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El autor

Textos

Salvador María Granés

Este madrileño (1840-1911) fue uno de los artífices de la «Edad de Oro» de la parodia teatral en España. Estudió leyes, pero pronto abandonó el oficio. Autor teatral muy prolífico, especializado en piezas breves de carácter festivo, satírico y paródico; la forma preferida para sus obras era la zarzuela. Su producción se divide entre las obras originales y los arreglos de textos franceses. Se escondía detrás del seudónimo Moscatel; así firmaba en los periódicos y revistas en que escribía, como La Viña, La Filoxera, Madrid Cómico o Gente Vieja. Llegó a ser director de varias revistas literarias y periódicos cómico-satíricos, como El Iris y La Aurora Literaria. Sin duda, fue uno de los autores más dinámicos en el terreno de las letras durante la segunda mitad del siglo XIX.

Obtuvo fama por sus parodias, gracias a su habilidad en la versificación, al estilo de Zorrilla (fácil y muy rítmica, sonora), y a la sabia combinación de cultura, gracia e ingenio. Sus personajes se desenvuelven a través de discursos llenos de agilidad, dinamismo e ingenio, sin caer en los estadios más burdos de la comicidad. Domina la creación de tramas disparatadas sin caer en lo inverosímil. Sus estrategias cómicas aproximan algunas de sus obras al terreno del humorismo inteligente, así reconocido por la crítica. Y, sobre todo, supo fusionar a la perfección la parodia y la sátira: se habla de «alfilerazos» en sus obras, en el sentido de que introducía constantes referencias irónicas y satíricas a la realidad circunstancial (histórica, política, económica, social, cultural, teatral...) en la que se daba el estreno; su intención era paródica, pero sabía aprovechar la flexibilidad del género para a través de chistes ocasionales buscar la complicidad del público, siempre dispuesto a tolerar esos guiños sarcásticos próximos al tópico. Su punto más débil eran, sin duda, los cantables, cuyas letras resultan ingenuas leídas fuera de situación (sin la música). Su firma era sinónimo de estreno exitoso y alcanzó prestigio entre la crítica, que tan frecuentemente se mostraba hostil a los productos paródicos. Granés supo como nadie desenmascarar los recursos convencionales y tópicos de las obras que parodiaba, veía con facilidad el lado ridículo de las cosas; se sitúa en esta habilidad al nivel del célebre Juan Martínez Villergas, que fue quien supo presentar al descubierto las convenciones y motivos tópicos del Romanticismo. A ese don de Granés se le suma su inocencia para con el autor parodiado, al que en ningún momento denigra. Conocía bien el mundo de la escena y el público, al que sabía cómo hacerle reír. La revista Madrid Cómico nos lo presenta así (16-06-1900): «Aunque alguien le quiera mal / porque toma el pelo al pelo / con ingenio sin rival, / Salvador es el Frascuelo / de la parodia teatral». La revista el Retablillo de Madrid Cómico le dedicó unas líneas con motivo de su muerte (13-05-1911): «Pertenecía a la pléyade regocijada de escritores chistosos, desordenados, bebedores y truhanes que constituían la bohemia española de hace cuarenta años».

A su habilidad para ver el lado ridículo de las cosas hay que sumarle su capacidad de improvisación, porque la clarividencia y la improvisación son requisitos indispensables para lograr la eficacia en el propósito paródico: la primera como elemento de apreciación y la segunda como elemento de oportunidad (la parodia requiere agilidad, inmediatez, porque mayoritariamente es un género circunstancial). Ganó merecidamente el prestigio de parodista por excelencia; así en Madrid Cómico (6-05-1883): «Satirizando es cruel, / y en las parodias no hay dos / que puedan luchar con él. / ¡Porque es la gracia de Dios / la gracia de Moscatel!».

Sólo con citar parte de su obra paródica podemos darnos cuenta de la extensa productividad que logró: La princesa de Trebisonda, El carbonero de Subiza, en colaboración con Miguel Ramos Carrión, Dolores... de cabeza o El colegial atrevido, Juanito Tenorio, Ni se empieza ni se acaba, Dos cataclismos, El mojicón, El voto del caballero, Carmela, Guasín, La farolita, La golfemia, La sonámbula, Lorencín o el camauzo del cine, La Fosca, Consuelo... de tontos, La de Don sin Din, La hija de la mascota, El salto del gallego, El marsellés, El balido del zulú, con Enrique López Marín, El rayo y La Sanguinaria. Según apreciamos, su producción paródica se extiende por la práctica totalidad de bloques temáticos en que hemos clasificado nuestro portal, de tal modo que observamos que no hubo apenas tendencia teatral de su período histórico que no escapase a sus recreaciones paródicas.



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