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Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) - EDI-RED

La edición en gallego

La historia editorial gallega está en sus inicios muy vinculada a la de la imprenta y la prensa, gracias a figuras como los impresores Juan Compañel o Manuel Soto Freire, quienes a lo largo del siglo XIX publicarían cabeceras periodísticas fundamentales para el debate de ideas en Galicia pero también algunas monografías históricas y obras literarias. La edición coetánea en gallego apenas existe, más allá de lo meramente circunstancial o puntual, hasta el impulso que le proporciona el Rexurdimento, movimiento de recuperación lingüística y cultural semejante a otros surgidos en el contexto peninsular o europeo, y cuya obra fundacional se consideran los Cantares gallegos (1863) de Rosalía de Castro. Hasta entonces, de poco más se puede hablar que de una incipiente literatura de circunstancias (antifrancesa y anticlerical), difundida en folletos, panfletos y hojas volanderas.

En 1885 comenzó su andadura en A Coruña la Biblioteca Gallega que hasta 1903 publicaría medio centenar de títulos orientados por quien fue su principal auspiciador, Andrés Martínez Salazar, hacia la defensa de los valores identitarios de Galicia. En 1916 se constituyeron las Irmandades da Fala, asociaciones locales que enmarcaban su defensa del idioma gallego en un contexto de reivindicaciones más amplio. Las Irmandades incentivaron las primeras colecciones de novela breve (como Lar, activa entre 1924-1928) que intentarían ampliar el público lector en gallego. Pero el gran editor de esta época fue Ánxel Casal quien, en 1927, empezó a publicar en Santiago el más ambicioso catálogo editorial hasta la fecha, el de la Editorial Nós, cuyos fondos e instalaciones fueron incautados por los fascistas en los primeros días del golpe de estado de 1936; pocos días después, Casal aparecería asesinado en una cuneta.

Tras la Guerra Civil, el libro gallego se exilia y hace de Buenos Aires su núcleo irradiador. Allí contará con la promoción incansable de la numerosa comunidad gallega, y con el liderazgo del artista Luis Seoane quien, tras pasar por la editorial Emecé, pondría en marcha sellos como Nova (1943) y Citania (1957) concebidos en buena medida para la difusión de las letras gallegas. Prueba de que la capital argentina fue el centro neurálgico del libro gallego en la posguerra española es que allí se publicó en 1944 Sempre en Galiza, de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, ensayo político de referencia en la historia del pensamiento galleguista; allí también se celebró, en 1948, la I Exposición de Libros y Autores Gallegos.

A mediados del siglo XX en Galicia empieza a aparecer algún proyecto editorial diseñado para ser tolerado por la dictadura franquista como Bibliófilos Gallegos (Pontevedra) que en 1949 apuesta por la erudición y el libro antiguo; estas serían también las facetas que cultivaría la viguesa Editorial Monterrey desde 1950 y durante su década de vida. Ese mismo año, el galleguismo resistente del interior pone en marcha, también en Vigo, la Editorial Galaxia que, hasta nuestros días, se mantiene como una empresa sin ánimo de lucro que combina la gestión editorial de numerosos clásicos con la promoción de los nuevos valores literarios.

Poco a poco irán surgiendo otras iniciativas editoriales, como Ediciós do Castro (1963), vinculada al proyecto de creación interdisciplinar del grupo empresarial Sargadelos (centrado en el diseño de cerámica), o Castrelos (1964), preocupada por la popularización de la lectura en gallego con obras asequibles y de módico precio. En 1963, coincidiendo con el primer centenario de la publicación de Cantares gallegos, de Rosalía de Castro, se institucionaliza anualmente el 17 de mayo como Día das Letras Galegas, una efeméride literaria centrada cada año en evocar una figura ilustre de nuestra cultura letrada y que funciona también como factor de dinamización editorial. Pero la gran oportunidad para la edición gallega se abre tras la aprobación del Estatuto de Autonomía en 1981 y la entrada en vigor de la Ley de Normalización Lingüística en 1983. Empiezan a aparecer empresas, como Edicións Xerais de Galicia (fundada en 1979 y vinculada al Grupo Anaya desde 1988), que apuestan por la profesionalización frente al voluntarismo militante que hasta entonces venía caracterizando el comportamiento de editores y, en buena medida, del público receptor.

En las décadas de 1980 y de 1990 hacen entrada en el sector gallego algunos de los grandes grupos de la edición española (SM, EDEBÉ, Santillana, Everest), atraídos por la pujanza del libro de texto, al tiempo que siguen apareciendo pequeños sellos especializados, que buscan nichos más concretos de lectores (Espiral Maior en poesía, o Kalandraka en literatura infantil y álbum ilustrado).

Si desde los primeros años del nuevo milenio el libro gallego empezaba ya a mostrar algunos síntomas inquietantes, a partir de la crisis económica de 2008 su situación no ha hecho más que empeorar, en paralelo al deterioro experimentado por el sector a escala estatal, y a pesar de la aprobación en 2007 de una ambiciosa Lei do Libro e da Lectura de Galicia, carente de desarrollo por falta de financiación. La caída del apoyo institucional y el cierre de empresas con varias décadas de antigüedad ha provocado, como paradójico resultado, que muchos profesionales hayan montado sus propios proyectos editoriales (como Apiario o Chan de Pólvora, especializadas en poesía, Urco en literatura fantástica, o Patas de Peixe en traducción de álbum ilustrado), de reducidas dimensiones, enfocados hacia lo que parece ser la búsqueda de un futuro posible basado más en la búsqueda de la calidad que en la cantidad.

Dolores Vilavedra

Universidade de Santiago de Compostela

Cartel de la primera conmemoración del Día das Letras Galegas (1963).

Bibliografía

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