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Enrique Cerdán Tato

El autor

Tras una larga época dedicado a la enseñanza simultánea de la novela de caballerías, del cálculo diferencial y de la cábala baja, se dio a la práctica de la literatura y del periodismo, para enrolarse después, imperativa aunque interinamente, en una contumaz clandestinidad. Superada la moda pedestre del gris sobre rojo, se reincorporaría de nuevo y con juvenil ímpetu al ejercicio de la underwood, del reportaje, de la columna, de la narrativa, de la controversia y de la aventura por tierras de paganos. De tales andanzas apenas si se tiene algún indicio.

La doctora Erna de Brandenberger afirma de Cerdán Tato: «Es impresionante su profundo conocimiento del ser humano, así como también su valor para poner al desnudo lo que de inquietante hay en el hombre y su maestría para moverse con la mayor naturalidad entre lo real y lo alegórico». No obstante, su oculto biógrafo Ignacio Altet (probablemente infiltrado de Marcel Schwob) escribe con tintas simpáticas del todo: «No, porque lo que de verdad impresiona es su gran sabiduría: puede callar hasta en siete idiomas», para hacernos casi de inmediato una pasmosa revelación: Enrique Cerdán Tato nació en el año de gracia de 1830, sólo que por muy oscuras razones se le inscribió en el registro civil ya de centenario. De resultar cierto el conturbador dato, podría prosperar la tesis de los servicios secretos acerca de los extravagantes alias de que se sirvió al autor aquí presentado para perpetrar impunemente sus obras: Balzac, Dostoievsky, Poe, Kafka y Corín Tellado, entre otros.

Por fortuna y a su vez, el biógrafo de Ignacio Altet, Enrique Cerdán Tato (probablemente pseudónimo utilizado por el auténtico Marcel Schwob), resuelve categóricamente la estremecedora incógnita: «¡Falso! -y agrega tras su precisa argumentación: -Sucede que el Altet ese era un hombre de confusas cronologías, debido quizá a su condición de hijo póstumo. Ignacio Altet vino al mundo cinco años después de morir su madre».

Mientras, Enrique Cerdán Tato, con su peculiar fervor y una aplastante lucidez, pese a su extrema juventud, murmura: «Ya sólo confío en que la pesadilla ponga, por fin, un poco de orden en tanta y tan abrumadora ciencia».

Ricardo Bellveser
Profesor, escritor y crítico literario
Director de la Institució Alfons El Magnànim