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Biblioteca de Literatura Infantil y Juvenil

Cenicienta - videoteca Ficha de la obra

Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivía en una mansión una niña guapísima con su papá, que era viudo. Se sentían muy solos, así que el papá decidió casarse con otra mujer, que tenía dos hijas. Pasaron los años y el padre murió. La madrastra y sus dos hijas se adueñaron de la casa. Eran muy feas, también muy malas y obligaban a la bella joven  a limpiar toda la casa, a planchar la ropa, a alimentar a los animales, a fregar los platos. Siempre llevaba la ropa muy sucia, por eso la llamaban Cenicienta.

Un día, por la mañana, el cartero llamó a la puerta. Cenicienta abrió y el cartero le entregó una carta. Cenicienta la vio y se la llevó a la madrastra, que la abrió y les dijo:

-El rey invita esta noche  a palacio a todas las mujeres casaderas a un baile.

Cenicienta preguntó:

-¿Podré ir?

La madrastra le contestó:

-Si limpias toda la casa y tienes vestido irás.

Cenicienta, muy emocionada, le dijo:

-Gracias, gracias.

Subió a la habitación, en la que estaban sus amigos el ratón y el pájaro, abrió el armario y, encontró un vestido que era de su madre, muy antiguo.

-Lo arreglaré -dijo.

Pero, en ese mismo momento, la madrastra la llamó y le dijo:

-Baja, baja.

Cenicienta se puso muy triste porque no podría coser el vestido. Bajó y la madrastra le dijo:

-Hoy tienes que limpiar todas las ventanas de la casa y fregar el suelo.

-Pero si ya lo hice ayer.

-Otra vez lo tienes que hacer.

Cenicienta, muy triste, se puso a limpiar de rodillas todo el suelo. Al mismo tiempo, las hermanastras no paraban de pedirle cosas.

-Por favor, búscame los zapatos.

-Por favor, plánchame la ropa.

Cenicienta cada vez estaba más triste. En la habitación, el ratón y el pájaro, que sentían mucha pena por ella, pensaron que la iban a ayudar con el vestido.

Lo midieron, le cosieron unas cintas, unos lazos, y quedó precioso.

-Seguro que Cenicienta es la más guapa. Y, como no lo sabe, será una sorpresa.

Cenicienta ayudó a sus dos hermanastras a todo, las vistió, las peinó y, cuando la madrastra dijo:

-Vámonos al baile. Vámonos, que el príncipe nos está esperando.

Y las tres estaban a punto de irse, Cenicienta se puso muy triste, subió a la habitación, y al abrir la puerta, se llevó una gran sorpresa. Se puso el vestido, que era muy bonito, se peinó y bajó corriendo.

-Puedo ir al baile. ¿Os gusta mi vestido?

Las hermanastras, muertas de envidia y muy enfadadas, empezaron a destrozarle todo el vestido. La madrastra dijo:

-Vámonos.

Y las tres se marcharon. Cenicienta, al verlas irse, rompió a llorar, salió al jardín y se quedó llorando allí un buen rato. En eso, apareció un hada y le preguntó:

-¿Por qué lloras?

Cenicienta la miró y le dijo:

-Yo quería ir a esa fiesta.

El hada le contestó: 

Te prometo que te ayudaré.

Necesito una calabaza.

Cenicienta fue a buscar una calabaza y se la trajo. El hada la transformó en una carroza preciosa. Cuatro ratones, los transformó en cuatro caballos.

Y un perro, lo transformó en un lacayo que conduciría la carroza.

-Ya te puedes ir -dijo el hada.

-Pero, ¿no ves este vestido? dijo Cenicienta.

-Es verdad, se me había olvidado, qué despistada soy.

Le dio con la varita y lo transformó en un vestido precioso, con unos zapatos de cristal. Cenicienta se subió a la carroza y el hada le dijo:

-Acuérdate de que antes de las 12 tienes que venir porque la magia desaparecerá.

Cenicienta se marchó en la carroza.

Mientras, en el palacio, el príncipe bailó con todas las mujeres. El rey, sentado, miraba el espectáculo, pero no le gustaba ninguna mujer. De repente, apareció Cenicienta, todas las mujeres, incluso las hermanastras, se preguntaban quién era. Era una desconocida y era muy guapa. El príncipe, al verla, le dijo:

-¿Quieres bailar conmigo?

Y estuvieron bailando toda la noche, salieron juntos al jardín, estuvieron hablando, pero, cerca de las 12, Cenicienta dijo:

-Me voy corriendo.

Bajando por la escalera perdió un zapato, siguió corriendo, se montó en la carroza y, a mitad de camino, la magia desapareció y todo se transformó en lo que era. El príncipe la vio marchar y, de repente, encontró el zapato que se le había caído. Lo cogió y al día siguiente fue de casa probando el zapato a todas las mujeres. La última casa que visitó fue la de las hermanastras. Le probó el zapato a la primera de ellas y le venía muy pequeño. A la segunda, también le venía pequeño. Cuando Cenicienta se sentó, el zapato le encajaba perfectamente.

El príncipe y Cenicienta se enamoraron, se casaron y vivieron muy felices. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.