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Antonio Rodríguez Huéscar

Biografía de Antonio Rodríguez Huéscar

Por Juan Padilla

Antonio Rodríguez Huéscar, a medio camino entre el exilio interior y exterior*

Si existe una Escuela orteguiana, o una Escuela de Madrid, con el sentido y amplitud que se le quiera dar a la expresión -y yo creo que existe-, una cosa es cierta: Antonio Rodríguez Huéscar pertenece a ella. Su obra no es muy amplia -consiste sustancialmente en seis o siete libros1-, pero tiene, dentro de dicha escuela, y por sí misma, una importancia muy superior al conocimiento que de ella se tiene. Su itinerario vital es además, en cierto modo, expresión del destino de toda una generación de pensadores españoles.

El Torreón de Fuenllana, lápiz y tinta sobre papel, abril de 1942.Nacido en Fuenllana (Ciudad Real) en 1912, tuvo el privilegio de estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, concretamente en su sección de Filosofía, en su etapa sin duda de mayor esplendor y madurez: durante los años de la Segunda República. Bajo la alta orientación y autoridad intelectual de Ortega, y eficazmente coordinados por García Morente como decano, enseñaban en ella, simultáneamente, además de ambos, Besteiro, Zubiri, Gaos, Zaragüeta..., Menéndez Pidal, Américo Castro, Asín Palacios..., en el marco académico verdaderamente admirable proporcionado por la reciente reforma de la Facultad y en un ambiente de convivencia, libertad y altísima exigencia que, por desgracia, fue pareciendo cada vez más excepcional en los años que precedieron a la guerra2. Tenía por compañeros a Julián Marías, Manuel Granell, Manuel Mindán...

Era una generación que, de no haber sido por el estallido de la guerra y su desenlace, hubiera estado llamada, como dice el profesor Helio Carpintero, a desempeñar los puestos más altos en la Universidad española. Pero apenas un mes después de obtenida la licenciatura, sobrevino la guerra, truncando, nada más nacer, las carreras y las esperanzas de esta generación joven. Todavía tuvo tiempo Rodríguez Huéscar de aprobar el «cursillo-oposición» de julio del 36 para el cuerpo de catedráticos de enseñanza media, en el que obtuvo el primer puesto.

1. La Guerra Civil y su desenlace

Era probablemente el año 1937 cuando, estando trabajando en Belchite en una fortificación al servicio del ejército republicano, cayó abatido por las ráfagas de la aviación italiana. Una pierna le quedó casi destrozada, dejándole secuelas para el resto de su vida. Deambuló de un lugar a otro -Barcelona, Valencia, Ciudad Real- hasta recluirse finalmente en la Torre de Juan Abad, donde aguardó, como maestro, el final de la contienda. «Desde entonces -dice Julián Marías en su introducción a La innovación metafísica de Ortega- fue un poco menos alegre, cada vez menos ambicioso».

«En los años de la posguerra -sigue diciendo Marías-, se contentó con vivir y hacer vivir a su mujer y a sus tres hijas -se había casado muy tempranamente-, y con estar seguro de no tener que avergonzarse de nada». El nuevo régimen empezó por no reconocer el resultado de las oposiciones que tan brillantemente había ganado en vísperas de la guerra. Aunque, como se dirá luego en un informe de la Jefatura Provincial del Movimiento de Madrid, no constaba nada en contra de su adhesión al Movimiento Nacional, aspirar a enseñar en la universidad, con los nuevos vientos que soplaban, suponía aceptar una serie de condiciones y sometimientos -eclesiásticos, por ejemplo- que Huéscar no podía tolerar. Como consecuencia, se dedicó a la enseñanza privada, con sobrecarga de clases y trabajo. Fundó en Tomelloso el colegio de enseñanza media «Santo Tomás de Aquino», donde enseñó filosofía, latín y francés hasta 1945; aunque, pareciendo escandaloso que semejante institución de enseñanza estuviera en manos tan poco seguras, pronto pasó a ser regentada por los PP. Carmelitas.

Antonio Rodríguez Huéscar en octubre de 1940.El estado de ánimo de Rodríguez Huéscar en estos años se refleja muy bien en una carta escrita a su amigo Ramón Crespo en 1941: Antes de la guerra aspirábamos a hacer de nuestra vida una obra llena de equilibrio, de claridad y armonía, algo así como un bello templo griego. [...] La guerra llegó como un soplo huracanado, devastador, y truncó todo esto sin piedad, brutalmente. Hoy, después de la guerra, del viento de horror violento que barrió nuestras almas, nuestra intimidad se asemeja mucho a un campo de ruinas; cuando hemos tenido tiempo de recobrarnos y mirar hacia adentro, hemos visto echada por tierra la hermosa obra incipiente; como un montón de fustes mutilados y fragmentos informes yace por el suelo triste de la vida la comenzada orgánica arquitectura. [...] No sólo los que han muerto físicamente han perdido la vida, los físicamente vivos hemos perdido también las nuestras, las que hubieran debido ser. Nos queda ahora por delante la lucha desesperada por recobrarlas o la fatiga y la renuncia. Por mi parte observo que en mi campo de ruinas van naciendo malezas, tan tupidas que a veces yo me pierdo en ellas; ocultan toda huella de lo que había debajo y me horroriza pensar si su pujanza aventajará a mi vigor para talarlas, y no podré recomenzar la construcción del bello templo utilizando los residuos del destruido.

2. El exilio interior

En 1945, acudiendo probablemente al encuentro de Ortega, que ese mismo año se instala definitivamente en Madrid, se traslada a la capital, para dar clases de filosofía en el célebre Colegio «Estudio». Era ciertamente un ascenso académico; modesto, pero ascenso; y, lo que más importaba probablemente a Rodríguez Huéscar, estaría en Madrid, cerca de su maestro, en una de las pocas islas de libertad intelectual que se mantenían en España.

El Colegio «Estudio» en efecto, como es sabido, era una institución, al principio de dimensiones modestísimas, que pretendía conservar en la España de la posguerra las tradiciones educativas de la Institución Libre de Enseñanza; pretensión quijotesca, pero que, por su misma modestia e inverosimilitud, pudo pasar desapercibida. En la benemérita institución regentada por Jimena Menéndez Pidal se consiguió por ejemplo practicar, contra todos los hábitos de la época, la educación mixta, se dispensó de la enseñanza religiosa cuando los padres así lo solicitaban y se compensó la doctrina oficial de los libros de texto con amplias lecturas y participación de los alumnos. A ella enviaban a sus hijos buena parte de las familias liberales que sobrevivían en Madrid3.

Allí enseñó Rodríguez Huéscar filosofía durante diez años. Javier Muguerza, que fue alumno suyo, dice de él: Era un profesor sobrio y poco dado a patetismos, con conciencia sin duda del absurdo de "enseñar filosofía" y un tanto escéptico acerca de la buena disposición del alumnado para "aprender a filosofar". En consecuencia, se limitaba a mostrar honestamente lo que era para él el "ejercicio" de la filosofía y, a partir de ahí, dejaba en absoluta libertad de reflexión a su auditorio. Pero como ni lo uno ni lo otro era, digamos, muy frecuente en la docencia filosófica española, aun universitaria, de hace diez años, el impacto de un curso semejante podía llegar a ser muy grande4.

Antonio Rodríguez Huéscar   durante una excursión a Zorita de los Canes (Guadalajara) en 1934, junto   a José Gaos y en frente de Ortega y Gasset.¿Dónde estaban entonces sus maestros y sus compañeros de generación? Aparte de García Morente, que había muerto en 1942, la situación común de todos ellos era el «exilio»: exterior (como en el caso de Gaos) o interior (en diversos grados), en el caso de los que habían ido volviendo. El caso de exilio en sentido literal, exterior, más radical fue el de Gaos, que entendió su situación de «transterrado» en México, más que como algo accidental, como una verdadera vocación personal y como símbolo del nuevo rumbo de la filosofía en lengua española. También María Zambrano, o sus compañeros Manuel Granell y Francisco Álvarez, habían optado por el exilio en América. Zubiri y Ortega lo hicieron por el «exilio interior»... Zubiri en 1942 y Ortega en 1945, ambos habían vuelto a España, a Madrid. Era evidente que ninguno podía desarrollar una vida intelectual normal. Hicieron lo que podían hacer: actuar dentro de ámbitos reducidos -por supuesto, al margen de toda vinculación oficial: Zubiri a través de sus cursos particulares, sin apenas publicar; Ortega sobre todo a través del Instituto de Humanidades, tratando de reducir al mínimo el necesario exilio interior. De hasta qué punto fue efectivo su influjo a pesar de la hostilidad del régimen, da prueba sobre todo la persecución a que se lo sometió por parte de determinadas instancias eclesiásticas, que pretendieron nada menos que incluir sus obras en el Índice de libros prohibidos5.

Rodríguez Huéscar -como Marías- no quiso salir de España. Y, como el fragmento de la carta anteriormente citada muestra, le costó recobrarse de la tremenda devastación espiritual que había supuesto para él la guerra. Poco a poco sin embargo, sin hacerse quizá demasiadas ilusiones y con el tempo lento que le era propio, fue llevando a cabo su obra.

Desde muy joven, siendo estudiante, había sentido vocación por la novela; era de antiguo ávido lector y escritor aficionado. En 1948 tenía escrita Vida con una diosa, novela sumamente interesante. Narra la historia de un joven a quien toca en suerte vivir la experiencia de enamorarse de una diosa (Diana), encarnada en una bella joven que sólo tiene una vaga conciencia de su verdadera (o segunda) identidad, que su amante se encargará de irle descubriendo. Es una narración llena de suspense, mantenido por medio de un ingenioso juego con los planos de la realidad. Quedó finalista, este mismo año, del recientemente creado premio Nadal. Sin embargo, la novela no se publicó hasta el año 1955; y entonces en una pequeña editorial, Puerta del Sol, que apenas llegó a distribuirla.

Para ser un poco precisos, la cronología de los escritos de Rodríguez Huéscar tendría que ser doble. A menudo pasan muchos años desde que los redacta hasta que los publica, con frecuencia después de haberlos revisado una y otra vez. Su primer ensayo filosófico -que es también su primera publicación-, «Sobre el origen de la actitud teorética», aparecido en la revista Theoría en el número de julio-septiembre de 1952, había sido escrito en 1939. Es evidente que la «publicidad» no está entre sus prioridades.

No obstante, poco a poco, va saliendo de su inercial retracción y se embarca en algunas empresas editoriales. Escribe en particular una serie de introducciones a obras clásicas de la filosofía para la Biblioteca de Iniciación Filosófica de la Editorial Aguilar en Buenos Aires. Se trata de trabajos, por su misma intención, modestos, pero saturados de ideas perspicaces e interesantes -especialmente, en mi opinión, los dedicados a autores de la Edad Media (san Anselmo, san Buenaventura) y del siglo XVIII (D'Alembert, Rousseau, Kant)6. En 1953 pronuncia una conferencia titulada Aspectos del magisterio orteguiano, dentro de un ciclo organizado como homenaje a su maestro al cumplir este setenta años. Al año siguiente publica un cuento, «Caza y amor en una siesta de verano», en Cuadernos Hispanoamericanos7. Poca cosa, como se ve. Pero durante todo este tiempo, Huéscar no deja de estudiar y repensar la obra de Ortega, iniciando ya una labor de sistematización conceptual que empezará a dar sus frutos un poco más tarde; cuando, fuera de España y en un ambiente propicio, disponga de tiempo y holgura. De momento, en Madrid, con Ortega todavía vivo, se dedica por completo a la labor de apropiación y asimilación de la filosofía de su maestro, cuya potencial fecundidad siente ante todo como una responsabilidad personal. «Enorme es nuestra deuda con Ortega -dirá todavía en 1983-. La mía, concretamente, me parece abrumadora, y toda mi vida me ha desazonado la conciencia de no haber hecho todo lo que podía para pagarla»8.

3. El exilio exterior

A finales de 1955 se produce un giro en la vida de Rodríguez Huéscar. En la mañana del 18 de octubre muere Ortega. «La noche del 18 de octubre de 1955 -escribe poco después- estuvimos acompañando a Ortega, en el recinto ya histórico de su casa de Monte Esquinza, el grupo íntimo de sus amigos y discípulos más próximos, de sus familiares. Le acompañábamos, o más bien, él nos acompañaba. Era la noche triste y asombrada de su partida, de su gran viaje al Misterio. Nunca la muerte, en efecto, esparció en torno suyo oleadas más densas de asombro, nunca fue más obstinadamente incomprensible»9. Estaban allí Fernando Vela, Julián Marías, Emilio García Gómez, Paulino Garagorri...

Para Rodríguez Huéscar, la muerte de Ortega, lejos de significar el fin de una obra, era en cierto modo -lo fue para él biográficamente- un comienzo. El mismo escrito elegíaco que hemos citado dice en efecto: Casi todo lo que Ortega dijo y pensó tiene una intención y un valor de futuridad; sus grandes hallazgos poseen en grado superlativo esa pregnancia propia de las geniales anticipaciones. Su acción intelectual, y, en general, su acción humana, lejos de haber concluido con su muerte, es ahora cuando inician su expansión definitiva, y sólo desde el futuro se podrá apreciar hasta qué punto fueron decisivas las intuiciones fundamentales que las determinaron10. Pocas semanas después se marcha Huéscar a enseñar filosofía en la Universidad de Puerto Rico.

Ya antes había recibido algunas ofertas de universidades de Hispanoamérica y Alemania. Ahora, con Ortega ausente, se decide en seguida a aceptar la que se le hacía desde Puerto Rico, atractiva por diversos motivos. El económico sin duda pesaba. Pero, sobre todo, muerto Ortega, la Universidad de Puerto Rico era quizá por entonces el centro cultural de inspiración más directamente orteguiana. Como es sabido, el que ocupaba el cargo de rector desde 1942, Jaime Benítez, era discípulo entusiasta de Ortega. «Había leído todas las obras de nuestro filósofo, y mucho de cuanto, por incitación suya, se había publicado, traducido, en España -dice Francisco Ayala-; y como sus entusiasmos son siempre muy ejecutivos, se había puesto en contacto con él, lo había hecho convidar a unos coloquios en Estados Unidos, lo acompañó allí, lo escuchó, e hizo todo lo que pudo para que la semilla benéfica de su pensamiento fecundara la isla, invitando luego a la Universidad personas afectas a la figura del maestro»11.

Antonio Rodríguez Huéscar con Jaime Benítez y Julián Marías en Puerto Rico, 1956.Lo cierto es que Benítez había tratado de plasmar en Puerto Rico las ideas expuestas por Ortega en Misión de la universidad (1930) -expresión institucional de este intento era la Facultad de Estudios Generales-. Y, en cierta medida, lo había conseguido. «En modo alguno esperaba yo -dice Ayala en otro lugar-, cuando me incorporé a la Universidad de Puerto Rico, encontrar en ella [...] un foco tan encendido, entusiasta y estimulante de actividades culturales como el que allí ardía»12. Aunque a veces se queja del bajo nivel de la enseñanza media en la isla, y de las consiguientes repercusiones en la enseñanza universitaria, la impresión de Huéscar, en líneas generales es muy favorable, y se siente estimado y acogido por sus colegas. En las aulas de la universidad pudo finalmente Rodríguez Huéscar dedicarse a lo que intelectualmente sentía como su obligación más acuciante y personal: la indagación, desarrollo y sistematización de algunas de las ideas cardinales de la filosofía de Ortega. En primer lugar, la idea de verdad.

Durante algunos años se dedicó a elaborar y exponer en sus clases los estudios que habrían de constituir la base de su tesis doctoral, en torno al problema de la verdad en Ortega. Lo vemos así, por ejemplo, en el 58-59 dar un curso sobre «La verdad en Ortega». Los dos años siguientes lo encontramos en España, presentando su tesis doctoral en la Universidad de Madrid, destacado con sueldo completo por la de Puerto Rico -a la que por ello se mostró siempre hondamente agradecido.

El tema de la verdad en Ortega tiene, según Huéscar, dos vertientes: una circunstancial o perspectivista, y otra ética. La primera es la de la verdad en cuanto referida a las cosas, a la circunstancia -es la verdad en el sentido lógico, tradicional, del término-, que sólo puede entenderse a partir de la idea de perspectiva, y que podría caracterizarse, en extrema síntesis, como adecuación de la perspectiva intelectual con la perspectiva real. La segunda vertiente corresponde a lo que Ortega llama la verdad como coincidencia del hombre consigo mismo13, y es, según Rodríguez Huéscar, algo nunca visto antes en la filosofía, tan nuevo que ni el mismo Ortega pudo extraer de ello todas las consecuencias14. Este segundo sentido, no independiente sino íntimamente relacionado con el primero, partiría de la hipótesis de que en el concepto orteguiano de la verdad hay una dimensión de decisiva importancia por virtud de la cual este concepto queda radicalmente adscrito al lado ético del hombre, y esta vinculación es de tan íntima naturaleza que permitiría bosquejar una figura de la verdad en la que esta venga cualificada en su valor específico -valor que podemos llamar lógico, en un sentido deliberadamente amplio- por determinaciones de índole estrictamente ética o moral15. En un primer momento sin embargo, en los trabajos de su tesis doctoral, Huéscar quiere ocuparse únicamente del primer sentido, pero -y esto es muy importante- como condición para abordar ese otro segundo sentido.

Lo que Rodríguez Huéscar pretende en Perspectiva y verdad es el esclarecimiento pleno de la noción perspectivista de la verdad en Ortega -tarea que, hasta la fecha, que yo sepa, no ha sido todavía realizada, dice16. Lo que hace, en definitiva, es iniciar una labor de construcción o sistematización conceptual de la filosofía de Ortega -construir el concepto orteguiano de verdad en forma coherente y, a la vez, perdiendo lo menos posible de su riqueza de dimensiones- de resultados verdaderamente asombrosos. No es cosa de entrar aquí en el detalle del método seguido, pero no se puede dejar de decir que da lugar a una obra paradójicamente «original», por cuanto pone de relieve algo afirmado unas veces, y negado muchas más, pero nunca mostrado de manera tan patente como en este estudio: el carácter sistemático y la riqueza de conexiones de las ideas de Ortega. Se publicó por primera vez en 1966, inaugurando la serie de «Estudios orteguianos» de la editorial Revista de Occidente.

Casi a su llegada a Puerto Rico, Rodríguez Huéscar se había hecho cargo de la publicación de un número monográfico de la revista La Torre dedicado a Ortega (julio-diciembre de 1956), que se ha convertido ya en un volumen de referencia de la bibliografía orteguiana. En julio de 1958 fue nombrado jefe de redacción de la Editorial Universitaria, y en 1966 director adjunto de la revista, lo que en la práctica significaba director sin más. A esta labor editorial dedicó mucho tiempo y esfuerzo, tratando de elevar el nivel de las colaboraciones y de agilizar y de hacer más regular y eficaz la elaboración y la administración de la revista.

Sin embargo, a su vuelta a Puerto Rico después de su estancia en España con motivo del doctorado, las cosas habían cambiado en la universidad. Corrían nuevos aires generacionales y el liderazgo de Benítez empezaba a ser fuertemente contestado, topándose a veces con desagradable oposición los profesores «orteguianos». Las disputas políticas -en torno principalmente a la relación con los EE. UU.- fueron enrareciendo el ambiente dentro de la misma universidad. Rodríguez Huéscar fue enormemente sensible a esta nueva situación, y la nostalgia de su tierra, que nunca lo había abandonado, se fue haciendo cada vez más intensa. Pasa frecuentes temporadas en España -unas veces por problemas con la Oficina de Inmigración Norteamericana, otras veces por trabajos de investigación costeados por la universidad-, pero su deseo más hondo es ya volver definitivamente. Tiene sin embargo que esperar al año 71 -poderoso caballero es don dinero- para poder gozar de una jubilación remunerada.

Estos años son los de su madurez humana e intelectual y los de mayor reconocimiento académico; pero, paradójicamente, son años también de gran esterilidad. Se publican propiamente sus dos primeros libros filosóficos: Con Ortega y otros escritos (1964) y Perspectiva y verdad (1966); pero el primero es una recopilación de ensayos -algunos interesantísimos, como el dedicado a la Problemática de la novela-, casi todos bastante anteriores, y el segundo, como hemos dicho, su tesis doctoral, defendida en 1961. Salvo Carta abierta a José Antonio Maravall en el decenario de la muerte de Ortega (1965), que es por cierto un dolorido lamento, un desahogo, y un breve artículo sobre La españolía de don Ramón Menéndez Pidal (1970), no publicará nada.

Antonio Rodríguez Huéscar en San Juan de Puerto Rico hacia 1958.Espiritualmente ha sonado para él la hora del fin del exilio -en su segunda forma del exilio exterior, que nunca fue, como se ve, radical-, y prepara ya su vuelta a España. De cómo vivió su estancia en Puerto Rico, y en particular de la experiencia que hizo de su universidad, es un documento extraordinario la conferencia que dio en Madrid el 14 de mayo de 1965 sobre Aspectos de la vida universitaria puertorriqueña17. La conferencia está saturada de datos estadísticos, que dejan traslucir una profunda admiración por el pasado y el presente de la institución, y una gran ilusión por su futuro, unida a cierta inquietud -especialmente por su creciente politización-. Subraya sobre todo la importancia que tiene en múltiples sentidos para Puerto Rico: económica, social, culturalmente...: Se diría que el puertorriqueño tiene la conciencia de que no puede encauzar su economía, su dedicación y su entusiasmo en ninguna empresa colectiva más fecunda ni, en definitiva, más "rentable", y en esta convicción me parece que la opinión y el sentimiento son unánimes, dentro y fuera de la Universidad, hasta el punto de constituir acaso el vínculo más fuerte, el elemento de aglutinación más positivo de la comunidad puertorriqueña. Y tiene una altísima idea de sus posibilidades reales. En efecto, por su privilegiada situación de punto de intersección, de encrucijada de varias grandes vías culturales -la iberoamericana, la norteamericana y la europea, Puerto Rico podría llegar a ser la isla universitaria, la civitas universitaria por excelencia, donde se diesen cita para las más altas tareas y colaboraciones intelectuales los hombres de espíritu de las dos Américas con los del viejo continente. Esto podría constituir la máxima originalidad de la UPR: llegar a ser la primera universidad intercontinental. Si se repasa un poco lo que fue la historia de la universidad hasta esta fecha, se verá que se trataba en efecto de posibilidades reales.

4. El fin del «exilio»

El 22 de mayo de 1953, estando todavía Rodríguez Huéscar en España, se había firmado un decreto por el que los cursillistas del 36 podían ser nombrados profesores adjuntos permanentes de institutos nacionales de enseñanza media, siempre que no hubieran prestado servicio en ningún centro oficial de la República, que era su caso. Sin embargo, tampoco había ejercido la docencia en ningún centro oficial del nuevo régimen, por lo que, cuando en 1955 pudo hacerse efectivo dicho decreto, hubo de superar nuevas pruebas selectivas para acogerse a él. Aunque en ningún momento estuve de acuerdo, ni con los menguados y discriminatorios derechos que se nos concedían -ya que los cursillos realizados lo fueron para el acceso a cátedras-, ni mucho menos con la a todas luces injusta exigencia de realizar nuevas pruebas de selección, no obstante, apremiado por la necesidad, realicé y aprobé dicha nueva oposición, dice Rodríguez Huéscar en una de las numerosas instancias que hubo de enviar al Ministerio.

Viene luego su exilio-estancia en Puerto Rico. Entre tanto se suceden en España, lentos pero inexorables, los pasos del engranaje administrativo -expectación de destino, prórroga para la toma de posesión, excedencia voluntaria-. Finalmente, el 1 de octubre de 1972 -con sesenta años cumplidos-, toma posesión de su cargo como profesor en el Instituto «Brianda de Mendoza», en Guadalajara, donde permanecerá un año. Después se traslada a Madrid, donde pasará por varios institutos, sin llegar nunca siquiera a desempeñar efectivamente el cargo de catedrático. Se jubila -por segunda y última vez- en 1982.

Autorretrato de Antonio Rodríguez Huéscar, pastel sobre papel, hacia 1984.Con ocasión de esta segunda jubilación, en homenaje a los profesores que se despedían como él aquel año, pronunció un breve discurso18 en el que decía: Mi balance personal creo que no es interesante, porque [...] yo soy un caso atípico dentro de la enseñanza, tanto por circunstancias vocacionales como por mi peripecia biográfica. Por eso, puedo decir con sinceridad, y sin que ello implique actuar de aguafiestas, que este balance es para mí más bien negativo [...]. Tengo la impresión -para decirlo sin ambages- de que mi dedicación a la enseñanza ha representado para mí una considerable pérdida de tiempo; percibo como un desajuste o desproporción entre el esfuerzo realizado y los resultados obtenidos. Si seguimos escuchando sus palabras, nos enteramos de que, si Huéscar siente que su dedicación a la enseñanza -habría que preguntarse si también la universitaria- ha sido una considerable pérdida de tiempo, no es porque su experiencia concreta, su relación con alumnos y profesores, hubiera sido mala -todo lo contrario-, sino porque la suya era una vocación filosófica en estado puro, sentía que la enseñanza no era «lo suyo» -y, en este sentido, era una «falsificación» que había que añadir a la «falsificación» que es ya de suyo el estudiar y el enseñar19-, que lo suyo era la dedicación a la pura meditación filosófica.

Desde diciembre de 1972 se había incorporado al consejo asesor de la Revista de Occidente, en su segunda etapa. Y en ella publica algunos artículos importantes: «Para una teoría de la posibilidad basada en el pensamiento de Ortega» y «Mirada a la metafísica»20, estudio este último de carácter fundamentalmente histórico.

«Para una teoría de la posibilidad basada en el pensamiento de Ortega» se presenta como un anticipo de un proyecto más amplio. «Las siguientes páginas -dice en la introducción- pertenecen a un libro en preparación en el que se desarrollan diversos conceptos metafísicos fundamentales que tienen su origen en la conocida doctrina orteguiana de la vida humana como realidad radical». Se trata en realidad del primer texto publicado de cierta envergadura21 en el que Rodríguez Huéscar lleva a cabo una reflexión propiamente metafísica, no ya con ánimo de sistematizar las ideas orteguianas, sino con la intención de, basándose en el pensamiento de Ortega, que ha hecho propio, filosofar por su cuenta. El «libro en preparación» al que hace referencia es el que póstumamente se publicaría con el nombre de Éthos y lógos, sobre el que luego hablaremos. Sólo quiero señalar en este punto que durante toda la década de los sesenta y de los setenta, encontramos a Huéscar ya orientado hacia la indagación en esa segunda vertiente del problema de la verdad en Ortega a la que nos referimos, que ya en Perspectiva y verdad se proponía expresamente convertir en objeto de estudio: el gran tema del sentido ético de la verdad, o, para enunciarlo con más exactitud, de la posibilidad de una lógica del pensar ético22. Muchos de sus cursos en la Universidad de Puerto Rico iban orientados a este fin: Dimensiones ético-metafísicas del problema de la verdad (primer semestre 1961-62); Éthos y lógos: las bases metafísicas de su mutualidad (segundo semestre 1967-68); Tiempo y posibilidad (primer semestre 1970-71), etc. Hay que subrayar además que, a estas alturas, su pensamiento se mueve ya en otro nivel de «autonomía», en parte debido a que el tema, como él mismo dice, lo dejó Ortega prácticamente inexplorado, pero sobre todo porque, con la conciencia de moverse en todo momento dentro de la metafísica de Ortega, lo impulsan ahora intereses especulativos y constructivos propios. La mayor parte de este material, sin embargo, permanecerá de momento inédito.

El gran evento cultural del centenario del nacimiento de Ortega, celebrado en 1983, será para Rodríguez Huéscar estímulo y ocasión para una labor «publicística» inusualmente intensa en él, que le da quizá, por primera vez, con más de setenta años ya, una cierta «notoriedad». En 1982 publica, en efecto, La innovación metafísica de Ortega. Crítica y superación del idealismo, libro de curioso origen y no menos curioso destino. Se trata de una obra con dos partes. Una primera en la que estudia minuciosamente, al modo en que lo había hecho en Perspectiva y verdad, el tema de la crítica de Ortega al idealismo -dando pruebas de nuevo de la eficacia de su método de estudio de la filosofía de Ortega-, y una segunda parte, dedicada propiamente a la «superación», en la que hace una reflexión de tipo más constructivo en torno a las «categorías de la vida». El origen del libro fue un concurso convocado por el Ministerio de Educación y Ciencia en 1980 para trabajos de profesores y alumnos de enseñanza media en torno a la figura de Ortega. El concurso fue ganado por Rodríguez Huéscar. La modestia de las circunstancias vela la verdadera trascendencia del libro, acogido con críticas académicas muy favorables, a pesar de lo cual ha tenido escasa difusión. Son estos dos rasgos -el modesto continente y el adverso destino editorial- que parecen inexorablemente ligados a su obra. Estaba en efecto acostumbrado a parecer menos de lo que era, dice Marías. En cuanto a la publicación del libro, tuvo, puede decirse, la mala suerte de ganar el concurso, con lo que el Ministerio se reservaba todos los derechos, dejando languidecer los volúmenes en los sótanos de sus almacenes23.

Pero será sobre todo la evocación de la figura -humana, histórica y filosófica- de Ortega, sobre la base de sus muchos e intensos recuerdos personales, lo que centrará los esfuerzos de Rodríguez Huéscar durante el año del centenario. Trabajo este no desdeñable, dada su extraordinaria calidad como testigo directo e íntimo amigo. Huéscar se prodiga en este año: «Ortega: genio y palabra»24, «El liberalismo de Ortega»25 y «Ortega, clásico prematuro»26 son sólo algunos de sus títulos. Algún tiempo después quiso publicarlos en un volumen, que tuvo que aparecer póstumamente, y gracias a una subvención de la Diputación de Ciudad de Real y al empeño e interés de José Lasaga -evidentemente la «notoriedad» alcanzada por Huéscar no había sido suficiente-. Personalmente, considero este libro, aparecido con el título de Semblanza de Ortega27, un testimonio de primer orden sobre la figura de Ortega, por su riqueza, por su inmediatez y por deberse a uno de sus pocos discípulos filósofos en sentido estricto.

Antonio Rodríguez Huéscar en el Instituto de Estudios Manchegos durante la lectura de su discurso de ingreso, 1988.Poco más publica Rodríguez Huéscar. De tarde en tarde un artículo en alguna revista filosófica -en particular algunas conferencias pronunciadas con ocasión del centenario-; el interesante texto -ocasional donde los haya- titulado «Antonio López Torres, su lugar en el arte del siglo XX», que es su discurso de ingreso en el Instituto de Estudios Manchegos28, un largo estudio con sabias ideas acerca de la pintura y la estética en general, dentro de la escuela de pensamiento de Ortega, por alguien que además de tener una fina sensibilidad estética, había pensado largamente sobre el arte de pintar y había practicado personalmente durante muchos años la pintura...

Pero durante todo este tiempo le ocupa y preocupa lo que siempre -se pueden rastrear sus huellas ya en sus primeros escritos- le había preocupado: la relación entre éthos y lógos, ese libro que siempre deseó poder escribir. No era un vago deseo. Ya vimos cómo dedica al tema varios de sus cursos universitarios. Ahora, con la holgura que le da la jubilación, pero también, hay que decirlo, con sus energías ya mermadas, se dedica a escribir. Se ha encontrado, como nos dice Lasaga, que finalmente sería el editor, un proyecto de índice para el libro. Huéscar intentó publicar por separado algunos de sus capítulos, lográndolo en unos casos -como con el capítulo dedicado al temple29- y fracasando en otros -como en el caso del capítulo dedicado a la contingencia30-; en otro caso, en fin, la muerte le ganó la mano, adelantándosele cuando estaba próximo a aparecer en la Revista de Filosofía el «Examen del "ahora"»31. Los textos que componen la obra tal como se ha publicado tienen muy diverso grado de elaboración: van desde los capítulos mencionados, definitivamente entregados para la imprenta, hasta los meros esquemas de trabajo. Son por tanto de muy diversa cualificación.

La obra, en conjunto, a pesar de la intención unitaria del índice, presenta bastante desconexión entre sus partes; desde un punto de vista formal sobre todo, pero también, en cierto modo, desde un punto de vista argumental. Creo que si Rodríguez Huéscar se pasó la vida prácticamente al acecho del tema, y lo llevó siempre de alguna manera consigo, sin poder rematar la elaboración de tan anhelado libro, no fue simplemente debido a circunstancias externas, sino sobre todo a que no acertó a dar con el planteamiento adecuado. Por eso los textos recogidos en Éthos y lógos32 parecen más una sucesión de aproximaciones a su planteamiento, que una formulación propiamente del mismo; a pesar de lo cual constituyen una serie de análisis y desarrollos de sumo interés, dentro de las intuiciones básicas de la metafísica de Ortega.

5. En conclusión

Esto fue lo que Rodríguez Huéscar dejó cuando la muerte lo sorprendió -literalmente- en 1990, exactamente con ochenta años. Su obra, como se ve, no ha sido ni muy extensa ni muy conocida; sin embargo no se trata de un autor de segunda fila. Perspectiva y verdad es una obra capital para el estudio de Ortega. Podemos resumir su importancia afirmando que tiene un triple carácter ejemplar: a) en cuanto que muestra lo que se puede hacer con la obra de Ortega (desde su publicación no cabe ya seguir dudando del sistematismo conceptual -al menos potencial- de la doctrina orteguiana; con esta obra zanja la cuestión); b) en cuanto que señala lo que se debe hacer con la filosofía de Ortega (insistiendo en que se trata de un menester reclamado, por una parte, por la filosofía misma de Ortega, y, por otra, por la filosofía sin más, ya que, según él, se puede hacer o no filosofía, pero, si se hace, y se quiere hacer en serio, no hay más remedio que entender a fondo la «innovación metafísica de Ortega»); y c) en cuanto que señala el modo concreto de hacerlo, estableciendo los principios metodológicos exigidos por una obra tan peculiar como la de Ortega.

Antonio Rodríguez Huéscar en Fuenllana (Ciudad Real) hacia 1978.No intenta -ni lo piensa siquiera- hacer una sistematización de toda la filosofía orteguiana. Se limita a temas contados -dos o tres a lo sumo-. Pero lo que hace, lo hace con conocimiento de causa y a fondo. En relación con el tema de la verdad, por ejemplo, extrae de las obras de Ortega una insospechada cantidad de «notas», «instancias de complejidad» y «órdenes de problemas», que dan como resultado el descubrimiento de un gran número de conexiones entre las ideas aparentemente dispersas e inconexas de su maestro; hasta el punto de que Perspectiva y verdad puede utilizarse como manual de introducción a la teoría del conocimiento. Desde luego, hoy no se puede entender a fondo la doctrina de Ortega acerca de la verdad sin leer y pensar esta obra.

Descubre además toda una vertiente del problema de la verdad, que únicamente aparece apuntada en Ortega y que a Huéscar le parece decisiva: la de la verdad como coincidencia del hombre consigo mismo, es decir como autenticidad vital; y, tomándose absolutamente en serio la afirmación de Ortega de este es el sentido originario y más radical de la verdad, que condiciona por tanto el sentido «lógico», habitual de la misma, trata de establecer las bases para la elaboración de una «lógica del pensar ético», es decir, una lógica que asuma todas las implicaciones de dicha afirmación. El proyecto queda incompleto, pero el esfuerzo no resultará estéril.

Está por otro lado la interesante faceta de Rodríguez Huéscar como «ensayista» filosófico, que despliega reflexionando sobre temas de historia de la filosofía, sobre la novela (y en particular la relación entre novela y realidad), sobre el origen de la actitud teorética, sobre la relación entre la filosofía y la vida personal, etc., siempre con un estilo elegante, noble, preciso; en escritos llenos de ideas iluminadoras, profundas, no siempre originales (novedosas) pero, en todo caso, seriamente pensadas. Está también su estimable faceta de novelista...

Toda la labor filosófica de Antonio Rodríguez Huéscar tiene en fin, además del valioso carácter ejemplar que hemos señalado en relación con la obra de Ortega, un notable interés como modelo de apropiación de una filosofía ajena, asumida con toda honestidad, inteligencia y radicalidad: en primer lugar, porque es la situación en la que de hecho se encuentran innumerables personas que cultivan la filosofía; y, en segundo lugar, porque, sea cual sea la situación a la que se llegue -aunque esta fuera la creación de un genial sistema original-, no hay más remedio que recorrer antes, apropiándosela, la historia entera de la filosofía. Y en esto Huéscar, que fue un exiliado en varios sentidos pero no un filósofo sin raíces, tiene muchas lecciones que dar.

* Publicado en Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, 20 (2003), 321-336.

1. Vida con una diosa (1955) -una novela-, Del amor platónico a la libertad (1957), Con Ortega y otros escritos (1964), Perspectiva y verdad (1966), La innovación metafísica de Ortega (1982), Semblanza de Ortega (1994) y Éthos y lógos (1996).

2. Cf. al respecto M. García Morente, «La reforma de la Facultad de Filosofía y Letras», Compluto, 1 (1932), 3-6; J. Gaos, «La Segunda República y la enseñanza superior en España», en Pensamiento de lengua española. Obras completas, VI, México, 1990, 249-257; M. Mindán, Testigo de noventa años de historia, Zaragoza, 1995; J. Marías, Una vida presente, Memorias 1, Madrid, 1988.

3. Es muy recomendable al respecto la lectura del artículo de Frank S. Riddel y María Carmen Riddel, «Undermining Authoritarianism: The Colegio Estudio and the Preservation of Liberal Education in Franco's Spain», The Journal of the West Virginia Historical Association, XV, 1 (primavera 1993), 1-29.

4. J. Muguerza, «Un libro sobre la verdad en Ortega. A propósito de Perspectiva y verdad. El problema de la verdad en Ortega, de Antonio Rodríguez Huéscar», Revista de Occidente, 66 (1968), 307-308.

5. Cf. Ortega y tres antípodas (1950) y El lugar del peligro (1958), de Julián Marías, así como la introducción a ambos en Obras, IX, Revista de Occidente, Madrid, 1982, 13-17.

6. En 1957 se recogerán en un volumen titulado Del amor platónico a la libertad, publicado por la misma editorial que su novela, Puerta del Sol, y con similar suerte.

7. Cf. 52 (1954), 23-31.

8. Cf. «Ortega: genio y palabra», Revista de Occidente, 24-25 (1983), 241.

9. «Relato personal», La Torre, 15-16 (1956), 86.

10. O. c., 89.

11. Recuerdos y olvidos, Alianza, Madrid, 1991, 399.

12. O. c., 387.

13. Como es sabido, es el título de la lección VII del curso En torno a Galileo, que se remonta a 1933.

14. «Creo que se puede afirmar, efectivamente -dice Huéscar en la introducción de Perspectiva y verdad-, la novedad de este aspecto del concepto orteguiano de la verdad; tanto, que ni siquiera me atrevo a aseverar que en el propio Ortega haya llegado a constituir una "idea", en el sentido pleno de la palabra» (Alianza, Madrid, 1952, 15).

15. Perspectiva y verdad, o. c., 16; es importante el subrayado de Huéscar, porque no se trata del valor ético añadido que puede tener una verdad, por ejemplo cuando no se oculta o cuando es oportuna.

16. Perspectiva y verdad, o. c., 15.

17. Publicada recientemente como «Misión orteguiana de la Universidad. Aspectos de la vida universitaria en Puerto Rico», Revista de Occidente, 252 (2002), 23-47.

18. «Palabras en el homenaje a los profesores de Institutos jubilados en el año 1982», Revista de Bachillerato, 24 (1982), 112-113.

19. Rodríguez Huéscar alude en su discurso al texto de Ortega «Sobre el estudiar y el estudiante», de 1933 (cf. Obras completas, IV, 545-553).

20. 140 (1974), 196-213, y 3.ª época, 1 (1975), 62-71, respectivamente.

21. Existe el antecedente de «Sobre el perder y el ganar», en Überlieferung und Auftrag. Festschrift Michael de Ferdinandy, Guido Pessler, Wiesbaden, 1972, pero este no es en realidad sino un breve anticipo de este otro anticipo, mucho más elaborado.

22. Perspectiva y verdad, Alianza, Madrid, 1952, 253.

23. Hace algunos años Jorge García Gómez, gran admirador de esta obra, publicó una traducción al inglés: José Ortega y Gasset's Metaphysical Innovation. A Critique and Overcoming of Idealism, State University of New York Press, Albany, 1995; acaba de aparecer, por fin, una nueva edición en español: Biblioteca Nueva, Madrid, 2002.

24. En Revista de Occidente, 24-25 (1983), 214-241.

25. En Homenaje a Ortega y Gasset, Federación de Clubs Liberales, Madrid, 1983.

26. En Cuenta y Razón, 11 (1983).

27. Anthropos, Barcelona, 1994.

28. En Cuadernos de Estudios Manchegos, 18 (1988), 145-186.

29. «El temple como acceso a la realidad», en Homenaje a Julián Marías, Espasa-Calpe, Madrid, 1984, 609-628.

30. Destinado a un volumen en homenaje a Ferrater Mora, que finalmente no vio la luz.

31. 3.ª época, III (1990), 69-81.

32. UNED, Madrid, 1996.