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Gerard Vergés

Semblanza crítica

Gerard Vergés (Tortosa, 1931) aparece, en el ámbito de la poesía catalana contemporánea, en 1982 con un primer libro, L'ombra rojenca de la lloba (La sombra rojiza de la loba), galardonado con el Premio «Carles Riba» en su edición de 1981; cuatro años después, en 1986, verá la luz Long Play per a una ànima trista (Long Play para un alma triste); en 1988 da a la imprenta Lliri entre cards (Lirio entre cardos); y, tras un largo paréntesis de silencio, en 2002 aparece La insostenible lleugeresa del vers (La insoportable levedad del verso), su último libro. Cuatro títulos que conforman, hasta el día de hoy, la obra poética de Gerard Vergés y que se reunieron, en 2005, bajo el título La raíz de la mandrágora, edición bilingüe en catalán y castellano (traducción y prólogo de Ramón García Mateos). Cuatro entregas esencialmente distintas –tanto en su construcción arquitectónica como en su apariencia formal–, pero que responden a una misma motivación estética, son piezas diferentes de un todo, que se cohesiona, como en el contraluz irisado de los caleidoscopios, acoplándose los distintos tonos en una misma voz poética: una voz personal y perfectamente matizada. Cuatro libros que modelan una obra sólida, compleja, fundamental en el aparador de la poesía catalana moderna.

La sombra rojiza de la loba tiene una estructura dual: dos partes, primero el extenso poema y, después, los comentarios a modo de glosa; dos voces, Rómulo, el poeta, y Remo, el comentarista; dos mundos poéticos, uno, intimista, y el otro, que se proyecta hacia la realidad exterior, desde la historia y la cultura. Nos hallamos ante un largo poema, escrito en endecasílabos blancos, en el que Rómulo será quien ponga su voz para enunciar los versos de Vergés, y, paralelamente, Remo se transformará en comentarista de las palabras de su hermano, con las notas, en prosa, que cierran el texto poético. Rómulo es la voz poética, irracional y pura, con un constante ir y venir en el tiempo, por los senderos de la historia y de las sensaciones más hondas. Remo es la racionalidad desde la perspectiva distante del exégeta, quien nos entrega algunas claves decisivas para completar la lectura del libro: erudición y poesía, doble ficción en perfecto ensamblaje. Vergés plantea una arriesgada pirueta literaria y sale brillantemente airoso del intento porque es capaz de crear un mundo poético complejo, amalgamando referencias múltiples y de muy distinto carácter, para depositar en él los paisajes más amados, retazos de la propia biografía, emociones y sentimientos. Ahí radica la emoción que se desprende del poema, en sentir íntimo y propio el mundo poético creado, la realidad literaria que se nutre, fundamentalmente, de la historia, del arte y de la literatura, en saber conducir todo ello hacia el territorio del sentimiento personal.

Long Play para un alma triste (1986) es un libro misceláneo en el que se reúnen cuarenta poemas –como en La sombra rojiza de la loba usa el endecasílabo blanco– que se distribuyen, por igual, en cuatro secciones: una evocación del tiempo pasado, vivido, desde la infancia hasta el presente; poemas de carácter amoroso; textos que aluden a la patria profunda del poeta: la tierra y los paisajes, su historia, sus gentes y su lengua, pero también la poesía y el deseo de trascendencia; y, finalmente, una mirada hacia el futuro que, sin embargo, empieza con una reflexión sobre el pasado: somos lo que fuimos y, frecuentemente, volvemos a vivir lo ya vivido. Tal vez sea este el libro que mejor define a Gerard Vergés, donde se muestran con mayor evidencia las grandes constantes que marcan toda su obra, donde se agrupa y condensa el universo lírico del poeta. Long Play para un alma triste es un poemario de aparente sencillez, y digo aparente porque tras la transparencia del lenguaje hay un notable esfuerzo de sobriedad, de contención en el manejo de los recursos retóricos, y tras la claridad de contenido hay, asimismo, múltiples sugerencias y connotaciones de carácter culto; dicho de manera distinta, es una obra marcada por esa difícil facilidad que caracteriza a muchos de los grandes poetas.

Su tercera entrega poética, Lirio entre cardos, es un ramo de cuarenta sonetos con título tomado de Ausiàs March –junto a Shakespeare y T. S. Eliot, una de las grandes devociones de Vergés–. Hay un triple punto de partida para estos sonetos: Shakespeare (a buen seguro Vergés compaginó la escritura de Lirio entre cardos con la traducción de los sonetos del escritor inglés); el barroco español, Góngora y Lope sobre todo; y Vicenç Garcia, poeta del barroco catalán por quien Vergés siente especial admiración. Estas referencias sirven al escritor tortosino para crear un retablo de espléndidos sonetos de vocación mayoritariamente satírica.

Catorce años después de Lirio entre cardos aparece La insoportable levedad del verso, donde sintéticamente se amalgama todo su mundo literario anterior para ofrecernos, sin embargo, un resultado radicalmente distinto y novedoso. Se trata de un libro breve en el que Vergés opta por el verso libre, que suele tender hacia el versículo. Como en La sombra rojiza de la loba y en Long Play para un alma triste –sobre todo en su primera parte–, la elegía es el carácter dominante del libro, pero ahora Vergés maneja con más soltura los recursos elegiacos, como si desprenderse de la rigidez de la forma facilitase también el derribar los muros del pensamiento. Y de nuevo la memoria como materia con la que se construyen los poemas, con la que se forjan los versos. Vergés utiliza los mismos referentes, los mismos temas que en libros anteriores, esos que configuran su personalidad poética, pero se muestran a nuestros ojos claramente diferentes: tal vez por la desenvoltura del lenguaje sin el aparente encorsetamiento formal, tal vez por los versos que oscilan –ritmo y medida– como las olas, tal vez por la impecable fusión de distintas emociones (las propias y las ajenas), tal vez porque nos parece que el poeta ha alcanzado la más alta cima de perfección en su obra... Quizá un poco de todo sea lo que nos ofrece esa impresión, la de hallarnos ante el mejor Vergés.

Como ya hemos apuntado, el tono elegíaco es la constante que, con mayor claridad, surca la producción lírica de Vergés: la construcción y evocación del tiempo pasado que el poeta utiliza como referente constante, como contrapunto para el tiempo presente y, con frecuencia, también para un futuro que se intuye amargo y destructor. Junto a la elegía, la otra gran constante de la poesía de Gerard Vergés es la sátira. Desde La sombra rojiza de la loba, la mirada que desvela la realidad con suave ironía o crítica acibarada pespuntea toda su obra, concentrándose, sobre todo, en Lirio entre cardos, donde adivinamos la lejana tutela de Vicenç Garcia, rector de Vallfogona, y el próximo magisterio de Joan Oliver, Pere Quart. Hay, no obstante, más ironía que sarcasmo, más una mirada incisiva y acre, siempre inteligente, que exabruptos vestidos de humor negro; quizá en esta concepción de la sátira como instrumento poético tenga mucho que ver la querencia de Vergés por la literatura inglesa. Además de la elegía y la sátira, también hallamos en la obra de Gerard Vergés, bien es cierto que en un segundo plano en cuanto a presencia y asiduidad, la poesía amorosa, la poesía civil o los textos metapoéticos.

Todas estas constantes se suman para construir un mundo poético compacto, perfectamente definido, que se organiza en torno a tres ejes fundamentales: hombre, paisaje y tiempo. El hombre es quien se adivina tras el artificio del yo poético y que, a su vez y paradójicamente, es imagen que ese mismo yo poético dibuja para el lector; dicho de otra forma, en el retrato de ese hombre que cuenta endecasílabos y conversa con nosotros, los lectores, hay un tanto de realidad –Gerard Vergés, Tortosa, 1931, farmacéutico, culto humanista, viajero y lector...– y un tanto de creación ilusiva: la deformación que apareja la memoria. Ese hombre, el poeta, se perfila sobre un paisaje que siempre es el mismo aunque sea distinto; paisaje de la infancia –la patria última del ser humano– que eterniza la retina y transmite la palabra, tierras ribereñas del río Ebro dibujadas con una concepción de la naturaleza que, en su justificación última, es deudora de la lectura de los clásicos –Virgilio, sobre todo– y de su admirado Vicent Andrés Estellés. Pero Vergés escribe desde una perspectiva temporal en la que se unen tiempo real, tanto presente como pasado –la dialéctica entre lo que es y lo que fue se tiñe, en ocasiones, de un tono existencial–, y tiempo subjetivo, que se vive en la literatura y el arte y que permite el bucle del retorno al tiempo ya perdido, pretérito, remoto. No obstante, esa ruptura de la linealidad temporal y la licencia que nos posibilita vivir las realidades no vividas parten siempre de un tiempo presente: imaginemos un juego de espejos en los que se reflejan y entrecruzan las imágenes a partir de un primer icono al que se superponen otras figuras y retratos. La literatura y el arte permiten este juego. Vivir otros sueños –también los de la razón que engendra monstruos–, otras vidas, otro tiempo, que son, en puridad, eco y prolongación de nuestros sueños –también de nuestros monstruos–, de nuestra vida, de nuestro tiempo.

Ramón García Mateos