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Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) - EDI-RED

La edición en México

Si bien la cultura escrita en suelo mexicano se desarrolló desde tiempos prehispánicos, de lo que dan cuenta varios códices en diversos idiomas, la producción de impresos comenzó a finales de la tercera década del siglo XVI, de la mano de tipógrafos como Juan Pablos, Antonio de Espinosa, o Pedro Ocharte. Ellos y sus sucesores fueron responsables de crear obras en lenguas indígenas, libros de medicina, botánica, navegación, astronomía, relatos históricos, tesis, hojas volantes, pliegos de cordel, y toda clase de documentación para la administración colonial. La producción editorial novohispana —que tuvo lugar en la ciudad de México, y luego se propagó a Puebla, Oaxaca, Veracruz y Guadalajara— fue creciente a lo largo de tres siglos de administración española, y propició el aumento de la demanda local de impresos, así como la paulatina diversificación del público lector: miembros de los órganos gubernamentales; población religiosa (tanto del clero regular como secular) y una élite intelectual, que cobrará mayor tamaño y poder durante el siglo XVIII.

La tradición impresa mexicana sufrió una primera gran transformación tras la independencia nacional en 1810: el régimen editorial previo —basado en la concesión de privilegios de algunos géneros y subastas— mutó a una competencia más abierta entre talleres lo que dinamizó la oferta de nuevos tipos de publicaciones y dio pie al surgimiento de nuevos perfiles laborales: los empresarios editoriales y los editores-libreros. La edición se desarrolló en un agitado escenario político que incluyó varias intervenciones extranjeras en suelo mexicano (1838, 1846-1848 y 1862-1867), el establecimiento del Imperio de Maximiliano I (1864 a 1867); la puesta en marcha de los primeros proyectos educativos de amplio alcance, y la consolidación de instituciones culturales como la Biblioteca Nacional (1867). Todo lo anterior marcó el cariz político de las publicaciones mexicanas y el activismo explícito de muchos editores: Mariano Galván, Ignacio Cumplido, José Mariano Lara, Vicente García Torres y Rafael de Rafael, fueron algunos de los editores de la capital mexicana, la mayoría de los cuales basarán su subsistencia en la producción de publicaciones periódicas, calendarios y obras noticiosas, con modelos de suscripción y distribución dentro y fuera del territorio nacional. De forma paralela a la apertura de imprentas en ciudades de distintas regiones del país —como Monterrey, Morelia, Mérida, Aguascalientes o Querétaro— se renovaron las técnicas gráficas, en especial por la introducción de la litografía en el país en 1827, hecho que permitió la circulación masiva de imágenes; más tarde se incorporarán técnicas fotomecánicas que favorecieron el surgimiento de otros géneros editoriales, como revistas femeninas y publicaciones literarias infantiles.

La estabilidad que propició el prolongado gobierno de Porfirio Díaz (1876-1911) —periodo en el que se forjó un marcado afrancesamiento en el gusto literario local— tuvo como desenlace trágico la Revolución Mexicana (1910). Ese hito impactará directamente en la producción editorial nacional, por la interrupción de los canales y ritmos normales de importación de papeles y maquinarias, entre otros motivos. A inicios del siglo XX se puede apreciar un perfil editorial basado en el modelo comercial librería-editorial —evidente en los casos de la Viuda de Ch. Bouret, Herreros Hermanos, Murguía, Robredo, Porrúa, Botas o Cvltvra—, a los que se sumarán más tarde iniciativas gubernamentales que buscaban abatir los rezagos en la alfabetización de una población que era aún mayoritariamente indígena y rural. La potencia del Gobierno en materia de publicaciones se observa en las ediciones de la Secretaría de Educación Pública, la Secretaría de Relaciones Exteriores, los Talleres Gráficos de la Nación y otros proyectos que, aunque parcialmente autónomos, han dependido siempre de las finanzas públicas, como las ediciones de la Universidad Nacional y las de Fondo de Cultura Económica (1934). Desde entonces y hasta la fecha, la presencia del gobierno mexicano en el mundo editorial será una constante, e incluirá acciones ambiciosas como la creación de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos en 1959. Además de las anteriores, otras editoriales mexicanas de carácter privado que iniciaron en la primera mitad del siglo XX fueron Alcancía (1932), Fábula (1933), Editorial Polis (1937), Jus (1941), Editorial Stylo (1942) o Nuevo Mundo (1944), todas ellas caracterizadas notablemente por la sobriedad y la presencia clásica de sus ediciones; a ellas se pueden sumar Patria (1933), Esfinge (1940), y La Prensa Médica Mexicana (1946), dedicadas a la producción de libros de texto para los varios niveles educativos y especializados.

La edición en México estuvo también influida por condiciones políticas internacionales: por un lado, el contrapeso que ejerció la pujanza de la edición argentina y española, en la balanza de importaciones y exportaciones de libros mexicanos, al punto de promover un debate diplomático que fue dirimido. Y por otro lado, el arribo de numerosos intelectuales del exilio español a raíz de la Guerra Civil (1936-1939), que se sumaron a diversas tareas en el mundo del libro, en casas ya existentes o las que ellos mismos crearon. Unos pocos ejemplos de esa activa participación son la Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana (UTEHA), Proa, Centauro, Costa-Amic editor, Diógenes, Edición y Distribución Ibero Americana de Publicaciones, S. A. (EDIAPSA), Ediciones Cuadernos Americanos, Oasis, Xóchitl, Edicions Catalanes, Edicions Catalònia, España Errante, Finisterre, Leyenda, Minerva, Séneca, Quetzal y El Colegio de México, entre varias más. La década de 1960 fue muy relevante para la edición en México porque registra la fundación de Ediciones Era y, tras la drástica salida de Arnaldo Orfila de la dirección del Fondo de Cultura Económica en 1965, la fundación de Siglo XXI Editores, sellos que renovaron en la forma y en el fondo el quehacer editorial local.

Si bien las primeras Ferias del Libro se hicieron en México en los años de 1920, fue durante la década de los 80 cuando surgieron otras de relevancia nacional e impacto internacional: en 1980 la Feria de Minería —por iniciativa de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de México—; en 1981 la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ), y en 1987 la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por iniciativa de la Universidad de Guadalajara, actualmente el mayor espacio de comercialización de publicaciones en español.

La década de 1990 fue escenario de otras transformaciones en el panorama editorial local con el creciente poder de grupos trasnacionales, especialmente de origen español, que modificaron la ecología de los sellos existentes; ejemplo sobresaliente fue la compra de Joaquín Mortiz, el principal sello de la literatura mexicana en los años sesenta y setenta, por el Grupo Planeta. Ese proceso de anexión progresivo corresponde a una tendencia global que se dejó sentir en otros países de Latinoamérica; en cuanto a modelo comercial, a esa deriva sólo se le ha opuesto el surgimiento de pequeñas firmas e iniciativas de cariz cultural que cubren sectores específicos, como la creación literaria más audaz, la edición en lenguas indígenas, la artesanal o el libro de artista.

Marina Garone Gravier

(Universidad Nacional Autónoma de México)

Cubierta de «Urbe», edición de la editorial Cvltvra.

Cubierta de «Conferencias y discursos», de Jesús Urueta, edición de la Editorial Cvltvra.

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