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El autor

Textos

Gabriel Merino y Pichilo

Este prolífico autor madrileño (1863-1903) fue redactor de El Imparcial, director de El Arte y de Gente Teatral, y colaborador de casi todos los periódicos de España. Escribió gran número de zarzuelas, juguetes, fantasías cómico-líricas, revistas y parodias, muchas de ellas representadas con éxito. Junto con Salvador María Granés, es uno de los parodistas profesionales por excelencia, debido a que se aplicó activamente a la recreación paródica, hasta tal punto que apenas hay bloque paródico, según la clasificación que proponemos, que no cuente con algún título suyo. Entre sus obras podemos citar: Currillo el esquilaor, La Iluminada, Miss Erere, La del capotín o con las manos en la masa, Los africanistas, en colaboración con Enrique López Marín, ¿Cytrato?... ¡De ver será! y ¡A cuarto y a dos!, ambas con Celso Lucio, Electroterapia, El cuñao de Rosa, en colaboración con A. Candela, El camelo, Mancha, limpia... y da esplendor, La pequeña vía, Juzgado municipal, El paraíso perdido, El sueño de una noche de verano... Sus parodias actúan sobre las convenciones de la obra remedada, que eran puestas al descubierto con acierto por el autor. Sin embargo, muchos de sus textos caen dentro de los esquemas fijados de teatro breve y del género chico, apenas muestran originalidad e ingenio, y los chistes y efectos cómicos resultan en ocasiones forzados y demasiado simples. En este sentido, su producción es inferior a la de Salvador María Granés, quien supo crear unas piezas teatrales más dinámicas, menos ingenuas, y con dosis puntuales de crítica que, si bien eran asistemáticas, producían efecto cómico y podían entenderse como pequeños toques de atención a las autoridades, cuya presencia siempre agradaba a los espectadores. Gabriel Merino no desarrolló hasta tal punto sus parodias, pues se conformó con marcar en ellas su aspecto lúdico y jugar, así, con el espectador, a quien le ponía al descubierto las convenciones de las obras teatrales de más éxito en el panorama escénico de la segunda mitad del siglo XIX; en este sentido, las parodias de Gabriel Merino aprovechan el contexto circunstancial de éxito de una determinada obra y están abocadas por ello a una vida tan efímera como pueda ser la de la vigencia escénica de la obra remedada. Sólo hay dos textos de los por él parodiados que traspasaron los límites de su período histórico: el Cyrano de Bergerac, de Rostand, y El abuelo, de Benito Pérez Galdós, aunque no es necesario indicar que en el momento de producción de sus respectivas parodias, ¿Cytrato?... ¡De ver será! y El camelo, aquéllas comenzaban su período de éxito, que era aún circunstancial. Sólo el tiempo las convirtió en clásicos. Por ello, Gabriel Merino, a pesar de su tremenda productividad paródica, no pudo trascender su época, pues vivió muy apegado a ella; sin ese determinado contexto teatral, su producción no habría existido. Y como la suya, la de la práctica totalidad de parodistas que estrenaron durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. A Gabriel Merino lo salvan, sin embargo, algunos momentos acertados de comicidad, que a pesar de la ingenuidad de los mismos, le hicieron ser respetado y bien acogido en los escenarios y, por supuesto, le dieron la posibilidad de vivir holgadamente, a costa de los aplausos del fervoroso público.



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