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Carlos Franz

El autor: Cronología

Relación de años y hechos ocurridos en cada uno de ellos

Año Vida y obra de Carlos Franz Imagen relacionada
1958 Empecemos desde el embrión. Como Tristam Shandy. Madrid. Una noche calurosa en el mes de julio (circa). Según mi madre fui concebido en un piso de la calle Padilla N.º 65. Mi padre servía su primer cargo en la Embajada de Chile. Medio siglo después y un poco más desarrollado, aquel embrión vino a dar a esa misma embajada, como Agregado Cultural de Chile en España. Madrid, Calle Padilla, N.º 65
1959 3 de marzo. Nací en la clínica Bois-Gentil de Ginebra, Suiza. De chico me contaban que allí venía a parir, casi anualmente, Oona O'Neill, mujer de Charlie Chaplin, con la cual solían confundir a mi mamá en la peluquería -según ella-. A veces yo me preguntaba si no podrían haberse confundido también con las «guaguas». Y me miraba en el espejo para ver si me parecía a Chaplin.  
1964 Primer viaje a Chile. De Génova a Valparaíso a bordo del trasatlántico italiano Donizetti. Cruzando la línea ecuatorial recibimos nuestro bautismo marinero. Trauma infantil: un enorme Neptuno, con barbas de algas y tridente, subió al barco y bautizó a los niños poniéndonos sal en la frente y en la boca. Crisis de llanto porque bajo las barbas y la túnica reconozco a mi papá (que había llegado a pesar casi 120 kilos en ese viaje). Me tocaron unos padres histriónicos que no se apartarán de mi fantasía de escritor. De esos años datan mis primeros recuerdos del teatro. Mi mamá, que era actriz, solía ensayar sus obras en casa. Miriam Thorud, representando a Edelmira en «Martín Rivas»
1966 Nos vamos a vivir a Argentina. Mi padre es designado Cónsul General en Mendoza. Pasa temporadas en Buenos Aires. La familia se desintegra entre silencios y gritos. Primer libro comprado con mi dinero: un Sandokán de la legendaria colección Robin Hood. Lo leo tumbado en el salón y vuelvo corriendo a la librería a llevarme otro de la serie. Tres décadas más tarde el consulado de mi padre se reencarnaría en el Cónsul de El lugar donde estuvo el paraíso.  
1970 Mis padres se separan. Vamos con mi madre a vivir a Chile. Un país separado, como mi familia. Huelgas, colas para comprar el pan, amenazas de revolución y reacción. Todos gritan pero nadie se escucha. Mi madre tiene un Fiat 125, igual a los que usaba Allende, pero que nunca funciona: no hay repuestos. Mi primer taller literario con el profesor de castellano Alejandro Bravo. Gracias a él, o al desastre familiar y nacional que me rodea, decido que la literatura es preferible a la realidad. Mi madre lo intuye y me regala un librito de autoayuda: Cómo ser escritor. La suerte está echada.  
1973 Mi abuela materna, Lastenia, entra a la habitación que comparto con mi hermano Rafael, gritando: «¡Cayó, cayó!», anunciando el golpe militar contra Allende. Ella era la única «política» en la familia. Su padre había sido senador por el partido Liberal Democrático en los años veinte. Quizá por eso, apenas seis meses después, ya nos decía: «¿Cuándo se irán a ir estos milicos?». Tenía 80 años y había visto morir a diez de sus doce hijos. Cuando mi madre lloraba -o sea, casi todo el tiempo-, ella le decía: «No es para tanto, mijita». La quise mucho.  
1976 Ingreso a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Habría preferido filosofía o literatura. Pero me dicen que los buenos profesores están en el exilio. Y un prematuro SENTIMIENTO DEL DEBER me aconseja estudios que me permitan trabajar pronto y llevar dinero a casa. Soy tan inverosímilmente flaco y tengo tal cara de niño chico que, para que me crean en los tribunales cuando empiezo con mis primeros trabajitos, me dejo la barba. Me prometí cortármela apenas tuviera cara de grande. Nunca me he sentido lo suficientemente «grande» para hacerlo. A la larga, la paradoja de estudiar leyes en un país sin estado de derecho se me revelaría literaria y filosóficamente instructiva, proporcionándome uno de los temas esenciales de El desierto. Carlos Franz en 1976
1977 Participo en el taller literario de Enrique Lafourcade, en la Biblioteca Nacional de Santiago, y asisto al de poesía que daba Miguel Arteche. En la bohemia confusa que subsiste a pesar de la dictadura conozco desde poetas que se dicen -en voz muy baja- revolucionarios, hasta agentes de la dictadura que se dicen -muy alto- escritores. La ciudad en permanente toque de queda de esos años -donde nada es lo que parece- me dará tema, años después, para las novelas Santiago Cero y Almuerzo de vampiros.  
1978 Mi primer cuento publicado: Preguntas al flamenco negro. Mi padre es expulsado de la diplomacia. La dictadura vino por los comunistas, luego por los socialistas, luego por este diplomático de la vieja escuela que no entendía de modales cuarteleros. Sin otra profesión y en medio de la gran penuria de esos años, retorna a su casa materna de la calle Enrique Concha y Toro, en el casco viejo de Santiago, donde se aplica a batir el récord mundial de gin con gin diarios. Ocho años después, a sus 55, lo bate.  
1981 Ingreso al taller literario de José Donoso. Trabajo como ayudante de abogado. Escribo una novela que sé que no econtraré dónde publicar. Sigo pensando que seré escritor cuando grande; o sea, nunca. Casi no hay editoriales, subsisten muy pocas librerías.  
1983 Viajes a Perú, Ecuador, Brasil, por tierra. El deseo acuciante de seguir de largo, y no volver, es obstruido por el ya mencionado SENTIMIENTO DEL DEBER. ¿Cómo abandonar al padre alcohólico, a la madre depresiva, a los hermanos menores, en ese país de mierda? Tanto «deber» será el tema central, muchos años más tarde, en los cuentos de La prisionera.  
1984 Un cuento mío, que iba a ser publicado en la revista La Bicicleta, desaparece cuando ésta es cerrada por la dictadura. Garrote y zanahoria, sin embargo, otro cuento sí que es publicado en una antología de la editorial Bruguera chilena (mi primer trocito de libro). Comienzo un ensayo sobre literatura urbana e identidad chilena que, tras permanecer 15 años inédito, se publicará en 2001 bajo el título: La muralla enterrada.  
1985 El terremoto del 3 de marzo de ese año interrumpe mi cumpleaños. El departamento frente al Parque Forestal de Santiago, al que acabo de mudarme junto a mi primera mujer, se agrieta entero. Mal augurio. Ella, joven abogada de la Vicaría de la Solidaridad, escribe heroicos recursos defendiendo derechos humanos, mientras yo sigo corrigiendo de noche mi novela sobre la falta de derechos -a la inocencia, a la irresponsabilidad- de nuestra juventud. La dictadura, demorándonos la publicación de los borradores, se convierte en recurso de estilo: disciplina verbal, poda infinita, eterna búsqueda de la «palabra justa».  
1988 Santiago Cero, aún inédito, gana el Premio Latinoamericano CICLA, en Lima, Perú. Enrique Lihn, que ha sido jurado en la sección de poesía, me telefonea. Yo, que no conozco a Lihn, creo que es una broma pesada. Sólo un mes y 3.000 dólares del premio más tarde, acepto que ahora «puedo» ser escritor. Renuncio a mi carrera de abogado y parto a Washington D.C. donde, encerrado en un oscuro subterráneo de Georgetown (la nieve sucia a la altura de mi única ventana), intento escribir una «gran novela». Llegará a ser grande: 700 páginas, pero nunca la terminaré. Carlos Franz en  Greenwich Village, Nueva York, septiembre de 1988
1990 Lo que termina es la dictadura de Pinochet. Y Santiago Cero, por fin, se acaba de publicar. Inesperadamente, la novela agota dos ediciones y recibe críticas que usan la palabra «promesa». Para algunos académicos es el inicio de lo que será la «Nueva Narrativa Chilena» que, predestinada por su absurdo nombre, duraría lo que duró su novedad. Otras editoriales se precipitan a publicar a autores jóvenes. Yo me dedico a convertir en internacional la casi rural Feria del Libro de Santiago, a separarme, a sicoanalizarme, y a tomar distancia para atreverme a novelar el fracaso de mi padre. Tomo tanta distancia que la novela acaba situada en mitad del Amazonas.  
1996 El lugar donde estuvo el Paraíso resulta Primer Finalista en el Premio Planeta Argentina. Me siento casi contento. Hasta que leo la novela ganadora y comprendo por qué me decían, en la gran noche del premio en Buenos Aires, porteños y socarrones: «Sos el ganador literario, che». Me pica pero no me quejo. La novela viajará (se traducirá a ocho idiomas), y me obligará a viajar con ella.  
1998 Noviembre. Jeanette cierra los ojos y se atreve a darme el sí. Aparecen las traducciones de El lugar donde estuvo el Paraíso al alemán, al francés, al italiano, al holandés, etc. La primera vez que veo alguna de esas ediciones es en la vitrina de una librería en Amsterdam. Es de noche, hace mucho frío y está cerrado. Pienso: de noche, frío y cerrado, como todos aquellos años cuando fue necesario escribir aunque fuera tan difícil, casi imposible, publicar.  
2000 Nace mi hija, Serena. Recibo la beca DAAD para vivir en Berlín como Artista en Residencia. Estoy a punto de rechazarla: ¿quién necesita ir a Berlín cuando tiene tanta «serenidad» en casa? Pero nos vamos. Por un año y medio que resultarían muchos más. Como si lo intuyera, recorro incesantemente Santiago recogiendo impresiones para terminar, en el último minuto antes de partir, mi ensayo sobre identidad y literatura urbana chilena: La Muralla enterrada. Una suerte de adiós a la ciudad que me obsesionó. Fotografía de Serena, la hija de Carlos Franz, 2004
2001 Se estrena en España la película basada en El lugar donde estuvo el Paraíso. El guión es fiel, pero yo no escribí «eso». Y sé lo que sienten los escritores que han pasado por trance parecido. Me traslado a Inglaterra. Los médicos diagnostican que Serena no caminará. («Hay golpes en la vida tan fuertes... Yo no sé! / golpes como del odio de Dios…»)  
2003 Invitado por el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge. Escritor en residencia en el Departamento de Español de la Universidad de Londres. Dos descubrimientos: la bicicleta y la identidad latinoamericana. La bicicleta me interna en el «laberinto roto» de Londres, mientras la identidad me asoma al «laberinto de la soledad» nuestra. Continúo una novela que imaginaba breve, pero que acaba hundiéndome en las arenas movedizas de una ciudad santuario, creada ex nihilo en el desierto de Chile: Pampa Hundida.  
2005 El desierto recibe el Premio Internacional de Novela del Diario La Nación de Buenos Aires. Primeras planas, gran fiesta, maravillosas críticas. A mí me basta con saber que lo creó Borges. Vivo y escribo en Madrid. Las diferencias -no tan- sutiles en este «inmenso idioma común que nos separa» serán uno de los temas de Almuerzo de vampiros. Los cuentos de La prisionera ganan por unanimidad el Premio del Consejo del Libro en Chile.  
2007 Se publica Almuerzo de vampiros. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes propone incorporarme a su Biblioteca Americana. Me piden este boceto de autobiografía. Lo que me obliga a pensar en mi vida, luego de una vida pensando que escribo ficciones porque mi existencia real carece de todo interés. Habla memoria. Carlos Franz junto a una escultura de Vladimir Nabokov, cerca de Ginebra, 2007