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Sergio Macías

Frente a frente

Pienso que la poesía siempre ha estado en mí.../p>

   Pienso que la poesía siempre ha estado en mí. Desde que tengo uso de razón he mostrado un interés por los sonidos del viento, de la lluvia, de los ríos, de los pájaros, de los grillos, de todo cuanto vuela, se desliza, rueda y anda por la Naturaleza. A veces siento un encantamiento con las imágenes, los sueños y las revelaciones. Busco la belleza en los seres y en las cosas. Trato de ver más allá de lo que es un simple árbol, una piedra, un colibrí. Creo ser un poeta telúrico y sensual, pero también muy comprometido con la naturaleza. La combinación de elementos que hago refleja una relación con mi origen, con la tierra donde nací, y son tan abundantes que uno no se puede escapar.

Salí de una aldea
cercado por el trigo y la lluvia,
adonde volveré un día,
aunque sea por debajo de las piedras,
para quebrar mi imagen en los espejos
de las vertientes de Cautín
Entonces, ya no leeré a Sartre,
estaré olvidado de las palabras.
Y Dios será un gran girasol,
preocupado de mis pobres huesos.

(Las manos del leñador, Chile, 1969)


   La Naturaleza me ha servido para que si hago un poema, incluso, al desierto, tan distinto a mi región, pueda situarme dentro y detallar lo que me rodea. Por ejemplo, en muchos poemas he mezclado los elementos del paisaje con mis vivencias de peregrino por lejanos lugares, más el sentimiento del amor:

Luna en ojos de gacela.
Besos como uvas de fuego.
Cintura grácil de beduina,
Palmera iluminada en el camino,
alegra mi duro peregrinar
con el laúd de las estrellas.
Danza en el alto de la caravana,
y déjame que te ame en el desierto.
Que acaricie tu jardín de sueños,
bajo la tienda del cielo.

(Tetuán en los sueños de un andino, España, 1989)


   Nací en el sur de Chile, en Gorbea, nombre vasco debido a un ingeniero español que se fue a Chile y prestó grandes servicios al país. Por aquellos años Gorbea era casi una aldea que vivía de la explotación agrícola. Actualmente es un pueblo que tiene su dinamismo. La mayoría de sus habitantes son campesinos, dueños de tierras muy bien cultivadas. Allí mi madre se desempeñó como profesora, mientras mi padre trabajaba en otro pueblo, hasta que consiguieron trabajo juntos en Temuco. La única plaza me llamaba la atención con sus tilos y una iglesia de madera que después de muchos años se incendió. También el chalet donde vivía una tía muy querida que era profesora y casada con el oficial del registro civil de Gorbea. Iba a jugar a un puente de cimbra y a bañarme al río Donguil que era la piscina del pueblo. En el agua de pronto nos tocaba una anguila haciéndonos saltar con su descarga eléctrica. Habían muchas que se perdían entre los juncos. Yo merodeaba por esos lugares y por Lastarria que quedaba muy cerca, donde vivían mis abuelos, en cuyo campo nos juntábamos una gran cantidad de primos. Fue una infancia muy entretenida, de correr entre el trigo, la avena, buscando nidos de pájaros y persiguiendo mariposas. Se paseaba en carretas y cabalgábamos por caminos de álamos. De todo ese mundo también surge mi nostalgia lárica.

Debí dejar los vientos de mi aldea.
Los manzanos desnudos en invierno,
empapados por el llanto de las nubes.

(Las manos del leñador, Chile, 1969)



Me eduqué en la ciudad de Temuco...

   Me eduqué en la ciudad de Temuco, en el Instituo Claret y en el Liceo, luego mis padres se trasladaron a la capital, y yo ingresé al Liceo Arturo Alessandri para terminar mis estudios secundarios e ingresé a la Universidad Católica como estudiante de derecho. De manera que pasé mi infancia y parte de la adolescencia en la Araucanía.


   La región ejerció en mí, creo que como en muchos otros poetas, una gran influencia telúrica. Su Naturaleza y el clima se revierten siempre en mi creación. Por ejemplo, la lluvia como agua que caía suave o estrepitosamente sobre los techos o las claraboyas de las casas; los ramajes que estilaban las gotas por días; el crecimiento de los ríos y arroyos; el volcán Llaima echando humo; las araucarias impertérritas al frío; los piñones y las castañas que los comía calentitos en invierno; las tortillas sacadas de entre las cenizas, etc. También observaba y probaba desde niño las cosas típicas: la sangre de cordero, el ñachi cuchareado; las ensaladas de digüeñes; la harina tostada con vino tinto o con chicha dulce; las criadillas y los chunchules que en España llaman zarajos; los asados cubiertos con el ají picante preparado como lo hacen los indígenas: el ají merkén. Mientras el viento inclinaba a los robles y a los pinos, a veces ululando hasta que nacía un arco iris de las vasijas enterradas con oro por los mapuches, en sus cementerios con figuras sagradas. Y cuando salía el sol la primavera estallaba en flores silvestres y pájaros multicolores. Cantaban los choroyes, el pidén y los queltehues. En fin. Todo eso está en mi poesía.

Soy pájaro
vagabundo,
tejedor de soles.
Hago canastos multicolores
con las agujas del rocío.

Soy picaflor
de estrellas.
Descubridor
de soledades.

(La sangre en el bosque, Chile, 1974)


   Muchos ven en mi creación lo ecológico, una veta inagotable que viene evidentemente del gran amor que siempre he tenido por la naturaleza. Y sin querer hago una defensa de ella al buscar la paz. Ese regocijo interior lo encuentro en su morada terrenal y cósmica. No concibo que países desarrollados se la estén cargando, que tengamos un agujero en la capa de ozono que nos perjudica a todos, y no se piense en el futuro. La cultura actual es inmediata, es la persecución del placer a través del dinero, y la exaltación de nuestra imagen con olvido del entorno natural. La invención del tiempo se torna angustioso para el hombre, para los cibernautas que se aíslan ante las pantallas. No vale la pena nacer si no es para humanizar la vida. No comprendo que exista gente que no lo haga o por lo menos que lo intente. No sé cómo pueden vivir sin importarles nada. Da la impresión que la característica de nuestro siglo es la indolencia.


   El poeta Pablo Guíñez decía en un artículo: "Reencontrar la escritura poética de Sergio Macías es volver a conversar con la lluvia, el viento, la madera y los pájaros de la Frontera. Es conversar a la luz de una botella llovida en Pitrufquén, o en Imperial abajo; pero por sobre todo, percibir la savia humana y la mitología fundacional de los cruceros anchos y poderosos de mi país, sabiéndonos unidos en la realidad de las ensoñaciones, que es la concreción de la aventura".


   Es cierto, está lo fundacional: el origen de la madera; el agua; el aire; las lámparas blancas de la nieve; el espejo de las charcas, a veces, reluciente o trizado por la escarcha. Las flores como campanas rojas: los copihues, ocultos entre las ramas del bosque. El graznido de algún pájaro a través de las puertas de las hojas, haciendo estremecer el corazón; la tristeza de los líquenes; las raíces como dedos extendidos y los frutos silvestres: el maqui, la mora o la murtilla que alimentaron a Alonso de Ercilla cuando escribía La Araucana. La cerezas corazón de paloma. Un paisaje digno de verse cuando florecen los cerezos, los duraznos y los ciruelos. El hábitat de los mapuches. Las carretas cargadas de algas: el cochayuyo, los leños y frutas, cruzando las montañas.


   Esta región perfumada a bosques me entregó los elementos para mi creación. Mi primer libro no podía llamarse de otra manera: Las Manos del Leñador, y el segundo: La sangre en el bosque. En lo que respecta a la parte humana estaba la humildad del campesino y la aparente mansedumbre del mapuche esquilmado hasta hoy por los chilenos. Tenemos mucha culpa por no haber solucionado sus problemas que vienen desde hace siglos, en cuanto a la tierra y a su incorporación total, igualitaria y definitiva a la sociedad. Aún estamos en veremos. Todo esto es motivo de inspiración. Algo de ello he escrito y ello lo ha comentado el poeta Jorge Teillier: "Hallamos los caballos que esperan ser herrados, el espeso olor de las resinas, las manzanas cubiertas del rocío matinal, y también la dura lucha del campesino contra los elementos y contra sus explotadores, la esperanza en el futuro. Porque Macías no ve al hombre desvinculado de su medio social y se pone del lado de los oprimidos con un acento whitmaniano de universal generosidad".


   Está lo mágico y mitológico en la misma naturaleza. Pareciera que este tipo de regiones da las condiciones para que se narren apariciones fantasmagóricas, cuentos que representan toda una simbología, males de ojo, anécdotas, en definitiva, narraciones orales fabulosas. Y esta fabulación hace desarrollar la imaginación, lo que constituye una riqueza tradicional. Lo mágico y lo mitológico proviene en muchos casos de la oralidad mapuche.

En el machitún el mapuche dirá: tendremos lluvia
y el trigo crecerá tierno. Entonces, yo pensaré que
mi pueblo ya no gemirá de hambre.
Sus mujeres cantarán alegres como los pájaros. Y
yo haré canciones pastoriles. Pero ¿ a quién importa
lo que busco? ¿A quién el vuelo de una mariposa en-
tre las flores del ciruelo?

(La sangre en el bosque)



Mis primeras lecturas: la poesía para niños de Gabriela Mistral...

   Mis primeras lecturas: la poesía para niños de Gabriela Mistral, los cuentos de los hermanos Grimm, los poemas de amor de Neruda, mi madre como profesora nos recomendaba leerlos. Así se fueron agregando obras que se centraban especialmente en libros de aventuras, como los de Julio Verne, Alejandro Dumas, Jack London; o historias como las de Alí Baba, Sandokan, Sexton Blake, La Isla del Tesoro, que ayudaron a despertar un interés por la literatura, sobre todo una revista que fue muy popular y que yo compraba número a número: El Peneca. Quizá esta afición permitió que posteriormente desarrollara una vida un poco aventurera, si bien es cierto que la gran culpa de ello fue la dictadura que me obligó a salir del país. Vida y obra en algunas cosas se funden, por ejemplo: Memoria del exilio, La región de los últimos prodigios, El Manuscrito de los Sueños, El hechizo de Ibn Zaydún y El Paraíso Oculto tienen como nudo central el destierro.

Fue joven alegre en la fuerza de las guitarras.
Canción del futuro en el idioma de la esperanza.
Lo dejó todo. Desde la distancia observa el encanto
de la nueva luz sobre su pueblo.
Nadie entiende al errante que ha perdido su belleza.
Y es flor ilusionada, pero mustia.

(La región de los últimos prodigios, España, 1992)


   También el hecho de salir de la provincia para ir a vivir a la capital, y de la capital a México, Alemania y España, y visitar muchos países han hecho de mí un poeta que ha incorporado en su creación otras vivencias, es decir diferentes culturas. Por eso mi poesía tiene varios apartados o temas que de alguna manera confluyen:

Como el poeta
que en al-Andalus
tocó el laúd del Guadalquivir,
cultivo el jardín de la memoria.
Como Ibn Jafayâ
labro en los árboles
la paz de las hojas.
Y te espero,
pastora del amor,
sobre el tapiz de la noche.

(Noche de Nadie, España, 1988)


   Y una influencia más personal ejercieron mi primo Aurelio Brevis Flores y mi hermano Mario, ambos creadores e intelectuales de muy buena formación literaria. De manera que a mi país le debo bastante. Lo ocupa todo. Ando con él a cuestas. La prueba es que muchas veces lo idealizo, y otras lo percibo como hace varios años. Pero no me importa, el poeta trabaja con la memoria para recuperar el pasado, ahondar en el presente y proyectar su sentimiento al futuro. Existe en mi obra una presencia del reino de la infancia. Además me encanta sentir y tener ciertas motivaciones como la de un niño, tener alma de niño. Gran parte de mi desgracia terrena, como el exilio, es por culpa de ser muy idealista, romántico, un luchador por la justicia social. Y eso tiene que ver con un niño que siempre se imaginaba un mundo fantástico y no horroroso, sin dictaduras, guerras y hambre.

El viento jugaba en el delantal de la abuela,
donde recibía los frutos de la tierra.
Ella me hizo monje de los huertos.
Jardinero de las imágenes.

(El jardinero del viento, España, 1980)


   Pero el país, en general, no se ha portado muy bien conmigo, salvo mi región: la Araucanía, que me recibió estupendamente. El poeta Hugo Alister realiza una excelente labor en recuperar a sus colegas del lar. Allí existen muy buenos vates como Elicura Chihuailaf, Guido Eytel, Lionel Lienlaf y otros. En todo caso, a Chile lo llevo siempre en el corazón. A mis compatriotas los trato de ayudar, muchos de ellos allá no hacen lo mismo. Nadie levanta un dedo para decir, por ejemplo: en esta antología faltan los poetas tales y cuales. Y eso es un daño en cuanto al propio país, no para uno que tiene su camino sólido, cimentado y probado. Voy al país todos los años. Encuentro que desde 1973 la sociedad, como muchas del resto del mundo es insolidaria y muy insatisfecha. La indolencia está relacionada con la época, en la que impera un sistema acentuadamente neoliberal, y con la dictadura que tuvimos. No todos se manifiestan con autenticidad. Hay mucho de oportunismo y miedo a comprometerse. En cuanto al desarraigo, me he mantenido fuerte como los robles de mi tierra, resisto todos los vendavales, y, además, soy muy optimista, amante de la vida, seguramente porque tuve una infancia feliz. Eso me ha dado fuerzas en la lejanía. Ya en España, por fin, he podido conciliarme conmigo mismo. Es evidente que influye el idioma, las costumbres, una forma de vida parecida a la chilena. Aquí tengo más paz en mi alma.


   Francisco Umbral decía en un artículo refiriéndose a Aleixandre: "ser poeta es ser ignorado por muchos hombres y esa ignorancia es la gloria de los mejores". De acuerdo a esto, para mí ha sido muy importante conocer a Pablo Neruda, a Rafael Alberti, a Carlos Pellicer, a Alí Chumacero, a Ernesto Mejía Sanchez, a Gonzalo Rojas. Hablo de conocer, saber, percibir a la persona y a la obra. Yo prefiero haber conversado con escritores como Juan Rulfo, Octavio Paz, Ana Seghers, y seguir con esta preferencia, que con destacadas personas de las áreas snobistas de la sociedad. Ha significado una parte fundamental en mi formación, lo mismo que los viajes a diferentes países, además de especializarme en Literatura Hispanoamericana, en Alemania.



Creo que escribí mis primeros versos a los catorce años...

   Creo que escribí mis primeros versos a los catorce años, cuando estaba en el Liceo de Temuco. Me gustaba una montaña con muchos bosques que lindaba con el colegio. Empecé inspirándome en el Cerro Ñielol y también en el amor que idealizaba. Pero publiqué muy tarde, cuando tenía ya treinta y un años. Posiblemente porque en cuanto a la creación he sido un hombre cavernícola, apartado de capillas literarias, de talleres, de revistas en torno a las cuales siempre los poetas que se conocen se pasan la pelota unos a otros, y, muchas veces, constituyen mafias. He estado alejado de esta situación que es normal en muchos lados. Lo cual no significa que tenga amigos escritores y poetas desde hace muchos años, pero en otro plano, no en las componendas. Tampoco me abro camino a codazos, dejo que todo siga su curso. Así me siento tranquilo. Con mi poesía he llegado a varios países. Yo todo lo dejo al tiempo que me ha dado grandes satisfacciones. Si es buen vino lo beberán. Por ejemplo, a El Manuscrito de los Sueños, traducido al árabe por Mesbah Abdeslam, le puso música el compositor marroquí Mustafa Aïcha Rahmani. Se canta en árabe interpretado por una soprano. En ese libro hago una recreación amorosa y dramática del gran poeta y último rey de Sevilla, al-Mú`tamid y de su amada Rumaykiyya, que terminaron sus días en el destierro.

Antes de morir
recordó a Sevilla.
Escuchó por última vez
el laúd del otoño.
Levantó su copa de poeta.
Y bebió con placer.
El oro que destilaban
las uvas del sol.

(El Manuscrito de los Sueños, España, 1994)


   La obra ha gustado, quizás por el tema, y porque está estructurada desde principio a fin con base histórica y como leyenda de amor. Tiene mucho colorido, metáforas y una melodía a través del poema, que es como el murmullo de un surtidor en medio de un jardín. He revivido lo árabe. Ha existido la tentación de llevarlo a escena como danza contemporánea. Termina con la muerte de ambos:

Cuenta la memoria de los siglos,
que en Agmat murieron los amantes.
Donde dos lápidas bañadas por la luna,
dejan oír canciones de al-Andalus.
Y los versos del rey del amor,
que son flechas del viento que susurran,
lanzadas por el arco de la noche,
sobre el pecho de los luceros.

(El Manuscrito de los Sueños, España, 1994)


   Algunos de mis textos los he leído con acompañamiento de música y ha sido todo un éxito. He dado recitales en numerosas partes, desde el anfiteatro de Babilonia, con más de seis mil años de antigüedad, hasta en el palacete de Casa de América en Madrid, o en la Iglesia de Santa Isabel en Zaragoza, o en una Basílica en la ex Yugoslavia, en Ohrid, en instituciones mexicanas, alemanas, universidades árabes, etc., y también en casas culturales de barrio:

Cuando regresé
de la tierra de los jardines,
estreché una y otra mano.
Besé las mejillas
de los que cultivan la amistad.
Y me quedé triste,
como un huerto sin naranjos.

(Crónica de un latinoamericano sobre Bagdad y otros lugares encantados, Irak, 1988 y Chile, 1997)


   Un día alguien me preguntó con qué libros me quedaría y respondí: con los mismos de mi infancia, más la Biblia, aunque no soy creyente; y El Quijote; Ulises; Cien años de Soledad; la obra completa de Neruda; Altazor de Huidobro; Desolación y los versos para niños de Gabriela Mistral; Whitman; Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire, Saint John Perse; Tagore; la poesía de al-Andalus y algunos más.


   Ahora bien, dentro de esta variedad de temas existe una sola cosa que rechazo: desaparecer del mapa. La muerte para mí es horrorosa, pero no hay más que aceptarla. Yo amo la existencia, la luz, la lluvia, los árboles, el mar, los pájaros, los volcanes, los ríos, la floración, y amo el amor. No le encuentro sentido a la muerte. No creo en otra vida. El goce y el dolor están aquí. El paraíso y el infierno los tiene la tierra.


   No sé si la muerte en la poesía la plantean los que nacieron en mi tiempo, porque la muerte fue una constante como realidad, como concepto y dentro del desafío ideológico en el periodo de la dictadura. Aparte que es también un cuestionamiento filosófico.

El jardinero duerme sobre almohadas de madreselvas.
Cansado de cortar flores en el Día de los Muertos,
sueña con sus amigos desaparecidos.
Los ve en los hijos que lo saludan y abren camino.

(El jardinero del viento)



La verdad es que ignoro si pertenezco a alguna generación...

   La verdad es que ignoro si pertenezco a alguna generación, podría ser la generación diezmada. Por aproximación al año de nacimiento a Jorge Teillier, Oscar Hahn, Omar Lara, Waldo Rojas, Jaime Quezada, Floridor Pérez, Alicia Galaz, Oliver Welden, Lita Gutiérrez entre otros. Unos se quedaron en el país y otros tuvieron que salir presionados por las circunstancias. Esta generación no ha significado para mí un agrupamiento, ni siquiera una mesa redonda para discutir los diferentes elementos que la puedan distinguir. Para analizar en qué medida el interior y el exterior reúnen unas características determinadas en la creación, u otros temas. Las antologías que se hacen en el país también son muy incompletas, no existen verdaderos investigadores ni críticos. Tenemos al respecto una gran pobreza, no así en la calidad de autores que pertenecen a diferentes géneros literarios. También importan las influencias que el poeta ha recibido no sólo en su tierra o en otras partes del planeta, sino con sus nuevas lecturas. Esto lo toca el poeta y crítico gaditano, Rafael Soto Vergés, en el prólogo que hizo a mi libro Noche de Nadie.


   En cuanto al exilio, éste es un tema delicado porque atañe al desarraigo del hombre. Es un hecho muy doloroso. En este momento y desde hace años ya existe democracia en Chile. Por tanto, no soy un exiliado. Vivo en el exterior en un autoexilio que es absolutamente diferente. Respecto al exilio que abarca desde 1973 hasta 1990, debemos decir que había que tener una gran fortaleza para evitar traumas y salir adelante. Pero más trágico es, sin duda, la tortura, la violación, la muerte, la desaparición. Con esto no quiero decir que mal de muchos consuelo de tontos. Cuando tuve que marcharme del país se me produjo un violento choque psicológico. De ser un joven fuerte me convertí en un ser muy sensible, se me llenaban los ojos de lágrimas ante cualquiera desgracia. Fue un proceso muy largo para superar obstáculos que te bloquean la mente, porque ésta se niega a ahondar en el ser. A lo mejor es una defensa del cuerpo, lo cierto es que se trata de una situación extremadamente dura.

Así como abracé a don Francisco de Zamora,
que llegó hasta la Araucanía para ganarse
gota a gota la vida
(donde su alma nostálgica se inundó de lluvias
y los gemidos de su flamenco fueron derramados
por arpas de espigas hacia la altura de los volcanes,
Ahora, soy yo quien hace camino por los campos
de Machado,
para mirar las mezquitas de estrellas sobre la Alhambra.
Y la Giralda que clava el firmamento.

(La Región de los últimos prodigios)


   Después de tres meses pudo salir de Chile mi mujer, Nieves Soria, con mis cuatro hijos: Nieves, Gloria, Sergio y Pablo, gracias a una invitación que le hizo el gobierno de México, concretamente el Presidente Echeverría, por mediación de Bertha Zuno y de la primera dama. En ese tiempo ellos eran muy pequeños. El desarraigo de los niños es una crueldad que las dictaduras no toman en cuenta, o mejor dicho, no les interesa. En nuestro caso, padres e hijos éramos unos delincuentes, unos seres peligrosos para la sociedad. Nos marcaron con una L en el pasaporte, para que todo el mundo se diera cuenta que era un documento limitado y que pertenecía a alguien sospechoso. Esta situación, por la que pasó mi patria, no he podido perdonar. Condeno a los culpables aunque sea moralmente. Para mí no hay reconciliación con un asesino o violador, aunque sí comprendo que la sociedad tiene que reconciliarse. Que lo hagan los demás, yo no puedo darle la mano a alguien que tiene las manos manchadas de sangre. Es mi manera de ser, y es lo que siento, no me importa que moleste mi actitud. Soy un hombre que lucha por la libertad, que no empuña armas, sino que escribe para la paz y la dicha de la humanidad. Se puede ser de derechas o de izquierdas, pero existe siempre el derecho a discrepar. La posición distinta de la oficial no puede llevar al encarcelamiento, a la censura, a la persecución.


   El exilio lo pasé en México, en la RDA y en España. En la Rda me especialicé en Literatura Hispanoamericana. Aprendí otras culturas, formas de ser, y pude publicar en todos ellos. Casi toda mi obra se ha hecho en el exterior, lo que es una verdadera tragedia, como me lo dijo en una oportunidad Rafael Alberti, refiriéndose a su creación, cuando regresó a España. También aprendí en la Rda la actitud dura de un régimen, aunque no faltaba nada en lo material. Pero existía una dictadura, y los dirigentes chilenos que vivían en Berlín, para mantener sus privilegios se mimetizaron con ella, portándose muy mal con sus compatriotas, insolidarios y sectarios. Echábamos mucho de menos el país:

Nunca se cansa el poeta de escribir
sobre su tierra.
De percibir el rumor del paisaje
en el jardín de los sueños.
Nunca es más feliz el hombre
que cuando duerme en la paz de su pueblo.

(La región de los últimos prodigios)


   Un libro de poesía corresponde a un parto espiritual. Cierta vez me pidieron que diera una especie definición de ella, pero de acuerdo a nuestra época invadida por la técnica, manifesté que "la poesía es el estallido del sentimiento. No hay creación sin emoción. Aunque la sociedad desarrolle un lenguaje tecnológico más masivo, espacial, futurista, la poesía será siempre la memoria de lo sensible". Hay una parte de la sociedad que no la abandona, porque es el surtidor de los sentimientos. Nunca ha sido masiva, pero sí que sirve para humanizar y recrear a la sociedad. Ante tanta indolencia muchos se refugian en la escritura poética:

En el fondo de tu ser,
siempre hay un poema
que brota de los manantiales del alma.
Es el que te da la armonía de vivir.
Porque una existencia vacía
es como un pozo sin agua.
Todo se reduce a amar.
Lo contrario, nada te llenará de alegría.
Ni podrás encontrar el jardín
de tu propia existencia.
Tus esfuerzos serán vanos,
Porque en cada lugar
estarás irremediablemente solo.

(Revista Atlántica, pág.32, Nº23, España, 2001)



Escribo como una necesidad ontológica...

   Escribo como una necesidad ontológica y también con una dimensión onírica. El ser, sus sueños y la realidad se mezclan en nuestro ir y venir por el mundo que habitamos. El pasado que se reconstruye, el presente que se profundiza, el futuro que se profetiza corresponden al ejercicio poético de mi creación. En estos ámbitos aparece el amor, la muerte, el dolor, la alegría, la soledad, la esperanza, la magia que se encarna en la palabra, el simbolismo y la musicalidad del verbo. Dicen que tengo una poesía rica en imágenes. En realidad mis sensaciones producen imágenes, a veces, en blanco y negro, otras con mucho colorido y así las reflejo. La poesía es un acto de amor, de parir algo que deseamos darle vida. El amor como totalidad para mí es fundamental, también el que corresponde al sexo opuesto. Aunque soy monógamo y llevo muchos años con la misma persona, a quien conocí de muchacha, me gustan las mujeres, las veo como una creación divina, no siendo creyente. Son muy importantes para darle en mi poesía una relevancia tierna y erótica. Nieves Soria encarna todo ello. Cuando expreso esta debilidad por el otro sexo, por supuesto, no es más que una inclinación espiritual, platónica como concepto de lo bello. Nada más que eso, y no otra cosa que pudiera pensarse, porque con los poetas hay mucha leyenda.

Cuando se deshojó
el rosal de la luna
en las aguas del Tigris,
pensé en unos versos
de Ibn Zaydún:

"Ahora me lamento de lo larga
que es la noche sin ti..."
Y me sentí solo, amada,
Bajo un vacío de luceros.
Las manos del viento
consolaban mi nostalgia.

(Crónica de un latinoamericano sobre Bagdad y otros lugares encantados)


   Mi lenguaje pertenece a diferentes realidades, al lar porque nací en una aldea, a mis primeras experiencias que se realizaron en la provincia. Luego, a la vida capitalina, al destierro y al autoexilio. Al amor que es lo que me hace vibrar y ser sensible. A la historia, a las leyendas que busco en la realidad y en los libros. Mi discurso poético se plasma con un delirio imaginativo, de lo contrario no escribo.


   El amor a la ciudad de Temuco quedó reflejado en mi libro Las Manos del Leñador, luego se fue desarrollando en otras obras:

Yo contemplé la tristeza del Ñielol,
los mútiples hilos cayendo desde el cielo,
mezclándose con los copihues,
robles,
y álamos.
Los hombres lo suben para conversar con Dios,
o dejar un amor oculto entre la hierba,
cuando las golondrinas caen melancólicas
entre el maqui y los digüeñes.

(Las manos del leñador)


   El cariño a los padres aparece también mezclado con los elementos telúricos del lar:

Contigo di mis primeros pasos
entre eucaliptus, aromos,
mapuches y leñadores.
Me entregaste el perfume de la tierra,
de margaritas y manzanos.
Vi tejidos multicolores como la esperanza,
sobre ánforas de greda con rosas y vino,
junto a la compañera madre
ahogada por los besos y cenizas de la tarde.
Ahora, padre, te recuerdo
como aquellos viejos árboles,
los que estarán quebrándose bajo la lluvia,
para que mi hijo, este nuevo hombre,
camine por los senderos que abrigaron tus pisadas.

(Las manos del leñador)


   Es evidente que, desde entonces, he tenido una evolución, no sólo en el tratamiento poético, sino que también en la incorporación de otros temas. El poeta es un orfebre de la belleza, de los valores del individuo, de su problemática existencial. Debe expresarse en libertad y con la fuerza incontenible del agua que busca su camino. Los viajes al extranjero me han servido mucho para ampliar mi cultura y horizonte creativo. Para construir una pintura poética: "El sol camina sobre las azucenas / con babuchas de oro".


   Es lo que trato de hacer bien con mucha sencillez, rigurosidad, como una necesidad existencial, a lo mejor para justificarme ante la realidad. A veces mezclo mi creación con la historia, la vida que percibimos y lo mitológico. Está también mi poesía que arranca de Al-Andalus y la que tipifica mi vivencia, por ejemplo, la que corresponde a una gran parte de mis años en Madrid y que está en el poema A España. Y la lejanía es lo que seguramente me hace añorar el espacio geográfico perdido, y que la memoria no quiere olvidar. Una fuerza interior impulsa a reflejarla en la escritura. Así me surge el mundo de la infancia, la nostalgia por una vida que allí nació, se educó y luchó por una justicia social; se nutrió de sus costumbres, de sus comidas, del peso de la cordillera, de los aromas de la provincia y del amor:

¿Veré al viejo roble en un día detenido de luz?
Roble de la patria en la extensión geográfica
del alma,
nutriéndose del idioma del mar y las tormentas.
Un idioma de hombres desaparecidos en la hora
del desierto.
Palabras de un pueblo que dibuja en el viento
Sus signos de alfarero.
Tardes de memoria derramada sobre la manta
del bosque.

(Memoria del Exilio)



*Nota. Este texto corresponde a los Datos Bioliterarios, incluidos en el libro El Paraíso Habitable -una introducción a la poética de Sergio Macías, cuya introducción está escrita por el poeta y filólogo español, Remo Ruiz.

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