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Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) - EDI-RED

La edición en Argentina

Durante las últimas décadas del siglo XIX emergió un mercado editorial en Argentina. Fue el resultado de un primer proceso de ampliación del público como consecuencia de la creciente inmigración y de las políticas alfabetizadoras. No obstante, aquel mercado sólo tuvo visibilidad para la élite letrada, que irá mutando, en su característica endogamia, de un cosmopolitismo francófilo a un nacionalismo clasista y xenófobo. El Anuario Bibliográfico de Alberto Navarro Viola, publicado a lo largo de la década de 1880, resulta una fuente insoslayable: allí se advierte que Carlos Casavalle, y su Imprenta y Librería de Mayo, fue el editor emblemático de aquella élite. En el inicio del siglo XX se dieron a conocer las primeras colecciones modernizadoras, como la Biblioteca de La Nación, que incorporó a la narrativa europea contemporánea (en especial, al naturalismo francés), en una activa política de traducciones. Hacia los años veinte se consolidó un segundo momento de ampliación del público: un número notable de libros de bajo costo y de folletos populares inundó el mercado de los impresos. La lectura y la pequeña biblioteca en la casa comienzan a alimentar expectativas de ascenso social para el proletariado urbano. La editorial Claridad, un proyecto identificado con un socialismo de corte humanista y pacifista, será el sello más representativo de aquellos años.

La Guerra Civil en España tendrá efectos duraderos en el mercado editorial argentino: se podría decir que antes de la Guerra Civil el país era importador de libros de alta calidad de factura y productor de libros de baja calidad. Si se observa el período que va de fines del siglo XIX a comienzos del XX, las ediciones consideradas de calidad resultan escasas y todavía producidas con insumos importados, los que encarecían notablemente su costo. El giro producido por la Guerra Civil tiene, al menos, dos consecuencias importantes: España dejó de ser un mercado de competitividad externa, y varios notables editores españoles se radicaron en Argentina y dieron un impulso renovado a la edición en el país. Durante aquella «época de oro», así se la llamó, Argentina llegó a proveer el 80% de los libros que importaba España y se convirtió en el referente más sólido en la industria editora hispanoamericana.

Las editoriales Losada y Sudamericana, fundadas por exiliados españoles, marcarán el ritmo de lo publicado y renovarán vigorosamente el campo de la literatura y de las ciencias sociales y humanas. A mediados de la década del cincuenta, aquella bonanza comienza a decaer, el país inicia un proceso de pérdida de mercados externos y encuentra en el mercado interno las razones de una productiva subsistencia. La editorial Sudamericana fue la protagonista de ese cambio: apostó por la literatura del continente y de la mano de Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, entre otros, se transformó en uno de los pivotes del llamado boom de la novela latinoamericana. Estamos ante el tercer momento de ampliación del público lector, ahora mucho más atento a la literatura del continente americano y a las novedades que, en el campo de las ciencias sociales y políticas, editaban los mexicanos del Fondo de Cultura Económica y, más tarde, los de Siglo XXI. Entre las causas de esa ampliación se suelen mencionar una clase media en ascenso, la expansión de la matrícula universitaria, la internacionalización de las corrientes culturales; en suma, procesos que suelen sintetizarse con el mote «los sesenta». Las empresas que comandó Boris Spivacow –primero la Editorial Universitaria de Buenos Aires; después el Centro Editor de América Latina– abastecieron con libros baratos y cientos de títulos esa demanda renovada y creciente.

La dictadura que se inicia en 1966 dio un primer golpe a aquella realidad productiva y el segundo, letal, lo dará la dictadura que se instauró diez años después, en 1976. La persecución sistemática al mundo de la cultura y sus efectos (asesinatos, «desapariciones», torturas, atentados, listas negras, exilio) condenó a editoriales y librerías a un marasmo intelectual y material del que nunca pudieron recuperarse. El retorno de la democracia coincidirá con el despliegue del proceso mundial al que solemos llamar globalización que marcó y marca a la industria del libro hasta el presente. La progresiva concentración de las empresas del libro en un oligopolio transnacional caracteriza un itinerario que parece tener sede en España, centro visible de la edición en nuestra lengua en los días que corren, pero que, como aquel dinero de Quevedo, en muchos casos «es en Génova enterrado». En 1977 el grupo editor alemán Bertelsmann compró el 40% del sello español Plaza & Janés; a partir de allí, el proceso de concentración no se ha detenido: en Argentina tuvo sus momentos más significativos con las ventas de Kapelusz al grupo editorial Norma (1994), de Sudamericana a Bertelsmann (1998) y de Emecé a Planeta (2000). No obstante, la competencia feroz entre los grandes grupos por conseguir los títulos y autores más rentables ha dejado un espacio amplio de mercado sin atender que fue ocupado por un puñado de sellos pequeños y medianos, independientes y alternativos, que dan, en el presente, un renovado empuje a la edición cultural y se han transformado en los garantes de lo que ha dado en llamarse la bibliodiversidad.

José Luis de Diego

(Universidad Nacional de La Plata)

Portada del libro: Primera feria del libro argentino

Bibliografía

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