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Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) - EDI-RED

La edición en Paraguay

Un hecho que singulariza la historia de Paraguay es el proyecto de las misiones jesuíticas guaraníes en las que se desenvolvió un régimen socio-cultural de peculiares perfiles, y donde se instaló la primera imprenta del Río de la Plata. Fue construida con materiales locales y funcionó con mano de obra indígena exclusivamente. Alcanzó un alto grado de perfección en sus productos, entre las fechas presuntas de aparición (1700) y su receso (1727). El primer libro de ella salido fue Martirologio Romano traducido a la lengua guaraní y el primer libro de autor local (o por lo menos localmente asentado) editado en el Río de la Plata fue Instrucción práctica para ordenar santamente la vida, del padre Antonio Garriga, S. J.

Josefina Plá, en La cultura paraguaya y el libro, documenta que ya para fines del siglo dieciséis había en Asunción quienes, en forma abierta o clandestina, comerciaban con libros, y que a comienzos del siglo diecinueve existían tiendas donde se expedían libros, como la del español Alejandro García y Francisco Rodríguez M.

Las circunstancias políticas en las que se encontró el Paraguay luego del trienio 1811-1813, en el que tuvo lugar el proceso de emancipación política, dificultaron la producción y la circulación de ideas. José Gaspar Rodríguez de Francia impuso el aislamiento político durante su prolongada dictadura, entre 1814 y 1840; en la práctica, configuró un verdadero cordón político que contribuyó a la separación del Paraguay del resto de la región del Río de la Plata. Quizás por esto, los estudiosos de la vida social han restado importancia al trabajo de paraguayos que se resistieron a esa tendencia aislacionista. Hoy se conoce que, en los años previos al gobierno de Francia, la Junta Gubernativa instalada en Asunción en 1811 planteó la adquisición de una imprenta como una vía autónoma de asegurar la provisión de materiales por fuera de la imprenta misionera; también se sabe que habría funcionado, luego de la expulsión de los jesuitas, en 1767, por lo menos un tórculo prensa con el que se efectuaba un tiraje de naipes, utilizando para ello planchas grabadas.

Otros hallazgos recientes hacen posible afirmar que, incluso en las peores épocas del gobierno de Francia, cuando todo el conocimiento clásico se había aparentemente desvanecido y el paraguayo promedio tenía que concentrarse en sus cultivos y ganado, aún existía, aunque sólo entre unas pocas personas, un interés manifiesto en el mundo más amplio. Thomas Whigham y Ricardo Scavone Yegros han mostrado a algunas de esas personas que continuaron formulando preguntas sobre sí y sobre su sociedad a través de la lectura y de la escritura. Por ejemplo, en un pueblito pequeño de las Misiones paraguayas vivió Aimé Bonpland, el botánico francés que acompañó a Alexander Von Humboldt en sus expediciones Río Orinoco arriba y que en ese tiempo fue mantenido cautivo por el gobierno de Francia por haber violado el territorio que el Dictador consideraba de la República, además de haber incautado su biblioteca. También han mostrado cómo el paraguayo José Falcón logró sortear el aislamiento, y años más tardar redactar sus Apuntes históricos, así como el letrado Mariano Antonio Molas, que escribió la Descripción histórica de la antigua Provincia del Paraguay.

A mediados del siglo diecinueve la edición en Paraguay vivió una transformación considerable. Luego del fallecimiento de Francia, en 1840, asumió la presidencia el abogado Carlos Antonio López quien, durante el primer año de su mandato, adquirió la primera imprenta civil. De este modo se organizó la Imprenta Nacional que inició sus publicaciones con el Repertorio Nacional, destinado a reproducir disposiciones gubernativas. Desde 1845 se editó el primer periódico en la historia del Paraguay, El Paraguayo Independiente, y al año siguiente apareció El Semanario. Y se encaró la publicación de obras de mayor aliento editorial, como la primera edición, en 1846, de la Historia del descubrimiento, conquista y población del Río de la Plata que redactara el paraguayo Ruy Díaz de Guzmán a comienzos del siglo XVII. Además de la imprenta, el presidente López creó las primeras instituciones pedagógicas y culturales desde la independencia. Fundó la Academia Literaria, en 1842, y contrató para ejercer labores docentes a Ildefonso A. Bermejo (1820-1892), maestro español de Cádiz. A Bermejo se debió la organización del Aula de Filosofía, en la que surgió el primer grupo de escritores paraguayos que tuvo a cargo la edición de La Aurora. Enciclopedia Mensual y Popular de Ciencias, Artes y Literatura, la primera revista cultural, que circuló entre 1860 y mediados de 1861.

Esos impulsos se vieron detenidos con el inicio de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza (Argentina, Uruguay, Brasil, entre 1864-1870) que tuvo profundas consecuencias sociales, entre las cuales hay que mencionar la pérdida masiva de la riqueza bibliográfica paraguaya. Una gran parte del acervo, proveniente de bibliotecas públicas y privadas, cayó en manos del ejército enemigo. Ha podido constatarse que la última obra que salió de la Imprenta Nacional antes de 1870 fue la de Charles Twite, un mineralogista inglés al servicio del Paraguay, que recogió sus observaciones y conclusiones acerca de la existencia de minerales en el país.

La reconstrucción fue lenta y trabajosa. En los cruces de los siglos XIX y XX emergió en Paraguay una elite político-cultural, la denominada Generación del 900 o Novecentistas que se encargaría de vehiculizar sus ideas y activar el sector editorial mediante el encargo de publicaciones con el concurso tipográfico de los Talleres Nacionales Hans Kraus instalados en Asunción. Surgieron también localmente librerías como A la ciudad de Berlín, de Enrique Mangels, la Librería y Papelería Nacional de Juan Quell y la de los hermanos Muñoz. Un esfuerzo editorial destacable fue el que promovió la empresa editora de Ramón Monte-Domecq y Cía con la publicación del Álbum Gráfico de la República del Paraguay. 100 años de vida independiente 1811-1911, uno de los principales soportes impresos de la conmemoración del Centenario de la Independencia, en el que participaron autores paraguayos como Cecilio Báez, Manuel Domínguez, Juan E. O'Leary, Fulgencio Moreno, Arsenio López Decoud y Enrique Solano López.

A comienzos de los años treinta del siglo XX, la disputa entre Paraguay y Bolivia por el dominio de la región del Chaco boreal se complicó y la opinión pública de los dos países reclamó soluciones de fuerza. La guerra del Chaco, entre 1932 y 1935, significó una retracción en materia de edición. Para las principales editoriales que habían funcionado hasta esa fecha como La Colmena, La Mundial y La Librería de Puigbonet, el conflicto bélico, así como la coyuntura política de la posguerra, afectaron su rentabilidad. No pocos letrados buscaron talleres gráficos extranjeros, sobre todo argentinos, que les ofrecían condiciones económicas más ventajosas. En Buenos Aires comenzaron a funcionar editoriales paraguayas o dedicadas exclusivamente a lo paraguayo; alcanzaron auge Ayacucho, fundada por el historiador Julio César Chaves, Guarania, establecida por el escritor Juan Natalicio González y Tupá, dirigida por Anselmo Jover Peralta. A comienzos de los años cincuenta, Julio César Chaves le propuso a un librero italiano instalado en Asunción, lanzar las Ediciones Nizza y él mismo inició la publicación de la Biblioteca Histórica Paraguaya de Cultura Popular.

Para la segunda mitad del siglo veinte existen relevantes estudios que hacen foco en la narrativa paraguaya concebida y producida durante el régimen de Alfredo Stroessner (1954-1989). Coinciden en mostrar que las difíciles relaciones entre el stronismo y las manifestaciones de la cultura atravesaron diversas fases hasta llegar a los años ochenta cuando, determinada por la descomposición del régimen político, se inició una nueva etapa alentada por la proliferación de editoriales que, con ritmo sostenido, publicitaron a autores paraguayos, por la consolidación de talleres literarios y por la consiguiente ampliación de lectores al interior del país. En 1979 la imprenta Arte Nuevo inauguró la colección Linterna con el relato de Augusto Roa Bastos Lucha hasta el alba. Al año siguiente, el escritor Juan Bautista Rivarola Matto, fundó Ediciones Napa (Narrativa Paraguaya). Fue el primer proyecto de edición en el país que tendría una actividad regular a través de la colección Libro paraguayo del mes que alcanzó a publicar 25 títulos. José Vicente Peiró Barco y Mar Langa Pizarro han analizado el mundo editorial de los años ochenta en el que se articularon voluntades para iniciar la andadura de proyectos editoriales como el de la editorial El Lector, de Pablo Burián, que nació como quiosco en 1971 y continuó como una labor editorial en 1982. Por su parte Alcántara editó entre los años 1982-1988 sesenta volúmenes de poesía paraguaya. Uno de sus directores, Carlos Villagra, también dirigió Araverá, entre 1984 y 1988. La librería Comuneros, de Ricardo Rolón, devino en editorial y la Editorial Salesiana se convirtió en Don Bosco. Entre los años 1984 y 1988, bajo los auspicios del periodista Alfredo Seiferheld, funcionó Editorial Histórica, que dispuso de un selecto catálogo de obras de historia política contemporánea. En 1987 inició su andadura, primero como librería y luego como editorial, Intercontinental, fundada por Alejandro Gatti. En 1991 nació Arandurá, de Cecilia Rivarola y Cayetano Quatrocchi, que destacó, según el recuento realizado por Mar Langa Pizarro, por su número de títulos y su aporte a la narrativa joven. Para calibrar la importancia de este boom editorial, sostiene Peiró Barco, hay que tener en cuenta que, hasta los setenta, hubo años en que no se publicó ninguna obra narrativa en el Paraguay, pero desde mediados de los ochenta se hizo patente el auge de la afición a la lectura. Con la caída del régimen de Stroessner, el empuje editorial se profundizó. Se establecieron nuevas editoriales como Fausto y Océano. Fruto de la iniciativa de Vidalia Sánchez comenzó Servilibro que, entre los años 1995 y 2017, publicó 1000 títulos. En los albores del siglo XXI se instaló la editorial Tiempo de Historia, bajo la responsabilidad de Martín Romano y Andrea Tutte, que se ha especializado en esmeradas ediciones de gran formato y puesto en circulación libros traducidos sobre la historia paraguaya. Cabe destacar que, en la actualidad, con excepción del grupo español Santillana, que desde 1997 cubre en Paraguay la demanda de textos escolares, todas las citadas editoriales son de capitales locales.

Como ha ocurrido en otros países, la conmemoración del Bicentenario de la independencia desencadenó en Paraguay una intensa actividad editorial delimitada, fundamentalmente, por la publicación de colecciones especiales como «Protagonistas de la Historia», «La gran historia del Paraguay», «Independencia Nacional» y la «Biblioteca Bicentenario Educativo», entre otras. De acuerdo a los datos suministrados por la Secretaría Nacional de Cultura se editó, en el año 2011, un total de 1259 libros, es decir, aproximadamente tres por día. Esto ha contribuido a que se ensanchase el aun modesto mercado editorial —las tiradas no superan, en ocasiones, los 1000 ejemplares— y a que los editores redoblen esfuerzos para insertarse en una red que agilice la distribución internacional.

Liliana M. Brezzo

(República Argentina,

CONICET-IDEHESI-Instituto de Historia-UCA,

Academia Paraguaya de la Historia)

Cubierta del libro Karai Rei Oha'äramo guare tuka' ë kañy o De cuando Carai Rey jugó a las escondidas, primer libro de ediciones Napa, en 1980.

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