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Mi encuentro con Antoniorrobles(1) Carmen Martín Gaite Durante los años de la República floreció en España un artífice de la canción infantil, a quien
no vacilo en calificar de genial, que se firmaba Antoniorrobles, así, todo junto, como si su modestia le
impidiera desplegar por separado la bandera del apellido. En casa de mis padres se conservan, aunque
Muchas veces, en este árido y ya tan dilatado período que nos separa de los años treinta, a lo largo del cual la literatura infantil ha venido orientando y condenando sus preferencias con progresiva y alarmante monotonía, ora hacia la ñoñez ora hacia la violencia, me he preguntado qué habría sido de aquel escritor irónico, tierno y surrealista que con tan acierto era capaz de tender a los niños su excelente prosa como una mano para enseñarles a hacer piruetas sobre lo cotidiano y sobre lo mezquino, quiebros con que burlarlo y desmentirlo; aquel hombre cuyo rastro parecía haberse borrado de la memoria de los vivos. En una ocasión mi padre consiguió enterarse por no sé quién de que vivía en el exilio y no volvimos a saber nunca nada de él, pero yo me resistía a darlo por esfumado ni por muerto, y en un reducto nebuloso donde germinaron inadvertidamente los primeros modelos para nuestra intuición literaria, han vivido siempre una existencia subterránea y autónoma los personajes de ficción de Antoniorrobles, criaturas inmortales por su triple condición de absurdas, de generosas y de fantásticas. La primavera pasada me enteré casualmente por un amigo de que Antoniorrobles, ya octogenario, había regresado de Méjico y residía en El Escorial. La noticia me produjo una gran alegría, decidí ir a visitarle e incluso estuve hablando de él con mis amigos de la editorial Nostromo para ver de interesarles en la reedición de alguno de sus cuentos que, como era de esperar, no conocían. Quedaron aplazadas las gestiones con la llegada del verano, y los múltiples e inútiles agobios que teje en torno nuestro la vida de la ciudad fueron demorando, por otro lado, mi propósito de visitar al viejo escritor. Hace una semana, estando de paso por El Escorial, mi encuentro casual en un café con Manuel Andújar facilitó de forma inopinada el cumplimiento de mi proyecto pendiente, porque vino a resultar que Andújar estaba citado allí con Antoniorrobles, a quien había conocido durante su estancia en Méjico, y al darle yo noticia de mi interés, se brindó a presentármele con gran satisfacción por mi parte, ya que siempre he dado más valor a las coyunturas que configura el azar que a las que vienen forzadas por una deliberación previa. Antoniorrobles, que apareció en el local al poco rato en compañía de su mujer, es un hombre alto y algo encorvado que no está seguro de si son ochenta los años que acaba de cumplir el pasado 18. Tiene las manos grandes, la mirada entre ingenua e irónica y un humor ausente con vetas de disparatado. Acostumbrado como está a que casi nadie en el país se acuerde ya del santo de su nombre, acogió mis encendidas palabras de salutación y homenaje con una perplejidad incrédula que poco a poco se fue diluyendo ante la garantía de los datos que mi memoria le aportaba. De los cuentos de que yo le hablaba, di jo que se acordaba poco, porque durante la guerra perdió todos esos libros y nunca los ha vuelto a releer, así que, a petición suya, le conté el argumento de algunos de ellos, poniendo en mis improvisados resúmenes la emoción inherente a la situación misma que los provocaba. Le hablé del camello que se fingió juguete para no dejar sin regalo de Reyes a un niño pobre, de «la princesa que no en vano se dejó lamer la mano», de la niña Cristalina que no tenía amigas y llegó a conseguir que su imagen en el espejo le dirigiera la palabra y saliera del cristal para jugar con ella, de las proezas del avioncito de hojalata que era un juguete tan modesto que a su piloto sólo se le veía de perfil, del pavo que se comió los cerditos que habían puesto en el belén, porque estaban hechos con bellotas, de la niña que se metió a astrónomo y evitó la catástrofe de un cometa que amenazaba con destruir la Tierra. «Pero ese tipo tenía mucho talento, ¿no te parece?»-- le oí decir al propio Antoniorrobles que, como por encanto, estaba allí en carne y hueso recogiendo de mi boca los cuentos que él tantas veces me contara--. «A saber si no los copiaría de alguien --añadió luego--, la gente de ese tiempo se copiaban mucho las cosas unos a otros.» Pero debajo de esas bromas se le veía emocionado, y en un determinado momento me cogió las manos y me miró con ojos brillantes, mientras me daba las gracias. Puedo decir, sin el menor asomo de retórica, que esa mirada de Antoniorrobles me devolvió un tramo perdido de mi infancia. ~le vi de repente no en aquel café de El Escorial, sino acurrucada en un viejo sofá verde de mi casa de Salamanca donde me sentaba a leer cuentos y a soñar prodigios, a los siete, a los ocho, a los nueve años; vi el cuarto de jugar, las mariquitas recortables, los tebeos; percibí el desorden, la luz, el olor de la estancia aquella con los juguetes tirados por el suelo, los ruidos de la cocina colándose a través de la puerta --«¡Niñas, que vengáis a comer!»--; vi los árboles oscuros que asomaban por encima de las tapias de un jardín que había al otro lado del patio. Si alguien, en una de aquellas mañanas en que yo empezaba a descubrir la ebriedad de la lectura, me hubiera dicho que un día iba a estar sentada en un café con Antoniorrobles y que iba a tener también yo libros de cuentos sacados de mi cabeza y colocados en los escaparates de las librerías, me habría quedado sin respirar, incrédula y fascinada, en espera del portento; habría pensado seguramente que sólo bajo la batuta de un demIurgo como Antoniorrobles podían operarse transformaciones de esta índole. Y en parte, era verdad. Detrás de mis mejores cuentos, como La chica de abajo o Tendrá que volver, late sin duda la sombra de Antoniorrobles, y uno de los móviles que me han traído a escribir estas líneas es el de declarar públicamente aquí mi deuda con este maestro, porque cada día la veo más clara. El segundo móvil, y mucho más importante, es el de hacer un llamamiento a todos los editores que tengan un mínimo de olfato literario y de buena voluntad para con la indigencia mental de los niños de hoy, alimentados a base de subproductos miméticos, bazofia disfrazada de actualidad. Precisamente Antoniorrobles con su prosa da un mentís a los criterios erigidos en aras de la actualidad: él es moderno porque es perenne. Hace cuarenta años echó a navegar al río del tiempo sus creaciones literarias como una frágil y enhiesta flotilla de barcos de papel; desde la orilla los miró alejarse a impulsos de su soplo seguro, y ahora, al cabo de los años, de puro no pedirles cuentas, de puro desprendimiento y confianza, ha llegado a perder la memoria de su rumbo. Pero aún queda gente en el país para preguntar, como yo pregunto: ¿ Por qué, en nombre de la justicia más elemental, no le ayudamos entre todos a refrescar esa memoria? 1. 1En Informaciones, septiembre de 1975. (Reproducido en La búsqueda de i.nterlocutor y
otras búsquedas. Barcelona: Destino, 1982, pp. 181-186. Destinolibro, núm. 176).
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