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Aurora Luque

Semblaza: Artículo

Aurora Luque: detective

[Editado por vez primera en El agua en la boca, suplemento de Litoral, núm. 5 (1998)]

A estas alturas de la película casi todos hemos oído hablar de la Organización. Es más: sin saberlo, casi todos formamos parte de Ella, trabajamos para su buen funcionamiento. A Ella le entregamos (por las buenas o a la fuerza, conscientemente o no) lo que somos y lo que nos gustaría ser, la realidad y el deseo. Nuestro cuerpo; el tiempo que tira de él como un percherón dócil y resistente; la luz que nos recorre buscando sin éxito el nido donde pasó el verano anterior; las palabras, que cada vez recuerdan peor su antigua función de madeja en el laberinto: todo nos lo ha robado la Organización para alimentar sus calderas y para justificar sus cárceles.

Pero no todo está perdido. Todavía quedan personas dispuestas a desafiar el Poder omnímodo y grosero de la Organización y a señalar los lugares no cerrados por los que pueden escapar el cuerpo, el tiempo, la luz y las palabras. Antes se les llamaba poetas porque contribuían a la Creación, esa tarea inacabable en la que unos pocos se sentían llamados a participar activamente. Pero ahora es preferible referirse a ellos como detectives, ya que su cometido es distinto: ponen al descubierto la trama o red encargada de controlar nuestros deseos, energías, impulsos, personalidades o maneras de mirar y neutralizarlos en beneficio de la Ley. Estos detectives son pobres porque muy pocos tienen agallas para requerir sus servicios, y porque muchos de los que las tienen no los encuentran (sus despachos no están sino en grietas, agujeros, márgenes, escondrijos más propios de alimañas que de seres humanos). Los recelos de la Policía hacia ellos son lógicos: utilizan sus métodos sin ser esclavos de ellos (o dicho de otro modo: con imaginación), con unos fines distintos (no esclarecer la Verdad sino encajar las distintas piezas de este puzzle que llamamos vivir) y al servicio de otros señores (no la Sociedad o Dios, sino la pasión, la piel, los instantes fugitivos, la locura, las caricias...).

Aurora Luque es una de las mejores detectives que tenemos. Esa crónica de sus éxitos, de sus hallazgos, que son sus poemas lo demuestra. Ha sabido rodearse de los mejores ayudantes: el mar, la noche, los mitos, el amor, varios idiomas... Entre todos han dibujado el mapa de los lugares no dominados todavía por la Organización, esos huecos en las alambradas electrificadas por los que uno puede deslizarse y escapar. Yo la contrato sin dudarlo dos veces; es decir, releo sus libros, cuando escucho a mi espalda el chasquido de las cerraduras y temo no volver a reencontrarme de nuevo con el afuera. Es emocionante esquivar el barrido de los focos, las ráfagas de las ametralladoras o el lanzallamas de los gritos gracias a sus versos, que nos hacen más veloces, más flexibles, más fuertes, más genuinamente lo que somos. El poeta es el desgraciado que casi siempre acaba en el fondo de las alquitranadas aguas del puerto con un bloque de granito atado a los pies. Los peces le comerán los ojos y hasta el nombre. Pero gracias a otros poetas con vocación de detectives como Aurora Luque los culpables acabarán siendo juzgados; nadie se atreverá a condenarles, eso es cierto, pero al menos durante unas horas descuidarán la vigilancia y alguien podrá aprovecharlas para abrir otra vía de escape, otro túnel hacia la nada.

Leer a Aurora Luque es aprender a vivir en una época cuyos protagonistas son los domadores. Como toda buena poesía, la suya es una invitación a la indisciplina, a la insumisión, a la desobediencia más radical. Después de acabar un poema suyo a uno le entran ganas de saltar con las garras desenvainadas hacia la garganta de ese ridículo señor con un látigo en una mano y un aro de fuego en la otra, y salta, y aprovecha la confusión y el pánico para largarse del circo, y cuando ya ha borrado su rastro en una selva cualquiera se sonríe pensando que por una vez la Organización habrá tenido que devolver el precio de las entradas.

Aurora Luque: la inteligencia y la sangre fría de una detective y la hirviente intrepidez de una leona.

Jesús Aguado