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Expulsión y exilio de los jesuitas de los dominios de Carlos III

Catálogo: Selección de textos

Biografía edificante del jesuita guatemalteco Rafael Landívar escrita tras su muerte en Bolonia en 1793 por el jesuita mexicano Félix de Sebastián

Guatemala, ciudad capital de la Provincia de Honduras, fue patria del P. Rafael Landívar, que nació el día 27 de octubre de 1731. Dejose ver en la infancia con todas sus señales que dan indicios del que ha nacido para ser hombre grande y honra de su patria. Una elevada inocencia, con gran vivacidad de ingenio, un apego singular a todo lo bueno, un deseo de informarse y saberlo todo y un genio todo dulzura fueron los albores con que se presentó al mundo. Los nobles, ricos y piadosos padres cultivaban esta tierna planta con los mayores esfuerzos, regándola de continuo con el rocío de la devoción y de la hombría de bien; y se arraigó tanto en esto que jamás faltó un punto en lo restante de su vida. Fue puesto de colegial en el Seminario de San Borja de su misma patria, y aquí al punto se dejó reconocer su bondad y su capacidad, saliendo muy aprovechado en la Latinidad, Retórica y Poesía. Siguió después a estudiar la Filosofía y obtuvo en ella los primeros honores, recibiendo en aquella Universidad la laurea de maestro. Pasó después al estudio de la Sagrada Teología que finalizó a los 17 años de edad con la aclamación de joven instruido y de docto estudiante. En todo el tiempo de estos sus estudios se le observó una bondad, una apacibilidad y una caridad con todos sus concurrentes que lo hizo fuera universalmente venerado y amado de todos, pues que juntaba a estas sus bellas cualidades la de ser irreprensible en todas sus acciones, pues siempre lo acompañó el santo temor de Dios, con una tan delicada conciencia y con un horror a toda cosa que tuviese visos de culpa, que sólo el pensar que podía ser ofendido el Señor lo retraía aun de las más honestas diversiones. Lleno de aplausos, abundante de bienes de fortuna, criado con la mayor delicadeza, amor y cuidado, y gozando de cuantos favores particulares puede desear un mancebo en su patria, lo despreció todo, de nada hizo caso, y no teniendo su pensamiento en los bienes celestiales y eternos, abandonó todo, despreció el mundo y a toda vanidad, e instantáneamente rogó el que le concedieran el asilo en la Compañía de Jesús, objeto de sus deseos y única mira de todas las esperanzas de su vida. Fueron oídos sus ruegos, y obteniendo el ser admitido se puso al punto en camino para el remoto Noviciado de Tepotzotlán, donde llegado vistió todo lleno de admirable consolación la sotana de San Ignacio el día 17 de febrero de 1750. Siendo en lo porvenir profeso de cuarto voto. En el Noviciado, que era el almacigo de las virtudes y el vergel y jardín de la perfección y santidad, se halló como en un Paraíso terreno, donde dando todo a las más austeras prácticas de piedad y devoción, vivía con la feliz dulzura de un alma toda llena de gozo. Aquí la oración, la lección espiritual y todas cuantas distribuciones santas que encadenadamente seguían unas a otras, eran para él tantas delicias, procurando en todo y por todo ascender y subir a la perfección y hacerse un digno jesuita y ministro de la mayor gloria de Dios. Mas a poco tiempo de su emprendida vida religiosa se vio reducido a la cama con un mal que se juzgaba calentura continua, y se temía degenerase en una ética; siguió así por varios meses, con diversos pareceres de médicos, que ya decían era un mal, ya lo juzgaban otro, y ninguno lo conocía ni lo curó; pero finalmente quiso Dios que sanase del todo y que con sumo placer de su espíritu hiciera los votos religiosos; pasando luego al estudio de la Humanidad, en que hizo los progresos que después le hicieron tanto honor, siendo un elocuente retórico y un muy lucido poeta. De aquí pasó al Colegio Máximo de México a examinarse de Filosofía y Teología, en que fue universalmente alabado de los Maestros. Luego fue señalado para Maestro de Sintaxis al Colegio del Espíritu Santo de la Puebla, de donde volvió al Colegio Máximo de México a enseñar su Retórica, en cuyo tiempo habiendo cumplido la edad necesaria recibió los Sagrados Órdenes. De aquí fue mandado para maestro al colegio de su patria, donde regentó las Cátedras de Retórica y Filosofía, la que finalizada fue Prefecto de la Congregación de la Anunciada, y por algún tiempo, por falta del Superior, fue Vicerrector, entrando después a ser Maestro de Teología y Superior del Colegio Seminario de San Borja, cuyo empleo ocupaba con grande honor cuando fue arrestado y desterrado. Éste fue el estado y acciones en que ocupó su vida en la América el P. Rafael Landívar. Vida que considerada en el estado seglar o en el estado regular fue un conjunto que no sólo lo adornó, sino que fue de mucho honor a su patria y a su religión. Ya queda dicho lo que fue siendo seglar, que en pocas palabras se explica de nuevo diciendo que fue un mancebo edificativo, que cumpliendo con todas las obligaciones de cristiano fervoroso, y siendo muy obediente a sus padres y maestros ejecutó y puso por obra con exacta obediencia cuanto éstos le mandaron. Mas en las de religioso, donde son mayores las obligaciones, mayores los cuidados y mucho más difícil la ejecución en los preceptos y observancias menudas de las reglas, diré con alguna mayor amplificación lo que fue este observante jesuita. Vivió todos los días de su vida con un continuo temor de Dios, deseos de servirlo y horror al ofenderlo; de donde se originó a aquella su tímida conciencia, que siempre temerosa de ofender al Sumo Bien, estaba en una continua vigilancia de no faltar en nada que pudiera ser de su desagrado. Pero este su temor y tenor de vida, que era necesario lo acompañase, no ocasionó en él ninguna exterioridad, pues siempre se mostraba alegre y placentero con todos, siendo muy meloso en sus palabras, muy apacible en su trato y muy divertido en su conversación. Las distribuciones propias de religioso, oración, lección, exámenes y todas cuantas observancias, aun las más menudas, ordenan las reglas, eran para él como otros tantos preceptos, sin faltar jamás a nada. Pasó muchos años en el penoso trabajo de enseñar, ya Gramática, ya Retórica, ya Filosofía, ya Teología, y se vio en él un jesuita que, dado todo al estudio y al cuidado de su fatigoso ministerio, no sólo no faltaba en nada al cumplimiento de su obligación, sino que procuraba esmerarse en hacerlo con la mayor perfección posible, tomando cada cosa tan por sí como si no tuviera otra cosa que hacer. De aquí provenía aquel su continuado estudio, aquella seria meditación para no proponer ni enseñar sino aquello que más conveniente juzgaba para el aprovechamiento de sus discípulos; y de aquí aquella su amabilidad en el enseñar, que se cautivaba no sólo la admiración de sus clientes, sino también la más tierna veneración. Probolo el Señor en el tiempo de su estada en Guatemala con un mal que se tiene por incurable, y que se ven pocos que del semejante hayan sanado, y él se vio libre por intercesión, y dígolo con más propiedad, con un milagro de Nuestro Padre S. Ignacio, de quien era hijo devotísimo. En una inundación que se padeció allí, causada de las aguas que arroja un vecino volcán, se hallaba él en una hacienda de su casa con una señora hermana suya, en tiempo de vacaciones, poco más de una legua distante de la ciudad, cuando de repente, oyéndose un gran ruido, reventó aquel gran cerro y arrojando un mar de agua inundó todos los campos, sumergió un pueblo allí vecino sin quedar en él piedra sobre piedra, se llevó un arrabal de la ciudad causando otras muchas desgracias. Venía él para la ciudad y el agua le entraba dentro del coche, de modo que cogió un caballo, y medio a nado y saltos pudo llegar a su colegio. Siendo de una fantasía muy viva y de tenaz retentiva, se le fijó tanto en ella la dicha inundación, que no había hora del día ni de la noche que no la tuviera presente, y que juzgase que ya lo arrebataban las aguas. Procuraba con conocimiento reflejo deshacer aquella imaginación, mas no podía ni todas sus reflexiones eran bastantes para sosegar su alborotada fantasía. Conocía que era un ramo de demencia, y que ésta con el tiempo le llegaría a quitar del todo el juicio. Estando en el retiro de su aposento, de repente, volviéndose en sí, se hallaba ya puesto sobre una silla, ya sobre la mesa, huyendo la inundación que tenía su descompuesta imaginación. No le era más favorable el tiempo del reposo y sueño, pues entonces se soñaba con las aguas que lo inundaban y arrebataban, y comenzaba a mover brazos y pies en actitud de quien nada. Volvía en sí, conocía su mal, no hallaba para él remedio en lo humano. Se contristaba de ver que siguiendo esto se hacía un hombre inútil a la religión y a la sociedad humana. Por tanto, clamaba sin cesar a la gran protección de su Padre San Ignacio. Seguía de este modo, veía que su mal no tenía remedio, y profundizándose en su humildad atribuía a sus muchas culpas el que el Santo no le oyera; y así se valió del socorro de una religiosa de conocida virtud y devotísima a Nuestro Señor P. San Ignacio, suplicándole interpusiera sus ruegos con el Santo para verse libre de aquel gran mal y de las angustias y congojas que le causaba. Hízolo la buena religiosa, y a pocos días le mandó a decir estas palabras: Nuestro Padre San Ignacio le ha concedido la gracia. ¡Caso raro! En aquel punto se le desvaneció aquella aprehensión que tanto lo molestaba, quedó del todo sosegado y jamás volvió a ser agravado de tal temor, aun habiendo pasado muchos mares y ríos, viviendo todo lo restante de su vida en perpetuo sosiego. Lo dicho hasta aquí, de esta instantánea santidad recibida milagrosamente por la intercesión de mi Santo Padre San Ignacio, la contaba el mismo P. Landívar, y me la confirman los verídicos sujetos que aún viven y estaban con el dicho padre en el mismo colegio, los cuales vieron todo y temieron perder el sujeto, por tantas prendas amable, porque ya se acercaba la perfecta y total demencia y locura. Y yo lo he referido para gloria del Santo en el tiempo en que tantos libertinos hacen irrisión y niegan los milagros. Vuelvo, pues, a mi interrumpida narración. Fue Prefecto de la Congregación, y aquí se vio, en él y en su continuado trabajo de púlpito y confesionario, que era un hombre docto y un jesuita para todo. Habiendo por este tiempo cumplido su trienio de gobierno el Rector actual del colegio, y sido mandado de Rector a otra parte, partió éste y dejó señalado por Vicerrector, entretanto llegaba el señalado, que estaba muy lejano, a nuestro Padre Landívar; y esta fue una prueba muy grande de las prendas de que estaba adornado, pues siendo uno de los más jóvenes, fue señalado y aceptado con universal aplauso de toda aquella religiosa comunidad. Su proceder en este tiempo fue el de un hombre todo cuidado, todo amabilidad y del todo entregado al bien de los suyos. Era el primero en todas las distribuciones religiosas y el primero en el trabajo. Cuidaba de la observancia religiosa, mas con tal prudencia y con tal modo, que ésta florecía y todos estaban gustosos. Siendo, pues, Vicerrector sucedió un caso que lo llenó todo de horror y pesar, como también a todos los sujetos y a toda aquella gran ciudad, el cual por ser singular en la historia quiero aquí referir. Hallábanse condenados a muerte tres negros bozales por haber bárbaramente dado muerte al mayordomo de la hacienda de donde eran esclavos. Fueron traídos a las cárceles de Guatemala, y allí sentenciados por la Real Audiencia a ser ahorcados. Según costumbre fueron llamados a asistirlos los padres jesuitas; fueron éstos, y conducidos a la capilla los estaban moviendo a contrición de sus culpas, e instruyéndolos, pues apenas sabían lo necesario para salvarse en los puntos de la Fe; y alentándolos a que confiaran en la misericordia divina, perseverando allí continuamente día y noche. Éstos, al parecer, cuanto se dejaba reconocer en su rusticidad, estaban contritos y seguían remudándose de cuando en cuando los sacerdotes, quedando siempre alguno para consuelo de los reos; mas el día segundo, que era el día 28 de agosto de 1766, vino a remudar al mediodía a un P. Maestro que estaba entonces, el P. Cristóbal Villafañe, mexicano, fuese el otro, y quedó él; al punto que lo vieron allí aquellos tres bárbaros se le arrojaron encima con un cuchillo en la mano, parece se defendía el P. con el sombrero, pues que se halló todo acuchillado, mas finalmente le dieron una herida en la garganta que lo degolló cortándole el garguero; al golpe que dio y ruido que hicieron entraron dos presos animosos, a uno de los cuales hirieron los negros, lo cogieron en brazos y lo sacaron de allí ya expirante; corrió la voz fuera, y el mismo Padre, que había ido a comer, fue el que se halló más pronto; entró en la cárcel y pudo darle el Santo Óleo al moribundo, que a pocos instantes expiró en sus manos. Vinieron soldados contra los bárbaros, mas éstos se encerraron en la sacristía de la capilla, atrancando la puerta con bancos que allí había. Llegada la tropa comienzan a decirles que abran; ellos no quieren hacerlo; les preguntan por qué han dado muerte al Padre, y responden porque nosotros no hemos matado sino a uno y nos ahorcan siendo tres, y así queríamos matar a dos Padres para haber hecho tres muertes, y por esto matamos a éste y aguardábamos al otro. Viendo no se daban, abrieron un boquerón en la pared, y por él los negros les tiraban piedras a los de afuera; entonces los soldados hicieron fuego por aquella claraboya, mataron a uno, pasaron a otro de un balazo y se dio el tercero. Sacados de allí, al uno que estaba moribundo lo procuraron auxiliar, y a poco tiempo murió. Al punto, aunque era día de fiesta, los arrastraron a la horca, ahorcaron al que vivió, colgando de ella los otros dos cadáveres. Este horrible atentado, que llenó de horror a todos, le traspasó el corazón al Vicerrector, que vio morir por una bárbara alevosidad a un súbdito suyo que amaba de corazón y que tenía todas las prendas para ser amado. Mas lleno de dolor, fue a asistir a la mayor necesidad, que era la de procurar la salvación de aquellos bárbaros que morían después de haber cometido una tan inaudita maldad. Esta su caridad y amor al bien espiritual de las almas que fue en él como su carácter distintivo, la estaba mostrando últimamente en el gobierno de su Colegio Seminario, donde era Superior de una numerosa comunidad de jóvenes seglares, en quienes ponía todas las esperanzas la patria; aquí era sumo su cuidado en la enseñanza de aquella juventud, procurando con él inspirarles las máximas de la más pura doctrina, hacerlos unos ejemplares cristianos y útiles ciudadanos, y con el continuado estudio de las ciencias, hombres doctos e instruidos. Todo ocupado en esto se hallaba cuando le sobrevino el inopinado golpe del arresto y destierro; cuál fue su horror y cuál su pesar a tan terrible anuncio se deja considerar; mas puesto todo en manos de la Divina Providencia, dejó colegio, patria, parientes y cuanto más amable tenía en la vida y se puso en el desastroso camino para llegar al Fuerte de San Felipe en la malsana costa del Golfo de Honduras, donde llegado fue embarcado para La Habana, de ésta a Cádiz, de aquí a Cartagena de Levante y luego a Córcega, donde fue arrestado en el puerto de Ajaccio. Aquí estuvo por seis meses, y arrojado de nuevo por los franceses, conquistadores de aquella isla, pasó al continente de Italia, donde vino de habitación a una casa extramuros de la ciudad de Bolonia, donde pasado algún tiempo fue señalado por Superior de una casa dentro de la ciudad, en la que gobernó una comunidad de hombres grandes en letras y virtudes, y que al mismo tiempo eran maestros en varias ciencias, donde concurrían muchos de nuestros jóvenes a ser enseñados, y por esto le llamaban a la dicha casa la Sapiencia. Tanto en la casa extramuros como en ésta se dio a conocer por lo que era, un jesuita todo amabilidad y todo caridad. Promovía las ciencias y evitaba con esto la ociosidad; cuidaba del bienestar de sus súbditos y de la observancia religiosa, y se veía aquella su casa ser un teatro de santidad, virtud y ciencias. Con tan santas ocupaciones se veía algún tanto aliviado en él y en los suyos el pesar del destierro; mas finalmente se acabó el tal cual alivio, sobreviniéndole a él y a todos el mayor pesar y el colmo del dolor con el Breve de supresión de su amada Madre la Compañía de Jesús. Este agudo dolor, que jamás se apartó de su tierno corazón en cuantos años sobrevivió, se le aumentó con ver la necesaria dispersión de todos los suyos, que por orden superior se vieron precisados a vivir desunidos. Se vistió de clérigo seglar muy honesto, y fue a vivir en compañía de otro sujeto, el cual, habiéndose ausentado de Bolonia e ido a vivir a Fano, se quedó sólo, y así perseveró hasta el fin. La vida que entabló en su austero retiro está dicha en dos palabras: orar y estudiar. Celebraba con gran devoción todos los días el Santo Sacrificio de la Misa, después oía otras y volvía a su casa a su quehacer ordinario de estar con Dios y con los libros. Salía por la tarde un breve rato a visitar el Sacramento a alguna iglesia, y luego a ver a alguno de sus condesterrados compañeros, volviendo a su retiro y a su devoción. Por divertir algún tanto el ánimo, escribió en verso latino, en que tenía mucha facilidad, una obra que dio a la imprenta con el título de Rusticatio Mexicana seu Rariora quaedam ex agris Mexicanis decerpta, obra que ha sido muy apreciada de los eruditos de Italia, cuyos analistas le han dado las alabanzas de que es merecedor el dicho trabajo, único en su línea. Este estudio le ocupaba poco tiempo, pues lo tomaba por evagar el ánimo, llevándole siempre su atención y su cuidado el de la Sagrada Escritura, Teología y Ascética. Fue siempre, como dije al principio, de una conciencia muy delicada y escrupulosa, mas de gran docilidad; el Juicio divino y la Predestinación fueron asuntos para él que lo tuvieron siempre lleno de pavor y espanto, empleando de continuo su vida en santas obras, y en todas ellas siempre temeroso de sí hacía cuanto podía. Su devoción fue igual a su santa vida. El Sagrado Corazón de Jesús y los Dolores de la Virgen María eran el antídoto a todas sus cuitas, el remedio a todos sus males, su refugio, su consolación, su amor y veneración. Protectores suyos de su mayor cariño y cordial devoción fueron el Sr. San José, Nuestro Padre San Ignacio y el Arcángel San Rafael, cuyo nombre tenía. En todas las demás virtudes fue siempre tan exacto, que habiendo desde el principio puesto la basa de su perfección en la profunda humildad y conocimiento propio, subió de continuo por todas las demás hasta la cima y cumbre, que es el amor de Dios, en donde fijaba el centro de sus deseos, de sus votos y de su afecto. Así vivió este docto e inocente jesuita, que pasando su vida entre temores y afanes, estudios, cuidados y ejemplar religiosidad, no tuvo más mira que la de ser fiel a Dios y jesuita apto a todos los ministerios de su mayor gloria. Fue siempre de débil complexión, aunque no enfermizo. Sin novedad ninguna siguió hasta que en el estío del presente año, a cuantos veía le hablaba de su próxima muerte; decía esto muy formal; mas los que le oían le preguntaban ¿qué es lo que tiene? o ¿qué mal se siente? Y a esto, sonriéndose, respondía: morir y presto. Cuando a los principios de septiembre cae enfermo de un mal, que decían era escorbuto, y luego no vimos señales algunas que lo indicasen; ocurrieron los médicos, y al punto dijeron que era mal muy serio y peligroso, mas no supieron decir que mal era. Sentía un calor interior que redundando en la cutis de todo el cuerpo le causaba un continuo prurito y una comezón tal que se despedazaba rascándose, sin prorrumpir fuera en algún sarpullido o cosa semejante. Esto le duró hasta el día antes de su fallecimiento. Recibió con gran devoción todos los Santos Sacramentos; suspiraba por el Cielo, y se le ahuyentaron del todo los temores que lo habían congojado toda la vida, quedando en una perfecta paz, sin horror alguno a la muerte y tratando de ella como de un pasaje feliz. La misericordia de Dios y la esperanza en su divina bondad eran el asunto de sus palabras y de su gran consolación. Habiendo con tiempo dispuesto de todas las cosillas que tenía en tantas obras de caridad, ya no pensaba sino en Dios, y en este tan soberano pensamiento rindió su alma a su Criador, apaciblemente, sin congoja alguna, digno fruto de su santa vida, muriendo con la muerte de los justos en Bolonia la mañana del día 27 de septiembre. Su cadáver fue sepultado en la iglesia parroquial de Santa María de la Muratelle, de cuyos parroquianos era actualmente Rector; y su memoria quedó muy impresa en cuantos lo conocieron, pues lo amaron por su bondad, lo veneraron por su santidad y lo estimaron por su amabilidad, prendas todas que lo dieron siempre a conocer por un digno jesuita.

Félix de Sebastián