Antoniorrobles
Estudios e investigación

El hermeneuta de las leyes genuinas

Prólogo a Hermanos Monigotes (1935)(1)

Ramón Pérez de Ayala

No hace mucho --creo que hará cosa de cinco años-- Antoniorrobles publicó tres tomitos de literatura infantil, que se titulaban 26 cuentos en orden alfabético. Después ha publicado algunos tomos más, y no tardará en ponerse a la venta el presente libro que le premiaron en el Concurso Nacional de Literatura.

Seguramente, esta nueva colección obtendrá idéntica buena fortuna que las anteriores. En efecto, con las primeras hornadas de cuentos infantiles de Antoniorrobles se verificó, pero de veras (por eso digo que se verificó), eso que de mentirijillas vemos tan a menudo en las revistas gráficas: "Fulano, autor de la obra "X", que está logrando gran éxito de público y de critica". En el caso de Antoniorrobles es verdad. Ahora, fijémonos en la frase tópica o ritual de las revistas ilustradas. Éxito de público y de critica. Se dice que el público es menor de edad. Otra frase hecha, pero no mentirosa. El público, si no es un niño, tiene mucho de niño; entre otras cosas, de irresponsabilidad. Ademas, el público de Antoniorrobles --en el caso que nos ocupa-- es de niños. Por otra parte la primera hombrada que acomete el hombre consiste en colocarse como juez de los demás: criticar y sentirse critico (el Catecismo dice entrar en el uso de la razón). Lo cual no significa que los críticos tengan siempre razón, sino que aspiran a hacer uso e ella. Ello es que un crítico es un hombre con la más decidida vocación de hombre. Así, pues, el éxito de público y crítica equivale, en lo tocante a Antoniorrobles, a que su literatura guste igual a los niños más niños y a los hombres más hombres. Este hecho desacostumbrado es digno de alguna reflexión.

El buen juguete es aquel que divierte a los mayores, el que posee la virtud de devolver al hombre su niñez y con ella su alegría. Se explica esto, porque quizá no todos comprenden a Don Quijote, a Hamlet y a Segismundo; pero lo que es a Fausto no hay quien no le haya sentido, ya desde muy pronto, aún antes de los treinta años, ni quien no haya exclamado con él: devolver mi puericia. Asimismo --como los juguetes-- la buena literatura infantil es aquella capaz de entretener a los hombres y devolver una ilusión de infancia. Cuando leo los cuentos infantiles de Antoniorrobles, me olvido de los años que tengo, y, si se me permite esta palabra, que es casi una interjección, me repristino.

Habiendo observado este fenómeno, se me ha ocurrido investigar: ¿en qué consiste ese maravilloso secreto de distraer a los niños, consiguiendo fijarles la atención en algo, o lo que es lo mismo, hacerles un poco más hombres, y al propio tiempo, y con iguales medios, restar no pocos años a los ya hombres? No sé si habré dado en el "quid" Es curioso que todos los movimientos del alma humana, con sus respectivos gestos y expresiones --amor, cólera, tristeza, etc., etc.--, pueden simularse con cierto desahogo, y suele ocurrir acaso que los fingidos son más convincentes que los sinceros. Todos menos uno: la alegría. Un furor contrahecho es tal vez más formidable y eficaz que un acceso de enfado auténtico, cosa que Napoleón sabía al dedillo, como todos los farsantes de raza. Por el contrario, una sonrisa afectada resulta fúnebre, y una carcajada falsificada suena a tragedia hueca, a tragicomedia, que es la más espeluznante de las tragedias: la de los locos. ¡Cuántos, cuántos escritores cómicos y humorísticos, de risa falsificada o sonrisa afectada! Estos tales se quedan en lo que el vulgo denomina "risa de conejo"; tentativa frustrada de risa. Obsérvese otro hecho importante. Todos aquellos afectos y emociones --amor, cólera, tristeza, etc., etc.--, son comunes al animal y al hombre; tanto en el uno como en el otro se exteriorizan con manifestaciones muy semejantes. Sólo la alegría posee una expresión peculiarmente humana. Supuesto que los animales experimentan lo que en rigor entendemos por alegría, sino que más bien es contentamiento fisiológico, afectividad o exuberancia de energías; la alegría del perro, por ejemplo, se traduce en agitación caudal (meneo de la cola) y la del caballo, en disparar coces al aire.

Si ello es así --y me parece que así es--, se sigue que la única verdad absoluta del alma humana, puesto que no admite manifestaciones hipócritas (o lo que vale tanto, no admite error), es la alegría. Los niños son los que están más cerca de la verdad del alma. Pero la verdad demasiado desnuda es molesta y ofensiva, como el sol mirado de cara. Por eso los niños --grandes maestros-- se fastidian o enojan ante la alegría excesivamente manifiesta. Porque la alegría, aunque no se pueda simular, se puede disimular. Los niños poseen y exigen ese pudor. Los niños quieren que se les trate con alegría seria, o con seriedad alegre. Para ellos, la alegría es una cosa muy seria, y les humilla que no se les tome en serio la alegría, que es lo mismo que no tomarles en serio a ellos. Los más famosos y universales de la alegría, Charlot, Harold Buster Keaton... --ídolos de los niños... y de los hombres-- son tan serios que jamás se ríen. Cierto que en ocasiones se ponen tristes. Y esta claudicación, esta caída del ángel, los niños no aciertan a comprenderla, ni, por tanto, a perdonarla, porque perdonar es comprender. Los niños comprenden vagamente la tristeza como una injusticia cósmica. Y no se equivocan. La tristeza es una sanción impuesta, hace miles de millares de años, al género humano, en la cabeza de Adán, por un pecadillo tan leve como comerse una miserable manzana, habiéndoselo prohibido su papá; cosa que todos los niños han hecho alguna vez, sin consecuencias graves.

Rousseau dijo: "El hombre nace naturalmente libre; luego, la sociedad y las leyes le hacen esclavo." Parafraseándole, diremos: el hombre nace naturalmente alegre; luego, las leyes y la sociedad le vuelven triste. Las leyes superfluas --casi todas ellas, salvo las naturales-- y la mala sociedad. La buena sociedad es la de los niños, aunque tengan el pelo gris.

Que el admirado Antoniorrobles no pierda nunca su alegría seria y su seriedad alegre. Mi mayor respeto lo merece por eso. Recuerdo un gran pedagogo inglés que solía jugar descuidadamente con sus alumnos, como un chico. De pronto exclamaba: "Hijos míos, pongámonos solemnes, que viene un tonto."

Antoniorrobles es el hermeneuta de las leyes genuinas: las naturales, y el centro de la mejor sociedad: la de los niños. El primer escritor infantil, incluso en el sentido de el único. Pero por muchos que vengan detrás, será difícil que le obscurezcan. Un nuevo continente no se descubre más que una vez.

Londres, julio de 1935



1. 1Prólogo a Hermanos Monigotes. Barcelona: Juventud, 1935.


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