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Lingüística de las Lenguas de Signos: perspectiva histórica1

Esperanza Morales López

Universidade da Coruña



Arriba Abajo 1. Introducción.

   Abordar actualmente la descripción de la lengua o las diferentes lenguas de signos que se hablan en España supone por parte del lingüista plantearse un trabajo paralelo al que, hace casi ya un siglo, comenzó el antropólogo-lingüista Edward Sapir, cuando decidió emprender la novedosa tarea de describir las lenguas amerindias que se hablaban entonces; unas lenguas que desconocía y que, además, tenía que abordar sin contar con una tradición escrita previa que le serviera de ayuda.

   En cierta forma, la historia vuelve a repetirse entre los lingüistas que recientemente hemos comenzado diversas investigaciones encaminadas a la descripción de estos sistemas de comunicación, tan poco conocidos aún en nuestro país. La lengua de signos catalana (o LSC) y la lengua de signos española (o LSE), como así las denomina el colectivo sordo, son dos sistemas de comunicación de tipo gestual que, al igual que muchas otras lenguas de signos en el mundo, son instrumentos plenamente eficaces para la interacción entre sus hablantes. 2

   Sin embargo, a pesar del desconocimiento de este tema entre nosotros, una mirada a la investigación lingüística extranjera nos advierte de que la descripción de las lenguas de signos no es un tema ya tan nuevo en algunos países y que el pasado de una disciplina como la lingüística de las lenguas de signos podemos ya retrotraerlo cuarenta años. En consecuencia, el primer paso en el inicio de cualquier investigación sobre estas lenguas necesita pasar, casi con mayor mayor motivo que en otra disciplina o subdisciplina de la lingüística, por esta mirada retrospectiva. Solamente de esta forma podremos quemar las diferentes etapas por las que otros ya han pasado de manera mucho más acelerada, al mismo tiempo que evitar caer en los mismos tropiezos teóricos y metodológicos que son inevitables cuando se comienza la investigación en un ámbito tan nuevo.

   El trabajo que aquí presento forma parte de la primera fase del proyecto iniciado en la Universidad de la Coruña, titulado "Bilingüismo lengua de signos/lengua oral", enmarcado dentro del convenio firmado entre la citada universidad y la Federación de Sordos de Galicia para realizar tareas de investigación en lengua de signos y en la mejora de la alfabetización de las personas sordas. 3


Arriba Abajo 2. Antecedentes Históricos

   Para las personas sordas y para los diferentes investigadores que trabajan sobre temas que conciernen a la problemática de los sordos o a las lenguas de signos, el año 1880 es un hito clave que marca un antes y un después en la educación del sordo. En este año, el Congreso Internacional de Educadores en Milán decide, como una de sus conclusiones principales, la prohibición total de utilizar los signos gestuales en la educación de los niños sordos. En su lugar, se considera que la única vía posible para su alfabetización es la lengua oral de sus comunidades respectivas. Es lo que se conoce como el "triunfo del oralismo" o el comienzo de la "etapa oralista" en la educación de los sordos, hecho que llevó a la completa marginación de las lenguas de signos en los colegios de sordos, quedando reducido su uso a la mera comunicación personal (Rodríguez González, 1992, y Plann, 1998).

   Asimismo, desde la perspectiva de la disciplina de la Lingüística, los tiempos que corrían en ese momento tampoco eran muy favorables para el reconocimiento de estas lenguas. En 1913 se publica el Curso de Lingüística de Saussure, y con él se inicia el desarrollo de la metodología estructuralista. Desde esta perspectiva, las lenguas se definen sobre la base casi exclusiva de la representación simbólica y no se ofrece posibilidad alguna para el reconocimiento de unas lenguas basadas en gestos que parecían una mera emulación de la realidad. Tal como aparece recogido en el Curso, Saussure resaltaba como característica fundamental de la unidad básica de las lenguas la siguiente: "el signo lingüístico es arbitrario; [este principio] domina toda la lingüística de la lengua; [y] sus consecuencias son innumerables" (1913:130ss).

   Afirmaciones de este tipo han sido uno de los grandes obstáculos para el reconocimiento de las lenguas de signos, al observar que éstas se sustentaban en gran medida sobre la iconicidad, el principio al parecer opuesto al de la arbitrariedad. Por este motivo, hasta bien entrado el siglo XX, los lingüistas no han sabido reconocer la frontera que separaba las manifestaciones lingüísticas de estas lenguas de signos con la pantomima o cualquier otro tipo de manifestación gestual no codificada.

   Este hecho cambia drásticamente cuando en 1960 William C. Stokoe, un lingüista que trabajaba en la Universidad Gallaudet (Washington, D.C.) como profesor ingles de sordos, realiza una de las primeras descripciones gramaticales de la lengua de signos americana o LSA. Se trata del trabajo publicado bajo el título Sign language structure. The first linguistic analysis of American sign language. El primer fruto que Stokoe cosecha con este trabajo es una buena reprimenda de sus compañeros de trabajo, quienes consideran que este profesor de inglés ha malgastado su tiempo en el estudio de los gestos cuando debía haberlo empleado de manera más fructífera en la mejora del nivel oral de sus alumnos sordos. Sin embargo, en contraste, este trabajo le conduce al mismo tiempo al reconocimiento de una parte de la comunidad de lingüistas americanos, quieres toman en serio sus afirmaciones y argumentos de que la comunicación de los sordos por medio de signos gestuales es una lengua en el pleno sentido del término.

   En el prólogo de su trabajo, Stokoe señala que una de sus intenciones es "mostrar a los lingüistas una lengua prácticamente desconocida, la lengua de signos de la comunidad de sordos americanos. El examen lingüístico de este sistema de símbolos visuales ha llevado a conclusiones sobre su estructura, la cual se añade a la suma de todo el conocimiento lingüístico" (1978 [1960]:1, edición revisada y aumentada). 4 En estas primeras palabras, Stokoe resalta de las lenguas visuales solamente los aspectos que en el momento se consideraban claves para entender lo que era una lengua: su sistematicidad y su carácter simbólico (aunque símbolos visuales). Las diferencias de estas lenguas respecto a las orales no se mencionan para nada en este primer trabajo.

   Estas afirmaciones de Stokoe y la demostración a lo largo de su trabajo de que la sistematicidad de la LSA es un hecho animan a otros estudiosos a la investigación en profundidad de la LSA; esta investigación sirve también de acicate a los sordos trabajadores y estudiantes de Gallaudet para iniciar la reivindicación social que más ha hecho cambiar el sentido de su historia: la de lograr ser considerados una minoría lingüística y cultura que ha logrado superar una deficiencia auditiva inicial, en lugar de personas con un problema patológico (Sacks, 1991: cap. 3). En Europa, este hecho se producirá más tarde y, en España, esta reivindicación data tan solo de la década de los noventa.


Arriba Abajo 3. Etapas en el desarrollo de la Lingüística de las Lenguas de Signos

   En el periodo que transcurre desde la publicación de la gramática de Stokoe hasta la actualidad, los trabajos lingüísticos realizados demuestran que esta disciplina ha llegado a una cierta madurez. Se puede hablar incluso ya de diferentes etapas dentro de esta historia que abarca casi cuarenta años.

   Previamente, consideramos la década de los sesenta como un periodo meramente inicial en donde un grupo de lingüistas comienzan a tener en consideración el trabajo de Stokoe y se organizan para iniciar las investigaciones que se irán publicando a lo largo de la década siguiente. La investigación sistemática propiamente dicha comienza, pues, en los años setenta. Desde este momento hasta la actualidad, podríamos hablar, a su vez, de dos etapas bastante diferenciadas:

  1. Las décadas de los setenta y los ochenta, en las que el análisis lingüístico que se realiza tiene como objetivo la comprobación en este tipo de lenguas de los modelos teóricos dominantes, principalmente la teoría chomskiana. En un primer momento de esta etapa (la década de los setenta) la lengua de signos estudiaba es casi exclusivamente la LSA. En los años ochenta ya comienzan a aparecer trabajos sobre otras lenguas de signos.
  2. La década de los noventa,en la que se inicia un cambio de perspectiva teórica y metodológica en el análisis de las lenguas de signos por parte de algunos de sus investigadores. Asimismo, se presta atención a un mayor número de lenguas de signos cuyo ámbito geográfico ya no es el norte occidental. Algunas de ellas, no obstante, están aún sin describir; como ya señalamos en la introducción, entre estas últimas se encuentran la lengua de signos española ( LSE) y la lengua de signos catalana (LSC).


          3.1. Primera Etapa.

   En la década de los setenta, la investigación sistemática sobre las lenguas de signos surge con el objetivo prioritario de plantearse la realidad psicológia de diferentes aspectos de la organización estructural de las lenguas de signos. Continuaban así la tradición que, para las lenguas orales, había comenzado en la década de los sesenta, con el intento de demostrar la validez empírica de los modelos lingüísticos propuestos hasta el momento; entre estos se encontraba la teoría gramatical de Chomsky (1965). Esta teoría postulaba la realidad cognitiva de una gramática universal, común a todos los hablantes, fruto de la facultad del lenguaje innata en el ser humano; una facultad que aparecía totalmente diferenciada de las otras capacidades cognitivas del cerebro y que se convertía, además, en la característica más importante que distinguía la especie humana de la especie animal, en el proceso del desarrollo evolutivo.

   Bajo la influencia de estos postulados, varios investigadores comienzan a plantearse la necesidad de su validez empírica en un ámbito hasta el momento desconocido para los lingüistas, el de las lenguas de signos. El conjunto de estos trabajos se enmarcan en torno a las siguientes cuatro áreas de investigación, que abarcan tanto la perspectiva de la Lingüística como de la Psicolingüística: a) procesamiento de la información lingüística: almacenamiento, memoria, percepción, comprensión y producción de las unidades del lnguaje; b) adquisición de la lengua de signos como primera lengua; c) bases neurológicas del lenguaje; y d) análisis estructural propiamente dicho. Aunque se trata de áreas ampliamente diferenciadas, los resultados guardan una gran relación entre sí por diversas razones; entre ellas, el hecho de que algunos de sus investigadores trabajan al mismo tiempo en varios de estos campos; asimismo, los datos empíricos coinciden en muchos de los trabajos ya que gran parte de la investigación se concentra en torno al Sal Institute for Biological Studies de la Jolla (San Diego, California); y, finalmente, otra razón es que muchos de estos estudios, principalmente los relativos al área de adquisición del lenguaje, ofrecen también amplia información sobre los aspectos estructurales de la LSA. Veamos, a continuación, unas breves referencias a cada uno de estos campos de trabajo:

    Entre los investigadores más destacados que se centran en los diferentes aspectos que comprende este amplio campo de investigación destacan Klima y Bellugi, y Grosjean y sus colaboradores, como veremos a continuación. Del conjunto de estos trabajos podemos referirnos, a título ilustrativo, a los diversos experimentos acerca del tipo de información que, sobre la estructura subléxica de la LSA, aportan los diferentes errores de la mano (semejantes a los errores de la lengua) que los hablantes realizan al signar (Klima y Bellugi, 1979: cap. 5). Los errores de la mano observados constituían casi siempre signos reales o potenciales de la LSA; por ello, un análisis más profundo de los mismos podría proporcionar claves sobre la organización y codificación de las unidades de las lenguas de signos. El resultado de este análisis mostró que los hablantes percibían las unidades de las lenguas de signos como unidades de carácter discreto; es decir, no como unidades inanalizables, sino como compuestos de unidades mínimas, sujetas a principios de combinación.

   Otras investigaciones también se adentraron en la manera como se llevaba a cabo la codificación de los signos de la LSA en la memoria de corto alcance (Klima y Bellugi, 1979: cap. 4). En particular, el objetivo de estos autores consistía en observar de qué forma un grupo de hablantes sordos de LSA recordaban y procesaban un conjunto de signos de su lengua. El análisis de los datos mostró que los sujetos sordos tendían a preservar las propiedades fonológicas de los signos.

   Finalmente, destacamos también ciertos estudios sobre el reconocimiento y la compresión léxica (Grosjean, 1981; y Clark y Grosjean, 1982) y sobre la duración de la producción en la LSA (Klima y Bellugi, 1979: cap. 8: Grosjean, 1979). Los experimentos sobre la duración de las palabras en lengua de signos demostraron que el tiempo empleado en la realización de un signo es mayor que en las palabras de tipo oral; sin embargo, en la duración de las proposiciones el tiempo coincide en ambos tipos de lenguas. Asimismo, en cuanto al reconocimiento léxico, se observa que el tiempo para llegar al punto de aislamiento con el fin de reconocer un determinado signo es inferior en las palabras gestuales que en las orales. Las razones de esta última diferencia parecen encontrarse en las características distintas del canal utilizado; el canal visual permite reconocer la información léxica de manera más global que el canal oral.

   El conjunto de todas estas investigaciones, junto a las realizadas por otros autores, coinciden en las siguientes características sobre el procesamiento de la LSA:

  1. No se observan diferencias en el procesamiento entre un tipo y otro de modalidad lingüística, a pesar del diferente canal utilizado.
  2. Se constata que los hablantes poseen cierta realidad psicológica de que los signos (o palabras) se constituyen de unidades mínimas y su formación está sujeta a patrones de organización, que son los principios que rigen la combinación de una lengua de signos.
  3. Se hace evidente que los hablantes sordos no se apoyan en modo alguno en el carácter icónico de muchos de los signos gestuales y hacen prevalecer en la memoria las propiedades simbólicas de tales signos.

   Es el dominio más investigado de la LSA y de las lenguas de signos en general. Varias son las razones concretas que hay contribuido al florecimiento de este campo. Por un lado, el interés por la investigación de una lengua cuyo canal viso-gestual suponía una continuación de la modalidad de los primeros gestos prelingüísticos del niño; por tanto, el periodo de adquisición de esta lengua se esperaba que fuera más precoz. Por otro, el objetivo de descubrir si la iconicidad presente en esta lengua facilitaba o no este proceso de adquisición. Adentrarse en la investigación de estas dos características, finalmente, podría ofrecer nueva luz sobre los procesos universales de la adquisición de las lenguas en general y determinar qué aspectos serían dependientes de un tipo y otro de modalidad.

   Entre las numerosas investigaciones realizadas en los diferentes ámbitos de la adquisición del lenguaje (balbuceo gestual, fonología, morfología y sintaxis) destacan los trabajos de Newport y Supalla (1980), Pettito (1983, 1987 y 1988), Volterra y Erting (1990), Volterra e Iverson (1995), etc. (véase una completa relación de los diferentes trabajos realizados para la LSA en Newport y Meier, 1985) 5 . Todos ellos señalaban que en la adquisición de una lengua de signos se da la coincidencia de los siguientes aspectos:

  1. Los niños sordos perciben los fenómenos que están adquiriendo como un proceso estructural y sistemático que van adquiriendo progresivamente (pasando por etapas sucesivas) a medida que lo hace su maduración cognitiva.
  2. La iconicidad de las formas lingüísticas no parece jugar un papel importante en este periodo.
  3. La edad de los niños sordos en la consecución de las sucesivas etapas que van pasando hasta la adquisición completa de su lengua de signos corre paralela a la de los niños oyentesl

   El conjunto de estas conclusiones no hace sino corroborar que el mecanismo innato postulado para la adquisición de una lengua oral sería también el responsable de la activación de una lengua de signos en aquellos sujetos expuestos a un input de estas características. La teoría chomskiana quea, de esta manera, a salvo.

   En la década de los ochenta, varios de los investigadores que se habían adentrado en el campo de la realidad psicológica de las lenguas de signos, se preguntan ahora qué sucede con estas lenguas en relación con su localización cerebral. El trabajo de Poizner, Klima y Bellugi (1987), What hands reveal about the brain, ha intentado ser una aportación a este tema.

   Hasta el momento, se consideraba que el hemisferio izquierdo se localizaba la mayor parte de las funciones de la facultad del lenguaje y también otra facultad íntimamente relacionada con ella, la del procesamiento de las señales secuenciales en el tiempo. En el hemisferio derecho, aun no siendo dominante para la facultad del lenguaje, parecen localizarse también algunas propiedades del mismo; las investigaciones apuntan a que este segundo hemisferio está implicado en los aspectos holísticos, globales, de carácter no lineal y atemporal.

   Las lenguas de signos tienden más hacia la simultaneidad, debido a su carácter espacial. Por este motivo, parecerían, en un principio, más relacionadas con el hemisferio derecho; además, es aquí donde se organizan las partes en las configuraciones complejas y se realiza el procesamiento de las relaciones viso-espaciales.

   Las investigaciones realizadas por Poizner, Klima y Bellugi en hablantes sordos de la LSA, con lesiones en el hemisferio izquierdo, muestran que estos pacientes presentan déficits del lenguaje similares a los de los enfermos afásicos de lenguas orales. Además, los pacientes que presentan déficits en el hemisferio derecho (donde parece realizarse el control de las relaciones espaciales) tienen problemas cuando se les pide hacer determinadas descripciones topográficas; sin embargo, no dudan en la utilización del espacio cuando éste adquiere características estrictamente lingüísticas. 6

   Por tanto, a primera vista, parece existir una disociación entre el procesamiento de las funciones espaciales propias de las lenguas de signos y el procesamiento de las relaciones viso-espaciales en general. Para estos autores, este hecho demuestra que la lateralización del hemisferio izquierdo se da también para las lenguas de signos, por lo cual se puede seguir diciendo que es este hemisfero el que básicamente controla la mayor parte de la facultad del lenguaje, independientemente de la modalidad del canal utilizado.

   A partir de la publicación del trabajo de Stokoe, en el campo gramatical se ha producido un esfuerzo considerable para llegar a identificar en las lenguas de signos las mismas unidades lingüísticas que en las lenguas orales, partiendo del supuesto de que esas unidades constituían el acervo universal de las lenguas humanas. De esta manera, se ha intentado determinar, a modo de ejemplo, cuáles son las unidades discretas sin significado de la primera articulación (fonemas o parámetros distintivos y sílabas); cuáles son las unidades de la segunda articualción con significado (morfemas); y, cómo se expresan las relaciones sintácticas de sujeto y objeto, así como de qué manera se realiza el orden lineal de los constituyentes.

   Estos estudios (junto con los realizados en sociolingüística -aspecto al que no me voy a referir en este trabajo, aunque no por ello de menos importancia-) han demostrado sobradamente que las lenguas de signos son auténticas lenguas humanas e instrumentos plenamente eficaces de comunicación en la interacción que realizan sus hablantes con ellas. Asimismo, en cada uno de los cuatro campos estuidados (procesamiento, adquisición, bases neurológicas y análisis gramatical) los resultados obtenidos por los diversos investigadores han servido para corroborar las diferentes hipótesis y teorías postuladas hasta el momento para las lenguas orales. A saber: a) la existencia de una facultad innata para el lenguaje humano, independiente de la modalidad del canal utilizado; las diferencias solamente se consideran por las características propias que aportan el canal visual y el canal oral; b) la coincidencia en el desarrollo del lenguaje para ambos tipos de lenguas; los niños que aprenden una lengua oral y una lengua de signos pasan por los mismos estadios, porque conciben un tipo de lengua y otro como un conjunto de unidades discretas, en donde prevalecen las propiedades simbólicas sobre las icónicas; y c) la confirmación el el tema relativo a las bases neuronales, de que es el hemisferio izquierdo el detonante principal de la facultad del lenguaje para ambas modalidades; por tanto, en el proceso evolutivo humano, sencillamente se habría producido una readaptación del cerebro para dar cabida a una lengua de un canal diferente.

   Sin embargo, para ciertos autores, entre ellos Stokoe (1997) y Armstrong, Stokoe y Wilcox (1995), estos estudios, aunque necesarios sin duda en su momento, adolecen, en el panorama actual, de un gran error de fondo y de una hipótesis de partida dudosa: la de que la mayoría de las teorías lingüísticas que servían para explicar las lenguas orales se podían aplicar sin más a las lenguas de signos, convirtiéndose así en una prueba de la confirmación de estas mismas teorías. Como contrapartida, abogan por la necesidad de un cambio en el panorama de la lingüística de las lenguas de signos, basado en la búsqueda de la especificidad misma de tales lenguas. Las investigaciones que surgen motivadas por esta necesidad de cambio, constituyen los trabajos que he incluido en la denominada segunda etapa de la lingüística de las lenguas de signos.

   Sin embargo, ello no supone que en todo el panorama investigador se hayan abandonado definitivamente los postulados anteriores. Existen también numerosos trabajos, sobre todo de análisis descriptivo de las lenguas de signos, que tienen como base la hipótesis innatista y las posiciones metodológicas de carácter chomskiano. Precisamente, es al nacimiento de esta teoría a quien Stokoe en 1978 atribuye la causa de que no se haya avanzado más en la descripción empírica de las lenguas de signos:

Una razón de que no haya aparecido ya una gramática descriptiva completa de la LSA es la publicación en 1957 del trabajo de Noam Chomsky "Estructuras sintácticas"...; durante más de los décadas (a partir de la publicación del trabajo de Chomsky) los lingüistas se han dedicado más a discutir sobre cómo realizar el análisis lingüístico que de hecho a analizar amplios corpus de datos, o han dedicado más tiempo a intentar determinar la forma en la que deberían describirse las gramáticas que de hecho a escribirlas (Stokoe, 1978 (1960):81). (Traducción propia).


          3.2.- Segunda etapa

   Como una forma de abrir nuevos caminos en la investigación de estas lenguas, Armstrong, Stokoe y Wilcox (1995) proponen que la dirección tiene que encaminarse hacia lo que ellos consideran la búsqueda de la idiosincrasia de las lenguas de signos; en su opinión, ésta se encuentra en las características peculiares que aportan los gestos. Pero, precisamente, atender a la especificidad del gesto supone plantearse, entre otros aspectos, la importancia en las lenguas de signos del fenómeno de la iconicidad, el aspecto que había minusvalorado el estructuralismo y que el mismo Stokoe había obviado también en su primer trabajo.

   El carácter viso-gestual de estas lenguas revela que los aspectos icónicos forman parte de las lenguas de signos de dos maneras: a) se advierte que son la fuente de creación de muchos de sus signos; y b) se observa que, al margen de la articulación regular de los signos, estos pueden representar a su vez una especie de elaboración mímica o pantomímica con el fin de aportar una descripción más detallada del evento en cuestión. Al desarrollo de estas dos características nos centraremos en los próximos apartados.

   Brennan (1990), en un trabajo sobre la formación léxica en la lengua de signos británica (o LSB), se refiere al fenómeno de la iconicidad como una de las claves para comprender la creación léxica en estas lenguas. Los trabajos más comunes sobre iconicidad en las lenguas de signos, de acuerdo con Brennan (1990:15 ss), se han centrado en la relación entre significado y formas pictóricas (o formas que representan la forma o la acción de un objeto); por ejemplo, la configuración de la mano en tal posición que represente la forma de una taza o, añadida a esta configuración, el movimiento hacia la boca del signante para representar la acción de beber o tomar un líquido con esa taza. Sin duda, este aspecto es importante dentro de la iconicidad de las lenguas de signos, pero no es el único ni el más importante. Existe una dimesión mucho más productiva en estas lenguas que es el fenómeno de la "metáfora visual".

   Las metáforas visuales, debido a la utilización real del espacio, permiten extender la novedad del significado que esta figura retórica ofrece a mayores ámbitos que las lenguas orales. En las lenguas de signos, una metáfora de este tipo se puede expresar más directamente que en las lenguas orales porque no hay que acudir a un espacio imaginario para realizar la metáfora, sino que ésta se realiza en el espacio físico mismo. De ahí proviene su gran potencial figurativo, ya que esto hace que se convierta en el principio de creación de una serie sistemática de metáforas para referirse a diversas operaciones de significado afines. Veamos un ejemplo: los signos para designar actividades o estados como pensar, imaginar, soñar, olvidar, ser tonto o idiota, y similares (es decir, operaciones abstractas relacionadas con la mente humana) tenderán a ser articulados, vía espresión metafórica, en el espacio que se sitúa en la parte alta de la cabeza, conservando de una manera más expresiva su origen icónico (es lo que sucede en la LSE, la LSB y creemos también que en muchas otras lenguas de signos).

   El reconocimiento de este fenómeno de la iconicidad como un aspecto enormemente productivo para la formación léxica en las lenguas de signos es un hecho innegable. La iconicidad es un fenómeno tan frecuente en estas lenguas que Brennan considera que lo atípico es realmente la misma arbitrariedad. Sin embargo, se trata de una iconicidad que opera a través de mecanismos convencionales y, por consiguiente, puede variar dependiendo de los diferentes grupos de hablantes. Por ejemplo, lo que para un grupo de hablantes es icónico puede no serlo para otros; así, el signo en LSE para denominar a Cataluña simulada con los dedos las barras de su bandera; pero solamente los que conozcan este dato cultural podrán identificar la relación de semejanza entre el signo y su referente; además, se podría haber elegido cualquier otro aspecto característico de este referente y plasmarlo en un signo de la LSE. Debido a este carácter convencional de la iconicidad, podemos explicar las diferencias entre unas lenguas de signos y otras, y la aparición de variedades dentro de una misma lengua de signos.

   Para Peirce (1974:49 ss) cualquier cosa que atraiga la atención o nos sobresalte es un índice, en cuanto marca la articulación enter dos partes de una experiencia. Así un trueno fuerte es un índice de que algo ha sucedido, aunque no sepamos exactamente su naturaleza; también un barómetro con marcas bajas junto a la humedad del aire son índices de que habrá lluvia próximamente; y una veleta lo es de la dirección del viento. En las lenguas, palabras como pronombres demostrativos, relativos, posesivos, cuantificadores, giros preposicionales, entre otros, son también para Peirce índices en el sentido de que nos remiten a referentes concretos en una situación comunicativa determinada. Se trata en definitiva del fenómeno que modernamente se viene calificando en Lingüística como deíxis o función deíctica de las lenguas humanas y que Sebeok (1994) denomina con el término general de indexicalidad.

   En las lenguas de signos, la dimensión visual del canal permite mostrar a través de sus signos el carácter tridimensional del espacio; esto es lo que posibilita que la indexicalidad de muchos de los signos de estas lenguas sea mucho más fuerte que en las lenguas orales (Stokoe, 1995). De esta manera, igual que se observa que muchos de los nombres de las lenguas de signos son de naturaleza icónica, también podemos afirmar que la mayoría de sus verbos y oraciones son indicios que nos remiten a sus referentes o hechos de la realidad

   Si atendemos al caso de los verbos, estos pueden indicar, además de la acción (o el estado de cosas determinado) y los participantes en tal evento, ciertas cualidades de este evento. Por ejemplo, con un verbo de movimiento, además del agente que mueve algo o de que algo se mueve, también se puede indicar la dirección o la cualidad del mismo (lengo, rápido, etc.), ofreciéndonos de este modo información bastante precisa sobre las dimensiones físicas del estado de cosas que se representa.

   "CIRCULAR.UN.COCHE.MUY.RÁPIDO.POR.UNA.CARRETERA.DE.MUCHAS.CURVAS" se correspondería con un verbo de estas características en LSE . Por tanto, se observa que, en lengua de signos, un único signo o palabra puede representar una proposición completa (en la glosa anterior, un verbo intransitivo): el predicado y un argumento, así como ciertas cualidades atribuidas al predicado.

   Para muchos autores (DeMatteo, 1976, 1977, y Mandel, 1976, 1977, entre los primeros que aludieron a este tema) lo que estas formas lingüísticas parecen realizar en el espacio sígnico es una trayectoria análoga de un determinado estado de cosas de la realidad; esta trayectoria representa una imagen mental visual que nos remite globalmente a un estado de cosas concreto. Por tanto, este movimiento, más que una amalgama o reunión de unidades discretas, representa un continuum lingüístico que "dibuja" visualmente un hecho de la realidad.

   Este aspecto, de aceptarse en su totalidad, tiene enormes repercusiones para la descripción de las lenguas de signos. Evidencia que estas unidades lingüísticas no pueden ser analizadas de forma discreta de la misma manera en que lo son las unidades de las lenguas orales; es decir, no siempre es posible describir el predicado y sus argumentos, así como el movimiento y la orientación de tales predicados en términos de un conjunto finito de unidades mínimas significativas.

   Este análisis, planteado en tales términos, conlleva dos consecuencias importantes desde el punto de vista lingüístico: a) presenta problemas a quieres han considerado el principio de la arbitrariedad como el rasgo más sobresaliente de las lenguas humanas, ya que se demuestra que la iconicidad es fundamental para comprender muchos de los procesos de las lenguas de signos: b) pone en cuestión el otro gran principio derivado de éste, el de la doble articulación de los signos lingüísticos; es decir, el hecho de que todas las lenguas incluyan dos niveles de organización de las unidades lingüísticas, uno fonológico (sin significado) y otro morfológico (que se compone de unidades discretas del nivel anterior y cuyo resultado son unidades con significado).

   En realidad, lo que se quiere decir con la explicación anterior es que estamos hablando de una situación lingüística en la que nos encontramos mayoritariamente con unidades mínimas que son a su vez fonemas y morfemas. Este es un aspecto que ya se encuentra también en las lenguas orales (por ejemplo, la preposición "a" en español constituye al mismo tiempo un fonema y un morfema), pero lo que es exclusivo de las lenguas de signos es que este fonema-morfema incluso pueda llegar a ser al mismo tiempo una oración con un contenido proposicional completo. Stokoe (1991), que denomina a este fenómeno con el término de fonología semántica, resalta que este aspecto es de enorme repercusión tanto para la lingüística de estas lenguas como para la lingüística en general y constituye el punto de partida de nuevas ideas en la investigación de estas lenguas.


Arriba Abajo 4. Conclusión

   En este trabajo he querido mostrar, a grandes rasgos, un panorama histórico de lo que ha sido la Lingüística de las lenguas de signos desde la década de los sesenta. Ha habido una primera etapa en la que ha sido necesario demostrar lingüísticamente que las lenguas de signos eran sistemas completos de comunicación equiparables a las lenguas orales. Esto ha provocado el intento de los lingüistas por descubrir paralelismos en las lenguas de signos para los principales fenómenos de las lenguas orales, con la finalidad también de encontrar validez empírica en estas lenguas para las principales teorías e hipótesis lingüísticas del momento.

   Sin embargo, en la década de los noventa, estamos asistiendo a una nueva etapa en la que ciertos autores abogan por resaltar los aspectos más peculiares de las lenguas de signos; aspectos que son una consecuencia de las características propias del canal viso-gestual. Armstrong, Stokoe y Wilcox (1995) van mucho más lejos en sus pretensiones y proponen la necesidad de construir un modelo lingüístico tanto para las lenguas orales como para las lenguas de signos, diferente del anterior, cuyo punto de partida sea precisamente el del gesto.


Arriba REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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