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Manuel Rodríguez Orleans

Nació en Sanlúcar de Barrameda provincia de Cádiz. El año de 1904 salió de su pueblo natal y se dirigió hacia Madrid en donde en su profesión de maestro de obras, construyó entre otras obras notables la Casa de Correos y Telégrafos en las Cibeles (Castellana) siendo el arquitecto de la obra el señor don Antonio Palacios Ramillo, arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Construyó también el hospital de jornaleros en los 4 caminos propiedad de doña Dolores Romero, viuda de Curiel, en la Corte de Madrid,   -316-   y además el nuevo edificio para el Banco Español del Río de la Plata, pasando en 1916 al Perú (Lima).

En esta población virreinal del Perú ha construido suntuosos edificios entre los que podemos citar la Caja de Depósitos y Consignaciones, siendo director de la obra el ingeniero don Ricardo de Jaxa Malachowkis. Después pasó a la Cerro de Pasco Cooper en donde construyó casas para los empleados, siendo el Superintendente de la fundición de la Oroya el ingeniero mister Staly.

El constructor Rodríguez se destaca entre sus compañeros de profesión por su talento, honradez y seriedad en sus contratos, cualidades estas que lo enaltecen grandemente. Además, posee certificados del arquitecto español don Antonio Palacios que lo honran grandemente por su competencia y completa honradez.



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Miguel Gamón y Rubio

Miguel Gamón y Rubio, procedente de la madre España, vino al Perú y dedicó sus actividades al comercio, en circunstancias que el ejército chileno ocupaba la bella e histórica ciudad de los Virreyes.

Siéndole imposible internar sus mercancías, a consecuencia de los derechos arbitrarios que impusieron los invasores, hubo de trasladarse a Iquique, donde actuó en el campo del comercio durante dos decenios; radicándose después en Arequipa, donde actualmente reside y se halla dedicado, con infatigable labor tesonera, al comercio y a la minería.

Sus condiciones caballerescas hicieron del señor Gamón y Rubio, en   -318-   toda ocasión, un excelente ciudadano, por el austero cumplimiento de sus deberes.

En Iquique desempeñó durante varios años, el comando de la Compañía Española de Bomberos, la que en circunstancias del bombardeo de la escuadra Silva-Montt, cuando el levantamiento contra el presidente Balmaceda, se dedicó heroicamente y en cumplimiento de su misión humanitaria, a extinguir los incendios producidos por las cortinas de fuego; siendo premiada esa abnegada labor, en la que sucumbieron varios bomberos, por el Gobierno del Perú, que discernió a dicha Compañía una valiosa medalla de oro, la que fue entregada en sesión solemne, ante los miembros de la colonia peruana, por su Cónsul el señor Latorre. Esa medalla, símbolo de la gratitud al heroísmo humanitario, pende orgullosa, desde entonces, del lujoso estandarte de la Compañía Española de Bomberos.

El señor Gamón y Rubio, propulsor infatigable de progreso, fue presidente de la «Sociedad de Beneficencia Española» de aquel y puerto de Pisagua, en los difíciles momentos por que atravesara la colonia, con ocasión del avance, a sangre y fuego, que hicieron las tropas del coronel Canto sobre las pampas salitreras de Tarapacá; pero donde el biografiado dejó las huellas imborrables del recuerdo, fue en los cargos de vicepresidente del «Casino Español», de socio fundador de la «Sociedad Peruana de Tipógrafos» y 42 miembro de varias otras instituciones, que conservan, agradecidas, su memoria.

En Arequipa, la pintoresca ciudad del Misti, el señor Gamón y Rubio, se halla hoy dedicado a las fructíferas labores del comercio y de la minería, en cuyos campos de acción se ha creado una situación espectable. Es miembro de varias instituciones sociales y de caridad, a las que cede, bondadosamente, parte de las utilidades de su trabajo honrado; es vicepresidente honorario del «Centro Social Obrero», del que es dignísimo presidente honorario el señor Conde de Goyeneche; es miembro fundador de la «Sociedad de Socorros Mutuos» y del «Club Internacional» de tiro al blanco, a las que presta oportunos auxilios; es fundador de la «Sociedad Exploradora del Chachani», y accionista y tesorero de la «Compañía Petrolera de Samán», la cual compañía está vinculada al efectivo progreso económico del país, por la importancia que ella reviste.

En la Exposición Industrial, inaugurada el 27 de julio de 1917, no obstante haber sido invitado el señor Gamón y Rubio a contribuir como exponente pocos días antes de la solemnidad, preparó y exhibió un muestrario de más de mil ejemplares de minerales, y diversidad de productos elaborados por él en su laboratorio, con materias primas que abundan en los departamentos del Sur del Perú. Acompañó ese muestrario de un memorial sobre las industrias que pueden implantarse en Arequipa, con las substancias de su propio suelo siendo tan interesante este trabajo como que en él se explica la manera de implantar esas industrias y de elaborar sus productos, no sin dejar de señalar, a la vez, los lugares precisos en que tales substancias existen, para que las personas adineradas puedan denunciarlas y beneficiarlas en bien del progreso de la industria nacional.

Así mismo, con meditación perseverante digna de todo encomio, el señor Gamón y Rubio anotó los defectos de que adolece nuestro Código de Minería, en lo relativo a los denuncios de algunas materias primas; habiendo merecido su notable trabajo los honores de la publicación, bajo los auspicios   -319-   del señor doctor José Pardo, a la sazón Presidente de la República, en la obra impresa en los talleres tipográficos de La Opinión Nacional de Lima, en 1918, con el epígrafe de «Exposición Agrícola, Ganadera e Industrial de Arequipa, inaugurada el 27 de julio de 1917».

A pedido del Ministerio de Fomento, el señor Gamón y Rubio ha obsequiado en los últimos años, sin gravamen alguno para el Estado, varias colecciones de minerales procedentes de la región del Sur del Perú, las que han ido a enriquecer diversas exposiciones nacionales.

Así, pues, salta de relieve la personalidad del señor Gamón y Rubio por su laboriosidad tan perseverante como meritísima, y es considerado como un verdadero valor intelectual, no menos que como un factor útil para España, su patria nativa, y para el Perú, su segunda patria.





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La misión de la Guardia Civil española


Organizadora de la Guardia Civil peruana

El día 22 de noviembre del año último llegó a la capital del Perú la Misión de Policía española que el gobierno del excelentísimo señor presidente de la República don Augusto B. Leguía solicitara del gobierno de Su Majestad Católica el rey de España para organizar e instruir en este país a las que como tal, eran las encargadas de velar por el orden público y dar garantía a los ciudadanos que habitamos en esta república, y que tenemos derecho a ello como en todo país culto y bien organizado.

La misión policial española de la Guardia Civil, cuerpo benemérito en España, orgullo y gloria de la nación española, y en el que están cifradas todas las garantías y seguridades para el completo orden interno de la península ibérica, llegó presidida por el benemérito teniente coronel de esa arma el pundonoroso caballero don Pedro Pueyo y España. Completaban la misión el competente e ilustrado capitán de la misma arma don Bernardo Sánchez, el teniente don Adolfo Carretero Parreño, que por enfermedad tuvo que volver a la península, siendo reemplazado por el igual clase teniente don Fernando Gómez Ayau y el bizarro sargento primero también de la Guardia Civil don José Gómez Hernández.

Esta misión política española; celosa como siempre por el honor en el cumplimiento de sus deberes, al mes de su llegada presentaba al excelentísimo señor Presidente de la República y al Ministro de Gobierno y Policía, 14 proyectos de ley que comprenden el plan completo de reorganización de los cuerpos de   -321-   Guardia Civil, seguridad y vigilancia de toda la república. Dicho trabajo fue elogiado sin reservas por el señor presidente, consideró el plan proyectado en los 14 referidos proyectos, el único hacedero para la reorganización, por sus excelentes formas de adaptación y por la economía que a pesar del mejoramiento de todos los servicios, suponía. Mereció así como caluroso elogio la actividad demostrada por la misión, elogio que se tradujo en felicitación oficial a España por el Ministro de Estado y que sabemos llegó oportunamente a los superiores jerárquicos de los miembros que la componen.

Casi doce meses que espera, que podemos considerar de sacrificios para estos pundonorosos militares de la benemérita Guardia Civil española, trascurrieron sin que fuera posible salvar los obstáculos que le sembraban a cada paso varios funcionarios en el ramo de gobierno a quienes competía entender en el trámite de los proyectos de ley presentados por la misión policial española; hasta que la actitud resuelta y digna del jefe de la misión de España, haciendo honor al benemérito instituto cuya representación traía, acudió, a su rey y al mandatario de esta república para que se resolviese de una vez y con la diligencia que era necesaria la propuesta que en tan corto plazo había formulado. Hizo constar dicho jefe de manera clara y terminante que no estaba dispuesto él ni ninguno de los que con él venían a permanecer inactivos devengando sueldos, los cuales solamente reciben los que a la benemérita Guardia Civil española pertenecen, como consecuencia del trabajo activo y honrado, pero el carácter férreo y tenacidad, hispana del señor presidente de la República señor Leguía, salvaron todos los escollos y todos los obstáculos, personalmente encauzó el asunto disponiendo lo necesario para la preparación del local en qué instalar a breve plazo la escuela de la Guardia Civil y policía que crearía, para que sirviera de base a las instituciones futuras.

A tal fin quedó definitivamente resuelto que en el local del barrio del Cercado, que había servido de manicomio y se hallaba ruinoso, se comenzaran las obras de restauración y adaptación baja la inspección personal del señor Pueyo Jefe de la Misión Española, cuyos trabajos dieron comienzo el primero de abril próximo pasado y en este caso como en el de la preparación de los proyectos para reorganizar las instituciones de policía, respondió el señor Pueyo con la rápida preparación del vasto edificio que se le entregó en ruinas, transformándolo en un lugar que hoy nada tiene que envidiar a sus similares dedicados a ese género, dotándolo, gracias a la liberalidad del señor Presidente de la República y también a la valiosa gestión del director de Policía coronel Guillermo Rivero de la Guarda, de todos los elementos precisos para el más perfecto funcionamiento de este género de instituciones.

Creada la escuela de la Guardia Civil y policía por decreto supremo de fecha 3 de julio último, se atendió en primer lugar y de un modo escrupulosísimo a la recluta del personal preciso para la instalación del plantel, consiguiéndose la presentación de candidatos muy honorables y de excelente historia militar para la clase de capitanes, tenientes y alféreces. Para las secciones de clases de seguridad e investigación se atendió con prolijo cuidado a los antecedentes de conducta e instrucción y con tal medida se consiguió un personal que hizo honor el día de la inauguración de la escuela, a sus reclutadores e instructores.

El día primero del actual fue la inauguración de la escuela, bajo la presencia y presidencia del señor presidente Leguía, con la concurrencia del gobierno en   -322-   pleno, de los cuerpos diplomáticos y consulares acreditados en Lima, del elemento militar y civil de la población y de la simpática colonia española de Lima, que, respondiendo cumplidamente a la iniciativa sugerida por el teniente coronel señor Pueyo y España, tuvo la gentil delicadeza de obsequiar para el nuevo instituto «la bandera de combate». Rasgo delicadísimo que ha despertado el agradecimiento unánime de todo el buen peruano, hacia los nobles hijos de la gloriosa España, porque ese pabellón sacrosanto donado por los hijos de la madre patria, simbolizará por siempre el amor de España hacia esta patria, hija predilecta, que en buena hora acude a ella para que allí viniesen colaboradores para establecer de hecho la institución de más importancia social en la vida de las naciones: «Los conservadores del honor, del orden público, de la vida y haciendas de los ciudadanos».




La Guardia Civil y la Policía

La inauguración de la escuela se realizó con el descubrimiento de la lápida conmemorativa; siguió la de la bendición de la bandera por el señor Nuncio Apostólico; la entrega de la enseña patria al señor presidente Leguía: por los padrinos señora Fabiola de Ojeda, esposa del Ministro de España y el Presidente del Casino Español en representación de la colonia; aceptación del señor Presidente de tan delicada y preciada ofrenda, lo cual dejó cumplidamente demostrado en el hermoso discurso de agradecimiento con que la recibió y con el que hizo, trasmisión de ella al director de la escuela señor Pueyo y España para que la adjudicase en aquel momento al plantel. A este acto siguió la entrega al abanderado, y su escolta de la bandera y en seguida el señor Pueyo con enérgico tono y entusiasmo ardiente se dirigió a las fuerzas formadas pidiéndoles el juramento de fidelidad reglamentario, el cual obtenido con estentórea voz de los alumnos, se efectuó el brillantísimo desfile de todos bajo los pliegues de la enseña que juraron defender a costa de su sangre y de la cruz que con ella formaba el señor Pueyo con su espada. Momento solemne que enterneció a todos y cada uno de los asistentes arrancando voces de entusiasmo salidas del alma que se condensaban en esta frase «Viva el Perú y la madre España».

Se descorrió a continuación el monumento que la gratitud de los nuevos institutos hizo erigir en honor del presidente señor Leguía. Magnífico busto en bronce que se yergue en el centro del patio de honor de la escuela, acto que realizó la señora Fabiola de Ojeda acompañada del ministro de Relaciones Exteriores, señor doctor Alberto Salomón y que despertó de nuevo frenéticas aclamaciones y aplausos en honor al mandatario tan merecedor de ese sencillo homenaje. Terminado se visitó el establecimiento obsequiando espléndidamente a los invitados.

Tanto el señor presidente como su gobierno, las autoridades de diversos órdenes, como los invitados en general al hacer franco elogio ante el director señor Pueyo, de las excelentes condiciones de la instalación de los múltiples servicios, afirmaban que no pensaban hallar tanto que admirar en un edificio que pocos meses antes solo era un montón de ruinas.

Para terminar nos ocuparemos del discurso del señor Pueyo España en el cual tuvo, como lo leerán nuestros lectores en la copia que del mismo acompañamos al pie de este artículo, dos felices ocurrencias que traducidas en pedido respetuoso al jefe del estado, elevó en el arte de su pronunciación.

Fueron estas:

Que consintiese colocar en el salón de actos de la escuela al   -323-   lado del retrato del egregio mandatario, otro del monarca español, no con el fin de presidir acto alguno, sino con el fin de que inspirados los miembros de la misión en sus bondades, ante su presencia permanente, fueran su guía constante para la mejor labor en honor de España.



El presidente señor Leguía contestó en el acto, que le parecía tan bella la idea, a la que accedía con el mayor agrado, que de no haberlo propuesto, él lo hubiera sugerido.

El segundo pedido fue: que consintiese que a la entrada de la escuela y de modo ostensible se colocase un rótulo de grandes caracteres, con el lema en que está inspirada la «Benemérita Española... El honor es su divisa...». A lo cual el presidente señor Leguía con ingenio peregrino y clara, inteligencia contestó rápido:

Accedo gustosísimo al pedido que me dirige el señor director de la escuela de la guardia civil y policía, pero con una condición, y es que a un lema como el propuesto que a tanto obliga, se le añada para su más fiel complemento: «Como en la madre patria».



Así ha quedado, de modo tan lisonjero inaugurada la institución de la Guardia Civil peruana, hija legítima de la institución más honorable de España.




La benemérita

Llevados nosotros por ese amor a la madre patria y a este benemérito cuerpo en el que fueron jefes algunos de nuestros progenitores, visitamos también esa escuela en unión del distinguido compatriota malagueño señor J. Miguel Guzmán, siendo amablemente recibidos por el jefe de la misma señor teniente coronel don Pedro Pueyo y España. Después de presentar mis credenciales como corresponsal de este gran Diario Español de Buenos Aires, lo saludé a nombre del mismo, saludo que agradeció debidamente, pidiéndome que trasmitiera su vivo agradecimiento hacia el señor Director y redactores del mismo, y el saludo cariñoso que enviaba a toda la colectividad española residente en la República Argentina, patria por la que él siente una gran simpatía y un vivo deseo de visitarla. El señor Pueyo con esa galantería propia de la raza hispana nos hizo visitar toda la escuela explicando todo el movimiento interno para el desarrollo de la mentalidad de los que en él reciben educación para detectives. Horas muy amenas transcurrieron al lado de tan distinguido jefe de la benemérita, despidiéndonos de él para volver a la terminación del primer año de estudios.

La impresión que nos produjo el teniente coronel Pueyo y España, fue de lo más halagüeña y simpática. En su estilo, en la manera de expresar su pensamiento, este lo marca con su exquisito gusto personal, carácter que proviene del giro que con tanto talento expresa su pensamiento y la elección de las palabras que escoge, tan adecuadas para el caso; en sus ideas brota la claridad en la acertada construcción de las mismas... Contrasta tanta naturalidad y tanta delicadeza al emitir una idea y en la elegancia en expresarla bien escogida; con su energía militar sin despotismo, energía que consiste en explicar con palabras demasiado sencillas los más grandes pensamientos como aquel de «El honor es su divisa», siendo su único intento hacer comprender bien el sentido de sus palabras. Es a la vez profundo sin vanidad, cuando expresa su pensamiento militar, verdaderamente profundo en que frases aun en sus palabras que impone el interlocutor mucha flexión. Está completamente exento de la infatuada pretensión a la profundidad que engendra ordinariamente en quien la emplea, el embrollo y la pedantería.   -324-   Este es a grandes rasgos el dibujo moral que hacemos de este benemérito jefe de la Guardia Civil, señor Pueyo y España, que en buena hora lo enviara el rey don Alfonso XIII a presidir y a enseñar con su claro talento criminalista, la Escuela Oficial española en el Perú. Últimamente, y convencido el presidente de la República señor Leguía de las grandes dotes de mundo con que la naturaleza ha dotado al jefe de la Misión de la Guardia Civil española, teniente coronel don Pedro Pueyo España, le ha confiado además, el honroso puesto, de Director General de la Policía en el Perú.

En estos momentos de reconstrucción mundial, la labor de España debe ser a todo trance el acercamiento de nuestra querida España con estas repúblicas de origen hispano. ¿Cómo puede esto conseguirse? lo exponemos a continuación: así como fue propio del siglo XVI gravar con la espada la marca de una gran idea, es propio de nuestro siglo, buscar con el corazón rebosando de amor en este mismo continente a los iberoamericanos, para extender nuestro espíritu y dar nueva vida a la savia del árbol de nuestra antigua nacionalidad española, encerrada en la añosa corteza de «una larga y gloriosísima, y no igualada historia». El espíritu de las naciones como el espíritu de los individuos tiene sed insaciable de verdad y de justicia, y cuando no hay medios de apagar esa sed, el espíritu como el árbol, como la flor; necesitan del rocío porque de lo contrario desfallecen y mueren.

Comprendiéndolo así nuestro augusto monarca el rey don Alfonso, envía al Perú a esta distinguida misión policial, notables criminalistas, teniente coronel señor Pueyo y España, inteligente capitán don Bernardo Sánchez Visaires, teniente don Fernando Gómez Ayau y al bizarro sargento José Gómez Hernández, honra y prez de nuestra patria española, para que de nuevo renazca en su hija predilecta el Perú, el amor, con el ejemplo de honradez acrisolada que es el timbre más glorioso de la benemérita española.

Pero el interés de nuestro soberano no se ha limitado solo a este acto, pues lo vemos en el reciente congreso de Asociaciones de la Prensa Española celebrado en Santander, dirigirse a los miembros de ese congreso con estas palabras:

La misión del periodista es una misión de paz, no es una misión de guerra; pero al mismo tiempo ustedes en esta ocasión, con la pluma en la mano tienen que realizar una misión de guerra, puesto que yo deseo que conquisten para España y para nuestra raza por medio de sus predicaciones en la prensa, el puesto a que España tiene derecho en el mundo.



Precisamente esta es misión que yo me he impuesto hace tiempo desde las columnas del prestigioso Diario Español de Buenos Aires, con el beneplácito y los aplausos de todos los buenos españoles y distinguidos peruanos, como también del Director de este Diario Español y del presidente de la Unión Iberoamericana en Madrid, señor Marqués de Figueroa, al imponerse de mi labor patriótica en la realización de la «Galería de honor de personajes ilustres peruanos amigos de España», galería que ha hecho revivir en los corazones peruanos el amor hacia la madre patria España, que si estuvo en algunos un tanto adormecido, fue por la incuria y negligencia de aquellos que tuvieron la obligación de hacerlo y que por falta de patriotismo lo abandonaron.

Hoy no se trata de hazañas como aquella del Guadalete en que el suelo patrio español fue entregado a la hambrienta voracidad de los bárbaros, ni a la gigantesca hazaña de las Navas, no, hoy solo se trata de ejercitar el noble   -325-   e inagotable espíritu español, y pedir inspiración a nuestro pensamiento para buscar a todos nuestros hermanos los iberoamericanos y llevarles con el ramo de oliva de la paz, los tesoros del espíritu español, que en otro tiempo sacrificándolo todo por su causa les infundimos nuestro idioma y hasta nuestra misma sangre española.

Hoy día, en la América española la obra de la conquista espiritual de los iberoamericanos, tanto de parte del gobierno español, nombrando adjuntos civiles en las Legaciones y Consulados que sean idóneos y patriotas, como la de los españoles de verdad que estamos en la América; debe ser la de reunir las ideas de todos nuestros escritores, comunicar en sus varios raros matices el espíritu español, para decirles un día y otro día en todos los tonos de nuestra común habla, que tanto aquí como allá en la península ibérica están sus hermanos de siempre mostrando a los ojos de estos un porvenir de paz en que reunidas nuestras fuerzas pudiéramos hacer brotar una gran confederación para defender nuestros intereses mutuos, lo mismo nuestras inteligencias para poder hacer brotar en las entrañas de la América española, y en el seno de nuestra querida España, una nueva ciencia, una nueva literatura.

Debemos hacer todo esto, con una constancia que recuerde nuestro antiguo carácter, sin más premio que el amor tanto a España como a la América, y sin más recompensa que la íntima satisfacción de nuestra misma conciencia. Esta obra necesita el apoyo moral y material del gobierno español.





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Las ruinas de Pachacamac

(cerca de Lima)


En busca de impresiones


A mi querido amigo el eminente hombre
público y elocuente orador parlamentario
doctor José Matías Manzanilla
.



Ofrecí escribir mis impresiones en mi excursión a las ruinas de Pachacamac y ahora me arrepiento de mi ofrecimiento. Me arrepiento, porque no es posible encerrar en estas líneas, las ideas que en tropel me asaltan a la mente, de todo lo que he contemplado en ese pueblo destruido por la maldad del hombre civilizado contemporáneo. He anhelado ver siempre las ruinas de Pachacamac, que fue centro de una civilización distinguida, y mi anhelo se ha cumplido, y, cosa rara, la realidad ha excedido a la imaginación. Mi alma jamás pudo soñar tantas maravillas como ha dejado en el espacio grabados indeleblemente el espíritu de esos primitivos peruanos, cuyas sombras me parecían levantarse volviendo a la nueva vida en medio de esas portentosas ruinas que atónita mira la vista y suspenso contempla el pensamiento.

Tantos recuerdos se agolpan ahora a mi mente, que apenas puedo ordenarlos. Si me preguntan qué he visto, apenas podré decir he visto un cielo azul muy hermoso, el río de Lurín que serpenteando las ruinas y regando una hermosa y dilatada campiña, rodea la ciudadela de Pachacamac como si buscara la sombra de sus fortalezas. Estas fortalezas las contempla hoy el viajero cubiertas de ruinas por efecto de la dinamita; todo esto me ha parecido como un gran sepulcro al descubierto, porque todos los cadáveres y fragmentos humanos yacen esparcidos por todas partes.

Pero esas ruinas hablan, esas piedras amontonadas podrían ser los huesos de las primeras civilizaciones que han desaparecido para siempre. Pero la indignación del observador, esa fuerza creadora de la fantasía es tal que los llama, los viste de carne, les infunde su alma, y ve asombrada pasar como ideas vivas esas generaciones que murieron, y las ve trabajando incansablemente, ofreciendo los tesoros de su sangre y los destellos de su inteligencia para levantar el famoso templo que encontraron los conquistadores al mando de Hernando Pizarro. ¡Cuántas acciones memorables y grandiosas guarda Pachacamac en ese montón de olvidadas ruinas!

Según era mi deseo, el 17 de marzo de este año a las 12 y media de la tarde emprendimos este viaje tan deseado embarcando en la estación de Viterbo y provisto de un Kodak. El viaje empezó con algunos contratiempos: al primer kilómetro de haber salido el tren de Lurín, se le enredan en las ruedas el alambre del telégrafo; 15 minutos de espera   -327-   y gracias a la habilidad del conductor del convoy señor Miller, pudo el tren seguir la marcha. Ya en el Cercado, antes de Barbones vuelve otro incidente a paralizar la marcha: las dos ruedas delanteras de la máquina marchaban fuera de los rieles. Nuevamente el inteligente conductor Miller con gran pericia hizo poner las ruedas en los rieles. Salvado este inconveniente, pasamos sin novedad hasta el fin de nuestro viaje. Este fue la Hacienda de Buena Vista en Lurín, explotada por la Sociedad Agrícola Lurín cuyo director gerente es el atento caballero don José Ajoy.

Eran las 3 de la tarde cuando después de haber hecho los honores a un espléndido y suculento almuerzo ofrecido por el director gerente y por el representante de la Hacienda don Benjamín León y su amable esposa la señora Dominga de León, montamos en espléndidas cabalgaduras y nos hicimos al camino en busca de impresiones. Los excursionistas fuimos a más de los señores antes nombrados, el señor Federico A. Pastor Guillen, el contador de la hacienda don Jaime Kant, el administrador de la hacienda Mamacona que explota la misma Sociedad Agrícola de Lurín, don Manuel Gamarra, el Yanacón de esta última hacienda don Amancio Núñez, que nos servía de guía, y el que escribe estas líneas.

A la hora indicada cuando abandonamos la hacienda Buena Vista, nos dirigimos, atravesando el Valle de Lurín hacia la Banda Occidental (más de media legua) y llegamos al puente que une el valle con la antigua ciudad de Pachacamac. Allí mientras nos sorprendía la Kodak con una instantánea, también nos sorprendió el cobrador por derecho de pasaje del puente. Terminada esta formalidad indispensable, penetramos al antiguo pueblo de Pachacamac que mide como 2 millas de largo hasta las ruinas de «Las Palmeras», y poco más de una milla de ancho. El guía marchaba delante de nosotros porque la maldad del hombre civilizado, ha removido el subsuelo por medio de la dinamita, y haciendo peligroso el camino ha dejado al descubierto la osamenta de esos primitivos peruanos profanando templos y sepulturas, destruyendo todo cuanto han creído necesario destruir para buscar los famosos tesoros, que la imaginación de la avaricia, asegura existen en las entrañas de esas sagradas ruinas. Nos dice el guía: «aquí vienen los caballeros de Lima con varios trabajadores, y si sospechan que en estas ruinas hay un tesoro, aplican la dinamita, destruyen esa sección del templo, y, cuando se convencen que no hay nada, van a repetir esa hazaña a otro lugar hasta dejar, como ven ustedes, reducidas a cenizas estas ruinas que todos debíamos considerar como sagradas». Últimamente vinieron soldados de línea y los destrozos que ocasionaron no es necesario que yo los repita: ahí lo ven ustedes. Efectivamente, la Kodak imprimió varias vistas para Mundial y Perú Gráfico. Sin embargo esta población y santuario fueron respetados y considerados por los conquistadores españoles.

Una vez que visitamos todo lo que podemos llamar pueblo, nos condujo el guía al sagrado templo que ellos llaman del Sol. Para ascender a él, es necesario de guía, porque los destrozos que ha causado la dinamita, hace el paso inaccesible. El guía nos condujo a caballo   -328-   por buen camino, relativamente, y llegamos a la cúspide. Todas las ruinas antiguas están reducidas poco menos que a polvo: «la dinamita había hecho su estrago».

Una idea general de la población que contemplo, no sé si podré darla. La rodean por un lado el río de Lurín y por otro una doble muralla cuyas puertas se destacan allá a lo lejos por el antiguo camino de Atocongo. Los edificios que yacen en olvidadas ruinas, reúnen las historias de esta ciudad. El Templo del Sol que se yergue imponente y majestuoso hacia el Sur de las ruinas como centinela avanzado que guarda el sueño de esta «Reina destronada», significa el espíritu guerrero, tal vez de la raza Asiria, por la semejanza de las terrazas alrededor de la fortaleza, obra maravillosa de esas pasadas edades, que guarda como Arca Sagrada el fuego de la vida de las generaciones pasadas; y bajo esta fortaleza, a su sombra protectora se levantan en desorden las casas de la primitiva población, en lo exterior pobres y mezquinas, y en lo interior desahogadas y cómodas.

Allá a lo lejos y en los límites de la hacienda Mamacona, existe otra ruina de esa misma época conocida con el nombre de «Las Palmeras». Deseosos de visitarlas descendimos de la fortaleza del Templo del Sol siempre guiados por el guía haciendo un descanso en la hacienda Mamacona que está al Occidente de las ruinas, siendo amablemente atendidos. A los 15 minutos pasamos a Las Palmeras.

Estas ruinas que no son visitadas porque quedan a respetable distancia de las anteriores, parece que sirvió de recreo a los principales caciques o para las vírgenes consagradas al culto. Es esta, una fortaleza más pequeña que tiene una extensión de unos cien metros de ancho por unos trescientos de largo. Frente a esas ruinas se conservan las palmeras que según la tradición, plantaron esos primitivos peruanos. La Kodak también sacó copia de estas ruinas y jardín. De estas ruinas la imaginación de esta gente sencilla aseguran «que nadie puede pasar por ellas de noche porque hay encantamiento, dicen que existe una mujer encantada que sale al viajero y después de estar cerca de él, se vuelve culebra. En la noche ven muchas luces por lo que creen que hay penas».

Nosotros examinamos bien la fortaleza y encontramos que hay una escalera subterránea obstruida por la acción del tiempo, y creemos que esas luces sean fuegos fatuos que denuncien algún cementerio oculto, y como fue costumbre antigua, existan con los cadáveres todos los tesoros que enterraban con sus dueños. Los más terribles defensores de esas ruinas, son más de dos mil avispas que se han apropiado de esas ruinas, y corre inmenso peligro el atrevido viajero que intente turbar el sueño de esas antiguas reliquias, si no va provisto de aparatos para defenderse de ese ataque mortífero de las avispas. La existencia de esta enorme cantidad de avispas, nos revela el abandono de estas ruinas.

Terminada esta última visita, montamos a caballo que es el medio de locomoción que representa en estos valles el más práctico y seguro modo de viajar. Ya sabemos que a la aristocracia antigua correspondió siempre el caballo, por eso fue que a los nobles se les llamara caballeros,   -329-   y por lo mismo la espuela fue signo de aristocracia, y por la misma razón en toda la literatura aristocrática de la Edad Media, el caballo representaba un papel tan importante y a veces más importante que su mismo dueño. Una cosa idéntica o parecida sucede con el caballo en estos valles para los hacendados, pues sin el caballo no pueden cumplir con sus obligaciones y compromisos.

Vimos la puesta del sol, que en ese sitio es muy hermosa, y como es consiguiente la noche no se hizo esperar. A pesar de la oscuridad descubrimos la aridez de la pampa que pone desolada tristeza en el ánimo. Hay algo de muerte en esas llanuras uniformes, invariables, áridas, cortadas a veces por alguna ruina que debió ser vivienda y que ahora parece una tumba. Sin embargo a lo lejos se ve la vegetación de la hacienda Mamacona pero a pesar de esto la monotonía del paisaje es tal que muy pronto vuelve el alma a caer en tristeza. Serían las 8 de la noche cuando regresamos a la hacienda Buena Vista en donde nos dieron cómodo y confortable alojamiento gracias a la generosidad de sus dueños los caballeros que antes hemos mencionado.

Es imposible pasar por estas llanuras sin que venga a las mentes el avellanado y flaco hidalgo español, espejo de caballeros, pasmo del mundo, tan largo de valor como corto de palabras, tan enamorado como bravo, de limpia alma y corazón entero, en sus pensamientos levantado y sublime, en sus obras generoso y magnánimo, amparo de todos los afligidos y débiles, última luz de la andante caballería y último reflejo de la Edad Media, que en el siglo XVI conquistara estos territorios en nombre de la madre patria España.

Al siguiente día, y ya respuestas nuestras fatigas por la excursión del día anterior, visitamos Lurín, la hermosa playa de este pueblo y la población de Pachacamac, que está ubicada casi a una legua de distancia de las ruinas de las que tomó su nombre. En este pueblo conocimos al distinguido facultativo doctor Rubén Urteaga que es ayudante médico sanitario de Pachacamac, que presta muy buenos y oportunos servicios profesionales a los habitantes de este hermoso valle que habitan en Atocongo, Las Palmas, Pachacamac y Lurín a entera satisfacción de todos. El estado de abandono en que hemos encontrado estos pueblos dice la indiferencia con que los municipios miran por la prosperidad de estos distritos y por lo tanto nada hacen por el progreso de la población.

El lunes 19, en la mañana, volvimos a las ruinas de Pachacamac y en el Templo del Sol observamos estupefactos una hermosa escalera hecha de piedra pintada en forma de mosaicos en cuatro colores: negro, rojo, amarillo y blanco (casi igual a los colores usados por los chinos) e igual a los colores que usaban los incas en una soga llamada huasca, con la que bailaban en una gran festividad el baile llamado la yacauyra en la Huacay-pata o plaza principal del Cuzco en la primera semana del 7.º mes incaico que abarcaba desde el 22 de diciembre a 22 de enero. Estos dibujos están casi en su totalidad destruidos por la mano del hombre civilizado.

El material para la construcción empleado en las casas, es el adobe,   -330-   pero cada adobe mide cerca de una vara de largo, por media vara de ancho y una cuarta de alto.

Después de dirigir las últimas miradas al panorama de la hermosa población de Pachacamac, recogí algunas flores silvestres que guardé cuidadosamente. Me parecía que en su esencia aspiraba el espíritu de esos primitivos peruanos que dio vida al hermoso y atrevido castillo y Templo del Sol.

En el altar de la naturaleza, el aroma de las flores es como incienso que sube incesantemente a los cielos. En esa esencia misteriosa, invisible, que se pierde en el aire, se oculta el alma de la creación. La materia es tan tenue como el aroma de la flor, como los átomos de oro en que se bañan los mundos: se parece al espíritu.

La luz de la tarde que teñía con su misterioso resplandor el Templo del Sol aumentaba sus hermosas proporciones, como también entristecía el alma la sociedad que en él reinaba. El reflejo del sol poniente se asemejaba al centellear de una lámpara moribunda. Las sombras, con sus dudas, envolvían las ruinas y las idealizaban, y el calado de las piedras era a mis ojos como blancas flores depositadas en el templo por la mano invisible de Dios.

Yo, en mi fuero interno, en mi conciencia, veo en toda esta naturaleza a Dios y me parece cada piedra como las notas de un canto, la revelación de su naturaleza. ¿Qué sería nuestra conciencia sin Dios? Sería como un mar corrompido sin luz y sin aire, porque la idea más real y más hermosa, es el ideal de Dios que sobre ella gira como sobre un eje de diamantes, el espíritu y la naturaleza.



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Leyendas indígenas americanas

Sobre las grandes razas que encontraron en el siglo XVI los conquistadores españoles en Colombia, Ecuador y Perú, comparándolas entre sí y el espíritu de conquista de cada una de ellas, por Esteban M. Cáceres


¿Cuál es el origen del hombre americano? Este es el problema que desde las primeras épocas del descubrimiento del nuevo mundo, ha venido interesando vivamente a los hombres de ciencia y a los pensadores en general. Sobre este asunto se han escrito infinidad de volúmenes que contienen hipótesis más o menos ingeniosas, pero todo no ha pasado de hipótesis y de datos que no se pueden comprobar, porque faltan los principales elementos para la reconstrucción de las primitivas sociedades.

Para encontrar el origen del hombre americano, yo creo que debe buscarse primero al hombre primitivo allá en su cuna, y entonces apenas lo encontráramos, porque nos parecerá como una piedra perdida en el monte o como una hoja perdida en el bosque. Pero si nos detenemos a observarlo, veremos que más tarde, por dos llanuras del Asia se levanta una nube de polvo; es el hombre primitivo que pasa del estado contemplativo al estado guerrero, es decir de la inocencia a la primera juventud. Si seguimos estudiando al hombre primitivo, vemos que los bosques crujen heridos por el hecha, que las plantas machacadas se deshilan en fibras, que se urden nuevas telas; vemos al hombre primitivo lanzarse al mar en embarcaciones de cuero y de troncos de árbol y que de isla en isla y de continente en continente se adueña de la tierra abrazando en su seno palpitante de amor y de exterminio todo lo que en su paso encuentra. Y como el amor y el deseo de las emociones es la vida y es el soplo que todo lo fecunda; de la misma manera que en las riberas del Mediterráneo, más luciente que la primera estrella de la tarde, se levantaba Grecia coronada de mirtos y rosas, destilando la miel de su inspiración, rodeada de genios, en las riberas del Pacífico se levantó también el antiguo Perú rodeado de una civilización no igualada en parte alguna de la tierra, la civilización del Tiahuanaco.

No solo debemos aceptar esta hipótesis, sino también aquella de que en el período eoceno estaban reunidas América y Europa, demostrándose la simultánea presencia del coryphodon en Europa y la América del Norte, y del paleotheriun y el anaplotheriun en Europa y la América   -332-   del Sur. También es una prueba demostrativa de la continuidad del terreno entre Europa y América en la época eocena, la afinidad de los proboscídeos, bisontes, rengíferos, ciervos y óvidos de Europa con los de la América, y también la analogía de las flores fósiles de ambos continentes. Y si se nos objeta que hoy la fauna de América difiere bastante de la Europa, debe tenerse en cuenta que este hecho resulta perfectamente natural, recordando la teoría evolucionista.

La hipótesis del ilustre Darwin, ardiente monogenista, coloca la cuna de la humanidad en África, y de ahí su famosa hipótesis del Adán negro, Mr. de Quatrefages, partidario de la aparición del hombre en la Edad Terciaria, dice que la humanidad tuvo su origen en alguna parte que está al norte de la Siberia y en efecto, según las investigaciones de los paleontólogos y geólogos, el Spitzberg (montaña aguda) gozaba en los tiempos terciarios de un clima bastante templado muy análogo al de la California, habitada aun hoy por algunas tribus humanas de las más inferiores. La hipótesis de Mr. de Quatrefages es que Adán era rojo, y que la aparición del hombre fue en Europa no en el Asia.

Los antropólogos norteamericanos sostienen por su parte la teoría de la autoctonía de los pueblos del Nuevo Mundo que supone que estos pueblos americanos tuvieron nacimiento propio y exclusivo en la tierra americana. A esta teoría que se llama la teoría poligenista es rechazada casi universalmente, entre otros por el mismo Darwin, resuelto monogenista, es decir, partidario de la existencia de una sola especie humana profundamente modificable por las emigraciones, los diferentes medios, la aclimatación, etc., etc. Además todos los estudios hechos por los hombres de ciencia, prueban que América y Europa estaban unidas, aun en los primeros tiempos cuaternarios, por la faja de tierra de que quedan como testimonios la Islandia y tal vez por la Atlántida, y además por el estrecho de Bering; no hay dificultad alguna en admitir que hubiesen podido pasar por allá los antepasados de las dos notable razas americanas; los dolicocéfalos que fabricaban armas del tipo de Chelles, halladas en el Brasil, La Plata y California; y los braquicéfalos que fueron los fundadores del antiguo Perú y del antiguo México y aun de algunos pieles rojas.

Nosotros sostenemos la hipótesis de que el centro del Asia fue la cuna de linaje humano y que, desde allí siguiendo el curso del Sol de Oriente a Poniente, las inmigraciones sucesivas fueron poblando poco a poco los continentes y las islas, llegando a radicarse en la América, ya fuera por este medio o por la continuidad de la tierra en la época eocena.

Los primeros pobladores tanto del Ecuador como del Perú, dice la leyenda, arribaron por mar viniendo unos del lado del Occidente por el Pacífico al Ecuador descendiendo otra del lado del Atlántico por las montañas de Antioquía y Popayán para entrar por el Norte al territorio del Ecuador. Para dar vida a esta leyenda, se fundan en los restos de antiquísimas poblaciones a lo largo del Atlántico en las provincias de Cartagena y Santa María del Norte y además en las costas de Trujillo y en las orillas del Lago Titicaca por el Sur del Perú. Pero dice   -333-   también la leyenda, que cuando estos grupos civilizadores llegaron a las costas americanas, todas estas comarcas estaban ya ocupadas por densas poblaciones cuyos orígenes se pierden en el horizonte de los tiempos.

Para intentar a la reconstrucción de los antiguos pueblos americanos, tenemos que recurrir a la leyenda, a la fábula; para esta reconstrucción apenas se cuenta con los siguientes elementos. (a) los objetos que se han encontrado en las antiguas huacas o sepulcros; (b) las relaciones de los cronistas y de los conquistadores; y (c) los restos de estos pueblos, ya sean los que sometidos llevan una vida civilizada formando nuevas nacionalidades con la conquista; ya sean los que en tribus errantes llevan una vida independiente en los hermosos e impenetrables bosques. Estos restos de poblaciones han perdido todo recuerdo y hasta el idioma de sus antepasados y por ello dan muy poca luz sobre el asunto. Lo que da alguna idea del pasado son los vestigios filológicos conservados en millares de nombres geográficos en toda la extensión del continente, vestigios de indiscutible importancia, porque la filología es la única ciencia que puede entrar en el fondo de las tinieblas de las antiguas edades, y enseñarnos cómo se enlazan las diferentes razas. Estos son los elementos directos, escasos y deficientes, por cierto, con que se cuenta para el estudio de los oscuros problemas relacionados con los primitivos habitantes de la América Meridional.

Como en la América no había escritura propiamente dicho, los acontecimientos históricos se trasmitían por el sistema oral de generación en generación, siendo en el Perú los encargados de ello los amautas y quipocamayos, pues no puede considerarse escritura ni los quipos que usaron los peruanos ni los petroglifos de los chibchas ni las rocas grabadas de los caribes, aunque en dichos grabados y pinturas señalaran el registro de acontecimientos o de hechos importantes en la vida de esos pueblos; todo ello no era más que escritura simbólica y no fonética.

Prescindiendo de la raza incaica en el Perú y de los scyris del Ecuador, en el resto del continente, o sea, en su mayor parte no se conocía la arquitectura, y solo han quedado en muy reducido número vestigios aislados de misteriosa civilización, de pueblos desconocidos como los que en la costa de Esmeraldas y en el Valle de San Agustín (Colombia), labraron gigantescas estatuas de piedra, únicas huellas que dejaron de su paso; o, los que en la montaña de Antioquía, construyeron edificios y las amplias calzadas que ya en olvidadas ruinas encontraron los españoles conquistadores.

En la conquista, en ese inmenso naufragio de la raza americana, como es fácil suponer, dado el carácter guerrero de las tribus, que en su inmensa mayoría habitaban en estado salvaje y feroz en toda la extensión de la América; se perdió para siempre la parte más considerable y más interesante de sus tradiciones, de su historia, de su industria y de sus artes.

Todas estas poblaciones indígenas de la América del Sur, dado su   -334-   carácter, su índole y su organización; pueden reducirse a tres grandes grupos, cuyos lineamientos generales están regularmente definidos de acuerdo con las condiciones topográficas del continente. Estos son los paras, los caribes y los andinos; es muy posible que estos dos íntimos grupos sean derivaciones del primero que fue el hombre primitivo que apareció en las pampas, contemporáneo de los paquidermos y rumiantes, o sea, de los mamíferos ungulados, derivaciones estas más o menos acentuadas por la acción de los siglos y por la diferencia del medio en que se desarrollaron.

El primer grupo, o sea, el hombre primitivo que habitó las pampas, ocupó la región oriental desde los confines meridionales del continente hasta las costas del mar de las Antillas y se extendió en las pampas y en las selvas que se dilatan desde la base de la cordillera de los Andes hasta las playas del océano Atlántico. Sus tribus diseminadas en ese inmenso territorio estaban constituidas en sociedades rudimentarias, y muchas de ellas subsisten todavía en ese mismo estado. Es muy probable que en esta familia se encuentran los más genuinos representantes del primitivo hombre sudamericano, que, contemporáneo de los equideos de las pampas, debió hacer su aparición en esas mismas regiones, y cuya descendencia, al extenderse en el continente, dio origen en un curso de los tiempos y de acuerdo con los nuevos medios que encontró, a los grupos etnográficos de la época histórica.

Al ascender el hombre primitivo de las pampas a las cordilleras en las altas mesas del Perú y de Bolivia, no hay duda que formó la raza andina la que produjo la singular civilización que le fue peculiar, más o menos impulsada por la influencia de las civilizaciones extranjeras venidas seguramente por mar siguiendo el curso del Sol que fue siempre el faro o guía del hombre primitivo.

En las selvas del Perú, Bolivia, Argentina y Brasil, lo mismo que en toda la región Amazónica, esta raza conservó mejor su carácter primitivo por vivir en un medio menos apto para la cultura en el que está completamente aislado de todo contacto con otras razas y otras civilizaciones.

Más al Norte, en las pampas abiertas del Orinoco, en las costas del mar y en las islas del archipiélago antillano, dio origen la inmigración del hombre primitivo de las pampas; al grupo Caribe, que más emprendedor y con mayor poder de expansión, debía más tarde desempeñar un papel importantísimo en la historia de la América del Sur y ocupar todas las tierras bajas en las que hicieron mansión al Norte de la línea equinocial.

La primitiva zona de dispersión del hombre primitivo de las pampas americanas, se reconoce fácilmente por la voz para que significa en su idioma agua, río o lluvia. En uno de los idiomas primitivos del Perú, en la provincia de Trujillo que fue habitada desde tiempo inmemorial por la gran civilización chimú, tenía la voz para el mismo significado del hombre primitivo de las pampas. Además este vocablo se encuentra en centenares de voces geográficas diseminadas desde   -335-   el Paraguay y el Río de la Plata, hasta la Goajira y el mar de las Antillas.

En la región septentrional se encuentran a veces combinada con voces netamente caribes, como Para-boa en el Vichada; Para-ima y Paraguay-poa en la Goajira; Baranda en Bolivia y Baracoa en Cuba en las cuales la p se ha cambiado en b como sucedió con el nombre de Brasil que primitivamente era Parasil por la mutación tan fácil y natural de estas dos consonantes.

En el Perú también encontramos esta palabra combinada con voces, tal es, Para-Monga, al norte de Lima, y también Igara Para-ná y Cara Para-ná ríos peruanos hasta la desembocadura del Cotuhé. Este mismo vocablo Para-ná es uno de los dos grandes ríos que forman el Río de la Plata en la Argentina.

La familia andina se desarrolló en toda la extensión de la cordillera de los Andes: el núcleo principal y más remoto en su origen, estuvo probablemente en las altas mesas del lago Titicaca. La leyenda dice que de su seno surgieron las naciones más cultas, más adelantadas y mejor organizadas de la América del Sur, tales como el famoso Imperio del Tahuantisuyo en el Perú; los scyris, cañaris, puruaes, etc., en el Ecuador y los chibchas, quimbayas y los zenues en Colombia. Dice también la leyenda que en épocas muy remotas, debió recibir esta raza la influencia de antiguas civilizaciones de origen asiático, tales como los egipcios, cuyos vestigios se encuentran en toda la región occidental del continente, y con mayor frecuencia en la de los nahuas y mayas de la América Central, cuyas colonias se habían extendido por el Sur hasta Veraguas y Chiriquí en Colombia, hoy perteneciente a la República de Panamá. También en el idioma de los antiguos peruanos encontramos un vocablo parecido y con el mismo significado: este es, en egipcio, Haca-Ptab significa la adoración de Ptab y en el idioma de los antiguos peruanos, es Huaca, que significa lugar de adoración.

En todos estos pueblos, así como en los del Perú, la navegación era conocida y practicada desde época muy anterior a la llegada de los españoles conquistadores. Estos pueblos mantenían entre sí relaciones comerciales, y que seguramente fueron más activas y frecuentes antes de que los caribes hubieran ocupado las costas del Darién y del Chocó, antigua esta última como territorio de Colombia y que hoy es una provincia de esa República del Departamento de Cauca muy rica en oro. Cerca de Tumaco hay un sitio llamado Usmal que es el mismo nombre de la misteriosa ciudad de Centro América cuyas grandiosas minas son la admiración de los viajantes. Tal vez este sitio fue escala comercial de la ciudad cuyo nombre lleva Tumaco, nombre del hermoso puerto en la frontera de Colombia con el Ecuador: también Tumaco fue el nombre de un cacique del Darién del Sur, quien primero dio a Balboa vagas noticias del Perú, y sus ricas tierras, indicándole que en ese país hacia el Sur (Perú), la gente estaba vestida y tenía animales de carga.

La familia andina en Colombia se formó de tres grupos. Uno formado por los chibchas y guanes en la cordillera Oriental. Otro   -336-   en la Central cuyos representantes al tiempo de la conquista eran los quimbayas en el Norte de Cauca, los caties en Antioquía y los zinues en Bolívar. Indudablemente que estos grupos en épocas anteriores debieron formar un todo continuo, que fue roto y destrozado por los invasores caribes, que también amenazaban destruir la unidad del grupo oriental. El tercero y último es el de los pastos, en el extremo meridional de Colombia, cuyas poblaciones ocupaban y ocupan aun las altas mesas de Pasto y de Tuquerres, desde Almaguer y Bolívar hasta la frontera ecuatoriana, poblaciones densas de origen quilla, que, aisladas en sus altiplanicies vivían miserables y atrasadas, hasta que, con la conquista de Tupac Yupanqui y Huayna Ccapac (incas peruanos), alcanzaron a recibir la influencia, débil por cierto, de la civilización incaica.


En el Ecuador


Indios en las selvas de Ecuador.

En el Ecuador se fundó un reino bien organizado y floreciente; este fue el de los scyris que, por medio de una invasión se apoderaron de esa zona titulándose caras, pueblo valeroso que resistió y repelió repetidas veces los ataques sucesivos de los numerosos ejércitos de los incas conquistadores. El inca Tupac Yupanqui fracasó cuantas veces intentó la conquista de los scyris lo mismo su hijo Huayna Ccapac, a tal extremo que, este último, viendo la imposibilidad   -337-   de someter a los scyris, apeló a las vías diplomáticas, casándose con la hija heredera del último rey de los scyris. En esta resistencia tan tenaz desplegada por los scyris, como la que más tarde demostraron a los conquistadores españoles, se reconoce la parte de sangre caribe que todavía bullía por las venas de este pueblo valeroso.

Los scyris cuyas parcialidades se extendían hasta otavalo, caranqui y otros pueblos hacia el Norte, eran dueños además del Valle de Cayambi al pie de la cordillera Oriental, de toda la provincia de Pichincha donde antes habitaba la nación de los quitues, o quitos que son los más antiguos pobladores indígenas de quienes se ha conservado memoria.

La nación de los puruaes habitaba en la provincia de Chimborazo; la de los célebres cañaris, ocupaba la provincia de Cuenca desde el nudo de Azuay hasta Zaraguro, y desde la cordillera Oriental hasta el golfo de Jambelí.

La tribu semibárbara de los paltas y de los zarzas estaban diseminadas en la provincia de Loja. En la costa moraban varias parcialidades numerosas, formando reinos o cacicazgos separados, siendo el principal de ellos el que estaba en la isla de Puná en el golfo de Guayaquil.

Estas eran las naciones mejor organizadas, pero habían además muchas otras gobernadas por Régulos (príncipes), independientes y que guardaban alianza con las principales. Tales eran al Norte los huacas, tuzas, tulcanes y quillasingas: los quinches y chillos, dentro del territorio de los scyris; los ambatos y los tiquizambis, limítrofes del reino de Puruha; y los chimbos que ocupaban las cabeceras de la costa y se extendían hasta Babahoyo.

De estas diversas naciones indígenas ninguna tiene historia propiamente tal, a excepción de los scyris de quienes han llegado hasta nosotros algunos hechos de armas, bastante notables. Respecto de las otras, la leyenda se ha limitado a mencionarlas al contarnos las guerras que emprendieron y las conquistas que llevaron a cabo los incas en esa parte de su imperio. Ahora pasamos a ocuparnos de la historia o tradición de los scyris.

Dice la leyenda que los scyris arribaron a las costas de Manaví, viniendo hacia el Occidente por mar, embarcados en balsas. El primer punto donde se establecieron, fue la hermosa bahía de Caráquez y allí construyeron una ciudad a la que denominaron Caran, nombre de su propia tribu, pues ellos se apellidaban Caras y su jefe, rey o señor, tenía el título de Scyri que significa en su primitivo idioma «el superior, el más sabio, el más excelente de todos».

Largo tiempo permanecieron los caras en la costa; su ciudad creció en importancia y la población aumentada considerablemente, comenzó a sentirse estrecha en los términos marítimos donde estaba establecida y fue necesario buscar sitio más extenso y mejor acondicionado, pues a la humedad y el calor hacían malsana la costa y principiaban las enfermedades a causar notable estrago en los habitantes.   -338-   Tomaron la corriente del río Esmeraldas y principiaron a subir aguas arriba en busca de un lugar acomodado donde establecerse, hasta que venciendo dificultades enormes y abriéndose paso al través de los bosques que pueblan las faldas de la cordillera Occidental, salieron a la altaplanicie de Quito, dándose por satisfechos de todas sus fatigas, al encontrar tierras tan amenas como apacibles. Toda esta comarca se hallaba habitada por la nación de los quitos, la más antigua de que se haya conservado noticias en los territorios ecuatorianos. Los quitos eran muy atrasados y débiles: formaban un reino al parecer pequeño y mal organizado, por lo que no pudieron oponer una resistencia vigorosa a los invasores, y por lo tanto fueron fácilmente vencidos y subyugados por los caras. Estos invasores se establecieron en el nuevo territorio que habían conquistado y fundaron una monarquía, la de los scyris, la que poco a poco fue creciendo en extensión y poderío. Las tribus quiteñas vivían diseminadas por los campos sin formar poblaciones regulares, se gobernaban independientes unas de otras y jamás constituyeron una nación bien organizada. Con los scyris aconteció lo que suele suceder con los príncipes y bárbaros, que cuando se ven rodeados de poblaciones atrasadas y débiles, reconociendo su superioridad acometen la empresa de conquistar a los débiles, y así aconteció con las parcialidades de Cayambi, y de Otavalo, Lacatunga y Ambato que limitaban por el Norte y por el Sur de ellos, les declararon la guerra y sin mucho trabajo las vencieron, e imponiéndoles su yugo, las incorporaron a sus dominios.

Las tradiciones que han llegado hasta nosotros trasmitidas por los conquistadores españoles, fábulas que ellos recogieron cuando entraron en Quito aseguran que las conquistas de las provincias del Norte fueron las primeras que llevaron a cabo los scyris, y que no volvieron sus armas contra las tribus del Sur sino cuando hubieron sujetado las parcialidades de Huaca y Tusca que eran las últimas hacia el Norte confinantes con la de los quillasingas, pobladores del territorio de Pasto. Las tribus que moraban en las provincias de Lacatunga y Ambato, más fuertes y feroces, pues eran caribes, conservaron por más tiempo su independencia, y solo fueron conquistados según la tradición lo asegura por el rey scyris casi dos siglos después de haberse establecido estos en Quito.

Al sur de Ambato existía, en lo que ahora se conoce con el nombre de provincia de Chimborazo, la numerosa nación de los puruaes, muy aguerrida y esforzada con la cual no se atrevieron a medir sus fuerzas los scyris, y así, aunque la ambición de la conquista y gran botín los estimulaba a declarar la guerra, tuvieron recelo de quedar vencidos, y les hizo poner fin a la guerra de conquista contentándose con haber triunfado y sometido a su obediencia a las parcialidades de los mochas limítrofes de los puruaes... Sin embargo, lo que no lograron por la fuerza de las armas los scyris, dice la leyenda, lo alcanzaron más tarde estos, por medio de las combinaciones políticas, basadas en alianzas y pactos de familia. Dice la leyenda, que según ley entre los scyris, la sucesión del trono, muerto el Soberano, debía   -339-   heredar la corona el hijo mayor, y a falta de este, el sobrino hijo de hermana. Como quiera que Carán, undécimo rey scyri estuviese ya anciano y no tuvieron más que una sola hija llamada Toa, por haber muerto en temprana edad todos los varones; hizo derogar en la asamblea de los grandes del reino, según continúa la leyenda, y reconocer a su hija Toa, por haber muerto en temprana edad sus hermanos, por heredera legítima y futura reina de los scyris, determinando a la vez, que gobernaría con aquel príncipe a quien ella eligiese voluntariamente por esposo. Esta leyenda tiene mucha similitud con los ingeniosos cuentos de las mil y una noches.

Arregladas a su sabor las cosas, habló el rey scyri con Condorazo, anciano Régulo de los puruaes y lo indujo a que le diera a Duchicela, su primogénito y heredero de su reino por esposo de Toa, pactando al mismo tiempo entre los dos Régulos, que Duchicela sería el Rey de la monarquía de los scyris y de los puruaes, juntando ambos estados en uno solo, todo lo que se puso en práctica inmediatamente.

Con la alianza formada por estas dos poderosas naciones, disfrutaron los scyris algunos años de paz en su imperio. Los pequeños estados de Tiquizambis y de Chimbo y la poderosa nación de los cañaris, celebraron alianza con los soberanos de Quito, según prosigue la leyenda, y, mediante esta alianza se ensancharon los límites de Cañaris, llegando por el Sur hasta Saraguro, la tierra de los pocos aguerridos paltas. Más al Sur, y ya en los términos del Perú actual, vivían las tribus de los huancabambas, cajas y cascayuncas, con los cuales en aquel tiempo estaban en paz todos los comarcanos.

Las tribus de los chonos, de los huancavilcas y de los punaes, pobladores de la costa se mantenían también en paz con las de la sierra, pues la diversa temperatura, era obstáculo poderoso para que los indios serranos descendiesen a la costa, lo mismo que para los moradores de esta, si se hubiesen atrevido a guerrear con los de la sierra, la inclemencia del clima de la cordillera los hubiera diezmado, y en aquel entonces los de la costa usaban la ropa de Adán.

La paz de que gozaban entonces estas tierras, y la unión que existía entre las diversas naciones que las poblaban fue turbada por los incas del Perú, que en son de conquista se lanzaban contra ellos. Es la constante historia de la humanidad, la conquista y destrucción del poderoso hasta subyugar a sus plantas al más débil. Estos estados ecuatorianos conquistaron a las tribus primitivas, y a ellos los conquistaban ahora los incas del Perú que con un poderoso ejército de indios guerreros se habían presentado ya y vencido a la tribu de los chachapoyas, jefe de esta poderosa invasión era el inca Tupac Yupanqui, padre de Huayna Ccapac y abuelo de Atahualpa, el que con tan poderosa invasión de guerreros indios había llegado victoriosamente, casi a los términos del reino de Quito y principiaba la conquista y reducción de los huancabambas los más meridionales de sus aliados. Era tal la cantidad de indios guerreros que obedecieron al inca, que le bastó presentarse, dice la leyenda, para vencer; pues los huancabambas huyeron despavoridos a los montes y a los cerros, en   -340-   donde algunos murieron de hambres por el miedo que les inspiró esta legión de invasores cuyo pánico se extendió a toda la tribu (esto último lo asegura Garcilaso inca en sus comentarios reales parte primera, libro octavo, capítulo primero). El triunfo que obtuvo sobre los paltas, fue todavía más completo, porque ellos mismos se rindieron y dieron de paz pidiendo a la vez ser incorporados al imperio de los incas. No obstante, tanta docilidad como humillación, Tupac-Yupanqui, que era indio astuto y receloso, dudó de ellos, y sacó algunos miles de estos indios cobardes y los mandó lejos de su territorio a las provincias remotas del Collao (hoy división del Perú con Bolivia) y pobló ese territorio de los paltas con mitimaes traídos de otras provincias conquistadas. Vencidos y sujetos los paltas se aprestó el Inca para la conquista de la célebre nación de los Ccñaris.

Dice la leyenda que estos indios cañaris eran numerosos y estaban desde largo tiempo atrás preparándose en silencio para la defensa de sus tierras y de su independencia. Sabiendo por sus espías avance de las huestes de Tupac-Yupanqui, habían celebrado una junta de todos sus régulos y elegido por jefe a Durima, anciano de gran experiencia y de saber profundo.

El astuto Tupac-Yupanqui comprendió desde un principio que no debía perder tiempo ni darle a los cañaris lugar para fortificarse; y de súbito se precipitó con sus numerosísimos guerreros, atacando a los cañaris por todas partes para envolverlos, creyendo segura la victoria porque los suponía descuidados y que los tomaba de sorpresa, pues sabía Tupac-Yupanqui que los cañaris eran aguerridos y feroces como dignos descendientes de los caribes. El ímpetu de los valerosos guerreros que obedecían al Inca, fue formidable, pero el Inca se equivocó, porque los cañaris estaban sobre aviso y, tenían ocupados todos los pasos difíciles. El combate fue reñido, sangriento y feroz, por más esfuerzo que hizo el mismo Inca en persona, tuvo que retroceder precipitadamente con todas sus huestes hasta Saraguro, conociendo, aunque tarde que no era tan fácil como él se lo había imaginado, la conquista de unas tribus tan astutas, como belicosas y valientes.

La derrota que el Inca había sufrido, infundió a los cañaris nuevos bríos, y, combinando el valor con la astucia, se entendieron secretamente con los palta intimándolos para que se deshicieran del Inca. Esta empresa tan arriesgada acobardó a los paltas y, después de consultar con sus hechiceros lo que debían hacer resolvieron dar aviso de propuestas de los cañaris, como efectivamente lo hicieron participándole al mismo Tupac-Yupanqui.

El orgullo del hijo del Sol se sintió ofendido con semejantes intentos y formó la resolución de no regresar al Cuzco sin haber sujetado primero a su obediencia a los cañaris. Para conseguir su intento, pidió numerosos refuerzos de guerreros a todo su imperio y mientras estas fuerzas le llegaban se puso a construir una fortaleza entre los términos de los paltas y de los cañaris.

Enterado de esto los cañaris, decayó en ellos el ánimo de resistencia y resolvieron someterse al inca Tupac-Yupanqui, para evitar   -341-   con esto la terrible venganza de este Inca. El hijo del Sol, siempre desconfiado, se puso en camino para la provincia de Azuay, y allí los cañaris lo recibieron dignamente rindiéndole pleito homenaje. Aunque siempre desconfiaba el Inca, estuvo largo tiempo en la provincia de Azuay, mandando al Cuzco una considerable cantidad de indios Cañaris para de este modo alejarlos del lugar y captarse la simpatía de los mismos, mezclando así la sangre de los caribes con la sangre de los indios peruanos.

Cargado de despojos de guerra, y orgulloso con tantas victorias, regresó el inca Tupac-Yupanqui al Cuzco, donde fue recibido en medio de grandes fiestas y regocijo, pero no pudo lograr mucho tiempo de su fortuna, porque murió poco tiempo después, en medio de la más grande consternación de sus súbditos. Nos dice la leyenda que a la muerte de este Inca, se sacrificaron en su honor y para acompañarlo en el otro mundo, dos mil personas entre mujeres y niños, sacando de los monasterios con este fin doscientas vírgenes del Sol, que gustosas se sacrificaban para acompañar en la otra vida a su señor a quien habían acompañado y servido en esta. Era costumbre entre los antiguos peruanos, que cuando alguna persona de importancia caía gravemente enferma, sacrificaban un hijo al Sol o a Viracocha, suplicándole humildemente en este sacrificio, se doliese de la salud del padre o señor, y se contentase con la vida del hijo, que ofrecían en lugar de él.

Sucediole en el mando a Tupac-Yupanqui, el mayor de sus hijos llamado Cusi Hualpa, conocido en la historia con el nombre de Huayna Ccapac. El nombre de Huayna le proviene de que siendo todavía un niño lo proclamaron Inca. Este niño Cusi Hualpa estaba en esa época en el valle de Quispicanchis, y, muerto el Inca su padre, lo llevaron al Cuzco invistiéndolo con las insignias de Jefe de los peruanos, presentándolo al pueblo en la Rimacpampa, explanada contigua al Templo del Sol. Los súbditos fueron sorprendidos ante el juvenil aspecto del nuevo jefe del Estado, uniendo todas sus exclamaciones a los gritos de Huayna, Huayna, que significa joven, título con el que se le conoció en adelante. El vocablo Ccapac que se le agrega al de Huayna, formando el nombre que lo hizo célebre, significa rico en dones materiales o morales.

El inca Huayna Ccpac siguió la misma política de conquista que su padre, y a la cabeza de un numeroso ejército de guerreros llegó a Promancaes en Chile y después, trasmontando la cordillera, descendió hasta las llanuras de Mendoza en la República Argentina. Desde allí, regresó este Inca al Cuzco, diciendo que había llegado al término de la tierra y que había visto donde acababa el mundo.

Allá por los años de 1513, prosiguió este Inca el avance y conquistas en las que tantas victorias hubiera obtenido su padre Tupac-Yupanqui en el Norte de su territorio hasta Quito, invirtiendo en esta campaña 12 años, esto es, hasta 1525 que falleció en Quito. Antes de morir nombró como heredero suyo en el poder a su hijo primogénito Ninan Cuyuchi, pero como este era enfermizo, y resignara tal honor, nombró a Huascar para que ocupara el trono en caso de que aquel falleciese.   -342-   Efectivamente, Ninan Cuyuchi falleció poco después de su padre y Huascar fue proclamado únicamente soberano Inca.

Pero Atahualpa infiel hermano menor de Huascar que abrigaba ambiciosos planes en contra de su hermano Huascar, no aceptó el cargo de Incap-Ranti de Quito (virrey) y se entendió secretamente con los feroces guerreros de origen caribe, Quizquiz y Chalicuchima.

El inca Huascar despachó un gran ejército contra Atahualpa comandado por su caudillo Atoc, y las fuerzas de ambos hermanos chocaron en Ambato, cerca de Quito, siendo derrotado el ejército de Huascar. Envió un nuevo ejército a Tomipampa, pero fue derrotado allí, luego cerca de Cajamarca, más tarde en Bombon hasta ser finalmente arrojado al Valle de Jauja, donde recibió el inca Huascar grandes refuerzos y así celebró un ayuno expiatorio llamado Itu. Dice la leyenda que los dioses le aconsejaron que se pusiera al frente de su ejército y así el Inca se aventuró en una avanzada de reconocimiento con el propósito de forzar un barranco que desembocaba en el Valle de Cotabambas, y allí cayó prisionero de las fuerzas de su hermano Atahualpa. De pronto se vio rodeado por sus enemigos que lo arrancaron de la litera y se lo llevaron consigo. Al saber su ejército esta captura, todo él se desbandó. Las tropas de Atahualpa marcharon en triunfo a la capital y acamparon en un lugar llamado Quisipay. Tanto los caudillos prisioneros como la madre del inca Rahua Ocllo y mujeres de este se sometieron a los vencedores. En marcha hacia Cajamarca y en el pueblo de Antamarca fueron asesinados, por orden de Atahualpa, el inca Huascar, su madre, sus mujeres y sus amigos, logrando apenas salvar de la masacre general un mancebo hijo de Huascar llamado Huari Titu quien llevó la noticia a Cajamarca. Por este infame proceder de Atahualpa la suerte le deparó pagar con su vida, a la llegada de los españoles conquistadores.



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En el Perú


Indio peruano (de los Andes).

En el Perú, la familia andina estaba dividida en tres grandes grupos; pero, antes de ocuparnos de ellos diremos algo de la leyenda acerca del mito sobre la fundación del imperio por Manco-Ccapac. Dos son estas leyendas: una el mito del Lago de Titicaca que fue forjado con el propósito manifiesto de explicar la existencia de las ruinas y de las estatuas antiquísimas que yacen en las orillas sur del Lago; mito este, que carece de valor histórico: este mito fue la primera impresión que nosotros recibimos hace más de 30 años cuando llegamos de España (Málaga) a este país. El otro mito es el de Pacari Tampu, que es a no dudarlo el exponente de una tradición efectiva, y una versión fabulosa de un remoto acontecimiento histórico.

El citado mito nos trasporta al Tampu-Tocco, país, según la leyenda donde se refugiaron los amautas fugitivos que fueron reyes y sucesores   -344-   de la dinastía Piura, soberanos de la época megalítica, que fueron los señores de este imperio de los Incas del Perú. El refugio seguro que encontraron los amautas en el Tampu-Tocco, está defendido contra todas las invasiones, por la profunda quebrada del río Apurímac, que quiere decir en quechua, Apu, señor y rímac murmurador, lo que podemos traducir por la majestad del río y por el ruido que produce, el señor de los ríos que murmura o habla, aunque esta no sea la traducción fiel.

Cuando estos antiguos emigrados se habían multiplicado abundantemente, y sus descendientes se hicieron más civilizados, y por ende más poderosos que sus vecinos, desearon conquistar territorios más extensos y mejores que los que poseían.

Según la leyenda en el Tampu-Tocco que era un cerro, había tres cavidades o ventanas llamadas respectivamente, Maras, Sutic y Ccapac. Dice la leyenda que de la cavidad de Maras salió una tribu que llevaba el mismo nombre, de la de Suric otra denominada tampu, y de la del centro o Ccapac salieron a su vez cuatro personajes que tenían todos el título de Ayar, apelativo que se da a varios monarcas primitivos: se llamaban Manco y se titulaban príncipes, además, Auca, Cachi y Uchu: todos ellos estaban acompañados por sus esposas Ocllo, la princesa augusta, Huaco, la princesa guerrera, Ipacura, tía anciana y Raua. Todos estos personajes se titulaban hijos del Sol, y, celebrando un concejo acordaron partir en demanda de tierras más fértiles que las que poseían, sojuzgando a sus pobladores, o declarando la guerra a quien no los recibiera como señores. Tomaron esta determinación porque acaudillaban fuerzas considerables sin contar las tribus que salieron con ellos de Tampu-Tocco, y, bajo su poder se alinearon 8 ayllos o linajes, cuyos nombres conserva la leyenda y son: la tribu de chavin, la de arayraca, la cuicusa, la masca, la uro, la sañoc, la tarpuntay y la huacay-Taqui. El rumbo de la expedición fue hacia el Cuzco cuya ventajosa situación central, harto conocían y codiciaban los expedicionarios por haberlo habitado sus progenitores, los primitivos civilizadores como lo atestiguan las ruinas megalíticas que en olvidadas ruinas, atónitas contemplan la mirada del que las visita.

Acaudillaba a estos emigrantes, Ayar Manco el que llevaba consigo una varita de oro la que había de indicar el alto definitivo al caer esta e incrustarse íntegramente en la tierra, lo cual indicaba que era buena para las faenas agrícolas, y por lo tanto productiva para el sostenimiento de todos. Llevaba este jefe un ave semejante al buitre, pájaro que el pueblo de entonces lo reputaba sagrado, y al que todos los ayres llamaban su huaeque (hermano).

La primera jornada los condujo a Huanacancha, la segunda a las aldeas de Tampu-Quiro y Pallata en donde permanecieron varios años dedicados al cultivo pero no estando aun satisfechos se encaminaron a otro Valle llamado Hais Quisru. Poco después pasaron al Valle de Huanay-pata en cuyo suelo desapareció completamente la vara de oro que llevaban, decidiendo por lo tanto radicarse en ese lugar. Con el ejército que llevaban marchó a los alrededores del Cuzco: los caciques   -345-   vecinos tributaron a estos soberanos de Inticancha homenaje de respeto como Hijos del Sol y seres superiores en ciencia y civilización. Ayar Manco jefe de esta expedición y que después tomó el nombre de Manco Ccapac, es seguramente un símbolo mitológico, es un personaje simbólico como todos los otros patriarcas fundadores de razas como lo fueran Can, Sein y Jafet, división de los pueblos admitidas por los hebreos como lo fueron también en la Mitología de los tiempos heroicos de la Grecia, Cécrope, Cadme, Prometeo, etc., y como en Italia lo fue también Quirino.

Data de esta época mitológica la fundación del Imperio del Perú por Manco Ccapac tomando el nombre de Tahua-nti-suyo que significa cuatro provincias.

La primera provincia occidental fue el Cunti-suyo que geográficamente considerada se divide a su vez en tres regiones situadas al Oeste del Apurímac, entre los meridianos 70 y 76 de longitud Oeste y regadas todas ellas por los tributarios de este río. La primera región queda entre los ríos Apurímac y Pachachaca; la segunda entre el Pachachaca y el Pampas; y la tercera abarca la sección de la cordillera marítima encerrada dentro de los meridianos referidos. Según las principales tribus que las habitaron, podemos denominar esas regiones que son las primeras de la familia andina que mencionamos. (1) los quechuas, que significa región templada; (2) los chancas, que denominan raza feroz como que fueron descendientes de los caribes; y (3) los lucanas, nombre este arcaico, muy primitivo, tal vez de los primeros habitantes del Perú, cuya traducción no se conoce.

Cerca de los quechuas habían en las abruptas gargantas y en las encumbradas punas que se yerguen sobre el Pachachaca y demás tributarios del Apurímac, 4 ayllos de ásperos montañeses parientes muy cercanos de los quechuas, los chumpivikas, los cotabambas, los umasuyos y los aymaraes. Sobre una meseta herbosa que dominaba el sendero, se asentaba la antigua fortaleza de Curabá, baluarte este de los quechuas y que constaba de tres terrazas superpuestas hechas de cantería y de una rampa al Este que descendía por un declive a cada terraza: en tiempo de guerra, debió ser acantonamiento de tropas de reservas. La belleza del paisaje comprendido entre los ríos Pachachaca y Pampas, encanta más y más, según se asciende a las crestas de donde la mirada abarca el panorama de los valles y gargantas de Angamos, Pincos y Huancarama.

La región Chanca abarcaba el amplio y fértil valle de Andahuaylas que, podía albergar una población muy densa, por su exuberante vegetación que es completamente tropical. Los fundadores de esta poderosa tribu fueron dos caudillos (según dice la leyenda) llamados Uscovilca y Ancovilca, posiblemente originarios de algunos de las caribes. Sus descendientes se anexaron por la fuerza la mayor parte de los distritos andinos del Occidente y del Norte. Dichos caudillos eran hostiles y ambiciosos y comandaban masas de guerreros muy enormes; y, en estas regiones, fueron los únicos a semejanza de los caribes, que usaban picas largas en los combates.

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Al otro lado del Pampas, en los valles formados por sus tributarios que bajan de la cordillera Marítima, y en las vertientes del Pacífico, vivían dos poderosas tribus serranas llamadas soras y lucanas. Se deduce que estas tribus fueron más civilizadas que sus vecinos, como lo atestiguan las imponentes ruinas que yacen en la región Sora llamada Wilcas-Huaman, un palacio incaico, pues esta fue la sede principal de los incas en el Cunti-suyo, pero allí debió haber edificios anteriores a la anexión incaica de esta región. El cronista Montes nos menciona de un rey de Wilcas, y todos sabemos por la leyenda que los soras no se sometieron a los incas sin oponer una gran resistencia.

Los lucanas sus vecinos, ocupaban ambas vertientes de la cordillera: por el lado del Pacífico se abre «un lago alpino» llamado Parihuana-cocha que quiere decir, lago de las Parihuanas, porque siempre está lleno de esas aves blancas y de patas largas. En la parte baja de este lago, se dilata el hermoso Valle de Nazca, que debe su fertilidad al más estupendo acueducto peruano, que, según la tradición, esta obra fue producida por la habilidad, inteligencia e industria de los lucianas. Estos serranos fueron famosos por su fuerza física, así como por su ingenio e industriosidad. Su especial privilegio durante los últimos años de los incas, fue el de conducir la litera imperial que para ellos era un honor extralimitado.

El agua que fertiliza el Valle de Nazca, baja perennemente desde las montañas de Lucanas hasta el llano, por canales subterráneos de piedra que miden la altura de un hombre en toda su extensión y cuyo nacimiento es completamente desconocido: el agua se distribuye por todo el valle por otros conductos pequeños que metamorfosean el desierto costeño en un paraíso.

La segunda provincia, o sea el segundo grupo de la familia andina, se le llamaba el Chinchay-Suyo y comprendía las dos grandes cadenas de los Alpes y los ricos y fértiles valles que encierran. Así como la orientación del Cunti-Suyo (primera provincia) era de Este a Oeste, tórnase aquí casi de Norte a Sur paralelamente a la costa. Prosiguiendo al Norte de Wilcas-Huaman (en el Cunti-suyo), y después de atravesar la profunda quebrada del Pampas por un puente de sogas de aloe, se penetra en la hoya del río Jauja, nuevo tributario del Apurímac. Al oeste, yérguese abrupta, la soberbia cordillera Marítima, y, en tan vertiginosas alturas, los aguerridos y feroces morochucos, apacentaban rebaños y cultivaban tubérculos comestibles. En los cerros de Cunturcunca, habitaban los iquichanos, y en las llanuras y barrancos de estos y los morochucos, habitaban la populosa tribu de los pocras.

Avanzando hacia el Norte, y remontando el Valle de Jauja, habitaba la nación Huanca que poblaba y cultivaba aquella región feraz. En el cerro del Oeste vivían dos tribus famosas llamadas los yauyos y los huarochiris. Los primeros hablaban un dialecto peculiar y propio llamado cauqui. Como los rucanas y morochucos, son los yauyos, raza inteligente que hace de sus hijos excelentes artesanos cuando los educan en los valles de la costa que antaño fueran sus dominios.   -347-   Los huarochiris habitaban en las altísimas gargantas de la cordillera Marítima, que está al Norte de los Yauyos, y que tiene terribles desfiladeros sobre las alturas nevadas. Tanto en esta tribu de los Huarochiris, como en los Pachacamac, Huancané y Cuzco, se ha encontrado multitud de cráneos humanos trepanados. La creencia general y aceptada unánimemente en el Perú, es la de que esos cráneos trepanados obedecieron a la intervención quirúrgica de los primitivos peruanos. En el libro de la primera trepanación en el Perú por Manuel Antonio Muñiz y W. J. Mc. Gree, libro que me fue facilitado por el ilustre sabio director del Museo Nacional mi querido amigo don Emilio Gutiérrez de Quintanilla, he visto infinidad de cráneos trepanados: el primero, pertenece a Huarochirí, y la trepanación está hecha en 4 cortes transversales formando 16 ángulos rectos en la región occipital; este cráneo, lo mismo que dos más, uno con doble trepanación y el otro con triple, proceden del Cuzco, y en fotografía los presento a mis lectores. Observando estos cráneos trepanados,   -348-   se nos ocurre preguntar a los hombres de ciencia que se dedican al estudio de la Paleontología humana, si es posible que esos primitivos peruanos practicaran esta clase de trepanación con fines quirúrgicos medicinales como creen algunos actualmente; y hacemos esta pregunta, porque en la obra titulada Los primeros tiempos de la civilización en Europa de J. Álvarez de Sestri, página 67, leemos lo siguiente:

En los dólmenes de la Lózere dice un autor, ha encontrado en sus excavaciones, el doctor Pruniéres, cráneos perforados artificialmente, y De Baye ha observado el mismo hecho en las grutas del Marne. El profesor Broca ha sentado que esas trepanaciones hechas unas en vida y otras después de la muerte (trepanación quirúrgica y trepanación póstuma) daban rodajas que servían de amuleto. Indagando Broca la causa de esas prácticas, ha llegado a pensar que la trepanación quirúrgica había sido empleada como remedio contra la epilepsia y para dar salida al espíritu o demonio que provocaba en el enfermo movimientos desordenados, por lo cual la rodaja de un cráneo que había pertenecido a un poseído del demonio debía figurárseles muy preciosa a aquellas supersticiosas poblaciones, en la creencia de que tenía el poder de conjurar los genios maléficos y preservar de la epilepsia, esto es, del demonio, que había huido por la abertura de la trepanación. De donde la trepanación póstuma, queriendo poseer cada uno una rodaja (amuleto) de aquel cráneo precioso.




Cráneo trepanado encontrado en Huarochirí.

 
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Cráneo trepanado encontrado en el Cuzco.

 
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Cráneo trepanado encontrado en el Cuzco.

Esta similitud en la trepanación de los cráneos humanos entre los antiguos peruanos y los primitivos del Marne, no es la única que se observa; porque en la piedra tallada, en el grupo desprendido del Oriente que invadió la cuenca del Mediterráneo, se encuentra en él a los salvajes de Europa, y la historia griega registra bastantes hechos para que sea posible conocer sus costumbres y adivinar su raza. Esos salvajes deben ocupar, en etnología, un lugar considerable, porque representan un estado de evolución que podría ser llamado Edad del cuero, en razón a la importancia de una industria de las más características. Por otra parte ella establece un lazo entre los salvajes pieles rojas de América con la raza mongola. La   -349-   similitud entre estos salvajes, es la costumbre de utilizar para numerosos usos los despojos de los vencidos, trabajando el cuero, ya fuera de hombres hechos prisioneros o de muertos en los combates. Este arte de desollar era practicado con método: para desprender de un cráneo el cuero cabelludo (ya fuera en vida o en muerte) se trazaba una incisión circular que pasaba por encima de las orejas, la piel era levantada y luego arrancada a tirones. Una vez bien curtida la pieza, el salvaje la refriega, la estira entre las manos, y después, cuando está perfectamente ablandada y blanqueada, la cuelga, con orgullo en su cuello o en sus lanzas: esta misma práctica de desollar a los vivos se ha observado por los conquistadores españoles entre los caribes de Colombia y Méjico. Sin embargo, la piel humana ha sido sacrílegamente utilizada aun en nuestros mismos tiempos.

La tercera provincia, o sea, el tercer grupo de la familia andina peruana, se le conoce con el nombre de Colla-suyo, o provincia meridional que ocupaba la hoya del lago Titicaca, sede de la misteriosa ciudad megalítica, que, tras la disgregación del primitivo imperio, sobrevino una larga época de siglos de barbarie. De aquellas tribus, los canas vivían en la cumbre divisoria de las aguas que bajaban a la cuenca del Titicaca y a la de Wilca-mayo. Los collas, ocupaban toda la mitad Norte de la hoya del Titicaca y era la más fuerte y populosa entre las que poblaban la región de que tratamos. A lo largo de las orillas occidentales del lago, residían los lupacas, los pacasas, y los quillaguas: también entre los juncales de un golfo situado al suroeste del lago, vivía una tribu casi anfibia llamada uru y que hablaba un idioma peculiar; había asimismo entre los colla-suyo otro idioma llamado puquina.

Hacia el Sur del lago, hay un área considerable, rastro de una antiquísima población megalítica, por cuyas ruinas, según investigaciones sucesivas, han dado a Tiahuanaco un origen maya, y en este caso, el vocablo Tiahuanaco significaría país sobre el agua del Dios omnipotente; y el vocablo Copacabana que es una isla que está dentro del lago, sería «tierra pequeña en medio del agua».

Si aceptamos que el aymara fue el único idioma en esa región del lago y en la altiplanicie andina, hay que buscar el vocablo Tiahuanaco en este idioma. Thia en aymara, es orilla, y huañacu, seco; es decir, orilla o extremo seco, y después en la época de la conquista este vocablo pudo corromperse llamándole Tiahuanaco en vez de Thia-Huañacu.

En esta ciudad megalítica, lo que más sorprende, es el magnífico tallado en las colosales dimensiones de las piedras. Las líneas son perfectamente rectas, los ángulos están bien trazados y las superficies niveladas. Los monolitos verticales tienen muecas y rebordes para que encajen y descansen en ellos las lozas horizontales que completan los muros. Las labraduras son a la par complicadas y simétricas, y la ornamentación está impecablemente dibujada y esculpida. No menos sorprendentes son las estatuas con cabezas que adornan tocados de curiosas formas. El material para todas estas construcciones lo tenían en el cerro de Quinsa-chata, donde existen las canteras, material que les sirvió para edificar la gran ciudad megalítica. Al costado de las   -350-   ruinas hay una colina llamada Huancollo, que quiere decir en aymara «seno de palanquear», forma esta que empleaban los indios para levantar enormes piedras.

El espíritu de conquista que hemos observado entre los indios del Perú, es el mismo que ha predominado entre los indios del Ecuador. Los Hijos del Sol desde su ostracismo en el Tampu-tocco, salieron en son de conquista y guerra hasta hacerse dueños del Cuzco reduciendo a su obediencia a todas las tribus que en él moraban. Después conquistaron a los Ccampas tribu indómita y guerrera y más tarde el mismo Pachacutec conquistó y redujo a la obediencia a los collas. Este mismo espíritu de conquista llevó a Tupac Yupanqui hasta el Ecuador, y a las selvas que están al Oriente del Cuzco que estaba poblado por pequeñas tribus de indios bravos que vagaban por su territorio, ya pescando en Canoas, ya cazando con la flecha. Algunas de estas tribus tenían cierta afinidad con las andinas, pero su inmensa mayoría era de raza Caribe por su salvajismo, crueldad y tendencias sanguinarias.

En el Ecuador los scyris estaban poseídos del mismo espíritu de conquista hasta que se hicieron fuertes y poderosos formando un reinado tan fuerte y respetable como el de los Hijos del Sol.

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Los indios en las selvas del Perú.



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En Colombia

En Colombia, la mayor parte de su territorio, costas, ríos caudalosos, valles, etc., etc., estaban ocupados por numerosas tribus pertenecientes a la raza caribe, las que, aunque presentaban entre sí grandes diferencias, tenían caracteres y rasgos generales que les eran comunes. Los caribes eran valientes y aguerridos, eran antropófagos y no conocían la piedad: en los combates que libraban, si conservaban a los prisioneros, era con el objeto de engordarlos para tener por mayor tiempo fresca la carne humana que era el único alimento de sus mayores delicias. Como ornato y motivo de orgullo algunas tribus exhibían en las palizadas que rodeaban sus habitaciones, los cráneos de sus enemigos, y otras conservaban los pellejos de los prisioneros llenos de cenizas, colgados en las paredes interiores de sus viviendas. En los grandes ríos y en el mar eran navegantes audaces y expertos, y sus hordas, que no conocían obstáculos en sus conquistas, se habían adueñado de la mayor parte del territorio.

Los caribes, a más de antropófagos, eran como los demás pueblos americanos, aun los más cultos como los aztecas, o de costumbres más suaves y de carácter más dulce como los Chibchas; eran, crueles y sanguinarios. Recuérdese si no, el rito sangriento del Moja o la ceremonia para la construcción de los templos, en la cual, como lo harían los primitivos griegos y romanos, los maderos que servían de columnas, se enterraban aplastando los cuerpos vivos de doncellas escogidas. En el océano, eran los caribes intrépidos marinos; en las cordilleras, atrevidos montañeses, dominadores de los grandes ríos a donde quiera que los guiaba su espíritu salvaje y de conquista, ya fuera a través de los mares como de las ásperas montañas o de los profundos y extensos valles; a todas partes llevaban consigo su ferocidad y sus grandes defectos, y en todas partes aun hoy día, se reconoce quien tiene en sus venas algunas gotas de sangre caribe. Su único oficio fue siempre el de la guerra, el de la conquista y el de la destrucción de la raza humana, devorando a todo aquel desgraciado que caía en sus manos.

¿Pero cuál es el origen del nombre caribe que tanta resonancia ha tenido en la historia del Nuevo Mundo? Varios autores, entre ellos, el padre Lafiteau y el abate Braseur de Bourbur, han querido relacionar el nombre caribe con el de los antiguos cayros del Asia. El padre Gregorio García en su Origen de los indios, página 235, dice, que, caribe es corrupción de cariphe, que significa batallador, pues careb en fenicio, significa batalla. El americanista cubano señor Bachiller y Morales afirma que en la lengua caribe, la raíz car, cara significa alto y cari, equivale a hombre alto. La raíz car y cara, la conservan la mayor parte de las tribus caribes al través de las generaciones.

Al Ecuador llevaron este nombre las tribus que conquistaron a los quitus, y a la bahía donde desembarcaron en estas regiones dieron el nombre de Caraques, idéntico al de varios puntos de las costas de Venezuela.

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En el Perú también hay palabras de origen caribe, lo que prueba la zona de dispersión de esta raza. Hay un pueblo al norte de Lima llamado Yungay, sin duda es corrupción del vocablo yyunga que en el idioma caribe significa ¿tienes mujer?; la partícula nga en el idioma caribe, es signo de pregunta. Un poco al Sur de Lima, cerca de Lurín hay un lugar que se llama Atocongo, sin duda también de origen caribe, atocongo, que significa ¿hay zorros? Así tenemos en caribe el vocablo mauchanga, que significa ¿cómo estás? Napanga ¿este ese?

La familia caribe principió a extenderse en todas direcciones, primero a lo largo de la costa comprendida entre las bocas del Orinoco y el Darién y más tarde remontando el curso de los ríos que entran al mar en este extenso trayecto, sus tribus penetraron hasta el mismo corazón del continente. Por la región ístmica, otras se lanzaron a través del océano Pacífico y ocuparon casi todo el litoral de Colombia y gran parte del Ecuador. También llegaron a la América Central y a la cuenca del Golfo de México y quizás algo más al Norte; pero las grandes emigraciones se dirigieron al Sur, principalmente. Si la conquista de los españoles hubiera demorado un siglo más, indudablemente, la familia caribe se hubiera apropiado de toda la América y habría exterminado por completo a todas las tribus más o menos pacíficas que la moraban, pues está probado que fue una raza feroz salvaje y aventurera como ninguna en la América.

Muy remota debe ser la época en que la raza caribe dio principio a su poderoso movimiento de expansión y por lo mismo muy difícil de calcular. Las tribus caribes en su marcha de invasión y de exterminio a lo largo de la costa del mar de las Antillas, ocuparon el golfo del Darién y gran parte del istmo de Panamá; las primitivas invasiones, se supone, que, remontando el Atrato se dirigieron al interior en el valle de este río, estableciéndose en el bajo Chocó una de estas tribus que tomó el nombre de los Chocoes. Los guazuzos que vivían en el territorio de Colombia en el siglo comprendido entre Antioquía y Urabá, tenían la misma costumbre e instinto de ferocidad que los lilis y los gorrones del valle del Cauca, así como de casi todas las tribus de la América, que hacían sus sacrificios humanos extendiendo a las víctimas sobre una gran piedra con sus gradas, y en la plataforma habían ranuras para que corriera la sangre. Estos salvajes debieron llegar a esa región por el río del León o por el Sucio o Negro, afluentes del Atrato; mientras que por el río Murrí u Oromira, como se llamaba en tiempo de la conquista, se dirigieron al Oriente en busca de tierras mejores que las pantanosas del Atrato; las feroces y numerosas tribus que llegaron al Occidente de Antioquía, remontando el río Cauca, llegaron hasta ocupar la parte occidental del hermoso valle de este nombre.

La invasión caribe llegada a Antioquía por este lado, fue sin duda alguna muy considerable y mucho mayor que la desprendida de la gran corriente central. A ella pertenecieron los coris, los cartamas, los pozos, los armas, los pancuras, los carrapas y los demás que con el nombre genérico de caribes eran designados por los restos de la antigua población andina de esa región.

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En el valle del Cauca los ansermas, los chancos, los gorrones, los lilis y probablemente los mismos payanos, pertenecieron al grupo de la invasión caribe occidental, caracterizado por sus costumbres más sanguinarias y más crueles, si es posible. La similitud de los sacrificios humanos de todos los caribes, demuestra que tenían entre sí, muy estrechos vínculos de parentesco. Todos estos tenían desarrollados en su más alto grado el culto de la muerte y de la ferocidad. A los prisioneros los sacrificaban sin piedad: antes de devorarlos, y aun en vida los desollaban cuidadosamente, gozándose con las muecas de dolor que exhalaban sus víctimas. Una vez desollados, los pellejos los rellenaban de paja o de ceniza, conservándolos en sus habitaciones. Estos pellejos rellenos adornaban con los pies y las manos de las víctimas secadas estas al fuego. Antes de que la víctima exhalara el último suspiro, el caribe, atento a ello, cortaba la cabeza cuando la mueca del dolor era más horrible. Con estos trofeos, en el frente de sus chozas en la dirección del aire, hacían avenidas con los brazos y las piernas secadas por el mismo procedimiento. Las cabezas secas de sus víctimas, con las caras pintadas de rojo, con las facciones descompuestas por la horrible mueca de los suplicios y de la muerte, y con la cabellera flotando al aire, desmesuradamente larga, por el desarrollo vegetativo del pelo, las clavaban en las puntas de unas guaduas que perforaban y con los que rodeaban el cerco de sus casas artísticamente de modo que al soplar el viento produjera sonidos parecidos, sonidos lúgubres, como si fueran los últimos lamentos de esas cabezas que las coronaban, iguales o parecidos a los que los supliciados produjeron antes de expirar. Este era un espectáculo macábrico, horrible, que demostraba la ferocidad de esa raza, acto que influía poderosamente sobre el carácter y sentimientos de estos pueblos, que a todas horas y a cada momento gozaban teniendo presente a la vista y a la imaginación, esos cuadros de horror. En medio de tanto salvajismo, se observa el arte, el arte macábrico, arte de saber reproducir por medios de unas ranuras que ellos mismos hacían convenientemente graduada, reproducían los últimos lamentos que dieron sus víctimas al ser sacrificadas sin piedad, y con esos quejidos eternos, gozaba y se fortalecía la crueldad de esa raza caribe que en buena hora quitara del medio la heroica y valerosa raza española del siglo XVI.

Pero no se crea que estos salvajes no tenían sus semejantes. Allá en Europa en la Edad de la Piedra tallada, si seguimos al grupo civilizado desprendido del Oriente que invadió la cuenca del Mediterráneo, encontraremos con él a los salvajes de Europa de iguales usos y costumbres que los caribes.

Tan lejos como es posible encontrar a esos salvajes, están designados bajo el nombre de escolotas, vocablo que significa el que arranca la piel de un enemigo o de la víctima muerto. El método que empleaban los escolotas, tienen similitud al de los caribes: para desprender de un cráneo el cuero cabelludo se trazaba una incisión circular que pasaba por encima de las orejas, la piel era levantada y luego arrancada a tirones. Entre los escolotas era una industria curtir ese cuero, y entre los caribes, era solo el placer del sacrificio humano.   -355-   No hay que olvidar que la piel humana ha sido sacrílegamente utilizada en nuestros mismos tiempos. Durante la Revolución Francesa fueron encuadernados muchos libros con piel humana curtida, y hace pocos años se hicieron petacas con el pellejo del famoso asesino Prancini, guillotinado en París (de Los primeros tiempos de la civilización europea de Álvarez Cestri, página 360).

Veamos como procedían los caribes en todos los sacrificios. Al son de una música salvaje tocada en canillas de hueso de sus anteriores víctimas, toda la tribu embriagada por el licor y por el instinto de ferocidad, empezaba la danza salvaje en medio de una gritería infernal, observando todos ellos, llenos de gozo, las horribles muecas de las desgraciadas víctimas. Si algún cacique más feroz que ellos era el prisionero y no daba muestras de dolor en el suplicio, que consistía primeramente en hacerle largas hendiduras en todo el cuerpo para irlo desollando poco a poco; toda la tribu le lamía la sangre que derramaba, creyendo que por este medio se les trasmitía el valor del supliciado, y así, en este estado y amarrado a los demás prisioneros lo devoraban vivo. Todos los cautivos estaban amarrados por un sistema salvaje y canibalesco: estaban sujetos por medio de una cuerda de cuero, que, penetrando por debajo de la lengua y hacia arriba, hacían un nudo en esta y a cada uno por separado, y así en está horrible angustia esperaban estos desgraciados el fin de su vida. En esta aptitud, empieza el sacrificio y la danza simultáneamente. Los caribes van abriendo paulatinamente la piel, hasta que todos están desollados en vida, gozando esos salvajes con las muecas del dolor, y cada lamento es recibido con grandes risotadas y algazara y con grandes muestras de regocijo. La música salvaje que empleaban, que es la misma que usan los chunchos antropófagos de las selvas del Perú y Ecuador, la he conseguido de unos caciques campas y aunque siempre es el mismo sonido, su ritmo está formado por una semínima con punto y una corchea, que se repite eternamente mientras dura la orgía. ¡Cuántas víctimas han padecido las horribles torturas del sacrificio al compás de su ritmo!

El escritor colombiano Carlos Cuervo Márquez de quien tomamos estos datos, refiere también los horribles padecimientos que practicaron los caribes en la persona del párroco español de Caloto Viejo en Colombia y del capitán español don Pedro de Añasco en el siglo XVII. Al párroco le vistieron con todos los ornamentos sagrados y lo mismo que el Capitán, sufrieron el tormento más horrible que imaginar se pueda: al tercer día de martirios constantes les arrancaron los ojos de las órbitas y se los fueron devorando poco a poco para hacer más largo el sufrimiento de esos desgraciados. Todo este canibalismo iba acompañado de la temible danza salvaje cuyo ritmo acabo de explicar, jamás se reconocerá debidamente la enorme abnegación y heroísmo que desplegaron los conquistadores españoles del siglo XVI para exterminar a estos salvajes que constituían un azote constante de toda la humanidad en la América.

Pero debe tenerse en cuenta que no solo los caribes eran salvajes antropófagos, y que la América estaba reservada para contener esta   -356-   clase de fieras humanas; basta leer la historia para saber que el Hombre de la Piedra Tallada era también antropófago, según lo demuestran las osamentas semiconsumidas de mujeres y de niños que conservan las señales de los dientes o de la mano del hombre descubiertas en Chavaux, Lourdes, Gourdan, Villeneuve, Saint-Georges, Varenne, Saint-Maur, Montesquieu, Avantes, Braquinel, Ex-Francia, isla de Palmaria (Italia).


Indias descendientes de los caribes.

Fotografía facilitada por el señor Emilio Gutiérrez de Quintanilla.

Sábese aparte de esto, que esta costumbre ha persistido hasta los tiempos históricos, pues refiere San Jerónimo (en el siglo IV de nuestra Era) que había en Galia unas gentes llamadas los attacotes, oriunda de una tribu salvaje escocesa, que se alimentaban de carne humana a pesar de poseer de numerosos rebaños.

Gran similitud con los caribes de la América se encuentran con los primitivos pueblos de la Europa Septentrional designados con el nombre de normandos u hombres del Norte: llama la atención desde el primer momento que se les estudia la semejanza en el carácter, en su organización social y en el modo de vivir de estas dos razas (los normandos y los caribes de las Antillas) tan desconocidos la una para   -357-   la otra, tan separadas por la distancia y tan distintas bajo el punto de visto etnográfico.

Esta semejanza de caribes y normandos se comprende si se tiene en cuenta que unos y otros vivían en un medio semejante: ambos vivían en archipiélago de pequeñas islas o en tierras cercanas separadas por numerosos canales; ambos vivían sobre el mar, porque el mar era el elemento primordial de su vida, que ejercía una poderosa influencia sobre su carácter. Ambos eran marinos intrépidos y esforzados, que, en sus frágiles barcos de cuero o de corteza de árboles se lanzaban como aves de rapiña al través de los canales, y después, al través del océano a sus aventuras canibalescas. Cuando después de haber luchado con los elementos, de haber vencido en los combates, volvían a sus hogares cargadas sus embarcaciones con el botín de guerra y exterminio, consistente el botín principalmente de prisioneros cautivos; la familia y la tribu tomaban parte en los festejos de la victoria, consistente estos festejos en los sacrificios humanos de los cautivos, llevado a cabo en medio de bailes y de orgía. Los niños que crecían viendo estas escenas de sangre, y oyendo las proezas de sus padres, se hacían más crueles, más atrevidos y más valerosos, si ello era posible así era como se desarrollaban estos «reyes del mar» aumentando en él los suplicios y las matanzas, los anhelos del peligro el furor de destrucción, y el desencadenamiento de los instintos carniceros: todos estos rasgos aparecen a cada paso en las antiguas sagas.

Relación exacta a la anterior, es la que se encuentra en todas las crónicas referentes a los caribes, que gustaban de las emociones rudas y fuertes: a su carácter, no se amoldaban las emociones suaves. Como los normandos, el mar era su elemento, y si había tempestades, tanto mejor. Como los piratas del Norte de Europa, los caribes podían cantar «el soplo de la tempestad ayuda nuestros remos, el huracán está a nuestro servicio y nos arroja a donde queremos ir, ni el rayo ni el trueno nos perjudica».

Los siguientes conceptos de Taine referentes a los sajones primitivos pueden aplicarse palabra por palabra a los primitivos caribes pobladores de las pequeñas Antillas. «Piratas primero de todas las cacerías, la cacería del hombre era la más provechosa y la más noble como que su carne constituía el principal alimento. Dejaban el cuidado de sus chozas a las mujeres y a los esclavos y para ellos, navegar, combatir, robar e incendiar, era su único oficio. Se lanzaban al mar sobre sus barcos de dos velas, abordaban al azar para volver a comenzar más lejos, habiendo sacrificado primero, y devorado después en honor de sus dioses, la décima parte de los prisioneros cautivos, y a los que dejaban con vida, quedaban como esclavos siempre a la disposición de su apetito canibalesco, dejando siempre tras sí, por donde pasaban, el rojo fulgor del incendio».

Las poblaciones americanas de las otras razas y después la española en los primeros siglos de la conquista, exclamaban las mujeres lo mismo que las del Norte de Europa: «Señor, libradnos del furor de los Caribes», decían las de acá, y «Señor, libradnos del furor de los piratas sajones», decían las de allá.

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Cuando en la marcha de los acontecimientos históricos de la conquista se encontraron los caribes con la civilización española, en nada se amoldaron a esa civilización, como las demás razas americanas que conquistaron los hispanos, porque los caribes eran refractarios a toda idea de piedad y de subordinación: el antagonismo y la ferocidad de esta raza era tan inmensa, que el choque fue violento y la guerra a muerte, hasta que esta raza caribe, sanguinaria, antropófaga, cruel e incendiaria desapareció en las espesas selvas de la montaña y allí murió enferma porque les faltaba su principal alimento que era la carne humana. Es curioso anotar que en el mismo período histórico, en los diez primeros siglos de la era cristiana, los caribes en el Nuevo Mundo, desempeñaron un papel semejante al que a sajones y daneses les tocó desempeñar en el Norte del otro continente.

En la vida familiar de estos caribes, nos dicen las crónicas de la conquista, que vivían en una choza de una sola pieza cuadrada, con una pequeña puerta que servía de entrada y única ventilación. Eran extremadamente sucios y desaseados y la misma habitación les servía de dormitorio y cocina cuyo fogón jamás se apagaba, impregnado el ambiente por el humo del fogón de un olor acre y picante, igual al género de vida de los demás indios actuales y de los chunchos que ahora mismo habitan en las selvas. Con frecuencia dentro de la misma pieza existe un pequeño y primitivo trapiche de madera, que se mueve a mano, en el cual muelen el guarapo para hacer la chicha. El menaje de la casa no puede ser más miserable: dos o tres cueros de animales que ellos dieren caza, los que sin curtir, les sirve de cama, y trozos de carne cruda para el alimento. Allí vive abigarrada toda la tribu que compone la familia. Retirada de la casa como a unos cien metros y escondido entre el matorral, siempre hay un cuarto diminuto destinado al alumbramiento de la mujer. La infeliz, al sentir los dolores precursores del parto, se traslada a esa vivienda, que más parece un sitio destinado a guardar un cerdo, y, de allí no sale hasta después de haber parido y desaparecido los líquidos, pues en ese estado se le considera como un ser impuro cuyo contacto con la tribu, o sola su presencia, mancharía el hogar.

El carácter de estos indios y sus descendientes los paeces en Colombia es taciturno, amantes de la soledad y jamás se agrupan en poblaciones por lo que las chozas jamás se hallan reunidas, sino siempre separada a grandes distancias y en los desfiladeros de la serranía. La mujer de estos indios no tiene ninguno de los atractivos propios de su sexo; pues casi no tiene juventud, y aun en ese período florido de la vida femenina, su mirada es adusta y salvaje, sus contornos secos y descarnados, y el exagerado desgreño de su persona, le da la apariencia de un muchacho. A medida que avanza en años, su aspecto es más desagradable y repulsivo; la apergaminada y oscura piel se contrae, formando arrugas numerosas y profundas; los ojos se enrojecen por el uso frecuente de las bebidas y por la acción acre del humo del fogón y la coca que constantemente mastican, mezclada con cal viva, hinchan y aprietan los labios deformando la boca y las mejillas. Agréguese a esto el más profundo y repugnante desaseo de su persona,   -359-   y se tendrá una ligera idea de lo que es la mujer en los indios y en especial de los caribes y sus descendientes. Tanto estos indios como sus mujeres están dotados de una gran agilidad y extraordinaria resistencia para soportar las fatigas de un viaje y de trasladarse como los monos de rama en rama; son profundamente desconfiados y rencorosos, crueles y sanguinarios cuando la ocasión les es propicia.

Es digno de estudio el contraste que se observa entre la raza caribe y la incaica, que a la vez fueron conquistadas por los españoles, lo mismo que los scyris del Ecuador. Vamos a hacer un pequeño estudio de estas razas y del cómo los pueblos se elevan a la civilización, influyendo como principales elementos en el proceso de la evolución de estos pueblos, el medio, la raza, la herencia o atavismo, los progresos de la agricultura, la lucha por la existencia, etc., etc.

Gustavo le Bon, dice, que ya se trate de un ser viviente, ya de una sociedad, ya de una creencia, siempre las modificaciones más profundas se operan de una manera lenta y progresiva.

Antes de llegar a formas superiores, los seres y las cosas deben siempre pasar por una serie de formas intermediarias. La influencia del medio determinan transformaciones invisibles al principio, pero que resultan asombrosas cuando han sido escogidas por la selección y acumuladas por la herencia durante el curso de los siglos, como se observa con la raza incaica.

Solo aplicando esta noción de evolución a la historia, podremos comprender el nacimiento y el desarrollo de las civilizaciones.




El medio

El medio influye indiscutiblemente en la evolución de la civilización de los pueblos: dice Le Bon; que un clima frío y seco desarrolla la energía, la aptitud para el trabajo fortificando la voluntad. Que un clima templado y cálido, provoca por el contrario, la pereza, el amor al reposo, a los placeres fáciles, el temor a todo esfuerzo; pero hay que tener en cuenta que el clima, a su vez, está integrado por una porción de variables elementos tales como la sequedad y la humedad, la altitud sobre el nivel del mar, el grado de luz, la calidad del aire, la dirección predominante de los vientos, obrando cada uno de ellos de particular manera, sobre lo físico y lo moral.

La influencia del suelo fue mucho más preponderante antes que ahora; pues desde que hay tanta facilidad para los trasportes parece que el mundo tiende hacia una civilización uniforme. Los países de bosques como gran parte de la Galia, en lo antiguo y muchos de la América Meridional, aun hoy, procuran al hombre, por medio de la caza, medios de existencia suficientes, aunque precarios.

En los países de praderas o estepas como entre los incas, los pueblos son pastores y esta manera de existencia determina fatalmente el estado de familia llamado patriarcal. La verdadera unidad social, no es el individuo como entre los pueblos cazadores, sino la familia como sucedió en la organización social del pueblo incaico. He aquí a   -360-   grandes rasgos la influencia del medio sobre el hombre, sin embargo esta acción está favorecida o contrariada por otros muchos factores.




La raza

Las especies humanas se han ido formando durante los centenares de miles de años que han precedido a la época histórica. Desde el punto de vista del buen éxito de una raza en el mundo, dice Le Bon, el carácter tiene una importancia infinitamente mayor que la inteligencia. La Roma de la decadencia poseía a buen seguro más espíritus inteligentes que la Roma de los primeros años de la República. Los artistas brillantes los retóricos elocuentes los escritores hábiles, mostrábanse allí a centenares; pero no tenía hombres de carácter viril, enérgico, poco cuidadosos, sin duda, de los refinamientos de la inteligencia, pero muy cuidadosos del poderío de la Ciudad cuya grandeza habían fundado. Cuando los hubo perdido a todos, Roma cedió el puesto a otros pueblos más enérgicos.

La conquista del viejo mundo grecorromano por tribus de árabes bárbaros, constituye otro ejemplo del mismo orden. La historia está llena de casos parecidos, y el porvenir presentará, sin duda, más de uno todavía.

Como gran ejemplo de lo que decimos, presentamos la conquista de la América por los españoles del siglo XVI que fue sin disputa el acontecimiento más extraordinario y trascendental que registra la historia. Más que a las armas y al caballo, la conquista y colonización de la América, se debió a otras manifestaciones de la inmensa superioridad moral e intelectual, tales como el carácter, de la raza hispana, la disciplina y estrategias en marchas y combates, a la perseverancia y energía desplegadas en el vencimiento de obstáculos inauditos y de inmensas dificultades; a la mezcla tanto de mezquinas pasiones como de anhelos nobilísimos y grandiosos; a la sed insaciable del oro, al lado de los más puros y nobles ideales de la gloria personal y del engrandecimiento de la patria española; a la fiebre de caballerescas aventuras embellecidas por el misterio de lo desconocido; y, a la fervorosa abnegación del caballero y del apóstol que con la espada y con la cruz, afrontaron toda suerte de peligros para ensanchar el mundo del cristianismo. Tal fue el carácter que distinguió al español del siglo XVI, de los pueblos que conquistó en América.




La herencia o atavismo

A medida que la humanidad se hace más vieja, el peso de la herencia se hace más pesado. La herencia sola tiene el poder de desasociar, por cruzamientos repetidos, los caracteres fijados en una raza, oponiéndoles caracteres contrarios. Para que en la mezcla de las razas pueda obrar la herencia, es menester, ante todo, que la una, no sea muy numéricamente inferior a la otra, es menester, que esas dos razas no tengan una constitución mental o física demasiado diferente.

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La primera de estas condiciones es de todo punto fundamental. Cuando dos razas diferentes se encuentran en presencia, tal como la española y la americana, la más numerosa absorbe rápidamente a la otra. Tal es el caso en algunas repúblicas hispanoamericanas, en las que el elemento español, lleva trazas de desaparecer, absorbido por el elemento indígena que es más numeroso.




La lucha por la existencia

La lucha por la existencia se nos aparece en la historia de la humanidad, como incesante, ineluctable, eterna, y, por dura que parezca ser, fecunda en resultados útiles. Su forma más natural, más aparente y más antigua, es la guerra. Solamente bajo esta forma se manifestó en las sociedades antiguas, en el tiempo en que el mundo bárbaro era muy grande y el mundo civilizado muy pequeño.

Tantos siglos de luchas perpetuas a mano armada no han hecho más que desarrollar en el hombre sus instintos naturales de ferocidad primitiva. El barniz brillante de las civilizaciones modernas los disimula a veces, pero ese barniz es poco sólido y se rompe fácilmente. Recuérdese para vergüenza de la humanidad la guerra mundial de 1914. La crueldad sin piedad del niño nos revela el fondo de nuestra naturaleza, porque es la edad en que no debemos disimular aun nuestros sentimientos.

Los sentimientos de ferocidad natural que, dormitan siempre en el fondo del hombre, prestos a despertarse a la menor ocasión, están sin embargo, algo contrabalanceados por los sentimientos de caridad, de benevolencia y de simpatía que la civilización tiende más y más a desarrollar. No todo han de ser églogas e idilios al hablar de la civilización.




Contraste de la raza caribe con la incaica

La raza caribe fue, y lo sigue siendo sus descendientes chunchos de las selvas, antropófaga, cruel y sanguinaria y la raza incaica de carácter guerrero y pastoril, fue más dulce y culto. La caribe, tanto sus templos como sus viviendas las encontraba en la naturaleza en medio de los bosques y a las orillas de los ríos, listos para lanzarse sobre sus víctimas; la incaica por el contrario tenía en esa época la mejor población que había en toda la América, el Cuzco, que era la mansión del Inca: tenían así mismo el mejor templo que era el del Sol y que hoy sirve como Templo de Santo Domingo en el Cuzco.

En los caribes no había ley, sino el instinto cruel y sanguinario de cada uno de ellos; y entre los incaicos había una organización social relativamente perfecta para esa época era una especie de socialismo tal como lo concibieron los idealistas, de ayer y lo preconizan los bisoños de hoy.

Entre los caribes la ley suprema era la destrucción de todo y entre los incaicos era la conservación de la raza.

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El idioma que es el espejo fiel del estado social e intelectual del pueblo que lo habla, porque está en relación exacta con sus ideas y con sus necesidades; entre los caribes era muy escaso de vocablos, y como en toda lengua muy inferior, muchas de sus palabras expresaban al mismo tiempo cosas muy diferentes, de tal manera que para completar la idea y darle un grado suficiente de precisión, era necesario recurrir al gesto y a la mímica.

En cambio entre los incas el idioma general del Imperio era el Runa-simi, que aunque idioma aglutinante porque se forma de elementos unidos imperfectamente, es un idioma completo con literatura propia y rico en vocablos. Todo aquel que estudie con detención la gramática quechua se convencerá de ello si a la vez conoce algo la latina.

Entre los caribes, de la organización social no se tenía ni la más remota idea de ella, en cambio entre los incaicos, la historia desde las primeras formas de la sociedad que constituyó este imperio incaico, es digna de escrupuloso estudio. Desde muy antiguo las comunidades primitivas del Perú, dedicadas al pastoreo, constaban de familias unidas por lazos de parentesco a semejanza de la familia primitiva romana. Cada comunidad que ocupaba una parte del valle o una área limitada recibía la denominación de ayllo; este era un grupo social que tenía una estructura semejante a la de las comunidades de aldea del Indostán y a la vida que hacen los esquimales que tiene por base el comunismo, pues los productos de caza y pesca lo mismo que los pastos, pertenecen al clan. La remota antigüedad de este sistema, que no hay duda fue regido por alguna ley, la encontramos en la agricultura y domesticación de los animales.

El maíz, que es de origen peruano, llegó a un alto grado de cultivo: esto supone largas centurias de trabajo escrupuloso y sistemático, que debió empezar en tan remotos tiempos que aun hoy no se sabe con certeza de qué planta silvestre procedió la actual. Conocemos en cambio la papa silvestre que es un pequeño tubérculo aproximadamente del tamaño de un grano de maní. Los indígenas andinos, tras muchos siglos de cultivo esmerado llegaron a transformar ese tubérculo en magníficas papas de variadas especies que bautizaron con diferentes nombres.

La domesticación del llama y de la alpaca refuerzan las pruebas de la antigüedad peruana: no existe llama salvaje, pues la vicuña y el huanaco son animales distintos. Muchos siglos debieron pasar antes de que la domesticación del llama fuera completa y que sirviese este animal como bestia de carga. El llama es el verdadero camello sudamericano, un verdadero camello aunque pequeño. Este animal a más de servir de bestia de carga, era útil su lana para tejidos y su carne para alimento. Para probar la antigüedad de la domesticación del llama hay que manifestar, que existen animales de esta clase cuyo pelaje ostenta diversos matices, hecho que solo ocurre en todo animal domesticado, en cambio el huanaco que está en estado salvaje solo tiene flecos de un solo color.

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La domesticación de la alpaca también debió exigir igual tiempo, paciencia y astucia aun mayores, pues no se ha encontrado alpaca salvaje: para mayor abundamiento hay que manifestar que este del animal necesita la ayuda del hombre para realizar la mayor parte de sus funciones. Cientos de siglos debieron trascurrir para dar a su vellón la sedosa finura que lo avalora.

La raza caribe, en cambio, no nos ha dejado ningún detalle que indique un ligero rasgo de cultura; es que ellos eran fieras humanas.

Otro contraste muy importante es la música que usaron los caribes y el pueblo incaico. Los primeros solo tenían trompetas que hacían de las canillas de las víctimas que devoraban, y la música macábrica que producían las guaduas sobre las que estaban las cabezas de los desgraciados que fueron devorados por ellos, música que les encantaba.

En cambio entre los incas la música ocupaba un papel muy importante y diferente. Todos sabemos que la música refleja el grado de cultura de los pueblos. Entre los instrumentos musicales más usados en la época incaica, podemos citar en primer término la quena, que es el mismo instrumento que tocaba el peruano del imperio resonando con eco melancólico en el fondo de la cabaña, con el presentimiento de la esclavitud, y que hoy llora en los pajonales y en la aridez de la puna el eterno cautiverio del hijo de esta opulenta patria, y en cada nota parece escaparse un pedazo del alma del indio sollozante convertido en acémila por el rigor de la suerte.

También se han encontrado otros instrumentos poco usados tales como la chayna, el pincullo y el conyvi, todos ellos hechos de caña curcur, caña especial que crece en los valles de la montaña por el lado del Cuzco. También usaron la equepa que era una trompeta militar, también hecha de caña, el pututo, los chilchiles, la tinya o tambor y el tundul. Todos estos instrumentos se han ido modificando y solo hoy se conserva algo parecido el instrumento quena.

Tenía música dedicada a la cosecha y al amor que era melancólica como su carácter, pero se conoce otra alegre llamada la yacauyra y el huayno, que es un baile muy agitado. Posiblemente en estos bailes se observa influencia de la época de la conquista y coloniaje.

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Instrumentos musicales de la época incaica.





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Espíritu de conquista de estas razas

El espíritu de conquista de estas razas era el único que predominaba desde los tiempos más remotos y que por desgracia predomina aun en algunos pueblos de la raza humana. La historia nos cuenta que desde el principio del mundo, ha sido un constante anhelo de conquista del más fuerte sobre el más débil. Empecemos por las hordas caribes que se establecieron en todo el litoral del mar de las Antillas. Desde este punto estas hordas, impulsadas por las condiciones migratorias de su carácter, y ferocidad innata, principiaron a internarse en el continente, remontando el curso de los grandes ríos y de sus inmensos afluentes. Mientras que unas, subiendo por el Orinoco e internándose por el lago de Maracaibo, ocuparon la Guayana y la región Oriental de Colombia, otras en mayor número subiendo el Magdalena ocuparon todas las tierras bajas, todos los valles ardientes, y se adueñaron aun de la misma cordillera Central en toda su extensión. Otras remontando por el Atrato o cruzando por el istmo de Darién, ocuparon así mismo toda la costa del Pacífico y las Hoyas de San Juan del Dagua y hasta el Patía.

Ni la raza pompeana de la región Oriental, ni los pueblos de la raza andina que ocupaban el interior, pudieron resistir el empuje formidable y sostenido por siglos de la invasión caribe en su eterno afán de conquistar, destruir e incendiar. De todos estos pueblos, sobre todos los andinos, de carácter más dulce y tranquilo, unos fueron totalmente destruidos o devorados por los invasores antropófagos caribes, como sucedió con la civilización megalítica, pirúa y amauta que muy pocos salvaron, refugiándose estos pocos, en el Tamputocco en las profundidades del gran río Apurímac, en cuyo ostracismo se mantuvieron largos siglos, hasta que encontrándose fuertes, empezaron de nuevo la conquista de las tierras de sus mayores, que por tradición sabían. Otro pueblo como los chibchas en Colombia, tuvieron que ceder el terreno a la invasión caribe y encastillarse en altas mesetas de la cordillera Oriental.

En Antioquía, el núcleo andino también fue roto y destrozado por la invasión caribe, y, al tiempo de la conquista española solo quedaban de él restos dispersos en tribus pequeñas amenazadas constantemente por los antropófagos caribes.

El curso de los ríos fue la amplia vía que siguieron los antropófagos caribes para dirigirse del litoral al interior. Seguramente, remontando el Orinoco y sus afluentes se extendieron en todos los llanos de Casanare y San Martín en donde aun viven muchos de sus descendientes conservando puros los caracteres distintivos de la raza antropófaga, lo mismo que en el Caquetá y Putumayo adonde probablemente llegaron atravesando por el Casiaquiari y extendiéndose por todos los afluentes septentrionales del Amazonas hasta Mocoa, al oriente de Pasto, y por la hoya del Napo en la región Oriental del Ecuador.

El espíritu de conquista de todas estas razas es el mismo: en el Ecuador los scyris conquistaron todas las tribus que habitaban esa   -366-   región, y a la vez fueron conquistados por los incas del Perú, siendo la última conquista la de Huayna Ccapac que al mando de un poderoso ejército emprendió la conquista de los caras y las provincias del Norte del Perú, empleando para ello varios años. El Inca se vio obligado a combatir con la tribu de los cochasqui y con las de cayambi y guachalá que estaban aliadas para la defensa común. La última acción contra estos fue tan reñida y sangrienta, que, por los cadáveres acuchillados arrojados al lago, en cuyas orillas se habían fortificado esas tribus, las aguas del lago se tiñeron en sangre. Una vez declarada la victoria en favor de Huayna Ccapac, este, no puso término a su venganza y deseo de exterminio, e hizo que a su presencia se degollaran a todos los varones de esas tribus vencidas, que fueran capaces de tomar armas otra vez. Con esta matanza, y arrojadas todos al lago, apareció entonces a la vista del Inca, de los indios, de las mujeres y de los hijos pequeños de los degollados, apareció el lago como un mar de sangre, y aunque el Inca estaba satisfecho de su obra, todos los demás aterrados y llenos de espanto gritaron ¡Yahuar-cocha! ¡Yahuar-cocha! que quiere decir «Lago de sangre», nombre con el que hasta hoy se le conoce.

En Colombia, la raza caribe llevaba trazas de concluir con toda la América, con sus actos canibalescos; y en el Perú la raza incaica, conquistadora de tantas tribus y federaciones como la de los chancas y collas llevadas a cabo por Pachacutec, imponiendo a todos su idioma, fue a su vez conquistada por los españoles. De la misma manera que Roma llevando sus conquistas por el antiguo mundo impuso su idioma con mucha crueldad, hasta el extremo que en España se perdieron para siempre los idiomas primitivos de los iberos, sus primeros pobladores, así la raza incaica extendió a la vez sus dominios, e impuso su idioma a todos los pueblos que conquistaba desde el Ecuador hasta Chile. Así como Roma había conquistado todos los pueblos conocidos en el viejo mundo y fue a la vez conquistada por los germanos, los escitas, los hunos, los godos, los burgundos y los francos; los incas que fueron conquistadores de tantas naciones y tribus a las que impusieron su voluntad e idioma como conquistadores, fueron a su vez conquistados por los españoles del siglo XVI. De la misma manera que en la conquista de Roma, a los jefes latinos en Italia, España y en la Galia sucedieron jefes godos, francos, y aun vándalos, en la conquista del Perú a la organización incaica sucedió, como es natural y lógico, la organización española que era la del conquistador. Y no podía ser de otra manera, en esa época, el derecho radicaba en la fuerza y aun hoy día observamos este derecho en las naciones más poderosas. Tenemos un ejemplo, como se llevó a cabo a independencia de Panamá separándose de Colombia, y si esto no fuera suficiente, tenemos en el Perú la conquista de Chile sobre esta nación y Bolivia tomando de la primera la rica y extensa zona de Tarapacá y de la segunda la de Antofagasta. Mientras que no prime la fuerza del derecho sobre el derecho de la fuerza, nada habremos adelantado de los procedimientos de la Edad Media. La conquista solo debe quedar para las investigaciones científicas, arte y comercio.



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La conquista en el siglo XX

Para terminar, ya que hablamos de la conquista en pleno siglo XX en donde impera el derecho de la fuerza, por ser pertinente al caso, vamos a reproducir de un fragmento, de una poesía parafraseada, sobre la conquista.




La conquista en el siglo XX


Al ratero que roba en el camino
tal vez hambriento, cuélgasele el grillete
brutal del salteador y del asesino.
Pero al ladrón de naciones
que oculto en la emboscada del bufete
y al amparo de barcos y cañones
llena a un pueblo de lágrimas y luto;
a ese, la civilización, le da las palmas del tributo.

Clama y protesta mi corazón de español,
que no se presta para hacer del honor
pasto y vitualla... Grita...
Esa es la civilización de la canalla...
Concierto de abyección, verdugo listo,
que al reo aclama, y vilipendia a Cristo...

Aunque el código social fustiga y mata
al que roba a un hogar casta doncella...
todavía el derecho se atropella... y con demencia...
se llena de laureles al pirata,
que a Bolivia y al Perú en aciago día...
quitó a ambos... su mejor herencia...

Quiso lavar la afrenta... y recordando su linaje
el Perú... cual noble descendiente castellano,
interpuso su espada ante el pillaje...
muriendo por su enseña... como espartano...

Él, al pirata castigar no pudo
en las playas del Morro que en Arica azota...
como eran pocos... recogió los pedazos de su escudo
y sin que sus hijos doblasen la rodilla...
Bolognesi... nos lega su bandera ensangrentada y rota
pero muy limpia de lodo... y de mancilla.



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He aquí un fragmento de la poesía original de la que he parafraseado mi canto a la Conquista, de Aurelio Martínez Mutis, poeta colombiano.




De la epopeya del cóndor


(Fragmento)


Al villano que roba en el camino
hambriento acaso, cuélgase el grillete
brutal del salteador y el asesino.
Y al ladrón de naciones
que oculto en la emboscada del bufete
y al amparo de barcos y cañones
llena a un pueblo de lágrimas y luto,
a ese, le da las palmas del tributo. La civilización...

Clama y protesta...
El idioma español, que no se presta
para hacer del honor pasto y vitualla
y pregona que es esa
la civilización... de la canalla
concierto de abyección, verdugo listo
que al reo aclama y vilipendia a Cristo.

El código social fustiga y mata
a quien roba a un hogar casta doncella
y hoy que todo lo noble se atropella,
cúbrese de laureles al pirata
que hurtó a Colombia su mejor estrella.

Ella al infame castigar no pudo
sobre las playas que el Caribe azota,
recogió los pedazos de su escudo,
y sin doblar un instante la rodilla
mostró su veste ensangrentada y rota...
pero limpia de fango y de mancilla.







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