![]() |
|
|
¿Dramas para el niño? No?(1) Era fuerte y áspera con amarga ironía, la indignación de aquel contertulio. Sus palabras vinieron a ser éstas: --Me ha indignado un cuento que va en un librito que me regalaron para mi hijo. ¡Es un relato en el que había una niña con su sombrilla! ¡Qué barbaridad! Por lo visto pretenden que los niños se crean tan tremendo disparate. --¿Qué edad tiene su hija? --le preguntó otro contertulio --Siete años. --¿Y se lo creyó? --¡De ninguna manera! --Pues tenga la seguridad de que el autor no deseaba tal creencia. Sólo entretenerla. ¿Y usted supone que la niña pudo creer que el lobo se comió a Caperucita? --Sí... Eso sí. --Pues eso es peor --le dije--. Y este diálogo, quizá inventado en mi oído, me hizo pensar, ya en la paz de mi soledad, en los dos puntos de aquella conversación: el lobo y la sombrilla. ¿Y que brotó de mi pensamiento? ¡Ea, voy a apuntarlo! ¿No traen los niños dentro a todos los adultos, que viven luego en el mundo total su cotidianismo? Sí, así es; por lo cual nada debe importarnos tanto como la atención a la infancia. Y ese diálogo nos recuerda el que hayan sido a veces censuradas las modificaciones de algunos viejos cuentos, llamados luego infantiles. No estamos de acuerdo con tales censuras; pues qué, ¿podemos aceptar en Andersen que se diga que Cupido, en el cuento El niño malo, "cuando las jovencitas salen de la escuela, y aun cuando están en la iglesia, él las acecha"? ¿Podemos soportar del mismo famoso autor que en su cuento de Nicolasín y Nicolasón --donde se esconde para los niños un amor semejante a los pícaros de Bocaccio--, uno de ellos dé un hachazo a su abuela en la testa para sacar algún dinero?... Además, en los relatos de la infancia no debe haber sucesos de amor que tengan que esconderse. Por cuanto a Grimm, ¿es correcto ofrecer al niño el relato en que un pajarito, para vengarse de un hombre --del que en ese cuento, el ave anuncia constantemente: "¡te costará la vida!, ¡te costará la vida!"--, se ponga en la cabeza del enemigo, y cuando la esposa va a dar un hachazo al pájaro mata al marido? ¿Y es soportable ya que el lobo de Perrault se coma a Caperucita y allí quede "requiescat in pace"? También son peligrosas las leyendas, pese a su hondo interés, para la cultura del adulto. Pasemos ahora a Amicis, el crítico que quiso acabar con las brujas, las hadas y los perros que hablan, seres en los que el niño no cree, pero que yo acepto porque pueden ofrecer un final de alegre ternura. Amicis, por su deseo de terco y amargo realismo, en su libro infantilista, tan conocido titulado "Corazón", dedica un capítulo a los muchachos ciegos, en el que un maestro --ejemplar, según el autor, pero ajeno a mi criterio-- dice a los niños que los ciegos "están sumergidos en perpetua oscuridad y como sepultados en las entrañas de la tierra". El concepto es una tremenda amargura que rodea a esas desgracias. Mas, sus páginas siguen dolorosas con capítulos que se titulan así: "Mi maestro muerto", "Los niños raquíticos", "El chiquitín muerto" y otros. ¡Oh, yo no lo acepto! No acepto dolores para entretener a los niños ni acepto el creer que sufriendo un castigo el personaje malo del cuento el lectorcito se hace bueno. ¡No es verdad!, no; lo medita y, en cambio, le entretiene el castigo. Ya sabemos por los adultos que el que no es ladrón o cruel por miedo al presidio, la maldad sigue dentro. Lo que hay que hacer es educar el alma y el carácter. El malo puede aparecer en el cuentecito para atraer de momento la atención, que ha de llevarle a un buen final. Mas brota en nuestro criterio que lo trascendental es perdonar con aciertos literarios a ese malo, con el final de su gratitud, su bondad y su emoción. ¡Que las hadas, las brujas, los príncipes del cuento y los campesinos y esos lobos o esas sombrillas que hablan, nos lleven siempre a una feliz y risueña bondad! Eso, siendo antes buenos o malos. Yo ansío que todos esos cuentos de Grimm, Perrault y Andersen, fruto de indiscutibles genios, que los siglos del adulto supieron conservar, sean modificados en el nuestro, donde la civilización va tan rápida. Modificar sus cuentos para ofrecérselos a la actual infancia, yo lo considero como un homenaje que ofrece nuestro tiempo a estos escritores de la genial imaginación, que muchas veces no ofrecían su mente al niño. Eran para los adultos de su alrededor. Confieso, en fin, que a mí no me interesa preguntar cuáles son los relatos preferidos por el niño; lo fácil es adivinárselo; pero no me interesa tampoco darles lo que desean, hay que hacerles desear lo que les conviene, es decir, lo que sus padres y maestros consideran que les conviene, para lo cual el escritor, el corrector de aquellos relatos famosos ha de tener cuidado de conservar, pero ya limpias de morbosidades, aquellas famosas inquietudes. Es difícil, pero hay que buscar una nobleza que pueda caminar en lazo con las rapideces de la civilización. Personalmente he aquí nuestro resumen: el día en que todos aprendamos a perdonar ya no habrá que perdonar a nadie. ANTONIORROBLES 1. 1Publicado en la sección "Tribuna Abierta", del diario Ya, 16 de abril 1975.
|
|
|