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Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI) - EDI-RED

La edición en la República Dominicana

A pesar de haber tenido escritores desde los primeros años de la colonia, la República Dominicana no se distingue por la existencia de una industria editorial fuerte. Hasta fecha muy reciente, la mayoría de los libros de autores dominicanos se publicaban en ediciones de autor con tiradas que raras veces sobrepasaban los mil ejemplares. La ausencia de un público lector amplio, como consecuencia de las deficiencias del sistema educativo, impidió que se desarrollaran en el país las prácticas profesionales que en otras latitudes produjo la noción del libro como mercancía, y que involucran todas las áreas del proceso de edición, desde la recepción y evaluación de manuscritos hasta la difusión y distribución del producto terminado.

Se desconoce la fecha exacta de la introducción de la imprenta en Santo Domingo. Autores como Henri Stein e Isaias Thomas sostienen que ocurrió en el siglo XVII, pero estudios recientes lo han puesto en duda. El primer libro producido en el país, un folleto de apenas ocho páginas, data de 1820. Se trata del poema A los vencedores de Palo Hincado, en la Acción del 7 de Noviembre de 1808, del político y académico José Núñez de Cáceres, quien meses más tarde declararía la fundación del Estado Independiente del Haití Español. No se volvió a imprimir un libro hasta 1866, cuando la Imprenta de García Hermanos, propiedad de los gemelos José Gabriel y Manuel de Jesús García, comienza a publicar obras de los que serían algunos de los autores más canónicos de la literatura dominicana.

En la década de 1870, el país atravesó por una serie de cambios en la estructura económica, demográfica y cultural que dieron un impulso significativo a la impresión de libros y publicaciones periódicas. El flujo de capital y mano de obra extranjera generado por el auge de la industria azucarera dinamizó la vida cultural de ciudades costeras como Puerto Plata, Sánchez y San Pedro de Macorís. Esas transformaciones se extendieron al sistema educativo. Las medidas del Gobierno, entre las que se encuentra la asignación de recursos a la construcción de escuelas públicas en las principales ciudades, produjeron una reducción en la tasa de analfabetismo y abrieron en el público el apetito por la lectura. Este período se caracteriza también por la proliferación de organizaciones culturales, como la Sociedad Amantes de las Letras, la Sociedad Amantes de la Luz y la Sociedad Amigos del País, que difundieron la idea de que para entrar en la senda del progreso el Estado debía invertir en la educación.

En 1879, en un esfuerzo encaminado a impulsar el fortalecimiento de la incipiente industria de la edición, el Gobierno liberal de Gregorio Luperón otorgó un subsidio de 25% del costo de cada libro publicado y cuarenta pesos mensuales a cada periódico (suficiente para pagar cuatro meses de alquiler por el edificio que albergaba el taller de los hermanos García). Estas subvenciones podrían explicar el extraordinario número de periódicos que existían a finales del siglo XIX. En 1893 se editaban doce periódicos solo en la capital, que tenía una población de apenas 14.072 habitantes. Eso sin contar los pasquines y volantes sensacionalistas que divulgaban los chismes locales.

Para hacer frente a la creciente demanda de mano de obra cualificada, los propietarios de imprentas solicitaban el envío de tipógrafos y prensistas de la vecina isla de Curazao, que tenía una larga tradición editorial. Es el caso, por ejemplo, del ex esclavo curazoleño Gerardo Pieter y su amigo Isaac Flores, quienes emigraron a Santo Domingo a mediados del año 1880 para trabajar en la imprenta religiosa del Colegio San Luis Gonzaga, del Padre Francisco Xavier Billini. Curazao era además el lugar de procedencia de muchos de los libros extranjeros de venta en las librerías dominicanas. Uno de los principales exportadores de libros a la República Dominicana fue la casa editorial y librería curazoleña A. Bethencourt e Hijos, que publicaba libros y música para toda Hispanoamérica, además de distribuir obras importadas desde Europa.

La publicación de libros, que había aumentado considerablemente desde principios del siglo XX, recibió un nuevo impulso en la década de los treinta, con la llegada de un contingente de exiliados de la Guerra Civil Española, entre los que se encontraban escritores, profesores universitarios y pintores reconocidos. La Colección del Centenario (1944), un ambicioso proyecto estatal creado para conmemorar el aniversario de la Independencia, contó con la colaboración de los exiliados españoles Vicente Llorens, Antonio Bernard y Javier Malagón, además del linotipista Fernando Toba. Por su parte, el pintor surrealista Eugenio Fernández Granell fue un miembro destacado del consejo editorial de La Poesía Sorprendida, que publicó una serie de cuadernos con ilustraciones del artista gallego.

El acontecimiento más importante para la historia de la edición de mediados de la década de los cincuenta lo fue el lanzamiento de la Colección Pensamiento Dominicano, del librero Julio Postigo. Además de reediciones de libros clásicos de la literatura dominicana del siglo XIX y principios del XX, en la colección aparecieron obras de autores contemporáneos como Pedro Henríquez Ureña, Domingo Moreno Jimenes, Franklin Mieses Burgos, Juan Bosch, Ramón Marrero Aristy, Manuel Rueda y Marcio Veloz Maggiolo. La labor realizada por Julio Postigo para el desarrollo del libro y la lectura se extiende a la creación de la Feria del Libro de Santo Domingo, que se realizó por primera vez en 1950 a nivel nacional y luego adquiriría carácter internacional.

La década de los sesenta marca el inicio de un período de inestabilidad política, con el derrocamiento del gobierno democrático de Juan Bosch (1963), la ocupación norteamericana de 1965 y el régimen de «los doce años» de Joaquín Balaguer (1966-1978). El fragor de las luchas sociales de este período creó las condiciones para el surgimiento de una literatura de compromiso político que encontraría acogida en pequeños proyectos editoriales como Colección Baluarte y Brigadas Dominicanas, dirigidos por Aída Cartagena Portalatín. Editora Taller, de José Israel Cuello, se abrió un nicho en el mercado con libros de carácter testimonial, incluyendo la novela El Masacre se pasa a pie (1973), de Freddy Prestol Castillo, probablemente el primer best-seller dominicano. Taller también divulgó las obras de autores haitianos como Jacques Roumain, Jacques Stéphen Alexis y René Depestre.

A finales de los años setenta, los concursos literarios se convirtieron en la principal alternativa al modelo de la auto-publicación, entre los que destacan el premio Siboney, los concursos nacionales de cuento y poesía de Casa de Teatro, y el Premio Nacional de la Fundación Corripio, que también editó la colección Biblioteca de Clásicos Dominicanos. Además de estas iniciativas privadas, diversas instituciones del Estado fomentaron espacios donde los autores podían publicar sus libros sin pagar los costos de edición. La Colección Orfeo, creada en 1985 por el entonces director de la Biblioteca Nacional, Cándido Gerón, publicó más de 130 libros en sus apenas dos años de existencia. Labor similar realizaría más tarde la Editora Nacional, del Ministerio de Cultura, que alcanzó a publicar más de cincuenta libros por año bajo la dirección de León Félix Batista (2004-2015). A estos esfuerzos se suman las ediciones del Banco Central, dirigidas por José Alcántara Almánzar, y las publicaciones del Banco de Reservas que, en colaboración con la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, ha realizado una importante labor de rescate de obras que se encontraban prácticamente desaparecidas.

El mercado del libro se ha diversificado de forma significativa desde la década de los noventa, con la presencia de sellos editoriales establecidos en el extranjero, como Ediciones Cielonaranja (Berlín), Isla Negra Editores (San Juan, Puerto Rico), y la incursión de la española Editorial Alfaguara en el mercado dominicano. En los quince años que operó en el país, de 1999 a 2017, Alfaguara publicó más de treinta obras de autores dominicanos que se distribuyeron a nivel nacional. Lo que es más importante, esta editorial contribuyó a profesionalizar el mercado del libro, introduciendo prácticas comerciales como la firma de contrato, pago de anticipo y pago de regalías. Desafortunadamente, tras la reciente adquisición de Alfaguara por Random House, propiedad del grupo alemán Bertelsmann, las operaciones de la casa editorial han sido trasladadas a México.

En la segunda década del siglo XXI, los autores y editores dominicanos continúan lamentando la falta de lectores y de canales de distribución apropiados para sus libros. Sin embargo, se perciben algunas señales de avance con el surgimiento de pequeñas empresas privadas, como Editorial Santuario, que se ha abierto camino en el mercado de la distribución, y con el anuncio en marzo del 2017 de medidas orientadas a modernizar el proceso de selección de las obras publicadas por la Editora Nacional, así como el proyecto de creación de una Distribuidora Nacional de Libros adscrita al Ministerio de Cultura.  

Médar Serrata

(Grand Valley State University)

Cubierta de «Domingo Moreno Jimenes», Colección Pensamiento Dominicano.

Cubierta de «El Reino de Mandinga».

Cubierta de una publicación de Casa de Teatro.

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