Antoniorrobles
Estudios e investigación

Recuerdos de una visita a El Escorial (1979)


Antoniorrobles, el bueno(1)

Arturo Medina

Perdona, Antoniorrobles, que al trenecillo de tu nombre yo me haya permitido agregarle ese vagón de primera. El apelativo de tu bondad, ya para siempre nuestra.

Arturo Medina Antonio Joaquín Soler, hijo de Félix, de profesión médico, y de Adela, de profesión sus labores, fue inscrito de este modo en el registro parroquial de Robledo de Chavela. Acababa de nacer. Un día --el diez y ocho-- de agosto de mil ochocientos noventa y cinco, y era el tercer varón de los cuatro hijos que tuvo el matrimonio. Al llegar a hombre, arrastrado sin remedio al oficio de las letras, le vino en gana firmarse, llamarse, Antoniorrobles. Sin más. Y por Antoniorrobles, en simbiosis semántica los dos sustantivos, se le estudia y se le cita. Y con Antoniorrobles por bandera Antonio Joaquín Robles Soler, aquel muchachito de Robledo, penetró, andando el tiempo y por propia voluntad e instinto, en los maltratados campos de la literatura para niños. Esto ocurrió allá en la década de los veinte, siendo colaborador de la revista Gutiérrez. Dejó atrás aficiones de torero, descuidó sus escritos para adultos, y halló el camino y enderezó entuertos. Desde entonces a la infancia iban a ser dirigidos sus mejores afanes de creador.

Antoniorrobles vive ahora, y de nuevo, en El Escorial. En la parte alta de la villa y en una placita donde se encuentra la casa que el padre construyó --l909-- para poner consulta e instalar familia. Antonio y Angelines --Angeles García Palencia, su mujer, su fidelísima compañera-- habitan la planta baJa y disfrutan de un pequeño jardín interior con gorriones. El hogar es cómodo y el sol y el silencio se cuelan por las ventanas. Volvieron en 1972 a los treinta y tres años de exilio. Una paz de arribada a puerto se respira entre los muros, que guarecen, como restos de naufragios y forzadas renuncias, muebles, cuadros, cerámicas, libros... A tal casa, hasta El Escorial -El Escorial permanentemente encardinado en los azares del destierro- hay que subir para verlos y abrazarlos. Antonio ha perdido la vista. Pero sus gestos son ágiles. Resplandecen. Y su voz, fuerte, modulada, le borbotea por la ancha sonrisa de su jovencísima ancianidad de sueños. A su lado hay que callar y escuchar. Y dejarlo que cuente y cuente... Es el tributo a que tienen derecho los narradores natos: el silencio de sus oyentes. O en extremo, alguna leve alusión o interrogante, y la exposición continuará fluida y cálida. El "érase una vez..." es, en boca de Antoniorrobles, acontecimiento real. Próximo.

¡Y yo que pensaba redactar artículo de erudición sobre la significación de Antoniorrobles en el panorama de la literatura infantil! O algo semejante. No me ha sido posible. En esta ocasión el autor ha vencido a su obra. Antoniorrobles me ha escamoteado a Rompetacones, a Azulita, a los Hermanos Monigotes, a la bruja Doña Paz, al Niño de la Naranja... Debería haber dado noticias de su difusión en lenguas que nos son extrañas -¡esos cien mil ejemplares de la espléndida edición rusa de Villacolorín de las Tintas!-. O de sus premios internacionales, o de los inconfundibles estilo e ideología de sus invenciones, o del paralelismo diferenciado con Bartolozzi, el otro grande de esta literatura del éxodo. O de cómo no hace mucho en España las jóvenes generaciones han comenzado a saber de él, tras injusto paréntesis de ocultamiento y desestima. Y, por supuesto, que para una posible Preceptiva de Literatura Infantil, tendría que haber referenciado las abundantes conferencias que pronunció y que recopiló en su famoso ¿Se comió el lobo a Caperucita?. En fin, todo esto se lo debo. Pero que quede firme que del retraso en la deuda, Antoniorrobles es el culpable. Y es así, porque después de conocerlo --ayer mismo-- entendí que seria falsearme si, antes de nada, yo no hablara de la impresión, de la admiración que en mi ha despertado la seria, la noble humanidad de Antoniorrobles. Si en prioridad a cualquier análisis de sus personajes y peripecias, de su lenguaje e intención fabuladores, yo he de resaltar su bienaventuranza, su humor, sus alegrías. Aún más destacables en un ser con las espaldas dobladas por los años y doloridos aconteceres. Ciertamente en las presentes líneas soy simple fedatario de lo que Antoniorrobles me ofrecía. Mi visita no se mantuvo en entrevista. Fue, sencillamente, un observar al hombre, su ambiente y su palabra. Y es eso lo que estoy transcribiendo.

"Pues, señor,...". Antoniorrobles, perfil afilado, pelo blanco y revuelto, tez sonrosada, limpia, esperaba con impaciencia de niño a unos profesores(2) que se le acercaban desde un Madrid de cuadrículas y prisas. Al primer saludo, el tuteo --"Es más cordial. El "usted" distancia. El "tú" te une"--. Y la charla --monólogo, mejor--, salpicada de anécdotas, de comentarios agudos o ingenuos. La memoria, a veces, falla y Angelines apuntala el pormenor. Desfile de sucesos divertidos. También tristes, amargos. Jamás la acritud o el resentimiento. Se expresa con vehemencia, temeroso de que se nos escape el tiempo concertado y goza intensamente de nuestra presencia --"Este sábado con vosotros se me ha convertido en domingo"--. Angelines nos trae fotografías, dibujos, ediciones princeps, recortes de prensa, carteles... Y una gastada caja de cartón que guarda los cien cuentos --formato y extensión similares a los antiguos "callejas" del primer cuarto de siglo-- que Antoniorrobles, para abrir brecha en la indigencia de su arribada a México procedente de la España de la derrota y de la Francia del desamparo, hubo de escribir en publicidad de chocolates: --"Con seudónimo, eh. Yo era ya Antoniorrobles. Los firmaba León Cigüeña del Toro, no Antoniorrobles". Y reduplica y alarga orgulloso las vibraciones de la erre de su definitivo emblema. "--No podía estamparlo de reclamo para una empresa comercial, aunque ésta fuera de dulces".

Nos dedica libros. Trabajosamente su mano guiada por la mano de la esposa --me acuerdo de Zenobia y Juan Ramón, palma sobre palma, sosteniendo espiritualmente Zenobia las angustias del poeta--; Antoniorrobles traza temblorosamente letras que sus ojos ya no ha de ver --A Arturo un abrazo Antoniorrobles--. Y apostilla como deseando diluir el momento emocional de la torpeza: "Al estar ciego he puesto Arturo con hache". No ha lugar al desaliento. No se hizo el desánimo para su temple. Evoca amistades que fueron: Penagos, Azaña, Pinazo, Valle, Belmonte, Federico, León Felipe, Neruda, Juan Cristóbal, Camba... Todos muertos. Rememora con unción franciscana animalillos suyos que también desaparecieron: Toñita, Lila, Zapato, Armario, Clavel... Y Violín. Violín María de la Calle y Pérez Entrañable, perro vagabundo al que recogería y placería conceder marchamo nobiliario: Duque del Riego y Marqués de la Arboleda.

Ríe Antoniorrobles. Ríe y canturrea canciones de corro. O con música de la añeja "bamba" entona el remedo que improvisó para iniciar una lección magistral: "Yo no soy pedagogo / Por tí seré./ Por tí seré". Me imagino sorpresa y carcajadas. Acaeció en la Escuela Normal de México donde habían creado especialmente para él Cátedra de Literatura Infantil. La desconcertante entrada de una clase que parecía exigir grave talante académico encubría, no obstante, un profundo postulado educativo. Y es que cualquiera que se precie de educador lo será en tanto en cuanto sus alumnos lo van formando, en tanto en cuanto, espíritu abierto, sea receptivo a la estimulante realidad del alumnado que le sigue y en el que se funde. De esta manera actuó Antoniorrobles, maestro de raza por las vías del juego y del amor. Y narrador impar, precisamente por ello.

Hemos de despedirnos --"Que volváis. Vuestra promesa de caballeros, que volvéis"--. Antonio quedaba en su habitación, a contraluz, como una figura de cuento. De sus cuentos, claro. Volveremos.



Envío(3):

De acuerdo, Antoniorrobles. Completamente de acuerdo. El lobo no se comió a Caperucita.

Y que no te preocupes por la hipotética venganza de los dos becerrillos que mataste en la tarde aquella de tus taurinos escarceos. Los niños todos del mundo ya los habrán convencido --tenlo seguro-- para que te dejen pasar, triunfante, por las puertas de la Gloria.

1. 1En revista Andarax, núm. 10, Almería, junio 1979.

2. 2Esa visita la realizó Arturo Medina, acompañado de Jaime García Padrino, en el mes de mayo de 1979.

3. 3En una nota manuscrita, Arturo Medina señalaba: "Por razones de espacio, dejaron de incluir esta postdata."


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