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Biblioteca Africana

Dossier de historia africana del proyecto de investigación

África: las luces y sombras de un continente prometedor

Mbuyi Kabunda e Iraxis Bello
Grupo de Estudios Africanos, Universidad Autónoma de Madrid

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Marco global

África es una y plural a la vez, aspecto que siempre se debe tomar en cuenta en cualquier análisis. Es una en su visión y concepción del mundo y plural en sus expresiones y valores. Existen, en lo geográfico, el África sahelina, África sahariana, África sudanesa, nilótica y bantú; en lo sociocultural, el África rural y la urbana; en lo confesional, el África animista, musulmana y cristiana que en algunos casos se fusionan. Además, tiene unas 1.800 a 2.000 lenguas; la renta per cápita va de los 10.714 dólares de Seychelles a los 178 de Burundi; la densidad de población va de 2 habitantes en Namibia a 300 en Ruanda, o la esperanza de vida entre los 72-73 años en Cabo Verde y Seychelles a los 47-48 años en Zambia, Zimbabue o la RDC.

Es por ello que es preciso hablar de la unidad en la diversidad que se puede contemplar en el propio arte africano que se caracteriza por la unidad estética y la diversidad de estilos. El continente se rige, en muchos aspectos, por «la regla africana de solidaridad» y por una profunda manifestación cultural a través de la oralidad, la espiritualidad y la ruralidad, así como por el evidente parentesco lingüístico.

Sin embargo, África no puede ser comprendida si no se toman en cuenta estas tres dimensiones de su historia: La precolonial construida a través de la existencia de prestigiosos imperios, reinos y estados-etnias (Ghana, Mali, Songhai, Kongo, Monomotapa, etc.); la colonial, inaugurada por el reparto del Continente entre las potencias europeas en la Conferencia de Berlín (1884-1885) y la postcolonial, desde la década de los 60 caracterizada por los problemas de construcción nacional y desarrollo económico.

La invisibilidad del África precolonial es consecuencia de la falsa creencia de un África ahistórica, sin pasado ni estructuras sociales organizadas y funcionales cuyo imaginario fue construido a través de los relatos de los viajeros occidentales ignorantes de un mundo nuevo. Es una dimensión caracterizada por la horizontalidad, sin fronteras físicas, con un alto grado de civilización y floreciente comercio a través de las redes trasatlánticas de intercambio en las que África jugó un papel de primer orden frente al resto de sus socios.

Un salto, tanto cualitativo como cuantitativo, en la historia del Continente antes de la colonia, le sitúa en la Edad Media cuando se institucionalizó el uso de la prédica religiosa como mecanismo civilizatorio. Con la Controversia de Valladolid (1550) quedó sentenciado el africano como mucho más próximo al animal. Fue la institucionalización del tráfico humano trasatlántico y la «cosificación» del hombre negro, construcción discursiva que se mantiene hasta nuestros días.

Durante la colonización, se procedió a la interiorización del mito del «buen salvaje» que aceptaba la unidad de la especie humana elaborada por los filósofos de las Luces dentro de la jerarquización de las razas, con la consiguiente adopción de otro mito, el de la «misión civilizadora», que permite a Europa poner por encima de las demás culturas la suya propia, bajo dos excusas: las desigualdades de niveles de desarrollo económico y técnico entre las naciones, y la de la conquista del mundo para el universalismo y la unidad de la especie.

Un abrumador legado colonial caracteriza a este continente: el trazado artificial de las fronteras, la difícil coexistencia entre la identidad étnica y la pertenencia nacional, la existencia de culturas anglófona, francófona y lusófona, y el mantenimiento de la fuerte dependencia de los países industrializados, responsable del excesivo endeudamiento y de la nula diversificación de las economías africanas.

La descolonización supuso dejar a su suerte el destino de los africanos pero ante las debilidades del Estado naciente, el surgimiento de conflictos y la necesidad del Norte de mantener una agresiva política exterior, hubo un cambio de roles en los cuales el misionero, encargado de la evangelización, fue sustituido por el tecnócrata y/o el cooperante, y la presencia militar colonial por la intervención humanitaria. Se impone de cara a este nuevo siglo la lógica de la cooperación como mecanismo de acercamiento hacia África.

El África postcolonial presenta las siguientes características: una sociedad civil emergente y dinámica aun débil, el Estado-nación en vías de construcción, la fusión y confusión de las estructuras políticas y económicas, oficiales y oficiosas, la puesta bajo tutela internacional de los Estados en su mayoría «fallidos», la extraversión económica y la marginación de la globalización y las economías rentistas basadas en las materias primas agrícolas, minerales o energéticas.

Afropesimismo frente al afrooptimismo

Dos corrientes suelen prevalecer en el análisis de los asuntos africanos: el afropesimismo, que insiste en los fracasos, la inestabilidad, los golpes de Estado, las innumerables guerras civiles y las catástrofes económicas y sus graves consecuencias; y el afrooptimismo, que pone de manifiesto los aspectos positivos, tales como los avances o progresos en los aspectos democráticos, las nuevas formas de solidaridad, encargándose los propios africanos de la gestión de sus crisis a través de las pacificaciones interafricanas, y los progresos económicos realizados en los últimos años con una tasa de crecimiento anual en torno al 5% a pesar de la crisis económica y financiera internacional que la hizo bajar al 2,5% en 2009. Es decir, los estados africanos han resistido mejor a la crisis que los países industrializados, del Oriente Medio y emergentes, con excepción de China e India. Por eso, según el geógrafo Yves Lacoste, es preciso «matizar el catastrofismo de África» y su exclusión de la globalización en la que participa a su manera, haciendo jugar sus propias ventajas comparativas (la porosidad de las fronteras, la economía popular, las relaciones sociales, etc.). Sin embargo, una buena parte del progreso viene obstaculizado por la corrupción que afecta a muchos países africanos y que se estima entre el 20 al 40% de la ayuda al desarrollo.

Desde hace 5 años, el PIB africano crece más rápidamente que en otros continentes, por el aumento de la demanda interna y las remesas de las diásporas africanas (reducidas por la pérdida de sueldos, que han afectado a este colectivo en los países de acogida). Se debe también subrayar el desarrollo de la economía popular, social o solidaria a mano de las mujeres o las business women a la conquista de los mercados internacionales.

Aquella mejora se explica no por la diversificación de las economías o de las capacidades productivas, sino fundamentalmente por el fin de muchas guerras (estabilidad política), la lucha contra la corrupción, la mejora de las políticas macroeconómicas, el auge del precio de las materias primas y por la intensificación de relaciones comerciales con los países emergentes (China, India y Brasil).

El continente es un granero de materias primas (cuya venta no permitió a África conseguir importantes fondos para financiar su desarrollo, por la constante caída de sus precios desde 1945 hasta hace poco), y en algunos casos se habla de la «maldición de materias primas o del petróleo», por ser fuente de beneficios para las multinacionales y de desgracias para los africanos (corrupción, mal gobierno y guerras civiles).

Con sus 700 millones de habitantes (1.000 millones para todo el continente), el África Subsahariana representa menos del 1% del comercio mundial, cerca de la mitad de los africanos viven con menos de 1 dólar al día (el 46% de la población) y todo debe entrever que esta parte alcanzará los ODM, elaborados a partir de los criterios occidentales y no africanos, en 2115 y no en 2015.

El gran error en este continente ha sido la aplicación de recetas occidentales sin adaptaciones necesarias. Los conflictos, más internos que entre los Estados, se originan en el reparto colonial, que no tuvo en cuenta el contexto geopolítico africano, juntando las entidades políticas diferentes, y a veces enemigas, y dividiendo a los que deberían estar juntos.

La democracia avanza en este continente y de vez en cuando amenazada por unos grupos o los señores de la guerra, que quieren hacerse cargo del poder para el enriquecimiento personal o para tener acceso a los recursos naturales como en la región de los Grandes Lagos. Es preciso subrayar también que la gestión neopatrimonial del Estado (enriquecimiento personal, corrupción, inversiones de prestigio) es en parte responsable del fracaso del desarrollo económico y social en África.

Se debe empezar a comprender África en su complejidad y diversidad, sin prejuicios ni complacencia, sino con lucidez, evitando los juicios de valores. Ni generalizaciones abusivas, ni simplificaciones fáciles, ni un diagnóstico de euforia, ni prospectivas catastrofistas destacando sólo las hambrunas, la miseria, la violencia, las guerras y el SIDA, sino una evaluación próxima a la realidad, para restituir una parte de verdad a esta parte de la humanidad, que vive esta ambivalencia y esta ambigüedad, según la metáfora de Philippe Hugon, al tener el africano «los pies en el neolítico y la cabeza en Internet».

Especificidades regionales

El Magreb está formado por tres países en sentido estricto (Marruecos, Argelia y Túnez) o cinco si ampliamos el marco geográfico a Mauritania y Libia. Esta región, con más de 80 millones de habitantes posee unas características diferenciadas del resto de zonas del continente africano. Por un lado, el Magreb se define en oposición al Máshreq, dentro de la continuidad étnico-cultural del mundo árabe. En esta región la presencia árabe convive con la bereber, creando un espacio plurilingüe donde se entremezclan los diversos dialectos árabes, el árabe estándar y las distintas hablas bereberes. Por otro, a este hecho se suma la presencia europea, francesa y española principalmente, que cobra importancia a partir de finales del siglo XIX con la colonización, si bien es cierto que el contacto entre Europa y África del Norte ha sido incesante a lo largo de la historia. La situación política es inestable, debido a las recientes revueltas populares en busca de una mayor libertad y un mayor grado de democratización de las instituciones gubernamentales. También, el conflicto del Sáhara Occidental, antigua provincia española pendiente de descolonización, según directrices de la ONU, ha enfrentado a la población saharaui y a los gobiernos mauritano, marroquí y argelino.

El África Occidental, con 250 millones de habitantes, dispone de importantes recursos naturales que lejos de servir a la mejora de la situación de los pueblos de la región, han alimentado la corrupción y las guerras (Liberia, Sierra Leona, Costa de Marfil). La democracia avanza lentamente y el SIDA, como consecuencia de las guerras y de las violaciones sexuales utilizadas como arma de guerra, afecta las débiles perspectivas de desarrollo de la región. Los gobiernos dedican más recursos al reembolso de la deuda externa en detrimento de la salud y de la educación. Han invertido muy poco en las infraestructuras y los aspectos de desarrollo humano. El África Occidental está integrada por los países sahelinos y costeros. Los primeros, con excepción de Senegal, no han conseguido industrias de transformación. Los segundos han desarrollado cultivos comerciales sometidos a la fluctuación de precios en los mercados internacionales y a la competencia de países asiáticos y latinoamericanos. Los recursos minerales son escasos y se limitan al petróleo en Nigeria, a los diamantes de Liberia y Sierra Leona, al uranio de Níger, al hierro de Mauritania y a la bauxita en Guinea Conakry. Dos países asumen el papel de potencias regionales: Nigeria y Costa de Marfil. Nigeria es el gigante demográfico (130 millones de habitantes) y económico (la segunda economía del África Subsahariana después de Sudáfrica, con un PIB superior al de todos los países de la zona unidos). Sin embargo, este país viene debilitado por las tensiones étnicas y confesionales internas y el mal gobierno y la corrupción. En cuanto a Costa de Marfil ha sido durante las tres primeras décadas después de la independencia la segunda potencia económica mediante un modelo de desarrollo basado en los cultivos de exportación (cacao, café), convirtiéndose en el polo de las migraciones procedentes de los países de la zona. A comienzos de la década de los 90, este modelo entró en crisis, en parte alimentada por la caída del precio del cacao en el mercado internacional, la «descolonización no acabada», las luchas de sucesión entre las élites y por el efecto dominó de las guerras de Liberia y Sierra Leona. Vive en la actualidad una crisis política nacida de la contestación de los resultados de las elecciones de noviembre de 2010, dando lugar a una situación inédita de dos presidentes (Laurent Gbagbo y Alassane Dramane Ouattara), dos gobiernos y dos ejércitos.

El África Central, dominada por la selva ecuatorial y la consiguiente escasez de vías de comunicación y de población (100 millones de habitantes), ha conocido varias guerras, en particular las de los Grandes Lagos sobre un trasfondo de rivalidades anglosajonas y francesas. Los enormes recursos naturales de la zona sirven más al enriquecimiento personal y suscitan las intervenciones de las potencias extranjeras. El África Central es la región más destruida por los conflictos y donde el proceso de democratización está amenazado. El petróleo de los países del golfo de Guinea (Congo Brazzaville, Gabón, Guinea Ecuatorial, Camerún), se ha convertido en una verdadera «maldición» para los pueblos de la zona. La República Democrática del Congo (RDC), desde más de una década, es el centro de los conflictos con múltiples intereses: étnicos, económicos y políticos con dimensiones locales, regionales e internacionales. Los abundantes recursos naturales de este país, en particular el oro, los diamantes y el coltán, están en el centro de las codicias de los países vecinos, los señores de la guerra y las multinacionales. La desestabilización de la RDC, que abarca el 75% de la población de la región, desde hace una década, ha tenido efectos bumeranes en la zona. La región del África Central, ampliamente francófona y con importantes riquezas minerales, generalmente ubicadas en la RDC, es la primera zona petrolera del continente. Desde el hundimiento de la RDC, que encarna el «caos endémico», esta zona se caracteriza por la ausencia de un liderazgo regional, que intentan asumir Nigeria y Sudáfrica. Una de las características del África Central es la persistencia de regímenes autoritarios y corruptos.

El África Oriental, que va desde Tanzania hasta el llamado Cuerno de África (Etiopía, Somalia, Eritrea Yibuti) pasando por Sudán, se caracteriza por una clara homogeneidad histórica y lingüística en su núcleo central integrado por Tanzania, Kenia y Uganda (90 millones de habitantes) con una tasa de crecimiento del 5% en los últimos años. Kenia representa 3 veces el PIB de Uganda y 1,5 él de Tanzania. Es la región de mayor inestabilidad política, pobreza, violencia étnica y un gran número de refugiados y desplazados internos sobre todo en el Cuerno de África. El África Oriental se ha convertido en una zona estratégica para EE.UU. que utilizan países como Uganda, Tanzania, Kenia, Etiopía e Yibuti en la lucha antiterrorista en Somalia y Sudán, además de la lucha contra la piratería en las costas africanas del Índico.

El África Austral, durante mucho tiempo el escenario de las guerras por procuración entre las superpotencias de la época de la Guerra Fría, conoce desde una década un importante proceso de democratización y de construcción de la paz con una tasa de crecimiento en torno al 4%. Sin embargo, estos avances están amenazados por la pandemia del HIV/SIDA convertida en un importante obstáculo a la paz. Las empresas de esta región conocen una verdadera desestabilización de su mano de obra, junto al retroceso de la formación y de la profesionalización al que se añade la fuga de élites intelectuales y técnicas fuera del continente. Sudáfrica, convertida en una verdadera «metrópoli de sustitución», es la primera potencia económica del África Subsahariana y establece con los países del África Austral las relaciones de centro-periferia. Representa el 25% del PIB del continente y es la sede de las principales empresas africanas. Se caracteriza por una democracia estable y una buena situación económica, pero insuficiente para reducir las desigualdades y el desempleo (el 40% de la población): millones de personas viven en la pobreza y no tienen acceso a la educación, al agua y a la electricidad. El fin del apartheid no acabó con el fin de las desigualdades, pues el 10% de los más ricos tiene una fortuna 40 veces superior al 10% de los más pobres. Sudáfrica se enfrenta al problema de la violencia, la criminalidad y cuenta con más de 5 millones de seropositivos. El África Austral, o el África rica, cuenta con 140 millones de habitantes y representa la tercera parte del PIB de continente y el 40% del comercio exterior africano. Sin embargo, tiene las más altas tasas de seroposividad del mundo.

Perspectivas africanas en la globalización

Cinco décadas después de las independencias, las economías africanas, desprovistas de capacidades productivas, siguen dependientes de capitales, tecnologías, competencias y dinámicas económicas extranjeros. El continente ya ha perdido la competitividad externa o el monopolio de mercados de los principales cultivos comerciales o de exportación (cacao, aceite de palma, cacahuetes, plátano, caucho) al reducirse a la mitad la proporción del África Subsahariana en el mercado mundial entre 1970 y 2010. Es el resultado de la competencia en este campo de otros países del Tercer Mundo (en particular de Brasil y de los países asiáticos), los productos agrícolas de sustitución y la competencia de las industrias manufactureras europeas y norteamericanas.

África seguirá caracterizándose por la dependencia de los productos básicos (el 60% de las exportaciones), el tejido industrial embrionario, débil ahorro interno y de inversiones, e importantes problemas de salud y educación. El capital humano ha sido el aspecto más descuidado, junto a la formación de unas élites responsables y las fugas de capitales organizadas. Las economías rentistas africanas, no diversificadas, se caracterizan por el bloqueo del sistema productivo. Sudáfrica y Nigeria representan el 53,5% de las exportaciones y el 49,5 de las importaciones del África Subsahariana, poniendo de manifiesto estos datos las importantes desigualdades intraafricanas: el comercio interafricano se estima en un 10% del comercio total del continente, y excluyendo a Sudáfrica, está ampliamente dominado por Nigeria, Kenia, Zimbabue y Ghana, que dominan el 75% de dicho comercio.

Con el 30% de las reservas minerales mundiales (el 89% de platino, el 81% de manganeso, el 60% de cobalto, el 40% de oro, el 30% de bauxita, el 24% de titano y el 9% de cobre), África se ha beneficiado del auge del precio de las materias primas y particularmente del petróleo, por la fuerte demanda de China. Sin embargo, estas nuevas aportaciones no han contribuido a la mejora de la situación de los pueblos. Todo lo contrario, han servido a la financiación de las guerras y al enriquecimiento personal.

Al margen de Sudáfrica, sólo países como Nigeria, Costa de Marfil o la RDC podrían asumir el papel de polos de integración y de difusión de las dinámicas africanas. Sin embargo, la crónica inestabilidad interna de estas supuestas potencias regionales explica que la mayoría de factores de dinamización proceda del exterior: UE, EEUU o China.

Francia, que ha renunciado a su papel de gendarme de la época de la Guerra Fría, intenta concentrarse en el «África útil» tras la desaparición de su «pré carré» africano; EEUU actúa a través de las instituciones financieras internacionales y de pequeños países adheridos al liberalismo económico y capaces de mantener el orden en sus regiones respectivas (Etiopía, Uganda o Ruanda…), siendo el objetivo final el control del África Subsahariana a través de un triángulo Kinshasa-Luanda-Pretoria, es decir el África minera o rica; China, en función de sus intereses estratégicos, comerciales y económicos, no sólo compite en este continente con las multinacionales occidentales dando por primera vez a los africanos la facultad de elegir, sino además crea las bases de una cooperación Sur-Sur no exenta de críticas.

Desde unas perspectivas exclusivamente internas, los Estados africanos, desde el Plan de Acción de Lagos (PAL) hasta el Nuevo Partenariado para el Desarrollo de África (NEPAD), se han fijado los objetivos siguientes, para convertir a África en un «continente útil»: el fomento del panafricanismo a través de la integración regional y de la adopción de una moneda común africana, la seguridad alimentaria, el desarrollo de las industrias básicas y de las infraestructuras para vincular a todos los países africanos, y la valorización del capital humano y la protección del medio ambiente.

En definitiva, el retraso de África en relación con otros continentes del Sur se explica por la debilidad de los Estados, en plena transición política y económica, el bloqueo del crecimiento económico durante varias décadas como consecuencia de las torpes políticas nacionales de desarrollo a las que se sustituyeron las no menos torpes políticas del ajuste privatizador, el crecimiento demográfico y urbano superior a la producción económica y la proliferación de guerras, que afectan sobre todo a los países ricos recursos minerales.

Conclusión

Ante el fracaso del «África de arriba», está naciendo el «África de abajo», marginada en el plan económico, pero que intenta sacar sus propias ventajas comparativas de la globalización a través de la economía popular y de las prácticas de supervivencia. La crisis económica y los planes de ajuste estructural (PAE) han profundizado la descomposición política y económica del Estado africano sometido al liberalismo asimétrico de los países del Norte y de las economías emergentes. El Estado ya no cumple con sus funciones económicas y sociales en África dejando a los pueblos como única alternativa la economía popular convertida en un tejado económico, social y cultural de base para la mayoría de la población para hacer frente a sus necesidades diarias. Esta economía, social y solidaria, encarna el futuro del continente. Sólo 5 países presentan una situación política y económica segura: Sudáfrica, Namibia, Botsuana, Seychelles y Mauricio, los únicos que alcanzarán en 2015 los ODM.

                Se ha de reconocer que desde hace unos años los países africanos intentan resolver sus crisis. La única manera de conseguirlo sería optar por un modelo de desarrollo endógeno o internamente orientado, pues según puntualiza el profesor Joseph Ki-Zerbo, «no se desarrolla a uno, sino se desarrolla a sí mismo», y que ningún país se ha desarrollado a partir de la ayuda al desarrollo. Lo que ha fracasado en este continente es el mimetismo, tanto de desarrollo como de democracia. Ha llegado la hora de basarse los países africanos en sus raíces para proceder a cambios estructurales y definir su propia vía en estos aspectos, sin renunciar a las aportaciones ajenas enriquecedoras. La riqueza, la diversidad y la vitalidad de la cultura africana han demostrado su dinamismo y están en la base del cantado «renacimiento africano» que puede conseguirse, mediante las actuaciones siguientes: la recuperación y reestructuración de la economía popular, la construcción de infraestructuras cuya ausencia hace perder a las economías el 40% de su productividad, la promoción del mundo rural para conseguir la soberanía alimentaria, y la integración regional horizontal para fortalecer el poderío africano en el sistema internacional. Es decir, la ruptura con la dependencia cultural, intelectual y financiera a favor de los saberes y prácticas endógenos.

En África donde, en la era de la globalización, la magia coexiste con la ciencia, el neolítico con internet, las chozas con los rascacielos, la desindividualización con el individualismo, los pueblos ponen de manifiesto su imaginación fecunda, que puede permitir a los africanos conseguir su mayor autonomía geopolítica y concebir su propio modelo, afrocentrista, que puede aportar al resto del mundo la riqueza de las relaciones sociales, de las relaciones entre generaciones o del respeto del medioambiente.