Estas tradiciones y algunas más han continuado vivas en boca del pueblo griego hasta nuestros días y durante el siglo XIX y principios del XX constituyeron una de las principales bases de la denominada «Gran Idea» o «Gran Ideal» («Megali Idea»), que encarnaba el sueño del pueblo griego de recuperar todos los territorios que había abarcado en otro tiempo el Imperio bizantino y, por encima de todos, la ciudad sagrada de Constantinopla. Como es sabido, la derrota griega en el Asia Menor en 1922, la denominada «Gran Catástrofe», puso fin de manera definitiva a estos anhelos expansionistas del pueblo griego.

¿Los turcos han creado también una mitología propia a partir de este hecho? ¿Existen ejemplos de historias originadas en la toma de la ciudad? ¿Hubo intentos naturales de justificar su presencia en la misma a través de la creación de leyendas populares?

Los turcos, efectivamente, también intentaron, por su parte, justificar la toma de Constantinopla con argumentos básicamente políticos y religiosos que sirvieron de base a más de una tradición popular. Para empezar, según la tradición turca, la toma de Constantinopla responde a la convicción que los propios otomanos tenían -y sobre todo el sultán Mejmet II- de ser los auténticos herederos del mundo romano, del cual, como todos sabemos, el Imperio Bizantino había sido su continuador natural. Esta misma convicción explica los planes de Mejmet II de conquistar Roma, planes que sólo su pronta muerte pudo frustrar. Por si esto fuera poco, los otomanos buscaron argumentos en el campo de la religión que justificaran su toma de Constantinopla, como el de que en la ciudad o en sus aledaños había la tumba de un sobrino de Mahoma. En esta misma línea se inscribe una tradición popular turca según la cual cuando los bizantinos construían la iglesia de Santa Sofía vieron con asombro como cada vez que acababan la cúpula ésta se derrumbaba. Alguien les dijo que esto era debido a la mala calidad del mortero que utilizaban y que sólo conseguirían levantar la cúpula con éxito si hacían el mortero con saliva de Mahoma, ante lo cual el emperador envió unos mensajeros al profeta, quien gustoso les dio un poco de su saliva para que la cúpula no se derrumbara. Los que rodeaban al profeta le preguntaron cómo es que consentía en dar su saliva a unos cristianos, a lo cual él respondió que lo hacía porque sabía que algún día esa iglesia se convertiría en mezquita. De este modo y de otros parecidos justificaban los turcos la ocupación de la capital del Imperio Bizantino.

¿Cómo vio el mundo contemporáneo occidental la caída, y qué historias populares han corrido por las tierras venecianas, genovesas o aragonesas, por nombrar solamente algunas, con respecto al tema?

Como ya puso de relieve hace unos años Agostino Pertusi en su célebre libro La caduta di Constantinopoli vol. I (Le testimonianze dei contemporanei), vol. II (L'eco nel mondo), Fondazione Lorenzo Valla, 1976, el eco de la caída de la Constantinopla se difundió rápidamente por todo el mundo conocido, ya sea directamente ya sea a través de algunas ciudades cono Nápoles, Venecia o Roma que jugaron un papel muy importante como intermediarias en la difusión de la noticia. A pesar de la situación de clara debilidad del Imperio Bizantino a mediados del siglo XV, reducido prácticamente a su capital, la noticia de su caída en manos otomanas causó un auténtico estupor en Europa, a lo cual no era ajena la convicción fomentada por los propios bizantinos de que la ciudad era invulnerable por ser defendida por Dios y por la Virgen (son numerosas también en el mundo bizantino las tradiciones que insisten en la participación directa de los ángeles o de la propia Virgen en la planificación y construcción de la Ciudad). Lógicamente a este estupor se unían consideraciones de tipo más terrenal, como la pérdida del enclave cristiano más oriental, del último bastión, en definitiva, que protegía a Europa del peligro turco. Los siglos siguientes, con las continuas incursiones turcas en las costas mediterráneas, dejaban claro todo lo que Europa había perdido con la caída de Constantinopla. Entre los muchos ejemplos que podría citar sobre la profunda impresión que la caída de Constantinopla causó en Europa escogeré simplemente uno que me es especialmente grato (y del que, por cierto, nada dice Pertusi), el de la celebración en Barcelona poco después de 1453 de un concurso poético para recordar tan luctuoso acontecimiento. El promotor de dicho concurso o «consistorio» fue un tal Antoni Saplana, quien ofreció una preciosa joya a quien mejor cantara la caída de Constantinopla y animara a los cristianos a recuperarla por medio de una justa cruzada («posà una joya a qui millor diguera en laor de la Creu, animant los cristians que anassen a la crohada justada»). Desconocemos quién fue el vencedor de dicho certamen pero sabemos que en él participaron importantes poetas de la época como Pero Martines, Joan Francí Poculull, Joan Berenguer de Masdenovelles o Joan Fogassot. El tono de estas composiciones lo ejemplifica perfectamente una de las estrofas finales del poema de Fogassot: «Donchs, mos germans, dasenpatxem breument e dels cans turchs càstih fasam cruel, no dubtant jens com Dèu sia en lo sel ajudador del poble valent. Car veents ells lo senyal de la Creu, morts, spantats, cauran boca terossa; tal virtut ha, e dubte no y poseu, e, si morim, la pagu'és gloriosa».

Ilustración de una iglesia bizantina, de Amelia Arumí

¿Qué piensas que ha cambiado en el mundo a partir del 29 de mayo de 1453?, o dicho de otra manera: ¿por qué es tan importante esta fecha en la Historia mundial, y de qué manera se expresaron esos cambios?

Es difícil glosar en pocas palabras lo que supuso para el mundo la caída de Constantinopla. Me limitaré a decir que, a parte de constituir, como nos recuerdan los libros de historia, el fin de la época medieval y el principio de la moderna, tuvo dos importantes consecuencias más o menos inmediatas de carácter diametralmente opuesto. Por una parte, la huida de muchos intelectuales que se refugiaron sobre todo en Italia y de los cuales el más conocido es sin duda el cardenal Besarión, ayudó en gran medida a la difusión de las letras y la cultura clásica y bizantina en Europa, dando un impulso definitivo al Renacimiento. Por otra, sin embargo, con la caída de Constantinopla empezaba una época de gran inestabilidad para Europa, que, como he señalado anteriormente, tuvo que soportar durante siglos el ataque marino y terrestre de los otomanos en su afán de expansión hacia occidente, un afán parado sólo en parte con la batalla de Lepanto (1571). Además, lógicamente, las potencias comerciales occidentales, y muy especialmente Génova y Venecia, perdían definitivamente el control del comercio en el Mediterráneo oriental, tan próspero en los siglos anteriores.

Es muy interesante el tema de que todas las historias legendarias luego de la toma de la Ciudad tengan esos dos rasgos en común, y todas son maravillosas. ¿Puedes contarnos otras leyendas con esas mismas características?

Otra leyenda también bastante difundida es el del altar de Constantinopla sumergido en el Mar de Mármara. Según esta tradición, cuando fue tomada Constantinopla, los griegos, para que el altar de Santa Sofía no cayera en manos de los infieles, lo enviaron con un barco a Occidente. Sin embargo, al adentrarse el barco en el Mar de Mármara, su casco se abrió y el altar se hundió en el mar. Los griegos aseguran que en ese lugar el mar siempre está en calma por más tormentas que haya alrededor. Algunos incluso han conseguido ver el altar en el fondo del mar. Allí se encuentra, por tanto, el altar esperando el día que los griegos reconquisten Constantinopla y recuperen el altar para celebrar en él la fiesta de la reconquista de la ciudad. En esta misma línea otra tradición asegura que Constantino XI Paleólogo no murió luchando en las murallas de Constantinopla sino que su cuerpo fue salvado en el último momento por un ángel, que lo puso a buen recaudo en una cueva, de la cual saldrá un día para recuperar con la espada su ciudad. Finalmente, algunas tradiciones conocidas tanto por los griegos como por los turcos intentan justificar lo injustificable (al menos para los griegos), es decir, la caída de Constantinopla en manos de los infieles. Una de ellas asegura que en el combate final se apareció un ángel al emperador y le ofreció una espada de madera para vencer a los turcos. Éste rechazó la espada por ser de madera y acto seguido el mismo ángel la ofreció a Mejmet II, quien con ella conquistó la ciudad.

Mahomet II se consideraba emperador romano sin dudas, y el pueblo otomano consiguió en 1453 lo que todos los pueblos musulmanes venían persiguiendo desde hacía ocho siglos. ¿Se puede decir que la civilización bizantina ejercía un influjo enorme en la musulmana? ¿Esa atracción se vio reflejada en alguna historia popular?

Es cierto que la civilización bizantina influyó sobre la otomana pero no lo es menos que la otomana influyó sobre la bizantina, aspecto éste último que nos es menos conocido. Sin ir más lejos, el héroe griego bizantino por excelencia, Diyenís Acritas, presenta muchas semejanzas con héroes orientales parecidos como el Sassoun armenio o el Said Battal turco. Esta mutua atracción -del todo lógica por otra parte- se ve reflejada, por ejemplo, en el hecho de que los turcos compartan con los griegos alguna tradición como la de la espada de madera anteriormente citada.

Es conmovedora la historia del concurso de Antoni Saplana. Sabemos que Pere Julià, cónsul catalán en Constantinopla, fue ejecutado con varios de sus compatriotas luego de la toma de la Ciudad. ¿Habrán tenido algo que ver estas tristes muertes con el sentimiento que inspirara al autor del concurso?

Poco o nada sabemos de Antoni Saplana, ni tan sólo nos es conocido el nombre del vencedor de aquel concurso. En los poemas presentados no aparece ninguna referencia concreta a la muerte en batalla de Pere Julià, que no era el cónsul catalán sino el capitán de la guarnición catalana de Constantinopla, y a la ejecución del cónsul catalán en Constantinopla, Joan de la Via, y de sus hijos por orden del sultán después de la caída de la ciudad en manos turcas. Sin embargo, no hay ninguna duda de que estos acontecimientos debían ser conocidos por los participantes en el concurso y por el mismo Saplana. Para empezar, según la última editora de estos poemas, Isabel de Riquer, es muy probable que el concurso en cuestión se celebrara después del segundo anuncio de cruzada, es decir, en 1455, bajo el papado de Calixto III, con lo cual habría pasado tiempo suficiente (casi dos años) para que la triste suerte corrida por Joan de la Via y Pere Julià fuera perfectamente conocida en Barcelona. Además, sabemos que uno de los participantes en dicho concurso, Joan Fogassot, se encontraba presente en Nápoles cuando el 6 de julio de 1453 unos emisarios de Constantinopla anunciaron al soberano catalán, Alfonso IV el Magnánimo, la triste noticia de la caída de Constantinopla. No es por tanto arriesgado pensar que tras las constantes referencias de los poemas a la crueldad y desmanes de los turcos se contiene una alusión a los catalanes que dieron su vida por Constantinopla.

Ilustración de una iglesia bizantina, de Amelia Arumí

En los últimos años ha habido una toma de conciencia en los historiadores sobre el papel de los bizantinos que huían a occidente en el llamado Renacimiento italiano. Sabemos que muchos maestros griegos influyeron notablemente en el mismo. A propósito de esto, ¿se sabe si esos maestros siguieron con sus costumbres y su idioma luego de 1453 o si fueron absorbidos completamente por las costumbres occidentales?

Los intelectuales bizantinos que huyeron de Constantinopla y se establecieron sobre todo en Italia ejercieron básicamente como maestros de griego, sin perder la ocasión, siempre que podían y que su cargo se lo permitía, de trabajar en pos de la cruzada contra los turcos que nunca llegó a materializarse (este sería el caso, por ejemplo, del cardenal Besarión). Su actividad, sin embargo, queda limitada al campo de las letras y de las artes, sin que llegaran a mantener su lengua y sus costumbres más allá de los límites marcados por su propia existencia (aunque algunos crearon escuelas importantes y tuvieron destacados alumnos que jugaron un papel significativo en la vida cultural de su país). No debemos olvidar, sin embargo, que la «emigración» de intelectuales empezó mucho antes de 1453, con figuras como Manuel Crisolaras, quien enseñó griego en Florencia de 1396 a 1400. Y finalmente no debemos olvidar que todos estos eruditos trajeron consigo algo más preciado quizás que sus propios conocimientos de griego, a saber, un gran número de manuscritos que con su traslado a Occidente salvaron de un futuro incierto. Sin duda alguna la mejor manera de acabar esta entrevista es recordar que en 1468 Besarión donó unos ochocientos manuscritos -de ellos casi quinientos griegos- a la República de Venecia.

¿Qué estimas que la humanidad ha perdido culturalmente con la caída del Imperio?

A parte de las pérdidas materiales de obras de arte y manuscritos que conllevó la lenta desmembración del Imperio, que acabó, como es sabido, con la caída de su capital en manos turcas en 1453, quizás la mayor pérdida fue el truncamiento radical y definitivo de una tradición que, con todos los cambios introducidos por la propia mentalidad bizantina, arrancaba directamente de la Antigüedad clásica. Si bien Moscú, la tercera Roma, intentó perpetuar esta herencia, la verdad es que esta ciudad no fue más que un pálido recuerdo de lo que había sido la primera y la segunda Roma.

¿Por qué la historia occidental no hizo justicia a Bizancio sino hasta ahora (ya que ni el nombre del imperio respetó), y aún así todavía lo hace de manera incompleta?

En los desencuentros entre Bizancio y Occidente pesó en gran medida el denominado -por los segundos- cisma de Oriente, que, como es sabido, a partir del siglo XI comportó una ruptura radical entre las dos iglesias. Las diferencias en el terreno religioso, unidas a los intereses comerciales sobre todo de Génova y Venecia en la zona y a la codicia que despertaban en muchos gobernantes occidentales las inmensas riquezas que atesoraba Constantinopla y que tienen en el altar de oro y piedras preciosas ofrecido por Justiniano a Santa Sofía su mejor ejemplo, explican los repetidos ataques contra esta ciudad, los cuales tuvieron su punto culminante en el saqueo de Constantinopla en 1204 en el marco de la Cuarta Cruzada. Por su parte, la imagen que los bizantinos tenían de los occidentales, sobre todo a partir del siglo XI, no era mucho mejor. Los consideraban en gran medida bárbaros, herejes y profundamente codiciosos. Son ilustrativas en este sentido las palabras escritas por Ana Comnena en su Alexiada (s. XII), a saber, que los occidentales «venderían por un óbolo su bien más preciado, incluidas sus esposas y sus hijos». La reconciliación con Occidente ante el empuje turco, firmada en el II Concilio de Lión (1274) y ratificada en el de Florencia (1438), no fue más que aparente, ya que la oposición radical del monacato y el pueblo la dejaron sin validez. La famosa frase del megaduque Lucas Notarás poco antes de la caída de Constantinopla según la cual era preferible ver en Constantinopla el turbante turco que la mitra latina es muy clara en este sentido. Después del derrumbamiento del Imperio, el juicio de Occidente respecto de Bizancio no cambió excesivamente. Para los ilustrados del siglo XVIII Bizancio, un imperio enfrascado en estériles controversias religiosas, no era más que una página negra de la historia, y no será hasta el siglo XIX cuando Europa e incluso la propia Grecia, como veremos en la pregunta siguiente, empezará a ver con otros ojos el mundo bizantino.

Ilustración de una iglesia bizantina, de Amelia Arumí

¿Tiene en este momento el pueblo griego, siempre analizando sus poemas, leyendas y canciones, conciencia de lo que fue Bizancio realmente? ¿Se sienten descendientes del imperio medieval?

Las bellas tradiciones populares y canciones sobre la caída de Constantinopla a las que he aludido en las preguntas anteriores, con el dolor por la pérdida de un imperio y sobre todo de una ciudad, Constantinopla, que el pueblo consideraba como propios, indican que en la mentalidad popular ha habido siempre una clara conciencia de continuidad respecto del pasado bizantino. A veces incluso -lo que es enormemente significativo- este entronque con el mundo bizantino es inconsciente. Así, por ejemplo, el pueblo griego sigue aún hoy en día cantando versos desgajados de las antiguas canciones acríticas en sus celebraciones de boda (como ocurre, por ejemplo, con la «Canción del novio soldado») o en sus entierros (como ponen en evidencia algunas versiones modernas de la «Canción de la muerte de Diyenís»). Muchas veces en estas composiciones el nombre del héroe bizantino por excelencia, Basilio Diyenís Acritas, ni tan solo aparece, pero el origen acrítico de los versos no ofrece ninguna duda. En el terreno culto las cosas no son tan sencillas. Después de la recuperación de la libertad de los turcos a principios del siglo XIX y de la constitución del primer Estado Griego independiente en 1830, el gran modelo a imitar no es la Grecia bizantina sino la clásica, de un valor indiscutible para la Europa filhelena y romántica de la época. Así, durante la segunda mitad del siglo XIX Grecia se llena de edificios neoclásicos y la pedante y fría «cazarévusa», la lengua creada a imitación del griego clásico, lo domina todo, desde el aparato administrativo de estado y la educación hasta las más altas creaciones literarias. Esta fascinación por el pasado clásico conllevó también, sin embargo, una revalorización del bizantino, que se convertía en la pieza clave que debía enlazar los tiempos antiguos con los modernos. Los emperadores bizantinos simbolizan la continuidad de una tradición que hunde sus raíces en la Grecia clásica y, además, constituyen el argumento ideal para la denominada «Gran Idea» o «Gran Ideal», el sueño de conquistar todos los territorios que en otro tiempo había abarcado el Imperio Bizantino. Escritores como Vikelas, Viziinós, Papadiamandis o el mismo Cavafis llenarán el panorama literario griego de la segunda mitad del siglo XIX y XX de obras de temática bizantina, y el gran historiador Constantinos Paparrigópulos, en su monumental Historia de la nación griega (1860-1874), establecía un esquema histórico formado por tres etapas dotadas, al menos en teoría, del mismo valor: Antigüedad, Bizancio y tiempos modernos. A diferencia, sin embargo, de lo que ocurría con la tradición popular, que se siente claramente heredera del pasado bizantino (curiosamente para ésta los héroes y grandes personajes de la Antigüedad clásica son vistos a menudo como gigantes y monstruos pertenecientes a otra época), para la tradición culta Bizancio, en el fondo, no era más que un puente que permitía entroncar con el mundo griego clásico.

Eusebi Ayensa junto a un fresco de una iglesia cercana a Atenas

Para finalizar, una pregunta más personal: ¿qué fue lo que te atrajo hacia las tradiciones griegas, por qué estudias su folclore y qué esperas de tu trabajo en el futuro?

Lo que más me atrajo y me sigue atrayendo del folclore griego es su enorme riqueza y su extraordinaria belleza, puesta de relieve, espero, en las tradiciones sobre la caída de Constantinopla expuestas en las preguntas anteriores. Efectivamente, baladas como la del Hermano muerto, el Puente de Arta, canciones de bandoleros como las de Jristos Milionis, Vukuvalas o Zidros, canciones históricas como las del ciclo de la caída de Constantinopla (incluidas en ellas, evidentemente, las composiciones pontias) y algunos emotivos plantos pueden ser considerados sin ninguna exageración como unas de las creaciones más sublimes de la musa literaria griega. Además, no debemos olvidar que las manifestaciones folclóricas griegas tanto en verso y como en prosa -unas manifestaciones, sobre todo las primeras, que admiraron al mismo Goethe- son prácticamente las únicas del pueblo griego durante los casi cuatro siglos de ocupación otomana, con la excepción de las obras del llamado renacimiento cretense del siglo XVII. Al folclore griego dediqué mi tesis doctoral, en la que realicé un estudio formal, temático y comparativo de las baladas griegas, así como un gran número de artículos. En estos momentos estoy preparando una antología bilingüe griego/castellano de canciones acríticas y espero poder seguir trabajando en el futuro en este terreno. Dos aspectos del folclore griego me interesan especialmente: sus afinidades con el folclore de otros países mediterráneos y su función de portavoz de la mentalidad griega tradicional, algo que a menudo se olvida cuando uno hace una aproximación simplemente literaria a estas auténticas joyas del alma popular griega.

Querido Eusebi, te agradezco infinitamente la deferencia de aceptar este reportaje y te comprometo a seguir en esta línea destacando que seguiremos ampliando este apasionante tema.


 
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