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Siete hombres en mi recuerdo(1) Acaso sea una ingenua vanidad del escritor considerar que es él quien valora y transmite a los lectores la voz de unos hombres que fueron famosos, porque la verdad es que son sus voces ilustres las que, por su variedad y calidad, honran la firma del que los recuerda. Este es mi caso ahora cuando, al cabo de los años, me vienen a la imaginación unas anécdotas que paso a narrar, advirtiendo que el orden de las mismas no es cronológico ni tiene en cuenta la importancia histórica de los personajes. Sucedió la primera en San Lorenzo de El Escorial, hace mucho tiempo. Dos matrimonios tenían la costumbre de dar un paseo todos los sábados por el extraordinario Jardín de los Frailes, que engalana un triángulo completo del monasterio. Mientras nuestras mujeres hablaban de sus cosas, Manuel Azaña, entonces conocido sólo como escritor, me dijo: --Creo que si un día nos encontrásemos por aquí con Felipe II no le hablaría de política, porque lo que ahora me apasiona y me entusiasma es esta arquitectura, considerada por todos como una de las maravillas del mundo... También fue El Escorial escenario de otro hecho, que volvió a mi memoria al anunciarse el traslado a España de los restos de nuestro inolvidable Monarca Alfonso XIII. Ocurrió en mis años juveniles con motivo de un viaje de Su Majestad, que venía a mostrar el monasterio al Rey Víctor Manuel de Italia. Como yo estaba considerado por los empleados del Patrimonio como "periodista escurialense", se me permitió entrar con el cortejo que estaba formado por tres o cuatro personas, además de los Monarcas. Al entrar en el Panteón de los Reyes, en el cual había algunas tumbas aún vacías, Don Alfonso, con su habitual buen humor, se acercó a uno de los mausoleos, extendió los brazos como para medirlo y exclamó: --¡Huy! ¡Aquí no quepo yo! Otro nombre, celebre en las Letras, fue el de Federico García Lorca, a quien encontré en una tertulia madrileña dos días antes de partir hacia Granada, donde le asesinó la envidia con el pretexto de la Guerra Civil. Por gastarle una broma de tipo surrealista le pedí que me trajese, a la vuelta, dos kilos de brisa de su tierra. Y él, con su gracejo habitual, me respondió: --Antonio, ¿pero tú no sabes que la brisa se mide por metros? Y, siguiendo con los escritores, pienso en don Ramón Pérez de Ayala, que una vez, mientras me encendía el cigarro, comentó: --Incluso el Infierno debe tener algo de bueno. Por ejemplo, los fumadores no necesitaremos cerillas. De Juan Belmonte recuerdo el día en que nació una entrañable amistad. Nos conocíamos, en aquella época, superficialmente y yo acababa de publicar una "Autobiografía" en la que afirmaba, con cierto descaro juvenil, que a mí, en eso de tutear a la gente, "nadie me ganaba por la mano". Y sucedió que una tarde, al cruzar un pasillo del Círculo de Bellas Artes vi que salía del salón de billar (donde estaba jugando) nada menos que Belmonte, que me gritó desde la puerta: --¿Cómo estas, Antoniorrobles? ¡Ahora si que te he ganado por la mano! A veces la voz nos llega por correo. Como esa respuesta, que tengo enmarcada en mi despacho, escrita por Alfonso Reyes con motivo de mi felicitación por un articulo suyo en favor de España. "¡Pero querido Antoniorrobles! ¡Si soy yo quien tiene siempre que agradecer a la España auténtica, viva en mi recuerdo y en mi corazón!" Y, para cerrar este ramillete de anécdotas, la historia de una frase que, como en tantas ocasiones, se le adjudicó a alguien que no la había pronunciado. Todo empezó con la enfermedad de don Ramón del Valle-Inclán, que se comentaba en el café donde teníamos la tertulia, cuando el médico me preguntó si quería dar sangre para una transfusión. Yo acepté y quedamos cítados para vernos dos días después en casa de don Ramón. Al llegar me encontré con la noticia de que una vecina del escritor había donado su sangre, y entonces. en broma, le dije a Valle-Inclán que había salido ganando, pues con mi transfusión hubiera corrido peligro de convertirse en un "autor de cuentecitos". Poco después conté lo sucedido a algunos amigos y a los cuatro o cinco días apareció la frase en un diario y luego en un libro biográfico, adjudicada a don Ramón y con el siguiente texto --No, no quiero la sangre amable de Antoniorrobles, por si acaso me encuentro sólo para la infancia. Así se escribe la Historia. 1. 1En ABC, ¿1979?.
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