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Esteban Echeverría

El autor: Vida y obra de Esteban Echeverría

El aporte literario de un iniciador

En los apartados anteriores he señalado las contribuciones de su presencia cívica a la política y la sociedad; querría cerrar estas páginas con una especial mención de las principales líneas que inaugura en la literatura este verdadero precursor.

Ser poeta

Esteban Echeverría es ante todo un iniciador, como lo define Tulio Halperín Donghi al sintetizar con esa palabra lo señalado por los mejores intérpretes de su vida y obra.

En una época de borrón y cuenta nueva, que impelía a la elite argentina a implicarse en el manejo de lo público dentro o fuera del Estado, Echeverría se abstiene de la acción directa y afirma su figura de poeta, a lo que contribuyen no sólo sus versos, sino su precaria salud y hasta la tisis final que suma una muerte prematura y romántica.

Parece raro que desde un sitio en apariencia marginal, pero asumido deliberadamente, se constituya en guía de su generación y precursor de líneas fundamentales que luego desplegarán la política y las letras de su país y Sudamérica.

Como escribe Félix Weinberg, «Echeverría no ocupó nunca cargos públicos, no fue abogado, periodista, militar o diplomático […] Era sólo: un intelectual, un hombre de pensamiento, un creador en el campo de las letras, prestigioso, respetado y celoso defensor de la dignidad de su oficio». En la ironía de ese «sólo» tan bien situado por Weinberg, se señala la misión y el rango del intelectual, que asume Echeverría.

Su liderazgo sobre la juventud rioplatense, deseosa de cambios, se asienta justamente en la convicción -que él fue el primero en respetar- sobre el papel central del pensamiento y la literatura para generar una nueva nación sobre las caducas estructuras hispano-coloniales; esa «re-generación» predicada con insistencia en su prosa combativa y su correspondencia, y ejercitada en el texto literario.

La tarea, comenzada a su regreso de París, ocupa las dos últimas décadas de su relativamente corta existencia, que transcurren en Buenos Aires y Montevideo.

El viaje del joven porteño, que ya venía ejercitándose en las letras, es la experiencia decisiva que le aporta la certeza de su pertenencia americana y de su destino de escritor. A su regreso, asumido como poeta, encabeza una renovación que irradia desde le Río de la Plata y toma caminos que excederán lo estrictamente literario.

Los poemas publicados primero en forma anónima y luego con su firma, son la carta de presentación del joven a su regreso a Buenos Aires. La libertad de la poesía romántica que ensaya metros, géneros y temas nuevos, aportaba el desborde formal necesario para una nueva expresividad. Los lectores avezados lo detectan y la novedad electriza a la más lúcida y dinámica juventud del Plata, hija de Mayo, pero ansiosa por encauzar su necesidad de cambio.

Los nuevos modelos franceses y su libertad formal proporcionan un clima de insurrección a la norma de la metrópolis, necesario para la descolonización cultural, explícito en su respuesta al escritor español Dionisio Alcalá Galiano de 1846: «es absurdo ser americano en política y español en literatura», y presente en las polémicas sobre la defensa de la independencia idiomática del español de América, en las que estuvo comprometido buena parte del siglo XIX.

Confiado en el poder de la palabra, el poeta fija la vista en su tierra, y con las herramientas del romanticismo y su propia sensibilidad encuentra las formas adecuadas para instaurar en el texto espacios, temas, personajes y perspectivas originales que luego desarrollará la literatura nacional.

El desierto y la frontera. El paisaje propio

Sus obras más celebradas, el poema «La cautiva» y el cuento «El matadero», cumplen este propósito. En este sentido fundacional, interesa destacar el desierto y la frontera, dos espacios simbólicos, que tendrán un largo desarrollo y adquieren hoy vigencia y actualidad. Ambos instalan en el poema y en el cuento respectivamente, es decir en la conciencia de su época, espacios antes inadvertidos o subestimados por su proximidad cotidiana.

Uno de los mayores aciertos de «La cautiva» es la incorporación del paisaje y el conflicto propios. Con el referente cercano de la patria como territorio conquistado en las batallas, sumado al protagonismo de la naturaleza romántica y al conocimiento de la pampa desarrollado en Los Talas, Echeverría vuelve la vista al desierto le da existencia cultural, lo hace visible. En ese escenario imponente y amenazador, en el que el indígena aparece como un dato más de la naturaleza, el poeta asienta el drama de los personajes. El conflicto romántico del amor frustrado de la pareja, resulta sin embargo empequeñecido en relación al protagonismo del escenario americano.

Esta naturaleza violenta y excesiva inicia una rica tradición en la que caben las estepas riojanas de Facundo, la pampa de Güiraldes o, variando el decorado, la selva de Horacio Quiroga; y vuelve a seducir redescubierta en las más recientes creaciones de la puna de Tizón o los paisajes ásperos y desolados de la abundante narrativa sobre la Patagonia.

El desierto de la pampa, espacio infinito, deshabitado, en el que se pierde la vista y «se mira desde el confín» (Ortega y Gasset); tierra de nadie asociada con la libertad (Don Segundo Sombra), pero también con la trasgresión del no-límite, el extralimitarse (Facundo), o con la soledad y la intemperie que amenaza con la pérdida o la disolución en el paisaje (Martín Fierro), tópicos trágicos en los que la belleza y lo terrible son inseparables atributos del medio natural que se resiste a ser domesticado, y que la literatura despliega en sus más variadas posibilidades.

Otro aporte original de Echeverría es la elección del espacio en el que sitúa el cuento «El matadero». Un ambiente desprestigiado y marginal, el límite inestable entre la ciudad («civilizada») y el campo («bárbaro») instala en el texto la noción de frontera.

Frontera física de intercambio y de conflicto entre lo urbano y lo rural, espacio extremo de pobreza y violencia, que el centro supuestamente civilizado de la urbe expulsa a la periferia; frontera social entre la elite abastecida y el arrabal miserable que la abastece; espacio de fricción, conflictivo y violento, que tendrá tanto porvenir en la literatura y en la reflexión de nuestro tiempo, más de siglo y medio después de su invención.

El gaucho. Un arquetipo

Echeverría también es innovador en la creación de personajes. En «La cautiva», como ha sido señalado, el indígena aparece estigmatizado como un elemento más de la naturaleza violenta, aunque el hecho de incorporarlo para destacar su fiereza, no deja de ser un avance sobre la literatura precedente que lo ignoraba por completo.

Pero su aporte más notable como iniciador en este campo llega con el actor central de «El matadero»: el gaucho Matasiete, emergente simbólico de todos los gauchos, que llegará a cifra de la literatura rioplatense con el Martín Fierro, obra cumbre de la gauchesca, un género propiamente argentino. Asunto con larga tradición capaz de imponer personajes con la fuerza del nombre propio como Martín Fierro en Hernández, Don Segundo Sombra en Güiraldes, Antenor Sánchez en Dávalos.

El gaucho de Echeverría, personaje fronterizo entre el criollo de campo y el compadrito de suburbio, es antecedente de tipos centrales de nuestra literatura en sus dos vertientes: por un lado, el gaucho de a caballo, diestro en las faenas del campo, arriero, pialador, domador, sedentario o matrero; y, por otro, el guapo del suburbio que en su desarrollo engendra al compadre arrabalero del sainete criollo, el cuchillero, el malevo, hombres de coraje y violencia, rescatados por el tango y la mitología borgeana.

La invención de una lengua

La violencia muda de Matasiete, que «no hablaba y obraba», diestro con el cuchillo para matar al toro enfurecido y «degollador de unitarios», se vuelve verbal en las voces anónimas del entorno que lo azuza.

El más arriesgado aporte literario de Echeverría es, sin dudas, la invención de una lengua «canalla», que aún tardaría años en ser incorporada de lleno a la prosa literaria. Hay que recordar que los tonos subidos de la lengua coloquial todavía serán condenados, décadas más tarde, en pleno naturalismo; y en este sentido, los puntos suspensivos con que se eluden las palabras procaces, puestos por el autor o quizá por Gutiérrez, tienen que ver con una audacia recortada por «el buen decir» de la época. La crudeza coloquial anticipa lo que Borello llamó «la invasión de oralidad» que irrumpe en la literatura a fin del siglo y llegará a ser característica central de la renovación narrativa del siglo XX.

Esta lengua caracteriza no sólo a «la chusma» mataderil y sus envilecidos personajes, sino a la violenta situación que prepara el clima para la tortura y la muerte del unitario. La denuncia se inicia con la sátira política, la ironía y el sarcasmo, y encuentra una resolución original en las voces groseras de los personajes, que ponen en evidencia, no sólo el drama de la víctima, sino la indigencia cultural y moral del vejador, víctima a su vez de la pobreza, el resentimiento y la demagogia.

El autor quiere narrar una realidad ideal en la que lo bueno y lo malo están claramente separados, pero la compleja sociedad de la que forma parte da paso a un mundo contaminado que no se deja marginar. Quiere ensalzar la civilización y literariamente se impone la barbarie; ese ambiente rudo que no es ajeno ni extranjero, sino eje de pertenencia, cereza aun estigmatizada de identidad.

Echeverría perseguía un fin testimonial y didáctico, hoy secundario, pero consigue, sin proponérselo quizá, expresar la problemática contradictoria de una situación sociocultural. El lenguaje da cuenta de la tensión entre el mundo prestigiado que se intenta sostener y la fascinación de lo monstruoso que se impone sin querer, entre lo «civilizado» y lo «bárbaro», que se invierten desde el resultado literario. En la situación extrema del argumento, las arengas del joven unitario resultan acartonadas e inverosímiles, mientras que la irrupción incontenible de jerga vulgar confiere un realismo inédito a la escena y planta en el texto la insurrección lingüística como una desconcertante novedad.

Consciente de su rango y su misión como poeta, como iniciador, Echeverría impone una nueva sensibilidad, crea nuevos espacios, asuntos y personajes, y llega a descubrir, quizá sin proponérselo porque repelía a los principios por los que luchaba él y su grupo generacional, las posibilidades estéticas de un conflicto de frontera, inaugurando con ello una de las páginas de mayor porvenir e influencia en la literatura posterior.

Leonor Fleming

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