Antoniorrobles
Su obra - Antología - El cuento infantil



El cuento infantil(1)

(Notas en letra pequeña, para leída solo por los grandes)(1)


1

         Quisiera ser sincero en estas opiniones, aunque bien fácil es decir que un cuentista de niños sentirá, de cuando en cuando, la tentación de mentir.

         Son apreciaciones casi serenas, expuestas en notas desordenadas, que no he tenido habilidad para unir en un prólogo, de orador, tal vez porque algunas se repiten, otras son paradójicas y contradictorias, y entre todas no dejan un fin completo y definido.

         Sin embargo, se ha dicho tanta baratería acerca de lo que ha de ser la literatura infantil, que bien puedo yo llenar estas páginas con los impactos de mis disparates.


        

2

         Es demasiado ligero y tal vez de un razonamiento demasiado cómodo, pensar en que la mejor literatura de niños sería la que ellos se hicieran.

         Aparte de la imposibilidad -imposibilidad con que, para afirmarlo, cuentan los que lo afirman- hay que tener en cuenta que la literatura para los hombres no la hacen los hombres. La hacen ciertos temperamentos, cuya especialización o instinto proviene de ver la vida. Y en el niño no hay tiempo de preparar especialización ni ocasión de advertir el instinto sereno de la observación.

         La psicología del niño no ofrece condiciones para dar un cuentista.

         Otra cosa sería convertirse el escritor en niño; pero después de saber que es escritor. Entonces no sería un niño simplemente, sino un escritor convertido en niño, un espía, en fin, muy útil, ciertamente, para orientarnos luego respecto de la literatura infantil.

         Pero ya veis que ésta ha sido una digresión sin fundamento.


        

3

         Las observaciones de cada Profesor respecto de los niños, salen turbias y yo creo que hasta arbitrarias.

         El niño no sabe lo que quiere; y el Profesor lleva tales prejuicios científicos, que llega a creer que el niño quiere lo que él cree.

         La verdad sería que para hacer un cuento a los niños habría que tomarles la medida del alma.

         Porque es que hemos arrojado por el balcón las dimensiones con un gesto de desprecio, en aquel bobo momento del tránsito a la pubertad.

         Hicimos bien, además, si habíamos de seguir adelante.


        

4

         A veces, el hombre bien refinado, sin gastar tiempo en pensar, ha creído que el cuento infantil podía ser la estampa, estática, poética, bella e ingenua, con una flor, una mariposa, un pajarillo...

         Piensa así porque ve en el niño, también, una estampa estática y decorativa.

         Pero eso no puede ser. Esa no es la ingenuidad del niño. Hay que inquietar el cuento, mover la aleluya. No seamos tan cándidos o tan cómodos. Hay que removerles graciosamente en el alma esas lindas estampitas, pero con sugerencias vivas.

         Buen tema es la flor; buen personaje: pero que no se limite a decir la frase perfumada. Debe moverse -o mover su charla- en estampas de un toque literario como el colorín en las estampitas de los pliegos de aleluyas.

         Sugerir, sugerir movimientos: bichos que se mueven, globos que se mueven, huracanes, que son el movimiento mismo... La literatura infantil ha de ser como el ritmo del movimiento: la danza de los temas gustosos de la infancia; esa danza nueva, que es tan sólo la estilización de la ligereza.

         Tenemos los cuentistas que aprender a sugerir, para que ellos aprendan a leer sugerencias, que es en definitiva la emoción de la lectura.

         No se puede hacer simple poesía estática. Estamos siempre en peligro -repito- de creer que hay que hacerles linda poesía en prosa. Patina uno hacia esa creencia, que es tangente -con su punto de contacto y todo- con la realidad.

         Pero Platero y yo, precioso libro con exceso de poesía limpia, tan clara como si estuviera iluminada con blancos, que hasta tiene variadas sugerencias -no movidas sugerencias- no ha cuajado, y es por eso, por falta de inquietud varia. Y le pasa ya lo que a un texto, que cuanto más conocido es en los colegios, menos popular resulta.


        

5

         Cuando en estas notas escribo "cuento infantil", entendamos que me refiero a la literatura para niños, al objeto de la literatura -cuento literario infantil- en el recreo de los niños.

         Entiéndase que me refiero al cuento que ofrece sensibilidad, no al de aventuras secas, de esas que anegan en el alma infantil, amorfa aún, ese espejo -tesoro natural de la vida- donde había de reflejarse luego la emoción del arte y la literatura. Y si se anega de tierno, difícil de limpiarse es después.

         Dañan en esa edad, para el porvenir, las aventuras insensibles, como luego, en la edad siguiente -que es la de la pubertad- dañan las narraciones de tono subido, si no se las enriquece de literatura (que así, enriquecidas, sólo hacen un daño: el físico).


        

6

         Intelectualidad revestida con cascabeles, alta ejemplaridad, sutilidad sutil -expresión sutil del sentir sutil; eso quiere decir la redundancia-, conceptos graves, aun en expresión sencilla...

         ¡Todo inútil y antipático!

         (Todo inútil!, ¡qué lástima!)


        

7

         Cansan un poco las verdades, porque todas llevan el peso de la razón: la lección de la razón. Cansan las razones, y más los razonamientos. Cansan, en fin, las verdades, como cansan los trabajos de los seis días del Señor.

         Sea el domingo como una mentira, si es una mentira clara, alegre y entretenida.

         El cuento infantil es el domingo y hasta debe de estar en esa proporción de uno a seis con las verdades.

         Si en los días del trabajo y de la razón denigra el embuste en los labios, en los domingos el embustero sea el hombre del día.

         Un cuento es un domingo, después de seis razonamientos o lecciones, si lleva luz. Sol de domingo, si lleva literatura.

         Y no llevará razonamientos culturales; pero bondad, sí. Echesele puñadas de bondad sin lágrimas. Bondad... como de hombre gordo. Paz, reír en la paz, bailar en la paz, un gesto simpático en la paz...

         Pero cultura..., ¿para qué? Si la proporción está marcada -de seis a uno, o la que sea-, ¿para qué la cultura en el cuento o en el domingo?.

         Si lo nota el niño, se entristecerá; lo cogerá manía. Será como un domingo en que se quedará castigado.

         Bondad, sí. Y, desde luego, moralidad. Moralidad intachable, exageradamente intachable -santificar así la fiesta, o sea el cuento, o la mentira, o la holganza-. Y para que no se noten huellas dactilares de la Pedagogía que pongan en guardia al chiquito que a esta hora no quiere lecciones, expóngase la moralidad por carencia absoluta de inmoralidad. Yo creo que es lo mejor.

         Si acaso, ejemplos muy simplones.


        

8

         ¡Cuántos juguetes estúpidos, creados por los hombres con toda su ilusión y poca meditación generosa, que los pequeños han tenido que destrozar para buscarles la forma simple y la vida íntima que ellos apetecían!

         ¡Cuántos juguetes, por lo general complicados con la cultura, que los padres admiran sobre el cristal del mostrador, y que, porque a los grandes distraen, han aburrido luego a los niños!

         ¡Cuánta literatura infantil, que hasta a los grandes distraen también, y a los chicos no!

         Y es que una vida la de los niños, que desde lejos, muy desde lejos -una lejanía de veinte o treinta años-, hemos de imaginarnos casi íntegramente. Sobre todo la vida interior -leyes, costumbres, psicología- hemos de imaginárnosla solamente. Ahora que nos empeñamos en no darnos cuenta de ello.

         Desconfía sinceramente de mis cuentos infantiles que alguna vez hayan merecido el elogio de los grandes. (Además, el escucharles me hizo el efecto de que me había curioseado en el armario que yo dejé abierto para los chicos y para mí)

         A un hombre no debe entretenerle demasiado un cuento para niños. Y si resulta exagerada esa opinión, póngase mejor que el cuento no está obligado a entretener al hombre.

         Porque si se considera obligado, el autor no es cuentista sincero, ¡ea! Se aprovecha de la inocencia, de la bobería, del infantilismo indefenso, para salirse de su obligación y hacer sus lirismos personales.

         Que el cuento verdaderamente infantil ha de ser literatura que no llegue directamente a los adultos, se advierte en que de mayores censuramos las aficiones de la mocería, y la mocería las de la infancia; cuanto más, lo que salta de la infantil a la madurez.

         ¿Que también hay edades de la infancia? Ciertamente. Pero y a esa distinción confieso que no llego. Escribo cada cuento y digo: "¡Caiga donde caiga!... Para niños va..."


        

9

         El niño demasiado perverso que se hace demasiado bueno y dulce es tema que está en peligro de no hacer huella ya... o nunca lo hizo.

         Andan los chiquillos como picardeados contra esas cosas. No se burlan porque no es edad de reflexionar; pero les aburren los niños demasiado dulces y buenos, y les empalagan los bosques demasiado encantados.


        

10

         Dibujar, dibujar cositas, estampas literarias colgadas del hilo de la inquietud imaginativa: ese es el sustitutivo del movimiento, en estos recreos donde hay que soportar que no se muevan las cosas.

         Si no es así, el verdadero movimiento -que siempre llama la atención y a veces lo hace sin cultivar la sensibilidad- le comería el terreno a la literatura infantil, desmoralizando la atención del chiquillo.

         ¡Cuidado! Mover no es correr. Que corran a su tiempo. No confundir la literatura, por muy de niños que sea, con el deporte. Mover es variar; es, solamente, no aburrir con la misma postura.

         En los cuentos literarios, a cada momento debe procurarse una estampa -literaria- que tenga interés por sí misma; que detenga ante su propia inquietud, cómo varía de una viñeta a otra las líneas el historiador por dibujos.

         Si antes pudo haber cuentos lentos, premiosos, con sólo un asunto lánguido y repetido, era porque la vida de los mayores era así y al niño se le desatendía aun en sus cuentos; pero hoy el cine nos lo hacer mover, nos lo hace ir ligeros, de asunto y desarrollo. Y no los hacer correr para terminar pronto, conste sino par ir de prisa, aunque sea largo, largo, largo.

         ¡Cosas!, ¡cosas!, ¡sucesión de cosas!, ¡sucesión de miradas!... (Que no siempre quiere decir: "sucesión de sucesos".)


        

11

         Hay que irles ofreciendo imágenes literarias muy simples; que las vayan saboreando gratamente.

         Eso educa la sensibilidad y despierta el amor a lo pequeño.

         Hay que enseñarle a amar lo grande y lo chico por igual. Hay que acariciar literariamente la gran polvareda que hace bajo el gran cielo el gran regimiento del gran castillo que hay a la punta de la gran montaña, y la cintita de la sandalia de cualquier soldadillo, que le ata en equis.

         Esta educación de la sensibilidad es la única lección compatible con el domingo.

         Porque literatura es educación, aunque no se cultura.

         Démosles, además, ambiente limpio y luminoso, y policromía; pero policromía simple y plana.

         Sea cada cuento cien cartelones -o cien estampitas- con una selección de detalles -no con todos los detalles- y las figuras dibujadas en un movimiento.

         Palotes, palotes de la sensibilidad, de la imagen literaria, de las psicologías, de las buenas emociones artísticas; palotes con esa inclinación acertada de los palotes, que luego es la inclinación de toda la escritura.

         Aquí, de toda la literatura.


        

12

         El personaje enemigo debe llevar siempre un poco de bondad en la punta de la lanza, y no rematarse su figura jamás con veneno.

         Jamás demos la posibilidad de un hombre malo; irremediablemente malo.

         Ni humillemos nunca a ningún personaje. Ese espectáculo no debe aprenderlo un niño.

         Ni las humillaciones, ni las muertes. Y menos, los asesinatos; ni como castigos. Y si hubiera una muerto, no untarla de tristeza alrededor, sino de la conformidad del hecho inevitable... y pasarla ligera.

         En mis libros de chicos no habrá jamás dos hermanastros que se odien. Ni se notará demasiado clarooscuro de buenos a malos.

         Yo digo la verdad: a mis malos... hasta trato de disculparles alguna vez. Y, sin embargo, mi conciencia está tranquila, porque os aseguro que mi idea no es desmoralizadora.

         Tal vez disculpo para enseñar a disculpar: tal vez porque todo es disculpable, ciertamente.

         Creo que serán los adultos de mal pensamiento los que crean que con estos los niños, más que a disculpar, aprenden a "disculpar-se".

         Yo no soy malicioso, y espero que siguiendo mi pluma con la lectura, no lo sean tampoco mis lectorcitos.


        

13

         A veces sirvió la Magia para los cuentos ejemplares y pedagógicos. Pero ya ¿qué cultura puede haber a base de esa gran mentira?

         Sin embargo, para algo nos sirve en el cuento embustero de los domingos. Y si no es para reírnos de la "de vuelta" ya de conocerla -cosa que puede hacer el humorismo agudo, pero no el niño, porque el niño no ha "ido" todavía-, sí, al menos, nos sirve para distraernos con ella, sobre todo cuando procura comodidad y ligereza a la solución definitiva y final del cuento.

         Es decir, la emplearemos -si sabemos hacerlo- como juegos de prestidigitación ante un público infantil que sepa -que lo vea claro- que hay trampa.

         Mas, ya digo que para el niño no puede ser el intelectual humorismo nuevo que alguna vez, como fiel discípulo de tan acertada escuela, he querido dar a mis cuentos. ¡Qué gran equivocación!

         Porque, ¿Cómo va a comprender el chiquillo la ironía moderna, dedicada como por fórmula -no siempre fácil de aplicar y siempre un poco complicada- a volver del revés y hacer fracasar los finales de toda literatura del lugar común, y en este caso la del cuento infantil, que colma el lugar común como ninguna otra literatura?

         ¿Cómo emocionar y conseguir que florezca la ironía del niño si aún no ha vivido y aún no ha leído, y al no saber la vida ni la literatura, menos podrá juzgar esas interpretaciones de regreso?


        

14

         El cuento para leído ha de ser distinto del cuento para contarlo, como el orador y el escritor toman temas distintos.

         No se nos censure que el escrito no tenga demasiado interés total, porque su misión es interesar por párrafos, por escalones. O sea que el viaje debe ser lo agradable; viaje lleno de sugerencia, aunque va a un término, y las sugerencias van engarzadas hacia un fin. (Que están obligadas a engarzarse, además.)

         En cambio, el cuento contado, el del orador -dicho sin ampulosidad-, es el que ha de tener interés final desde el principio, viajando sobre los gestos del actorcillo que relata. Será un cuento de corro de pequeños, que también debiera cultivarse, ciertamente, aunque no sé cómo.

         Del relato infantil escrito, del cuento literario para leído, no hace falta que queda nada contable. Piérdase, si quiera, como se pierde para el espectador una puesta de sol: que nadie recuerda cómo fue.

         Lo que es preciso es que hay corrido bajo la piel del lectorcito el juego de venillas de la sensibilidad. Ha de ser, lo repito, una plana de palotes de la emoción y de la sensibilidad.

         ¿Es que el cuento que se recuerda es el mejor? En la literatura del adulto creo que no. Hay muchas circunstancias ajenas a la literatura, pero no al escrito, por las cuales se recuerdan los asuntos de otros cuentos que no nos parecieron los mejores.

         La memoria no es la sensación, puesto que la impresión no es la emoción.

         ¿Y no pasará lo mismo en la literatura para los chicos? Seguramente que con mayor motivo. Pero asegurarlo sería gratuito.

         Creo sinceramente que el asunto, a base de no ser cultural, no es preciso que sea rebuscado para que quede en la mente de los niños.

         Repetimos: que se queden, se es posible, con una selección de detalles de humor, y hasta de sentimiento; con una selección de detalles que, bien hondos, y hasta borrosos por hondos, los niños no sabrán expresar en su corrillo de amigos.

         ¿No es así, también, la moralidad artística nueva? ¿No es así -pero en grande- como vemos, desde los gemelos de las nuevas interpretaciones, la vida nueva?...

        

         Detalles, y no porque nos detengamos en detalles en este momento en que se vive de prisa. Detalles, porque, como se vive de prisa, gusta no perder el tiempo y que en cada segundo gocemos un detalle florecido.

         Nada de perder las horas esperando el asunto. Venga el asunto más tarde o más temprano; pero que no hayamos desperdiciado el tiempo.

         Literatura: selección de detalles en el ambiente y en las psicologías.

         Literatura infantil: escrupulosa selección ad hoc, de detalles; escrupulosa y simple a la vez. Y ahí está lo difícil.


        

15

         Conviene no dar del todo de lado a los Magos, los Reyes de barbas blancas, los Príncipes jóvenes, las Princesas que se casan, los Castillos, los Palacios y los Tronos, porque exaltan y fijan la atención, y se reviste el cuento -algún que otro cuento- de un gran decorativismo.

         Se aristocratiza la sensibilidad, y a la sensibilidad puede recomendársele que se aristocratice. Es a lo único de debe recomendársele.

         De la pobrecita vieja del bosque hay que ir prescindiendo, porque debemos orientar la claridad y los buenos y alegres sentimientos hacia las penas de auténtica existencia, y sin negruras.

         Y, por último, no debe prescindirse de los bichos -fieras o mariposas-, porque facilitan mucho el movimiento de la estampa escrita. Sale un tigre a escena y se mueve por sí solo en la imaginación del lectorcito.


        

16

         Creo que no será buen cuentista infantil el que no sacrifique su estilo personal.

         Es creencia mía que no existe, que no puede existir un buen cuentista infantil cuya personalidad sea inmediatamente infantil.

         Creo que hay que sacrificarse siempre.

         Pero es un género muy peligrosos, que cada uno suele conceptuar como le conviene, sacrificando en sí, si acaso, no más que lo que le parece, y no lo que le gusta de su personalidad.

         Hay que ser desinteresado de su vanidad literaria, como aquel a quien un soldado analfabeto le pide que le escriba una carta para su madre: que la madre recoja puro e íntegro al hijo que dicta.


        

17

         El problema religioso, ni aun el amor religioso, es ni para acariciarlo por los cuentistas.

         Sólo mencionarlo es profanar el terreno de las madres.


        

18

         Tampoco debe darse un paso atrás ni un tropezón, según se camina del brazo de la Gramática. Ni una sola rebeldía contra el Maestro, aunque no seamos su colaborador.

         (Yo, señor Profesor, me confieso de que, como ni las pronunciaciones ni la sintaxis tiene nada que ver con las mayúsculas, de ellas he abusado, porque decoran, engalanan, amenizan y visten, y son respetuosas, además. Yo no escribo, si es para los chicos, estrella, ni princesa, ni maestro. Yo les pongo siempre: Estrella, Princesa, Maestro...)

         También conviene decorar las páginas de los niños, de cuando en cuando, con anormalidades tipográficas, islas en la monotonía de las treinta líneas, y treinta más, y otras treinta de cada página; sean estas islas una lista de cosas, o un cartel anunciador del circo, o el letrero de una puerta, o una tarjeta de visita, o tantas cositas más.

         Estampas tipográficas; ilustraciones, casi. Son poco serias, pero no resultan ningún pecado.

         Además, conviene que la tipografía y el chiquillo simpaticen desde el principio de la vida.


        

19

         En resumen: ¿Qué moral debe quedar del cuento después de leído?...

         En los míos me limito -creo, a que, no sólo no haya las menores intenciones amorales, sino también a borrar su existencia de allende los márgenes del libro. Si acaso, las amoralidades fáciles se asomarán al cuento siempre en una clara senda de modificación hacia el bien.

         Es cierto que no sé -seguramente me lo propusiera, porque no soy pedagogo -introducir la moral con ejemplos de cuento. Pero me gustaría irla inculcando por exclusión, poco a poco, con esas sensibilidades clara y sinceras, muy unida a la literatura, que dejan transparente el alma.


        

20

         ¡Cuánto me hubiera gustado haber respondido con mis cuentos, por lo menos a mis fórmulas!

         Pero releídas estas notas, advierto que una mano picardeada ha llevado la mía con intención de disculpar algunos defectos de mis relatos.

         Mas no has sido bastante...

         Mis cuentos son demasiado estáticos, y muchas veces de asunto poco claro. Me salían sin ingenio de trama... y así los dejé, ya que no me atreví a hacerlos sin asunto.

         ¡Qué le vamos a hacer!.. Otra vez será... o tampoco será...

         El Escorial, 5 de diciembre de 1929.



1. Publicado en 26 cuentos infantiles en orden alfabético. Madrid: CIAP, 1930, pp. 9-19.



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