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Bartolomé de las Casas

El autor: Apunte biobibliográfico

Bartolomé de las Casas nació en la colación de San Salvador, en el centro de Sevilla, en una familia de panaderos, quizá de ascendencia judeoconversa y probablemente en 1484. Su andadura americana se inicia cuando en 1493 su padre fue a las Indias en el segundo viaje de Cristóbal Colón, con cuya familia se mantendría siempre muy relacionado el propio Bartolomé. En 1502 padre e hijo se integran en la expedición de Nicolás de Ovando, nuevo gobernador de la Española, y participan en la conquista de los cacicazgos orientales de la isla, que se habían alzado contra el poder colonial. Veinticinco años después, el padre Las Casas recordará en su Historia de las Indias la alegría, a primera vista incomprensible, con que antes de desembarcar les fue dada la noticia de este levantamiento: la guerra que se avecinaba significaba gran provecho, puesto que les permitiría hacer prisioneros que serían legalmente esclavos, a diferencia de las irregulares capturas y ventas de indios pacíficos, objeto de investigaciones y prohibiciones por parte de la administración.

El joven Bartolomé había recibido la tonsura en Sevilla, lo que le autorizaba a ejercer de doctrinero, o catequista de indios; pero también fue soldado, y tras la guerra, como cualquier conquistador, obtuvo indios esclavos y de repartimiento, con los que inició una labranza junto al río Janique, cerca de Santiago. Su amistad con la familia Colón le lleva a Roma en 1506-07, acompañando al hermano del Almirante, y allí se ordena de sacerdote. Regresa a la Española, donde dice la primera misa nueva de América y continúa con sus explotaciones, que pronto abandona para seguir a su amigo Diego Velázquez a la conquista de Cuba, donde será capellán de la compañía de Pánfilo de Narváez (1512-1514). Obtuvo por ello un repartimiento de indios en Canarreo, cerca de Trinidad, pero renunció al mismo a los pocos meses, impresionado por la enorme mortandad causada en la isla.

Comienza entonces su lucha en defensa de los indios, compaginando desde este primer momento la integridad moral, la habilidad política y la osadía que siempre distinguirán sus actuaciones, a través de las diversas fases de su vida y obra: viaja a España y va a ver a Fernando el Católico para leerle un memorial sobre lo que estaba sucediendo en Cuba, primero de la larga serie de escritos de denuncias y de remedios con que azotará la corte durante toda su vida. A la muerte del rey se entrevista con los regentes Cisneros y Adriano de Utrech y les dirige el Memorial de remedios para las Indias de 1516, un plan de reforma basado en la explotación agrícola por parte de labradores castellanos e indios libres, con el cual Las Casas participa de lleno en la literatura utópica de su momento, y que no en vano ha sido comparado con la Utopía de Tomás Moro, publicada en el mismo año. Por primera vez, y desde luego no la última, se concebía para América el plan de un mundo ideal que incluía minuciosos detalles sobre el establecimiento y regimiento de pueblos nuevos, con modos de producción capaces de asegurar la subsistencia de la comunidad y el pago de beneficios a la corona. La mera explotación del indio quedaba substituida por un período de evangelización e instrucción en técnicas agrícolas europeas, y por la fusión de las razas que resultaría de la convivencia. El idealismo del proyecto le destinaba al fracaso, pero era la etapa lógica tras denunciar la destrucción: cuando el retorno al Paraíso, creación de Dios destruida por el hombre, se hace imposible, se piensa necesariamente en la creación de su sucedáneo utópico. Las Casas no lograría llevar su utopía a sus últimas consecuencias, pero sí que los regentes pusieran el gobierno de la Española en manos de tres frailes jerónimos, como expertos en explotaciones agrícolas, con Las Casas como consejero (1517). El fracaso de este modelo fue inmediato: los nuevos gobernadores se dejaron ganar por los intereses de los colonos y el protector de indios regresó a España, donde consiguió hacerse oír por Carlos I y sus ministros y promover otros dos proyectos de corta vida: el primero, para colonizar La Española con labradores castellanos, fue abortado en la misma corte; para el segundo, Las Casas obtuvo una capitulación que le convertía en verdadero empresario dedicado a poblar y hacer rentables, sin más españoles que los misioneros, 200 leguas de costa venezolana, junto a la península de Paria, iniciativa que también fracasó rápidamente una vez sobre el terreno, debido a su enfrentamiento con los explotadores de perlas de la isla de Cubagua (1521). La mención en ambos planes de la necesidad de importar algunos esclavos africanos, perfectamente rutinaria dentro de los parámetros legales y morales del momento, está en el origen del extendido mito de que fue el padre Las Casas quien inició la trata de esclavos que a lo largo de los tres siglos siguientes sería el oprobio de América.

Termina así su fase de promotor de empresas utópicas, con un profundo desengaño que le lleva a hacerse fraile dominico y recluirse en Santo Domingo, de donde saldrá para fundar el convento de su orden en Puerto Plata. Es quizá el período más sosegado de su vida, sin viajes transatlánticos ni intervención directa en los asuntos de Indias, y por lo mismo el más importante de su formación intelectual: estudia leyes y teología, y mantiene una creciente correspondencia con la corte y con amigos de España, siempre sobre asuntos relacionados con la defensa de los indios. A estas actividades añade entonces una de las que con más justicia le han hecho célebre: la de historiador; en Puerto Plata y hacia 1527 emprende una ambiciosa Historia de las Indias, donde pensaba organizar en décadas las numerosas noticias y documentación que iba acumulando. El proyecto fue semiabandonado en la vorágine de viajes y actividad política de 1534-1550, y recibió un nuevo impulso en 1552, cuando Las Casas, residiendo en Sevilla, tuvo ocasión de utilizar la biblioteca de Hernando Colón. La Historia de las Indias no supera el año 1520, es decir, cubre tres décadas de las cinco o seis que podría haber tenido; con todo, su importancia para la historiografía indiana es difícil de exagerar, por la cantidad de información de primera mano que contiene, tanto testimonial como referida, y porque, a pesar de no haber sido publicada hasta el siglo XIX, uno de sus manuscritos fue fuente principal, directa o indirecta, para gran parte de los historiadores posteriores, a partir de Antonio de Herrera.

En 1534, las noticias llegadas de la conquista del incario animan a Las Casas a ir a misionar al Perú, pero el viaje se frustra, y tiene que conformarse con iniciar un período de gran actividad en Nicaragua y Guatemala, donde concibe el proyecto de evangelización pacífica, sin colonización, del territorio de Tuzulutlán (actual Vera Paz). Fruto de ese momento de preocupación acerca de los métodos misionales es De unico vocationis modo, donde desde una perspectiva erasmista defiende la práctica de una verdadera evangelización, distinta de la cristianización forzosa y los bautizos en masa practicados por los franciscanos, que desde la perspectiva lascasiana eran una estratagema que permitía a los encomenderos hacer trabajar constantemente a los indios, sin darles el tiempo de descanso estipulado para su formación religiosa, puesto que formalmente ya eran cristianos. Además, estas conversiones, pese a ser pro forma, ponían a los indios bajo poder de la Inquisición, que de este modo podía perseguirlos por cuestiones de moral y dogma que ellos desconocían.

Para lograr los permisos y suministros necesarios para su nuevo proyecto, y con el apoyo de los cuatro obispos de Nueva España, que le encargan presentar diversas peticiones al Emperador, Las Casas vuelve a la Península en 1540. Esta vez entró por Lisboa, y allí tuvo lugar otra de sus «conversiones»: los dominicos que le alojan en el convento de São Domingos le transmiten su preocupación por la trata de esclavos negros, para entonces más pujante que la de los indios. Lo que allí aprende sobre la captura de esclavos en las costas de Guinea le hace convertirse en enemigo de cualquier esclavitud, y en su Historia de las Indias no dejará de confesar con amargura el error de sus propuestas de veinte años antes. En 1542, en Valladolid, inicia su período de más influencia política en la corte: lee ante el Consejo de Indias una versión previa de la Brevísima relación, un catálogo de los crímenes cometidos en la conquista, y hace otras denuncias, logrando del Emperador una investigación y consiguiente purga entre los miembros del corrupto Consejo e impulsando la promulgación de las Leyes Nuevas (1542), que él mismo repudiaría más adelante porque nacieron privadas de las provisiones que podrían haberlas hecho realmente útiles. Las Casas parecía haber llegado al zenit de su carrera con la concesión en 1543 del prestigioso y rico obispado del Cuzco; sin embargo lo rechazó, obteniendo en cambio el muy pobre de Chiapas. El trueque es muestra a la vez de su desencanto y de su idealismo: mientras que en el Perú los excesivos intereses económicos de los colonos no prometían nada bueno para los reformadores, Chiapas incluía entonces el territorio no colonizado de la Vera Paz, donde Las Casas todavía soñaba con encontrar la inocencia primigenia del paraíso, para cristianizarlo sin el concurso de colonos. Su fracaso en esta nueva fase fue casi inmediato, pues pronto se enfrentó violentamente con los colonos españoles, que no le perdonaban su supuesto papel en la redacción de las Leyes Nuevas, sobre todo porque impedían que las encomiendas se perpetuasen mediante la herencia. Tampoco consentían que usase la excomunión como arma para combatir los abusos cometidos, en especial la esclavitud irregular. De esta época son sus Avisos y reglas para los confesores, o Confesionario, pequeño manual con contenidos tan espinosos para el proyecto colonial que los sacerdotes tenían que mantenerlo en secreto, en previsión de problemas como los que más adelante tendría su autor, que a su regreso a España fue acusado nada menos que de poner en duda en él el derecho del Emperador a la posesion de las Indias. En conjunto, Las Casas estuvo poco más de un año en su diócesis (1545-46). Tras pasar por México y presentar ante los otros obispos de Nueva España su Tratado de los indios que se han hecho esclavos, regresa a España (1547), de forma definitiva, en principio para denunciar el incumplimiento de las Leyes Nuevas, aunque en realidad como resultado de su fracaso en Chiapas, que se sentía incapaz de superar sin una reforma radical, no ya de la legislación indiana, sino de su administración.

Su actividad política fue incesante en este período: empezó por usar su predicamento sobre el Consejo de Indias para impedir que Juan Ginés de Sepúlveda publicase su Democrates alter o de las justas causas de la guerra contra los indios, donde el humanista cordobés, haciendo uso de su rica cultura clásica, defiende que los conceptos aristotélicos de esclavitud natural y legal se podían aplicar a los indios de América y que por tanto eran justas las guerras de conquista. Sepúlveda se vengó denunciando a Las Casas ante la Inquisición por poner en duda en su Confesionario el derecho de los Reyes Católicos a la conquista de las Indias, golpe bajo digno del entorno político en que se enfrentaban ambos, al cual Las Casas tuvo que responder apresuradamente con su Tratado comprobatorio del imperio soberano...., donde afirma la validez de las bulas de Alejandro VI que concedieron las Indias a los reyes de Castilla, pero recordando que tal concesión iba unida a la obligación de evangelizar a los indios y asegurar su bienestar.

Los ruidosos enfrentamientos de los últimos años entre Las Casas y Sepúlveda difundieron la noción de que ambos personajes eran las cabezas visibles de dos modos de ver la realidad americana, y el Consejo de Indias organizó un debate público para que defendiesen sus ideas ante varios jueces que habrían de determinar quién había argumentado mejor su parte, de donde se esperaban consecuencias en la futura política de Indias. El debate quedó inconcluso, pues los jueces no llegaron a pronunciarse, pero la historia le ha dado una fama mayor que a otros momentos más eficaces de la vida de Las Casas, probablemente debido a su carácter dramático, con las dos posturas representadas por dos voces, y por el logro que supuso para él detener todas las guerras de conquista hasta que los jueces determinasen el vencedor.

En 1552, hizo su última gran aparición en público, al mandar imprimir en Sevilla su coleccion de Tratados, opúsculos de diverso contenido escritos en años anteriores: unos destinados a servir de guía a los misioneros, otros dirigidos a los gobernantes que en aquellos días habían de decidir si se reemprendían las guerras de conquista, interrumpidas desde el debate con Sepúlveda.

Aun viajando mucho, desde su regreso de Chiapas residía principalmente en Valladolid, primero en el convento de San Pablo, luego en el contiguo colegio de San Gregorio, desde donde continuó su actividad en pro de los indios americanos, escribiendo sin cesar epístolas y memoriales, obras jurídicas (De Thesauris) e históricas: le da a la Historia de las Indias la configuración en que hoy la conocemos, añadiéndole abundantes materiales extraídos de la biblioteca de Hernando Colón y de otras fuentes, y le desglosa las noticias de historia natural para constituir con ellos la monumental Apologética historia sumaria, obra con que inaugura la moderna antropología cultural.

Vive sus últimos cinco años en el convento de Atocha de Madrid, donde muere el 18 de julio de 1566. Por decisión testamentaria, sus papeles deben quedarse en el colegio de San Gregorio de Valladolid y no ser leídos por extraños ni publicados hasta pasados cuarenta años de su muerte, cláusula que se cumplió sólo en parte, pues en 1571 Felipe II ordenó trasladar al Escorial todo el acervo lascasiano y ponerlo a disposión y cuidado de su cronista oficial, Antonio de Velasco. De este modo, su obra de historiador empezaba a marcar el camino a historiadores posteriores, aun sin ser publicada hasta 1874. Su obra jurídica también dormiría hasta 1822, cuando algunos de sus Tratados fueron publicados en París por el ilustrado exiliado Juan Antonio Llorente, en el contexto de su apoyo a las independencias americanas. Distinta fortuna tuvo la Brevísima relación, su obra más conocida: su violento contenido de denuncias la hizo pronto instrumento político de primera clase, y a partir de 1578 fue insistentemente reeditada en holandés, y luego en francés, inglés, alemán, latín e italiano: holandeses contra castellanos, protestantes contra católicos, criollos contra metropolitanos, rivales en la primacía del poder colonial... las lecturas de la Brevísima, empujadas por los intereses políticos, han sido muy numerosas, convirtiéndola en uno de los panfletos de éxito más duradero y versátil que se conocen. Es esta obra la principal responsable de la polarización de actitudes existentes ante la figura de Las Casas a través de la historia: unos le ven como un santo dedicado a la defensa de los indios y la denuncia de crímenes, otros como un propagador de mentiras e ideas antiespañolas. Ambas visiones, extremas y excluyentes hasta mediados del siglo XX, se han ido matizando para dar paso a la imagen de un activista que puso al servicio de unos fuertes principios morales una capacidad para la maniobra política fuera de lo común.

José Miguel Martínez Torrejón
(City University of New York)